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	<title>UNA BUSQUEDA ENTRE LITERATURA Y NOTICIAS</title>
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		<title>CUANDO TE VAYA BIEN LLÉVAME CONTIGO&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 01:44:20 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[“PARADOJA DE GEMELOS” *
“Cuando te vaya bien llévame contigo, cuando te vaya mal no me defraudes.&#8221;
BOB MARLEY
 
Hoy, por vez primera él le ha llamado estrella.
Y ha sido alfa centauro. Y ha cabalgado noches.
Y en un S.O.S. desesperado se ha hallado.
(Eres lo que soy)
 
Y los recuerdos, de pronto, los lapidan.
Y juntos entierran los duelos y los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“PARADOJA DE GEMELOS” *</p>
<p>“Cuando te vaya bien llévame contigo, cuando te vaya mal no me defraudes.&#8221;<br />
BOB MARLEY<br />
 </p>
<p>Hoy, por vez primera él le ha llamado estrella.<br />
Y ha sido alfa centauro. Y ha cabalgado noches.<br />
Y en un S.O.S. desesperado se ha hallado.<br />
(Eres lo que soy)<br />
 </p>
<p>Y los recuerdos, de pronto, los lapidan.<br />
Y juntos entierran los duelos y los muertos.<br />
Y vibran. Se estremecen. Palpitan. Ceremonias secretas.<br />
(Hoy es ayer)<br />
 </p>
<p>Y permanecen. Paradoja de gemelos. Perfecta.<br />
Y la muerte pasa, inadvertidamente.<br />
Y regresan los amados muertos.<br />
(Pedí un deseo)<br />
 </p>
<p>Y son “amados  inmortales.”<br />
Y conjugan los verbos de la infancia.<br />
El pretérito pasado, es perfecto.<br />
(Ayer es hoy)<br />
 </p>
<p>Y se abrazan  Se abrasan. Se enardecen.<br />
Y arden, fieles a la especie. Lejanía y  estrellas.<br />
Y el beso llega, obsecuente, consecuente.<br />
(Soy lo que eres)</p>
<p> <br />
“Cuando te vaya bien llévame contigo,<br />
Cuando te vaya mal, no me defraudes”<br />
 <br />
 <br />
*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>CUANDO TE VAYA BIEN LLÉVAME CONTIGO&#8230;</p>
<p>DAGOBERTO*<br />
 <br />
 <br />
         Dagoberto es un perro. En esta vida no se llama Dagoberto, al nacer le pusieron Motita y lo adornan con lazos color rosa, a pesar de que no es afeminado, y lo que tiene no es mota, sino más bien antifaz: una mancha negra que le cubre los ojos.<br />
 <br />
         En una vida anterior fue hombre y fue tratado como un perro, estuvo barriendo calles desde que tuvo edad laboral, calle arriba, calle abajo con el escobillón y el carrito. Llegó a envidiar a la perra que vivía en la casa amarilla del barrio alto, propiedad de una viuda rubia, cuyos enormes senos eran su admiración&#8230; los de la rubia, claro está… la perra era una labradora dorada, premiada en eventos caninos, a quien sacaba a pasear en las tardes. “Pensar que ese animalito vive en casa con piscina y come carne&#8230; solía pensar con franca envidia cuando se enfrentaba al pan con café y a su catre, “en este mundo vale más ser perro, con tal que se nazca en colchón de lujo”.<br />
 <br />
         Así vivió y así murió. Cuando le llegó la hora de reencarnar, se enteró de que aquella perra, estaba a punto de dar a luz. Tan arrepentido estaba de ser humano que eligió descender en la escala evolutiva para ganar autoestima y recibir el afecto del que se creía merecedor. Y se halló de pronto, con todos sus recuerdos de hombre, emergiendo a empujones por un útero canino.<br />
 <br />
         Pero resultó que la perra había tenido una aventura, fruto de una escapada nocturna que habían creído sin mayores consecuencias que una garrapata en la oreja izquierda, anterior al cruce con un perro de su abolengo. Dagoberto fue el hijo único de tan oscura unión. “¡Horror!”, gritó la dueña  al veterinario, “¡deshágase de ese engendro, que mis ojos lo no vean más, que no lo sepa nadie! ¡Qué vergüenza!” y corrió a buscar sus sales.<br />
 <br />
         Lo colocaron en una esquina del patio, mientras asistían a la parturienta. Cualquier cachorro de fina estirpe hubiera sucumbido a las dos horas expuesto a la intemperie, pero Dagoberto sumaba genes de perros callejeros que retrocedían desde el registro akásico de siglos durmiendo en la selva, en el desierto, en las calles, hasta la memoria kármica de sus luchas por aferrarse a la vida cuando era hombre.<br />
 <br />
         Estaba destinado a no conocer a su madre. En su vida humana fue abandonado en el hospital… ahora, que había elegido el mejor vientre perruno posible, la madre moría de parto. Lo que en una existencia anterior marcó su desgracia, en ésta fue su suerte. Su ama rubia, con los ojos hinchados de tanto llorar, fue a recogerlo, arropándolo en su fabuloso seno. “Angelito mío”, le dijo al oído, “eres todo lo que me queda de ella, mi preciosa Motita”. Después se supo que era macho, pero ya estaba nombrado. Los lazos rosa con que lo adornan no tienen que ver con este error, fueron heredados de su madre… por fortuna entre los perros no se da importancia a estos detalles.<br />
 <br />
         De este modo Dagoberto, que por la correría de su progenitora iba a regresar de vuelta al infinito, vive una vida de aristócrata. Cada día saborea las mejores costillas, con algo de hueso, para que sus potentes jugos gástricos puedan trabajar a gusto. Por las tardes devora pastelitos de salmón junto a la piscina y menea el rabo a su ama, se reclina en su regazo y duerme la siesta mientras ella acaricia sus orejas&#8230;  ¡Cómo le hubiera gustado esto cuando barría la calle donde se asienta la casa en que ahora vive!  <br />
 <br />
         Dicen que La Esperanza, postrer habitante de La Caja de Pandora, no fue un bien ni un remedio, sino el último de los males enviados al hombre. Quien vive de esperanzas no asume el destino, que vuelve y se repite infinitamente hasta que hemos aprendido lo que vinimos a aprender: Dagoberto esperaba una vida larga y feliz, rodeada de comodidades. Un futuro matrimonio perruno con los descendientes jugando a su alrededor, una vejez tranquila…<br />
 <br />
         Todo marchó de maravillas hasta que una noche escuchó a su ama hablando con su mejor amiga. “Lo he decidido, es lo mejor para que no siga los pasos de mi difunta Mimí, mañana a primera hora viene el veterinario y lo castramos, ¡esta tarde lo vi husmeando a esa perra sin raza que los hijos del vecino siempre tienen suelta! ¡Qué vergüenza!”<br />
 <br />
         Sumido en la desesperación, esperó a que la señora se volteara, decidido a huir de su vida llena de acomodos y mimos con tal de no renunciar a su virilidad… tal vez la puerta trasera estuviera aún abierta. Echó una última mirada a su ama, cuánto le dolería dejarla&#8230; palabra de perro, lo de olisquear a la perrita no había sido su culpa, ella se le había encimado cuando lo sacaron a pasear. ¡A lo que pretendían hacerle renunciar por tan pequeño desliz!<br />
 <br />
         A los tres pasos descubrió que los pies le pesaban como plomo, su energía se estaba desvaneciendo, un sueño inexplicable lo invadía. Un intento más y cayó, imposibilitado de seguir adelante. “Te lo dije”, escuchó a su dueña al teléfono, “cuando se ponen así pierden el sentido. ¡Menos mal que se me ocurrió echarle el sedante en el agua! No me lo vas a creer: ¡con lo bien que está aquí y se estaba escapando ahora mismo detrás de esa cualquiera!”.<br />
 <br />
         “Resignación”, pensó Dagoberto-Motita antes de sumirse en la inconciencia, aprendiendo al fin la lección que lo había devuelto a este mundo, “la vida puede ser bella, pero no tiene por qué ser perfecta”.<br />
 <br />
 <br />
 <br />
*De Marié Rojas.<br />
La Habana. Cuba.</p>
<p>DE LOS ESCOMBROS*</p>
<p>Pensamientos decrépitos<br />
La soledad arañando paredes<br />
Perfilando deshielos<br />
en el ártico de la existencia sin nombre.</p>
<p>Los años penitentes<br />
anegados en la borrasca del alma,<br />
los sueños inconclusos<br />
vagan reincidentes en la cárcel del recuerdo.</p>
<p>Cada resquicio inundado de llanto<br />
y de las sombras resucita la silueta:<br />
años adormecida, años mutilada.<br />
La fuerza de la vida domina<br />
La incorpora y la lanza al baile incrédulo del destino<br />
y sosegada canta.</p>
<p>Son imágenes de un viejo cuadro.</p>
<p>*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es<br />
23-11-2011</p>
<p>HUNDIMIENTO DEL CRUCERO<br />
COSTA CONCORDIA*<br />
 </p>
<p>Todo era una fiesta. La cena misma del primer día de viaje. El jolgorio de la parte del pasaje que aún no cenaba, saludaba en cubierta a los lugareños de la pequeña isla italiana de Giglio, mientras sonaba la profunda sirena del barco engalanado. Todo cerca, muy cerca de la costa; demasiado peligrosa por sus rocas amenazantes y semi escondidas…. De pronto la nave choca con el fondo del casco, y abre una vía que hiere gravemente al navío.<br />
Desconcierto, confusión, caos… Miles pugnan por salvarse, primero sin tomar casi conciencia, algunos bajan con sus bolsos, luego con desesperación cuando el barco se ladea y vuelca sobre sí, y hay quienes se caen, otros se tiran, otros quedan atrapados en una trampa inclinada;  unos nadan a la orilla cercana, otro se ahogan o desaparecen….<br />
El capitán también…, o se cae cuando el barco se vuelca. Abandona el barco…<br />
Hay quienes dicen que estaba “enfiestado”, descuidándolo.<br />
Tenemos un culpable. Todo está bien.<br />
Un error humano.<br />
              Si es así la cosa, es bastante precaria. Siempre va a haber capitanes que se toman un tiempo para cenar, a veces la misma etiqueta les exige que sociabilice con el pasaje. Incluso habrá momentos que el capitán tendrá que dormir, y un día quizás un capitán se emborrache; y siempre puede haber una roca escondida que ni siquiera está en las cartas. Suele ser así.<br />
Pero los barcos no deberían hundirse.<br />
Al menos no tan fácil.<br />
Del “Titánic” aprendimos que el casco se rompió contra el témpano, porque el acero de aquel tiempo era demasiado rígido, que más bien no era acero sino casi hierro fundido y se quebraba como un vidrio. Hoy los aceros de los cascos de los barcos son cien veces más resistentes.<br />
También aprendimos que no tenía “Compartimentos estancos”, lo que evitaría que una vía inunde toda la sentina, hundiendo la nave. Desde aquella vez la ingeniería naval en grandes naves usa ese diseño a fin de evitar que el agua inunde la nave, sólo el compartimento dañado; haciendo que el resto no dañado la mantenga a flote, por más grave que sea la avería. En último caso dará el tiempo suficiente para que se haga el salvamento del pasaje sin pérdidas humanas.<br />
Aquí vimos que el Barco toma agua por babor y luego se recuesta a estribor, lo que muestra que el agua se movió sin contención alguna de un lado para el otro, y eso tumbó la nave. Por lo que se ve no tenía compartimentos estancos de ninguna naturaleza.<br />
Estas naves han ido creciendo en altura, como altos hoteles, manteniendo su manga, o sea su anchura, por lo que su base pasa a ser menor en relación; y podríamos concluir criteriosamente que, en consecuencia, ponen en riesgo su estabilidad. Eso lo enseñó la trágica crónica de tantos ferris del Mar del Norte, que en tiempos bastante recientes dieron vueltas de campana y se hundieron por el peso de su superestructura sumada al común sobrecarga de pasaje y automóviles. Hubo muchísimos de casos. Todos tenían en común, la relación crítica de la nave con su propia base.<br />
El error humano es circunstancial.<br />
Las naves deberían ser más seguras, existe la tecnología.<br />
Y el mar es implacable.<br />
El derrumbe del Las Torres Gemelas, demuestra que la ingeniería puede cometer excesos al avanzar a costa de mermar sus márgenes de seguridad, confiando en la alta tecnología utilizada. Se explicó que el fuego “fue demasiado”, había fundido el núcleo que sostenía cada edificio. Miles de litros de combustibles de los aviones incendiados fundieron los metales de su construcción. Cuando se construyó eran una de las maravillas del mundo. Ni el choque de cien aviones podría afectarlas. Era ineludible remarcar esto en aquel momento, ya que no muchos años antes, en el año cuarenta y cinco, un avión bimotor de bombardeo se estrelló en un piso setenta del edificio más alto de New York y provocó un incendio que provocó algunos daños en un par de pisos.<br />
              Claro que eran del viejo cemento con acero, aún no se disponía de los avances tecnológicos, de materiales y sistemas de alta tecnología; ni la morfología, ni las estructuras de avanzada, que permiten las más audaces creaciones de hoy en día.<br />
Barcos como gigantescos y confortables hoteles de lujo.<br />
Edificios que llegan casi a mil metros de altura. Ligeras y audaces formas y estructuras de metales livianos, fibras, vidrios; con jardines y piscinas en el cielo, girando sobre si mismos, inclinados, desafiantes.<br />
Pero aún grandes naves se hunden al tropezar con una roca, o modernísimos aeropuertos estallan bajo una tormenta, y torres caen como castillos de naipes por el choque de un avión; todo nos deja pasmados, como que son cosas que no deberían estar pasando…<br />
O al menos no de este modo.<br />
             </p>
<p>*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar<br />
18/01/2012<br />
Avellaneda, Santa Fe; Argentina.</p>
<p>Distancia*</p>
<p>Vivir a cada instante padeciendo<br />
la maldición innata<br />
de saberse incompleto;</p>
<p>mirarse cada día en el espejo<br />
y no saber si el reflejo es la respuesta<br />
y no poder siquiera descubrirse<br />
en esos gestos, esas distracciones,<br />
en ese pelo casi encanecido<br />
o en las facciones grises;<br />
y tan solo los ojos,<br />
muy lejos, en el fondo,<br />
como el vivo fulgor de una fogata<br />
ardiendo en otro sitio<br />
o quizá en otro tiempo,<br />
ardiendo acaso sin motivo<br />
en una dimensión desconocida<br />
o al final de un callejón desierto<br />
en el confín del barrio más humilde<br />
de una ciudad lejana&#8230; ¡tan lejana!</p>
<p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />
De Por si mañana no amanece<br />
http://sergioborao2011.blogspot.com/</p>
<p>Bebedero de pájaros*</p>
<p>*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com</p>
<p> </p>
<p>Bloody Mary</p>
<p>Las mesas del bar que me gusta están ocupadas. Camino pensando en el encanto de los golfos y las penínsulas. Recuerdo aquel verso: &#8220;él duerme en un lecho de paramecios&#8221;. En un charco poblado de protozoos ciliados. La bío-metáfora dañina me zumba en los pies y en los oídos. Doblo a la izquierda por una calle oscura que no conozco. Desde los acantilados barullentos de este laberinto orgánico e inorgánico llega el tambor y las trompetas de una fiesta. Subo siguiendo la calle empedrada. Mascullo estrofas de Perlongher.<br />
Las traiciono. Al masculino lo hago femenino. Al primer verso lo hago último. En un recodo, perros blancos corren tras una perra azul arrojada al asombro. Escucho tambores. Es mismo y otro el amor de hombre con hombre. La calle sigue subiendo hacia la luna. Los perros encorvan el lomo esperando su<br />
momento con la hembra azul que se peina con la lengua. Es mismo y otro el amor de perra con perro. Dos marineros corren cuesta arriba. Dos muchachas ríen cuesta abajo. Una mujer de pelo amarillo se asoma por la ventana. Suena más fuerte su corazón que los tambores. Los perros retroceden cuando la perra azul retrocede. La jauría atraviesa de lado a lado la gran noche asfixiada. Pero lo que llena el mundo no es la asfixia, ni el turismo, ni los paramecios, ni los perros, ni los hombres, lo que llena el mundo es el<br />
tambor de la mujer que se acorazona junto a la ventana, irrigada por hilos brillantes de Bloody Mary. Lo que llena la noche son los versos carnosos de Perlongher.</p>
<p>Cuatro escritores</p>
<p>Retorna un rumor de versos que por razones de memoria no se comparten. Somos cuatro dentro del coche moviéndonos de un sitio a otro a gran velocidad por una ruta tropical. Las casas son pequeñas. Alguien cree que vamos a estrellarnos contra un camión que viene de frente. Alguien confía en sus<br />
reflejos. Alguien rememora rutas argentinas. Alguien recobra sus miedos infantiles. Los cuatro, dentro del auto andamos en líneas de punto por la memoria. Uno de nosotros recuerda una vieja canción de la infancia. Todas las puertas de las pequeñas casas están abiertas. Uno de nosotros canta La vie en rose. A gran velocidad los pozos nos mueven en una danza africana.<br />
Uno de nosotros mira de adentro hacia fuera, luego de afuera hacia adentro.<br />
Los sacudones mezclan los puntos suspensivos. Bebemos agua. Los cuatro escritores bebemos agua. Cada cual sacia a su propio animal sediento. La luz del sol baja entre los bananeros. Uno de nosotros suspira. Uno de nosotros ve subir a Dios por una pequeña escalera hacia el cielo. Uno de nosotros no confía en lo que ve con sus propios ojos. Uno de nosotros cree que Dios sube para demostrar que existe. Los cuatro escritores tenemos piedad de ese Dios que sufre de vértigo. Dios sube los últimos escalones en cuatro patas y el universo le da vueltas. Cuando Dios intenta ponerse de pie cae sobre las plantaciones de banano. Verlo es un espectáculo escéptico. Los cuatro escritores nos hundimos en un maremágnum de puntos suspensivos.</p>
<p>Angel sin patas</p>
<p>Una de tus nubes merodea mi casa. Me quedo de pie, en el patio, un largo rato y escucho el viento y los pájaros (tu viento y tus pájaros). Escucho los versos de Billy Collins descender desde tu nube. Reconozco su fórmula íntima y musical. La refrendo como si fuera mía. Los versos y la nube se<br />
desvanecen y vuelven a aparecer. Apenas apoyados en sus patas se me acercan cabeza abajo y se repiten como todo lo que no puede tocarse con las manos.<br />
Tu viento y tus pájaros, vuelvo a decir, como si fueran míos. Tu nube peregrina cambia de formas. No sé qué hacer con mis manos, con mi boca devorándose a sí misma. Del vientre de la nube salen tus pájaros. Y los árboles de toda la ciudad podrían irse volando. Uno de ellos toma con su pico un trozo de tu nube y me la entrega. La coloco en una jaula sin barrotes. La alimento con semillas invisibles. Le doy de beber gotitas púrpuras de un ron imaginario. La nube se hamaca, la nube canta tu canción, la nube duerme, la nube habla con palabras que otros no entienden. La nube es un ángel sin patas. La nube pulsa las distancias para que mi boca y la palabra se unan furiosamente.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-32171-2012-01-21.html</p>
<p>Pelada la bombita*</p>
<p>Pelada la bombita pendiendo<br />
de un cable denodado<br />
y equidistante</p>
<p>Y en mi primera vez<br />
el deseo<br />
de una mujer joven toda<br />
desnuda maravillosamente.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>UNO ENTRE 7.000 MILLONES*</p>
<p>(Meditaciones en momentos personales de transición existencial)</p>
<p>Última parte</p>
<p>*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com<br />
http://choloar.tripod.com/Alfredo_Aguirre/</p>
<p>Nos dá la impresión que al efecto de la presente comunicación, hemos dicho casi todo lo que queriamos transmitir.<br />
Hace un tiempo estibamos en nuestro holon, un pensamiento de Jaspers: “En las situaciones límites está el origen de todo filosofar”. A propósito del concepto de “límite”, de antes nos venía el “siempre hay que tener las fuerzas necesarias para romper todos los límites”, del Marqués de Sade; y en fecha más cercana al presente incorporamos el presente de Edington en el sentido que: “el límite de nuestro lenguaje es el límite de nuestro mundo”. Y no sé porque asocio estos pensamientos a uno de Julio Verne, que leí hace mucho tiempo en un cartel: “Todo lo que un hombre pueda imaginar otro podrá realizarlo”.<br />
Hay estudios que señalan que el retiro laboral o jubilación es una situación límite. Y ha de reiterarse, que en el principio de esta ya larga comunicación, apuntábamos que estamos en los prolegómenos de nuestra salida del sistema laboral formal.<br />
Sin perjuicio que formulemos alguna comunicación específica, nuestra salida del servicio público federal argentino, nos resulta una ocasión, digamos una “situación límite”, como para discurrir acerca de todo lo vivido.<br />
La vida, aun durmiendo y soñando, es indivisible. Más allá de las múltiples convenciones, cada existencia concreta es indesglosable;  desde el principio al fin.<br />
Por nuestras sensibilidad ha pasado lo que hemos vivenciado en nuestro entorno desde que vinimos al mundo.<br />
A veces cuesta,  y mucho, ponderar, aquellos primeros seis años de vida sobre los que &#8211; hay consenso científico -  se modelan las respectivas personalidades.<br />
Por una extraña suerte de vocación y de destino, hemos podido bucear hasta donde hemos podido en esos primeros años y hasta nos hemos remontado hacia nuestros ancestros, que resulta indudable algo han aportado con la carga genética luego sometida a intensos estímulos formales e informales, que eso al fin de cuentas somos cada uno de nosotros.<br />
Mas un desencadenante para formular una comunicación como la presente, ha sido un concepto que abrevamos en una de esas oportunidades de capacitación que se han habilitado para los servidores públicos federales argentinos, por iniciativa el entonces Ministro Beliz hacia 1992 . En un curso sobre Gestión del Conocimiento (KM), allá por el 2006, nos enteramos de la existencia de la institución del “EXIT QUESTIONAIRE”, tal como se da en el Estado canadiense de CALGARY. Este instituto de origen inglés y que también se aplica en Estados Unidos, consiste, en que cuando un servidor público permanente se jubila, existe el requisito de que deje por escrito una suerte de memoria de aquello que puede servir a la organización que deja. La verdad es  que anoticiados de esta noción, la misma  nos viene resultando altamente estimulante y nos induce no solo a hacer un “formulario de salida”, de nuestra vida laboral, sino extenderlo a todo lo que hemos aprendido dentro de los ámbitos laborales o concomitantemente con ellos, fuera de los horarios de trabajo.<br />
No nos parece ocioso reiterar que el servicio público es una formidable oportunidad de aprendizaje, para quien tenga  avidez de conocimientos (y estimamos que ese ha sido nuestro caso).<br />
Además por múltiples motivos; nuestra condición de corredor pedestre no ha sido la menos significativa(tampoco nuestras excursiones a pie), hemos recorrido el país, tomando nota de todo lo que veíamos ello fue aún  antes de enterarnos ese pensamiento de Hernández arriba consignado acerca que : “ todo el mundo es escuela”.<br />
Deliberadamente hemos querido hacer una suerte de actualización (upgrade) de nuestra visión del mundo circundante, en un punto de inflexión de nuestra parábola existencial.<br />
No hay pretensión de imposibles asepsias ideológicas, o similares enmascaramientos. Solo hemos pretendidos decir más lo que venimos sintiendo que lo que venimos pensando aparentemente fríamente.<br />
Motores de búsqueda mediante, colocando entre comillas nuestros nombres y apellido completo, se puede acceder a gran parte de las comunicaciones que venimos formulando o al listado completo de las mismas.<br />
Aunque formen parte de un único discurso sujeto a las periódicas actualizaciones que el entorno  viene induciendo a nuestro holon; hasta donde nos es posible hemos intentado compartir cosas que tal vez estaban subyacente en nuestras comunicaciones, y que deseamos compartirlas mas explícitamente.<br />
Nos animamos a decir que queremos transitar en un planeta donde primen las relaciones interpersonales “cara a cara”; donde uno se pueda desplazar con nuestras propias fuerzas físicas, o con ayuda de animales, o del sol o del viento; y donde los bienes se produzcan hasta donde sea posible con nuestras propias manos.<br />
Suena a utópico.<br />
Por suerte gracias a las TICs, nos venimos enterando que no estamos solos en la utopía. El final queda abierto. No sabemos por nuestra parte si podemos decir algo mas al respecto&#8230;Por ahora&#8230;</p>
<p>(Buenos Aires 16 de enero de 2012)</p>
<p>*</p>
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		<title>¿Y EL INFINITO QUÉ ES?</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 01:41:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[XXVIII*
Hace poco
cabía
un vendaval
en un vaso
un agosto
en un árbol
un caballo
en un techo.
