ESTACIÓN DUDIGNAC.

InvenTren.

EL VIEJO TREN*

             Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

 
Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban
como a una aparición
                               de lo lejano
con los sueños y los ojos.
 
Por estas mismas vías,
atravesando barriadas
somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren
echando densas bocanadas
contra el cielo
como un duende
que va rasgando el silencio
con un eco dolido
de trombón y clarinete.
 
Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,
pasó como una estrella
repentina,
pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero
y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,
con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,
y como una exhalación
de lo innombrable.
 
Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 
El Sur (Dudignac)*

 
Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: “no sé qué estoy haciendo aquí”. Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña…
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: “Dudignac”, una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió… Otra voz, no la primera, apuntó: “eso está en Europa, en Francia, en el sur”, y la primera voz, tranquila, replicó, “no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito… y bueno, también es una estación abandonada…” un silencio expectante, un leve carraspeo “de aquellas del Midland, ya sabés”.
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero… supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta… No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo…

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar… Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa…

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo… Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas… Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí…
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia… Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop

 

EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*

El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
… Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.

*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es

PASAJERA*
          

- No me gustan las despedidas – había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva… Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren – pensé – lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa… Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas…
         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es – pensé – una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado”.
         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados… Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa” El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*

¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.

Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.

¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.

Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.

¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.

A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.

¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias…

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Aunque ella nunca pueda decir adiós*
 
     
  

*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar   

Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, “hasta podría decirse que están dotados de vida propia”.
            Sin embargo, aunque los títeres –y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro –cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes –Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar…
            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas –si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos –circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado –y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían… Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo “¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!”; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica……en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.… Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de “Tero”, ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje –con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar –manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco –con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público? 
            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese –o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para “enseñarle a sus muñecos”… Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar…
            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado –en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:    
 
“En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado”
 
            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.
 
“Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado”
 
           
Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga……y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco –un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
            Ezequiel, siendo más “Tero” que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas… De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres –para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado…
 

*   *   *
 
           
El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, …¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir…
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como “el Caballero Mano de Fuego” –su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al “Caballero Mano de Fuego” a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el “Caballero Mano de Fuego” se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del “Caballero Mano de Fuego”. Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. “Pero, ¿qué te pasa?”, pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del “Caballero Mano de Fuego”. -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del “Caballero Mano de Fuego” rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito –sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show –muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él……a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el “Caballero Mano de Fuego”, apostando todo en una sola mano. –Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina –gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el “Tero”. En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. “Cosas del destino”, se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. –Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. “¡¿Cómo lo hizo?!”, chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al “Caballero Mano de Fuego”, que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El “Caballero Mano de Fuego” volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. “¿Qué me pasa?”, alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:

“Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós”
 
          
 Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; “Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente”, canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado “Caballero Mano de Fuego” a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo –con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:
 

“Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada”

 

*

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EDICIÓN NOVIEMBRE 2011

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *
  

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro “ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos… tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 

 EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*
 
     

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”, que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza” que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don “Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.
 
 

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*
 

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES
 

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.
 
Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.
 
Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.
 
Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes
 
Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

 

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz: 
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
–    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO* 

 
Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.
 

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.
 
Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.
 
Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.
 
Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.
 
 
*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*
 

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.
 
Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.
 
Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.
 
Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.
 
Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.
 
Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.
 
Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.
 
Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.
 
Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.
 

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble, no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

*

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FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

Bajo la alfombra*

Todo el mundo sabe
que a los poetas los carga el diablo.
Por eso todo el mundo
mete a sus poetas bajo la alfombra
cuando vienen visitas
o los encierra con llave
en una habitación sin fondo
a ver si hay suerte y al abrir la puerta
han desaparecido para siempre
tragados por los bosques de arena
o bifurcados en las intersecciones
de los puentes heptagonales.

Pero toda precaución es poca:
A través de alfombras y paredes,
de océanos y siglos, de barrotes,
la palabra se expande, primavera
de voces desgajadas por el valle,
río de aguas voraces que se acerca,
feraz enredadera trepándose a los muros,
penetrando ventanas, expandiéndose
por el aire de todas las estancias
y estallando en rotundas espirales
que estremecen lámparas y muebles
en nombre del poeta sepultado
bajo perversas lápidas de olvido.

-De Por si mañana no amanece
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

LA FELICIDAD COMO DEBER*

     Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

SORDO MURMULLO*

Quieto el horizonte
verde a lo lejos,
y las sombras esperan colgadas de árboles
enhiestos

Sordo murmullo
colapsa el tiempo, escondido en lóbregas grietas,
agónico ve pasar fantasmas
y las caravanas de otras épocas,
cuando el sol
entibiaba dulcemente las praderas
y las ilusiones salpicaban de colores los sueños

Eran otras épocas

ajenas a los temblores

y al miedo ajenas

Quieto el horizonte aguarda un suspiro en la montaña,
y el clamor de paz desde el centro de la tierra,

donde el enigma del mundo aún no resuelto,
desgrana lamentos

y los ojos sordos
y los oídos ciegos.

Quieto el horizonte
negro a lo lejos.

*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es

 

NOVIEMBRE DEL ‘81 *

Escribí esta crónica hace 5 años, de modo que donde decía “veinticinco años después” ahora debe leerse “treinta años después”. Por lo demás, creo que el aniversario al que se hace alusión aquí bien vale volver a compartirla.
 

Crónicas del Hombre Alto (n° 24)
 
    
 En noviembre del ‘81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encauzaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano “Fun Machine”. 
    
       En noviembre del ‘81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.
     
       En noviembre del ‘81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que cinco meses después la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.
    
      En noviembre del ‘81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.
     
     En noviembre del ‘81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen… pero también a Abba y a Village People. 
    
       En noviembre del ‘81 no había visto ninguna película de Woody Allen, “Brazil”, de Terry Gilliam  todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales. 
    
      En noviembre del ‘81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo “Sobre héroes y tumbas”. Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.
     
      En noviembre del ‘81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista “Goles”. Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada “Aventuras en las galaxias”, cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.
     
      En noviembre del ‘81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de “Los bufones de Dios”, de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.
     
       No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que, en adelante, me pondría a escribir cuentos, “porque escribir una novela cansa mucho”.
    
       Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del ‘81 su categoría histórica de fecha fundacional.
    
      Treinta años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.
     
       Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del ‘81, empezó a construir mi lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.
 
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernanrdo@fibertel.com.ar

Pensamientos  literarios*
 

Sentada frente a la ventana de la biblioteca, la bonita joven se dejaba llevar por sus divagaciones.
Pequeñas volutas celestes parecen disparar de sus ojos. Las empujan los pensamientos profundos, agudos, insondables.
-¿Qué puto vestido me pongo?- El negro está manchado, el rojo lo presté a Juli.
-Hum…podría ser la pollera gris y el top verde.- Ya está- Le pediré las botas a Pachi.- Huff, tengo que comprar champú ¡que horror!.
Los libros, en los estantes, temblaron ante el preciosismo del pensamiento. No podían con todos esos verbos exquisitos.
A Saramago y Cortazar les brotó sarpullido, Alfonsina  miró a Horacio con dolor,
Lorca ,Blainstein, Galeano, se arrimaron más, tratando de infundirse valor y arengando a los demás genios de la pluma a cerrar sus tapas y dormir, soñando, tal vez, con sus poemas o frases inmortales. Y perdonando a esa tonta lectora que se perdía en sus escasos recursos imaginativos.
 

*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar

Cucu*

cucu: del latín cucuchan especie animalis, genero femenino, dícese de una diosa que bajo del Olimpo para llevar a los nativos de lugar el fresco  color de sus ojos de cielos. 
Del griego cucuchan, cachuchan ,  especie angelus proveniente del Monte de Venus, se identifica por sus vellos cabellos castañun  arboreus tupidusm  y enruladusmm

Del turco. Cucu  dícese de una comida afrodisiaca a base de cucurucho, cuclillas , cuchufleta y chabomba, ideal para las noches  cachongas.

Del ruso kuckshak baile típico de la estepa de Rusia, sus movimientos armónicos y flexibles provocan un efectos de relajación.

Del Perú, cucu, cuquini y Cucufate, cosmético ideal para mejorar las arrugas. A base de flores de Santa Teresita, de aceite de Lubor y esencias de Aquilina.  
Del español cucu, dícese de la mujer de un gato Félix característico de la tierra madre. Su unión en pareja es perenne. Su fertilidad es fecunda y duradera.-. 

-Para mi hermana, que le dicen cucu en su cumple, Con la mejor onda y esprimiendo la cucuzza ja.

*De Azul. azulaki@hotmail.com
octubre 2011

El estornudo de una mosca (Kagelmüsik)*

 *Por Juan Forn

El niño Mauricio Kagel se cansó de que en la escuela y en las casas de sus compañeritos le dijeran que no había nacido un día cualquiera (su cumpleaños era el 24 de diciembre). Finalmente encaró a su madre y le preguntó: “¿Qué más pasó el día que nací?”. La madre le contestó: “Las mujeres no suelen leer el diario en la sala de parto”. No se piense que mamá Kagel era desamorada con su hijo. Todo lo contrario: la casa de los Kagel rebasaba de libros y revistas y diarios viejos (papá Kagel fue toda su vida librero,
editor, imprentero, leía hasta en la ducha, literalmente), pero mamá Kagel se las arregló para hacer entrar un piano en el atestado living de la casa y también un violoncello; y además, profesores particulares de ambos instrumentos, nada de Conservatorio para Mauricio: la madre quería que el
hijo se fuera inclinando naturalmente al instrumento con el que tuviera mayor empatía. Hubo también un arpa, después de que mamá Kagel viera una en la vidriera de la Casa Ricordi, un día que paseaba con su hijo, y convenciera a los empujones al pequeño Mauricio para que se colara en la vidriera y “sintiera” el instrumento. Es una escena sin par: el niño flequilludo y encorbatado acunando un arpa en la vidriera de Ricordi, contemplado por su madre con absoluto embeleso. Algo ve el hijo en los ojos de la madre en ese momento que hace completamente anecdótico el hecho de que abandonara las lecciones de arpa a los pocos meses y que después dejara el violoncello y años más tarde el piano y años después también el país, para irse a Alemania a los 27 años a inventar una nueva especie de música.
Mauricio Kagel fue un argentino de extramuros. Uno de esos tantos que se van a hacer afuera lo que no pueden hacer acá, lo logran (John Cage: “El mejor músico europeo que conozco es argentino y se llama Mauricio Kagel”) y se pasan la vida atónitos de que acá no les den ni pelota. El caso Kagel tiene
final feliz: dos años antes de su muerte, el Colón le dedicó una Semana Kagel, lo hicieron Ciudadano Ilustre de la Ciudad, y cómo no iban a hacerlo ilustre si el tipo acababa de darle un momento inmortal a Buenos Aires. La Semana Kagel coronaba con la ejecución de Una brisa, una gloriosa pieza musical para 111 ciclistas que consistía en lo siguiente: la concurrencia debía salir al foyer del Colón, a la entrada “linda” del teatro, la de la calle Libertad, y por ahí pasaban 111 ciclistas en compacto contingente,
unos silbando, otros entonando una vocal o una consonante, otros haciendo sonar rítmicamente el timbre de sus bocinas. Habían cortado la calle, se había juntado una multitud. El espectáculo duró menos de un minuto, pero las caras de los ciclistas, y las del público del Colón, y las de los transeúntes curiosos, y hasta las de los camarógrafos de la tele y de los policías que cortaban el tránsito, eran una y la misma. Si me permiten un símil delirante, pero en cierto modo afín, fue como si Kagel hubiera logrado
proyectar en el cielo nocturno de Buenos Aires la expresión que vio en la cara de su madre aquel día desde la vidriera de Ricordi. Me faltó agregar que, en la partitura de la pieza, Kagel dice que la alegría de los ciclistas se debe a que son músicos a quienes se ha otorgado una nueva sala de concierto largamente prometida y hacia allá marchan, pedaleando. Los músicos
y la audiencia no tienen que saber, aclara Kagel en una cáustica nota final, “que las mejores butacas para el concierto de apertura han sido concedidas a los políticos de la ciudad, precisamente aquellos que supieron obstaculizar el proyecto una y otra vez”.
Cuando cayó el Muro en 1989, Kagel estrenó una pieza que tituló Oda interrogadora, en la que se repetía: “¿Libertad? ¿Igualdad? ¿Fraternidad? ¿Cuándo?”, y en las notas de la partitura aclaraba a los intérpretes que el acento debía estar puesto siempre en la cuarta palabra. En El tribuno, una
pieza musical radiofónica “para orador político y altavoces”, de 1978, el cantante entona estentóreamente: “¡Somos una nación de fronteras abiertas! ¡Sin fronteras no hay nación! ¡He creado la policía para preservar la dicha! ¡Quién no se siente libre entre nosotros! ¡La policía son ustedes!”.
Decía que hacía esas cosas porque el arte de lo acústico debe ser tan sutil que permita oír el estornudo de las moscas. Decía que, con la electrónica temprana de los años ‘50, se creyó que los sonidos sinusoidales y las máquinas habían abierto las puertas de un universo sonoro ilimitado, pero con el tiempo resultó que esos sonidos electrónicos se desgastaban mucho más rápido que el anticuado tañido de una flauta. Decía a sus colegas hiperintelectuales que no había que tenerle miedo a la armonía tradicional.
Decía que componer no sirve para nada si los compositores no tienen la fuerza de ser absolutamente francos en sus composiciones. Decía que la música iba hacia el teatro, pero que la manifestación perfecta de su idea de la música eran los ensayos generales con piano (es decir, sin orquesta y con
los intérpretes vestidos de civil: lo teatral de lo cotidiano y lo cotidiano de lo teatral hechos música). Decía que la enfermedad de la sociedad es la sociedad misma, que trata de curarse por medios que enferman. Decía que había que aprender a vivir acústicamente.
En su libro Palimpsestos se pregunta por qué escriben libros los compositores. ¿La música no les es suficiente? Y se contesta: “Jamás he pretendido ser escritor. Todo lo que he intentado formular en palabras habría sido imposible hacerlo por medio de notas. La música es un vaso comunicante tan políglota como ambiguo. Como decía Valéry, la palabra tiene la última palabra”. La mayor parte de lo que Kagel escribió lo hizo en alemán. El decía que expresarse en una lengua extranjera que no dominaba del todo le evitaba la tentación de la floritura intelectual: lo obligaba sin remedio a la síntesis, a la precisión. Dicen que hasta el fin de sus días habló alemán como un inmigrante y que su argentino hablado ya tenía rotundos ecos teutones. Se pasó la vida teniendo que contestar si era alemán o argentino. Terminó diciendo que era judío. Personalmente creo que debería haber dicho: judío de Buenos Aires, de las librerías y bares y cines de la calle Corrientes de los años ‘50, que es lo que fue toda su vida. Sesenta años después de su nacimiento, en una cantata que él prefirió definir como “noticias truncas para barítono e instrumentos” y que tituló El 24 de diciembre de 1931, se dio el gusto de averiguar finalmente qué había pasado el día en que nació. El último de los hechos ocurridos durante aquella
jornada fue la noticia de que todas las campanas de las iglesias de Norteamérica habían sido sincronizadas con las de Jerusalén para anunciar juntas la Navidad. Kagel agrega en las notas de la partitura que la obra debe culminar al son de las campanadas desenfrenadas que se expanden de una
punta a la otra del norte del continente, mientras en Buenos Aires son las cinco de la mañana y las campanas locales se estremecen imperceptiblemente y un anónimo bebé nacido en la víspera cree oír por primera vez en su vida el sonido que hace una mosca cuando estornuda.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-181462-2011-11-18.html

GORRIONES EN EL FRESNO*

 
Sobre una parda rama del fresno se posa la gorriona.
Pronto viene a posarse a otra rama el gorrión.
Pueden volar
desde el nido de la multiplicación en el cielo de la vida
hasta su muerte,
pero ya están atados el uno al otro
por el hilo invisible del amor.
 
                                              

*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

*

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EN LA DERIVA DE UNA ISLA…

MUJER MIRANDO EL MAR*

 El mar ríe en mi
 como burbujas que desembarcan
 en la deriva de una isla.

 Me mira mirarlo. Me nada.

 Pone en la mesa sal
 adorna con estrellas la cama.
 Envuelve con algas el regalo de su olor.
 Urde la paz agitada del deseo
mientras me llama.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

EN LA DERIVA DE UNA ISLA…

Alimento de sonrisas*
 
 
El hombre tropieza con el billete guardado de vez en cuando.
El perenne gusto de la tristeza en su boca retrocede por un rato con ese recuerdo que le brinda una curiosa alegría privada que no necesita espejo ni testigos.
Ya llego a una edad donde se escurren precisiones y fechas.
Pero puede verse en la cola del supermercado para pagar e irse a su casa con alimentos para que la heladera no se vea generosa en vacío. Reconstruye su asombro al descubrir el sistema de tubo aspiradora por el cual las cajeras envían dinero dentro de un recipiente similar a una lata a un lugar invisible desde la línea de cajas.
Una imagen rara que da para pensar en la velocidad de circulación del dinero que inquieta a los economistas.
Que el hombre haya decidido quitar de circulación tiempo atrás un billete de 2 pesos y lo haya incorporado como un objeto portador de significado, justifica contar la historia.

El hombre toma ese objeto inerte: observa cara de un Bartolomé Mitre casi anciano, y le parece percibir una mirada preocupada hacia el futuro.
Lee la numeración: 12836859 J.
Lo gira y lee el mensaje escrito en birome azul.

Puede ver como si fuera ahora mismo a la morena de la caja que demuestra una amabilidad poco usual con los clientes.
Recuerda la sonrisa enorme mientras el hombre colocaba las cosas en la cinta que acerca los productos a la lectora de códigos que serán precios a pagar.
El hombre recibió la sonrisa de la chica y dijo “gracias”.
Vio una tenue expresión de desconcierto y se sintió obligado a explicarse:
“Gracias, porque a esta altura de mi vida me alimento de sonrisas”
La cajera le volvió a regalar una sonrisa grande como luna llena.
El hombre pagó. Colocó los productos en bolsas.
Mientras le daba el cambio, ella tomó un billete de dos pesos y escribió en él un mensaje veloz.
El hombre guardo el vuelto y la cuenta como un manojo en el bolsillo.
Le dio un inesperado beso en la mejilla a la chica y se fue con sus cosas.
Cuando caminaba hacia la calle -que él percibe como un desierto urbano o una isla perdida en el océano- se ilusionaba con que hubiera en ese billete un número de teléfono para hablarle. Que ese billete no fuese una anónima promesa de pago que pasa de mano en mano con indiferencia sino un puente hacia una gota de ternura compartida.
Cuando llego a su casa lo leyó. Sin expresar un previsible desencanto decidió quedarse con el billete para no olvidarla y leer de vez en cuando el mensaje que dejó escrito:

“Nunca te des por vencido 
Lucha…
 Romi.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

BOLSILLOS*

Los bolsillos llenos
Las aves cantan, la familia inmensa,
amigos revolotean en bandadas
y la primavera muestra dientes de perla

¡Ah!, qué dulce

Los pies caminan senderos sin piedras
y todos hacen venia,
las palabras son música dulce a los oídos,
son caricias a la conciencia enferma

¡Ah!, qué dulce

El amor en cada esquina ofreciendo sus brazos,
abiertos y cálidos brazos
y la soledad se embriaga,
el dolor compra pasaje de ida en primera clase
y los sentidos se embelesan,
en especie de amargo néctar,
adictivas sensaciones plasman la piel
y las manías vuelan,
sí, sí, vuelan superiores a los pájaros,
superiores a las tormentas

Los ojos flotan en dulce sacra hiel soñada
y pierden el juicio,
no perciben el hambre más allá de la puerta,
el despojo de cuerpos ajenos

el alma mutada en piedra, áspera y fría piedra,

¡Ah!, cómo pesan los bolsillos.

*De Ruth Ana López Calderón©.  anilopez20032000@yahoo.es
01-05-2011

Pequeña hemorragia*

 
 En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.

Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.
La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ
LA VISIÓN DE UN ARTISTA “SIMPLE”

Eduardo Coiro: “Me asombra el heroísmo de la gente común”

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

El escritor motorizó ”Inventiva social”, un soporte a los proyectos solidarios.

Vago es una calle en Temperley, que alberga un pasajero poco común. Editor de Inventiva Social, un medio literario de prestigio y alcance global, el escritor y sociólogo Eduardo Coiro habla de sus intentos solidarios, de una obra difundida y de los puentes tendidos hacia la sociedad, con la que ha construido una comunidad virtual donde los desafíos y la palabra cobran sentido. Una libertad de 10 años creativos.

–¿Quién sos, de dónde venís, de qué barrio sos?

