Agosto 3, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente

¡Cómo llovía!
Siempre parece llover demasiado
cuando sabés que olvidaste cerrar las ventanas.
Y había viento,
truenos
y relámpagos…
Bajé a la calle dando tumbos,
dejándome caer por la escalera.
No recuerdo bien dónde estaba
pero sí recuerdo
que alguien me prestó un paraguas
y que hubo una discusión al respecto,
como si alguna otra persona
estuviera en desacuerdo…
El asunto
es que tenía aquel estúpido paraguas en la mano.
Era de color azul acero,
como el viejo traje de corte italiano
que solía usar para ir a buscar trabajo,
cuando vivía en medio de la sala
de aquel pequeño departamento que tenía mi padre,
que luego tuve yo
y finalmente mi ex mujer.
Entonces
comencé a chocar con toda esa gente,
alborotada como aves salvajes.
Que al igual que yo
había olvidado cerrar sus ventanas,
o estaban bebidos
o morían por llegar a casa y hacerlo.
Beber,
enloquecer,
mientras aquel cielo se abría
y desparramaba sus penas sobre nosotros.
Todos echaban quejidos de verdadero fastidio.
Maldecían y culpaban a la contaminación,
a Internet y a la globalización,
y ese era todo su consuelo:
el saber,
o el creer,
que alguien es el culpable de algo
y que ellos son inocentes de todo.
Aunque nada importase de verdad.
Aunque todo sea más o menos lo mismo.
Día tras día y sus respectivas noches:
El despertador sonando,
la señora del piso de arriba
y sus afilados tacos como guillotinas,
el portero y su mal humor.
El cuchillo de carnicero
colgado en la pared de la cocina.
Y el colectivo que no te paró,
y los descuentos por llegar tarde al trabajo
al menos dos o tres veces al mes,
y el jefe, la jefa, los jefes,
y las resacas, el dolor de muelas,
la cadera que se traba,
y duele.
¡Cómo duele!
“Si pudiera dejar de dolerme, aunque sólo sea un día…”
Y la suerte saludando desde la ventana de un auto
que nunca será tuyo,
mientras el fulano abraza a la fulana de la propaganda,
esa que tampoco será tuya.
Jamás, jamás.
Y todas esas noches con miedo a dormir
pero con más miedo aun
de despertar a la mañana siguiente…
Llegué a casa, tranquilamente.
El ascensor no funcionaba.
“De acuerdo, son sólo tres pisos”.
Subí los tres pisos por las escaleras.
Pisos oscuros
con charcos de luz intermitente.
Luego hubo una explosión.
¡Las paredes temblaron!
Y otra vez la oscuridad.
Entonces trastabillé
y caí a mitad de la escalera,
entre el segundo y el tercer piso.
Y reí, reí, reí,
pensando en seguir riendo,
si es que conseguía subir.
Llegué a casa y golpeé la puerta.
Aunque sabía que nadie me esperaba.
Pero estaba bien.
Bien, bien, bien.
Porque sabía que allí estaría toda aquella agua,
agua turbia.
Mucha agua.
Fría, húmeda, mojada, liquida, mágica,
estallando al compás de mis pisadas.
¡Hola, agua!
¡Hola, Iván! ¿Qué tal tu día?
Abrí la puerta,
por fin.
Encendí las luces
Y
¡oh!
las ventanas estaban cerradas.
Qué curioso…
Entonces reí,
reí,
reí.
Las paredes estaban ahí,
el techo,
los pisos,
las sombras.
Todo estaba ahí
tal cual lo había dejado.
Y me reconcilié conmigo mismo,
y fui por una cerveza cantando,
sabiendo que algo habría en la televisión
y que por un momento,
un segundo o dos,
conseguiría sentirme reconfortado,
mientras el agua continuaba cayendo.
Fotografía: Clarisa Mandel
Julio 13, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente

Me dolían las muelas y me habían salido dos granos en el pómulo derecho. Era absurdo, tenía más de treinta y los granos continuaban brotando. Y a veces era mi cabeza y sus continuas punzadas, o mi cadera o mi inseguridad, o la mala suerte y esa extraña sensación de estar cayendo. Me acababan de cortar el teléfono pero no era eso. Mi ex mujer había vuelto a cambiar de novio pero tampoco era eso, ni lo era el monitor de la computadora, que luego de un fogonazo azul había decidido darse por vencido.
No obstante, me sentía verdaderamente deprimido.
Así que posiblemente se trataba de ese dolor de muelas. Sí. Estaba con resaca. Eran las cuatro de la mañana. Las paredes y el techo estaban ahí, pero su existencia no me estaba reconfortando demasiado. Así que salí del cuarto y fui directo al baño. Y vomité. Había determinada batalla que sin duda estaba perdiendo.
Me senté al borde de la bañera y ahí me quedé, pensando en cosas absurdas como esa publicidad de jabón para lavar la ropa, en la que un idiota golpea la puerta de la casa de alguien y dice:
“¿te animás a hacer el desafío de la blancura?”
Llené la bañera de agua tibia y le arrojé un puñado de sal. Me metí. Dicen que eso relaja. Bueno, pues no. Al cabo de treinta minutos estaba tiritando de frío, con la piel arrugada y casi azul, pero no me sentía para nada relajado. Del lado de mis pies había una copa vacía. Dios, ¿desde cuando estaría? Intenté levantar la copa con los dedos de los pies, ¿y por qué hice eso? No lo sé, no lo sé. Sólo quise hacerlo. Pero ella no estuvo muy de acuerdo y optó por seguirle la corriente al asunto de la gravedad. ¡Crash! ¡Crash! ¡Crash! Seguí la caída con la vista. Fue una explosión perfecta. Decenas de pedazos brillantes desparramados en hipnóticos trozos llenos de luz. Entonces levanté un pedazo de sueño, uno que se parecía a una cabeza de flecha y, sin saber por qué, lo presioné contra una de mis muñecas. La punta atravesó algunas capas de piel sin causarme ningún dolor (quizás porque las muelas lo habían acaparado todo). Y de pronto, surgió un fabuloso hilo de color rojo. Que se abrió camino, serpenteo hacia mis dedos y siguió avanzando, hasta que estalló en el agua salada.
¡Pequeñas gotas como bombas!