Hace poco yo
volaba
en un barrilete
desbordaba
corpiños de nubes
simulaba un océano
extraño
mientras mi padre
solitario
por el campo
cazaba.
*De Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
LAS CALANDRIAS DE JUANELE*
*Por Jorge Isaías. 
Pasé varios días este verano observando con morosa atención el vuelo nervioso de las calandrias, en mi pueblo.
Descubrí con alegría que no excluía el asombro, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>XXVIII*</p>
<p>Hace poco<br />
cabía<br />
un vendaval<br />
en un vaso<br />
un agosto<br />
en un árbol<br />
un caballo<br />
en un techo.<br />
Hace poco yo<br />
volaba<br />
en un barrilete<br />
desbordaba<br />
corpiños de nubes<br />
simulaba un océano<br />
extraño<br />
mientras mi padre<br />
solitario<br />
por el campo<br />
cazaba.</p>
<p>*De Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>LAS CALANDRIAS DE JUANELE*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. </p>
<p>Pasé varios días este verano observando con morosa atención el vuelo nervioso de las calandrias, en mi pueblo.<br />
Descubrí con alegría que no excluía el asombro, cómo una calandria madre enseñaba a volar a sus pichones, cómo los incitaba con su aletear, los instaba a alcanzar unas ramas bajas de ibyrá-pitá, les daba de comer en sus piquitos ávidos, inexpertos, pequeños gusanillos que extraía de la gramilla<br />
recién cortada.<br />
Recordé casi sin quererlo, una mañana lejana, una bella, soleada mañana de abril, en Paraná, frente a la casa de &#8220;Juanele&#8221; Ortiz, en el Parque Urquiza.<br />
Allí el viejo poeta, el maestro de tantos, me comentó mientras mirábamos volar a las calandrias:<br />
- ¿Usted sabe que estos animalitos reproducen con sus vuelos los ideogramas chinos?-<br />
Yo lo ignoraba en ese entonces y aún hoy no estoy seguro que sea verdad, eso ya no tiene importancia. Pero en ese entonces le creí, como todo lo que me decía con su voz pausada que buscaba las palabras que mejor se adaptaran a la sensibilidad de su interlocutor, como no queriendo ofender, con su delicadeza de viejo criollo siempre atento a que el otro encontrara la profundidad que era muy clara para él.<br />
De todos modos el hombre habría pasado muchos años observando el vuelo libre de los pájaros, mientras el Paraná lento y caudaloso corría encajonado en unas barrancas altas, a sus pies. Por lo tanto, tenía todo el derecho de opinar sobre las calandrias que le recordarían los poemas de sus amados Li Po o Lao Tse. Poetas que en ese tiempo estaba traduciendo ( ayudado por algunos amigos chinos, aclaraba).<br />
Hoy, a casi cuarenta años de aquella opinión tal vez poética, tal vez libre como era todo en él, se me presenta aquella vieja y borrosa imagen en la mente mientras miro estas calandrias que son otras, en el humilde patio de mi casa, en mi pueblo. Y no interesa si aquello fuera cierto, lo que importa es el recuerdo del Maestro que hoy relaciono mientras miro estas calandrias mías, que tal vez no sepan chino.<br />
Sobre todo las mañanas y las tardes que pasé escuchándolo, como en éxtasis, ya que las admiraciones juveniles son como los afectos, de una vez y para siempre.<br />
Mientras miraba entonces estas calandrias vivas (no sé si más vivas que las calandrias aquellas de &#8220;Juanele&#8221;) pensé un momento que en la naturaleza todo está previsto, menos la irrupción del hombre que nunca la respeta.<br />
De todos modos uno puede debajo de estos fresnos admirar el vuelo de los pájaros. Pasarse horas viéndolos volar, espiar cómo esas calandrias persiguen a un par de palomas grandes &#8211; a las que aquí llaman &#8220;monteras&#8221;- pese a la desventaja del tamaño: chillidos, aleteos, plumerío, hasta ponerlas en fuga. Observo mejor y veo que las &#8220;monteras&#8221; se habían posado inadvertidamente donde las calandrias tienen su nido, en el coposo ceibo que plantó mi madre cuando era apenas un gajito de no más de 30 centímetros de altura y hoy explota en carnosas flores rojas bajo la mano de septiembre y sus ramas gruesas se extienden hacia el cielo.<br />
Justamente en esas ramas robustas y abiertas merodean y se persiguen entre sí los pájaros: corbatitas, horneros, pirinchas. Pero sobre todo la irascible calandria enseñorea su prepotencia y su denuedo. De vez en cuando el carbón lustroso de un tordo cruza pesado bajo el cielo que se detiene a curiosear enero, que lo hace lento como un mar clarísimo de aceite. Entonces ese plumaje bello irrumpe en esa quietud beatífica que las cigarras parten como una fruta madura con su sierra persistente.<br />
Si salgo hacia la calle entonces, y miro hacia el Sur, un cielo increíblemente bajo me espera. Casi parece que puede tocarse con la mano.<br />
Pero es la sensación vacía de ese cielo que no se apoya en ningún árbol el que se deja estar así, lentísimo, mientras aquellos pinos, un poco más lejos -donde estuvo la casa de don Juan Ortali-, (un grupo de pinos<br />
impasibles) dan una fe a medias que allí alguna vez hubo una casa.<br />
Si yo camino hacia allí, siguiendo el &#8220;camino del Diablo&#8221;, tal vez me encuentre un grupo de chicos que vuelven con sus cañas al hombro de una excursión de pesca al cañadón que llaman &#8220;El noventa&#8221;.<br />
En campo abierto vuelan otros pájaros: los chimangos que lo hacen muy alto, porque con su vista poderosa buscan alimento, cigüeñas, bandurrias, sisiríes o crestones en busca de cañadas, alguna lechuza distraída que se posa en un poste de alambrado y mira todo con sus ojos avizores, inmensos ojos donde se<br />
reflejan las breves espigas del trigo.<br />
Y volviendo a las calandrias -a las &#8220;mías&#8221;, las de este verano-, digo que distrajeron mis ojos cansados, repitiendo ese rito materno tan antiguo, aunque tal vez no sean las calandrias que dibujaron los ideogramas chinos que sólo supieron leer el aire y los grises ojos sabios de &#8220;Juanele&#8221;.</p>
<p>&#8220;Literatura es entender la maravilla de la existencia&#8221;*</p>
<p> Habla el escritor santafesino cuya obra se estudia en las escuelas de su provincia.</p>
<p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p>
<p>La literatura encontró en Jorge Isaias un expositor lúcido, que sale al encuentro del testimonio y funda respuestas que merecen conocerse.<br />
Nacido en Los Quirquinchos (Santa Fe) en el otoño del año 46 de la centuria anterior, en los sesenta se instaló en Rosario para trabajar y estudiar. Se recibió de Licenciado y Profesor de Letras y realizó tareas docentes en Institutos terciarios.<br />
Durante treinta años fue librero y editor. Co-fundó la revista literaria y editorial &#8220;La Cachimba&#8221; que tiene casi cien libros y diez números editados.<br />
Y, dato clave, es hincha de Rosario Central desde los cuatro años.</p>
<p>- ¿Como llegás a la literatura?</p>
<p>- Como fui un voraz lector desde niño, empecé como todos en mi época: con las revistas de historietas. Luego pasé a los libros de historia, de narrativa y finalmente a la poesía.<br />
Tenía dieciséis años y me había leído todos los libros de las bibliotecas de mi pueblo. En mi casa no había para libros y además si lo hubiera habido, tampoco teníamos librería en mis pagos.</p>
<p>- Tus libros se leen en las escuelas.</p>
<p>- Publiqué 34 libros. Algunos, con varias ediciones, han sido y son texto en las escuelas de mi provincia. El único sitio virtual donde publico es en &#8220;Inventiva Social&#8221; del amigo Eduardo Coiro.</p>
<p>- ¿Quienes son tus mentores?</p>
<p>- José Pedroni, inspirador de muchas páginas, y Juan Laurentino Ortíz, a quien conocí y traté muchos años y que actuó con mi generación como un hombre generoso que nos dejó una enseñanza y una ética.</p>
<p>- ¿Cómo es tu presente?</p>
<p>-Tengo varios libros para editar este año. Uno de poesía y uno de relatos futbolísticos, y además debo seguir con los tomos de mi poesía completa del que ya salió en 2010 el primero. Parcialmente han ido saliendo trabajos míos en otros idiomas: inglés, francés, italiano, alemán y coreano.</p>
<p>- ¿Qué es y qué significa en tu vida la literatura?</p>
<p>- Creo que la literatura es mucho más que una forma de expresión, es la manera de pararse frente al mundo y a la realidad, es comprender -tratar de comprender- qué es esto del absurdo y la maravilla de la existencia humana.&#8221;La vida, es lo mejor que conozco&#8221;, escribió Paco Urondo. La literatura, que duda cabe, me ayuda a vivir y me salva a veces de la angustia.</p>
<p>- ¿Cuál es tu género preferido?</p>
<p>- La poesía por que creo que es el género más difícil, el que compromete más al autor con la verdad o lo que él cree aquello que es la verdad de la vida. (La suya, claro).</p>
<p>*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 30/01/12<br />
http://www.launion.com.ar/?p=79402</p>
<p>¿Y el infinito qué es?</p>
<p>*Por Jorge Isaías.</p>
<p>Tal vez mi amigo, el poeta Felipe Oteriño, tenga razón y yo esté destinado a escribir &#8220;sobre lo que está llamado a perderse y pide, por eso, un lugar&#8221;.<br />
Lo cierto es que si miro hacia atrás no he hecho más que dar cuenta de un largo catálogo de intrascendencias que tuvieron su minuto fugaz en la tierra y ese minuto me sirvió -si la memoria es atenta- a iluminar un camino como si fuera por toda la eternidad.<br />
Juana Bignozzi ha dicho recientemente que la poesía debe dar cuenta de las cosas que se pierden para siempre.<br />
Yo creo que es así. Porque no hay nada más universal que mirar ese crepúsculo que gatea tras las altas casuarinas oscuras y no vuelve sino en la empinada memoria.<br />
A veces viene a mi memoria aquella cortada que terminaba en la casa de don Juan Peralta y más atrás venía el campo y allí comenzaba a ensancharse el cielo que he perdido, creo, para siempre.<br />
Mi padre me decía que algún día sería una calle y que detrás de la casa de don Juan Peralta abrirían otra calle transversal, esa casa en cuya pieza con piso de tierra nací, según siempre oí contar.<br />
Yo, que en ese tiempo le creía todo, hasta cuando me contaba fábulas inventadas para mí, dudé. Es probable que él hubiera visto algún plano comunal y hablaba con fundamento, pero esa cortada era el Universo para mí.<br />
Porque, lo recuerdo, no era cualquier cortada, era casi campo, donde no era raro ver un caballo con su pájaro en el lomo.<br />
Esa calle truncada empezaba siendo muy ancha, con dos grandes zanjones donde confluían las aguas de varias cuadras a la redonda y en ese proceloso desorden se perdía en el canal de don José Vélez y se iba a morir a los cañadones del campo, en especial el de don Miguel Compañy, que era el más cercano y por lo tanto el más visitado por nosotros para baño, pesca y travesura.<br />
Yendo como quien dice hacia el Sur, a la izquierda estaba la casa de don Angel Pichichello, un calabrés buenísimo y a la derecha la casa de don Clemente Gerlo que tenía tres atracciones especiales: un sótano por el cual se entraba desde el patio, un depósito de frutas y de higos secos y un frondoso frutal apetitoso.<br />
Ambos tenían sus frutales, pero, nunca supe por qué jamás al primero le tocamos una sola naranja y a don Clemente le arrasábamos literalmente durante todo el año las plantas frutales ya que las tenía de todas las estaciones.<br />
Lo hacíamos con crueldad e inocencia y con un poco de maldad también ya que sabíamos que vivían -él y doña Marianna, su esposa- de la magra venta de lo que la quinta -pequeña por otro lado- producía.<br />
En ese espacio más ancho de la cortada donde no terminaba de crecer el pasto jugamos los &#8220;picados&#8221; más encarnizados  &#8220;que vieron los tiempos y que quizás no verán los venideros&#8221;. Con pelotas de trapo, de goma o excepcionalmente de cuero cuando la conseguíamos. Lo único importante era jugar allí, tratando<br />
de remedar las jugadas de los integrantes de nuestro club favorito.<br />
Llegando a 50 metros de la esquina estaba mi casa y, enfrente, la de don Francisco Spina, quien había alambrado diez metros de la cortada, por lo cual el trecho hasta don Juan Peralta y don Cayetano Gallardo que vivían enfrente, era considerablemente más estrecho y sólo una huella de sulky marcaba esa distancia en la gramilla que cubría como una alfombra ora amarilla ora verde, según el tiempo, esa franja donde entraba a saco el fulgor del crepúsculo.<br />
El primer tramo, es decir el más ancho, de la cortada estaba flanqueado por añosos paraísos, salvo un plátano más añoso que don Pichichello había plantado justo frente a la puerta de entrada a su casa y enfrente don Clemente tenía un portón por donde salía con una chirriante y desvencijada<br />
jardinera y su mansa y oscura yegua a quien llamaba Chicha.<br />
A mi casa la describí muchas veces y no lo volveré a hacer aquí, sólo diré que en ese tiempo había un gran ceibo donde yo colgaba mi jaula con pájaros y mi padre una hamaca que había hecho para mi hermano, quien cuando llegó a este mundo yo ya había terminado la primaria.<br />
Ese fue mi mundo durante los primeros doce años, tal vez el mejor de mi vida, como diría Pedroni. Si pienso en la libertad que nos daban el viento, el verano, la complicidad y la absoluta falta de ambiciones que no fueran sino los juegos elegidos al azar de las deliberaciones donde todo se discutía aunque el más grande casi siempre imponía su criterio o su capricho con un autoritarismo indigno para nuestra libertad, como sucede en general con todo autoritarismo.<br />
Lo cierto es que en ese universo acotado que suponíamos eterno fuimos tan felices como lo pueden ser un grupo de niños viviendo en un pueblito colgado del mundo, perdido en una inmensa llanura rodeada de trigales orondamente flameando en el viento y con un espacio que también poblaban mariposas y<br />
pájaros.</p>
<p>¿Sombras nada más?*</p>
<p>*Por Jorge Isaías.</p>
<p>A veces pienso en mi pueblo, o mejor, en la adolescencia que viví en mi pueblo.<br />
La misma que arrebataba la noche sola, íntima, hacía que los sueños abarcaran, dieran cielo, dolores que expandían su llama sobre uno. Aún el puro resplandor reciente de la infancia brotaba en nosotros.<br />
A veces el desdén -la tontera- de alguna muchacha rompía el encanto, nos ponía extremadamente tristes, derrotados. Casi indigentes, humillados siempre.<br />
Un sábado -como hoy- era la alegría del baile. El abrazo tímido de las muchachas de muslos temblorosos y perfectos. El perfume mareaba, toda la incertidumbre del sexo alborotando la sangre. Haciéndonos saltar ilusos por el aire seco de la noche.<br />
Los sueños eran, como el cielo que esperaba ahí afuera: inabarcable.<br />
¿Y qué era por entonces mi pueblo?<br />
Sesenta manzanas con grandes claros, con casas diseminadas, poca luz, calles de barro seco, largos zanjones donde los sapos y los grillos ofrecían su inocente cantata.<br />
¿Quién rompía el dulzor del cielo enfervorizado de estrellas, quién nos esperaba en una puerta -cara lavada, trenza larga- o en el vano de esa puerta, con su cancel donde empezó a arreciar mi pena para siempre?<br />
A veces pienso en mi pueblo. O en los más tristes recuerdos que tengo de él.<br />
Los temporales lluviosos, el barro de los días ensañados de julio.<br />
Nadie comparte estas cosas conmigo. Los amigos -aquellos amigos-, compinches de sueños, de esperanzas que tenían impregnado el olor de las muchachas, poco tienen que ver hoy conmigo o con ese hombre solitario que soy, con esta pasión por los otoños que se esconden atribulados en un rincón de las pupilas.<br />
Hay un tren pitando entre trigales. Hay una valijita de cartón, un traje azul comprado a crédito, una corbata angosta y clara. Las obras completas de Neruda, primera edición, por Losada y además todos los sueños del mundo en mí.<br />
La ciudad era demasiado grande para toda esta inocencia de uno. Y hay que aprender que nada se regala a los sueños y todo se hurta, que cada astilla que en la oscuridad clava su dolor nos paga con una esporádica chispa de esplendor, de goce pleno.<br />
Como si fuera una virtud el ansia, la infamia que nos cerca, los duros dolores que irán arreciando en la carne, en el andar, en los rostros numerosos, los muchos amigos, otros que no lo eran tanto, afectos varios. Amores.<br />
A veces me pregunto, qué queda de aquél adolescente, salvo esta obsesión por los versos que seguirá arreciando hasta el fin</p>
<p>La balada de Haroldo Conti*</p>
<p>*Por Jorge Isaías</p>
<p>En los textos de Conti las estaciones predicen el destino de los personajes y lideran las futuras acciones y peripecias de los personajes, influyen en su ánimo, tiñen el valor y espesor de los recuerdos.<br />
Los colores cambiantes van traduciéndose en percepciones para instalar leve y paulatinamente el tono con que el relato se desplaza en un cono de luces que cubren todos los sentidos.<br />
Los diálogos son verosímiles y como en la saga hemingwaiana siempre exponen un mundo interior que subyace detrás de la historia, que va más allá de su laconismo y su economía de recursos expresivos.<br />
La diferencia entre el autor norteamericano a quien admiró la generación de Conti y Conti mismo reside en que el discurso de aquél nunca o casi nunca expone los sentimientos mientras que el escritor argentino con similitud de recursos expone una afectividad nostalgiosa y nunca ríspida, apegada al gran valor otorgado a las cosas y a los seres que se pierden para siempre y que por algún motivo no preciso de la memoria a él se le presentan asociados.<br />
La escritura de Haroldo Conti se nos aparece humilde, morosa y preocupada para retener aquello tan pequeño que a nadie interesa, solo a su letra que no se resigne a dejar morir lo que se va.<br />
De eso, creo, se ocupa la poesía de todos los tiempos porque tal vez Barthes tenga razón y los escritores eternamente estarán tratando de responder a dos preguntas claves.<br />
¿Por qué te amo?<br />
¿Por qué le tengo miedo a la muerte?<br />
No hay ningún tema fuera de esos porque el poder y la gloria no permanecen indiferentes sino implicados en esos enunciados barthesianos.<br />
La morosidad y el amor con que Haroldo Conti trabaja el devenir de las vidas anónimas, marginales y muchas veces miserables de sus personajes, que como en el caso de El Boga, de Sudeste, ni nombre propio tienen.<br />
La morosidad de sus narraciones que el propio Conti eligió para construir un mundo poético lleno de reflexiones donde duda permanentemente sobre el poder representativo de la palabra, conciente que dedica sus afanes a esos &#8220;antihéroes&#8221; que obviamente no son ni nunca serán ejemplares, presentados<br />
los párrafos con la ironía con que reconoce su propia dificultad y su distancia, su desconfianza de ser tenido en cuenta en ese discurrir de sus historias que como dice el narrador de uno de sus cuentos está contando una historia que no es de él sino de otro, y que además le fue referida y &#8220;que no interesan verdaderamente a nadie&#8221;, como si fuera conciente de la elusión que hace de los grandes temas que instalaron el prestigio de la literatura de todos los tiempos.<br />
Haroldo Conti apostó a una poética, esa visión de lo que falta, de lo que siempre está detrás, este trazo que aparece donde nada existe.<br />
La conjunciones disyuntivas, las frases indirectas, los reflexivos, la progresiva incorporación y la preponderancia de las frases pocas seguras, acentuaron la relación entre el narrador y su materia. Esas frases que ponen en duda la historia que cuenta el propio narrador como si constantemente<br />
estuviera dudando en esas infinitas mediaciones que hacen entrever lo que quiere contar de una historia que conoce de oídas.<br />
Cumple con el consejo borgeano que dice que uno tiene que contar las historias como si no las supiera del todo.<br />
El río funciona en los textos de Conti como una metáfora del tiempo, que no es sino el río que El boga trasiega incansablemente con la excusa de la pesca o la del viejo del cuento &#8220;Todos los veranos&#8221;, donde el narrador-personaje niño relata las vicisitudes de su padre, un pescador que navega las aguas enojosas o calmas del Delta en busca de pesca pero en el fondo lo que busca es el sentido para su vida vagabunda y errática.<br />
El tiempo, gran personaje de la narrativa contiana, tal como aparece a lo largo de toda su obra, sirva como ejemplo esta cita de su cuento &#8220;Los novios&#8221; de su libro Todos los veranos.<br />
&#8220;A Hipólito le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que lo que recordaba del viejo. Allí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo Italiano<br />
o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se auguraban cosas, y uno se volvía cosa y tiempo también&#8221;.<br />
Quien recorra con atención (única manera de manera de leer literatura) la obra de Haroldo Conti se encontrará con las recurrentes núcleos de sentidos que va desplegando incesantemente, con frases que hacen de la elipsis una retórica y en el énfasis sobre la ambigüedad semántica su pilar donde funda<br />
una estética. (aclaro que uso aquí la palabra estética en su sentido clásico y no como se usa ahora, para hablar de una moda).<br />
En Sudeste, El Boga es el río, pero también el tiempo, también la conciencia de la indiferencia del hombre frente a los otros hombres donde ni el río que buscó como refugio lo salva.<br />
En esa indolencia, en ese vagabundeo en que El Boga se desplaza buscándose inútilmente a sí mismo si saberlo o intentando intuitivamente un sentido a su propia existencia se involucra sin quererlo, con indolencia, como un héroe de la tragedia griega va a encontrarse con unos contrabandistas y al<br />
final sucede lo predecible: la muerte oscura en un riacho bajo las balas policiales. Como se ve, un final nada épico como corresponde a un personaje contiano.<br />