–Soy de acá, de Temperley, hijo de padres que dieron hasta la camiseta por sus hijos. He estudiado sociología quizás por un azar, pero puse en una perinola, una equivalencia en carreras, tiré la perinola y salió sociología, como podría haber salido psicología, antropología, periodismo y fui consecuente, me anoté, cursé y me recibí.

–¿Cuestión de respetos?

–Respeté a esa decisión azarosa; la idea de “Inventiva social”, que es un poco lo que quería contarte, surgió de querer crear un banco de ideas, que pudiera acercar soporte virtual a proyectos solidarios, con el aporte de voluntarios competentes en cada tema, pero siempre sobre la base de proyectos sociales y respaldar de alguna manera, la actividad de la gente.

–¿Y cómo te fue?

–Estuve un tiempo intentándolo hasta que llegué a la conclusión de que eso es algo que era inalcanzable con mis posibilidades de ese momento, y si empecé a ver que había un montón de personas que estaban en la misma situación que yo.
Personas que necesitaban escribir, necesitaban expresarse, que escriben muy bien, hay muchísima gente que escribe muy bien y no tiene difusión, y empezó a ser lo que es “Inventiva Social”. Es el momento fundante de “Inventiva Social”. Estamos hablando del 1999 – 2000.

–¿Los contactos con los escritores son virtuales?

–Conozco escritores de Santa Fé, he tenido el honor y el gusto de conocer a muchísima gente que escribe muy bien en Santa Fe y hay gente a la que he conocido sólo por correo, hay amigos cubanos que escriben, un querido amigo que falleció el año pasado, en Austria, que tenía también su propia revista literaria y que aportó muchísimo con sus escritos y su obra plástica, que sigo difundiendo, Luis Alfredo Duarte Herrera, un destacado artista residente en Salzburgo.

–¿Qué desafíos tiene “Inventiva social”?

–Uno de los grandes desafíos es primero seguir con el Inventren, un proyecto realmente ambicioso. Si uno piensa en lo que es tomar un recorrido de trenes que ya no van a volver, como ahora que estamos haciendo un recorrido:
Carhué y Puente Alsina, son muchas estaciones, imaginación que hay que poner en cada estación, mucho esfuerzo para poder escribir líneas surgidas del viaje de los recuerdos de cada cual o de lo que sugiere el nombre de la estación. En algunos casos no queda absolutamente nada.
Ni siquiera testimonios de lo que fue. Una especie de rescate simbólico de lo que fue el tren, y mantenerlo vivo desde el relato y la literatura, es un desafío impresionante, para mi es el desafío más grande. Que estén escribiendo en un recorrido argentino amigos de Méjico o de España, para mi es un orgullo y un desafío.

–¿Tenés algo publicado?

–Lo que hay publicado: “Viendo al oeste del andén tres”, un ensayo dedicado a Kosteki (Maximiliano), publicado en Salzburgo, en Austria; una crónica sobre el Foro Social Mundial, publicada en campo grupal, otra pequeña ponencia, el problema de la verdad en la constitución del sujeto, publicado en un libro de compilación llamado el pensamiento de los umbrales del siglo XXI, hay otra ponencia, “Proceso de globalización”, “Nuevas tecnologías de la comunicación e identidad cultural”, en otra compilación de Susana Vellegia, la Gestión Cultural en la ciudad ante el próximo milenio.
Y un pequeño escrito llamado la reinvención del ferrocarril, un proyecto de articulación social, que fue publicado en un libro de síntesis.
Después hay escritos editados en Internet, Resonancia.org en Francia, Estrella errante en Salzburgo, y otros lugares. Un armado de página para el Inventren se hizo en La Unión, uno de los primeros recorridos que hicimos, que salió de La Plata y llegó a Mercedes, siguiendo el recorrido del Provincial o del Belgrano.

–¿El común de la gente también puede publicar?

–Cuando uno va al supermercado porque trata de comer y ve el heroísmo de la gente, una de las cosas que más me asombra es ese heroísmo de la gente común y corriente como yo, el heroísmo de vivir en la adversidad.
Hay un montón de cuestiones por las cuales la gente pelea con la adversidad, donde es heroico que una persona sale a la calle va llega a su trabajo y cumple con su trabajo y vuelve, ese tipo de cuestiones, ojalá la gente pudiera escribir sobre lo que le pasa todos los días. Yo sería feliz.

Él escribe…

Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.
En la bendición del mendigo ciego.
En la mirada sin padre del cura bueno
al que llamamos -de pura costumbre- “Padre”.
No creo en ninguna institución que administre la palabra “Dios”.

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 31/10/11
http://www.launion.com.ar/?p=67204

 

 
PESCA AL POR MAYOR*

Arroyos del Norte Santafesino;
Una época en la que todo abundaba.
 

 
El tractor naranja, ya bastante baqueteado, hacía sonar su estridente marcha, rompiendo la quietud de la siesta en la vastedad de la colonia; tartamudeando en los cambios, tosiendo cada tanto con arcadas de humo, arrastrando un acoplado lleno de muchachos que iban a pescar, aquel sábado a la tarde, de  pleno sol otoñal.
El gavilán que sobrevolaba sus dominios chilló advirtiendo al extraño espécimen reptante, de anaranjada cabeza, que osaba desconocer su territorio, y viendo que aquel avanzaba indiferente, optó por volar encima y asegurarse que no fuera una amenaza para los suyos, y describía extensos giros planeando por encima, una y otra vez, vigilante, señudo,  y alerta…
No faltó alguien del acoplado que levantó una carabina y disparó contra el gavilán, pero con el temblequeo de la marcha era difícil apuntar medianamente bien; detrás lo imitaron otros dos o tres, con sendas armas calibre 22, pero el gavilán siguió planeado, haciendo apenas un leve alabeo, sin variar casi su trayectoria. Si hubiera sido con una escopeta, que abre un haz de municiones, otra habría sido la suerte del ave.
Pensé que como no se podía apuntar con precisión, lo que correspondía era tirar a pálpito, a ojo de buen cubero… Y así probé, tirando algo adelante y al bulto, con tanta acierto que el gavilán,  sorprendido en su planeo, comenzó a caer revoleando sus alas, en un desordenado tirabuzón, finalmente hasta el suelo…
En el silencio de observar la caída, nos pareció escuchar el rebote sordo del cuerpo inerte, en el final de su último y truncado  vuelo…
No sentí alegría para nada, pero era chico y tenía la vanidad de querer lucirme, ante una media docena de preadolescentes como yo mismo, que íbamos atrás, más dos muchachos adultos en el tractor; uno conduciéndolo, y el otro sentado malamente en el guardabarros, saltando en los barquinazos, mas aún que los que íbamos en el remolque.
-¡Vamos a ver si para pescar sos tan bueno!…- bromearon a mi costa.
Rato antes habíamos cargado todos los elementos, así como comestibles y bebidas en cantidad abundante, y salido de la casa de mi tío; que era siempre  el punto de inicio o partida, para cualquier evento que fuera importante en la colonia.
A principios de la década del cincuenta estaba en todo su esplendor. Las tierras eran casi vírgenes y rebosaban de sembrados lozanos y las cosechas eran abundantes, de buenos rindes; por lo que los colonos progresaban felizmente, y trabajaban fieramente alentados por esa generosa recompensa.-
El trabajo era la ley, pero llegado el sábado, y más el domingo; sagrado descanso, fiesta. Fiesta era Truco, boliche, baile, fútbol, pesca, caza, y en gran parte diversión en familia. A menos que estuvieran en momentos cruciales, como sembrar o cosechar, y había que aprovechar el buen tiempo. Ahí sí, trabajaban incluso de noche.
Marchamos una media hora y cruzamos un puente pequeño hecho con troncos, pero que aguantaba firmemente el paso de vehículos, tractores y máquinas, desde décadas atrás, cuando por necesidad, se juntaron los colonos para construirlo; y soportó además los embates de muchas crecidas de la cañada, que por épocas se pone muy correntosa…
Mis primos me contaban que en ocasiones habían cazado yacarés, de cierto tamaño; ya que era casi un estero, rodeado de monte…
Pasando el puente, entramos en un camino vecinal, cruzamos tres o cuatro casas de colonos, casi precarias, con pequeñas quintas de frutales y alguna planta para sombra, sobre un patio pelado; con gallinas picoteando en el suelo, y algún chancho hurgando de aquí para allá.  Franqueando sus tranqueras, cruzamos varias chacras y finalmente nos encontramos en un bajo pronunciado, tupido de ceibos, entre altos y amarillentos pajonales.
Luego una limpiada, rodeada de plantas de Tala, y allí nos detuvimos. Calló el tractor, y era tan grande el silencio imperante, que todo nuestro bochinche bajando las cosas, parecía que no lograba alterarlo.
A metros, un arroyo angosto y poco profundo, corría viboreando entre grandes bancos de arena, y algún trecho  de barrancas bajas.
Enseguida estábamos metidos en el agua, que a lo sumo nos llegaba a la cintura, aunque en el centro iban los dos mayores por ser un poco más hondo. Todos en hilera, empujando una red con cinco o seis parantes, que había que sostener para mantenerla vertical, mientras lo hacíamos, avanzábamos en el agua; así un trecho, y cada tanto girábamos sobre una punta, avanzando con la otra hasta llegar a juntar los dos extremos en una orilla, sacando así todos los peces atrapados fuera del agua, al desplayado de arena.
En cada tirada sacábamos docenas de sábalos de dos o tres kilos, que  coleteaban y saltaban por safar  y volver al agua, muy pocos lo  conseguían… Salían también algunos Moncholos o Bagres; que juntábamos con los demás.- Sólo devolvíamos de inmediato al agua a los más chicos.- En un momento un Dorado, mediano, al verse acorralado saltó del agua, sobre la red, tan vigorosamente que dio contra la frente de Chiani, un corpulento muchacho, que aturdido, cayó por un momento de espaldas en el arroyo… Así estuvimos pasando y repasando la red, capturando centenares de piezas, buena parte de la tarde.-
Para el atardecer todos los pescados estaban abiertos, limpios y salados; listos para freír…
Comenzó a llegar gente. A caballo, en volanta. Familias enteras, varones y mujeres,  chicos y grandes; que habrían sido invitados previamente, supongo. Todos eran amigos. Se armó alguna ronda de mate, alguna mesa de truco, aparecieron una guitarra y un bandoneón, y un jovencito con una flauta que maravillaba entreverado en el conjunto; mientras algunos encendían fogatas con leñas, aprestándose a cocinar el pescado, en varias ollas negras “de tres patas”…
Entretanto, con la última luz del día, yo me aparté, y tentado me tiré al agua fresca, para cruzar ida y vuelta, un tramo angosto, que resultó ser hondo… Me cansé antes de llegar a la otra orilla… Y agotada, me volví, pensando por momentos que no llegaba. Estaba sólo y me asusté. Sin aliento, alcancé finalmente regresar y salir medio muerto del agua…
Mi primo Titín me había visto y percatado de mi trance, se acercó presuroso. Al verme salir bien, aunque bufando, me dijo entre risas de alivio…:
-¡Ufa…! ¡Qué susto, compañero!- Los dos nos sentamos juntos, y reímos con ganas…, pensando cada uno en silencio,  el momento que acababa de pasar…
Conseguí reponerme tras un buen rato, y pude reintegrarme al grupo, y después colaborar con los cocineros, junto a mis otros primos.
Apenas oscurecido, empezó a correr el vino y la cerveza, con las primeras fuentes de sábalo frito, que repartíamos a decenas de comensales; medianamente acomodados en mesas y sillas, que ellos mismos habían traído.-
Todo bajo la techumbre de las Talas, la luz de los faroles, y los acordes de la música litoraleña; que brotando en la noche silenciosa, flotaba sobre el inmenso y agreste paraje, de ceibos y pajonales, en los meandros del Toba, el arroyo generoso…
Hubo risas, cuentos, alegría; y siguió la fritanga con música, hasta muy tarde. Al final sobró tanto pescado aún sin cocinar, que hubo para que todos llevaran a sus casas la  cantidad que quisieran…
Cuando todos se habían marchado, y apagamos el último farol, la noche volvió a quedar en el más puro y virginal silencio… sólo perforado por una miríada de grillos y otros  bichos nocturnos, que ahora reanudaban sus coros, librados al fin de la irrupción de los intrusos, y de su molesto y ruidoso barullo…
 

II

Otro tío mío vivía muy cerca, y ya en el verano, un día me invitó también a pescar, en un lugar cercano y en el mismo arroyo, pero esta vez donde éste desagua su cauce, en un delta de canales ramificados, ya en los bajos del gran estero.
El transporte fue una volanta toda negra, un carruaje descubierto, típico entonces, con un tiro de dos caballos; atrás con dos ruedas grandes y rayos de madera,  las de adelante igual, pero bastante más chicas.
Pero lo curioso fueron los elementos. Un par de horquillas de las que se usaban para emparvar lino. Un largo mango de madera con tres o cuatro dientes finos y filosos de acero; y un bulto con varias bolsas de arpillera. Nada de redes, ni espineles; sólo eso…
Iban además dos primos mayores, y el mismo Chiani, el forzudo.-
El monte quedó atrás, en la altura, se lo veía lejano, casi en el horizonte. El lugar era desolado, bajo y llano; y estaba cruzado por varios canales, o riachos, que se iban bifurcando, de unos tres o cuatro metros de ancho, recortados en la tierra, sin arenales en las orillas. Todo limpio, sin siquiera una mata de paja, o gramilla en el suelo.
De los  jóvenes, dos se metieron con el agua hasta la cintura, llevando cada uno su horquilla a modo de fija, el otro caminaba cerca de la orilla, para ir juntando los peces fijados. El agua turbia no permitía ver para apuntar, por lo que tiraban horquillazos a diestra y siniestra, para ensartar los peces que tuvieran la mala suerte de acercarse en su camino, y al paso avanzaban despacio, aguas abajo. Cada pez ensartado hacía sacudir la  horquilla al retorcerse entre los dientes de acero.
Parece mentira, pero era raro el tiro que no ensartaran al menos uno, tal era la proliferación de peces, sábalos casi en su totalidad, y todos de buen tamaño.
 Golpe de horquilla y pez afuera. A veces dos o tres tiros en falso. El otro iba juntando y limpiando, de uno en uno…… poniéndolos en una bolsa, de las que habíamos llevado para eso.
Me fui a sentar al lado de mi tío en el suelo, que había llevado una línea con su anzuelo, y estaba pescando como Dios manda.-
Desde allí yo miraba la hazaña.-
-Tío, no puedo creer lo que veo… ¡sacar peces de esta manera!-
Mi tío me miró divertido, con una sonrisa bonachona.
      -¡Vas a ver la cantidad que llevaremos, dentro de un rato!-
-Pero; ¿Qué van a hacer con tanto pescado?…Pregunté sin conocer cómo harían para aprovechar tanta pesca.
-¡Ohh! –suspiró divertido- Primero, convidar a los vecinos, como ellos hacen con nosotros. Apartar algo para comer en casa, y finalmente lo que reste lo conservaremos en sal… Se pone una buena capa de sal gruesa en el fondo de un barril de madera, que usamos para eso; una capa de pescados abiertos y limpios, luego otra capa gruesa de sal, y así hasta que al final, se cierra siempre con abundante sal…
Bueno, ahora estaba claro.
Seguí observando:
 Las orillas donde iban, quedaban regadas de sábalos capturados,  que se retorcían, reflejando como hojas de plata al sol de la tarde. Los dos fijadores tiraban tantos peces afuera del agua, que el juntador no alcanzaba a hacer toda la tarea, y se atrasaba. Los pescados se iban amontonando, y eso, a los otros,  les permitía cada tanto tomarse un respiro,  pero antes de continuar tenían que ayudarlo, y luego volvían a la excepcional captura…
Llenaban las bolsas hasta la mitad y las iban cargando al coche, o “carrito” como se lo conocía.  Cargaron al menos  siete u ocho medias bolsas.
Al regresar notábamos que el peso era excesivo, si bien no era demasiado lejos el viaje a la casa; pero el piso era de por sí algo blando,  y ahora parecía menos parejo…
 Avanzábamos muy lento, y el carruaje parecía quejarse. Apenas habíamos salido, y de golpe hubo un crujido seco, y una rueda trasera se rompió en pedazos. Se desarmaron y se rompieron los rayos, y el carruaje se fue ladeando hasta el suelo de ese lado, mientras nosotros saltábamos, desprevenidos…
Quedamos mirándonos unos a otros, y también mirábamos la rueda. Al cabo, se desataron los caballos, y fueron a buscar ayuda a una estancia cercana.
Mi tío y yo nos quedamos a esperar el auxilio, que llegó en una hora; un tractor que nos llevó de regreso.
La pesca se salvó casi en su totalidad, ya que la trajimos un poco en los caballos, y otro poco en el tractor.
.La volanta quedó un par de días en el estero, hasta que le reemplazaron la rueda rota.
Rota por el descomunal peso de semejante pesca.
Pesca con horquillas, y en tal cantidad, que traíamos bolsas llenas de Sábalos…
-¡Cosa de no creer!- 
 
 
*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda (Santa Fe), -Texto incluido en “Los días felices”  21 julio 2005

Correo:

Cannes: Tierra y rocas en la Valija del Espacio Vital*

¿Cuál es el lugar de un pequeño en la ronda de los gigantes económicos?

Los 8 más grandes necesitan más espacio vital, pues su población y su velocidad económica supera holgadamente la capacidad de su suelo como para dar nutrientes, minerales, AGUA y nichos contaminables que les permitan seguir creciendo mientras fabrican un celular para ser tirado al año siguiente o un alimento con sustancias nocivas para la salud.

En algunos años sabremos qué llevaba la Valija a Cannes. Qué pato para esa boda de 20 entre algunos grandes festejando la entrega de unos chiquitos que quieren ser iguales y otros, como nosotros…, que están dispuestos a seguir el designio de los rendidos sin pelea.

Quizá Ghana llevó alguna vez tal Valija y hoy es un depósito de basura electrónica y química de las superpotencias. Un verdadero orgullo (¿???).

Hoy la extraña Valija viaja a Cannes y no me pueden pedir que aplauda por lo que le podrán robar a mis nietos. No me pueden pedir que aplauda la entrega de su futuro con, cada vez, más muros que encierran barrios de hiperricos para protegerse de los miserables.

Sí, es la Valija de los miserables en oferta para ampliar el espacio vital que pronto considerarán que es de ellos. Cuando alguien se revele y diga ¡Basta! saldrán a decirle al Mundo que los miserables les quieren sacar sus tierras fértiles y sus montañas. Dirán que es una lástima que nuestros hijos y nietos estén sentados sobre sus riquezas.

La Valija va sonriente. Las tierras de la Argentina Profunda se abren ante la tentación de ser explotadas, exfoliadas, ensuciadas, aniquiladas en pos de la felicidad de los shoppings de gentes de otras tierras. De otras tierras que enarbolan ser civilizadas luego de haberse matado entre vecinos por 3.000 años y de haber destruído civilizaciones milenarias en ese mismo tiempo, especialmente las nuestras en lo últimos 500 años.

La Valija traerá menos que baratijas. El yanaconazgo será poca cosa frente a ese pasado que se reinventa. La Guerra de Zapa será más difícil en ese entonces, pero esperemos que esta vez no sea librada por un Empleado de las Logias de la Civilización de la Barbarie.

Se estremece el Alma al enterarme de la felicidad de la Valija que tendrá oportunidad especial de abrir su contenido para entregar la Tierra y el Futuro de nuestros bisnietos.

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White – Buenos Aires
Noviembre 1ero de 2011 -

*

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EDICIÓN NOVIEMBRE 2011

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en
el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El
único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo
de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y
desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre
Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo.
Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables.
Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la
incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela
rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que
estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus
parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me
adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira
sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes.
Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un
individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos
que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y
finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de
superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en
la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus
manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área
de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro
“ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los
recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí
para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo,
aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me
siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote:
es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco
que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la
ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos
semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición
incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece
vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si
fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas
corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que
estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que
asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único
que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe
tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se
matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en
la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir
que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en
español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre,
le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante
atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el
pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me
pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una
celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos…
tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine
que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del
viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que
finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los
carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo.
Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de
policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero.
Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas
pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy
observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en
lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los
requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue
honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of
Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños
traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los
cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado
(2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del
mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía
espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años
cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la
casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al
metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de
veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien
todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la
chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano
cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando
mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba
hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o
pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un
misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que
fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus
visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta
y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva
construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir
por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del
lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta
podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero
había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de
cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos
metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por
algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared
aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de
alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o
un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi
padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes
árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino
tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería
en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los
potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y
verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de
altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que
llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo
galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de
los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña
María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”,
que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy
mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi
padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de
voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace
poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo
que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo
hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las
chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en
época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en
el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía
en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una
ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su
altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza”
que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su
pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo
que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa,
recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el
pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su
ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don
Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer,
absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro.
Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don
“Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se
hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era
muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces
y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel
cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca
regresaron.