¡Esto es ridículo! Pensé, y me reí como un loco, olvidándome momentáneamente de mis muelas, de mi cabeza, mi cadera y del universo. Las paredes vibraron al oír mi risa
Ridícula y demencial. Y salí del baño mojado y risueño, celebrando la vida como una victoria, porque las paredes y el techo continuaban ahí, el mundo continuaba ahí afuera,
cualquiera fuese su forma real, lejos de mi particular percepción; y las luces y las sombras y el silencio y todo lo demás parecieron reír conmigo.
Junio 12, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente
Foto: Clarisa Mandel
*
Al principio todos se apuraban en contestar el teléfono y en atender a los socios. Las chicas eran amables conmigo casi todo el tiempo y los tipos venían y me hacían bromas de machos, como haciéndome participe de su tribu. Traía en la espalda varias derrotas. Debía hasta tres ceros en dos o tres bancos y mi ex mujer me estaba volviendo loco. Bueno, quizás esta sea la parte en que la rueda sube, pensé. Las buenas épocas habían quedado atrás; ya era hora de que las malas también. Pero la mugre aparece en los rincones más oscuros. Y de pronto, los murmullos empezaron a zumbar en mis orejas. Porque resulta que aquél no se llevaba nada bien con aquella otra. Y aquella otra tenía ganas de cojerse al jefe, que a su vez salía con la novia de uno de la comisión. Por entonces, estaba a prueba. Bueno, todos lo estábamos. Sólo que yo era un poco más conciente de eso. Porque echamos a patadas en el culo a un presidente, que terminó escapando en helicóptero. Y ese tipo había firmado por varios años… Es decir, nadie nunca está del todo efectivo.
Nunca fui de caerles particularmente bien a las personas, ni ellas a mí. Pero yo era el nuevo y ellos estaban bien adaptados. Con sus miserias y sus idiosincrasias, ya funcionaban como el engranaje de esa máquina que, al final de cuentas, no produce nada. Así como nada produce verdaderamente algo. Ni la paz, ni las guerras, ni las victorias, ni las derrotas. Estamos tan acostumbrados a este juego de dolor que vamos adaptando los modos. Así es como la idea, por ejemplo, de una promesa, tiene más fuerza que la realización en sí. Debemos creer, debemos ser buenos y no malos…
Lo cierto es que nadie es del todo bueno ni del todo malo. Somos seres absolutamente incompletos. Quizás por eso es que nos encaprichamos tanto con los juegos del amor. Y quizás sea por eso que fracasamos una y otra vez.
Recuerdo haber oido a un jefe decir: “deberíamos hacer un corte a media tarde, cruzarnos al bar, tomarnos un par de cervezas, fumar un poco de cachimbo y volver al trabajo, más distendidos”. Aquello fue lo más inteligente que le oí decir. Sin embargo,
Algo así podría llegar a volver ameno tu trabajo y eso estaba fuera de toda expectativa. No se nos acostumbra al placer. Por eso el tirano tiene tantos adeptos. La gente no sabe luchar por sus derechos, porque cuando los tiene no sabe qué hacer con ellos.
Luego, en otra oportunidad, oí decir a otro jefe (sí, había muchos jefes): “deberíamos pedir un aumento”. Pero tampoco nadie sabía cómo pedirlo. Así estábamos bien.
Y ese era mi laburo. Esa mi porción de vida. Esa era mi costumbre de cada día. Esa era la farsa que me alejaba y acercaba a su antojo. La farsa de los siglos.
Por qué menciono todo esto. Bueno, el otro día, mientras preparaba un poco de fideos con carne, luego de otro día de hartazgo y sometimiento, recibí el llamado telefónico de una amiga, en el que me contaba que su media hermana había aparecido muerta, tirada en la bañera. Tenía 29 años y, aparentemente, gozaba de buena salud. ¿Qué mierda había pasado? Nadie sabía. La muerte lo hace ver a uno las cosas de otro modo. De un modo más espiritual. Claro, eso dura un rato. Y es que la máquina bestial sigue en funcionamiento, y se debe seguir comiendo, pagando impuestos, teniendo sexo, festejando navidades y todo lo demás.
De todos modos, quería contarlo. Porque quizás mañana ya no lo sienta. Tal vez mañana no me afecte el hastío de saber que se vive sólo para acabar dejando polvo y huesos. Porque sé, muy a mi pesar, que mañana voy a volver a dejarme arrastrar, como cada día, por esta marea desalmada. Más allá de mi arsenal de quejas y argumentos, voy a continuar en esta espiral de contradicciones. Hasta que mi luz también se extinga. Sí, sé algunas cosas. El problema es que saber vuelve mucho más pesado el hecho de tener que poner el pie en el colectivo, el hacerte el nudo de la corbata, el levantar el teléfono y decir: “Buenos días, habla Iván, ¿en qué puedo ayudarlo?” Y es que yo, en síntesis, también como, pago impuestos, tengo sexo, festejo navidad y hago tantas otras cosas; que tienen mucho más que ver con la muerte que con la vida. Y lo más triste de saber, es que el día que caiga mi telón, no va a ser más que otra cosa sin importancia. Y eso, no me seduce mucho que digamos.
Marzo 10, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente
FOTO: CLARISA MANDEL
***
Lo primero que vi fue un éxodo de aves, volando hacia el norte. No sé de dónde habían salido tantas, pero por un instante a penas si podías distinguir que detrás había un cielo. Luego, como si alguien hubiese abierto una gran hornalla, el aire empezó a calentarse. A calentarse y agitarse en un viento repentino, de bocanadas intermitentes, que hicieron que las paredes vibraran, que mis libros y discos se elevaran y acabaran desparramados por todas partes. ¡Un vidrio estallo! Luego otro. Y como un acorde de locura, un espanto de gritos retumbó en la inmensidad. Y el cielo, que por fin apareció, se volvió amarillo y después naranja. Entonces, entre los edificios, como un hermoso y brillante amanecer, un resplandor plateado lo iluminó todo.
Lo percibí como un estremecimiento. Una especie nausea repentina. Mi cabeza disparó una secuencia de imágenes veloces, acompañadas de un zumbido continuo. Un comprimido de olores diversos entró por mi nariz e inundo mi mente. Por un instante la concepción de mi ser fue un olor. Uno similar al perfume de la vainilla.
Entonces todo se apagó.