Tal vez podría decirse sin exagerar que empecinadamente el personaje no busca sino terminar con esa vida de eterno viajero sin sentido para encontrar &#8220;su sentido&#8221; que no era otro que su propia muerte.<br />
Como tantas vidas oscuras de la vida real ,como tantos otro personajes de la saga contiana.<br />
Que el escritor trató con ternura sin igual, esa ternura que tuvo para con todos los desclasados que pueblan la tierra.<br />
En el cuento &#8220;Perfumada noche&#8221;, del libro La balada del álamo carolina, el narrador pone al lector en situación, cito: &#8220;La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristeza que cabe en una cuántas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante. El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz&#8221;.<br />
Probablemente podríamos relacionar este párrafo con aquella reiterada aseveración borgeana donde asegura que hay un minuto de la vida de un hombre donde el sabe para siempre quién es.<br />
Probablemente se necesita toda una vida para encontrarse con el propio coraje físico, pero en el cuento de Conti el personaje encuentra la felicidad en un amor platónico donde el platonismo es tan perfecto que el objeto de su amor nunca se entera.<br />
El clímax de su felicidad se produce cuando al pasar por la calle Saavedra, donde vive la señorita Haydée Lombardi y ella lo saluda mientras él el se quita el sombrero panamá en señal de admiración, galantería y respeto.<br />
Pero esa insinuada o imaginada sonrisa de la señorita Lombardi dio sentido y felicidad para siempre al señor Pelice, quien era el más reputado cohetero de la zona y a partir de allí perfeccionó su técnica en honor de la señorita. Desde entonces y durante los años en que la señorita vivió le escribió una carta cotidiana que nunca le hizo llegar, salvo el día en que ella murió, entonces le envió un ardiente y sentido pésame rogándole que lo espere para descansar por toda la eternidad juntos, como no habían estado en<br />
la vida.<br />
&#8220;Al señor Pelice le hizo un nudo el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron una palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía&#8221;.<br />
Eso sólo le bastó al señor Pelice para ser el más feliz de los mortales.<br />
Los personajes siempre aparecen y actúan en ese centro de radiación que se constituye en el discurso enunciativo, no como presencia viva sino como sombras difusas y reminiscentes que presentan un aura de extraña y entrañable morosidad donde es imposible no sentir afecto por esos seres desvalidos que en el papel juegan una fantasmagoría de sombras, que a través de esa enunciación termina siendo de una carnalidad vivida y consecuente, inolvidables criaturas que uno como lector no puede dejar de amar y<br />
recordar: El tío Hipólito y la señorita Adela en &#8220;Los novios&#8221;, el señor Pelice y la señorita Lombardi en &#8220;Perfumada noche&#8221;, El boga en &#8220;Sudeste&#8221;, Silvestre y Milo en Alrededor de la jaula, el Oreste de En vida y el otro Oreste de Mascaró y el cazador americano, el chico sin nombre del cuento &#8220;Como un león&#8221; de Con otra gente, Basilio Argimón en&#8221;Ad astra&#8221;, el inolvidable viejo sin nombre, el pescador del cuento &#8220;Todos los veranos&#8221; etc. etc.<br />
La textualidad contiana ha participado con creces en la representación de su literatura de aquella premisa de Cesare Pavese: &#8220;Narrar es monótono. Y todo auténtico escritor es espléndidamente monótono&#8221;.<br />
Haroldo Conti, lo es con creces.<br />
En su estudio había colgado un cartel que decía: &#8220;Este es mi puesto de combate y de aquí no me muevo. Los chacales que lo secuestraron el 4 de mayo de 1976 no lo leyeron. Estaba escrito en latín y como todos sabemos los chacales no saben latín. Hoy integra la lista de los treinta mil desaparecidos.</p>
<p> Cantos de Pedroni*<br />
 <br />
     </p>
<p>*Por Jorge Isaías</p>
<p>El caballero del camino<br />
El de Junín, ha muerto.<br />
Vino a morir en mi provincia.<br />
Atravesó mi pueblo.<br />
Iba tan rápido a su fin,<br />
Que nadie pudo verlo.<br />
La voz de mi saludo? ¡Libertad! ?<br />
Me la quitó con viento. (1)</p>
<p>Esta estrofa para mi desconocida como su autor cuando la leí por primera vez en las páginas de El Gráfico, en mi niñez y en mi pueblo me siguieron durante toda la vida.<br />
Con el tiempo supe que el autor se llamaba José Pedroni y que vivía en Esperanza, en mi provincia. Justamente allí fue a morir aquel corredor de Junín en l956 y yo di por primer vez con un poema sin saber qué era la poesía, como no lo sé hasta hoy.<br />
¿Quién era Eusebio Marcilla? Un corredor a quien los periódicos de la época motejaban &#8220;Caballero del camino&#8221; porque al parecer cuando algún adversario abandonaba la carrera por un desperfecto mecánico, él se para a ayudarlo, sin importarle ya la competencia. Es bueno recordarlo ahora, cuando el individualismo es un flagelo que parece no querer abandonarnos. Es probable que hoy no se entienda, es probable que se me tome por mentiroso.<br />
Tal vez este no sea de los poemas más conocidos de Pedroni, justamente quiero empezar por él, porque me parece emblemático de lo que nos pasó como sociedad. Ahora que a las modas se las llama &#8220;estéticas&#8221;, livianamente, quiero decir que Pedroni tuvo una estética, pero que enlazó con una ética de la solidaridad y la justicia durante su vida y a través de todos sus libros. En otra parte demostré esa coherencia (2).<br />
Quise empezar con esta estrofa y esta anécdota y con una tragedia, porque la tragedia del olvidado Eusebio Marcilla es la tragedia nuestra.<br />
Uno puede imaginarse al corredor con las &#8220;muertas mariposas en el pecho&#8221;, uno puede imaginárselo con ese bigotito fino que se usaba entonces, con su mameluco ensangrentado, con su cabeza rota, porque en aquellos años en las llamadas &#8220;turismo de carretera&#8221; no se usaban cascos ni en ninguna otra competencia automovilística.<br />
Quise empezar por aquí, aunque pude empezar por &#8220;Nacimiento de Esperanza&#8221;, con &#8220;Nguyen Van Troi&#8221; (el fusilado de Vietnam), o con &#8220;Los muebles de viejo Stura&#8221; (el chacarero a quien los patrones arrojan sus pertenencias al camino y la gente del pueblo se los restituye), o &#8220;Las malvinas&#8221;, o &#8220;La bicicleta con alas&#8221;.<br />
En fin, que pude empezar con otros de los tantos de los numerosos poemas de Pedroni muy celebrados.<br />
Pero elegí este poema porque es un homenaje a mi generación, que al menos creyó en una justicia más justa, valga la redundancia pero es lo que como sociedad nos debemos.<br />
Una de las razones para quedar firme en la memoria de los demás una de las virtudes inexplicables de aquello que llamamos &#8220;clásico&#8221;, es el no proponérselo. Es decir, escribir con un cierto &#8220;abandono necesario&#8221;, una &#8220;vigilia lúcida&#8221; como quería el entrerriano universal que se llamó Juan Laurentino Ortiz.<br />
La obra de Pedroni participa &#8220;de la peripecia del pueblo&#8221;, como él gustaba referirse, porque de lo que sí era consciente es que la gente toma lo que le sirve y que escribir para sí sólo es el pero de los negocios y que escribir deliberadamente para la Humanidad es inútil, ya que nosotros no escribimos en una lengua neutra, sino con aquella que lleva implícita la modulación de nuestros paisanos.<br />
Una vez leí unos consejos que el gran Juan Rulfo ensayó con nuestro Héctor Tizón: &#8220;El único que habla todos los idiomas y en todos lo hace mal es el Papa. Tú tienes que escuchar la voz de tus paisanos y escribir para ellos&#8221;. Eso hizo José Pedroni. Y sus paisanos fueron primero los descendientes de los inmigrantes que en 1955 fue a buscar a Suiza, Aarón Castellanos, luego fueron también los hombres que hicieron de la actividad productiva y de la libertad una forma de vida orgullosa. Si bien, alguna vez se sintió culpable por no haber dedicado más páginas al indio y al gaucho, habitantes primitivos de estas tierras que los hombres de ojos claros ayudaron a olvidar. Pero para ello le faltó tiempo, porque en plena madurez creativa nos dejó y dejó también librada a la orfandad de su poesía ya cerrada para siempre todas nuestras expectativas frente a ella.<br />
Una de las preguntas que no dejó de formularme es qué sería de su poesía en las tribulaciones del tercer milenio si él siguiera escribiendo. Ya que toda su poética participa de una utopía que sigue a la espera, es decir que no se cumplió. Como aquel verso que dice: &#8220;Es el año dos mil. Ya la tierra es de todos&#8221;. Tal vez su mayor virtud haya sido esa inclaudicable ética que formuló como ejemplaridad de justicia y paz. El delicado equilibrio entrevisto en los trasegados volúmenes editados por Jackson de cinco tomos que era su lectura predilecta y que vi en el Museo de Gálvez. Esa antigua Biblia encuadernada en colore muy claros, seguramente favorita de sus emociones nunca exaltadas.<br />
Otra de las cuestiones a tener en cuenta al releer su obra, tratando de evitar la emoción, de ser en lo posible reflexivos, vemos con estupor renovado que sus libros lejos de envejecer se renuevan con las lecturas sucesivas. Como si el humilde entramado en la que fueron concebidos tuviera la rara facilidad del misterio, eso que hace que un poeta se torna indispensable, en necesario antes que pensarlo en una grandeza que no le cabe. Cuando escribo &#8220;grandeza&#8221; no lo hago desde la valorización hacia los renovadores formales de la poesía, algo que evidentemente Pedroni no fue, pero cierta crítica hace pasar el canon por las vanguardias, cosa que no comparto para nada, por supuesto. Porque se queda lo más rico de nuestra literatura afuera. Esa &#8220;crítica&#8221; que elude muchas veces la verdadera carnadura de los versos y ciegamente ignora el estremecimiento, el color, la música de su palabra sino que apenas ve su arquitectura formal sin sorpresas. Ese vanguardismo que no tolera al permanencia en la memoria &#8220;de mis paisanos&#8221;, como quería el gran José Hernández.<br />
La poesía de Pedroni nos provee siempre un lugar de afecto, de la calidez del hogar donde podremos poner sus libros sobre la humilde mesa de la cocina, no sin secar antes un poco &#8220;del vino derramado&#8221; sobre el mantel trasegado de manos infantiles, de pringosidades domésticas, del calor que aún permanece luego de retirar la sopera que dio de yantar a toda la familia.<br />
Leer a Pedroni a mí siempre me hace prefigurar un imaginario: el hule ordinario que mi madre retiraba para amasar sus pastas italianas los jueves y domingos. Mantel de hule con la luz que se filtra por la ventana mientras los pájaros vuelan bajo allá afuera oteando alguna miguita en el patio de tierra.<br />
Así me veo a mí mismo leyendo los poemas de Pedroni cuando leo a Pedroni.<br />
En la certeza de estar ante una obra que está adicionada a nuestra cultura, sostenida por los tratos menos espurios posibles con el uso de nuestra lengua materna, con la curiosidad de un niño que cada vez que abre un libro suyo lo hace con la convicción que hallará una vez más el matiz en una línea que se nos había pasado en la lectura anterior y en todas las lecturas anteriores durante los últimos treinta años. Ese matiz que nos llama con su lucesita curiosa para que no lo dejemos pasar, para que lo incorporemos a nuestra sangre como un chasquido de pasión diminuta, como una bocanada de aire fresco, &#8220;como una horquillada de alfalfa fresca con sus mariposas&#8221;, como alguna vez le dijo el propio Pedroni en una carta al poeta Carlos Carlino, también cantor de la inmigración y de las albricias de mi querida provincia de Santa Fe (3).</p>
<p>1) José Pedroni. Cantos del hombre, Castellví, Santa Fe, 1960.<br />
2) José Pedroni. Papeles inéditos. Cartas. Discursos. Entrevistas, Ediciones culturales santafesinas.(l996) Selección, prólogo y notas de Jorge Isaías.<br />
3) Op cit.</p>
<p>RUTINA*</p>
<p>*Por Jorge Isaías</p>
<p>Es como una trama lejana, casi evanescente contra la memoria que se vuelve, empecinada como una gelatina que no se puede uno, por más que quiera, despegar.<br />
Primero es un cielo: alto, casi límpido, solo habitado por un grupo no muy grande de nubes grisáceas, que a esa hora prima de la mañana tienen como una cresta rosada por la acción de los rayos del sol que sobre ellos asoma.<br />
Después están los árboles. Coposos, como emergiendo de un sueño profundo, con sus hojas verdísimas, con una luminosidad sobre ella que no es otra cosa que fruto del rocío nocturno. Esas minúsculas gotitas, que al conjuro de la leve claridad solar irán desapareciendo de forma imperceptible, y que dentro de muy breves minutos habrán de desaparecer sin dejar rastros, como si nunca hubieran existido.<br />
Y por último, los pájaros. Mejor dicho su impreciso y multitudinario gorjeo en principio, y luego, sí, el vuelo espontáneo desde las copas donde han dormido toda la noche, arrebujados entre sí, dándose el calor unos a otros, con sus cuerpecitos pequeños y temblorosos.<br />
Es la señal para que el mundo comience de una vez a andar.<br />
Durante la noche, un largo y lento tren carguero cruzó, hondo, interminables las casas aletargadas del pueblo y las golpeó con un angustioso pitar ronco que dejó flotando unos minutos, al principio, una zozobra desconocida y que al ser luego familiar a los pocos oídos que la oyeron entre sueños, multiplicó el placer entre sábanas oliendo a azahares, naftalina y a misterio.<br />
Al alba casi, cuando una luz indeterminada no se decide despegarse de las sombras de la noche, el grito agudo de una gallo cruza como un látigo el silencio y prontamente es respondido por un canto aislado primero y luego por un concierto díscolo que asordina todo el aire y al que responden pronto y parsimoniosamente una jauría dispersa de perros, no se sabe bien si vagabundos.<br />
En las casas se comienzan a encender las luces primeras, se oyen algunos motores y en las ventanas con sus primeras luces tímidas, tintinean las pavas de acero inoxidable donde se calienta el agua para el primer mate de la mañana.<br />
Algunas chatas, con las luces bajas, enfilarán por las últimas calles buscando los caminos rurales, algún callejón que tiene plantas de retamas orillando los zanjones hondos y se irán metiendo lentamente en ese mundo de trabajo donde el cereal espera porque es tiempo de cosecha.<br />
Los gallos, los perros, las camionetas y las chatas irán haciendo punta para que el pueblo entero -como una malla que estuvo mucho tiempo quieta- se ponga en movimiento. Pronto los negocios irán abriendo sus puertas, lentamente de uno en uno sus persianas y, sus dueños, con los ojos aún maltratados por el sueño desde donde emergen, se irán preparando para la jornada que ya se inicia, o mejor, que está por iniciarse, cuando ingrese el primer cliente de la mañana, algún madrugador que seguro será un chacarero listo hacia el trabajo o alguna vieja jubilada harta del insomnio y del mate que tuvo que abandonar porque se le lavó la yerba. Ésta será la razón cuando salga y no la magra compra casi innecesaria que hará hasta por un motivo de trueque social, de charla, de chimento mañanero que dará sentido a su vida por un día más sobre la Tierra.<br />
El pequeño pueblo se ha ido poniendo paulatinamente en movimiento, con sus pequeñas historias casi intrascendentes, con sus vidas siempre iguales donde su rutinario accionar cabe exactamente en los límites de sus calles como si ellas formaran un pañuelo y sus preocupaciones y sus sueños, que tal vez no<br />
quepan en el mundo.<br />
Todo este modesto movimiento que pronto insumirá todos los avatares de la pequeña comunidad no tendrían sentido, tal vez, si no se viera por sus calles el andar despreocupado del loco del pueblo, que irá bordando todo el entramado deshilado con su megáfono infaltable, promocionando la actividad<br />
artística del fin de semana en alguno de los tres clubes donde se definen las parcialidades locales en lo futbolístico, pero en lo social se rotan para no quitarse público.<br />
A esa actividad social irán a recrearse las almitas soñadoras de las niñas que leen novelones tras las persianas bajas o miran las telenovelas brumosas y absurdas con que la televisión las bombardea sin cesar. Ellas, recluidas entre los sueños y las tortas de naranjas que amasarán amorosamente para<br />
comer entre amigas mientras ronda el mate dulce, o, entretenidas con las frituras de una parva de pastelitos dulces para la kermese de la escuela o la rifa mensual de la parroquia, ya que como todos saben, el señor cura siempre necesita comprar velas porque las almas de tantos penitentes están<br />
bajo su entera responsabilidad y es por eso que, furiosamente toca la campana llamando a misa, justo en este momento en que yo termino de atar estas palabras y miro hacia el cielo donde un blando casal de tacuaritas busca posarse en las ramas del orondo ibyrá pitá que se mece bajo la brisa terca del Otoño, este Otoño que ya se llevó todas las hojas de los otros árboles que le hacen compañía.</p>
<p>La lluvia como una pluma leve*<br />
 <br />
    </p>
<p> *Por Jorge Isaías </p>
<p>La lluvia era tan tenue que recién tuve noticia de ella cuando pasé a la cocina que tiene techo de chapa y entonces pude percibir sus piecesitos húmedos garabateando alegremente sobre el lomo antiguo del óxido.<br />
Espié primero, como lo hago siempre desde ese ventiluz cercano a la llama de la cocina donde la pava se va poniendo a tono para merecer luego ser volcada sobre la yerba del mate y la bombilla solitaria.<br />
El espectáculo ?pese a la mezquindad del ángulo desde donde observaba? era impagable.<br />
Estaba el césped que recibía las gotitas, ávido, luego de meses sin lluvia y más allá el magnífico pino de don Luis Carriedo era bendecido por las gotas no tan generosas, pero al fin de cuentas, bienvenidas. El pino recibía orondo esas gotas, luego de noches y noches de amagues de tormenta y de ver pasar los nubarrones trágicos sin ninguna consecuencia.<br />
Por lo tanto esa presencia nada austera del pino recibía el agua como un rey al que se unge con los aceites más divinos, con la naturalidad y la lejanía que sólo tienen los seres inmarcesibles que descienden de los dioses.<br />
La visión no era plena porque estaba cercenada en parte por ese gran galpón donde el hijo de don Luis guarda sus cajones de colmenares vacíos.<br />
Ese espectáculo al que pocas veces puedo aspirar por simples razones estadísticas: vengo pocas veces al año por el pueblo y encima tengo necesariamente que acertar con una lluvia, pero cuando se da la casualidad la disfruto. Me pone pleno, muy contento, me viene como una euforia atávica, mezclada tal vez con recuerdos de la remota infancia cuando la veo a la lluvia saltar sobre la gramilla extendida, perderse en esos tallitos ávidos y silenciosos.<br />
De todos modos, esta lluvia tan humilde no viene nada mal al campo, me dicen. Las pasturas se extinguen peligrosamente, las vacas no producen leche, las cosechas están con riesgo de perderse.<br />
Las razones de mi interés por la lluvia son mucho más modestas y menos crematísticas.<br />
Simplemente me encanta verla caer, así, blandamente como hoy. Sin otra consecuencia que por el simple placer de verla y sentir el olor a tierra mojada, a todo verde que renace con sus gotas.<br />
Mientras voy sorbiendo el agua de la bombilla caliente, me aproximo a la ventana y desde allí tengo a mi disposición un ángulo mucho más amplio? está, en principio, la calle. Sola a esa hora del amanecer, ya que la lluvia no es trasgredida ni por los pocos perros vagabundos que a esa hora merodean en busca de algún hueso que le tira algún humanitario que nunca falta.<br />
Miro entonces hacia los árboles de la vereda que reciben gozosos esa lluvia tantos meses esperada y hasta me parece ver en esas hojitas el mismo regocijo que yo percibo en mí, algo como de alegría contenida y un poco recóndita, que seguro tiene como todo ser vivo.<br />
Me quedé mirando un rato largo el caer un poco lánguido aunque parejo de la lluvia. Una chata pasó, lenta, con sus faros encendidos, en el claroscuro del alba y atravesó la calle desierta.<br />
Después caminé hasta el comedor y levanté la persiana del amplio ventanal desde donde se puede ver dónde termina la calle y cómo ésta se hunde en el campo transformándose con sólo cruzar la ruta, en camino rural.<br />
En realidad la vista es parcial, porque un populoso arbusto que crece inmanejable se cae casi sobre el ventanal, pero no obstante ello, queda un espacio más que suficiente para mirar con ganas hacia el sur donde la ruta peligrosa y veloz arrulla el sueño o lo interrumpe con sus bocinazos que parten el silencio con sus estridencias histéricas.<br />
Todavía no he abierto una puerta ni ninguna ventana, pero es seguro que la fauna acuática de las cañadas cercanas estará inconmovible. Sólo se pone eufórica cuando los chaparrones son generosos y el agua desborda los márgenes que los juncos en forma irregular delinean.<br />
Tal vez en su particular evaluación de la lluvia que se nos escapa a los humanos, no se sienta motivada para tentar una gran alharaca, cuando la lluvia es tan fina que apenas moja como una pluma leve a su paso como una delicadeza femenina de hada que nos quiere acariciar.</p>
<p>*</p>
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		<title>PROMETEME QUE SI LO OLVIDO, LO VAS A ESCRIBIR VOS&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 01:39:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[En el misterio de la noche*
El ciempiés con zapatos de charol
La cucaracha con zapatillas de color cobrizo
Zapatean en el calido silencio de la noche
Con el travieso y agudo violín
Del zumbido de los  mosquitos
Todos vestidos de gala.