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo
de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.

Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.

Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.

Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes

Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un
niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el
jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había
ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un
elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y
no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía
atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue
favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso
en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque
su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En
cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber
las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la
voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y
salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la
puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de
volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de
peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un
monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato.
Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos
modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión
que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la
vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía
como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su
aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su
conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos
azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión
de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella
mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta
donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación
lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días
y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz:
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
–    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que
no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable
recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo
movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como
queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil
colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo.
Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu
juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó,
también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a
internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó,
esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes
que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado
el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de
Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás,
último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su
muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el
contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro.
Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro
homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra
fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que
acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las
diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado.
Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos
cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo
azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo
de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia
campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don
Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el
pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los
vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos
hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara
difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros
criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas
cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda
silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas
horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron
a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los
Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel
María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez
y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el
recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color
aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia
y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador.
Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí
está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con
su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde
le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos.
El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace
camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica
difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le
pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del
pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y
no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en
quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí,
con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO*

Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.

Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.

Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.

Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran,
cambian de lugar.

Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más
cálidos.

Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que
necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos
sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder
sostenerse.

Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para
después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo
que habían descubierto.

Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que
había descubierto.

Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo
más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.

Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido
que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.

Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.

Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A
continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así
como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once
millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de
libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once
millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio
o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones
de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este
informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los
especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el
futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias
editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo
difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su
estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento
de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el
personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que
conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo
tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro
de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal
como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la
antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje
formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre
las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de
cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma
analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene
Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que
remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de
producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se
refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del
inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el
esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es
antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y
puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la
prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque
además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas
formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de
símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan
pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de
2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras
tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best
sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se
admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria
editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en
la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y
publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su
incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la
impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de
prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet,
concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en
las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de
grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros
específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también
Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos
ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la
red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen
de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega
Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos
y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del
e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor
la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre
sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que
impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de
2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como
Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books,
editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse
por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su
favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros
los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos
celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro-
ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple
Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este
sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la
edición es prácticamente automática porque depende de una serie de
operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por
el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta
aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red.
Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga
absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de
tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si
todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro
electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la
Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de
Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición
del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre
nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la
nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas
especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital,
donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y
servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en
el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario
comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones
o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca
personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u
olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un
50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449
metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de
conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que
este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el
futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una
alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para
contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble,
no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del
autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro
sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y
accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

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LOS CAMINOS SE ABREN O SE CIERRAN…

Celos*

Buscó debajo de la alfombra infructuosamente. En la maceta, al lado de la puerta, sobre la repisa de la ventana, en la columna del porche… ¡Si, ahí estaba! ¡Esta manía de cambiar la llave de sitio!

Abrió la puerta intentando hacer en menor ruido posible y se encaminó sigilosamente hacia la escalera. Se detuvo un momento a escuchar…¡Nada! ¡Ni un sonido!

Subió lentamente la escalera saltándose el quinto peldaño que siempre crujía. Estaba tenso y expectante. Tenía miedo de lo que se podía encontrar, pero había tomado la decisión de averiguar la verdad y seguiría hasta el final. Recorrió el pasillo de puntillas y aplicó la oreja a la puerta de la habitación de matrimonio. Le pareció escuchar dos respiraciones. Escuchó más atentamente y se convenció de que había dos personas en la habitación.

Con el rostro contraído por la ira sacó la escopeta que había recortado previamente y entró sin importarle que el ruido le delatara. Quería ver sus ojos, su expresión al verse descubierta y su miedo antes de morir.

Al mismo tiempo que entró, la pareja que dormía en la cama despertó sobresaltada y miró hacia el intruso. Si mediar palabra, descargó un disparo en el pecho del hombre que rebotó contra el cabezal y seguidamente, esbozando una sonrisa sarcástica, un segundo disparo impactó en la cabeza de la mujer.

Guardó el arma, dio media vuelta y empezó a bajar la escalera. Se sentía más tranquilo, satisfecho de su acción. Al fin y al cabo ya le había advertido que no le perdonaría otro desliz. Mientras salía por la puerta se hizo el firme propósito de escoger mejor a su próxima amante. Le gustaban las mujeres casadas, pero exigía fidelidad.

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

 

LOS CAMINOS SE ABREN O SE CIERRAN…

No sé…*

“no sé si alguna vez
les ha pasado a ustedes”
Mario Benedetti

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
que esa tristeza aciaga que silencian los ecos
se abriga en la quietud envolvente de un cielo
se esconde en el extraño horizonte del tiempo
y estrella laberintos en el aire de pájaros

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ver cómo la indecencia se anima a la nobleza
y la victoria mengua encorvada en el agua
en el grito del árbol o en los brazos del sueño
del sueño adormecido en las manos del canto.

Pero a mí me ha pasado
que derroté el cansancio en los ojos del viento
que bordé la coherencia con ánimo de nube
que parí la ternura
que lamí la semilla
y el verbo fue un brevísimo racimo de lluvia

Pero nos ha pasado
que inventamos la risa con dos notas y el alba
que tejimos palabras en idioma costero
que las luces de agosto abrazaron los bordes
que el éxtasis del aire deliraba nostalgias
y soleamos las manos
y el amor se hizo ángel
y el secreto paciencia
y las voces virtud
y la piel arboleda
y el abrazo desvelo

Pero a mí me ha pasado.
que nombrando su nombre con los labios dormidos
que temblando la noche suturada de acordes
con la melancolía del sur en la estrella
el poeta hizo coplas
hizo copla en la siesta
hizo copla y camino
hizo copla en silencio.

*De Ana Lía Gattás. al_gz@yahoo.com.ar
-Mendoza, Argentina-

Salsa*

 La infancia no siempre es feliz pero al menos es verdadera.

Ahora casi no hay olores. Un gran desodorante parece llover desde el cielo e iguala. Las cocinas no muestran el secreto, debe ser por el tiempo, una salsa que se cocinaba a lo largo de horas abría su esencia en los aromas. Recuerdo el avance nuestro sobre el terciopelo oscuro, ese rojo oscurecido por  la carne, con un pancito como arma. Me mamá se oponía al asalto, había una lucha que ganábamos. En ese tiempo las mamás disponían de tiempo y mientras todos lo elementos largaban sus olores nosotros anticipabamos el gusto. Esos momentos previos, los de la larga cocción, eran como sucede en el amor, quizas los más importantes. Los que alimentan el alma y se extienden hasta acá. Cuando la miga de ese pan rojo hace tanto que se perdió. Las mamás podían dedicarle ese espacio a las comidas porque no trabajaban fuera de la casa. No sé si eso siempre era bueno para los niños, pero seguro era bueno para las salsas.    

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

MIGAJAS*

Adentrado en los extramuros
alejado de los intocables y sus festines,
escarba los desperdicios, busca migajas,
unas migajas para mitigar el hambre.

Y sus sueños…
¿dónde están?

Tal vez en las astillas
del pupitre que endulzó su infancia, en las escasas hojas de un cuaderno,
y el pedazo de lápiz sin goma de borrar.

El aire lo envuelve en desprecio y abandono
y la soledad desquicia sus harapos:

No hay futuro en sus noches sobre el pavimento sucio.

*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
12-09-2011

*

De Canciones olvidadas
Buenos Aires, 1995-1996  

   

El tren de las 12.50
viene por Nidia desde Bosques.
Pita entre las rancherías
y los desechos de Ardigó
       estremeciendo todo.
Ella lo espera fumando
y mirando los árboles de enfrente
en el viejo andén de tierra.
Así todos los días, como un rezo.

*

Los caminos se abren
       o se cierran
según sean tus cauces.
Silban vientos
       altos
o silban víboras.
       Se arroja
la marea, o apenas
       se anilla
en dibujo leve
       el charco.
Tú trazas tu mapa,
       y lo respiras.

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
http://www.eduardodalter.com/
 
 
 

LAS TARDES PERDIDAS*

           
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

¿Cuáles eran las tardes aquellas las que de una vez perdimos para siempre?
            ¿Las que se ocultaban junto al crepúsculo tan ancho como el mismo universo?
            ¿Las que usábamos en aquellas siestas hueras para los mayores pero riquísimas en aventuras para nosotros?
En esas siestas en que mi madre se ponía severa,  entonces yo negociaba el quedarme adentro pero sin dormir. Ponía una esterilla de juncos -industria de la mano paterna-  y me quedaba a la sombra de la casa, sombra que ayudaba ese ceibo donde colgaban la hamaca de mi hermano y la jaula de los canarios.
Allí, con una pila de revistas de historietas y una buena cantidad de “El Gráfico”, de la colección paterna, me pasaba esas horas donde el sol producía un vaho en el ambiente que nadie se atrevía a hollar. Sólo algunas iguanas o lagartijas pequeñas que asomaban su cabecitas curiosas, sacando la larga lengua nerviosa y cruzaban la gramilla hirviente de la cortada. Tejido de por medio -no sin saltar los canteros de flores de un pequeño jardín- estaba la libertad. Que nunca o casi nunca me atrevía a tomar porque mi padre era más que severo y mi madre era tan buena que faltarle la palabra habría sido traicionar su confianza. Por lo tanto nunca trasgredía esa advertencia, ese trato o esa veda. Por más que la barrita bullanguera viniera a buscarme.
-Hasta las cuatro no salgo, les decía yo, invariable y tenaz. Era el pacto con mi madre si venía uno sólo de ellos -podría ser Roberto, o algún otro- me arrimaba al tejido y como un preso hablaba en voz baja a través de él, sin contar con el millar de mariposas amarillas y blancas que venía del norte y tomaba el embudo verdeazul de esa cortada que bordeaban paraísos añosos y se iban hacia el campo, o tal vez merodearían en los callejones suburbanos donde abundaban las flores silvestres en sus orillas donde los
altos hinojales escondían los alambrados de púas al ojo viajero, ya jinete solitario o sulky veloz con caballito trotador o hipante Ford A con barandas pintadas de color verdinegro. Como ese que usaba el Negro Tolosa, “despensero” de la Estancia Maldonado, imbatible y lejano en el rincón más cálido de toda memoria.
Venía puntual “El Negro” por el camino que empezaba en ese monte de tamariscos, pasaba por el puesto de Juárez y la tapera de don Miguel Bay, al que llamaban “El Ruso”, y ya orillando la Cañada del gordo Compañy, entraba en la curva de Vélez, muy orondo hasta el almacén del “Cholo” Belluschi donde lo esperaba un “amargo obrero” fresco con soda al tono y allí desgranaría anécdotas rurales que canjearía por anécdotas o chismes del pueblo.
Sentado con la espalda contra la pared de mi casa, yo lo veía venir desde lejos. Primero aparecía el techo de la chata de color verde cuando pasaba el puente de lo que hoy es el Campo Gallücer, allí se delataba porque en ese lugar la calle formaba una pequeña lomita que hacía más evidente -desde lejos- la presencia de ese puente de madera. El “Negro” Tolosa  era alto, delgado, fumaba “Fontanares” sin filtro y andaba siempre de pantalón oscuro, camisa blanca, un breve pañuelito al cuello y un sombrero “Gardel” requintado sobre la frente. Era bastante morocho u hoy me lo parece, lo que es casi segura su filiación santiagueña. Su esposa también era alta, morena y delgada. Tenía dos hijas, la mayor se casó con “Piro” Ortega y la menor con Carlitos Silva. Esto pasó cuando yo estaba todavía en mi pueblo y al
partir no los vi más. Sé que vivían en ese entonces en el casco de la estancia vieja.
Por ese mismo camino, media hora más tarde vería a Inés Lynnen de Joeckers, la popular “doña Inés” hija del dueño del campo, don Guillermo Lynnen. El “doña” le daría la gente como un reconocimiento de autoridad  porque era entonces una mujer joven. Conducía un “Vuaturé” negra, pequeña, de dos asientos y en el lugar del baúl un asiento tapizado con su puerta a modo de espaldar  donde viajaba sus tres hijas: dos rubias y una pelirroja: Inesita, Tuny  y Silvia, respectivamente.
Era como el reloj de mi madre ver ese vehículo tirando tierra hacia el aire denso del verano y me parece oírla a mi madre:
-Ahí viene doña Inés, son las cuatro y media. Tan puntual era esta mujer alemana, que me parece recordar como profesora de matemáticas en el colegio secundario.
Ese trayecto del campo hacia el pueblo lo hacía a diario y en rigor apenas entraba en él. Se dirigía directamente hacia el Club Huracán donde estaba la cancha de tenis en el predio deportivo. Allí jugaba con otras compañeras o amigas. Creo recordar, a doña Leonor Tagliotti, Haydée Parapetti, Nelly Arlt
de Hidalgo, “Chichita” Callegari y es fácil que me olvide de otras, tal vez muchas, porque flotan en ese magma resbaladizo de la memoria que cada vez permanece en una niebla más densa y que se aclara en alguna situación particular. Como en ésta por ejemplo, en que recuerdo aquellas siestas perdidas, aquellas tardes perdidas.
No resisto la tentación de citar una carta de mi amigo Esteban Cárdenas, el popular “Negro”, desde su exilio misionero, al comentarle yo de las tardes de nuestra juventud que recordamos y hoy no están,  cuánto de horas perdidas. Para siempre, le decía yo.
“¿Están perdidas para siempre aquellas tardes? No creo, nos unen en la memoria, en el recuerdo y nos impulsa a hacer más a no dejar de hacer. No están perdidas Turco, las tenemos nosotros.”, concluye casi victorioso y tal vez tenga razón, el Negro, es decir, mi amigo.

Si me querés*

Si me querés
                   teneme paciencia

A la larga me voy a ir entregando, entregando
y a la corta
iré renunciando por vos y nada más que por vos a los placeres
del desorden, la novedad, la bisexualidad y el merequetengue

Si me querés
                   sacar bueno.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

La canción en sus cabezas*

 
*Por Juan Forn

El fue Medalla de Ciencias en tercer grado. Ella fue Miss Preescolar en el colegio de enfrente. Cuando a ella la mandaban al mercado le decían “Cuidado con las gitanas” y ella un poco las temía y otro poco fantaseaba con la idea de que la robaran, de que se la llevaran. En el colegio de enfrente, él tenía montada una compraventa de cochecitos rellenos de plastilina; le faltaban los anillos en los dedos para ser el perfecto gitano en miniatura.
Estaban llamados a cruzarse, y se cruzaron finalmente, a la salida de Tiempo de gitanos, en el viejo cine Arte, un sábado trasnoche. Los dos habían ido con documento falso porque los dos eran menores. Los dos estaban haciendo lo mismo, cuando se vieron, en esa vereda triangular de Diagonal que parece hecha por Roberto Arlt: estaban cantando por lo bajo “Ederlezi”, la antiquísima canción romaní que Kusturica puso en su película. Cada uno la tarareaba para sí cuando se vieron y un poco como en el libro de Emannuel Carrère, cuando la joven jueza lisiada por el cáncer entra por primera vez en la oficina del joven juez lisiado por el cáncer y él dice: “Nos reconocimos al instante”, así se reconocieron al instante ella y él, así se fueron por Diagonal, abrazados, tarareando “Ederlezi”, tratando de rearmar
la melodía entre los dos.
Imaginen una canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir. Así daban vueltas por Australia, a lo largo de sus vidas. La canción era su mapa y a la vez era su historia, era su geografía y su religión. “Ederlezi” era eso para el vendedor de coches de plastilina y Miss Preescolar. Bruce Chatwin contó la historia de los aborígenes australianos. Bruce Chatwin se pasó la vida escuchando esa canción en su cabeza, y por eso un día renunció a su trabajo de tasador de obras de arte en Sotheby’s para irse a recorrer a pie el mundo. Se había quedado ciego de golpe, los médicos le dijeron que era nervioso: “Demasiado mirar de cerca”, le diagnosticaron. El se autorrecetó los caminos: perder la mirada en el paisaje hasta recuperarla. Escuchar la cancioncita que sonaba en su cabeza.
El nomadismo no ocurre únicamente en el espacio: el nómade también viaja en el tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, la única manera en que nos pasa el tiempo es cuando estamos quietos. ¿O no lo sabemos? Cortázar no estaba haciendo un cuento fantástico en El otro cielo, cuando entraba por el Pasaje Güemes y salía en las galerías Vivienne de París, y Woody Allen menos, en su última película: los nómades saben bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un territorio a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar.
Bruce Chatwin los vio aquella noche a aquellos dos adolescentes perdiéndose abrazados por la vereda triangular de Diagonal. Los llamó Lola y Estol y los puso cantando esa canción romaní en una historia de buscadores de oro de Alaska que buscan las famosas putas de la ciudad de Mahagonny. Lo que
intentaban Lola y Estol era cruzar en barco desde Alaska a Vladivostok, y ahí estaban tratando de pagarse el pasaje cantando su canción en la calle, él en guitarra, ella en la voz. Chatwin les dejó unas monedas y se los volvió a encontrar, porque eso le pasaba siempre: se encontraba con todo el mundo en sus trayectos, en ese sentido es un poco como el Corto Maltés. La excusa de Hugo Pratt para viajar por el mundo y por el siglo era el Corto Maltés. Chatwin ni se tomó el trabajo de inventarse otro nombre. Simplemente se dedicó a escuchar la cancioncita en su cabeza, a poner gente real en sus libros y asombrarse cuando después se los encontraba en la vida. Esa clase de cosas despertaron las iras de Osvaldo Bayer cuando leyó el libro de Chatwin sobre la Patagonia y le contestó en una nota buenísima, furibunda, que llegó a salir hasta en el TLS, el venerado suplemento literario del Times de Londres.
Bayer escribió esa nota desde Berlín. Llovía en el barrio de Kreuzberg pero no por eso Bayer cerró su ventana mientras escribía aquella formidable diatriba y así es como pudo oír la música que llegaba desde el portal de abajo, que conectaba con una pérgola de plaza en Shanghai, donde una multitud de gimnastas chinos en uniforme mao hacía acrobacias en sincro perfecto, coreografía asombrosamente idónea para la selección de tangos chinos que interpretaba desde la pérgola una orquesta china con instrumentos chinos. Chatwin oía desde su mesa, en aquel café al aire libre de Shanghai, el ruido de la máquina de escribir de Bayer en el barrio de Kreuzberg. Sabía que su tiempo en la tierra se estaba terminando, aunque se negara a reconocerlo. Sentados a la mesa con él estaban Lola y Estol, que tocarían después de la orquesta para los chinos que quisieran quedarse en la plaza bajo la lluvia. Chatwin les estaba contando que se había infectado con un hongo venenoso que había aspirado sin querer en las catacumbas que guardaban los diez mil guerreros de piedra que custodiaban la Gran Muralla.
Chatwin estaba envuelto en frazadas y temblaba de fiebre pero no creía que fuera a morir por eso. Estol le murmuraba al oído: “De nada sirve escaparse cuando es uno el que persigue”. Lola le murmuraba al otro oído: “El que camina arqueado lleva un hacha en la espalda”. Estol le susurraba en un oído: “No hay opción, señor”. Y Lola completaba por el otro oído: “Revolución o picnic”. De fondo sonaba la máquina de escribir de Bayer en Berlín y la cancioncita en la cabeza de Chatwin ya casi no se oía. Estol
dijo entonces: “Hablémosle de las hormigas mentales”. Y sacó la guitarra de la funda y Lola se acomodó la flor en el pelo y los chinos empezaron a juntarse cuando ella se puso a cantar: “Hay hormigas mentales que bailan en su cabeza / Vienen de los Balcanes / se meten por una oreja y uno no siente
nada / cierra fuerte los ojos y persigue las manchitas / que huyen de su mirada / y no tiene más aduana y dice lo que todos callan / Y siempre está leyendo el mismo libro / Porque en vez de leerlo ya lo protagoniza / y vive soñando cada día / con poder olvidarse que el que vive agoniza”.
Hace años ya que Bayer terminó su nota y Chatwin se murió. Pero si hoy es viernes, seguro que Lola y Estol están tocando en algún lugar de Buenos Aires. Sólo se trata de encontrar el portal que lleve a ellos. Y, para eso, basta dejarse guiar por la cancioncita que suena en el fondo de nuestras
cabezas.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-176863-2011-09-16.html

PRIMAVERA  EN  EL BARRIO.*

 
                                  
*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar

 

     El setiembre encendido de luz y veintiuno
es un vaso hasta el borde de un vino gusto a ganas.
     Disfruta una muchacha el pelo a contraviento
 y el pródigo despliegue de su blusa floreada.
 