No sé cuanto tiempo habrá transcurrido. Quizás siglos. Pero mi universo, de haber sido un olor, se convirtió en luz. Una luz tan maravillosa y radiante que a penas conseguí resistirme de estallar en fragmentos de mí. Eventualmente me di cuenta de que gozaba de una extraña manifestación de conciencia. Indefinida, claro, pero fluida, natural. Y me vi acostado, apoyado sobre algo que me exigía ver hacia adelante; porque eso era todo lo que había. No había atrás, no había lados; sólo un frente perpetuo. Observé mis piernas. Estaban cubiertas de una clase de brillo verdoso, que se mostraba en forma de hilos delgados y largos. Subí por ellas y, por supuesto, todo yo era una cosa verdosa. Qué gracioso, pensé, con lo que me gusta el color verde… Y de pronto, una voz en alguna parte.
– ¿Estás ahí?
– ¿Qué? – pregunté impulsivamente.
– ¿Estás ahí?
– ¿Qué pregunta es esa? ¿Cómo voy a saberlo? ¿Estoy?
–Sí –dijo, ciertamente feliz –. Estás ahí.
–Bueno.
–Esto va a ser breve –dijo, mientras su voz se volvía repentinamente triste –. Pero hay algo que tengo que contarte. Es parte de lo acordado.
– ¿Parte de qué? ¿De qué hablas? –dije sin demasiada preocupación.
–No tengo mucho tiempo –dijo –. Así es que tiene que ser de este modo, como quitarte una curita.
La expresión “como quitarte una curita” me fascinó, a tal punto que largué una carcajada infantil, que llenó mi cuerpo de felicidad. No fue un estímulo claro, aunque sentí que tenía que ver con cierta mujer que solía utilizar esa expresión cada vez que quería que algo fuese lo menos doloroso posible. Sí, tenía que ver con eso. Entonces unos ojos, azules de a ratos, a veces celestes, aparecieron frente a mí. Unos ojos llenos de amor.
– ¿De qué te reís? –dijo aquella voz, que consideré femenina.
–Nada, es sólo una sensación.
– ¿Un recuerdo?
–No sé. Tal vez.
– ¿Y qué más sentís? –dijo con curiosidad –. ¿Ves alguna otra cosa?
–Sí, veo a un nene pequeño corriendo entre palomas. ¡Está sonriendo! ¿Lo ves? ¡Es maravilloso!
–No, no lo veo.
–Qué pena…
–Ahora –dijo –, tengo que decirte lo que me enviaron a decir.
–Seguro, ¿qué es?
–Lo siento pero esto es todo lo que hay. No hay más.
– ¿Qué?
– ¡Esto es todo! –dijo la voz, volviéndose súbitamente hostil -. No hay cielo, no hay infierno. ¡No hay nada más!
–Es la muerte –dije –. ¿De eso me hablás?
–No, no lo es. No puede haber muerte porque no existe la vida.
Inmediatamente un aliento de luz surgió dentro de mí y se abrió camino hacia afuera. ¡Luego hubo un sonido quebrándose! Entonces, el silencio. Una aureola negra apareció y comenzó a cerrarse sobre la luz plateada, lentamente. Un coro de voces imperceptibles rebosó mi cabeza, rompiendo la elipsis. Y fui un sonido. Un trémolo. Y mientras la sombra cegaba la luz, bañado de voces, pude oír otra voz lejana que decía:
–A partir de ahora estás desconectado, desconectado, desconectado…
La sombra devoró a la luz. Los sonidos y las imágenes cesaron. Pronto dejaría de pensar, de sentir, de percibir. De ser. Pronto.
Enero 28, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente
Abismo.MP3 – Diego Herrera
Sombras del tiempo,
Que arrastran las pesadas ruedas
Que le dan forma a mi vida
Y persiguen tus pasos…
Me han venido a pedir
Que abandone cuanto antes este juego
Y mis viejos pies se han vuelto rocas.
A lo lejos,
Al final del camino,
Sólo veo niebla;
Y apenas si logro callar
La tristeza que hay en mi voz.
No me dejes caer tan solo en este abismo.
No me dejes caer.
Pienso en los momentos tempestuosos
Intentando arrancarme las alas
Que nublan mis sentidos
Cuando estoy junto a vos.
Y para ser sincero,
Este cielo ha empezado a perder sus estrellas
Y la oscuridad no consuela derrotas.
Sólo espero que al final del camino
Haya más que niebla.
Las calles parecen desiertos
Si no estás conmigo.
No me dejes caer tan solo este abismo.
No me dejes caer…
Enero 21, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente

Foto: Clarisa Mandel
Ocurrió durante una entrevista de trabajo.
Me había anotado en la cartelera de empleos de la facultad y por fin me habían llamado. Era para el call center en una clínica de estudios de alta complejidad.
En total éramos 40. Así es que de pronto me vi dentro de un amplio salón lleno de pupitres individuales, rodeado de corbatas y jorobas.
Estuvimos ahí un buen rato. Hasta que un tipo pequeño, delgado y lleno de pecas, puso unas cuantas planillas delante nuestro y un bolígrafo. Era una prueba. Una prueba larga y absurda, en la que teníamos que contestar acertijos, interpretar manchones, que no eran más que eso: manchones, y otras tantas pavadas. Previo a eso, el pequeño y delgado hombre con pecas, hubo de llenarnos de expectativas maravillosas, para concluir diciendo que sólo había 8 puestos vacantes y que dependía de nosotros tomar o no uno de ellos. Luego continuó con los términos de la prueba como si nada, como quien arroja un pez herido dentro de un barril lleno de tiburones hambrientos y luego se sienta a contemplar el daño realizado. Nosotros éramos lo tiburones y ahora debíamos luchar los unos con los otros por aquel pedazo de pez. ¡Cuanta crueldad! El salón daba a la calle. Justo enfrente había un templo evangélico, con un cartel gigante que decía “Jesús te observa y protege”. Y yo pensé “no, amigos, Jesús está de vacaciones y no avisó cuándo piensa regresar”.
Comenzamos con el examen.
De entre las consignas varias, había un punto en el que debíamos hacer una pequeña redacción. Pan comido, pensé. Aunque la consigna era medio estúpida: Aquellos momentos de la infancia que se pueden contar con los dedos de la mano. Bueno, yo sólo necesitaba 3.