Quieren contarle al grillo
Que su canto no es el único
Que reside en el crepúsculo
También ellos quieren ser intérpretes
De los secreteos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el misterio de la noche*</p>
<p>El ciempiés con zapatos de charol<br />
La cucaracha con zapatillas de color cobrizo<br />
Zapatean en el calido silencio de la noche<br />
Con el travieso y agudo violín<br />
Del zumbido de los  mosquitos<br />
Todos vestidos de gala.<br />
Quieren contarle al grillo<br />
Que su canto no es el único<br />
Que reside en el crepúsculo<br />
También ellos quieren ser intérpretes<br />
De los secreteos y zumbidos de la penumbra.-</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>PROMETEME QUE SI LO OLVIDO, LO VAS A ESCRIBIR VOS&#8230;</p>
<p>UN GRAN PAÍS*</p>
<p> </p>
<p>*De Lina Zerón. linazeron@yahoo.com</p>
<p>Vivo en un país tan grande que todo queda lejos:</p>
<p>    la educación,<br />
    <br />
                      la comida,<br />
       <br />
                                      la salud,<br />
          <br />
                                                      la vivienda.<br />
 <br />
Tan extenso es mi país<br />
que la justicia no alcanza para todos.</p>
<p>Lina Zerón<br />
México, 1959. Poeta, (13 libros). Narradora, (4 novelas y 1 de cuentos).  Periodista y promotora cultural. Directora de Linajes Editores. Poemas traducidos a 12 idiomas. Aparece en más de 80 antologías, revistas y periódicos en el mundo. Entre los reconocimientos: Trofeo y Reconocimiento por parte del Parlamento Andino. Distinción otorgada por primera vez a un extranjero Perú, 2009. Doctora Honoris Causa por la Universidad de Tumbes Perú, 2007. Mujer del año 2002 en el Estado de México por su trayectoria poética.</p>
<p>Tengo una bronca!!!*</p>
<p>Nosotros vivíamos en el Chaco, todos éramos felices ahí. No había que tener cuidado para cruzar la calle, la mamá no te decía nunca no hables con desconocidos. Tampoco tenías que pagarle al tipo que viene todos los meses a cobrar porque te prestó un lugar para vivir que encima, se llueve todo.<br />
Allá estábamos en el rancho que había sido del abuelo, del abuelo, del abuelo, esos que ni conocí pero que nos dejaron vivir en ese lugar que levantaron con la ayuda de la abuela, de la abuela, de la abuela.<br />
Jugábamos entre los árboles, hacíamos unas escondidas donde nadie podía descubrirnos, mis hermanos y hermanas eran más hermanos y hermanas. Ahora las chicas andan con amigas suyas jugando con muñecos de trapo que parece que te miran pero que si les hacés ¡¡¡buuuuhhhh!!! Ni reaccionan.<br />
En cambio en el Chaco jugábamos a correr a los pollos, ni bien salían del huevo los hijitos, dormíamos abrazaditos con ellos, hasta una vez, sin querer, ahogué uno que se puso debajo de mí y apareció al otro día tan quietito como los muñecos que hoy usan las chicas.<br />
Mi madre ¡cuánto lloré ese día! yo quería cuidarlo al pollo, no se cómo se le ocurrió meterse ahí y ni fuerza que hizo el tarado para salir. La cuestión es que yo sigo llorando cada vez que me acuerdo, como ahora.<br />
El cielo allá era más brillante, las estrellas parecía que estaban ahí nomás, nos subíamos a las ramas más altas de los quebrachos y yatay, estirando los brazos para atraparlas. Claro, igual no podíamos llegar porque éramos muy bajitos.<br />
¡El barro! que bueno que estaba revolcarse y después escondernos hasta que se secara porque si nos veía la mami Dios mío la que se armaba. Ella nos llamaba y nosotros hacíamos shhh, que no nos vea y nos tirábamos cuerpo a tierra muertos de risa. Hasta mis hermanas se divertían embarradas, ahora andan todas perfumaditas, que asco.<br />
Además estaba lleno de sapos y ranas, charcos y lagunitas donde íbamos a sacar anguilas con el dedo gordo de la mano.<br />
¡Cómo se movían! Te chupaban el dedo y no las podías desprender, después íbamos a tirárselas a las chicas que corrían muertas de risa y cuando se quejaban con la mami ella nos decía “vengan p’adentro, manía de molestar a las hermanas”.<br />
Las bobas desde que estamos acá, se asustan hasta de las hormigas, se hacen las finas, son todas “ayyyy mamiiiiiii”.<br />
Un día, cuando llegaron esos tipos blancos como cuero e’chancho nos dijeron que habían comprado los terrenos y teníamos que irnos. ¡¿Qué compraron queeeee?! ¡¿A quién le compraron algo?! Si ya no está el abuelo, mentiroso, además no trajeron ninguna plata ni mi papá quería vender nada.<br />
Mi viejo se resistió enojado pero a la final como los tipos venían armados, le dijo a mamá que nos trajera para Buenos Aires, que nos llamaría de nuevo cuando se aclararan las cosas.<br />
Pero nunca aclararon nada, dicen que hasta tiraron abajo miles de árboles, no hay más sapos, se murieron un montón de bichos de carne que eran los amigos nuestros. Y a papá lo echaron nomás.<br />
A la mami la vemos llorando vuelta a vuelta, p’a mi que lo extraña mucho, entonces para que pare la abrazamos y le juntamos florcitas que no son tan lindas como las que crecían por allá, libres, bajo los árboles, no estaban detrás de rejas y nadie te sacaba a los gritos cuando las íbamos a buscar como hacen acá. Pero a mami igual le gustan las que les regalamos cuando la vemos tan triste, nos mira y sonríe y es tan linda cuando nos abraza y se seca los ojos.<br />
Yo sigo con bronca, no me gusta este lugar donde te miran de reojo y muchas madres les dicen a los hijos cuando nos ven “alejate de ese indio de mierda”. ¡Qué se creerán esas desteñidas! Lo peor es que mis hermanas se quieren parecer a ellas, se ponen bichitos de trapo en la punta de las trenzas. Pavotas.<br />
Que se dejen de joder, que me van a comparar esto con el Chaco; yo me volvería ahora mismo.<br />
Pero es que ni tren que me lleve hay ahora…</p>
<p>*De Nechi Dorado nechi.dorado@gmail.com<br />
-del libro de cuentos y relatos &#8220;Destapando el silencio&#8221; Editorial Amaru 2010</p>
<p>Rayo de sol*</p>
<p>Los árboles se vuelcan en un río verde, ella nada en el follaje líquido, mientras una fibra de oro le adorna de alegría el pecho, cómo no sabe si mañana habrá otra, la recibe, se esconde en su tibieza. Ese antiguo juego con el que se aprende  a perder y a recuperar. Irse y reaparecer como el día, como la vida.<br />
Siempre  lo nuevo como una joya resplandeciente y temerosa. La lluvia dejó sembrada la vereda de pequeñas flores lilas, por primera vez le ganan a la invitación al consumo.</p>
<p>Tapiz enhebrado, palpitante dorado dando saltos en su interior hasta salir como una fiesta de palabras.</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>Sara González: La Cantora de la Revolución Cubana*<br />
 </p>
<p>*Por Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu<br />
 </p>
<p>No hubo sorpresa, se sabía de su enfermedad, pero el impacto de la noticia de su muerte no fue menos doloroso, tanto para sus íntimos como para quienes lo éramos menos y no por eso era menos cercana.<br />
El pasado año, en vísperas de la visita de Silvio Rodríguez a los Estados Unidos, una reportera * le dijo que muchas veces se le describía a él como “La voz de la Revolución” cubana y le preguntó: “¿Se siente cómodo con esta descripción?”, a lo que Silvio respondió: “Para nada. La voz de la Revolución Cubana es Fidel. Y, cantando, lo fue Carlos Puebla…” Inobjetable su respuesta. Porque es cierto, eso es Fidel y eso fue Carlos Puebla. Y Sara González, sin temor a equivocarme ni pecar de exagerado, para todo el pueblo cubano ha sido: La Cantora de la Revolución.<br />
Con su voz y canciones recorrió nuestra historia, nos impulsó a defender nuestra causa, que es la de Cuba y la de todos los pueblos, y nos convenció de la victoria.<br />
La seguiremos viendo y escuchando en las Marchas de las Antorchas, en la Tribuna Antiimperialista y en cada esfuerzo por construir una patria y un mundo mejor. Sus cenizas, disueltas en el mar, nos la recordarán en cada ola que abrace la “Capital de Todos los Cubanos”.<br />
No es una despedida a Sara, es un Hasta Siempre.<br />
 </p>
<p>*Silvio Rodríguez: &#8220;La voz de la revolución cubana es Fidel&#8221;<br />
-http://www.cubadebate.cu/noticias/2011/04/26/silvio-rodriguez-la-voz-de-la-revolucion-cubana-es-fidel/</p>
<p>El hombre que perdió la guerra eléctrica*</p>
<p> *Por Juan Forn</p>
<p>Un hombre en overol manchado de aceite anuncia al mundo que el futuro ha llegado. Su nombre es Thomas Alva Edison y promete que llevará la electricidad a todas las fábricas y hogares de América y luego del mundo.<br />
Edison venía de la nada, se había hecho solo: &#8220;¿Qué falta me hace ser ingeniero, matemático o físico? Si necesito uno, lo contrato&#8221;, era una de sus famosas frases. Para entonces ya había inventado el telégrafo y vendido los derechos de su patente a la Western Union. Con ese dinero había levantado su &#8220;fábrica de inventos&#8221; en Menlo Park, Nueva Jersey, y aprendido la lección: esta vez no se limitaría a vender la patente de su nuevo invento; esta vez se quedaría él con todas las ganancias. El invento era la bombilla eléctrica y el generador eléctrico que la hacía funcionar. Con ellos se acabarían las lámparas de gas, las velas y candelabros, el engorroso uso de carbón y motores de vapor: el futuro era la electricidad y<br />
Edison era su dueño. Entonces se presenta en Menlo Park un joven inmigrante serbio con una carta de presentación del socio de Edison en Europa. La carta dice: &#8220;Conozco dos grandes hombres de este tiempo. Uno de ellos es usted. El otro es el joven que porta esta carta&#8221;.<br />
El joven en cuestión se llamaba Nikola Tesla y era a la vez el hermano gemelo de Edison y su antítesis. Como Edison, se había formado solo: logró que lo mandaran a estudiar a Praga, pero nunca se registró en la universidad (asistía a las clases de oyente y devoraba un libro tras otro en la biblioteca, sostenido por un régimen de 72 tazas de café al día, como su admirado Voltaire); su cabeza funcionaba demasiado rápido y en demasiadas direcciones, entró como empleado raso en una de las filiales europeas de Edison en Budapest y seis meses después estaba enfrente del jefe máximo en su reino de Menlo Park, y encima tenía el tupé de corregirlo: según el joven Tesla, si la idea era electrificar América, el generador de electricidad de Edison no debía usar corriente continua sino alterna para transmitir la electricidad. La corriente continua sólo podía transmitirse a una milla de distancia; con la alterna se podía llegar infinitamente más lejos. Edison se le rió en la cara: él sembraría el país de generadores a razón de uno por milla; ése era el negocio. Así comenzó el duelo entre Tesla y Edison que se conoce como la Guerra Eléctrica.<br />
Como todos sabemos, la electricidad llegó al mundo por corriente alterna, y eso es mérito de Tesla, aunque para la Historia sea Edison el padre de la electricidad. El asunto fue así: asqueado por la necedad de su jefe, Tesla renunció, logró inventar y patentar un motor de asombrosa sencillez capaz de<br />
transmitir electricidad por corriente alterna y el señor Westinghouse (que se había hecho rico al inventar el freno de aire para el ferrocarril) lo contrató para ir contra Edison en la guerra de la electricidad. Imaginen la escena: un representante de Edison llegaba a una ciudad norteamericana en<br />
crecimiento (y todo estaba creciendo a velocidad pasmosa por entonces, los inmigrantes llegaban en oleadas, las ciudades se expandían de la noche a la mañana, era la gran era de la urbanización) y les ofrecía sus generadores, uno por milla, los que hicieran falta. Y detrás venían los de Westinghouse y<br />
decían: no necesitan más que un generador, lo pondremos en las afueras y desde allí les daremos electricidad a todos. Imaginen quién ganaba la puja.<br />
En un intento postrero, Edison empezó una campaña sobre los peligros de la corriente alterna y logró que un esbirro suyo en el gobierno ordenara que el penal de Sing-Sing ejecutara a sus condenados por electrocución. La perversidad de Edison consistió en que se usara, no su corriente continua, sino corriente alterna para la silla eléctrica, para que el imaginario norteamericano la asociara con la muerte. Pero el banquero Morgan, que era el socio capitalista de Edison, fue más expeditivo: desalojó a Edison de la dirección de su compañía y se sentó con Westinghouse a dividirse el mercado.<br />
A partir de entonces, Westinghouse se encargó de los motores y la General Electric (nombre con que Morgan rebautizó la Edison Company), de la transmisión eléctrica por cableado. Edison podía ser todo lo millonario que quisiera (de hecho, la invención del fonógrafo le reportaría una fortuna), pero los que decidían el destino de América lo hacían sentados en el Waldorf Astoria de Nueva York, cuando cerraba la Bolsa a una cuadra de allí y comenzaban en aquellos salones las verdaderas negociaciones del día, entre los Morgan y los Vanderbilt y los Mellon y los Astor&#8230; ya saben a qué caterva me refiero. En palabras de Mark Twain, esos que &#8220;querían ganar la mayor cantidad de dinero lo más rápido posible, de manera poco honrada en lo posible y honradamente si no quedaba más remedio&#8221;.<br />
Así gana siempre la banca, y así fue como la Guerra Eléctrica terminó antes de empezar, salvo para Edison y Tesla, que se odiaron toda la vida. A Tesla lo perdió su caballerosidad europea: renunció a los derechos de su patente para que Westinghouse no perdiera la pulseada contra Morgan y, cincuenta<br />
años después, terminó sus días viviendo de una modestísima pensión que le pasaba la Westinghouse &#8220;en atención a los servicios prestados&#8221;. El sueño de Tesla era la transmisión inalámbrica de la energía por el mundo. En pos de esa quimera inventó sin darse cuenta la radio, el control remoto, el radar, los rayos X, pero no los patentó, o los patentó pero perdió en los tribunales contra los poderosos. En el medio se codeó con Twain y Paderewski y Dvorak y hasta el mismísimo Morgan lo citaba en los salones del Waldorf, cosa que enfurecía a Edison, quien había declarado: &#8220;El 95 por ciento del genio consiste en prever lo que no va a funcionar y Tesla es un hombre siempre a punto de hacer algo, vanas promesas sin aplicaciones prácticas&#8221;.<br />
Por su parte Tesla sostenía: &#8220;Mis enemigos han conseguido neutralizarme convirtiéndome en un visionario, un poeta&#8221;; es decir, un charlatán.<br />
En 1915 corrió el rumor de que la Academia Sueca iba a dar el Nobel a Edison y a Tesla. Tesla declaró que no lo aceptaría si se lo daban a medias: &#8220;Soy un descubridor, no puedo compartirlo con un simple inventor&#8221;. En Estados Unidos estalló tal fiebre de apuestas y titulares acerca de quién lo ganaría que la Academia decidió no premiar a ninguno. Edison declaró: &#8220;Me alegró igual privarlo de 20 mil dólares&#8221;, monto que daba el Nobel por entonces, una bicoca para él, una fortuna para Tesla. Un último desaire coronó el duelo: en 1917 se le otorgó a Tesla la Medalla Edison, por &#8220;su aporte al desarrollo de la electricidad&#8221;. No tuvo el coraje de rechazarla: la medalla era de oro puro, podía venderla por su peso y con eso pagar los sueldos atrasados de las dos últimas colaboradoras que le quedaban, las únicas que seguían creyendo en la quimera de electrificar inalámbricamente el mundo.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-186826-2012-02-03.html</p>
<p>Acaso*</p>
<p>Un tajo en la sombra<br />
 La hendidura<br />
abre un posible cielo.</p>
<p>La herida irregular bordea de espera celeste la navaja.</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>NÁUFRAGOS*</p>
<p>*De Guillermo Saccomanno.<br />
 <br />
 <br />
    <br />
  No hace mucho que dejó de llover y amaneció en el campo. El rastrojero avanza a los tumbos enterrándose en el barro. La marcha es cada vez más lenta. El motor se ahoga. En la caja del rastrojero viajamos la abuela, mi madre, mi hermana y yo. Viajamos apretados ahí atrás, entre valijas, bolsos y paquetes, protegidos por una lona. Es enero y vamos de vacaciones. Unos parientes de la abuela tienen una casa en Santa Teresita. Y nos invitaron a pasar unos días.<br />
         <br />
A mi padre estos parientes no le caen bien. Una hermana de la abuela se casó con un electricista alemán. Sus hijos son mecánicos y montaron un taller en Castelar, donde fabrican piezas para Fabricaciones Militares. Según la abuela, sus parientes prosperaron porque son trabajadores. Si ellos pudieron tener una casa en la costa es porque se la ganaron. Dios ayuda a quienes trabajan, dice. Y lo mira a mi padre: No como algunos. Mi padre le contesta: Nazis. Eso es lo que son sus parientes.<br />
           <br />
La abuela se calla. Los ojos le brillan con malicia.  Es cierto que la abuela admira a esos parientes suyos. Pero, mirando la situación desde otra perspectiva, cuando la abuela comenta la invitación a ir al mar que hicieron sus parientes esa admiración resulta, como nunca, otra forma de rebajar a mi padre, quien al hacerse delegado en cada sastrería en que empieza a trabajar, al poco tiempo es despedido por la patronal,  y tiene que buscar otro  empleo.  <br />
          <br />
Me cuesta comprender por qué si mi padre desprecia a estos parientes de la abuela, no se opuso a que mi madre, mi hermana y yo viniéramos al mar. En estos días mi padre se empleó en otra sastrería, Belfast. Como es nuevo, apenas le darán unos días de franco. Y no se sabe cuándo.  Vendrá a  visitarnos apenas pueda. Los tiempos no están para andar haciéndose los ricos, dice la abuela. Así es que con mi madre y mi hermana subimos a la caja del rastrojero de los parientes rumbo a Santa Teresita.<br />
       <br />