 
    Es que el aire deshace casi como al descuido
el nudo abigarrado que tejiera el invierno.
    Y el cielo de mi barrio, tan modesto y discreto,
hoy reluce en destellos de adornar el paisaje.   
  
 
  Tras acortar su falda por cortejar el día 
mi vecina sonríe a un guiño cuando pasa. 
    Si el clima o un tal vez pudiera convencerla  
de aflojar ya las riendas que luego es el olvido… 
   
 
   Así que en el festejo de soles derramados
aguardo que los duendes sensuales y sanguíneos
le indiquen nuestra arcaica sugestión al cruzarnos:       
    la erótica mirada de la especie desnuda.

 

-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.    
www.eduardopersico.blogspot.com

 

Zahorí *

Que te advertiría en la multitud
que te incluiría en violeta en mi agenda
que te cantaría en exclusiva el suave murmullo
que te dilapidaría en mi cama
que te obsequiaría un poemario de Bukowski
que te abandonaría

Que me moriría quince años después
atropellado por el subterráneo.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

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NADA ES LO QUE PARECE EN ESTE LABERINTO DE DUDAS…

 
PALOMO BLANCO **

*Por Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Hay un árbol en mi casa,  que llegó hace años.
No se su nombre.
Una planta rara, “con ramas tremendas”
“florece en blanco, en los veranos”
Yo la llamo, hey!
Y acude con  mansedumbre de  paloma.
Y me angustia no saber su nombre.
Y me angustia y me inquieta y me zozobra.

Si en la calle me chiflan o me dicen hey! No respondo.
Ella, en cambio, siempre llega y ronronea, como un gato.
A veces cuando el cansancio de vivir me agobia.
Hablo con  sus brotes, y ella me responde.
Comparo.
Ella brota en vida y esplendor sin mengua.
Yo, a veces, broto en números, extenuados.
La sombra de su frente me cobija.
Vuelvo los ojos a mi antigua llanura.
No lo desconozco ni lo niego.
Recuerdo el zumo cálido, descarnada inocencia.

Aquellas cabalgatas, ardiendo siempre.
Su sonrisa fresca, mis pómulos amargos.
Y la  ausencia de sus ojos, fantaseados, lo sé.
Y mí asumida pena, y la congoja de ser, el que no soy.
Y un olvido forastero de  lluvia.
Y otros anhelos.
De ramas. De flores blancas.
De hablar sin lengua y de volar si ramas.

Y el verano ha llegado como un tren crujiente.
Y la llamo y me llama.
Es mi paloma blanca, mensajera de vida.
Y no soy menos hombre porque lloro.
Y escapan de mis ojos  pétalos de inocencia.
Y soy rama, y soy árbol y soy pájaro.
Y aunque, aun, no sepa de mi nombre.
He de librar la cruel batalla que es la vida.
Y he   de llamarme riel, esperanza, anhelo.
Quizás palomo blanco.

** Un guía le cuenta a Simón Bolívar, que su esposa; Casilda, sueña que le regalan al libertador  un caballo blanco  y con él gana cien batallas. Tiempo después, en medio de la batalla del pantano de Vargas, recibió Bolívar el potro prometido en sueños por Casilda y le dio el nombre de “PALOMO” por su color característico. Siendo éste uno de los incentivos para su triunfo en esta batalla, cuando Bolívar regresó a Venezuela se detuvo en Santa Rosa y visitó a Casilda, dándole las gracias por aquel “Palomo”.

 
NADA ES LO QUE PARECE EN ESTE LABERINTO DE DUDAS…

MORADA DE LA NOCHE*

NOCTURNO I

Tejió la noche mis fibras
en su rueca de aventuras,
cubrió mi sangre caliente
tiñiéndola en  claroscuro.
Le dio forma de gaviota
a mi búsqueda del día,
contrajo mi expectativa,
borró el amanecer.
El retorno inapelable
fue volver al punto de partida.
Los engendros de la noche
me tiñen de oscuridad.

NOCTURNO II

El ocaso, otra distancia.,
Guiños azules filtró el firmamento
en un lento goteo de hojarasca.
Las lágrimas lavaron el camino,
imagen le dejaron al recuerdo…
Otro adiós en la mañana…
Revoloteo de tiempo.

NOCTURNO III

Pueden mis manos
clamar contra la muralla
con lacerantes alaridos.
Pueden mis horizontes retorcerse
en rebeldes remolinos.
Llega la noche y me promete el día,
secuencia en ciclos
que alimentan mis espejismos
y sólo pregunto ¿por qué?

*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

LA RISTRA DE CHORIZOS Y EL PAN CASERO.*

*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

Audino tiró con fuerzas el freno de mano y el pequeño camión hizo sus dos o tres últimos pasos y quedó murmurando al costado derecho del recto camino de tierra, al borde de la cuneta.
-Vamos a esperar que se enfríe un poco.-; se refería al motor, que venía bufando como si estuviera enojado, amenazando romperse en alguna parte, mientras de la tapa del radiador empezaba a emanar blancuzcas nubes de vapor reverberante. Por un momento hubo un siseo sibilante, que fue mermando poco a poco, como si el motor se fuera calmando, acariciado por un soplo de brisa tibia que venía del norte.
Era una tarde calurosa de verano, cercana a la Navidad, y yo con mis ocho años vivía esos días anhelante como cualquier niño, pensando que muy pronto veríamos qué nos deparaba la mañana navideña, imaginando los juguetes que seguramente tendríamos entonces para jugar con mis hermanas y hermano menor.
Con Audino no, porque él ya era “grande”, tendría trece o catorce. El ya manejaba el camión, era capaz de hacerlo como un adulto; además era desarrollado y alto como un hombre.
Hacía casi dos horas que viajábamos, y teníamos por delante un buen trecho.
Mamá hubiera querido que saliéramos de casa más temprano, porque temía que se nos hiciera de noche para regresar; pero papá dijo que no, que hacía demasiado calor y que el camión podría recalentarse. Y tenía razón, si no fuera por la cautela de mi hermano, que sabía cuando el motor necesitaba descanso, quizás el noble artefacto se hubiera  rebelado, y nos hubiera dejado de a pie en alguna parte.
A ese costado, pasando el alambrado, había un grupo de paraísos umbrosos y un molino de altísimo esqueleto metálico, coronado por una rueda alabeada que allá arriba, donde la brisa le daba de lleno, giraba rauda y mansamente; y abajo un caño donde vertía un grueso chorro de agua cristalina a un
inmenso estanque “australiano”, un poco elevado del nivel del suelo, rodeado por el verdor del pasto, que algunas vacas y terneros comían indiferentes.
-Vamos a tomar agua fresca.- dijo mi hermano adelantándose, trepando al alambrado de púas, y saltando ágilmente del otro lado. Un momento después estábamos sintiendo la frescura del agua en el chorro que salía vigorosamente del caño, y al caer al agua que ya desbordaba el estanque, se zambullía mezclándose en un profundo borboteo, rumoroso y cautivante.
Alrededor flotaba una pequeña lluvia que la brisa esparcía acrecentando la sensación de frescor y bienestar. Con las manos juntas en cuenco, tomamos y nos refrescamos una y otra vez la cara, el cabello, el cuello, los brazos.
hasta que mi hermano se sacó la ropa y me invitó a hacer lo mismo: -No es hondo, – me dijo,- ¡Vamos a bañarnos, que hace mucho calor!
¡Dale!…- Y alzando su larga pierna pasó dentro dando un grito estremecido por el frío del estanque y la alegría de la aventura. El agua le daba a la cintura y me convenció ayudándome a pasar sobre el borde acanalado, y sentí lo que me pareció por un momento que me atrapaba un mar helado. Al poco tiempo estábamos a nuestras anchas, chapaleando, salpicándonos, nadando de una orilla a la otra, zambulléndonos y jugando despreocupados; mientras el sol, lento, declinaba imperceptible pero sin pausas hacia el poniente.
Cuando advertimos el tiempo que habíamos estado distraídos en el refrescante recreo, reaccionamos tratando de remediarlo, pero el sol nos mostraba que por más que nos apuráramos el día estaba terminando. Volvimos presurosos queriendo recuperar lo perdido, subimos al camión y arrancamos bruscamente en silencio. Hasta el motor, ya frío desde hacía largo rato, parecía sentirse culpable y marchaba casi imperceptible y sin protestas, pese a que mi hermano pisaba el acelerador a fondo.
Llegamos con las últimas luces del atardecer, que moría envuelto en un manto granate, azulado primero, y ennegrecido luego, a medida que iba aproximándose la noche. No recuerdo si descargamos alguna carga que llevábamos o cargamos alguna que fuimos a buscar. Sé que terminamos cuando estaba bien oscuro, y nos disponíamos a volver prontamente, con un nudo en la garganta por la hora en que íbamos a llegar a casa. Imaginábamos la angustia de los demás, especialmente de mamá que era proclive a ver tragedias por doquier, si no estábamos a la vista, o como ahora; lejos, de noche y quizás expuestos a “algún peligro”, como ella decía.
La gente de la casa donde fuimos, nos trajo un envoltorio, con algunos productos como una atención, y además saludos y recuerdos cariñosos para toda nuestra familia. Mi hermano decía a todo que sí, apurado por iniciar el regreso. Apenas transpusimos la tranquera nos enfrentamos como dos pequeños
titanes, en plena noche, y en pleno campo, a la soledad de aquellos caminos de entonces. La pobre luz del pequeño camión temblorosa y amarillenta, parecía la de una luciérnaga en aquella vastedad tan oscura y silenciosa.
Sólo el estridente chillido de los grillos, el croar de las ranas y el bochinche del bicherío de las cunetas, se levantaban como un coro cacofónico a los costados del camino, haciéndonos una monótona y ruidosa compañía. Si teníamos miedo no lo decíamos.
De pronto Audino se acordó del paquete que traíamos.
-Debe haber chorizos allí en ese cartón, por el aroma que siento.- El “cartón” era una bolsa que en los almacenes de entonces ponían cinco o más kilos de azúcar, o harina, fideos, o arroz; que se expendían “sueltos”. En medidas menores se usaban bolsas y bolsitas de papel marrón.
Al abrirlo vimos y me apuré a levantar, una larga ristra; como de veinte chorizos secos, lozanos y rechonchos, de grueso picado y de factura casera; que emanaban un agradable aroma a especias, picante y apetitoso. Debajo; un gigantesco pan casero esponjoso y tibio, ligeramente tostado en su corteza
superior, de forma redonda y abovedada, mezclaba sus aromas a los cárneos, llenando la cabina de una presencia irresistible, que hacía agua la boca. El ruidito de nuestras tripas nos recordaba que hacía horas que no comíamos nada. Pero como dijo mi hermano, eso era para llevar a casa.
Claro que el camino era largo, al menos para el tranco que llevábamos, lento y cansino, ya que de noche, en esos caminos, con aquella dirección agarrotada, y esos frenos tan poco efectivos, había que tener paciencia y prenderse bien al volante sin quitar los ojos de la huella, en partes zigzagueante.
-Podríamos probar uno- y señalé el primer chorizo de la larga ristra. -total no saben en casa cuántos nos dieron.-
Audino cayó en el lazo, pero no dijo nada, por un  rato; luego sonrió y un poco más serio consideró sabiamente:
-Sí, pero tendríamos que cortar un trozo de pan; y allí sí que se va a notar.
-Bueno, vos tenés tu cortaplumas, ¿no? Si cortamos una tajada bien prolija, podría ser que nos dieron un pan cortado.
-¡Dale!- dijo él, y aminoró aún más la marcha, como para que yo pudiera cortar el pan con toda pulcritud. Corté como pude la tajada con la pequeña hoja, apurado más en la urgencia del apetito despertado de golpe, que cuidando la estética prometida, y le di la mitad a mi hermano, junto al medio chorizo, desgarrado más que cortado, que ahora emanaba más que nunca sus sabrosos olores.
Comimos en silencio, disfrutando aquellos bocados, que para nuestros estómagos hambrientos, eran migajas, sólo un aperitivo; y ahora las ganas se sumaban en tropel al apetito insatisfecho. Nadie dijo nada por un buen rato.
Los dos teníamos miedo de mostrar la debilidad y la tentación de comer otro poco. Aún faltaba un buen trecho para la mitad del camino. Otro medio chorizo y una tajada de pan, tal vez un poquito más grande esta vez, ya que si el pan estaba empezado, daban lo mismo un trozo más chico o más grande.
Así que volvimos a comer. Y con el mismo razonamiento al rato, a medida que avanzábamos, volvíamos a cortar un nuevo chorizo y otra buena tajada, y así una y otra vez, hasta que estuvimos más que satisfechos; sin medir en ningún momento la magnitud de nuestro voraz apetito.
Sólo cuando apaciguados miramos el pan y la ristra de chorizos sobrantes, caímos en ver nuestro descontrol, rendidos ante la gula; uno de los pecados capitales, según mamá que siempre nos explicaba el catecismo. Los gestos que intercambiábamos en silencio y en la semi oscuridad de la traqueteante
cabina, no eran precisamente de orgullo; y no acabábamos de entender porque no conseguíamos restarle importancia, al fin y al cabo eran sólo unos chorizos y unas rodajas de pan.
Tampoco entendíamos por qué al bajar del camión en casa, ya muy tarde, con la menguada bolsa de cartón, con poco más de medio pan, y con la mitad de los chorizos; sentíamos los dos la cara ardiente, colorados como pimientos.

*Texto incluido en el libro “Pintando mi aldea” de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe.

Porque una tarde reventé los muros*

Porque una tarde reventé los muros de mi encierro
dispuesto a devorar el horizonte.

Porque bebí del cáliz celosamente oculto
que entreabre las puertas de la dicha.

Porque cerré los ojos y me lancé al vacío
de otros ojos que incitaban a la vida.

Porque violé los estatutos de los presos
y prendí fuego a los viejos pergaminos
que cercenan los sueños.

Porque ungí sagradamente mis alas oxidadas
con el verbo balsámico de otro labio lejano.

Porque corrí, dancé, canté sobre el asfalto,
porque amé, deliré, caminé junto a ríos
y habité otras ciudades y atravesé fronteras,
y dejé que mi piel ardiera entre las brasas
de una incierta quimera
mientras Kronos devoraba los segundos
que conducen al valle desolado
que los ángeles llaman Despedida.

(Mi último dios espera entre las sombras
del rincón oriental; no dice nada.
No queda nadie más, sólo nosotros:
su sombra y mi delirio.
                                        Sólo uno
podrá salir con vida)

*De Sergio Borao Llop.  sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

EL ÚLTIMO CARRERO*
 

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Los callejones que en aquellos años lejanos eran recorridos por los carros de ruedas gigantescos, con su lanza  que tiraban doce caballos sólo quedan en el recuerdo del recuerdo de los que nos contaron los mayores.
            Antes que los camiones se popularizaran,  el cereal de las chacras a las casas acopiadoras del pueblo las llevaban estos vehículos pintorescos, casi copia de las antiguas carretas, esas cerealeras , que siempre tenían acceso a las vías donde paraban los trenes de carga. Los carros  se cansaban de levantar polvareda, con su paso lentísimo. Iban en largas caravanas, con sus peones,  su enjambre de perros ladrones, amaestrados para robar algunas gallinas que engrosaban en los guisos  que se llamaban precisamente, “carreros”. Mi abuela me supo contar que eran el terror de las chacras donde iban a cargar el cereal en bolsa o a granel. Que no había tropelía menor que no hicieran, todo giraba alrededor de los animales domésticos que corrían peligro si había  un descuido. Al parecer las mujeres de las chacras no veían la hora de que se fueran. Entre los tantos carreros del pueblo, nosotros conocimos, al portugués Teixeira, porque fue el último resistente que competía aún con desventaja con los pequeños camiones de entonces:-Chevrolet, Ford, Diamond- que ya los habían largamente desplazado en sus trabajos de traslado de mercaderías El carro del portugués era una auténtica rémora del pasado. Demasiado grande y pesado para repartir mercadería por el pueblo, quedaba como último recurso para cuando todos los demás estaban ocupados y amenazaba lluvia y había que sacar el cereal del campo o cuando los caminos estaban intransitables para los camiones, esas ruedas pesadas, a duras penas y cavando zanjas en los caminos traían los granos a tiempo para llevarlos al tren y al embarque en Rosario.
            El portugués era un tipo odiado por todo el mundo y no sólo por los que habían tenido un problema con él.
            Yo lo conocí. Yo lo recuerdo. Vivía calle de por medio frente a la casa de mi tío Berto y mi tía María, hermana de mi padre. ¡La dulce e inolvidable “Tía Ita”!. Quien sacaba de su delantal tan hondo esas inmensas peras de agua, las únicas por otra parte que había en el pueblo. También  supo hacer para mis años breves alguna torta de naranjas, como regalo de cumpleaños.
            El portugués entonces tenía los ojos chicos, huidizos y mezquinos, nunca miraba de frente. Vestía  eternamente con unas bombachas grises y una chaqueta del mismo color, enteramente de brin resistente, unas alpargatas blancas y la gorra de cuero que nunca se sacaba. Hablaba muy mal el castellano, lo hacía en un portuñol cerrado que casi nadie entendía y los chicos lo mirábamos con miedo, tantas historias se contaban de él, de sus crueldades.
            El inmenso carro siempre en la calle, y en las esquina un gran corral con sus numerosos caballos que  maltrataba con saña y discreción:
            -Os manso os matus- les gritaba fuera de sí mientras le pegaba con el cabo del rebenque en la boca y la frente.
            Una vez pasó un criollo de a caballo y se bajó cuchillo en mano. El portugués ganó los patios interiores  de su casa como alma que se lleva el diablo.
            -Yo te voy a dar salvaje para que aprendas a tratar a los animales- le gritó con contenida advertencia de hombre que amaba los caballos. El portugués se cuidó un tiempo, pero volvió pronto a las andadas.
            Al lado del portugués vivía su sobrina, cuyo nombre olvidé, lo único que recuerdo es que estaba casada con un panadero alto, rubio y de inmensos bigotes que respondía al nombre de Juan Pedrol, muerto muy joven.
            Esta mujer había sembrado unas enredaderas, y unas arvejillas que se trepaban por ese tejido romboidal que separaba el jardín de la calle, en un hermoso tapiz multicolor.  La recuerdo siempre vestida de luto riguroso, de pelo muy negro y ojos muy obscuros, grandes y que miraban siempre como azorados, seguramente ante tanta pena.
            Si yo seguía esa vereda  hacia el centro, a cien metros estaba el almacén de mi abuelo. Quiero decir con esto que era la cuadra en que jugábamos con mi amigo Valentín, arrastrando con un hilo esos autitos “justicialistas” (tal se llamaban los originales) que nos regalaban en el correo a los chicos más pobres previo canje por una tarjetita que había que retirar  antes de Reyes.
            Era el jefe de correo Juan Tosini, a quien llamaban Juancito, para distinguirlo de su papá de quien era homónimo. Los otros hijos de Juan eran Santina,  Lorenzo y Guillermo a quien llamaban “Mito”, una hermana, a quien le decían Blanquita, estaba casada con don Ricardo Laureano Juárez.
            Mientras voy con lentitud y sumo cuidado tirando de a una las hilachas de la memoria porque a mí se me hace cuento que esos minuciosos carreros bordaron los caminos de la colonia, con una símil de caravana como las que cruzaron por la pampa en época de los ranqueles, o las largas hileras de vehículos orientales que exalta Sarmiento en su Facundo, como si todo –el tiempo, el espacio y la historia- se hubiese confabulado para que yo escriba estas palabras, porque es cierto que conocí al último de estos especímenes extraños con un oficio ya perdido para siempre, porque ya era anacrónico cuando yo pasaba por la vereda del portugués y miraba azorado ese enjambre de caballos, con el fuerte olor a orín del corral, sus largas colas espantadoras de moscas, sus crines donde se adherían los abrojos como ahora este recuerdo que se prende, obsesivo, en mi memoria.

