“Maten al Croupier” (Introducción)

 

TAPA DE LIBRO

 

MATEN AL CROUPIER

 Por Diego Herrera 

INTRODUCCION

 La bola salió disparada, efectuando el típico silbido metálico. En la mesa había un sólo jugador. Un hombre alto y encorvado que fumaba un puro. Su nombre era Juan Moro.

La partida se desarrollaba dentro de la sala VIP, lo que en sí suponía una presión adicional. Sin embargo, para mí la única diferencia entre un jugador VIP y uno común era la soberbia incrementada por el dinero y las innecesarias concesiones que se les hacían por su con­dición de potentados. Incluso, eran aun más enfermos. Nunca tenían límite y sus deudas y pérdidas eran in­fer­nales. Pero ese no era el caso de Moro. Él no era un jugador cualquiera, sino el amo y señor del casi­­no. Y no me refiero al due­ño. Todos los negocios pasa­ban por sus manos. Sin Moro el casino ten­dría que dedicar­se únicamente al negocio del azar y, créanme, ese no era el verdadero negocio del casino.

En el salón había otras seis personas, de las cuales cuatro eran prestamistas. Los empleados de Moro. También estaba mi supervisor, el jefe de sala y una camarera que observaba a mediana distancia. 

La bola menguó su demoníaca marcha y empezó a descender de la canaleta hacia la cinta numérica, don­de dio dos vueltas más hasta que chocó con un tabi­­que. Mientras tanto yo miraba hacia adelante, inten­tando imponerme de manera segura e indiferente. Es que el sólo hecho de estar pagando en la sala espe­cial me consumía por dentro. Siempre me preguntaba el por qué de tantos mimos hacia aquellos infelices, ¡si de todos modos no había lugar alguno donde pudieran apos­­tar tales cantidades y al mismo tiempo hacer sus pequeños negocios! Pero si las nacio­nes funcionaban así, ¿por qué no un casino?

Por fin oí cómo la bola daba saltos hasta quedar en­ca­sillada:

-VEINTIOCHO -gritó el tipo. 

¡Mierda! Tres terceras docenas en tres tiros. ¡Un ti­po horrible, con plata y mucha, mucha suerte! Intenté recordar la última vez que tuve suerte pero no logré conseguir nada. El mundo ya no era un lugar seguro para nadie. La suerte había ascendido un peldaño en la escala social y las putas, los vendedores ambulantes, los enfermeros, los albañiles, los escritores y los que trabajábamos diez horas al día no calificábamos dentro del pelotón.

Barrí el paño sin cantar el número:

-Pago ciento tres fichas de valor cien, supervisor -dije. Esperé la aprobación a regañadientes y pasé el pa­go de más de diez-mil-dólares.

El supervisor era un gordo gigantesco y apestoso de ojos azules y amarillos, llamado Guillermo. Una ver­­sión argenta de Ignatius Reilly, pero sin gorra de cazador y bastante más idiota. Él amaba a las bancas como si fuesen suyas, y la verdad es que no se lo podía culpar. Todos nos estábamos transformando en aquello que no éramos capaces de comprender. Aquel que te dijese lo contrario te estaría mintiendo. Perder era peor que equivocarse. Y aunque no había nada que ganar, aunque no existiera gloria en ello, así como no hay gloria casi en nada, yo prefería no perder. Sobre todo con los anormales del salón VIP. Los odiaba. Y cada día que pasaba odiaba más y más cosas: odiaba que los jugadores ganasen en mi banca y en otras ban­cas. Odiaba a la mayoría de mis jefes, quienes no eran capaces de afrontar una pérdida con decencia y se ad­ju­dicaban siempre las victorias, dejándonos a nosotros, los que trabajábamos de verdad, tan sólo las derro­tas. Odiaba la incompetencia y la deslealtad de algu­nos de mis compañeros, quienes te jodían en las rotas de trabajo diario, provocando que vos te quedes tres horas en la mesa de juego mientras ellos se tomaban todo el tiempo del mundo para comer o para charlar y adular a sus jefes favoritos. Odiaba la comida del salón comedor y a quienes la expendían. Odiaba a la mayo­ría de las camareras, a los barmans y sus bronceados y peinados afeminados. Odiaba la sonrisa horrible de la recepcionista. Odiaba mi horario, los demás horarios ¡y todos los ho­ra­­rios del mundo! Pero lo que más odia­ba era perder.