La casa de los parientes es un chalecito que se levanta en el campo,  a unas cuantas cuadras del mar. Esta casa en la playa es otra ventaja de los parientes sobre mi padre. La abuela la aprovecha como propia. Los días se hacen largos, interminables, como las caminatas con mi madre por la playa. Para encontrar un almacén también es necesario caminar bastante. Santa Teresita es un pueblo diseminado entre cardales quemados por el sol, extensiones apenas alambradas que empiezan a delimitarse. El viento áspero y caliente levanta polvo y arena. Por las noches el viento trae el sonido del mar. Es bueno dormirse escuchando el oleaje.<br />
         <br />
Un sábado por la mañana mi madre nos lleva al pueblo. De un micro baja mi padre.  Besa a mi madre, levanta en brazos a mi hermana y me palmea campechano. No, no trajo equipaje. Ni un bolsito, se ríe. Vino con lo puesto. Apenas esta campera que ahora se cuelga al hombro.  Es que se quedará apenas el fin de semana, porque el lunes debe estar otra vez en la sastrería. No quiere perder tiempo, me dice. Que lo acompañe al mar, me pide.<br />
           Es temprano todavía, pero el sol calcina. Con seguridad será un día sofocante.  En lugar de ir a la casa mi padre prefiere ver antes el mar. Mi padre camina con agilidad y rapidez. Y, a medida que nos aproximamos a la costa, mi madre y mi hermana van quedando rezagadas. Yo lo sigo al trote. Mi padre encara un médano. Trepamos. Mi padre primero. Y yo detrás. Hay un instante en que lo pierdo de vista. Mi padre ya pasó del otro lado del médano. Yo todavía estoy intentando alcanzar la cima. Y cuando la alcanzo, lo veo otra vez.<br />
          <br />
Allá abajo mi padre corre por la playa, hacia el mar. Se quita la campera, después la camisa.  Sin perder el envión, los zapatos, las medias, los pantalones, hasta quedarse en esos calzoncillos anatómicos que usa. Corre sin parar hasta las primeras olas. Se zambulle. Una y otra vez asoma en la espuma y vuelve a clavarse en las olas. Mi padre no es un nadador experimentado. Y se nota en la desesperación de sus brazadas.  Su silueta apenas se divisa a lo lejos. Pronto lo devoran las olas más altas y violentas.<br />
         <br />
Me apuro detrás suyo, juntando la ropa que dejó tirada en la arena. Freno antes de llegar al agua. Con terror advierto que su figura, una silueta hace un segundo, ha desaparecido después de unas olas altísimas. Ahora mi madre y mi hermana están a mi lado. Asustada, mi madre lo llama. Grita su nombre. Varias veces, al borde del llanto, lo grita. Mi voz se suma a la suya. Para mi hermana estamos jugando. Y se ríe imitándonos. La desesperación se apodera de nosotros. Gritamos al mar.<br />
           <br />
Mi padre tarda en insinuarse en la distancia. Cada tanto una ola vuelve a ocultarlo. Intentan volver. La corriente lo tironea mar adentro, pero él, con su tozudez, obstinado, se las ingenia para nadar hacia la playa. Cuando emerge de entre las olas, ahora haciendo pié, levanta los brazos con una alegría de pibe, invitándonos a una zambullida. Recién al acercarse, cuando está ya con nosotros, se fija en la expresión angustiada de mi madre. El susto de mi madre lo divierte.<br />
           <br />
Esa noche, hay luna llena y, después de cenar, mi padre quiere volver a la playa. A la abuela le molesta que no permanezcamos en la mesa con sus parientes. Pero que mi padre haya venido por tan poco tiempo es una buena razón para que se de el gusto en el poco tiempo que tenemos. Es una noche tibia. Mi padre le propone a mi madre que pasemos la noche en la playa. La abuela se enoja como cuando en casa dormimos en el patio. Pero esta vez, por vergüenza a una escena frente a sus parientes, se calla.<br />
         <br />
La playa está cerca, del otro lado de un médano. Con mis padres doblamos unas mantas. Y las cargamos al hombro. Mi hermana viene atrás, tropezando en la arena. Tendidos en la playa, miramos las estrellas. Parecen estar al alcance de la mano las estrellas. El mar brilla con una fosforecencia. Mi padre está feliz. Y también mi madre. Nunca los he visto tan felices. Esta felicidad debe ser como la de los náufragos que encontraron tierra. Así acostados en la playa, envueltos en las mantas, los cuatro tenemos algo de náufragos.<br />
          No me tengo que olvidar de este instante, dice mi padre. Tendría que escribirlo.<br />
          Y hacia mí:<br />
           Prometeme que si lo olvido, lo vas a escribir vos.</p>
<p>*</p>
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		<title>EL SIGNIFICADO ESTÁ EN LAS PERSONAS&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 01:34:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[MAR DE DUDAS*
Sentada en el murallón veía a diario entrar y salir los barcos del puerto..
Uno de ellos se había llevado a Ismael dejándole la promesa de regreso y
amor eterno. El pacto se selló  con un beso que se adhirió a su piel como un
juramento ante Dios.
Lo creyó veinte años atrás, ahora no sabía si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>MAR DE DUDAS*</p>
<p>Sentada en el murallón veía a diario entrar y salir los barcos del puerto..<br />
Uno de ellos se había llevado a Ismael dejándole la promesa de regreso y<br />
amor eterno. El pacto se selló  con un beso que se adhirió a su piel como un<br />
juramento ante Dios.<br />
Lo creyó veinte años atrás, ahora no sabía si ese Dios existía, solo<br />
presentía que la distancia era un enorme dragón que se alimentaba de<br />
promesas.</p>
<p>*De Emilse Zorzut. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p>
<p>EL SIGNIFICADO ESTÁ EN LAS PERSONAS&#8230;</p>
<p>ÁRBOLES*</p>
<p>                                           *Por  Jorge Isaías<br />
<a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Arde de abejas el aguaribay, arde.</p>
<p>                                Juan L. Ortíz</p>
<p>Una tarde no es distinta a otra en los ambientes en donde reinan los  cielos<br />
y los campos,  donde la semilla brota sin mucho esfuerzo, si tiene agua en<br />
su momento, es decir,  a tiempo.<br />
Una tarde no es distinta a otra ni siquiera en el recuerdo en que uno vive<br />
recreándose.<br />
Los árboles no son siempre los mismos árboles, ni siquiera en el recuerdo.<br />
El aguaribay de mi casa paterna, en mi pueblo, por ejemplo y no el que cantó<br />
Juanele Ortíz,  el famoso  ”aguaribay florecido” sino el de nuestro propio<br />
aguaribay que destruyeron tres tormentas sucesivas.<br />
            “Es de madera muy blanda” sentenció mi hermano.<br />
Yo lo había traído junto al Ibirá pitá de Santa Fe, regalo de mi amigo<br />
Roberto Cocco, cuando eran dos plantitas que no pasaban  de diez<br />
centímetros. Con paciencia mi hermano los  fue cambiando de macetas hasta<br />
que pasaron el metro de altura y los plantó en el terreno. El Ibirá pitá al<br />
lado de un gran ceibo, cerca del tejido que da a la calle, donde en  mi<br />
niñez reinaron tres plantas de granadas que protegieron mis primeras<br />
lecturas con su sombra propicia. Arrancó con problemas y tres heladas<br />
sucesivas casi lo dejaron fuera de combate, pero él resistió. Primero fueron<br />
ramitas con tres hojas y hoy pasa orgulloso los cuatro metros y es el<br />
espectáculo en enero con sus bellas flores amarillas y admiración  de los<br />
viandantes. Es el único ejemplar que hay en el pueblo, aunque ya hay varios<br />
que me pidieron su semilla. El aguaribay en cambio tuvo un desarrollo<br />
opuesto. Mi hermano lo plantó junto a la vieja bomba de mano para extraer<br />
agua, en medio del terreno. Creció pronto y ganó cielo en un abrir y cerrar<br />
de ojos. Y un día comprendí aquel poema de Juanele, porque vi en su tronco<br />
una multitud de abejas que lo cubrían entero. A ese florecer se refería el<br />
poema, claro. Yo ignoraba que por allí exudaba un líquido dulce el gran<br />
aguaribay.<br />
 Las tormentas lo troncharon. Quedó un  tronco de ochenta centímetros al<br />
cual nacen cientos de bracitos verdes. Es la vida que pugna por salir.<br />
La leña para la estufa del invierno la va cortando mi amigo Mario Compañy de<br />
las ramas secas de los sauces, las moreras, los paraísos, los<br />
 “siempreverdes”y los fresnos. En general lo hace en los veranos, viene con<br />
la motosierra y en pocos minutos termina la tarea. Apila los trozos con<br />
cuidado y al terminar los pasa con la misma eficiencia y prolijidad a un<br />
pequeño galponcito, donde mi viejo guardaba sus herramientas y el producto<br />
de la quinta: papas, tomates, pimientos, zapallos. Como estaba en el lugar<br />
que ocupó el gallinero desde siempre, su puerta tenía una traba segura. Hoy<br />
no tiene puerta, se cayó una pared del frente,  no quedan ni gallinero ni<br />
gallinas y sirve para proteger la leña de la lluvia.<br />
 El galponcito de marras tiene un techo de chapas, un piso de portland y<br />
está donde estuvo siempre: entre una vieja higuera y las antiquísimas<br />
plantas de moras que, creo, son más antiguas que la casa porque creo haberle<br />
oído a mi padre  decir que “él no las hubiera plantado”.<br />
A un costado del galponcito en su pared que da al este aún quedan dos<br />
hileras de casitas para las gallinas cluecas y ponedoras. Debajo de las<br />
moreras estaba el dormidero, hecho de palos, junto a una máquina de quebrar<br />
maíz para los pollitos, sobre un poste de ñandubay que fue a parar a la<br />
estufa. Mismo destino tuvieron los palos donde durmieron varias generaciones<br />
de gallinas.<br />
Mi amigo Mario me dice que con el tiempo la leña va perdiendo peso, cuerpo y<br />
rinde menos. Cuántas cosas uno puede llegar aprender.<br />
Recuerdo que en mi juventud, como dependiente de una librería, me asombraba<br />
un libro de texto titulado “Resistencia de materiales”. Comenté a un<br />
compañero la extrañeza del título, que a mí me sonaba a oxímoron.<br />
Presto me explicó con palabras técnicas que ya olvidé. Era un estudiante<br />
avanzado de ingeniería.<br />
Comprendí que mi petulancia plena de ironía cuasi poética no cuajaba en este<br />
caso que proveía una mente racional, comprensiva de la materia lisa y llana.<br />
Por eso cuando Mario me habló del cansancio de la madera, lo miré como si<br />
entendiera y no quise pasar por bruto de nuevo.<br />
Las plantas nuevas las fue plantando mi hermano en todos estos años.<br />
Miro hacia el confín del terreno y pienso: cuando mueran aquellas dos<br />
plantas de naranjas que ayudé a plantar a mi padre, nada quedará aquí que<br />
recuerde la industria de mis manos.<br />
De todos modos esta conclusión no me impide gozar la felicidad de cobijarme<br />
en todos ellos.</p>
<p>CASCARITAS DE OJO*</p>
<p>Escucha tú,<br />
árbol de pan y miel:<br />
hoy tengo deseos de llorar<br />
y gemiría con cualquier palabra:<br />
cruz de filigrana,<br />
ropero,<br />
coca-cola,<br />
nostalgia de ti.</p>
<p>Te invito una taza de café<br />
endulzado con cascaritas de ojos.</p>
<p>Lloremos juntos hoy<br />
en todas las esquinas,<br />
en los parques y en el metro,<br />
en la tina y en los bares<br />
por el amor que nos tuvimos,<br />
y hoy es mariposa muerta<br />
en nuestras manos.</p>
<p>*De Lina Zerón. <a href="mailto:linazeron@yahoo.com">linazeron@yahoo.com</a><br />
-Del libro: Poesía Reunida 1975-2010. amarillo editores. 2011</p>
<p>Se llamaba Jesús, como Dios&#8230;*</p>
<p>*Por Nechi Dorado. <a href="mailto:nechi.dorado@gmail.com">nechi.dorado@gmail.com</a><br />
 (Desde Buenos Aires, Argentina)</p>
<p>-¿Tiene algo para dar, doña?</p>
<p>Me llamo Jesús, como Dios, mi mamá dice que siempre nos ayuda y por eso me<br />
puso ese nombre.</p>
<p>Esa era su carta de presentación cada vez que alguien respondía al timbrazo,<br />
cuando el niño de diez añitos pedía comida para llevar a su casa pobrísima.</p>
<p>Siendo el mayor de cinco hermanos, asumió la responsabilidad temprana de<br />
salir a buscar ayuda para todos.</p>
<p>Una mañana de agosto se levantó más temprano que otros días. Dejó el<br />
camastro cuyo colchón tenía más pozos que las calles de la villa, tapó a sus<br />
hermanos con la única frazada que tenía más agujeros que las chapas y<br />
cartones que oficiaban de techo y partió con otro fin. El domingo sería el<br />
Día del Niño y Jesús quería sorprender a sus hermanos con un regalito.</p>
<p>Sorpresa que él tanto esperó, todos los años.</p>
<p>Esa que su madre nunca pudo darles.</p>
<p>Esperaba con la misma ansiedad con que se espera un milagro, pero que por<br />
esas cosas de la marginación queda como sueño trunco sobre las espaldas<br />
pequeñas, dónde las costillas pueden contarse sin necesidad de rayos x.</p>
<p>Más allá que hubiera, o no, comida en su destartalada mesa, el pequeño<br />
quería que sus hermanos tuvieran, al menos, un “Día del niño”.<br />
-Por un día nadie se muere sin comer, pensó, mientras salía corriendo hacia<br />
el barrio lindo donde siempre conseguía algo.</p>
<p>¡Tan acostumbrado a esperar otras esperas!</p>
<p>¡Tan acostumbrado estaba en eso de hacer gambetas al chillido que nace en el<br />
estómago cuando está vacío!<br />
En la casa donde vivía la señora linda, esa que siempre prestara atención a<br />
su demanda, encontró lo que necesitaba. Su corazón latía ese latido que sólo<br />
la alegría puede hacer repicar dentro del pecho.</p>
<p>Atendiendo su demanda tan noble, dada su corta edad, La señora, enternecida,<br />
le regaló tres bolsas en las que había ropa usada –total, para ellos…-,<br />
algunos juguetes y algo de dinero para que pudiera comprar cumplir su deseo.</p>
<p>Jesús agradeció y salió corriendo, imaginaba la sorpresa reflejada en esas<br />
caritas que parecían calcadas de la suya, cuando vieran lo que llevaba para<br />
ellos. Con el dinero compró chupetines, chicles y una hebillita con peluche<br />
para la Naty, su hermanita más pequeña.</p>
<p>¡Jesús les daría un Día del Niño como jamás él, había tenido!</p>
<p>Tres bolsitas colgaban de su brazo enclenque agitado por la prisa. Quería<br />
llegar y ver los ojos tiernos de su madre y los ojazos renegridos de sus<br />
hermanos cuando la alegría los iluminara.<br />
Casi a punto de alcanzar su meta, una cuadra antes de donde se encontraba la<br />
humilde casita de maderas, chapas y cartones, refugio de su miseria, un<br />
estampido partió en dos el sonido de una cumbia, “Laaaaaaauraaaaaaa, siempre<br />
que tu bailas a ti se/ te ve la tangaaa/.</p>
<p>La policía corría como desbandada, Jesús buscó protección detrás de un coche<br />
abandonado mientras los disparos se sucedían y la cumbia seguía sonando su<br />
apología de la miseria.</p>
<p>Un solo ¡ay! Brotó de su boquita cuando aterrado por el infierno que lo<br />
rodeaba, llamaba a su mamá.</p>
<p>(Dios, ese día estaba distraído aunque el niño se llamara Jesús y también<br />
fuera su hijo, como dicen.)<br />
Jesús cayó, su boquita pegó contra los huellones de barro seco en esa zona<br />
donde el asfalto no llega, ¡Total, a los “negros” no les hace falta, a ellos<br />
les gusta vivir entre la mugre…!</p>
<p>Algo rojo y pegajoso salía de un agujero que apareció, de pronto, como<br />
tatuado de prepo en su espaldita morena.</p>
<p>Era el agujero que se devoró a la vida.</p>
<p>Dicen que aparece cuando llega el tiempo y alguien necesita un ángel en otra<br />
parte.</p>
<p>¡Digo que aparece cuando el hijoputismo reina, desprecia desbocado formando<br />
callos en las conciencias del absurdo.<br />
Uno de los uniformados, haciendo uso del despreciable concepto de la<br />
portación de rostro, al verlo echado sobre la tierra con bolsas que colgaban<br />
de su bracito aquietado, de repente y para siempre, hizo una exclamación<br />
desafortunada.</p>
<p>-¿De dónde sacaste eso? Preguntó hacia el vacío.</p>
<p>-Seguro que las robó, estos negros empiezan desde chiquito p’ta madre que<br />
los parió… dijo con la seguridad que apuntala los criterios de los<br />
imbéciles.</p>
<p>(El policía era tan moreno como el niño, sólo que el uniforme, a algunos,<br />
les aclara la piel y les cierra los sentidos)<br />
Jesús quedó para siempre en el recuerdo, junto a tantos Jesús que mueren día<br />
a día porque “son chorros, asesinos, drogadictos, mafiosos”. Los eternos<br />
“sin Día de” como proponen las publicidades para acrecentar negocios que a<br />
la vez marcarán o no, capacidad de ingreso al mundo de los “blancos”.<br />
Por la villa donde Jesús creciera apenas, para morir apresuradamente, todas<br />
las noches anda un señor de piel muy blanca, rubio, de hermosos ojos<br />
celestes, demasiado buen mozo. Baja de un coche importado que parece una<br />
nave del futuro. Un triunfador, como lo llaman…</p>
<p>Nunca va solo pese a que tiene un cuerpo tan bien formado que denuncia horas<br />
de ginmansio y “complementos”.</p>
<p>Que no necesitaría “culatas” si fuera hombre en serio.</p>
<p>Que no conoce el sonido de las tripas crujiendo ¡y eso que es uno de<br />
aquellos que se las sabe todas…!</p>
<p>Busca jovencitos pobres a los que les da “algo” para que salgan a revender y<br />
de paso para consumir y así seguir vendiendo, luego. Sin cortar la cadena de<br />
idas y vueltas al submundo de la degradación.<br />
El hambre es cruel, genera “delincuentes” y siempre serán los “negros”, los<br />
encargados de reproducir la delincuencia.</p>
<p>Los emergentes del olvido.</p>
<p>Espantos sociales que afean el paisaje copiado de las grandes ciudades<br />
europeas.</p>
<p>Por eso hay quien piensa que para terminar con la delincuencia hay que<br />
matarlos a todos. Cuanto más chicos se haga la limpieza, será mucho mejor.<br />
Sobre el “señor” musculoso jamás pesó una duda. Entra y sale como quiere,<br />
cuando quiere y de donde quiere. Su miseria moral subyace entre los botones<br />
nacarados de su camisa impecable.<br />
No me preguntes por qué, ya te dije, él es blanco, rubio, demasiado buen<br />
mozo y tiene una nave importada que parece del futuro…</p>
<p>(Se llamaba Jesús, como Dios es un relato del libro de la autora:<br />
“Destapando el silencio. Editorial Amaru)</p>