He aquí mi redacción:
1º
Vivíamos en Florencio Varela. Éramos una familia pobre pero yo tenía 4 años y a esa edad algunas cosas no importan demasiado. Además, tampoco me imaginaba qué era tener más. Todo lo que conocía estaba ahí. El mundo recién comenzaba a manifestarse y su hostilidad, realmente, no me afectaba demasiado. Recuerdo que teníamos un nogal enorme y que junto al nogal había un barril de lluvia. Yo había estado toda la tarde dándole besos a la foto de una modelo en la portada de la revista Gente. Me gustó hacerlo. Me hizo sentir importante. Malo. Aunque no sabía muy bien por qué. Mamá estaba en el trabajo y mi hermano mayor en el jardín. Papá nos había abandonado hacía algún tiempo. Sólo estábamos mi abuela y yo. La tarde estaba cayendo. Era la primavera del 79. Recuerdo que teníamos un pequeño gato. Un hermoso animal de pelaje gris y rayas amarillas, a quien no vi llegar. Sólo sé que saltó sobre mí y que clavó sus diminutas garras sobre la boca de la modelo, destrozando su rostro. Yo siempre había sido un buen niño con él (incluso le había puesto nombre, el cual no recuerdo), pero aquella tarde me sentía malo y su travesura me llenó de ira. Así es que lo agarré violentamente, con mis pequeñas manos y lo arrojé al agua.
Primero se hundió. Luego salió a flote y comenzó a dar zarpazos y a maullar. Asustado, desconcertado, ¿Dónde estaba? ¿Qué era todo eso a su alrededor…? Era la muerte. Fría como un puñal. Pero algo ocurrió. Algo se quebró en mí. Fue como un zumbido en mi estómago que, súbitamente, se volvió dolor. Y de repente, como si fuese un sueño, me encontré colgado del barril, tratando de salvarlo. Desesperadamente. Pero era un niño pequeño y por más que lo intenté no conseguí alcanzarlo. Era el final. No había nada que hacer… Entonces, mi abuela salió de alguna parte y lo sacó. El gato aun respiraba.
2º
Mi abuela comenzó a sentirse mal. Había perdido mucho peso y su cara se había vuelto de un pálido color rosa. Pero ella continuaba fumando sus cigarrillos sin filtro. Pese a que los médicos le decían que no lo hiciese.
–Hace 40 años que fumo –decía ella– y un poco de tos no va a hacer que deje de hacerlo. No, señor.
Después de varias visitas al médico, un buen día, quedó internada. Estábamos en pascuas. Yo tenía 8 años y mi hermano mayor 10. Mamá no nos había dejado entrar a la habitación. Decía que no era prudente. Pero nosotros queríamos entrar. Era un día hermoso. Había estado lloviendo por cuatro o cinco días y por fin brillaba el sol. Entonces, mamá salió disparada hacia alguna parte. Parecía muy preocupada. Un médico iba con ella. Era un hombre joven, bastante alto. Tenía unos ojos azules muy bonitos. El doctor nos vio y nos sonrió. A mi hermano y a mí. Después siguió su camino, perseguido por mamá.
Mi hermano estaba leyendo una revista de caricaturas. Yo estaba aburrido. Así es que me bajé de la silla y caminé hasta la puerta de la habitación.
– ¿Dónde vas? –Preguntó mi hermano.
–Voy a entrar –dije.
–Pero mamá dijo que no.
–Voy a entrar.
–Le voy a contar a mamá –dijo, dubitativamente.
–Voy a entrar igual.
–Está bien –dijo– pero voy con vos.
Lo esperé. La puerta estaba levemente arrimada. La empujamos. Era una habitación pequeña con una sola cama. La ventana estaba abierta. El viento agitaba las cortinas y permitía, intermitentemente, que todo ese hermoso sol brillante entrara y jugara sobre las paredes. Mi abuela estaba en la cama, llena de tubos y cables. Tenía una máscara sobre la nariz y la boca. Sus ojos estaban entre abiertos.
–Esa no puede ser la abuela –dijo mi hermano.
Lo era.
Ella nos vio y sonrió. Un halo de luz iluminó su rostro. Después, sus ojos se cerraron para siempre.
3º
Mi hermano acababa de cumplir los 12. Estábamos en invierno. Y era un invierno bastante crudo. Nos habíamos acostado hacía un buen rato pero yo no podía dormir. Habían pasado 2 años desde la muerte de mi abuela y aun continuaba obsesionado con su sonrisa tibia, bajo aquel pedazo de sol, bañando su pálida cara. Y toda la secuencia aparecía frente a mí a la hora de dormir. En ese entonces, mi hermano y yo, dormíamos en una cama marinera. Él arriba y yo abajo.
Estaba a punto de quedarme dormido, por fin, cuando, de repente, la cama comenzó a temblar. Mis noches vivían rodeadas de eternas paranoias, así es que lo primero que hice fue asustarme. ¡¿Qué carajos estaba pasando?! Era mi hermano.
–Miguel, ¿Estás bien? –Le pregunté.
Pero Miguel no contestó. La cama continuaba temblando.
– ¿Miguel, estás bien? –Volví a preguntar.
Miguel continuó sin contestar. Y la cama empezó a temblar con mayor intensidad.
Me quedé quieto por un rato, esperando que algo sucediera.
–Voy a llamar a mamá –dije, finalmente.
Entonces, la cama comenzó a perder su caudal de tembleque paulatinamente. Hasta que cedió del todo.
– ¿Miguel, qué fue eso? Pregunté.
Nada, –dijo– es que tengo mucho frío.
Era lógico, era una noche helada. Yo tenía tres frazadas y Miguel dos. Tomé una de mis frazadas y la coloqué sobre él. Él no dijo nada.
Con los años descubrí a qué se debían los temblores nocturnos. El problema fue cuando yo comencé con los míos.
– ¡Iván, podés quedarte quieto! –Dijo un día mi hermano.
Pero Iván no contestó.
– ¡Iván, podés quedarte quieto que no puedo dormir!
Iván continuó sin contestar.
– ¡Iván! –Gritó mi hermano.
–Es que tengo mucho frío…
– ¡Iván, podés dejar de tocarte!
Por supuesto, jamás conseguí el empleo. Y es que las manchas realmente sólo me parecían manchas y los acertijos me resultaron muy estúpidos. ¿O fue que mis relatos fueron demasiado sinceros? Es posible. La gente siempre prefiere mentiras bonitas, bellos argumentos, finales felices y amores infinitos… Supongo que aceptar la vida tal cual es, de otro modo, puede ser bastante aterrador.
Enero 13, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente

Foto: Clarisa Mandel
Llenó las copas y dijo:
–Estoy cansada, ¿sabés? ¡Estoy harta de tus mentiras!
Entonces bebió, en silencio. Lo había dicho. Era una noche cálida, sin brisa siquiera. Había luna llena; una hermosa luna redonda y amarilla. Observé su luz reflejándose en el vidrio de la ventana. Estiré una mano e intenté filtrar aquella luminiscencia entre mis dedos. Y fue justo cuando lo vi: un pájaro gris con el pecho blanco posado sobre el balcón. ¡Qué insólito, un pájaro en mi ventana a estas horas! Pensé.