  Dos corazones*
 
 

*Por Elsa Hufschmid.  elsahuf@yahoo.com.ar

Taza de té de por medio se miraron, el murmullo de las otras mesas les llegaba apagado. Cada grupo con sus voces, palabras sueltas, risas. Se sentían dentro de una campana de cristal.
   Nada les tocaba ni distraía. Los ojos de él recorrían cada milímetro de esa cara amada. Se detenían en los ojos húmedos, grandes, marrones, donde las luces del bar se contoneaban produciendo chispas en cada parpadeo. Bajaban a extasiarse en la boca de labios carnosos, débilmente pintados con brillos rosados.
Había besado y mordido esa boca con pasión y deleite ¿cuánto hace? ¿Años, horas, segundos? No lo sabía.
                   Pero lo pensaba y un raro escozor le invadía el estómago.
Estiro su brazo por sobre la mesa buscando la tibieza de la mano femenina que no accedió al reclamo. Inquirió con una mirada y un toque de alarma le llega en esos ojos huidizos y en el leve temblor del labio inferior.
Creyó en una broma al escuchar tenemos que dejar de vernos pero se pasmo su sonrisa cuando advirtió dos gruesas lágrimas caer lento sobre el mantel.
                   _Vuelve de Europa mi esposo. No puedo deshacer mi hogar. Por mis hijos, por mis padres, por el lugar que ocupo en la sociedad. Perdóname, lo vengo pensando hace una semana y ya está decidido. Sos joven, no te faltaran oportunidades. Fui muy feliz con vos. No me odies.
                   La vio ir caminando entre las mesas. No pudo moverse. No pudo hablar.
Las palabras de ella penetraban lento, le costaba entenderlas, como si se hubieran dicho en otro idioma y tenia que descifrarlas con dificultad.
No sabe si pagó al mozo, como caminó hasta la calle ni de donde salió ese camión y de donde esas luces enceguedoras que se apagaban lentamente… Lentamente… Hasta llegar la oscuridad densa… Suave… Suave.
 

PUPILAS CIEGAS*

Sólo la luz mortecina de una linterna alumbra
corredores viejos, quebradizas escaleras y pasadizos secretos,
el viejo caserón infectado de rencores
dispersa  locura en sus grietas.

Desesperada atmósfera
asfixia pulmones nuevos
y confunde, confunde…

La confianza depositada en cajones huecos
y la razón confinada  al iris de mis pupilas ciegas.

Nada es lo que parece en este laberinto de dudas.

*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
11-09-2011

Habla más bajo que no te oigo*

 *Por Juan Forn

El pintor suizo Karl Walser invita a su hermanito menor Robert desde Berlín.
“Ven a triunfar conmigo”, le dice. Karl es un pintor de éxito, se encarga de los decorados de las celebradas puestas de Max Reinhardt en los teatros de la ciudad, las mujeres lo adoran. Berlín es el centro de Europa y Karl ha hecho circular lo que escribe su hermanito entre varios editores, que han
mostrado sumo interés. Todos los signos son auspiciosos. El hermanito menor llega a Berlín como un enfant terrible, aunque ya tiene 37 años. Lo primero que hace deja atónito al hermano mayor: se inscribe en una escuela de criados. Mientras Karl logra que se publiquen dos libros de su hermano
(cuyas portadas él mismo ilustra), el menor de los Walser aprende a lustrar zapatos y platería, a servir la mesa y preparar la toilette vespertina de los grandes señores. Dura sólo un mes en la escuela de criados y tres como ayuda de cámara en un castillo de la Alta Silesia. A su regreso, en otros tres meses, escribe una novela sobre el tema, titulada Jakob von Gunten, que el hermano Karl una vez más logra publicar. Hasta Praga llega la curiosidad por el extraño personaje. Franz Kafka le dice a su amigo Max Brod: “¿No has leído aún el Jakob von Gunten de Robert Walser?”. Los manuales de literatura dirán un siglo después: “En el año 1910, tres años antes de publicar por primera vez, Kafka lee a Walser”.
Pero estábamos en Berlín, y el menor de los Walser bebe demasiado, aunque, ¿quién no bebe en Berlín en esos tiempos? También sus gustos son un poco extraños, pero, ¿quién no tiene gustos extraños en el Berlín de entonces? El pequeño Robert prefiere el sonido que hacen los discos de pasta al romperse
entre sus manos que al sonar en un fonógrafo, y nada le fascina más que calzar o descalzar a una mujer, en lo posible desconocida, en lo posible rolliza, en lo posible en público, y si ella no repara en lo que sucede con su pie, tanto mejor. Hace ambas cosas (romper discos en casas ajenas, ganarse patadas a desgano en tabernas de mala muerte) con la discreción del que se cree invisible, durante cuatro años, hasta que su hermano le anuncia que va a casarse y que ya no podrá alojarlo. Walser escribe a la Asociación de Escritores Suizos para que lo repatrien y descubre, estupefacto, que no saben quién es: ignoran que abandonó asqueado la patria, ignoran que está ofreciéndoles que recuperen al hijo descarriado.
La Primera Guerra completa el trabajo de invisibilizarlo. Vive en pensiones de mala muerte en Berna y en Biel. Karl le escribe desde Berlín: “No tienes el menor talento para dejar recuerdos detrás de ti. Brillas sólo hacia adentro. Debes cambiar”. No produce ningún efecto. Desde el momento en que acepta un trabajo, sólo piensa en abandonarlo. Dice que carece de tiempo para trabajar porque está buscando trabajo. Dice que le gustaría enfermarse, pero no puede. Dice que hay que convertir la humillación en una profesión.
También camina distancias absurdas: de su habitación en Berna hasta la cima del Niesen, desde Biel hasta Lausana o Friburgo, ocho, diez horas de marcha que le dejan los zapatos a la miseria, pero el alma menos atormentada.
Mientras Kafka muere en Alemania, él contesta a un periodista del Berliner Tagblatt que le ofrece publicar algo en sus páginas: “Estimado señor, le ruego que deje de creer en mí”. En 1929 se interna en el manicomio de Herisau. No publica hace años. Desde que perdió la voz, lo persiguen otras voces. Pero ahí está mejor. “Me agrada que aquí no me comprenda prácticamente nadie. Los que comprenden acceden a nuestro interior y nos hacen daño con su comprensión.” Dice que su estado es incurable, pero que está sano. Dice que puede comer perfectamente. Que puede, y necesita, caminar. Logra que los médicos le autoricen sus proverbiales caminatas de 50 o 60 kilómetros diarios. Durante treinta y cinco hará continuamente los mismos trayectos cotidianos, con nieve o con sol. Allí lo encontrará Carl Seelig, un callado admirador que logró convertirse en su albacea y lo acompañó en esas caminatas durante años y dejó en un libro las conversaciones que tuvo con él durante esas travesías.
También le sacó fotos. Walser iba de traje y chaleco y corbata y sombrero en sus caminatas, pero parecía que hubiese dormido vestido. La camisa arrugada, la corbata raída, el pantalón demasiado corto, los toscos zapatos llenos de barro, con un prado en flor al fondo o un paisaje nevado. La foto más
impresionante del libro es del 25 de diciembre de 1956 y no la sacó Seelig. Walser había salido solo a caminar; Seelig se había quedado en Zürich ese día porque su perro Ajax amaneció enfermo. Walser está caído en la nieve, boca arriba, muerto, una mano a medio camino del corazón, el sombrero a unos
metros, las huellas de sus propias pisadas hasta allí son las únicas manchas oscuras en el manto blanco de nieve. Así murió Robert Walser.
Pero hay otra escena, de la que no hay foto, que debería acompañar el final en todo relato de su vida. Ocurre unos años antes de internarse en Herisau.
Lo invitan inesperadamente a leer en público en Zürich, en una sociedad literaria de pacotilla. El decide hacer el trayecto a pie, para pensar qué leer, mientras se repite: “Los poetas tímidos son cosa del pasado. El que aspira al éxito debe bajarse los pantalones delante de la multitud y prostituirse hasta devenir un vendedor de su propia mercancía”. Llega a Zürich sólo un par de horas antes de la lectura. El atribulado director de la velada le pide que al menos hagan una prueba en voz alta en el auditorio
vacío. Walser consiente desvaídamente. No se puede leer así, dice el director. “Si no leo en voz muy baja, no va a oírse lo que digo”, argumenta Walser. El director mira el aspecto de Walser y decide contratar a un actor para que lea. Walser consiente desvaídamente. Entra el público. El autor que
la audiencia ha acudido a escuchar y cuya inasistencia por enfermedad se anuncia desde el estrado está sentado en primera fila, sobre el costado, escuchándose a sí mismo. El actor lee mal. Nadie se da cuenta. Hay tímidos aplausos al final y desbande. Walser, que aplaudió desvaídamente, es el último en retirarse de la sala en penumbras. El actor se lleva casi la totalidad de sus honorarios. No queda ni para pagar una noche de pensión.
Walser abandona la ciudad a pie. Pueden poner nieve en la escena, si quieren, para que así se noten más las huellas de sus pisadas alejándose para siempre de nosotros.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-177359-2011-09-23.html

Yo no sigo con esto*

Yo no sigo con esto

Jamás imaginé
que te amaría

Así que
            ¡basta!

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Correo:

EL BARRIO DE LA ESTACIÓN Y LA CONFRATERNIDAD FERROVIARIA A MEDIADOS DEL SIGLO XX*

Estimado/a vecino/a:

El sábado 1º de octubre a las 17 hs. nos reuniremos con la comunidad ferroviaria y otros vecinos de Tandil en el Centro Cultural “La Compañía” (Alsina 1242-Tandil) para rememorar anécdotas e historias del Barrio de la Estación (clubes, bailes, orquestas típicas, concursos de cantores, militantes sociales y políticos, entre otros temas).

Dalma Bardelli interpretará la canción proletaria “Hijo del Pueblo”, como lo hacía de niña en los años 30 con los trabajadores y sus familias en el Salón de la Confraternidad Ferroviaria.

                                                                                         
 Entrada libre y gratuita
                                                                                                                
Se puede llevar equipo de mate

*Fraternalmente, Hugo Mengascini. hugomengascini@gmail.com

*

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LA SORPRESA DE LO QUE NO ESTÁ ESCRITO…

La vida*

Una rosa, aparición súbita, me sobresalta de belleza. No sé si el encanto se debe a la  mirada inocente del descubrimento o prueba  una especie de escepticismo que sabe que entre plantar un rosal y la salida victoriosa de la flor,  hay una infinidad de peligros sorteados, azares, eslabones perdidos.
La sorpresa de lo que no está escrito, o al menos no del todo escrito, talismanes.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com 

LA SORPRESA DE LO QUE NO ESTÁ ESCRITO…

UNA VIEJA DEUDA*

*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

En el preciso momento en que se encendían las luces de las altas jirafas del alumbrado, yo estacionaba el auto sobre la calle veintiuno. El cielo ya obscurecido dejaba al poniente un difuso e inmenso telón del color granate, aún más intenso y luminoso hacia el horizonte; que se dibujaba aquí con las siluetas de las casas cercanas, y las diversas plantas que se recortaban renegridas y familiares, como pinos, lapachos, y fresnos.
“La Calandria”, se leía en la chapa al costado del portón de ingreso. Un patio a la calle con profusión de plantas, en el centro una bandera argentina en un mástil bajo, cobijada bajo las copas verdes, y un poco más adentro la casa del Profesor; del cual salió a atenderme y me hizo pasar, abriendo las hojas dobles.
-¡Adelante!, pase.- me invitó amable, – lo estaba esperando…
Nos ubicamos en una galería pequeña y confortable.
Debía presentar sutilmente el motivo de mi visita, ya que si bien suponía un acercamiento social, guardaba algo más, y era evidente ya que le había anticipado que deseaba hablar con él, creando seguramente un dejo de misterio.
Don Pablo Alcides Pila es el referente innegable en nuestro limitado universo de las letras. Como poeta y cuentista lleva publicados decenas de títulos y exhibe extenso historial de premios y reconocimientos.
Pero mi móvil iba aún más allá.
Tenía una cuenta personal de larga data, que seguramente no podría saldarla ni aunque quisiera, por su naturaleza; pero a esta altura era buena oportunidad para recordarla y reconocer su nobleza.
-Don Pablo, me gustaría que Ud. me acepte un libro mío, presentado hace ya unos meses.- Dije, mientras le entregaba un ejemplar de “Los días felices”, autografiado y dedicado al escritor.
-Quisiera que lo lea y lo conserve.-, dándole a entender que para mí era sumamente gratificante, guardándome la secreta esperanza incluso, de que un día podría decirme que lo leyó con gusto. También le entregué tres hojas en papel tipeado en “Word”, una copia de mi último tema, un relato costumbrista
y de una época casi lejana;”La capillita solitaria”, que podría ser parte de la saga, el tomo II.
Observó con cuidado el material impreso, sopesó y evaluó el volumen.
-Sí, -dijo- conozco el libro y escuché de él; pero no lo leí, así que ahora lo voy a hacer con gusto.-
Hice una larga pausa.
Respiré despacio un par de veces, cambiando de tema y de tono; y proseguí, yendo de lleno a lo que quería decirle, a la verdadera razón de mi visita, que ya llevaba demorada largos años:
-Don Pablo, no sé si Ud. recordará, pero yo simplemente le debo la vida.-
Torció levemente la cabeza para verme mejor, frunció pensativo el entrecejo, y tras unos instantes de silencio, me preguntó:
-¿Por qué lo dice?- Ahora me miraba realmente intrigado.
-Pensé que podría no recordarlo. Fue hace mucho, mucho tiempo; y para mí fue mucho más trascendental que para Ud., lo comprendo. Usted pudo haberse olvidado al día siguiente, pero no yo. De ningún modo.  Incluso nunca tuve ocasión de agradecérselo. Sé que no le iba a dar demasiada importancia, y yo
también lo minimicé. Pero los años me han agigantado ese momento, y hasta puedo decirle que más de una vez, yo mismo me sentí perseguido por tenerlo pendiente. Y creo que ahora es tiempo de traerlo al presente, y yo me sentiré mejor desde esta noche, recordándolo junto a Ud. profesor, que podrá
ver que no he olvidado su gesto tan valioso.-
El profesor me miraba mientras su mente escudriñaba recuerdos, en total silencio, y mientras me miraba, trataba quizás de adelantarse al resto de mi relato; pero era evidente que sólo había recuerdos confusos de los cuales no lograba extraer nada en limpio.
Se rindió, esperando que yo continuara.
-Fue una noche de verano allá por el año setenta.- dije ubicando mi relato en el tiempo.
-¡La pucha!,- se sorprendió.- ¡Nada menos que treinta y seis años!.- y los dos nos perdimos un instante en nuestros propios cálculos.-¡En ese entonces yo.! ¡Ahhhjá.!,-Recordó titubeando- Y Ud. en el Banco, era tesorero, creo; aquí en Belgrano e Iriondo. ¡Claro!, ¡Sí, yo tenía cuenta allí!., Iba casi diariamente. ¿Y qué pasó, entonces?.., Dígame.-
Don Pablo mostraba ahora una chispa de entusiasmo y de sorpresa, en sus ojos expectantes.
-Bueno, hacía mucho calor esa noche. Después de cenar cargamos unas silletas, un reel, y algo fresco para tomar; y todo en el auto, y con mi mujer y los tres pequeños nos fuimos al puerto, a tomar un poco de fresco al lado del agua. Era un lindo lugar para estar en una noche así. Además de tener una brisa reconfortante, había espacio, iluminación, y la posibilidad de pescar algo; mientras tomábamos tereré, pasando un rato todos juntos, con los chicos, charlando, contando cuentos, anécdotas, y jugando con ellos. Los veía tan poco en ese tiempo, vivíamos largas jornadas en el Banco, la tarea era exigente, y el personal siempre escaso. Eran unas horas de descanso, relajantes y reparadoras. Siempre que podíamos lo hacíamos…-
¡Si, si!- me interrumpió, -Yo también era casi adicto a escaparme un rato de cuando en cuando, así a la noche, tranquilo…, llevar el reel, algo para leer., a veces me acompañaba mi familia.

Retomé el hilo del relato:
-Esa noche sí, había unas pocas personas, en las que casi no reparé.
Recuerdo que el río Paraná estaba crecido y el nivel del agua llegaba al borde de los muelles.-
Mientras le contaba esto me parecía ver el anchuroso curso que se perdía en la inmensa oscuridad de la noche,  y algunas lucecitas brillaban parpadeantes aquí y allá, lejanas, y nos decían de pescas y de ranchadas, en una beata quietud y un reverente silencio.
-Cuando nos acordamos estábamos casi solos, -continué- de golpe se había hecho tarde. me apuré a guardar las cosas en el auto y disponernos al regreso. Me acerqué al borde del agua para enjuagarme las ojotas, así puestas, con la larga caña recogida en la mano…-
Evoqué la escena: El muro de contención era de piedra, inclinado, no a pique, y remataba un cordón al nivel del piso del puerto. El agua casi llegaba al ras.
-Así que, sin quererlo, pisé ligeramente con un pié el inclinado paredón, resbaloso por el liquen que lo cubría bajo del agua, y desaparecí como un rayo, en una siniestra voltereta, cayendo casi de espaldas, en un inesperado chapuzón dentro del río; emergiendo desesperadamente unos cuantos metros de la orilla. Mi práctica de nado era apenas para mantenerme unos minutos a flote, y con toda la ropa, me era dificilísimo. Manoteando y pataleando conseguí llegar a la orilla, pero la pared inclinada era sumamente
resbalosa, impidiéndome asirme, y la corriente me empujaba debajo del muelle tapado en una espesura de camalotes. Mi situación era apremiante. Sé que alcancé a gritar pidiendo auxilio, pero no creo que me haya salido más que un hilo de voz.-
Recordé el pánico de aquél momento.
Don Pablo seguía atento.
-Mi mujer se dio cuenta, y desesperada gritaba y corría, pero ya no había nadie allí., y en eso aparece usted, profesor, no sé de donde; y veloz como un rayo tomó la caña de mi reel, caída en el suelo, y con ella, sujetada fuertemente, me ayudó a subir la cuesta de la resbalosa pared y así poder salir del agua, en un momento en que mi vida estaba en verdadero peligro.-
Alce la vista y lo miré.
-¿Y don Pablo? ¿No recuerda ahora todo esto?-
Él seguía pensativo.
-Si, creo que algo recuerdo, ahora que me describe aquella noche, se me hace de ver esas escenas, pero las tenía totalmente borradas.- y siguió ya más lúcido: -Creo recordar que esa noche estaba mi familia, Sí, mire, recuerdo cuando decidí llevar los chicos, y sí, yo tenía el auto de este lado ya saliendo, y me volví no sé para qué. y vi, u oí a su esposa, y lo vi en el río. Fue todo junto, vi la caña, la alcé. Todo sucedió tan rápido.-

-Ya ve que para mí no fue tan simple, por más que después quise relativizar el hecho, olvidarme; con el tiempo fui viendo toda la inmensa ayuda que recibí esa noche. Ahora tengo la posibilidad de reconocerle, lo trascendente que fue para mí, aquel momento de sólo un par de minutos. Yo pude vivir hasta hoy el resto de mi vida, viendo crecer a mi familia, gozando muchos años fructíferos; y hasta logré escribir un libro que valoro enormemente; y que todo eso podía haberse truncado aquella vez, de no haber sido por su oportuna y contundente actitud.-
-Por eso vine esta noche, no sólo a obsequiarle el libro y a mostrarle mi trabajo; sino a sentirme mejor, más noble, más humilde. A mostrarle  mi tardío reconocimiento, aunque Ud. casi ni lo haya registrado. Y esto precisamente habla de su esencia humana, de su nobleza.-
Me sentí bien porque hacía un siglo quería hacerlo.
Hoy, esta noche, había cumplido mi cometido.
Luego la conversación derivó gentilmente a otros recuerdos. De nuestras coincidencias geográficas, de vivencias correntinas, de conocidos comunes.
De los hijos, de Dacio, que fue uno de los héroes de Malvinas, y de muchas cosas más; hasta que se acabó el tiempo, y nos despedimos.
Me acompañó, y pasando por el patio me indicó la bandera.
-Está aquí desde el día en que me mudé a “La Calandria”, mi casa. Era un dos de abril. Aniversario de la Toma de las Islas.-
Yo pensé mirando la bandera: “Cuanto puede significar este símbolo”, y dije en voz alta:
-Para nosotros, en casa, Las Malvinas, son más que una causa.-
Y en el portón riéndome, le dije:
-¡Gracias!
Al subir, apenas cabía en el auto.

 *Texto incluido en el libro “Pintando mi aldea” de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe.   -20 de octubre 2006-

Miradas*

Lo fantástico se infiltra en los intersticios de la realidad.
Una rosa formando una pintura entre los distintos verdes anuncia

Una herida en el techo anuncia.
el pelo tocando el aire en la vanguardia de la persona resguardada detrás, dice

Una fiesta que espera en la emoción de los cuerpos amuchumbrados, dice

Letreros, cartelitos, cartas.