<p>ESBOZO*</p>
<p>Media sonrisa esbozada<br />
el lienzo con trazos de nostalgia<br />
y los colores hablan de clandestinas noches,<br />
de bosquejos pintados en la nada.</p>
<p>La melodía envuelve, el humo evoca imágenes trenzadas.</p>
<p>¿Dónde están aquellas líneas?<br />
¿Dónde el aroma que las arrastra?</p>
<p>Lugares lejanos pasan como ráfagas,<br />
dispersan la paleta y los pinceles<br />
rasgan el cuadro.</p>
<p>*De Ruth Ana López Calderón. <a href="mailto:anilopez20032000@yahoo.es">anilopez20032000@yahoo.es</a><br />
09-11-2011</p>
<p>  EL DESCUBRIMIENTO DE LA RELATIVIDAD*</p>
<p>Crónicas del Hombre Alto (n° 74)</p>
<p>  “Dale, Mónica, metete que el agua está hermosa”, dice Mandy desde la<br />
pileta. Los que, al igual que él, estamos compensando los ardores de la<br />
siesta santafesina con un chapuzón vivificante, apoyamos su moción con<br />
entusiasmo pero Mónica, friolenta vitalicia, nos mira con desconfianza. Se<br />
acerca al borde, extiende la pierna derecha y tantea el agua con el dedo<br />
gordo. No muy convencida, comienza a bajar los escalones con extrema<br />
lentitud y, a medida que se va sumergiendo, el rostro se le contrae en<br />
expresión de sufrimiento. “¡Vos estás loco; esto está helado!”, recrimina, y<br />
los demás, divertidos, nos burlamos sólo por sembrar cizaña.</p>
<p>Mandy y Mónica no lo saben, ni siquiera lo sospechan, pero acaban de<br />
reproducir casi textualmente una escena incluida en uno de los libros más<br />
impactantes que tuve el placer de leer en mi infancia: “El mundo de la<br />
comunicación”.</p>
<p>Era -y debo confesar que el uso del pretérito responde aquí sólo a una<br />
intencionalidad evocativa, ya que el ejemplar en cuestión aún existe y ocupa<br />
un lugar en los estantes de mi biblioteca- uno de esos libros grandes de<br />
Editorial Sigmar, coloridos y con muchas ilustraciones, destinados a<br />
estimular las inquietudes de niños que -como yo- sentían una irresistible<br />
atracción hacia el mundo de los datos y los conocimientos. Títulos como<br />
“Preguntas y respuestas para niños curiosos”, “Los cómo y porqué del Tiempo”<br />
o “La fuente del saber” dan una idea acabada, me parece, del objetivo<br />
perseguido por aquellos libros entrañables.</p>
<p>“El mundo de la comunicación” proponía un repaso de las diferentes formas<br />
pergeñadas por el hombre a lo largo de la historia para intercambiar<br />
información y emociones, desde la escritura de los sumerios hasta el cine,<br />
brindaba pautas sencillas para comprender el fenómeno comunicacional e<br />
introducía a los lectores en nociones elementales de lingüística y<br />
publicidad. La ortodoxia zodiacal señala que los geminianos solemos<br />
experimentar un vivo interés por estos asuntos y se ve que yo no fui la<br />
excepción: tanto por su temática como por su diseño, “El mundo de la<br />
comunicación” me resultó sencillamente apasionante.</p>
<p>Dentro de ese apasionamiento general, el punto culminante lo constituían las<br />
páginas 30 y 31. En ellas, al compás del latiguillo “El significado está en<br />
las personas, no en las palabras”, se ofrecía de manera clara y amena un<br />
muestrario de malentendidos a los que pueden dar lugar las percepciones<br />
individuales. Del texto sólo recuerdo el ejemplo de la ya referida discusión<br />
de pareja acerca de la temperatura del agua en la piscina. Las<br />
ilustraciones, en cambio, son inolvidables. “¿Qué quiere decir alto para el<br />
hombre de la derecha? ¿Y para el de la izquierda?”, se preguntaba el<br />
epígrafe de una foto en la que se veía a tres caballeros caminando: un<br />
enano, un gigante y otro que poseía una estatura que podría calificarse de<br />
normal. “50 personas, ¿son muchas o pocas?”, se interrogaba otro epígrafe en<br />
relación a sendos dibujos en los que se veía a 50 personas amontonadas en<br />
una habitación y a 50 personas cómodamente distribuidas en un estadio de<br />
fútbol (y sí, por supuesto que cedí a la tentación de contarlas para<br />
verificar si realmente eran 50). Otro dibujo mostraba a una señorita que<br />
decía “Mi hermano tiene una casa hermosa”. Al escucharla, un hombre<br />
imaginaba una mansión fastuosa, a otro se le representaba una apacible casa<br />
de campo… y el loro pensaba en una jaula reluciente. A todas las<br />
ilustraciones las acompañaba el leit-motiv de aquellas dos páginas<br />
maravillosas: “El significado está en las personas, no en las palabras”.</p>
<p>Fue un deslumbramiento fulminante. Fue amor a primera lectura.</p>
<p>Hace años que no soy amigo de las posturas absolutas. Que hay tantas maneras<br />
posibles de percibir el mundo como sujetos que lo perciben, que por lo tanto<br />
nuestras aproximaciones a la verdad son sólo parciales e  inconscientemente<br />
tendenciosas, y que esa multiplicidad de miradas sobre el mundo es el origen<br />
de todos nuestros desencuentros, son ideas centrales en mi filosofía de<br />
vida. La conveniencia y necesidad de hacer el esfuerzo de comprender y<br />
tolerar las percepciones ajenas, aún las que contradicen las nuestras, es<br />
uno de los lineamientos básicos de mi ética personal. He hablado centenares<br />
de veces de estas cuestiones con mis amigos, intento explicárselas a mis<br />
alumnos cada vez que puedo y, desde distintos ángulos, he llenado sobre el<br />
tema una buena cantidad de carillas. ¿Sería razonable, por ende, atribuirle<br />
a las páginas 30 y 31 el origen de esta manera mía de conducirme en la vida?<br />
Temo que arribar a tal conclusión sería exagerado. De hecho, a los conceptos<br />
de subjetividad y relatividad recién los comprendí cabalmente cursando el<br />
quinto año de la secundaria. A mis 11 años ni siquiera supe que el objeto de<br />
mi enamoramiento intelectual se llamaba así: relatividad. Fue aquella, sin<br />
embargo, la primera vez que un libro me brindó el andamiaje conceptual<br />
necesario para sustentar una idea previa borrosamente poseída. Las páginas<br />
30 y 31 me suministraron una clave esencial para decodificar cómo funcionan<br />
los seres humanos. Y si bien más tarde, al correr de los años y las<br />
lecturas, llegaron muchos otros textos cuya lucidez descorrió velos,<br />
disolvió sombras y me sirvió de guía en el siempre intrincado bosque de las<br />
ideas, siento que de algún modo todas esas iluminaciones posteriores se<br />
asentaron, directa u oblicuamente, sobre los cimientos plantados por<br />
aquellas dos páginas precursoras en las que aprendí, de una vez y para<br />
siempre, la incómoda ambivalencia de los adjetivos. Aquellas dos páginas con<br />
las que empezó a germinar en mí la temible sospecha de que, muy a nuestro<br />
pesar, establecer verdades definitivas en el reino de lo humano es tarea<br />
inviable.</p>
<p>“Anoche en el Cine Club vi una película buenísima”, dice Mónica.</p>
<p>¿Cómo saber con exactitud a qué se refiere? El significado está en las<br />
personas, no en las palabras.</p>
<p>*De Alfredo Di Bernardo. <a href="mailto:alfdibernardo@fibertel.com.ar">alfdibernardo@fibertel.com.ar</a></p>
<p>*</p>
<p>El beso que no fue</p>
<p>  Un gusto desconocido, entreabierto, avizorado. Una lengua de mar, un barco<br />
que no sale, la orilla de lo  que falta.</p>
<p>Lo que no se consumó</p>
<p>Es algo a tientas,  esbozado, un intento, más que nada, menos que todo. o a<br />
lo mejor  de un orden distinto al de la nada o el todo, el a veces y el por<br />
poco. Perteneciente quizas no al ordén, tampoco al desorden, algo que puede<br />
florecer en otro espacio. Debe haber una latitud  donde laten los recuerdos<br />
de lo que no pasó.</p>
<p>*De Cristina Villanueva. <a href="mailto:cristinavillanueva.villanueva@gmail.com">cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</a></p>
<p>*</p>
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		<title>A LO MEJOR RESULTA BIEN&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 22:28:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
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		<description><![CDATA[ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR*
*De Marié Rojas.
 
 
Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR*</p>
<p>*De Marié Rojas.</p>
<p> <br />
 <br />
Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la más alta torre del castillo y, sabiendo que el hada no tendría que hacer mucho para encontrarlo, buscó entre las páginas hasta encontrar el adecuado. Lo leyó en voz alta pero, tal vez con el apuro, equivocó algún dato… Y vino a caer en este mes y este año en que están leyendo la historia.<br />
 <br />
Aterrizó al pie de la ventana del cuarto de una muchacha que se disponía a salir para sus clases de la universidad. Golpeó los cristales hasta llamar su atención, esperó a que abriera y le contó la razón de su presencia. Ella le creyó, porque era muy fantasiosa, porque estudiaba física cuántica, por la vestimenta que ostentaba – incluía un vistoso sombrero de plumas y una espada con puño de rubíes -, la forma de hablar, los gestos y por la cantidad de veces que se arrodillaba a ofrecerle su corazón, por tanto lo dejó entrar a su cuarto, temiendo que los chicos le hicieran burla cuando comenzaran a pasar camino a sus escuelas… Pero comprendió que debía enfrentarse a un problema mayor, ¿cómo esconder a un príncipe en una casa pequeñita, sin pasadizos, ni túneles, ni catacumbas, con el despertador de la madre sonando en el cuarto de al lado y él intentando desenvainar la espada para matar al hechicero que hacía tanto ruido?<br />
 <br />
Comprendiendo que si lo abandonaba terminaría con una camisa de fuerza o preso por indocumentado, optó por llevárselo… algo se le ocurriría al regresar. Al pasar frente a la madre, el muchacho le dijo con una elegante reverencia: “Oh, mi dulce señora, le ruego que me entregue la mano de su bellísima hija, y le prometo llenar su mansión de herederos”… La joven salió airosa, explicándole a la madre, mientras lo halaba hacia la puerta, que era un amigo que había ido a una fiesta de disfraces y había bebido de más, no pudo recordar su dirección, le encontraron la suya encima, todavía no se le había pasado la resaca y adiós mamita que se nos hace tarde.<br />
 <br />
Corramos un piadoso velo sobre las peripecias de sacar un príncipe a la calle, en medio del tráfico, las luces del semáforo, los anuncios, las gentes con sus atuendos cómodos, tener que hacer el camino a pie porque le tomó fobia a los autobuses y no tenía dinero para un taxi – igual les hubiera cogido miedo -… y lleguemos al momento en que arriban a la universidad.<br />
 <br />
Allí fue peor, iba derramando reverencias y les llamaba “dignos y nobles caballeros, donceles, doncellas”, intentó saludar al busto de un pensador, preguntó al profesor de álgebra si era el bufón de la corte – llevaba una camisa floreada -, y peor aún, se arrodillaba cada dos minutos delante de ella. Se fue librando con elegancia, usando lo primero que le venía a la mente: dijo desde que era un primo desquiciado que le habían mandado de provincias y le tocaba cuidarlo hasta que encontraran plaza en el psiquiátrico, hasta que era un actor que había alquilado sus servicios para ensayar su próxima película. Lo mejor era cuando decía bajito, haciendo señas para la empuñadura de la espada, que era una cámara oculta. Se mostraban muy afectados, se acomodaban el pelo y miraban a la cámara con su mejor sonrisa. El profe de la camisa de flores se la abotonó hasta arriba y se caló las gafas doradas, el príncipe lo aplaudió.<br />
 <br />
Tras una agotadora jornada, regresó casa con el príncipe ya no tan encantador; desarrapado, sin sombrero y molido tras haberlo montado a empujones en el transporte público en la peor hora de abarrotamiento. Por suerte conservaba su espada y su dignidad… hasta que se derrumbó en el sofá.<br />
 <br />
-          Y bien – le dijo alcanzándole un vaso de agua -, es hora de terminar con este hechizo y regresarte a casa, a tu época, a tus botines por conquistar y a tu verdadero amor.<br />
-          Me temo que es imposible, mi dulce dama – dijo él mientras se quitaba las botas y se miraba las ampollitas de los dedos.<br />
-          ¡Ah, eso no puede ser cierto! – gritó ella corriendo a cerrar la ventana por donde se estaba asomando una vecina &#8211; ¿Puedes decirme por qué?<br />
-          Por varias razones – suspiró -… ¿Podemos comer antes, mi bella? Desde el faisán relleno de trufas de anoche no he probado bocado.<br />
-          Faisán… trufas… &#8211; protestó, yendo a preparar dos panes con lechuga y mayonesa y aclarándole con un gesto que uno era para ella &#8211; ¿Ahora, me las puedes enumerar?<br />
-          Con sumo gusto, mi hermosa doncella – habló chupándose los dedos -. Pero antes quiero decirte que este manjar es delicioso, uno más para tus dones, ¡apuesto a que eres una excelente danzarina!<br />
-          Se me da el baile, sí – respondió, sentándose a su lado -, ahora vamos a ver por qué no puedo mandarte de vuelta…<br />
-          Número uno: porque he dejado el libro en la torre más alta de mi palacio, y no sé ni un solo conjuro de memoria…<br />
-          ¿Y el hada madrina no puede venir a buscarte? – dijo, pensando que algún modo habría de comunicarse con ella, una vela o algo.<br />
-          Debe estar tan enfadada que me dejaría aquí, incluso si supiera donde estoy y se lo pidiera de rodillas.<br />
-          ¡Ni una rodilla más, te van a salir ampollas ahí también! ¿Y qué más?<br />
-          Dos: porque el hechizo se ha cumplido y no hay por qué revocarlo. Pedí conocer a una verdadera princesa y he comprobado que lo eres, más allá de tu educación, tu belleza, tu mirada, tu porte – comenzó a hacer una genuflexión y ella lo detuvo, él se incorporó y señaló un cuaderno donde aparecía su nombre.<br />
-          ¿Qué quieres decir?<br />
-          El Rey del país vecino tenía ese apellido, su hijo fue raptado y llevado a un incierto destino, pero siempre le aseguraron los magos que seguía con vida y tendría descendencia, una fuerte línea infinita.<br />
-          Mi tatarabuelo me decía que su abuelo había sido un pirata que nació príncipe. Pensé que su mente fallaba… tenía cien años.<br />
-          Pues ya ves, eres de noble cuna.<br />
-          ¡Y no alcanza, incluso si fuera princesa! – se miró al espejo de la sala y corrigió su postura &#8211; ¡No puedes quedarte, contempla mi mundo, mira el desastre que te has hecho en solo ocho horas… hago mis deberes ayudándome con la computadora!<br />
-          ¿Conoceré a esa dama que te auxilia en los deberes?<br />
-          ¿Es que no entiendes? ¡No soy una princesa de tu época!<br />
-          Yo tampoco soy un príncipe de tu era. La tercera razón, la más fuerte, es que he encontrado el amor verdadero. No solo eres bella sin par, en el transcurso de esta maravillosa jornada has demostrado ser leal, al mantener tu palabra de ayudarme, al presentarme a tu madre, a los demás doncellas y donceles de tu reino, has probado ser inteligente y creativa al salir airosa de todas las situaciones y, como si fuera poco, has mostrado tu intrepidez en ese monstruo rodante que echa más humo que los dragones, ¿dónde encontrar tantos dones reunidos? – se volvió a arrodillar -. Dulce damisela que ha robado mi corazón, ¿quieres concederme el honor de tu mano?<br />
 <br />
Ella lo miró… Si obviaba su vestimenta medieval arrugada, la postura, el vocabulario… era bien apuesto, alto, atlético, romántico, sincero, leal, valiente puesto que sobrevivió a una jornada universitaria en un mundo imposible desde su visión, ¿y dónde encontrar en estos tiempos tantos dones reunidos?<br />
 <br />
-          Puede que no sea una doncella de tu época, pero puedo convertirte en un joven de la mía.<br />
 <br />
Así comenzó una nueva vida para el príncipe, que en su castillo solo hubiera conocido herederas de otros reinos y estaba destinado a ser infeliz para siempre al lado de cualquiera de ellas. La muchacha se afanó tanto en enseñarle el mundo actual y él se aplicó tanto en aprender, que ese fin de semana estaban yendo a una discoteca.<br />
 <br />
“Colorín colorado, este cuento ha comenzado…”, tecleó en su ordenador el hada madrina de la joven, que se hacía pasar por una vecina común y corriente, cuando los vio salir con camisetas de Megadeth, tarareando algo que sonaba francés, “a tout le monde, a tous les amis”.  Y pulsó el botoncito “enviar”. La Maginet trabajaba de maravillas: en un segundo su colega del reino medieval muy lejano, estaba tachando ese asunto pendiente en su agenda y se alistaba para sacar a su cachorro de dragón a las lecciones de vuelo nocturno.<br />
 <br />
 <br />
-Marié Rojas.<br />
La Habana. Cuba.</p>
<p>A LO MEJOR RESULTA BIEN&#8230;</p>
<p>LA TÍA Y EL PELO BATIDO*</p>
<p>                                                                <br />
                                                                                      Gracias a Gabriela Benítez</p>
<p>   <br />
 Baglietto canta “la vida es una moneda”. Su voz en la radio guía la melodía cómoda, familiar, largamente degustada al través de los años. “La vida es una moneda” –dice- , “quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes”.<br />
     Baglieto es una voz en la radio, no lo veo, pero surge en mi mente nítido y preciso en imágenes superpuestas desde el muchachito delgado de cabellos largos hasta este señor pelado de gorrito. Sigue cantando.<br />
     “Sólo se trata de vivir, esa es la historia, con un amor sin un amor, con la idiotez y la locura de todos los días…”<br />
     La canción relata la vida como un corte de muchas capas. Lo bueno, lo malo, lo admirable, la vida así como esa cosa indefinible por exceso de seres, de situaciones, de historias.<br />