Y mientras reflexionaba sobre mis odios, Juan Moro me coronó de fichas de valor cien toda la tercera doce­na, al mismo tiempo que sus cuatro parásitos co­men­zaron a flanquearlo como si fuesen los custodios de algún político en apuros, dándole palmadas y consejos de cómo jugar la siguiente bola. 

Recogí la bola del veintiocho, giré el cilindro en sentido contrario e intenté arrojarla con violencia, pero la muy jodida se me resbaló y lo que pretendió ser un súper bolazo se transformó en una miserable bola de vuel­­ta y media. ¡Sí! ¡Vuelta y media! Por un instante titu­beé. Se imaginan cuánto tiempo puede tener uno para vacilar en tales circunstancias: ninguno. Hubo una especie de paréntesis temporal (quizás haya sido una molécula de segundo) en que todo fue silencio. Y de pronto lo oí:

–¡TREINTA Y DOS! –dijeron a coro.

La tierra nunca se abre cuando un pobre tipo pide ayuda, pensé. Eso sólo ocurre cuando nuestros peca­dos ya están bien cocidos en el cielo y el infierno nos reclama para arreglar cuentas. Toda la pandilla feste­jaba su triunfo: treinta-y-cinco-mil-trescientos-dólares. Tuve unos incontrolables deseos de reír. El gordo de mi supervisor se había puesto bordó y me arrojó una patada con disimulo. Falló. Hubiese dado cualquier cosa por estar en otro lugar. Pensé en estar en un bar bebiendo cervezas con mis amigos, pensé en hermosos amaneceres a orillas del mar. O estar en casa, solo, observando cómo el techo descascarado y amarillento se cae a pedazos. Cualquier lugar hubiese estado bien.

Dos segundos después estaba fuera de la mesa. Oí a un jefe murmurar «maten al croupier»… Y a mí me pare­ció ingenioso.

FINOS TORMENTOS

 

Foto: Clarisa Mandel / www.Clarisamandel.com.ar

Foto: Clarisa Mandel / www.Clarisamandel.com.ar

Si al final no vas a llamar,

nada justifica esta pena.

 

Te envío mensajes de amor,

me ofrezco a tu sacrificio.

Resuelvo mis más finos tormentos,

sólo para lucir convincente…

 “Pero quisiera ser y no soy”.

¡A la mierda con los secretos!

Te espero en la cama,

Consumido por mi mal día.

De esos que nunca parecen terminar…

Pero si al final no vas a llamar,

¿qué justifica esta pena?

 

Un cuarto vacío,

que poco sabe de amor,

me consuela.

Como si hubiera menos tristeza en la soledad…

Y te pienso vestida y perfumada,

lista para salir a recorrer las calles y los bares…

Y te pienso enojada

Porque no dije

lo que esperabas oír…

Y te pienso convencida de que sí,

que tenés razón.

Que no estamos bien

y que eso,

al final de cuentas,

justifica tu ausencia.

TUS DIAS DE BARRO

Foto: Clarisa Mandel

Foto: Clarisa Mandel

Le digo adiós

(por un rato)

 a mis noches suicidas,

cuando solía mendigar tu necesidad.

Mientras preparo la escena…

 

Me pedís atención

y respondo con las venas abiertas,

me pedís paciencia

y espero

(como de costumbre).

Recibo tus noticias pequeñas,

sin ganas ni reverberación.

Y tiemblo,

cubierto de sal.