 

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com 

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

“El perfume de las curtiembres me enseñó mi conciencia de clase”*

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

El escritor Guillermo Saccomanno cuenta a La Unión sobre su obra y el último libro publicado, en el que fusiona su compromiso por hurgar en la desigualdad, la mentira y el sometimiento.
Nada se compara si todo se comparte. La exigencia del postulado es superlativa. Guillermo Saccomanno, más allá de la fugacidad anterior, suena distante y con razones, sucede que costó dar con él y el todo aludido resulta escaso. Un hijo pequeño y afiebrado traza la frontera de la prisa.
Gessell es el lugar elegido por él y un bastión necesario. Algunas aproximaciones saludables podrán leerse, otras inferirse, pero “Un maestro”, su último libro, fue la concesión fragmentada para una charla polar donde se desliza su profundo compromiso por hurgar en la desigualdad, la mentira, el abuso, el sometimiento.
“Un día ví de pronto que había un espacio, un silencio, que necesitaba ser llenado. Ese silencio tenía que ver con la vida de los desposeídos. Y supe que ese silencio no me permitiría quedarme quieto, que tenía que hacer algo al respecto”, con olor a Berger, pueden coincidir. Saccomanno ha precisado que este no es un libro sobre los ‘70 sino con los 70.

– ¿Una frontera de dónde emerger?

– Entre Mataderos y Parque Avellaneda, donde y cuando el viento del oeste y el perfume de las curtiembres, me enseñó mi conciencia de clase del barrio.

– ¿Cómo, quiénes y de qué forma hurgaste para tu formación?

– Me crié en una casa de trabajadores, padre sastre y madre que trabajaba en una óptica, un padre perseguido político; en la casa familiar había una gran biblioteca abierta, quiero decir sin restricciones, donde se podía encontrar y leer a Salgari y Memorias de una princesa rusa, o a Roberto Arlt y Boccaccio. Acceso a la diversidad.

– ¿Ahí va… la señal?

– Tener una biblioteca fue el inevitable paso previo para convertirme en lector, uno es la suma de dos experiencias, la vital y la del lector, ésta te inclina a leer de determinada manera.

– ¿Hubo un texto iniciático que te influyera?

– Yo creo que el libro que me marcó a los 14 años fue “El juguete rabioso” de Roberto Arlt, por un grado de pertenencia social, descubrirlo fue establecer una suerte de parentezco. Con Arlt tuve idea de su identificación de escarbar y ahondar en el resentimiento, eso me guió fue el señalador del camino.

– ¿Y qué señó tu trabajo de ese descubrimiento?

– Soy de los que piensan que donde no hay igualdad y sí marginación, cuando no hay justicia, hay resentimiento y se convierte en motor de la historia.

– ¿Y los pasos siguientes?

- Empecé a trabajar a los 14, Arlt fue una guía metafísica de la calle, como un guía viajero, después a los veintipico fui creativo y guionista, cosa que valoro porque fue etapa de aprendizaje, la historieta me formó.
Transité la carrera de letras algunos años. Allí recibí la influencia de Oesterheld (Héctor Germán, autor de El Eternauta), con Trillo (Carlos) le hicimos su último reportaje.

– ¿Esa experiencia abrió el camino de la literatura?

– Se me ocurre que el camino literario estuvo siempre, a los 63 no sé si estas son las mismas sensaciones de aquel tiempo.

– ¿Y por casa qué pasa?

– Tengo mi hijo con fiebre –39 grados–, mi mujer lo está atendiendo y yo hoy me hago cargo de la cocina, pero aclaro ser padre de tres mujeres de 35, 23 y 19 y el varón de 3, para ese acto de amor y arrojo, hay que tener ganas.

– ¿Qué podrías decir de “Un Maestro”?

– “Un maestro”… el escritor es el tipo menos indicado para habla  de su obra, nunca están en su punto justo sus miradas respecto a las claves y los niveles del libro. Uno se desajusta.
Es el menos literario y el mas literario, tuve que prescindir de la literatura, es una “non fiction”, quise ser fiel a la voz del “Nano” (Orlando Balbo), que es un maestro, compañero de colimba a quien lo reencontré; un maestro y discípulo de Paulo Freire, quien después de la tortura (secuestrado en los ‘70), vuelve y alfabetiza una comunidad mapuche, creo que el libro tendría que funcionar en los colegios. Los maestros han sido muy castigados y esta es una suerte de reivindicación.
Un maestro sordo que pasó toda la represión y piensa en alfabetizar y lograr que el cacicazgo no fuera hereditario y si democrático; lograr formar una cooperativa de trabajo; el “Nano” trabajó en la búsqueda de una mejor condición de vida para la comunidad; hay experiencias que los maestros necesitan conocer.

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 25/09/11 – 10:26 PM
http://www.launion.com.ar/?p=61484

Mariposa negra*

 *Por Juan Forn

Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la misma edad que yo, cuando la conocí. A los veintiocho le habían descubierto por puro azar que la absurda cantidad y variedad de enfermedades que había sufrido desde su infancia eran en
realidad una sola: una maldición llamada lupus, que en la jerga médica se conoce como “mariposa negra”, porque el menor aleteo que dé en cualquier rincón del cuerpo que la alberga puede generar una catástrofe en el resto de ese organismo. Hasta entonces, los médicos le habían tratado por separado
todas las flaquezas de su sistema inmunológico, porque aparecían en momentos distintos, con períodos considerables de normalidad en el medio. Pero a los veintiocho, un chequeo de rutina desembocó en una batería interminable de análisis y el diagnóstico final (lupus sistémico) explicó retroactivamente
cada uno de aquellos síntomas y comenzaron a tratarla en consecuencia, con muy pocas esperanzas.
En los doce años siguientes había perdido un riñón, después parte del útero, más tarde se le secaron los conductos lagrimales (”Sí, no puedo llorar; hace ya tres años de eso, al final te acostumbrás”) y en cualquier momento podía sobrevenirle una septicemia, un aneurisma o un episodio cardíaco, me contó
la noche en que la conocí. Según los parámetros médicos, era una incongruencia en movimiento. La reacción de su organismo al lupus era tan infrecuente que la tomaron como caso testigo y llevaba desde entonces más de diez años yendo una vez por mes a la Academia de Medicina para que los especialistas intentaran decular qué era lo que la mantenía entre nosotros.
Bastaba tener delante a esa mujer para sentir que estaba viva de una manera que uno jamás había visto. Era como si estuviese enferma de vida. Y contagiara a quien tuviera enfrente. No hay mujer hermosa que no tenga conciencia de su belleza, pero hay algunas pocas, poquísimas, que eligen no ofrecer esa información al público: la conservan para una segunda instancia de intimidad. Son mágicas, desde el momento en que dejan de ser invisibles.
Hasta que reparamos en ellas parecen hechas para no llamar la atención, para que las sorteemos inadvertidamente en nuestro camino. Y, de golpe, no podemos parar de mirarlas, no queremos otra cosa que tocarlas, sólo nos importa mantenernos a su lado el tiempo que nos sea posible.
Había algo entre ella y la vida que era hipnótico. Como esos cantos rodados que el mar deposita en la playa, esas pequeñas piedras sometidas durante quién sabe cuánto tiempo a la abrasión marina, hasta que su forma, su textura, su color (es decir, la suma de su hermosura) es efecto de ese desgaste; así era ella. Esa sensación producía: todo lo hermoso en ella había sido tallado por la enfermedad, por su resistencia a esa enfermedad. Y uno sentía que iba a ser cada día iba más hermosa, hasta el último. A su lado, el desgaste de la vida no roía: pulía. A su lado no había lugar para el miedo.
En su Diario, Gombrowicz escribe, después de leer un libro de Simone Weil: “Contemplo a esta mujer con estupor, y me pregunto de qué manera, por qué magia logró el ajuste interior que le permitió enfrentarse con lo que a mí me destroza. Y me encuentro con ella en una casa vacía, por así decirlo, en
un momento en que tan difícil me es huir de mí mismo”. Quiero decir que, cuando la conocí, yo era una piltrafa. Venía de zafar por mero azar de un coma pancreático. Técnicamente hablando era un sobreviviente, pero me sentía de manteca. La orden médica era que tenía que limitarme a vivir de manera literalmente opuesta a la que había vivido hasta entonces (es decir, aprender a parar antes de sentir el cansancio; no dejarme llevar nunca; y lo único que yo sabía hacer era dejarme llevar: por los pálpitos, por la adrenalina, por la prepotencia de la voluntad, por el equívoco candor de creerme inmune o al menos lejísimo de la muerte). Mi interpretación de esa maldita consigna médica era una catástrofe: para decirlo mal y pronto, tenía tanto miedo a morirme como a vivir. Eran casi una sola cosa, y eran mucho
más que una sola cosa. Recién cuando uno puede separarlas empieza a volver, fui entendiendo con el tiempo, y no voy a abundar en el tema por razones supersticiosas muy profundas. No se habla de eso sin volver ahí.
Lo cierto es que, hasta el momento en que ella me dirigió la palabra, yo no la había registrado siquiera. Podría alegar que en mi estado de entonces no estaba precisamente para andar mirando minas. Pero no sería cierto: incluso entubado en la sala de terapia intensiva del hospital había sentido esa reverberación tan familiar en cuanto se acercaba a mi cama una enfermera mínimamente atractiva. Pero con ella fue otra cosa. Hay algo peor que nos digan cobarde: que tengan razón. Y la noche en que la conocí ella se acercó porque me olió el miedo. Hay una hermandad de los enfermos, una hermandad de
la desgracia, y desde que pasé por ese trance yo creo fervientemente en ella. A veces nos toca dar, a veces nos toca recibir, en esa hermandad. Y aquella noche yo tuve la suerte de que esa mujer me contara su historia.
Nunca más nos volvimos a ver. Muy de tanto en tanto recibo un mail de ella y me llena de dicha poder decir que sigue viva, tantos años después: viva como sólo ella sabe estar viva. Pero no hemos vuelto a vernos, y dudo que lo hagamos. Ella vive en un mundo y yo en otro. Como me dijo aquella noche:
“Con escribirlo te lo vas a sacar de adentro; lo tuyo se reduce a eso. Yo, mi niño, estoy en otra película, función continua”.
Estuve años penando, pero escribí ese libro y ella fue el comodín que me dio la clave, y terminó siendo el personaje central y el sostén emocional de todo lo que pude decir. Por haberla conocido pude escribir ese libro y por escribir ese libro pude desembocar en el que soy. Cuando lo terminé, pensé llamarlo La mala sangre, porque de eso trataba: de mi familia, de mi enfermedad (bilis significa “mala sangre” en griego, el páncreas es el que se encarga de que la bilis no envenene nuestro organismo), de los secretos
familiares que envenenan a las familias. Pero después entendí que en toda familia hay también un talismán que las salva, y ella es mi talismán y mi familia, y supe que el libro debía llevar su nombre, el que le puse para hacerla sangre de mi sangre, el que sigo usando para convocarla en momentos de zozobra: María Domecq, María Domecq, María Domecq.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-177861-2011-09-30.html

Proa al rojo*

 
Cómo decir desde la terraza de la galería de arte el río tiene el color exacto
del hombrecito del semáforo cuando te impide el paso o algo así como si en tus ojos se
incendiara el sol y volcara su turbado rojo contra el agua.
                                                                                               ¿Cómo?
Ese después conversado paisaje es ese mismo río
                                                                                    ¿O su memoria?
Cafecito, se te deshace el color -río,
la sfogliatella, hojaldre de lenguaje,
                                                              delirio

Creada- ciudad-río –tarde-roja-amigos.
                                                                   Invento
Locura, deseo, tela.
                                 Así se dice así.
Un instante que nunca sucedió, pero pudo,
En tu cabeza escenario las migas de la sfoglia tela,
Arman la trama golosa, lúdica,
Hasta el teatro griego de Sicilia
Juntando indicios, el mar acosando las columnas,
Desembocando, desembarcando, en un río
                                                                         Rojo
Que por asociación ilícita de palabras
se disuelve en la Boca.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com 

Bestiario*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

La palabra

Con su naturaleza temperamental y su esperanza nacida de una debilidad momentánea, esta bestia de iluminaciones súbitas, con dos o tres sacudidas se eleva desde el centro y hace que la boca de una se abra en todo su tamaño para luego obligarla a cerrarse en un modo lento y lascivo.
Esta bestia inocente, no tiene conciencia del bien ni del mal, respira desde la asfixia mientras los monstruos de palo juegan a la ronda del amor.
Algo huérfano late dentro de ella, late junto a algo viejo y algo recién nacido. Con su naturaleza de loca incendiada nos anima a decir “éste es el hombre de mi vida”, toda vez que una tiene la esperanza de que ése sea el hombre de su vida.

El libro

Es un animal inmenso (como el universo) pero no infinito (como el universo). Si lo fuera, habría infinita materia en infinitas estrellas y no es así (ni en uno ni en el otro). En cuanto a la materia, en este animal inmenso es sobre todo espacio vacío (como en el otro).
Su cuerpo está constituido por galaxias, cúmulos de galaxias y estructuras de mayor tamaño llamadas supercúmulos perceptivos que exceden el propio cuerpo textual de la bestia inasible. Pero además también contiene materia intergaláctica, según los astrónomos, o intertextual según los semióticos.
El material del que se compone este espécimen, como el del universo, no se distribuye de manera uniforme sino que se concentra en lugares concretos: galaxias, estrellas planetas, en el caso del segundo. Ausencias y sigilos, en el caso del primero. Pero a diferencia del universo, que se formó una vez, hace unos 15 mil millones de años, la existencia de esta divinidad inasequible vuelve a suceder cada instante en el que otra bestia, tan brutal y sigilosa como él mismo, lo abre, y se deja atrapar por sus tentáculos o páginas.

Ciertos días

Ciertos Días son siniestros. Las estrellas malas devoran a las estrellas buenas, las flores oscuras devoran a las flores blancas, las hormigas rojas oprimen a las hormigas negras, la flora se hace fauna, la vecina de enfrente es una Erinia Violeta. Ciertos Días son mancos. Tienen una sola mano negra hambrienta de realidad, que nos condena a una vigilia atroz hasta hacernos sentir desarraigados de cualquier mañana.

La metáfora

Esta criatura bestial que vela arropada en las ranuras, guarda el espejo donde duermen los fabulosos signos. Quien escucha su voz de animal desviado, aparece en estratos cargados de infinitos. Quien cae en su mar de olas fosforescentes crece más allá de su propia existencia.
En ocasiones, su hocico penetra en la carne de un modo muy agudo y el mundo es un charco de sangre. A veces es un candelabro de siete brazos y siete ojos; a veces es una mujer desnuda que quiere volver a desnudarse; a veces asciende como un canto radiante por los muros. Esta bestia que tensa y altera el sentido lineal de otras bestias, existe como una voz que despluma.

Los puntos finales

Son de estirpe perturbadora. Contienen aceite en el cerebro y un color infértil en el lugar del sexo.
No se pueden detener en la vasta pradera como una gacela o un punto seguido, porque están condenados a paralizar todo lo que sea movimiento. Incapaces de imbricar peces, melodías, objetos, forzados a no tener nada después de sí mismos, los puntos finales cierran la puerta en las narices a todas las visitas.
Siempre están al final de algo y (por desgraciada obviedad) nunca al comienzo. Sus pies son pies de cementerio. Sus manos son de abismo. Su después es nunca. Su mañana jamás.

Piel de lecturas*
 

 
Tu mano acaricia

creando en contra del olvido

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com 

*

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COMO EL INSTANTE DE LUCIDEZ…

 LA VOZ*

 

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz: 
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
–    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.
 
 

COMO EL INSTANTE DE LUCIDEZ…

AMARGO*

Un sorbo de mate amargo,
como silencios la madrugada peinan
soledades y ataviadas nostalgias
y las sombras de los árboles
acarician los barrotes de la ventana
pupilas que contemplan al horizonte.

Pensamientos anegan confusos instantes
crepitan realidades penumbras devanan
y sueños seducen irracionales y es negro
y es blanco
y es gris:

¡no!, ¡no!, ¡no!, es de rutilantes colores:

Ojos encandilados y estremecida piel,
perturba, crispa, como truncado el vuelo del pájaro
a lo lejos, y aleteos desesperan rasgar el viento
entremezclando, lágrimas y rocío
besando el marco de la ventana,
y la ironía danza sonriente sobre balcones viejos:

otro sorbo de amargo mate,
y embebidos resquemores y congeladas venas astillan
la piel.

La quietud abraza cada rincón del paisaje
resquebrajado, inhóspito,
vacíos claman presencias lejanas.

El mate amargo,
no tan amargo como el instante de lucidez.

*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
19-05-2011

LA CASA DE LOS JUAREZ*
                                                                     
                                                                                 
Lidia Manavella i.m
     

        
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

 
 A la casa propiamente, como se dice, no la recuerdo. Sí tengo en la vaguedad del recuerdo la ubicación geográfica, el barrio que tenía por referencia el almacén de ramos generales “El Porvenir”, del buenazo de don Vicente Tallarico. En esa vecindad vivía don Carlos Cavagna, con su imprenta y su clarinete para tocar en la Banda del pueblo, don Manuel Ocariz, a quien llamaban “Gallito”, quien trabajaba, creo, en la Cooperativa o tal vez en la casa Arregui, de encargado. Por allí vivían los Gago, el mismísimo “Manco” Bicoca, con su mal genio y sus varios camiones nafteros. Y el inefable “Gringo” Tetti, su yerno tan entusiasta, con su traje oscuro bailando con Clide, su esposa en el Club Huracán, cuando el mundo estaba en sus comienzos.
            La casa donde vivían los Juárez, es decir don Ricardo Laureano y su esposa, doña Blanca Tosini tenía un par de habitaciones extras que históricamente eran alquiladas a las maestras, que no eran del pueblo y se tenían que radicar allí durante el ciclo lectivo.
            En mis dos años iniciales de escuela tuve que recurrir a clases particulares e iba todas las mañanas a repasar con mi maestra, la bella e inolvidable señorita Lidia.
            Las razones  de esta ayuda adicional creo haberla narrado otras veces. Mi escuela como toda escuelita pobre no podía tener otros alumnos que los de esa condición. Por lo tanto sus papás, (los nuestros, digo) vivían básicamente de la recolección del maíz, que justamente se realizaba en los dos primeros meses del inicio de las clases. Y como había que instalar a toda la familia en el campo, se perdía un tiempo precioso, que luego casi nadie podía recuperar. Entonces la inefable señorita Lidia –sin cobrar un centavo, claro- dedicaba a sus alumnos y alumnas en esta condición, su ayuda.
            Mañanas enteras pasaba con ella quien me enseñó a contar con botones que sacaba de un costurero de madera oscura, a manera de ábaco. Luego me enseñaba a leer y cuando alcanzaba a mis compañeritos y en la hoja exacta del libro de lectura, yo era feliz.
            Esto lo hicimos dos años: primero inferior y primero superior en la antigua nomenclatura. Cuando gracias a ella pasé de nuevo de grado, esta vez a segundo, mi padre tomó una decisión heroica que no terminaré de agradecerle:  él solo iría a juntar maíz a la chacra de los Clérici. Iba a pie, se levantaba a las cinco de la mañana y con esas heladas machazas enfilaba a la chacra y luego al rastrojo. Al mediodía paraba a comer algo y volvía al rastrojo. Al atardecer, volvía, cansado. Estaba muy preocupado por si yo repetía un grado. Los sábados –para mi alegría incalculable- íbamos los tres. Entonces mi madre le ayudaba  y yo hacía lo que más me gustaba: vagar por esa chacra donde no había niños para competir. Me perdía en los alfalfares, corría cuises con los perros, acompañaba a “Pichón” o a “Chiquín” a buscar pasto subido a un carrito de dos ruedas que cuando volvíamos vacío hacía un estrépito con la horquilla como para asustar a todos los grillos pero no a los perros que ya estaban acostumbrados al ruido.
            En días de semana, muy de vez en cuando mi madre acompañaba a mi padre a la chacra y me dejaba en casa de don Juan Peralta, que era nuestro vecino cuando ya el pueblo –semirrural hasta allí- se desflecaba en campo que las gaviotas bordaban detrás del ocaso, donde don Luis Ortali, sembraba.
            Allí, en esa casa en cuyo patio había una batea al aire libre, debajo de un añoso paraíso y doña Emilia ponía a orear sobre una silla un sabroso arroz con leche con el cual me despachaba hacia la escuela junto a su hija María Antonia.
            Volviendo a la casa de los Juárez, diré que estaba en la calle de por medio frente a las vías del tren, justo enfrente de un monte de eucaliptos en esos terrenos que  los hinojales altos cubrían y que nadie podía cortar porque según decían, eran terrenos nacionales.
            Esa calle iba hacia la estación de trenes que en ese tiempo festoneaban las cinco tiendas más grandes del pueblo y esa pequeña plazoleta que coqueteaba con su  cedro añoso y sus flacas palmeras centenarias. Pero yo no llegaba hasta allí en mi regreso, porque doblaba en el bar “La Primavera” de don Atilio Valvazón, y me internaba por la Nicolás Avellaneda, calle punta de lanza del barrio “El Jazmín”.
            Ricardo Laureano y doña Blanquita Tosini, tenían dos hijos: Ricardo y Aldo, a  quienes  no puedo dejar de vincular fuertemente con el nombre de Juan  Perón y con el club Huracán, eso tengo en la memoria.
            Cuando yo doblaba la esquina del  bar de don Atilio no sabía aún que mis ojos azorados de diez años verían a los últimos cantores camperos que dieron esos pueblos cubiertos de polvo que los defienden de todo el olvido y apenas son tocados por el temblor de las cuerdas de una guitarra, saltan como brasas del rincón más remoto de toda memoria.
           