     Y Gabriela contó una historia. Era de noche, claro, y era una historia de esas tan a lo Gabriela, tan de pueblo y de viejos, tan breves y extensas, con esa extensión que les da el derramarse sobre muchos recuerdos, penetrar en poros como aceite en la madera, quedar prendidas en la memoria.<br />
     “Sólo se trata de vivir” canta Baglietto, y Gabriela cuenta que habló por teléfono con la tía vieja de allá donde la laguna tiene sabor amargo y donde comienza la sequía.<br />
     Esta tía tuvo dos hijos. Uno que se fue tempranito a la tierra, otro que emigró a Norteamérica hace un siglo, hace mucho, hace un escándalo de años más tiempo de lo que nadie hubiese debido, y más que nada cuando jamás volvió y allá entre maíz y carreteras crecen dos hijos que nacieron aquí y otros dos ya tan extranjeros, tan otros, dos nietos que la tía de Gabriela no va a conocer, que vivieron en el vientre materno su oscuro mundo de peces y luego fueron arrojados, y lloraron, y crecieron sin un rastro de la laguna amarga, sin historias de pueblos polvorientos, sin abuela.<br />
     La tía de Gabriela se quedó sola entonces, y la diabetes la fue dejando casi ciega.<br />
     Gabriela, que habló con la tía por teléfono, le preguntó a la mujer vieja, y sola, y rodeada por la penumbra, le preguntó a la tía que cómo había pasado el fin de año.<br />
     “Yo tengo muchos amigos” –dijo la tía. “Mucha gente me invitó a ir a su casa, pero yo fuera de mis cosas y mis muebles me pierdo, me tropiezo, no doy con las puertas ni con los cuartos”.<br />
     Una de las mujeres que llamó para invitarla convino en que bueno, que está bien, que se quedase sola pero le pidió una cosa. Que no fuera a pensar en lo malo, en lo que le falta, en lo que no fue o se fue o ya no es. Le dijo que por favor pensase sólo en lo bueno que le dio la vida.<br />
     Y las palabras le quedaron rondando a la tía. A veces sucede que alguien dice algo y no cae en saco roto, cierta frase, un consejo aparentemente obvio, un salvavidas naranja en el agua marrón rescata un náufrago.<br />
     La voz de la tía en el auricular le contó a Gabriela cómo pasó las fiestas. Le dijo que se batió el pelo (lo tiene largo, la ceguera le dificulta ir a la peluquería), se peinó, se puso una blusa y una pollera blancas y negras, unas sandalias blancas, se adornó con los aros y collares del cajón grande de la cómoda, se maquilló, se perfumó, tomó una silla y se fue, como quien sale al baile, a sentarse a la vereda.<br />
     La voz de la tía que viene de allá lejos, que atraviesa mil cuatrocientos alambrados, dos riachos y múltiples bañados, la lejana voz de la tía llega al auricular. Y le cuenta a Gabriela “los vecinos me aplaudieron”.<br />
     “Sólo se trata de vivir” dice Baglietto en la radio. Con lo que se tiene y se puede. Como se pueda, sólo se trata de vivir, canta Baglietto. Y dice, abriendo los brazos, “a lo mejor resulta bien”.<br />
     No le veo la cara, no hace falta, cuando llega a esa estrofa (y escuché esta canción mil veces), cada vez que dice que a lo mejor resulta bien le creo y me convence, y canto con él, y deseo que el sol nos alumbre, y con su sonrisa que no veo pero le oigo en la voz me vuelve a decir que quién sabe, que quizás las cosas al fin y al cabo sí resulten.</p>
<p>                                                                                                                           <br />
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p> </p>
<p>  Reyes Magos*</p>
<p>Hace tiempo que dudaba sobre la existencia de los Reyes. Sospechas tontas, todo por seguir a los adultos. Los adultos a veces se ríen de los niños por sus creencias ¡Pero ellos en cúantas cosas creen que no se sostienen  ni siquiera en la magia!.<br />
Hoy 6 de enero una mano maga, reina del espacio abierto del amor, me dejó un regalo de tiempo, un reloj.. Por él me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles  que pueden trasformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza , la verdad , la búsqueda de la justicia. Esos ratos, dónde solos, acompañados por pocos, o  por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es creíble, que otra vida  y otro mundo son posibles.</p>
<p> *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama*</p>
<p>*Por Enrique Pérez Díaz<br />
Fecha: 2012-01-05 Fuente: www.auroraboreal.net<br />
Escritora Marié Rojas Tamayo</p>
<p>Marié Rojas Tamayo: medio centenar de premios internacionales, una decena de libros publicados, una obra sugerente, inquieta, llena de vericuetos imposibles que propician el deleite y crecimiento intelectual del lector.<br />
Una mujer, madre, profesional, amiga, llena de sueños y de memorias que se niega a borrar incluso por dolorosas que resulten. Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama y que se le da de manera natural. Sus pies se asientan en la realidad de la que toma cuanto puede inspirarla para que su ánima viaje a Fantasía, a reinos por otros impensados que ella habita en varias dimensiones con esa soltura y gracia de los magos. Apenas conocida en Cuba -Gente Nueva publicará en breve su libro emblemático Adoptando a Mini- es, sin embargo, uno de los pocos autores de la Isla en quedar<br />
finalista del Premio Lazarillo de España, del cual fue Mención Especial por unanimidad del jurado. Abrimos al lector, el umbral del Mundomaire, un entorno de duendes, hadas, brujas, elfos, troles y la savia milenaria y milagrosa de que ellos viven: mucho amor por cuanto le rodea.</p>
<p>Marié, se suele decir que en cada libro escrito por nosotros va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Te pareces a sus personajes?</p>
<p>Soy todos mis personajes, todos tienen algo de mí, partiendo de mi luz hasta mis facetas más oscuras. El escritor se desnuda al mundo a través de su obra, es su exorcismo, su emancipación. En mi novela Villa Beatriz, soy la Estrella, la Sota, el arpa, la casa misma. En otra soy el personaje de la Cuentacuentos, pero también soy cada habitante del pueblo, sus episodios son parte de mis recuerdos, desde el hechizo que los rodea hasta el aroma que ronda las calles.</p>
<p>¿Tienes algún modelo ideal de autor para niños?</p>
<p>Andersen, sin duda. Carroll, Tolkien, Ende, creadores de mundos.</p>
<p>¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?</p>
<p>Los que he mencionado como modelos ideales: lo han sido para mí, los recomiendo a los que se inician en la literatura infantil y espero que sigan siendo inspiración y escuela para generaciones venideras.</p>
<p>¿Qué solías leer cuando pequeña?</p>
<p>Todo lo que me caía en la mano, lo que me prestaban otros niños, lo que me regalaban, lo que tomaba de los estantes de mis abuelos o de mi tía. Era poco selectiva, voraz, desde revistas &#8220;Selecciones&#8221; hasta novelas policiacas. En primer grado recuerdo haber leído El pequeño príncipe y acto seguido La expedición de la Kon Tikki. Lo mejor fue cuando me hice amiga de la hija de un ginecólogo que me prestaba los libros de su padre. cuando me fueron a explicar ciertas cosas, yo las había visto por fuera y por dentro.<br />
Me gustaban Poe y Quiroga, aunque sus cuentos me robaban el sueño, o tal vez por eso.</p>
<p>¿Qué atributos morales debe portar consigo un buen libro infantil?</p>
<p>Ser creíble, ser sincero. Mostrar respeto hacia el público a quien está dirigido. El escritor de libros infantiles debe amar a los niños.</p>
<p>¿Cuál es tu libro más entrañable y por qué?</p>
<p>Alicia en el país de las maravillas, tengo 4 ejemplares, son sagrados. Uno de ellos vive en mi buró, es un libro de consulta, matemáticamente perfecto, lo vengo leyendo desde los 9 años y siempre descubro algo en sus páginas. No podría decir por qué, tiene la magia de las cosas que amamos sin preguntarnos la razón, la sonrisa de un niño, los atardeceres, acariciar un gato, ver caer una estrella, un beso en los labios, una melodía que nos llega al alma.</p>
<p>¿De qué modo te acercas al inicio de una historia?</p>
<p>Surge en mi mente, como una imagen o la secuencia de una película. Escucho el diálogo, o la narración de fondo, y me siento a escribirla.</p>
<p>¿En qué género te sientes más cómoda?</p>
<p>El cuento breve de carácter fantástico, con final inesperado. Juegos entre fantasía y realidad, algo de ciencia y algo de ficción corriendo por la página.</p>
<p>En tu obra se ve una seria inclinación a dos tendencias fundamentales, primero, una recurrencia evidente al mundo de las criaturas de Fantasía, segundo una literatura que se centra más en los sentimientos y las emociones que en la misma acción. Si tuvieras que salvar solamente diez libros de un naufragio, ¿cuáles escogerías? ¿Cuál de los que has escrito?</p>
<p>Desearía no verme jamás en esta situación, porque si depende del peso de la balsa, me arrojaría al mar para dar cabida a más libros. Colocaría entre los primeros: Alicia en el país de las maravillas, los cuentos completos de Andersen, La historia interminable, Pinocho, La familia Mumín, toda la obra<br />
de Tolkien, El Mago de Oz, Corazón, la obra de los hermanos Grimm, El maravilloso viaje de Nils Holgersson. He mencionado diez, solo voy por la literatura infantil, y me faltan muchos por nombrar. Lo dicho, me hundo por salvarlos.<br />
De mi obra salvaría ese libro misterioso que aún no he escrito. Y solo si pudiera salvarme yo, porque iría dentro de mí.</p>
<p>¿Qué prefieres más de la vida? ¿Qué quisieras borrar para siempre?</p>
<p>El amor, la sinceridad, la capacidad de soñar y de reír. No borraría nada, en especial de mi pasado porque de todo he aprendido y cada momento, por pequeño que haya sido, me ha traído a este instante. Si perder un segundo de tristeza me hiciera borrar un ápice de lo que soy, sería devastador. Borrar<br />
para siempre es algo que me atemoriza, no se puede borrar nada para siempre porque habría que borrar también su recuerdo del pasado -para eliminar el riesgo de que se repitiera-. En su lugar, intentaría hacer mejor, desde mi pequeña posición en el universo, aquello con lo cual no estoy de acuerdo; de<br />
hecho lo intento, y creo que lo intentan muchos, cada vez más. Tal vez un día logremos esa masa crítica de la que hablan los textos de física e iniciemos una reacción en cadena que, sin borrar, sea capaz de sobrescribir.</p>
<p>Una persona tan imaginativa como tú y con tanta carga de inspiración y fantasía en sus obras, ¿de qué modo consigue nutrirse para ellas de la realidad cotidiana?</p>
<p>La realidad, tal como la veo, no es &#8220;cotidiana&#8221;, en el sentido de &#8220;rutinaria, vulgar, ordinaria&#8221;. Es fuente inagotable de inspiración, la magia nos salta a cada paso, lo increíble nace de lo cotidiano que se<br />
renueva constantemente, del modo en que nuestra mente acomoda y rehace los recuerdos. Hay sucesos generadores de historias por doquier, hilarantes, tristes, misteriosos. A nuestro paso vemos casas encantadas, sueños hechos realidad, predicciones que se cumplen, conflictos familiares o sociales, romances que surgen y se deshacen, pasiones que se desatan, miedos, retos: es imposible abstraerse de la realidad al crear la ficción. Cada persona que conozco es un &#8220;personaje&#8221; a punto de formarse -he convertido a alguien en zarigüeya, a un amigo en dragón y a una amiga en arañita tejedora-, y me ha<br />
sucedido algo mejor: un día tocó a mi puerta un personaje de mis cuentos, lo reconocí al momento pero no se lo dije hasta que nos convertimos en amigos, le mostré historias escritas antes de conocerlo. Fue una experiencia fantástica, como que a la puerta de Spielberg tocara el E.T. pidiéndole el teléfono para llamar a su casa.</p>
<p>¿Podrías hacer un breve recorrido-cuento argumental por tus libros publicados, como si tú misma fueras adentrándote en ellos?</p>
<p>Más que por mis libros publicados, me gustaría viajar por mis libros escritos: Adoptando a Mini soy yo, abandonada a temprana edad en un mundo adverso, siendo adoptada por criaturas mágicas que me educan según su modo de ver la vida. Villa Beatriz es ese mundo, más detallado y lleno de recuerdos, tal como lo veía yo, y como lo sigo viendo en mis recuerdos, sumando experiencias actuales. Arpegios de una melodía solitaria es mi infancia, tal como la verían otros, desde una perspectiva más real, pero no menos extraordinaria. En busca de una historia es el hijo que busca a sus padres para encontrar en sus raíces su propia historia, un viaje interior que nos lleva a universos impensables donde rescribir la fantasía puede transformar la realidad. El libertador del confín es un homenaje a todos los libros que me ayudaron a crecer, lo que sería capaz de hacer por salvarlos.<br />
Laurel y orégano es un recorrido por el poder que habita en las mujeres de mi familia, tal como lo viví en mis vacaciones en el campo, el sortilegio de descubrir y reencontrar el amor a través de un ente que viaja conmigo a través de sucesivas existencias, mis dudas y temores, mi incesante búsqueda de una verdad más allá de la circunscrita. Y están mis libros de cuentos -cuentos de circo, libro inédito escrito contigo; cuentos de ángeles, cuentos de casas, cuentos de gatos, cuentos habaneros, cuentos infantiles.-, de los cuales prefiero Cinco minutos a solas con las musas, De príncipes y princesas y El mundo al revés, episodios de mi vida junto a mi hija Sarah, la princesa majadera; el diario de doce años, aprendiendo de esa pequeña sabia.</p>
<p>¿En otra vida serías escritora?</p>
<p>Sería hacedora de cuentos, siempre. Escribir es la tabla que me salva de los naufragios, es mi burbuja de silencio, mi sinfonía perfecta, mi sortilegio contra todo lo adverso y a favor de todo lo bello, mi modo de ver y comunicarme con el mundo. No sabría ni querría hacer otra cosa.<br />
No sé en qué universo o tiempo podría renacer, o haber nacido antes. Si es un mundo anterior a la escritura sería narradora oral, cuentacuentos, hechicera que cura con historias. Si voy a un mundo más avanzado estaré a favor de la narrativa, sea como sea, creándola a partir de los medios disponibles. Tal vez en un mundo paralelo baste con soñarla y todos los que duerman o descansen, y quieran conectarse con mi mente, puedan hacerlo.<br />
Soñarán mi sueño -tal como ahora nos conectamos a internet o al correo electrónico-, verán las imágenes e historias que pueblan mi mente. Y puedan hasta participar en el proceso de creación, un inmenso e infinito libro interactivo sin soporte físico.</p>
<p>*Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/entrevistas/su-vida-es-aprendizaje-y-perfeccionamiento-de-un-oficio-que-ama/20971.html</p>
<p>LA TORMENTA DEL REY*</p>
<p>*De Anabel Orona</p>
<p>Remolinos de hojas. Relámpagos y truenos empujaban las primeras gotas del día.<br />
El rey entró en la tintorería y llamó al hombrecito que planchaba contra el ventanal de vidrio.<br />
- Eh Yamashiro! dónde estás?<br />
- Acá mi señor, exigiste que en tu traje no quedaran arrugas, encontraste alguna?<br />
- No. Vengo por otra cosa. Compré un libro japonés y exijo que me leas los haikus! &#8211; contestó fastidioso.<br />
- Permitime el libro mi señor, a ver a ver&#8230; acá dice&#8230; dice&#8230;mmm&#8230; dice&#8230;<br />
- Dale! Apurate! sabés que odio esperar! qué cosas dicen los haikus?<br />
- Mi señor&#8230; lamento informarte que&#8230; es un libro de arquitectura, mirá, aquí dice: modelo casa Takeda,<br />
acá en ésta página, modelo casa Kimoshaki y en ésta otra, modelo casa Fukuda&#8230; no hay haikus!<br />
- Será posible que la vendedora haya sido tan inútil?- dijo el rey dando un golpe seco sobre el mostrador.<br />
Alterado se dirigió a la salida y de un portazo se retiró sin saludar. El hombrecito, con la tranquilidad que lo caracterizaba volvió a su plancha mientras las campanillas de la puerta lo devolvían a sus pensamientos de un Agosto Hiroshimado tan lejos del solvente y el vapor. El rey en la vereda necesitó fumar, buscó entre sus ropas el tabaco y encontró el paquete vacío, apretó los dientes y cerrando los ojos pegó un puñetazo contra la pared.<br />
- Será posible?- protestó, luego mientras metía la nariz dentro del paquete, un aroma a menta y chocolate lo fué calmando, abolló el envoltorio y lo arrojó en la alcantarilla.<br />
- ¿En qué cajón habrá quedado mi humor?- se preguntó abatido mientras caminaba suave, por la ciudad del otoño, con la mirada baja. De repente, se descolgó una garúa brillante y fría. Al doblar la esquina se topó con ellos. Los observó espantado. Meditó.<br />
- Qué pareja mas pareja! un drogadicto y una alcohólica! puaj! uno tropieza y la otra se bambolea!<br />
Por Dios qué feos son! por Dios, qué feos! pero&#8230; qué hermoso se besan abrazados bajo la llovizna&#8230;-<br />
Acomodó la piel de su capa abrigándose y hundió la corona dorada aplastando su largo cabello canoso,<br />
en tanto los enamorados pasaban a su lado, riendo sin poder hallar el equilibrio. Los siguió con la vista<br />
murmurando.<br />
-  En qué cajón habrá quedado mi amor?-<br />
El rey levantó su cara al cielo, la lluvia caía desordenada empapando el bigote, la barba, el cuello.<br />
Resignado, cruzó la calle.</p>
<p>La felicidad se movía con el viento y su tristeza, era un gemido que angustiaba la mañana.</p>
<p>                                        <br />
- Anabel Orona, provincia de Buenos Aires<br />
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>*</p>
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		<title>UNA DE ESAS RARAS TARDES SIN TIEMPO&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 22:26:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[ESTACION DE CUATRO  LUNAS Y UNA SOLEDAD MENOS*
 
Cuando se siembran lunas se desbrozan malezas.
 
Estación germinal
La niña mira la luna, el burro y la virgen.
La soledad le lastima el pecho.
El niño mira el único satélite natural de la tierra.
Su soledad no la registra el telescopio.
 
Estación de los brotes
La muchacha lleva la luna entre su pelo.