– ¡Hagamos un trato! –dije entonces –. Sabés que te amo y que sos la única mujer en mi vida… Y la vida es extraña, ¡Dios, sí! ¡Ya lo jodimos todo! Los ríos, mares, el cielo y las plantas. Te pueden matar o prender fuego por dos monedas. Las cárceles, los manicomios, las iglesias y las canchas de fútbol están siempre llenas y eso no mejora la vida para nadie. La civilización puede desaparecer en dos días o durar otros 20 siglos. Nadie sabe qué carajo va a pasar. Y aun así, nos las ingeniamos para herirnos todo el tiempo. Tenemos amor y las copas llenas, reímos hasta reventar y hacer el amor con vos es único… –Ella siguió bebiendo en silencio –. Pero discutir con vos es la muerte. Tu inseguridad me pone en situaciones insostenibles. Y, de acuerdo, termino mintiendo, ¿pero cómo no hacerlo? ¿Cómo evito tu embestida? Tu familia me odia, tus gatos me mean los zapatos, tus historias me asesinan. ¿Para qué quiero saber yo de tus ex novios? Y tu bipolaridad, ¡joder, es la locura! Me amas por las noches y me odias por las mañanas. ¡Es algo absurdo! Y cuando te enojás, ¡por Dios! Tus persianas caen y sólo hay desolación. Actuas como un estudiante sin día de primavera… Pero aun así sos perfecta, ¡maravillosa! y tu ternura podría salvar unas cuantas vidas, ¡como la mía por ejemplo! Las cosas pueden ser simples, ¿sabés…? Así es que te propongo lo siguiente… Hagamos un trato: yo dejo de mentir y vos sólo tratás de ser feliz… ¿Hecho? ¿Es un trato?
Laura pareció meditarlo unos segundos. ¡Decisiones, decisiones! El pájaro picoteó sus plumas, sacudió un poco las alas y salió disparado, sumergiéndose en la oscuridad.
– ¡Es un trato! –dijo finalmente.
–Muy bien.
¿Qué pasó después? Bueno, después sólo seguimos bebiendo y riendo.
Aquella sin duda fue una gran noche. Sin embargo, el pájaro jamás volvió.
5-Momentos Quietos.MP3 – Diego Herrera
MOMENTOS QUIETOS
***
“Quizás sea el momento perfecto
De cortar hasta el hueso y seguir”,
Dijo y huyó agitando sus brazos
Al fuego invisible que ahogaba su aliento.
¿Por qué discutimos tanto?
¿Por qué nos herimos tanto?
¿Por qué hasta sangrar no paramos?
Quisiera sentir que en tu viaje
No soy tan sólo un pasajero,
Pienso, y la veo escalar la avenida
Cargando equipajes que agotan su vida.
¿Por qué te cuesta quererme?
¿Por qué me pierdo en tu mente?
Si quisiera perderme en vos…
Y en estos momentos quietos
De incierta desidia acechándonos,
Me alejo de las palabras cedidas en el camino
Que me conducía a vos…
Caminamos toda la noche
Bajo este cielo plomizo.
Y mientas el mundo estallaba en pedazo pequeños,
Me perdí en tus sueños:
Una casa llena de gatos,
Flores blancas en tus zapatos,
Niños traviesos corriendo…
Y en estos momentos quietos
De incierta desidia acechándonos,
Me alejo de las palabras cedidas en el camino
Que me conducía a vos…
Caminamos toda la noche…
La mañana llego muy deprisa,
Vos sonreías,
Quizás dormida…
Enero 4, 2009 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente
“…Esa noche tuve un sueño muy interesante. Soñé que estaba en un bar, o al menos eso parecía. Aunque había solamente tres mesas y no había barra ni mozos ni nada de nada. Sólo las mesas y una vieja fonola. Las mesas estaban puestas a modo de triangulo escaleno. Yo estaba apoyado en la primera, la cual no tenía silla. En la segunda estaban sentados Bukowski, Miller y Hemingway, quienes parecían discutir por algo, y en la última había dos personas que no logré distinguir. La mesa se encontraba en un rincón oscuro, rodeada de misterio. Lo único perceptible de esa mesa era el pelo largo y blanco de uno de los tipos. Similar al de los indios de las películas de Jhon Wayne. El otro fulano se hallaba envuelto en sombras.
Bukowski se levantó de un salto y fue hacia la fonola. Introdujo una moneda y le dio vida. Al instante apareció Judy Garland (bueno, no literalmente), cantando «Allá sobre el arco iris». Luego volvió y recuperó su lugar.
– ¿Cómo es posible que te guste aun esa mujer, Hank? –preguntó Miller.
–La oí cantar una vez en New York, y realmente había corazón.
–Dicen que en los últimos tiempos se puso muy obesa y le daba mucho a la botella –dijo Hemingway.
– ¡La misma mierda de siempre! La tía lo valía y yo sólo hablaba de eso.
–Lo que digo es que eso fue lo que nos mató y que tal vez haya sido lo mismo que la mató a ella.
– ¡A ti te ha matado una doble caño llena de perdigones y toda esa mierda! No la bebida, mamón –dijo Bukowski y todos reímos. Todos menos Hemingway, claro.
– ¡Es verdad! –exclamó Miller – ¡Es la pura verdad!
– ¡Ven, chaval! –dijo Bukowski dirigiéndose a mí –. O te sientas en tu mesa o te sientas aquí con nosotros pero no te estés parado ahí que me pones de malas.
– ¡Déjale en paz, Hank! –dijo Miller.
– ¡Es que no tengo silla! –le grité.
– ¡Entonces vente con nosotros, chaval!
–Claro.
Y allí estaba yo, junto a los grandes. Aunque sólo se trataba de un sueño. Pero ya saben como es la cosa: aun no me había dado cuenta.
– ¿Y qué bebes, chaval? –me preguntó Bukowski.
–Creo que voy a empezar con cerveza.
–Yo empezaba igual y al cabo de cinco horas podía acabar bebiendo meada de gato.
– ¿Y qué ocurrió después? –dijo Miller.
–Me morí, al igual que vosotros, mamón.
– ¿Por qué hablan utilizando palabras como mamón, chaval, tía y ese tipo de cosas? –Pregunté.
–Supongo que debe ser por las malas traducciones de las que hemos sido víctimas a lo largo de todo este tiempo. Todos hemos sido víctimas y victimarios alguna vez.
