Divagando
Ahí están de nuevo esas nubes. Parecen amenazar con caer al suelo como gotas. Como enamorados que amenazan su amor en fijas miradas, queriendo lanzarse en besos. En poco la noche las va a cubrir. Tal vez se atrevan a surgir en la oscuridad.
Los enamorados, que especie curiosa somos los humanos cuando estamos o creemos estar enamorados. Quizá, elegimos la noche para no encontrar testigos que documenten esos afanes de osadía. Hay quienes descubren cuánto vale un amor y quienes se descubren a sí mismos… y aquellos que solo se pierden en las modas hedonistas.
Recuerdo que en más de una ocasión habré pensado en quitarme la vida, hasta haberme convencido, por mi mismo, que es una estupidez tratar de escapar a lo que ya somos. El punto es que ya he nacido, ya existo, y no hay forma de cambiar eso. La vez que di el paso, cuando decidí cortar mis venas… fue un corte preciso; el conducto sanguíneo no perdió tiempo en desagotarse. Sin embargo, algo escapó a mis cálculos. Fue cuando, aun caliente, la sangre bajaba por mi brazo, que pensé “Las venas abiertas de la humanidad entera”; viéndome como un asesino de todo valor moral humanístico. Pero, no fue solo eso; ahí descubrí que alguien muere cuando debe morir, y no cuando quiere, sin importar cuanto lo intente… solo arruinamos calidad de vida, tanto en lo físico, mental y espiritual al intentarlo. Lo que tal vez signifique que todo destino solo implica el día en que nacemos y el día que morimos; y cómo llegamos a ese último día dependerá de nuestras acciones en el medio que nos desenvolvamos.
Ahora, trato ingenuamente, de luchar por lo que me resta de vida. Otra vez, tratando de escapar a lo inevitable. Sumido en recuerdos que no se quieren hacer olvido, haciéndose alimento de la más infame de las enfermedades: La conciencia Moral.
Hacer unos días escuche a unas personas exaltadas (¡Viejas conventilleras! Para ser más preciso); demostrando plena indignación, por cómo se denigraba la iglesia católica, por las múltiples acusaciones hacia sus representantes, principalmente de abusos hacia menores de edad. Me preguntaba como se sentirían estas personas de ser acusadas de algo así, o peor aun, de ser víctimas de tal infortunio. ¿Realmente se creían el derecho a ser jueces o tener compasión? Sin embargo, ya me he convencido de que Nietzsche, en algo tenía razón; posiblemente la “compasión”, sí sea una debilidad. Algo con lo que ciertas religiones han obrado en forma casi discriminada. Tienen la extraordinaria capacidad de rebajar las fuerzas del ser espiritual. Acometen la compasión, el sometimiento y egoísmo individualista. Aquello de Levántate y anda lo abandonaron en la historia.
En múltiples ocasiones he escuchado una de las peores contradicciones, que nos condenan (por así decirlo). Algunos discursistas, han dicho: “Sin importar cuanto hallas pecado, Hermano, solo debes arrepentirte y rogar tu perdón, y así el padre celestial te llevará a su reino” (o algo parecido). Siguiendo el mismo discurso (o mejor dicho Chamuyo), y con algo de suerte, para el creyente, lo maquinan en distintos tiempos y lugares, suelen decir: “No importa cuanto bien hallas hecho en tu vida, Hermano, es cuestión de cometer el más insignificante de los errores – o pecado – para que tu alma sea condenada a la eternidad del infierno”.
Debo suponer que ya no tiene caso esforzarme en tratar de adivinar, en raras teorías, lo que estoy por averiguar, por mi mismo…
Ahora bien; ¿Quién se liberará de quién? ¿El alma del cuerpo y las confusiones de la mente? O ¿El cuerpo de las interminables batallas?
Si las almas pobres comprendieran la importancia del uno perfecto… tal vez entonces… tal vez.
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