Hermético y frágil.

 

Ahora,

todas las excusas están de tu lado.

Justifico tu juego,

porque primero estás vos.

Eternamente estás vos.

A lo lejos,

mi luz se extingue en silencio…

Lo sé.

Camino en sueños,

Colgado del suelo…

(es que siempre todo estuvo al revés).

 

¿Podés verme?

Soy yo,

Al final de tus días de barro.

Esperando tu poca atención.

Comenzando a creer que todo

Finalmente anochece…

Presentación del libro “TRES MUJERES” (Fragmento final)

Amigos, les dejo un instante (mágico, por qué no) de la presentación de mi libro. Gracias a los que vinieron, y a los que no pudieron, nos vemos en algún momento.

Adio.

TODOS LOS PAYASOS

Todas las narices,

todos los bronceados,

todos los peinados,

todos los caramelos confitados,

todos los carteles,

todas las señales,

todas las postales,

todos los eneros,

todos los floreros,

todos los tornados,

todos los veranos.

todas las canciones,

todas las miserias,

todos los poemas,

todos los ensayos,

todos los payasos.

Todas las chicas en minifalda.

Todos los idiotas.

Todas las narices,

todas las narices.

Todos los bronceados…

Todas las poetas,

todos los poetas.

Todos los títeres sin cabeza…

Toda la tristeza del universo…

Toda la simpleza de un instante

en el que no pasa absolutamente nada.

Nada de nada…

Decís que nunca te escucho,

decís que nunca escucho:

(ahí viene otra vez)

“¡Nunca me escuchas!”

Y, creeme,

quisiera realmente no tener que hacerlo,

pero lo hago.

Sí, lo hago.

Todos los reclamos,

¡Todos tus reclamos¡

Todos los soldados bajo la lluvia.

Todos los títeres en la mano,

todos los penes en el ano…

Todos lo noviembres,

todos los colores del arco-iris:

el rojo, el verde, el azul… todos.

Toda la sangre,

toda la mugre,

toda la carne,

toda la gracia,

La poca gracia.

Todos los poemas,

Todos los poetas.

Estúpidas cosas sin gracia.

Toda la pose,

todas las mentiras.

¿Qué sos mejor escritor si además sos un borracho?

Toda la farsa.

Siglos de farsa.

Siglos y siglos sin gracia.

Todas las rimas,

todas las piras.

Todas las hogueras.

¡Fuego!

Sí, todo el maldito fuego:

Nada de chispa.

EL HOMBRE QUE SE AHOGA

Foto: Clarisa Mandel

Entrás por mi ventana

a mitad de la noche,

con tus pupilas brillantes

y esas muñecas que siempre sangran.

Sigo tus movimientos,

te observo

recorriendo la habitación oscura,

como un gato cauteloso.

Te tomo entre mis brazos,

te elevo

e invento un nuevo sueño,

lejos de esos ejércitos desesperados

que marchan constantemente en mi cabeza…

Es que parecés tan orgullosa

intentando rescatar

a ese hombre que se ahoga…

Pero sé que estaba en un error

cuando dije que podría manejar tu juego.

El de tu altruismo vicioso.

Lo supe desde un principio

aunque nunca pude decir “basta”.

Y es que algunas cosas jamás cambian…

Como ese hombre,

que siempre termina ahogándose,

Mientras que vos

sólo continúas huyendo.

CASI COMO UN SUEÑO

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Perdiste 1500 mangos en una noche corta,

Mientras las cartas salían como balas

Y las camareras,

Que jamás te sonrieron,

Se llevaban lo poco que te quedaba de aliento.

Entonces manejaste borracho

Todo el jodido camino de vuelta.

Subiendo el volumen del Pioneer

Cuanto podías soportarlo.

Y todos esos autos

Que iban hacia alguna parte,

Brillaban bajo la luz del sol más triste…

Pero llegaste a casa

Y pudiste estacionar el auto en la cochera.