           
 

EL MUSTANG EN LLAMAS*

Cuento

*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

 
A ocho mil quinientos pies, el colorido avión volaba nivelado, en un cielo límpido, profundo y sereno. Una tenue estela de humo azulino, se iba dibujando detrás de él. La transparente carlinga, enteriza, en forma de gota, reflejaba un destello de luz dorada. Adentro, John Fargus, agonizaba, aferrado al timón, caído contra el tablero de control, inconsciente, mientras la asfixia de “la muerte dulce”, lo acunaba para que durmiera para siempre.

Una pérdida de aceite había iniciado el incipiente incendio, mientras una fuga imperceptible del escape, iba llenando la cabina hermética del letal monóxido de carbono.
Como una vieja película color sepia, su vida se tornó visible en un torbellino de imágenes. Hacía ya tanto tiempo, y sin embargo le parecía que ayer nomás, volaba en misiones de guerra sobre Vietnam. Volaba con su nuevo “Mustang P51H”, el último caza de motor a pistón, El “Cadillac de los cielos” motorizado ahora con un motor Merlín Mk de la Packard de 2200 HP, y hélice de cuatro anchas palas, de casi cuatro metros. A veinte mil pies, sobrevolaba los arrozales buscando columnas o movimientos del Vietcong, a ochocientos kilómetros por hora; lanzándose en picada hasta nivelar al ras del suelo, batiendo la frondosa selva, con sus seis ametralladoras de doce coma siete. Se sentía poderoso e imbatible, inalcanzable, casi un dios, sobre aquellos seres pequeños, de míseras aldeas, que desde el aire se le hacían hormigas. Otras veces volaba con su escuadrón, rociando a baja altura con poderosos defoliantes químicos, grandes extensiones de selva; que por generaciones quedarían yertas, para hacer visibles las escurridizas marchas, de los estoicos: “Hijos del gran Khamer rojo”, que se amparaban bajo la tupida techumbre verde, en penosas caravanas, cargando a hombros, provisiones y pertrechos.
Pero lo más vívido, lo que marcó su vida para siempre, eran aquellos bombardeos incendiarios. Bombas prendidas bajo las alas, como tanques aerodinámicos, llenos del cóctel diabólico: gel sódico con gasolina,
conocido como “napalm”; que desprendían, y al chocar el suelo, regaban quemantes llamaradas, que se desparramaban ardiéndolo todo. Si el enemigo estaba mimetizado en una aldea de campesinos, a veces bastaba sospecharlo; se las soltaba aliviando el vuelo, sobre el poblado y quienes estuvieran adentro: Khmer o campesinos. Campesinos, grandes o pequeños, familias enteras, arrasados por las llamas quemantes. Ardían indistintamente como antorchas, junto a sus chozas, bajo la horrible peste del fuego. Lejos, ya elevándose, veían correr, escapando del incendio, pequeñas figuras humanas, que sucumbían indefensas, como trágicas marionetas envueltas en llamas, retorciéndose en el suelo, en una dantesca danza horripilante; castigados por el solo hecho fortuito e impotente, de sobrevivir en un país desolado y maldito. Le parecía escuchar sus gritos inocentes y desgarrantes.
Misión tras misión, varias en la jornada.
Cumplían órdenes, e inconscientes de su arbitrio, solían  agregarle, por si fuera poco; su propia cuota de odio y de  desprecio.
De noche empezaron las pesadillas, donde se veía a sí mismo envuelto en esas llamas que no se apagan, que se adhieren y te achicharran. Escuchaba los gritos, y llantos de niños, Una estatua de fuego, de toda una aldea ardiendo, mientras helicópteros Hughes verde oliva, vuelan a metros, revolviendo la tétrica humareda sobre las llamas; y él una y otra vez, soltando más y más bombas malditas.
Despertaba sudoroso, asfixiado de terror.
Se fue enfermando de pánico; tenía alucinaciones, se veía él mismo en la macabra escena, como si fuese una de aquellas víctimas, impotente, revolviéndose ardiendo; y espantado jadeaba rogando: no sucumbir jamás de esa espantosa manera.
Durante años el fuego le significó el martirio de todos los días con sus noches.
El tiempo, y el regreso a su patria, fueron aquietándolo, y trató de vivir normalmente, buscando olvidar; de rehacer su vida más allá de aquel infierno. La sociedad los llenaba de gloria, tratándolos como héroes, aunque en su fuero interno, él  sabía cosas que iba esconder para siempre, cosas que opacaban aquel dudoso heroísmo y mordían su conciencia.
Optó por callar y llevar esos crímenes a la tumba.
Vivía de su pensión de guerra, y abrazó a este hobby de volar por volar, por amor al viento, al cielo. Era una pasión, una terapia en el fondo; y la concreción de un sueño perdurable, que comenzó siendo niño.
Se crió a la par del auge de la aviación, en la preguerra de los cuarenta; y los hermanos Wright, eran para él, un hito, un símbolo glorioso. Adoraba los modelos a escala que construían con sus compañeros, y no se perdían ferias aéreas, o exhibiciones; donde pudieran ver de cerca, las máquinas verdaderas. Él tenía además un tío, al que adoraba, vivía en Kentucky; dueño de un pequeño doble ala amarillo, biplaza. “El Barón Rojo” decía en la trompa, bajo un logo de una galera, un bastón, y una cadena enlazando el
conjunto, pintado en Rojo y contorneado en negro. Con él venía frecuentemente a la granja de la familia en Arkansas, al oeste de Little Rock. Eran días de ensueño, verlo, tocarlo: y mostrárselo a sus amigos., que venían en tropel, tragándose la envidia inocente de niños. Y montar detrás de su tío, en el fuselaje abierto, volando sobre los sembrados, las casas, los caminos; bordear el río sobre los desplayados del Mississippi; sentir la brisa que le revolvía el pelo, escuchar sólo el trepidar de ese motor radial, tan estridente, sonándole como música celestial, en sus oídos entusiastas. El paisaje se transformaba: el río, los campos, las personas; todo era pequeño y fácil, como al alcance de la mano. Desde allí el mundo
era más comprensible; se le ocurría que era dueño de todo.
_Tío Brad, ¿Por qué lo llamas Barón Rojo, si este es amarillo, y además es un biplano, y el del barón era un triplano?…,¿eh?_
El tío sonreía cómplice, mientras ambos empujaban el pequeño aparato cerca de la casa, y lo anclaban por debajo de las alas enteladas.
_¿Por qué? ¡Por qué sí, nada más!_ Y reía divertido.
Cuando John tuvo edad suficiente, se anotó en la fuerza aérea. Fue un piloto avanzado, y  lo destinaron, junto con todo su escuadrón, a combatir en Vietnam. Eran los últimos tiempos de los motores convencionales, junto a los Advenger, y los Corsair de la Marina; apostados éstos en portaviones en el
golfo de Tonkín en las cercanías de Da Nang, junto a los Panter, ya reactores. La era del jet estaba en plenitud, A los Mig 15 y 17 chinos, los combatían con los Sabre F86, F100, y más tarde llegaron los Gruman  y los Phantom. Este superaba Mach2, dos veces la velocidad del sonido.
Pero lo excelso, lo irrepetible, fue el Mustang; el imbatible.
Un día sería dueño de uno; aunque fuera una réplica deportiva.
De vuelta, con un grupo de amigos, compraron un kit, versión accesible y se pusieron a trabajar, cada uno el tiempo que podía. Armarlo llevaría unas mil horas de tarea capacitada. Costó casi dos años terminarlo, inscribirlo, hacer pruebas en tierra, y todo lo que requirió, hasta que estuvo listo para
el primer vuelo; pintado con franjas y colores deportivos. Bajo su larga nariz, llevaba ahora un motor lineal, diez veces menos potente que el de combate; y su hélice la mitad.
Ya no estaría artillado, no tendría que cargar blindajes, ni nada bélico, como bombas o tanques suplementarios. En origen, estos aviones llevaban el motor detrás del asiento del piloto, con eje de mando, y por el centro de la enorme hélice, asomaba un cañón calibre veinte. Requería entonces del
compresor ventral de refrigeración. Ahora en realidad no necesitaba ese carenado en forma de buche; pero lo tenía para ser fiel al diseño, añadiéndole al grácil fuselaje, ese aspecto tan elegante y dinámico.
Hicieron cortos vuelos bajos, con giros y contra giros, ascensos y descensos, despegues y aterrizajes. Todo de maravillas. Planeaba como una pluma, respondía raudo, rumoroso. Querían bautizarlo y aún no se habían puesto de acuerdo; entretanto hoy sacaron el aparto del hangar, colorido y reluciente, listo para  la prueba final, en mayor distancia y alta cota.
John Fargus no llevaba oxígeno, no lo necesitaba por esos breves momentos, en la mayor altura, antes de descender a mil pies.
El avión se movió en una turbulencia, John, cayó de costado. Debió tocar llaves o palancas de control; ya que la cúpula de la cabina se abrió y salió disparada en el viento. El aire helado fue vital para que volviera a respirar, tosiendo y vomitando; Un milagro y volvió la vida; y sus labios lívidos se tornaron cálidos. Cuando recobró el sentido, el avión se movía como en un fuerte oleaje, ladeándose a uno y otro lado, zigzagueante, Detrás vio la densa estela de humo negro, el motor tosió entrecortado, y en un
estertor final, lanzó afuera grandes llamaradas flameantes.
Antes que el fuego alcanzara la cabina, con fuerzas surgidas de repente, por la adrenalina del pánico, precisamente al fuego. Saltó al espacio y presto abrió su paracaídas; mientras el avión, incendiado iniciaba largos giros en caída lenta. Una y otra vez lo alcanzó el remolino de la nube, cada vez más
densa y más ancha. Saliendo del humo podía ver a su Mustang yendo al suelo en giros más pequeños, hasta que en un tirabuzón final, se estrelló con un trueno, surgiendo de él un gigantesco hongo anaranjado.
La onda expansiva lo envolvió repentinamente, enredándolo contra la tela y las cuerdas de su propio paracaídas.
Se debatió y luchó aterrado, más sin lograr librarse de esa nefasta trampa, que le tendía diabólicamente el destino, y fue tragado por la turbulencia de la estela dejada por el avión en llamas; conduciéndolo finalmente a chocar contra el fuego de los restos fundentes, contra el Mustang en llamas.
Su último pensamiento lo llevó a los arrozales de Vietnam, a las aldeas incendiadas, a aquellas pequeñas figuras humanas, envueltas en las llamas pegadizas del napalm.

FIN

NOTA; el motor Mk era de la Rolls Royce, al final de la  segunda guerra mundial, para el P51H, le
otorgó licencia a la fabrica Packard  de EEUU.

 *Texto incluido en el libro “Pintando mi aldea” de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe.   24/ 06/ 2009

Por esos avatares del destino*

*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar

A Cristina nunca se le hubiera ocurrido, un par de años antes, por esos avatares del destino, que terminaría trabajando como azafata de una importante aerolínea internacional. Sin embargo, y aunque resultase anacrónico al compararlo con la excelsa técnica aeronáutica en que desempeñaba sus tareas actuales, toda su vida había sentido profunda y emotiva admiración por los trenes.
         Varias veces la asaltaba el recuerdo, así, de improviso, evocándole aquellas tardes de su infancia, en las que iba a contemplar esas poderosas locomotoras que pasaban tan cerca del alambrado, atronando con sus bramidos en aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande, donde su tío abuelo la llevaba de la mano, después de comprarle un pirulín verde rojo y amarillo, tan dulce como sus ojos de niña, gratamente sorprendida por un mundo que cada día se le develaba asombroso.
         Beto… Aquel hermano de su abuela era el hombre de la sonrisa más angelical que hubiera conocido en su vida. La emoción sentida hacia él era tan intensa que, por momentos, olvidaba que hacía ya varios años que había fallecido, tal como había vivido: plácidamente, acostado en su cama, con un semblante sereno y descansado, soñando quizá con alguna tierna imagen de su infancia, allá en las playas de Calabria.
         En dichas evocaciones, las escenas de aquellas tardes estivales, abrasadoras con sus soles rojos, la acongojaban sin dolor. Salía a pasear con Beto acompañada por Pancha, su muñeca de trapo, heredada de una prima lejana a quien apenas recordaba haber visto. Pancha tenía unas trenzas muy amarillas, y además de no separarse nunca de su lado, ya sea tomando la merienda con una sabrosa chocolatada o yéndose a dormir juntas por las noches, a veces, la madre de Cristina jugaba con peinarla en forma parecida a la de su muñeca, a fin de parecer mellizas, aunque la tonalidad rubia de Cristina fuese bastante más oscura que los chillones colores artificiales de Pancha.
         No siempre Beto conseguía durante sus paseos comprarle pirulines. A veces, éstos podían ser gratamente reemplazados por alfajores “Capitán del Espacio”, de sabor chocolate o dulce de leche, verdadero manjar durante sus años infantiles. Lo que permanecía inmutable era el flamante paso del expreso de las 18hs., procedente de Mar del Plata, majestuoso con sus plateados coches de la sección pullman, que volaban sobre las vías como una súbita exhalación. La magia no sólo radicaba en aquella metálica tromba que pasaba a su lado, a escaso metro de distancia, más allá de alambrado, sino en su procedencia: Mar del Plata… Lugar, para ella, misterioso si lo hubiera, tan extraño como Tumbuctú, Tánger o La Quiaca, al que nunca habían podido ir, aunque sus tíos lo prometieran una y otra vez, pero que sólo llegara a conocer en la adultez, y con un sabor muy diferente al que hubiera podido experimentar a los siete u ocho años. La referencia al nombre del “Capitán del Espacio”, le motivaba impulsos muy raros a su edad, como el de subirse a un cohete y atravesar las galaxias, bailando a carcajadas entre las estrellas, volando por el aire como cuando se subía al “Twister” del Ital Park, mientras los motores debajo de sus pies vibraban tanto como aquella poderosa locomotora de las 18hs…
         Tales recuerdos solían aparecer mientras tomaba el módico trencito que habían reflotado, por iniciativa privada de varias empresas aéreas, a fin de transportar al personal, y realizar una feroz competencia con Manuel Tienda León, fenicio acaparador del mercado de transportes de la zona. Un trencito tan práctico como singular, que le suscitaba reflexiones como ésta: era harto singular que para poder volar, ya no en el cohete de su imaginación, sino ahora en sofisticados 737 que remontaban el cielo hasta alturas considerables, tuviese que tomarse antes un tren que la dejaba en la recientemente inaugurada Estación Aeropuerto de Ezeiza, desde donde luego combinara con la vetusta línea 306 de colectivos, que la dejaba dentro del mismo Aeropuerto, luego de un breve recorrido, más simbólico que efectivo. A la vuelta de los años, trenes y cohetes volvían a unirse, aunque de otra manera, más concreta y menos soñadora…
         Y a veces, en días tan nostálgicos como éste, imaginaba que al despegar rumbo a los cielos del mundo, mientras iban ganando altura, perforando esos densos muros de algodón que los circundaban, le fuera posible  alcanzar a ver a Beto, saludándola con su mejor sonrisa desde una nube solitaria, mientras debajo suyo se extendían las vastas extensiones del municipio de Esteban Echeverría, donde alguna vez estuviera su casa, muy cercana de aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande; donde alguna vez fuera feliz…

 Dudas del Mingo Echeverrí  con aquellas francesitas…*
 
                                              

*Por Eduardo Pérsico.  epersico@telecentro.com.ar
 
 
    El furor por afrancesar el tango, estragado por cierto aluvión parisino de musetas, mimises, yvetes y manón, al Periodista Especializado Mingo Echeverri le produjo íntimos reparos con algunos extraviados ‘del espíritu popular, con perdón de la palabra’. Aunque siempre se disculpara por rozar de refilón ‘al inigualable José González Castillo’ por aquella mezcla rara de pizpireta que trajera la poesía del Quartier, – más que Barrio digamos Rioba-  y francesita que soñaba con Des Grieux sin hallar a su Duval para morirse en París bien ‘Dama de las Camelias’ Margarita Gauthier. Un pena, porque su ‘Griseta’ tango romanza sin canyengue y tragicomedia en broma, mucho más lo celebraría esa engolada especie de frecuentar boliches y tutearse con trasnochadores conocidos, para parlotear luego por su cuenta sobre cada misterio de la madrugada, lo recóndito de cualquier nostalgia y atribuirse ser compadre de los duendes oníricos del vino. Esos nocturnos líderes de Buenos Aires, tan profanos de cualquier apretujón madrugante por no llegar tarde al laburo ni de los  apremios a las pibas fabriqueras ‘que cruzan la plaza de Lanús a las cinco de la mañana a veces cuando hace un frío que ni te cuento’. Algo que comprendiera el Mingo Periodista Especializado que nunca vivió engrupido de ser un laburador condenado a bailar siempre con el enemigo, por decir algo, pero a quien agarrarlo malparado para discutir con él ‘cómo somos los naturales de esta comarca’ resulta más difícil que recular en chancletas. Porque este insigne de por aquí, sin jugarla de héroe ni matarse por valores que vaya uno a saber, al sentirse del lado de la razón se prende contra cualquiera de los engreídos ‘referentes’ que por memorizar ante cámaras un incierto ideario de los argentinos, al fin nos repiten la misma patraña que recitaron sus abuelos tiempo atrás que en la dinámica actual es una eternidad o masomenos… Y como nuestro hombre curte cierta mala leche por leer, ligó en un libro de un gomía común cómo por 1874 una partida de milicos iba de trote parejo tras el matrero Juan Moreira: recién despuntaba la mitad del otoño, fin de abril, y en la cuneta de la casa de putas Café Pompadour aún brillaban los cristalitos de la escarcha. Buena señal si uno pretende un invierno llovedor… Si amigo, le dije Café Pompadour; y es que ya nos venía de antes nuestra pretensión de ser extranjeros…
 
        
   La calentura franchute por el tango existió, no es broma, y semejante fiebre no quedó encerrada en los cabarutes de París donde por 1920 el Ricardo Güiraldes, -‘el mismo del Segundo Sombra que por ahí lucía dotes de bailarìn pero minga de milonguero’, lo calificara el Mingo- y también se expandió por salones, bares,  teatros y los grandes hoteles de moda. Al menos eso le contara al Echeverri don Francisco Canaro que con sus músicos que debieron tocar vestidos de gauchos por 1925, actuara en los salones parisinos más costosos con clientes como Rodolfo Valentino, que no aprendió a bailar el tango ni apretado por la cana y distinto al violinista Jascha Heifetz que se la rebuscaba bastante bien. Sí, el fenómeno duró años y en ‘El Garrón’, local de un argentino que se volviera por el año cuarenta, luego que cerraban los dancings  conocidos y caros seguía abierto hasta el amanecer. Y quiérase o no  esta aceptación francesa por el tango llegó con tanta fuerza a Buenos Aires que escandalizó la selecta revista ‘El Hogar’ antes de 1920, al publicar que ‘los porteños decentes de la buena sociedad se preocupaban porque temían que París nos quisiera imponer el tango argentino’. Y serían muy pelotudos para ignorar que esa música era habitual en todo  sainete teatral de Buenos Aires que entonces disponían el éxito popular de los tangos con letra, y en cada presentación era infaltable que el primer acto transcurriera en un conventillo de nuestro arrabal y el siguiente en un cabaret de París. Historia pura.
 
      Pero los tangueros persistieron con la francesidad de cualquier polaquita de Galitzia reclutada y traída por la Varsovia y la Zwig Migdal a putanear en los prostíbulos de Dock Sud, – que fueron muchas y una veintena de ellas hoy engordan el recatado cementerio de la calle Arredondo, en Avellaneda, a cien metros del municipal la calle Agüero. Y aunque en su mayoría fueran rubias y sus ojos celestes no portaban nombres como Germaine o Jacqueline como se difundiera, ¿o la Galleguita del tango también era francesa? alguien lo cargó al  Julián Centeya por su ‘a mi Claudinette pequeña y tan querida me la negó la calle de París’. Y aunque el griterío pasado hoy mucho no interese, este asunto encubre cierto doble perfil: uno es el ser nosotros esperando que alguien nos diga quienes somos, por esa aspiración a registrarnos más allá de nuestro mapa. Y el otro, mucho más jodido según el Mingo Periodista Especializado, ´persiste en nuestra comarca por esa gente que viaja mucho y por ahí anda, y padece de ansiedad por sentirse tan extranjero que hasta se envanece por nombrar en francés a un prostíbulo en medio de la pampa’.