–Ahí va de nuevo –dijo Miller, en un suspiro.
–Discúlpame, tío pero el que se descolgaba con palabritas y frasecitas pesadas para toda la comitiva de mamones que acampaban en su jardín eras tú y no yo. Si alguien es el rey de las gilipolladas ese alguien eres tú y no yo. ¿Cómo podías aguantarlos? Si hubiese sido mi jardín los habría sacado echando leches. Pero no, hora resulta que CHARLES BUKOWSKI VA DE NUEVO CON SU PERORATA DE IDIOTECES.
Bukowski se levantó de su silla, se paró frente a Miller y comenzó a arrojar unos golpes de boxeo al aire. Eran golpes ágiles y bien dirigidos. Miller sólo miraba.
– ¿Qué haces, Hank? –preguntó Miller.
–No tengo ni idea. Este es el sueño del chaval y supongo que él imagina que me comportaba así.
–Si el mundo se creyó “EL VIEJO Y EL MAR” éste muchacho se puede creer también tu rollo. La gente come mierda sólo porque viene envuelta en papel celofán –dijo Hemingway.
–La gente hace cosas que la gente hace y esa es su protección en este mundo de fuerzas extrañas –dijo el viejo de la última mesa, abandonando la oscuridad.
– ¡Don Juan y Don Carlos! –exclamé. Eran Don Juan Matus y Don Carlos Castaneda.
–En un mundo donde el único cazador es la muerte, no hay nada que sea más importante que otra cosa –continuó Don Juan – y si la gente desea comer mierda envuelta en celofán o colgarse de las pelotas es su problema, y tú estarías en un problema mayor si perdieras tu tiempo en asuntos de los demás.
– ¿Qué está pasando, Don Juan? –preguntó Don Carlos.
–Como brujo deberías saber, Carlitos, que estamos en el sueño de este muchacho. Lo mejor será que lo dejemos solo con sus fantasmas –dijo Don Juan y desapareció camino a la puerta, seguido por Don Carlos.
– ¿Fantasmas? ¡¿Qué fantasmas?! –Dijo Bukowski – ¡Que vulgo de chalados, tío!
Miller se paró de un salto y abandonó la mesa.
– ¿A dónde vas, tío? –preguntó Bukowski.
–A poner algo de música –dijo –. Esto se está poniendo muy extraño.
–Bueno, amigo, ponte algo alegre –dijo Hemingway.
Miller puso una moneda en la máquina y escogió un tema. De la fonola comenzó a sonar un ritmo de zamba. En tanto el bar se llenaba de humo blanco…
– ¡Arriba todos que el mundo no espera! –dijo Miller.
Abrí los ojos. Papá sonreía de muy buena gana”.
(Fragmento, capítulo VII)
| Por diegoherrera75 | # Enlace permanente

Foto: Clarisa Mandel
*** *** ***
ESTUDIOS ESPERANTO: CINE Y TV
Jueves 5 de diciembre, 09:45
Así sucedió:
“Imagínese 5 historias. Cinco historias totalmente ajenas, con un nexo en común. No es difícil hacerlo, en realidad. Pero ahora imagínese que ese nexo es un lugar imposible, como una cárcel, o una iglesia o un regimiento de pretorianos; y que en esta historia, que son cinco, ningún personaje es más significativo que el otro. No hace falta. Píenselo, ninguna cosa, en realidad, es más importante que otra; en el orden que quieran ponerlo: ningún hecho en lo que va de civilización tuvo más preponderancia que la estrictamente necesaria. Es decir, tarde o temprano alguien tenía que inventar la bomba atómica, el pela papas, la Internet, la rueda, etc. ¿Correcto? Incluso, ha habido genios, filósofos, pensadores, o como quiera llamarlos, que han descubierto cosas o han llegado a idénticas conclusiones, basándose en una teoría equivalente a la que otro tipo pensó o escribió en otra parte del planeta, a miles de kilómetros de distancia, en idiomas diferentes. ¿Ve? Es como si lo que tuviera que pasar, sencillamente, pasase…
Bueno, volvamos a mis cinco historias. Ahora, necesitamos a los personajes. Y déjeme decirle algo; si me pregunta, prefiero los perfiles comunes. Digo, ¿cuántos tipos conoce que hayan venido de otro planeta y que tengan súper poderes? Yo conozco a muy pocos. Así es que mejor pongamos a tipos comunes. Pero claro, antes de ponerlos, tenemos que darles un ambiente. Un sitio apropiado, para luego dejarlos correr libremente como conejos; aquel lugar imposible del que estábamos hablando. Una vez un profesor, quizás el único profesor que verdaderamente se tomó el trabajo de instruirme en algunas cosas, me dijo: «no hay mucho que te pueda enseñar con respecto al arte de escribir, más que gramática. Y nadie debería enseñarte sobre el arte de escribir, más que eso. Sería muy irresponsable, como pretender enseñarte a ser padre o a ser feliz. Sin embargo, puedo decirte una cosa, la cual convendría tener en cuenta cada vez que estés a punto de escribir lo que sea, y es que sólo escribas sobre cosas que sean de tu absoluto conocimiento y dominio. Eso va a hacer que las palabras fluyan, que sea menos trabajoso…» Lo cual tenía mucho sentido. Así es que como si hay algo de lo que sé, es de casinos, digamos que estas 5 historias se centran en un casino. Un casino cualquiera. Ya sabe, ruletas, mesas de naipes, dados, camareras colosales con bellos escotes, mafiosos, suicidios y todo lo demás.
Bien, para mi primer personaje pongo a un escritor. Sí, un escritor. Un observador. Un tipo que no se conforme con simplemente estar, sino que necesite imperiosamente atestiguar. Y este escritor del que hablo es un tipo muy especial: siempre hambriento de palabras, como todo literato, pero con la particularidad de ser un inconformista. Y no de los que hablan de revolución pero jamás se tomaron un colectivo. Quiero decir, su arte va más allá de su ego. Es un tipo que no gusta de otros escritores ni necesita andar leyéndoles sus cosas a otras gentes para que alaben su gloria. Él no. Él busca respuestas, aun donde no las hay; porque bien sabe que nada tiene sentido en realidad, entonces, ¿qué nos mantiene cuerdos y en ruta? Bueno, quizás alguna vez lo descubra. Hasta entonces, sólo escribe para no enloquecer. Él es croupier, y de los buenos. Pero eso no le interesa, porque sólo quiere ser escritor; y el casino en un buen nido de historias.