En un puesto que no era tuyo,

Claro.

Aunque eso lo descubrirías más tarde,

Como casi todo en tu vida.

Porque llegaste a la puerta

Y viste que estaba trabada de adentro,

De manera no accidental.

Y llamaste

Y golpeaste

Y casi lloraste…

Y ella,

Que había estado de acuerdo

En que salieras con tus amigos,

Te odió porque lo hiciste.

Cosa que en el fondo no te extrañó.

La conocías.

Sí, la conocías y aun así te casaste con ella…

Bueno,

Fue todo casi como un sueño.

Pero juro que estaba bien despierto.

LOS TIGRES DE ANNAM

Los tigres de Annam son cinco:

El tigre rojo gobierna el sur,

El negro gobierna el norte,

El azul el oriente,

El blanco el occidente

Y el amarillo rige en China,

Que es el centro del mundo.

Los ejércitos marchan hacia la guerra

Pisando la tierra fertilizada por la sangre de su prole,

Sus huesos y su dolor,

Y sus cantos son llantos que derriten las rocas.

Zeus observa la tragedia desde su balcón de oro y diamantes.

La luna le cuenta sus secretos a la noche,

El viento se lleva el pasado y el porvenir.

Dos mas dos es igual a cuatro.

El ocaso es el amante perezoso del amanecer.

El ombligo es la mitad exacta de uno.

Y si doblas tu dedo mayor hacia la palma de tu mano

Tenés la medida exacta de tu pene.

Las mujeres no saben correr,

Los hombres no saben mentir

(Nadie miente como las mujeres).

Lucifer era el ángel más hermoso,

Fue desterrado del paraíso

Y arrojado a los infiernos por su arrogancia.

Dios es un niño celoso e inseguro.

Marx tenía mucho dinero,

Hitler lloraba por las noches.

Mi mamá me mima,

Mi papá construye fuentes de agua con las porquerías

Que encuentra siempre en el mismo tacho de basura

En Lavalleja, esquina Ramírez de Velazco.

Mariana me quiere hasta la espina dorsal

Y yo a veces le hago verdadero daño

(Qué cosa extraña).

Agustín sólo tiene 5 años y ya sabe más cosas que yo

(Eso no es tan extraño).

El humo sube,

Sube y juega alrededor de la luz.

De entre sus trazos

Salen disparados destellos de color azul.

El espacio es un capullo transparente.

Agito mi mano

Y mis dedos encienden la flor.

El último es cola de perro.

SUEÑOS


Puedo disimular…

Si en este espacio vacío no hay gravedad,

Contemplo tu río sereno,

En silencio

Y me olvido.

Tus regalos me alucinan…

Anclado en un barco perdido,

Te cuento al oído

Los más grandes secretos

Que poseo sobre vos.

Y entre sueños

Espero verte sonreír.

Y entre sueños

Te espero.

No me pidas cordura…

No me pidas cordura…

Y entre sueños

Espero verte sonreír.

Y entre sueños

Te espero.

A mi pequeño hijo, Agustín.

FRAGILIDAD

Lo peor de hoy ya pasó

pero aun queda mañana,

y sé que mañana

va a ser terrible.

Tu ausencia física

es la existencia del dolor más sólido.

El resentimiento de un mal esclavo.

Y en mi fragilidad,

me preocupa mi alma

mucho más

que el sol extinto

de todas las banderas patriotas.

Mucho más

que el sonido de otros tacos

repiqueteando en la sala,

mientras bebo en la oscuridad

y ellas se van quitando la ropa.

(Cuerpos vacíos,

Corazones dentro de bolsas de papel madera).

Sé que heriste a otros tontos

Y que ellos aun tienen tu fotografía

Pegada en la puerta del congelador.

Pero también sé

que no tienen alma por qué preocuparse,

Y de algún modo estúpido

los odio por no tenerla.

Foto: Clarisa Mandel


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