-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

*

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NADIE SABE EL NOMBRE DE LA VIDA…

LAS INCREDULAS SANGRES*

*De Horacio C. Rossi.
-Poeta santafesino. (4/10/53 – 18/05/08)

que llegaron sobre la incertidumbre de los veleros
por los ríos del viento y de la mar
ya se han convertido en tierra cotidiana y en palabras que esperan
sorteando con milagro toda perplejidad miedo y escombro…

nadie sabe el nombre de la vida…

igualmente
cada uno celebra los ritos que calladamente siguen las sangres
mezcladas con las sangres también incrédulas que fueron destruídas
sumidas habitantes de la color quebrada de las gentes
que perduran hablando obscuras claridades
desde los vastos grumos que ignoran y transcurren
sonando como ecos que albergan las tramadas herencias licuándose
entre las que lo sagrado
sucede por los cantos enmedio del silencio…

incrédulas de forma y jerarquía
las sangres traman su coinsistencia desde los abrazos y luego
la nostalgia de su ausencia que da sitio a los nombres en el lugar de
convivir
mientras la espera se consuma…

nadie sabe el nombre de la vida…

pero todos seguimos perdurando y marchando hacia el río y queriendo creer
hasta que la alegría nos consuela con su milagro desde el gran misterio
al que solamente los cantos atinan
respetuosamente
contagiándose de amor y alimentándonos durante la andadura de los días

premio de toda la existencia

                                      acaso y ojalá
                                                        de luz…

NADIE SABE EL NOMBRE DE LA VIDA…

TIERRA*

*De Horacio Rossi.

Desandando tus manifestaciones camino, tierra, recorriendo tu vientre…

Me arrodillo sobre tu rostro de fertilidades esparcidas,

porque quiero que me confirmés en la tarea que es describir tu flor
eterna…

En cuyo cumplimiento es que recorro, minucioso,  tu cuerpo,

tratando de interpretarte y de hacer que todos mis hermanos sepan

cuál es tu verdadero matrimonio, ese por el cual nos haces existir…

Para eso voy y vengo, siempre convalesciente de mil búsquedas

que llevan tu signo y tu sentido con diferentes nombres…

Naturaleza.. .

que te siento madre, hermana, amiga,

divina plenitud y humana insatisfacció n:

Dije que te recorro pues sos mi misión máxima:

aquella por cuyo cumplimiento vivo.

Y muero. Porque, aveces, también muero…

Mas no te importe, tierra, mi diminuta anécdota:

a Vos sólo te importe la intención de mi esfuerzo

y aquéllo que pueda con él cantar

de tu fogosa fronda acuática de aire,

de tu energía, que sólo sabe de liberación,

de tu estatura, emparentada con lo inmenso…

Mirá, sonriendo, si es fértil mi canción, si contiene semillas germinando,

si no menguó en mí la virulencia esplendorosa de tu amor…

Y llevate éso, Vos.

Al resto, a los errores, dejalos conmigo…

Soy hombre y son mis atributos.

¡Y son el instrumento con que te canto!

CONTEMPLO EL RÍO*

Crónicas del Hombre Alto (n° 71)

 

Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. La primavera estalla en la mañana como una fruta jugosa que derrama sus colores sobre el paisaje. El viento del norte, suave pero insistente, arroja hacia mí certezas de azahares cercanos y un alboroto de patos que repica en las islas de enfrente.
 
Contemplo el río. El agua fluye morosa, casi imperceptiblemente, con un andar lento de serpiente perezosa. Sólo el bamboleo tenue de algunos camalotes viajeros delata, aquí y allá, la existencia de la pacífica corriente.
 
Contemplo el río y siento que su mansedumbre desnuda, sin margen para excusas, la descomunal estupidez de nuestras civilizadas urgencias, la sinrazón monumental de tanta neurosis cotidiana. El río fluye, simplemente fluye. El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima. No se apura, no se angustia por llegar a su desembocadura. No contamina su propia fluidez con miedos congénitos ni culpas adquiridas. Simplemente, fluye.
 
Contemplo el río y, en cierta forma, envidio su sabiduría celular, la manera irrazonada en que sabe lo que tiene que hacer. Me gustaría reducir, igual que él, los términos de la ecuación a 1, desanudar la correa de la conciencia, desterrar las palabras y ser uno con el universo, armonizar plenamente con el paisaje. Cierro los ojos, inspiro profundamente el aire templado de septiembre y dejo que el viento me atraviese, que transcurra a través de mi. Es inútil: un instante después, un aleteo entre el follaje me hace pensar “pájaro”, una fragancia silvestre me lleva a nombrar “primavera”, y entonces la efímera unidad se disuelve en múltiples estímulos y sus correspondientes sensaciones. Vuelvo a ser, apenas, un hombre que contempla el río.
 
Contemplo el río. No hay sitio aquí para las disonancias de la ciudad y los perversos silogismos que ella impone. Todo lo que no está entre este horizonte y yo ha quedado muy lejos, a tantas horas-luz de esta calma de domingo, que su existencia parece no tener más densidad que la borra de un sueño evanescente.  
 
Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. Gozosamente, contemplo el río.
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 

 

L Á C A R*

 

*De Horacio C. Rossi.

Como una suela hondísima y feliz
algo ya antiguamente llamado Lácar se está,
sin tiempo menester,
desde un día hasta el otro del vasto alucinante vivir,
con su semillas y sus alas,
con su silencio, también,
y sin palabra menester,
salvo acaso y ojalá la de su nombre,
de letras inútiles
salvo acaso y ojalá como adorno,
adorno tuyo,
niña Lacar de luz,de luz Lácar mujer,
y Vos, entonces, sí, amor música luz,
dejándome rondar por ahí, a toda hora,
destriste a soba de tu clima,
clima de índole feroz feraz salvaje poeta o sea natural,
con sol y luna…

PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR*

 
*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

I

Seguramente en los años cincuenta, Salta ya era “La Linda”, con sus cerros pintorescos tan vestidos de verde, rodeando la ciudad; sus caminos de cornisa donde uno suele humedecerse de nubes, ver los valles ondulados con aquellas vaquitas diminutas como pintadas, pastando; y saliendo de una curva angustiosa los reflejos de un prístino lago, con un dique de juguete.
Entonces ya, como siempre ha sido, el tierno corazón de una colegiala ensaya atropelladamente los primeros escarceos, de un galope estremecedor en un inmaculado pecho infantil, prendado de un primer amor. Amor que nace con la ilusión de ser amada, un amor que nace como un juego que casi no se puede
ocultar, y al compartirlo parece que se agranda, que ocupa todo el mundo.
Eso le pasó a la pequeña Paola, aunque podría ser, o quizás era, a cualquiera de las demás de esa escuela, y de todas las escuelas del mundo; pero sucede que por esto que relato, aquello tan común e inevitable, pasó a trascender en el tiempo de este modo.
Podríamos decir que son cosas de chicos, que es un juego inocente que más o menos nos tocó a todos; pero para las monjas que regían el colegio de varones y niñas anexo a la basílica franciscana de la capital salteña, esas cosas eran censurables e impropias de niñas o niños de bien. Sería una travesura coquetear o presumir, y era posible que el objeto del deseo nunca llegara a enterarse, que no pasara de una sospecha pero aún así, no dejaba de henchir el pecho del elegido. Pero la aventura debía mantenerse sin que las celadoras lo advirtieran. Un caída de ojos, una mirada, una sonrisa; que a esa edad los varones, más lentos en estos lances, no terminaban de interpretar; por eso ellas en sus cabildeos, entre risas y secretitos se decían que los pobres eran unos “babiecas”.
Roberto, de quinto grado, no se daba por enterado, y Paola de cuarto, recurría a su grupito de íntimas para pergeñar nuevas estrategias, ya que al estar ellas en cuarto, sólo compartían el recreo, y siempre rigurosamente sobrevoladas por las miradas vigilantes; por lo que todo debía hacerse con el mayor disimulo.
Así que un día, en el aula, durante una aburridísima clase de historia, mientras el almirante Brown disparaba sus cañones en el Río de la Plata; Paola escribió una pequeña esquela de amor, arrebolada y temblorosa, muy lejos ella de la encendida batalla de nuestro máximo héroe naval, soñando más bien, en la hazaña que planeaban ellas: que una del grupito le alcanzara de sorpresa al desprevenido Roberto, aquellos dos renglones en los que confiaba que la advirtiera, que al fin él se avivara de una buena vez. y
desde lejos, ver anhelante qué iría a hacer aquel encumbrado príncipe; seguramente la buscaría con la mirada hasta encontrarla, descubrirla, fijarse en ella, y seguramente, sonreírle amorosamente.

II

De esto y de lo que sigue lo conocimos mi mujer y ya por boca del antiguo sacristán de la esplendorosa basílica de San Francisco en la zona histórica de la ciudad, en una pletórica visita turística. Este hombre, no supimos nunca nosotros por qué estaba tan dispuesto aquella mañana, mientras nos
guiaba por el suntuoso templo, uno de los verdaderos altares de nuestra historia; en la que se entrelaza con la campaña del general Belgrano, donde tras aquella gloriosa batalla, funden las campanas con el bronce de sus cañones, dejándole con fervor a Salta un legado y testimonia de su gran victoria. Campanas que suenan en el alto y pintoresco campanil, que tanto luce al frente en el conjunto barroco colonial del emblemático templo franciscano, de marcados tonos que remarcan sus elegantes líneas, volutas y ornamentos, propios de principios del siglo diecinueve.
En la sacristía, en el centro de una enorme sala, hay una mesa de grandes dimensiones, e inamovible, como enclavada; ya que luce un pesadísimo y grueso mármol que admitiría fácilmente veinte personas sentadas a su alrededor, traída de Europa durante la colonia y de Panamá bajada por el Alto Perú a lomo de mulas, y asentada en seis gruesas patas redondas, también de mármol.
Y este escenario, y por esta preciosa mesa, se desató el relato de la historia de la notita de amor que Roberto nunca llegó a leer. O casi.
       ­_Ah..¡Sí! Ustedes no saben que pasó con aquel papelito que tenía grabados dos renglones de ansiosas palabras de amor inmaculado y juvenil._
_¿En dónde habíamos quedado?…_

III

Roberto permanecía un poco retraído, casi apartado, ya que se sentía grandecito, como que ya ciertos juegos no le atraían tanto, y quizás un poco distinto a los demás. En eso una de las compañeritas de Paola se le acerca rozándolo y tratando de poner en su mano el mensaje. Como él no estaba atento, ella tuvo que insistir, haciéndolo más evidente. y ¡Zácate!…
Cuando Dios no quiere. Una de las monjas estaba a pocos pasos y de reojo vio algo, y como si hubiera visto al mismísimo diablo, saltó como un resorte, gesticulando a voz en cuello, tratando de obtener aquel objeto que ya era al menos obsceno. Otras monjas corrieron en su auxilio, gritando también aunque
no sabían qué ocurría. Pero Roberto, ya con el papelito se largó a correr, escurridizo como un mono por aquel patio de juegos,  se metió en la sacristía y en dos segundos estaba escondido bajo la mesa. Sentía afuera el barullo del revuelo, donde todos se agitaban sin saber qué pasaba.
Vio que entre la pata y la mesada de grueso mármol había un intersticio, y apurado metió la notita tan doblada como se la dieron, y la introdujo hasta que desapareció allí escondido, el cuerpo del delito. Luego salió a enfrentar a la Santa Inquisición. Hubo amonestaciones, suspensiones y notas a los padres; las más severas a las niñas partícipes del delito. Salvo muy pocos aquel día, los demás imaginaron cosas, o las mal interpretaron; los colegiales llevaron el tema a sus casas y la cosa de pequeña pasó a crecer y
a deformarse; las madres estaban horrorizadas, y la ciudad misma terminó escandalizándose de las vejaciones y quizás violaciones que impidieron las santas monjas del prestigioso colegio. La moral misma de algunas familias se mancillaba en voz baja en las tertulias y en las casas.
Tras aquel bochorno, Paola fue llevada por una tía a Córdoba, donde continuó sus estudios, fue desvinculándose de su ciudad natal, y casi no se supo más de ella.
Roberto pasado el revuelo volvió furtivamente bajo su mesa a buscar la nota, pero no pudo sacarla, por más que tratara. Otro día volvió con un estilete y otros enseres para recuperar la notita, pero al insistir sólo consiguió empujarla más profundamente en la ranura; y alzar la mesa, imposible, ni él
ni diez como él. Más adelante también la vida lo llevó a él a vivir muy lejos de su Salta natal.
Pasaron décadas, al menos cinco; y Roberto pudo volver ya hecho un hombre grande y lleno de recuerdos. Nunca olvidó aquella esquela, y pensaba en que mientras envejecía con distintos logros, aquel papelito, quizá amarillento, estaría allí como esperándolo.
Tras los permisos de rigor, y con la ayuda suficiente pudo mover el pesado mármol, alzándolo tan sólo un par de centímetros, y él mismo con sus propios dedos obtuvo tras tanto tiempo, el pequeño trozo de papel, y leer por fin aquellas palabras de amor que tan ilusionada y temblorosa había escrito Paola, aquel lejano día, más de cincuenta años atrás.
Quienes estaban con él en la espaciosa sacristía, asistieron a la emocionada estampa de un rostro compungido, enmarcado por blancos cabellos, de blandas majillas, donde bajaron por un instante, dos gruesas y temblorosas lágrimas, y un hondo e imperceptible suspiro, fue el preludio de un largo y profundo silencio.
Yo me había transportado siguiendo el relato del afable sacristán, tan ensimismado, que también sentí mis ojos humedecidos y en el pecho el corazón como que se me derretía lentamente.
_¡Oh Dios!…_ exclamó, mirando alarmado su reloj, y llevándose una mano a la frente, como asustado._¡Las doce y quince!…, ¡Y yo no toqué las campanas de las doce!…_ y agregó: _¡Sólo me había pasado una vez en treinta años!!!_
Y se fue presuroso a su repique de campanadas de aquel medio día, en que se retrasaron quince minutos. ¡Por una pequeña notita escrita por una jovencita enamorada, hace más de cincuentas años!

FIN

 *Texto incluido en el libro “Pintando mi aldea” de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe.  31/05/2011

DEL RESPETO*

*De Horacio C. Rossi.

Porque soy parte de la espiga y la nube,
No puedo no respetarte.. .
Porque soy parte del silencio y la estrella,
No puedo no respetarte.. .
Porque soy parte de la sangre y del tiempo,
No puedo no respetarte.. .

Parte del conocimiento y del cansancio,
Parte de los días y de los ríos,
Parte del amor y de las glicinas,
Parte de las tierras y los esfuerzos,
Parte del clima y de los nombres…

De la mudanza y de los cuerpos,
De las piedras y la sinceridad,
Del trabajo y de los insectos,
Del mar y las claridades,
De la pasión y de los árboles…

Y de los tejidos y de las palabras,
Y de los pensamientos y del sudor,
Y de paisajes y del llanto,
Y de la línea…

Porque soy parte
De la vida…

No puedo
No respetarte.-

Carta a mis hijos*

*de Antonio Dal Masetto

Este es el hogar que les toco, una pálida ciudad americana, una ciudad sometida a las modas, que les ha transmitido sus costumbres y sus histerias, que los ha saturado con sus músicas, sus pobrezas, sus tristezas, sus crímenes. Quiero que lo sepan: en sus venas hay otros soles y otras fiebres. Sus carnes no están amasadas solamente con olor a nafta y horizontes de cemento. Quiero que lo sepan porque tal vez algún día, cuando les toque hacerse la gran pregunta, esto pueda formar parte de sus respuestas. Recupero imágenes de un tiempo que no les pertenece. Pero seguramente las presencias que lo habitan estén tan vivas en la memoria de vuestras sangres como en la mía.
Hay una casa sobre el lago y un pedazo de tierra con hileras de vides. Vuestro abuelo cuida de esa viña. Llega la estación de la vendimia y lo miro cortar los racimos, transportar los canastos, pisar la uva en la cuba. En los días que siguen, en la penumbra del sótano, el olor del mosto es, para mí, olor a misterio.
Hay otra casa, en la montaña. En la tierra difícil vuestros han sembrado trigo. Los veo, encorvados, manejando la hoz y abriendo surcos en el trigal. Los haces son transportados en carro hasta el molino, en una aldea vecina. Allí se muele y se paga con parte de lo cosechado. Al atardecer vuelven trayendo las bolsas de harina con las que amasaran pan durante todo el año.
Estas son las dos imágenes que quiero rescatar. Una es oscura y subterránea: ese sótano y su fermentar secreto, su actividad viva detrás de la puerta cerrada. La otra esta llena de la luz de los trigales y el trabajo bajo el sol. Tal vez estos recuerdos no signifiquen nada y sean solo el reflejo melancólico de alguien que no se ha acostumbrado a las perdidas y al desarraigo. Pero insisto en creer que en esa luz y en esa sombra existe una enseñanza. No quiero sugerir que aquella fuese gente feliz. Eran tozudos y eran egoístas. Tuvieron hijos y defendieron lo suyo. Duraron. Alimentaban sus vidas con trabajo, con odios y alegrías, con pasiones fuertes y primitivas. Pero nunca con indiferencia, que es uno de nuestros males. Perpetuaban ceremonias que para nosotros perdieron sentido. Esperaban la hora de la cosecha seguros de que llegaría. Trabajaban para que el milagro se repitiese. Confiaban, y la tierra no los defraudaba. No se preguntaban por que. Dos guerras pasaron sobre sus casas. Ellos siguieron sembrando y cosechando.
Mas tarde, vuestros abuelos, trasplantados a tierra americana, seguían aferrados al ritual en los pocos metros de la casa en que vivían. Plantaban hortalizas y frutales, espiaban el devenir de las estaciones. Esos florecimientos y desarrollos parecían contribuir a darles una medida y una razón a sus vidas. Probablemente, para ellos lo importante no fuese la necesidad y el placer de la cosecha, sino la certeza de la cosecha. Sin saberlo, acataron mejor que nadie el papel que a todos nos ha tocado desempeñar.
El ejemplo de esa entrega, que es también elección, que es también participación, nos habla un lenguaje olvidado, pero que reconocemos.
Nos sugiere que quizá no seamos mas que intermediarios entre fuerzas que nos superan y un mundo que acepta y necesita nuestra colaboración. Que más allá de nosotros, de nuestra voluntad y conocimientos, existe una alianza entre las cosas, un pacto inalterable que es preciso secundar. Cada día trae su confusión, pero la meta es siempre la misma.
Nuestra tarea es el rescate. Lo perdido, lo oculto es nuestro objetivo. Hay en nosotros una memoria que no proviene solamente del pasado.
Ella nos indica el camino: poner orden en lo invisible. Las herramientas, los elementos de trabajo, igual que la pala y la zapa, están de este lado. Energía, lucidez y paciencia son nuestras cartas de triunfo. Pero también impaciencia, desorden, pasión. Y delicadeza, que es privilegio de la fuerza. Si todo esta en todo, entonces siempre hemos estado cerca de lo que buscamos. Cada día, cada hora, la realidad nos esta repitiendo el mismo estribillo. No hay pistas falsas. En todas partes hay señales y conclusiones. Será necesario recorrer esos senderos para llegar a descubrir lo que en ultima instancia sabíamos desde el principio.
Aquella luz y aquella sombra no son solo partes opuestas y complementarias de una misma esfera. Son también un espejo de nuestra condición. No nos queda mas que confiar en que la tarea visible proyecte sus frutos en lo invisible. ¿ Que es el vino sino agua que contiene fuego? ¿ Que es el pan sino tierra que levito?

Chicharras*

 

*De Horacio C. Rossi.

Espumas de la siesta,
las chicharras
arrorroan carpinterías de amor por las absortas frondas…

Lejos aún del baño diamantino
el cielo fosforece transmojado de polen en el viento que se dona de brisa, asunto del silencio…

En el franco vastísimo sopor
húmedamente verde y frescamente azul desde la sombra
la insonora chicharra
ara con esmero de molinera su esmeril
labrando rodajas  preciosas de descanso
de reposo que es verde y que es azul
de amor como agua…

Oscila de planeta su canto:
de planeta que viaja ensimismado zumbando en el vacío sideral
inventando las aires de un consuelo…

Haciéndonos imaginar la lluvia,
en fin pero sin fin,
la danza…

Fulguran en la siesta
como fermiente espuma
al sur del cielo
 todas
las chicharras…

Nos transpiran mensajes de la diosa contenta que sonríe
así posándose en el ritmo de nuestro corazón…

*

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