Mi segundo personaje es un vago, un holgazán. Un hombre al que levantarse de por sí le implica un esfuerzo sobre humano. Un ser sin grandes objetivos, ni esperanzas, ni fe. Claro, sería un personaje muy ambiguo sin el aliciente apropiado. Así es que agreguémosle algo de galleta. Digamos, una novia imposible. Sí, de esas que adoran hacerte la vida miserable. De esas personas perfeccionistas que sólo están con vos para hacerte de espejo, pero tu reflejo sólo la magnificará hasta hacerla ver sorprendente, inalcanzable; entonces te anulará, te hará su sobra y su silencio, hasta finalmente transformarte en un pilón de nada. De manera que este tipo, el vago, el holgazán, ingresa a la academia del casino para demostrarle a su novia que él también puede hacer más interesante su vida, aunque para eso deba vender sus derechos al mismo sistema que tanto desprecia. Interesante, ¿no?
En tercer lugar tenemos a una pareja. Por supuesto, esta pareja se conoció en el casino, se enamoraron, se fueron a vivir juntos y fueron felices y comieron perdices. Es bueno, siempre, para toda historia, que haya un poco de equilibrio: «la mar estaba serena y de pronto la tempestad», sólo funciona cuando el clic es emocional. De otra manera, es bueno un poco de tregua. Bueno, ellos son la tregua: y eligen el color de alfombra adecuado, adoptan una perra, se van de vacaciones, entonces ella queda embarazada y todo su universo se llena de luz… etc, etc. Como quien dice, un poco de miel para distender.
Bueno, tenemos una pareja; ahora pongamos a un trío. Pero no uno amoroso sino uno peligroso (de acuerdo, no hay nada más peligroso que el amor pero obviémoslo por esta vez). De manera que tenemos a estos dos croupiers que se proponen sacarle tajada al casino. El primero, obviamente, más propenso a la ilegalidad que al acatamiento de la ley, después de años de investigación, descubre una falla en el sistema de juego. No una mera manipulación del “azar” (lo que a priori es imposible) sino un simple error, contemplado por la empresa, según él, pero que su desarrollo implicaría cierta osadía de parte de quien lo llevase a cabo. Por no decir mucha (dejemos establecido que una empresa del nivel que supone un casino suele conocer bien los límites de sus empleados y sabe o cree saber el correspondiente perfil psicológico de cada uno). No obstante, éste croupier está al corriente de que una visión déspota y ególatra, como la tomada por dicha empresa, ignoraría el pensamiento independiente del ser humano; lo descartaría. Por lo que su propósito únicamente quedaría supeditado a la fineza con que se realizase y no al acecho del casino. Entonces recurre al segundo croupier; un tipo cobarde pero muy avaro; ahorcado en deudas, también de juego (es muy común que un croupier se vuelva adicto al juego). Claro que esta sociedad es puramente por conveniencia, de manera que cada uno de ellos buscará infatigablemente el modo de tomar ventaja sobre el otro. Y es ahí que interviene el tercero en discordia; una mujer rapaz (siempre es una mujer) que desea quedarse con todo. Ellos se necesitan entre sí y entre sí se dañan todo el tiempo. Imagínese el resto…
Después de la pareja y el trío, como Boecio y su rueda, volvemos al tipo solitario. Ese que nunca termina de encajar, ni de cerrar. Obsesivo, oscuro, lánguido, suicida. Su cabeza hace tic-tac. Todo el mundo sabe que ha de explotar en cualquier momento pero, de alguna manera, les resulta inofensivo y, al mismo tiempo, divertido. Y este tipo siempre va de pagador a la sala VIP, porque como buen obsesivo, es el mejor. Claro, hasta que detone. Y él lo sabe. Y su mujer que es una cruz de madera astillosa y fría, que no lo puede ver feliz, porque se siente amenazada por su felicidad, por su determinación; porque ella también fue la mejor, pero el sistema la agotó. No lo pudo resistir. Y ahora vive a la sombra de su marido, que aun continúa con fuerzas. Por lo que cada enemigo está dentro y no fuera.
Como sexto y personaje extra, quisiera agregar a una banda. Una banda de música pop. Donde haya cúmulo de gente siempre te vas a encontrar con una banda… Por lo general mala o muy mala. Pero nunca falta, ¿y sabe por qué? Porque es un buen pretexto para juntarse a beber y jugar a ser estrellas. Estrellas que brillan alto y lejos, bien lejos de tu funesta realidad. Nada más. Sí, definitivamente deberíamos agregar la banda; una banda con tres integrantes. Un borracho misántropo, un tipo atrapado por la estructura familiar y un tercer tipo, el líder, el cantante, cuya esposa espera familia y está en la disyuntiva de seguir sus sueños como artista o abandonarlo todo por su familia. Es decir, naturalmente no durarán mucho como banda porque son muy diferentes. Pero lo poco que dure será suficiente”.
–Y ese es mi proyecto –dije.
–Ése es su proyecto –dijo el tipo de la productora –. Veo…
–Sí.
–Y dígame, ¿cómo es que sabe tanto de casinos?
–Bueno, trabajé en uno unos cuantos años. Cuatro o cinco… no recuerdo.
– ¿Y se gana?
– ¿Cómo dice?
–Digo, la gente… ¿gana?
–A veces…
– ¿Y es cierto que el croupier sabe dónde va a caer la bola?
–No, es un mito.
–Porque yo tengo un amigo, que tiene un amigo que ganó mucho dinero en el casino de Mar del Plata y dice que el croupier lo ayudó…
–Pura suerte.
– ¿Suerte?
–Todos tenemos un día de suerte…
–Una última cosa.
–Sí.
–El escritor, el personaje que es escritor, ¿es usted?
–No.
– ¿No?
–No –dije -. Yo soy todos los personajes.
–Entiendo… –dijo – bueno, evaluaremos el proyecto y lo tendremos al tanto, ¿de acuerdo?
–De acuerdo.
Dos días después llamaron:
– ¿Señor Bury, Iván Bury? –preguntó una mujer de voz muy sensual.
–Sí, soy yo.
–Bueno, lo llamamos de Estudios Esperanto, cine y TV.
– ¿Sí?
–Sí, aun sigue en pie la oferta por el puesto en el sector de mantenimiento.
– ¿En el sector de mantenimiento? ¿Y qué pasó con mi proyecto?
– ¿Qué proyecto?
–No importa…
– ¿Y? –preguntó.
– ¿Y qué cosa?
– ¿Acepta el empleo? –dijo enojada –. Mire que hay otras 10 personas esperando por él.
–De acuerdo, lo tomo.
–Muy bien, preséntese mañana a las 10 de la mañana con el encargado de turno.
Y ahí estuve.
Diciembre 17, 2008 | Por diegoherrera75 | # Enlace permanente
La bola salió disparada, efectuando un silbido metálico similar al que hace un CD intentando conectar en un equipo de audio averiado. En la mesa había un sólo jugador. Un hombre alto y encorvado que fumaba un puro. Su nombre era Juan Moro.
La partida se desarrollaba dentro de la sala VIP, lo que supone una presión adicional. Sin embargo, para mí la única diferencia entre un jugador VIP y uno común era la soberbia incrementada por el dinero y las innecesarias concesiones que se les hacían por su condición de potentados. Incluso, eran aun más enfermos. Nunca tenían límite y sus deudas y perdidas eran infernales. Pero ese no era el caso de Moro. Él no era un jugador cualquiera. Moro era el amo y señor del casino. Y no me refiero al dueño. Todos los negocios pasaban por sus manos. Sin él el casino debería dedicarse únicamente al negocio del azar. Y creanme, ese no es el verdadero negocio del casino…
En el salón, había otras seis personas, de las cuales tres eran prestamistas. Los empleados de Moro. También estaba mi supervisor, el jefe de sala y una camarera que observaba a mediana distancia.
La bola menguó su demoníaca marcha y empezó a descender de la canaleta hacia la cinta numérica, donde dio dos vueltas más hasta que chocó con un tabique. Yo miraba hacia adelante intentando imponerme de manera segura e indiferente (¿?). El sólo hecho de estar pagando en la sala especial me fastidiaba. Siempre me preguntaba el por qué de tantos mimos hacia aquellos infelices si de todos modos no había lugar alguno en el país donde pudieran apostar tales cantidades y al mismo tiempo hacer sus pequeños negocios.
Por fin oí como la bola daba saltos hasta quedar encasillada:
-VEINTIOCHO -gritó el tipo.
¡Mierda! Tres terceras docenas en tres tiros. ¡Un tipo horrible, con plata y mucha, mucha suerte! Intenté recordar la última vez que tuve suerte pero no logré conseguir nada. El mundo ya no era un lugar seguro para nadie. La suerte había ascendido un peldaño en la escala social y las putas, los vendedores ambulantes, los enfermeros, los albañiles, los escritores y los que trabajábamos diez horas al día no calificábamos dentro del pelotón.
Barrí el paño sin cantar el número:
-Pago ciento tres fichas de valor cien, supervisor – dije. Esperé la aprobación a regañadientes y pasé el pago de más de diez-mil-dólares.
El supervisor era un gordo gigantesco y apestoso de ojos azules y amarillos, llamado Guillermo. Una versión argenta de Ignatius Reilly pero sin gorra de cazador y bastante más idiota. Él amaba a las bancas como si fuesen suyas. Y en realidad no se lo podía culpar. Todos nos estábamos transformando en aquello que no éramos capaces de comprender. Aquel que te dijese lo contrario te estaría mintiendo. Perder era peor que equivocarse. Y aunque no había nada que ganar, aunque no existiera gloria en ello así como no hay gloria casi en nada, prefería no perder. Sobre todo con los anormales del salón VIP. Los odiaba. Y cada día que pasaba odiaba más cosas: Odiaba que los jugadores ganasen en mi banca y en otras bancas, odiaba a la mayoría de mis jefes; quienes no eran capaces de afrontar una pérdida con decencia y se adjudicasen siempre las victorias dejándonos a nosotros, los que trabajábamos de verdad, tan sólo las derrotas. Odiaba la incompetencia y la deslealtad de algunos de mis compañeros, quienes te jodían en las rotas de trabajo diario, provocando que vos te quedes tres horas en la mesa de juego mientras ellos se tomaban todo el tiempo del mundo para comer o para charlar y adular a sus jefes favoritos (Cosa que en ocasiones me divertía. Es decir, todo ese sometimiento de súbditos leales hacia reyes imaginarios sin reino ni corona tomaba matices simpáticos, cuando todo lo que había para ver en la televisión de la sala de descanso era el Discovery Chanel: “La reproducción de las marmotas y la reconstrucción del casco del Arca de Noé” ya no lograban divertir a nadie). Odiaba la comida del casino y a quienes la expendían, odiaba a la mayoría de las camareras, a los barman’s y sus bronceados y peinados afeminados; odiaba la sonrisa horrible de la recepcionista, odiaba mi horario y los demás horarios y todos los horarios del mundo. Pero lo que más odiaba era perder.
Y mientras reflexionaba sobre mis odios, Juan Moro me coronó de fichas de valor cien toda la tercera docena; al mismo tiempo que sus cuatro parásitos comenzaron a flanquearlo como si fuesen los custodios de algún político en apuros, dándole palmadas y consejos de cómo jugar la siguiente bola. Recogí la bola del veintiocho, giré el cilindro en sentido contrario e intenté arrojarla con violencia pero la muy jodida se me resbaló y lo que pretendió ser un súper bolazo se transformó en una miserable bola de vuelta y media. ¡Sí! ¡Vuelta y media! Por un instante titubeé. Se imaginan cuanto tiempo puede tener uno para vacilar en tales circunstancias: Ninguno. Hubo una especie de paréntesis temporal. Quizás haya sido una molécula de segundo, en que todo fue silencio. Y de pronto lo oí:
– ¡TREINTA Y DOS! –Dijeron a coro.
La tierra nunca se abre cuando un pobre tipo pide ayuda, pensé. Eso sólo ocurre cuando nuestros pecados ya están bien cocidos en el cielo y el infierno nos reclama para arreglar cuentas. Toda la cuadrilla festejaba su triunfo: Treinta-y-cinco-mil-trescientos-dólares. Tuve unos incontrolables deseos de reír. El gordo de mi supervisor se había puesto bordó y me arrojó una patada con disimulo. Falló. Hubiese dado cualquier cosa por estar en otro lugar. Pensé en estar en un bar bebiendo cervezas con mis amigos, pensé en hermosos amaneceres a orillas del mar. O estar en casa, solo, observando cómo el techo descascarado y amarillento se caía a pedazos. Cualquier lugar hubiese estado bien.
Dos segundos después estaba fuera de la mesa. Oí a un jefe murmurar «maten al croupier». Y a mí me pareció ingenioso.
(Introducción de la Novela “Maten Al Croupier”).
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