La soledad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>ESTACION DE CUATRO  LUNAS Y UNA SOLEDAD MENOS*<br />
 </p>
<p>Cuando se siembran lunas se desbrozan malezas.<br />
 </p>
<p>Estación germinal<br />
La niña mira la luna, el burro y la virgen.<br />
La soledad le lastima el pecho.<br />
El niño mira el único satélite natural de la tierra.<br />
Su soledad no la registra el telescopio.<br />
 </p>
<p>Estación de los brotes<br />
La muchacha lleva la luna entre su pelo.<br />
La soledad cabalga en una yegua mansa.<br />
El joven  siente que la luna se le enreda en sus manos.<br />
La soledad huye en un potro de fuego.<br />
 </p>
<p>Estación de fotosíntesis<br />
La mujer mira la luna en el mar, el mar la llama.<br />
La soledad se aleja en remotas mareas.<br />
El hombre siente que hay una llama que debe encender.<br />
Con su fuego la soledad se esfuma y la luna se arraiga<br />
 <br />
 <br />
Estación de la flor y el fruto<br />
La anciana mira la luna  en el agua del aljibe.<br />
Hay una cicatriz que solo punza en tiempos de sequía.<br />
El anciano bebe una vez más la luna  en manos de mujer.<br />
El pecho le duele de tanto amor y de tanta luna.</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
 -De la serie &#8220;TIEMPO DE LAS ESTACIONES&#8221;</p>
<p>UNA DE ESAS RARAS TARDES SIN TIEMPO&#8230;</p>
<p>Viajero soy*</p>
<p>Viajero soy. La ruta es mi destino.<br />
El frenesí del mar, mi desafío.</p>
<p>Viajero soy. En todas partes moro,<br />
y en ninguna. Mi patria es el recuerdo<br />
de tres o cuatro rostros y unos versos<br />
que alguna voz amada pronunció.</p>
<p>Viajero soy. En el confín del mar<br />
está la tierra de mis padres; lejos,<br />
otros mares y otras tierras y otros dioses.<br />
Todo cabe en mi cuaderno de bitácora.</p>
<p>Viajero soy. El horizonte espera<br />
la estela de mis naves, las palabras<br />
que mi pecho proclama, las batallas<br />
que los vates cantarán en la mañana.</p>
<p>Y más allá de todo<br />
rodeada de mar* se alza la etérea<br />
Ítaca, paciente, inamovible,<br />
hermosa al atardecer* eternamente aguarda<br />
el retorno de sus hijos nómadas.</p>
<p>*rodeada de mar y hermosa al atardecer son dos de las formas empleadas para describir a Ítaca en La Odisea.</p>
<p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />
http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />
-De Arenas de Ítaca. Publicado en el nº 17 de La Buhardilla</p>
<p>Espera*<br />
 </p>
<p>Te vi una de esas raras tardes sin tiempo,<br />
Eternas en la memoria,<br />
Síntesis perfecta de todas las tardes…<br />
Coqueteabas en inocente armonía con la vida,<br />
y te quedaste siempre cerca&#8230;<br />
Alta, blanca, discreta,<br />
Soberbia, palpable, inmaterial&#8230;<br />
Duermes mis sueños, me piensas y me olvidas;<br />
Te derramas en cada destello de vida, en los espacios vacíos,<br />
en todas las demoras, en las largas ausencias&#8230;<br />
Te ví en los ojos de Nino y en la insolente juventud de Nicolás<br />
¿Estabas también ahí, en el destino de mi próximo viaje?<br />
¿Oculta en la carcajada extravagante de la dicha?<br />
Alta, nívea, infinita&#8230;<br />
Sólo esperas&#8230;</p>
<p>*De Silvia Alzamora. alzamora_s@yahoo.com.ar</p>
<p> </p>
<p>CUENTOS DE LA REALIDAD<br />
 <br />
 </p>
<p>Milagro en milan&#8230;esas &#8230;*<br />
 </p>
<p>*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com<br />
 </p>
<p>Chiquito, es en realidad chiquito. También chiquito de entendederas. Le cuesta, dicen sus hermanos en especial Oscar, que afirma arrastrar un soldado fuera de fila cuando un auto lo rozó en la avenida.<br />
 <br />
El con un balde, un secador de manos y un trapo rejilla, que deja bastante que desear, limpia parabrisas, focos y todo lo que tenga vidrio en particular, se ve que a él, de lejos, todo lo que relumbra le parece oro. Lo hace en la esquina de Boedo y avenida Hipólito Yrigoyen.<br />
 <br />
Lo acompaña una banda que encabeza su hermano Oscar gracias a quien sobrevive en el grupo. La ley de la selva, urbana, tiene códigos muy duros, por lo menos para Chiquito y otros como él, que no tienen la suerte de tener un hermano cabecilla.<br />
 <br />
Se van, cuando los llevan, cerca de la medianoche en el 543 cartel rojo, “el Bustos”, dice chiquito, cuando se precipitan en bandada para ver si la perinola les cae en “toman todo”; por lo menos en este caso, el colectivo es un pasaporte seguro, un DNI que suelen ganar cuando maneja Hugo, del interno 27, un personaje que escucha, por lo menos de noche, radio L, la radio local que él privilegia y obliga aceptar a sus pasajeros como parte del importe del pasaje.<br />
 <br />
Pero él, otra vez, que se siente por un rato administrador de la pobreza, de bienes y servicios, casi como un CPU, y si me apuran un server, sabe que ese es el último viaje del día, perdón, de la noche, que todo lo paga, y por eso viaja lento, como intentando quedar.<br />
 <br />
Los chicos, el mayor doce y el resto rozando los siete, arañan como pueden, cuando se sientan en el fondo del micro, aquello que pudieron conseguir. Chiquito, sigiloso, no contó esa noche que uno de los autos – seguro que estaban dados vuelta – dijo para si en voz baja, le dio diez pesos.<br />
 <br />
Chiquito simuló secar el parabrisas que se escurría en la noche rumbo al sur, en la niebla incierta de un cambio de año, el que fenecía, 2002 titilaba y “Chiquito”siguió simulando para avisarle a Oscar que se iba al baño.<br />
 <br />
Baño no hay y ningún lugar próximo, llámese como se llame, les da permiso para pasar, pero la mentira esa, fue la única que se le ocurrió.<br />
 <br />
Caminó pegadito a la pared rumbo a Laprida y se fué directo al restaurante chino, -antes que cierre- se dijo. Entró y como todos los chicos que atienden son iguales, resignó el pedido en voz baja.<br />
 <br />
Mostró el billete de diez pesos para garantizarle verdades al oriental y, de paso saber para cuanto le alcanzaba en materia de milanesas.<br />
 <br />
Hacía dos años, según le contó Oscar que no se comía en la casa – decir casa es toda una exageración – “una puta milanesa”.<br />
 <br />
Guardó el preciado paquete, pidió una bolsa de plástico para proteger la carga y se las ingenió par que los otros al volver no advirtieran nada. Cosas del hambre de la ciudad.<br />
 <br />
Tuvo suerte, el interno 27 cartel rojo – Bustos -  y Hugo que les hacía señales de que se apuraran disolvió la atención. Se acomodó al lado de Oscar, apretujándose lo más que pudo casi hasta despertarle sospechas a su hermano sobre el gesto. Las ternuras están amputadas en la vida de ciertos chicos.<br />
 <br />
Las cosas se le podían complicar a la hora de bajar, pero otra vez la suerte estuvo de su lado, “el number one”, así se hace llamar a quien siempre llevan como furgón de cola, se bajó dos cuadras antes, porque una bolsita de poxiran lo esperaba cerca de allí.<br />
 <br />
“El Licenciado”, seguiría dos cuadras más adelante de donde Chiquito y su hermano descenderían, para confirmar que “Santa Marta&#8230; no tiene tren&#8230; y tampoco tranvía”.<br />
 <br />
Los apodos los “compraron” de estar sentados en los escalones de la heladería de la esquina de Boedo y Irigoyen , donde hacen pausa, mientras el semáforo está verde rumbo al sur.<br />
 <br />
Lo curioso es que no invaden jurisdicciones. Ellos trabajan allí y de paso, le cuidan el hueco donde duermen dos duendes de la medianoche, quienes se ”alojan” en la puerta del edificio no habilitado que está sobre Boedo y dispone de una cochera de clandestino servicio, para clientes exclusivos,  ¿quien los autoriza en un edificio que no está autorizado?,  mas misterios que trae la noche.<br />
 <br />
Llámeme Licenciado, dice el de anteojitos y remolino erguido, algo obeso para su corta edad y dueño del cuchicheo más famoso de la barra, siempre parece estar revelando secretos, suele ser estentóreo a la hora de hablar en grupo, como si actuara. En realidad la vida de ellos es una actuación perpetua. Su boletería siempre está habilitada y  tienen entradas disponibles, porque son quienes se marchan y cierran la función de cada día.<br />
 <br />
“Chiquito”, a su manera, los quiere a todos; el número de la barra oscila, esa noche eran cuatro incluyendo a “pelusa” y “pelusita”, hermanos que por economía se quedaron con sobrenombres de barrio.<br />
 <br />
Ese día a todos les fue más a o menos bien. Pero estos chicos gastan mucho y a veces vuelven sin nada o con muy poco, no cultivan el ahorro que, dicen, es la base la fortuna.<br />
 <br />
Panchos, facturas sobrantes del día y otras delicadezas, son parte de una variada forma de consumir, sin olvidar los helados,  pero eso sucede cuando agotaron todos los recursos para quedarse con la comida y la plata, sucumben entonces a la tentación, como tanta otra gente que anda por ahí.<br />
 <br />
La cuestión es que, a medida que se disgregaban que se disolvían en la oscuridad suburbana, llevaban la orden de “Chiquito” de pasar por su casa un rato más tarde.<br />
 <br />
 <br />
Oscar se quedó mirando a su hermano sin entender, porque al llegar seguro, que no sería aprobada esa idea por su familia, de por si numerosa y poco afecta a las invasiones.<br />
 <br />
“Chiquito” no quería soltar prenda. Llegaron saludaron, el le contó a su mamá, luego de darle el resto del dinero, que cosa había hecho con el “premio de los diez pesos” y mientras, se serenaban los ánimos, porque “Chiquito” no tiene los soldados alineados en su cabeza, pero esta vez por eso mismo, zafó.<br />
 <br />
La cuestión es que fueron llegando todos y Chiquito muy serio, fue a buscar platitos, de plástico por supuesto y le pidió un cuchillo a su mamá, luego muy serio comenzó a cortar porciones iguales de las milanesas que hizo aparecer como por encanto, el chino ese día le regaló un cucurucho grande de papas fritas algo aceitosas que acompañaron la invitación y tan serio como al inicio, los invitó a comer.<br />
 <br />
-Hoy es un cumpleaños -, dijo y empezó a comer. Oscar se lo quedó mirando con ganas de preguntar quien cumplía pero se dio cuenta que el hambre era más fuerte, no sólo que el amor.<br />
 </p>
<p>*</p>
<p>Yon pasó a buscarme al mediodía, yo estaba de buen humor, algo francamente irregular.<br />
 <br />
Casi lo abrazo, no quise contar nada de lo que me contara Oscar, “fideo fino” le dicen, porque tiene que pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra. Además el vasco no suele ser demostrativo más que con gestos.<br />
 <br />
Por ejemplo volver a Ezeiza, para probar, dijo, unos filets de brotola, al parecer imperdibles en una salsa roja y plena de ajo.<br />
 <br />
El vino quedó en el freezer y pidió que lo sirvieran copa por copa, claro la botella costaba trescientos pesos y eso, aunque no lo paguemos, por causas naturales, también es un exceso, aunque sea Sauvignon blanco.<br />
 <br />
En medio del parque me pareció ver una falda esquiva escurrirse entre los árboles, dejando tras de si una estela dorada. No era cierto.</p>
<p>Un beso de película*<br />
   </p>
<p>El le dio un beso, lo llamó el último beso, como era el prinero ella supuso que lo que quiso decir es que sería  único. Como ella sabía que el beso único era, a veces, muy consentido y se aferraba y crecía en la memoria de la boca, buscó otros, y los consiguió. Aunque ninguno fue como áquel. Primero, único, último, un beso de película.</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p> </p>
<p>Una rama de alerce*</p>
<p> *Por Juan Forn</p>
<p>Un jefazo de Moscú de paso por Kolymá se queja de que las actividades culturales del campo &#8220;cojean de ambos pies&#8221;. Kolymá es Siberia, el gulag, el infierno blanco, los olvidados de Dios. &#8220;Todo, salvo las piedras, nos estaba prohibido&#8221;, dice Varlam Shalamov. En Kolymá los pájaros no cantan. Las flores, fugaces y anémicas, no tienen olor. Ni los árboles huelen en ese corto verano de aire frío que en realidad es una primavera enceguecedora, sin una gota de lluvia. Pero para el jefazo lo que le andaba faltando a la moral de los presos era actividad cultural. Mandaron llamar al preso encargado de tales menesteres, que en su vida real había sido mayor del Ejército Rojo, el mayor Pugachov, y éste le contestó al jefazo que no se preocupara: &#8220;Estamos preparando una obra de la que hablará toda Kolymá&#8221;. La obra era una fuga. Pugachov y los suyos eran una nueva especie en Kolymá.<br />
Eran, como Shalamov, presos políticos, enemigos del pueblo. Pero no eran como los demás prisioneros políticos llegados desde los años &#8216;30 a Siberia: no se derrumbaban moralmente preguntándose qué habían hecho, cómo pudo hacerles eso la Revolución. Eran hombres de acción, puro reflejo animal:<br />
venían de pelear como leones contra los nazis, de arriesgar el pellejo escapando de los lager para volver a sus filas y empuñar de nuevo las armas.<br />
Pero la guerra ya estaba ganada y Stalin los mandó a Siberia. Los mandó cuando acababa el otoño, creyendo que el invierno los quebraría, los igualaría a los demás presos políticos. Ellos se tomaron el invierno para estudiar el terreno, en condiciones infrahumanas, trazaron un plan enloquecido, esperaron el momento oportuno con la llegada de la primavera, y un día se fugaron.<br />
Los agarraron a todos. Los tuvieron que matar para agarrarlos, y al único que agarraron vivo, agonizante, lo revivieron y después lo cosieron a balazos. Se desquitaron con él porque cuando sólo les faltaba encontrar a Pugachov, y lo encontraron, éste se disparó en el paladar la última bala que<br />
le quedaba, mirándolos fieramente a los ojos. Dice Shalamov que cuando se enfrentaron los guardias y los presos fugados, ambos bandos exhibieron equivalente temeridad: los presos porque no iban a entregarse vivos, los guardias porque sabían que serían convertidos en presos en cuanto sus superiores se enteraran de la fuga. Dice Shalamov que su país es un país de esperanzas absurdas, hechas de rumores, sospechas, conjeturas e hipótesis, y que por eso cualquier acontecimiento crece hasta convertirse en leyenda antes de que el informe del jefe local logre llegar, llevado por el más veloz correo, hasta las altas esferas. Eso es la literatura rusa, si se lo piensa un poco (en el final de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribe: &#8220;Lo que se dice aquí se oye en toda Rusia&#8221;). La fuga de Pugachov, el relato de la fuga de Pugachov, corrió como mercurio derramado por Kolymá, fue la<br />
actividad cultural por excelencia de aquel verano y el invierno siguiente.<br />
Shalamov estaba allí y vivió para contarlo. Lo contó en catorce páginas alucinantes, y en otros setenta cuentos más, que rara vez son más largos, y a veces necesitan apenas tres páginas para llegar hasta el fondo de la médula espinal de quien las lee.<br />
Shalamov había sido deportado a Siberia de jovencito, pasó veinticuatro años allá, pudo volver recién después de la muerte de Stalin: no tenía cincuenta y parecía de setenta (había quedado sordo, perdido la vista de un ojo, tenía Parkinson). Se pasó los ocho años siguientes escribiendo, uno tras otro, setenta cuentos como el de la fuga de Pugachov. Consideraba su vida acabada, sólo le importaba dejar en papel su experiencia en Kolymá y tallaba cada pieza de su mosaico como un miniaturista loco. Hasta que, en noviembre de 1962, la revista Novy Mir publicó un cuento llamado &#8220;Un día en la vida de Iván Denisovich&#8221; de un desconocido llamado Alexander Solzhenitsyn. Era la primera descripción del gulag que aparecía en letra impresa. Se decía que el propio Kruschev había dado el visto bueno para que se publicara. Shalamov la leyó en su cochambroso cuarto, le escribió a Solzhenitsyn (que era once años<br />
menor y que había pasado diez años menos que él en Siberia), le mostró sus cuentos, le preguntó qué hacer con ellos. Solzhenitsyn le dijo que no eran lo suficientemente &#8220;artísticos&#8221; (aunque a continuación le propuso que lo ayudara a escribir Archipiélago Gulag; Shalamov le contestó que lo que tenía<br />
para contar sólo podía escribirlo solo). Mientras tanto, Brezhnev eyectó a Kruschev, acabó con el deshielo, convirtió a Solzhenitsyn en una bandera de la disidencia (y lo echó de la URSS cuando él logró filtrar a Occidente y publicar allá su Archipiélago) y Shalamov siguió escribiendo como un muerto en vida sus cuentos. Cada vez escribía menos, hasta que en 1973 no escribió más. Pero algunos de esos cuentos empezaron a circular de mano en mano, en samizdat, alguien los cruzó al otro lado y un periódico de rusos blancos en Nueva York los publicó.<br />
Shalamov repudió la publicación desde Novy Mir. Fue la primera y última prosa suya que vio en letra impresa en su vida. Dijo que no era un disidente, que no era bandera de nadie. Nadie le creyó: o pensaron que era un cobarde o que lo habían obligado a firmar. La mayoría creía que lo habían obligado: en 1979 el Pen Club francés anunció que le daría a Shalamov el Premio de la Libertad. Las autoridades rusas lo internaron en un asilo para débiles mentales, donde murió, ido y solo, tres años después. El último de sus Relatos de Kolymá es la historia de una rama seca de alerce que llega por correo a Moscú. La destinataria la pone en una lata y llena la lata con agua de la canilla, &#8220;esa agua muerta de las cañerías moscovitas&#8221;. Pasan varios días y la mujer se despierta una noche por un vago olor a trementina,<br />
que no sabe de dónde viene. Es la rama de alerce, las ínfimas agujas de pinocha que asoman de sus nudos. El alerce es el único árbol que huele en Kolymá. De allí viene la rama. La destinataria de la rama es la viuda de un poeta que murió en Kolymá. Shalamov no la nombra, pero sabemos que es la extraordinaria Nadezhda Mandelstam, porque en otro cuento relata la muerte del gran Ossip (&#8221;sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que el poeta murió dos días antes de su muerte, que lo sepan sus futuros biógrafos&#8221;). Dice Shalamov que, al principio, el olor del alerce parece el olor de la descomposición, el olor de los muertos. Pero si uno inspira hondamente y con atención, comprende lentamente que ése es el olor de la vida, de la resistencia, de la victoria.<br />
La literatura rusa está hecha en madera de alerce. Shalamov nos lo enseñó.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184880-2012-01-06.html</p>
<p>Esa palabra*</p>
<p>Dame esa palabra hermano<br />
esa, la que penetre,<br />
la que indague,<br />
la que hurgue en las entrañas.</p>
<p>Esa palabra creada para llorar,<br />
calentar la sangre<br />
enervar los sentidos.<br />
Esa que usó Whitman,<br />
Benedetti, Rubén Vela.</p>
<p>Y  no la busques demasiado.<br />
Está allí, al alcance de tus ojos.<br />
Es la que gastan los poetas<br />
La que molesta a los tiranos.</p>
<p>Murmura esa palabra hermano<br />
o  la cantas, o la gritas<br />
hasta quedar sin voz.<br />
Y  la escribes en las paredes<br />
en las plazas y veredas.</p>
<p> Paz<br />
             Paz<br />
                          Paz<br />
                                   </p>
<p>*De Elsa  Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
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		</item>
		<item>
		<title>LA LITERATURA ES INDISPENSABLE PARA EL MUNDO&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 22:24:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[ NOSTALGIAS*
          
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho  tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.
            Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> NOSTALGIAS*<br />
          </p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho  tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.<br />
            Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el menor de mis tíos montaría el “nochero” como se llamaba al caballo manso que permanecía atado a un palenque e iría a buscar la tropilla que moraba por las noches en un potrero de alfalfa, muy alejado de la casa.<br />
            De allí vendría la caballada necesaria para el arado o las rastras, o las carpidoras o la cortadora de alfalfa con su gran lanza que iba hacia un costado produciendo una lluvia verde sobre el campo y un olor penetrante de frescura que tocaban las pituitarias ávidas y con sólo eso uno se sentía bien.<br />
            Esto que trato  de recordar, esto que trato de narrar de todos modos es de la época en que el viejo, es decir mi abuelo, ya no trabajaba el campo, había delegado esa tarea a sus hijos menores. Todos los mayores habían emigrado y se ocupaban de peones rurales, única tarea que podían hacer por su conocimiento, experiencia y baquía.  Como casi ninguno había ido a la escuela o lo habían hecho esporádicamente ya que había que trabajar desde muy chicos, no podían esperar otra cosa. Nunca supe, y ya nunca sabré a esta altura quién le puso en la cabeza a mi abuelo, que había vivido toda su vida en el campo, que podía ponerse al frente de un negocio, él, que era analfabeto, y que –presumo- apenas sabría dibujar su firma y sacar las cuentas,  bien elementales. Mi abuela era muy vivaz, más inteligente que él, había aprendido a leer y a escribir sin que nadie le hubiera ensañado nunca. Pero el viejo –que era desconfiado por naturaleza- no le permitía que ella atendiera sola a la clientela. Porque además sospecharía que ella podría distraer algunas monedas para repartir entre sus nietos. Y era verdad esta sospecha porque yo era uno de los beneficiados directos, ya que ella me aseguraba la matinée del domingo, un paquete de maní con chocolate y la revista de historietas del día lunes.<br />
            Cuando mi abuelo tomó la decisión de cambiar sus animales, sus escasas maquinarias y  sus enseres de labranza, ya que no era dueño del campo, por un almacén y despacho de bebidas, tenía cincuenta y siete años y se sentía viejo y se sentía cansado, tanto trabajar para otro siempre, deslomándose. Alguna vez me contó que cuando era un niño de corta edad su padre lo llevaba  al campo para que le ayude a  arar. Lo hacían con bueyes. El padre de mi abuelo en la mancera y él manejando los bueyes. Como sus seis años no tenían fuerza  para darle latigazos a los animales, mi bisabuelo le pegaba un chicotazo a los bueyes y de paso uno a él, para que aprendiera.<br />
            Esto me lo contó casi al final de su vida, cuando pasaba los ochenta, y como nunca fue proclive a las confesiones, yo lo doy como notoria verdad.<br />
            Imposible mensurar hoy cuánto sufrieron estos inmigrantes que cruzaron el mar escapando del hambre, y que luego nos engendraron  en la tristeza de haber abandonado sus raíces y en la presunción de que nunca serían de un país, que les daría, sí, identidad  a sus hijos y a sus nietos.<br />
            Pero ellos nunca  se adaptaron, creo, y nunca fueron  felices.<br />
            Mi abuelo al atardecer se sentaba en la galería y miraba el campo.<br />
            Es lo que uno creía, pero cuando esa bandera de trigo, tremolaba, él estaría mirando a través de esas olas amarillas, su lejana tierra a la que nunca volvería.<br />
            Entonces sacaba su pipa del bolsillo de su chaquetón de brin, metía la cazuela dentro de su tabaquera, luego con parsimonia la llenaba y encendía el tabaco dulzón que se volvía agrio en su boca.<br />
            Y a través del campo en reposo miraría esas luciérnagas vivaces que incendiaban los alfalfares y tal vez soñara con su aldea que dejó colgada en su tierra y ahora sólo vivía en su memoria.<br />
            En su memoria que sólo de vez en cuando se atrevía a inquietar con recuerdo.</p>
<p>LA LITERATURA ES INDISPENSABLE PARA EL MUNDO&#8230;</p>
<p>UMBRALES*</p>
<p>“¿Que es un adulto? un niño inflado por la edad”<br />
SIMONE DE BEAUVOIR<br />
 </p>
<p>Era  el deseo frutal y la vendimia.<br />
Vino lento y pasos apurados.<br />
Latido en las entrañas.<br />
Credos. ¿Inmortalidad del beso y de la flor?<br />
No. No. Todo fenece. Todo.<br />
 </p>
<p>Estación sonora de  las manos verdes.<br />
De los sueños de blancas alboradas.<br />
Tiempo de escondidas y secretos.<br />
De metamorfosis y camaleones.<br />
El  verde se escondía en el lirio.<br />
El azul en las ranas del río.<br />
El blanco en la flor del Narciso.<br />
Montaban la corriente en la grupa del toro.<br />
En los peces de espuma.<br />
Se colgaban en los gritos de los gansos salvajes.<br />
 </p>
<p>Pero el árbol del pan les fue negado.<br />
Una manzana en la cabeza.<br />
Una ballesta en la mano del padre.<br />
El azul es cólera. El blanco, olvido.<br />
El verde, una  cabellera de moho.<br />
 </p>
<p>No obstante, aun esperan. Vuelven a la niñez.<br />
Parados, en los umbrales de la palabra nueva.<br />
Esperan. Aun esperan.</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>JUSTO AHORA!!! *</p>
<p>Él está acostado en la cama cubierto por una manta.<br />
Ella camina por la habitación alterada y moviendo los brazos para todos lados.<br />
 &#8217;Justo ahora! &#8211; Ella exclama &#8211; Irene nos invitó hace un mes, nos hizo prometer que estaríamos a su lado para compartir su dicha, dimos la palabra y justo ahora que invertí casi medio sueldo en ropas y accesorios. ¡Justo ahora!! No puede llover sobre mí tanta desgracia&#8230; Me hice ilusiones, me imaginé luciendo radiante entre todas, que me mirarían los hombre codiciosos y que las mujeres me enviarían porque mi cuerpo se mantiene esbelto y mis arrugas se atenuaron gracias  a la crema mágica que me regaló Lucía y yo soñaba con una gran noche, una triunfal noche y justo ahora se te ocurre contraer gripe!!!!<br />
El grito de ella choca contra las paredes de la habitación,  se toma la cabeza  y se deja caer sobre una silla. Ya no grita, solo llora.</p>
<p>*De Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>James Baldwin/ Tres poemas *</p>
<p>TÚ ESCRIBES…<br />
 </p>
<p>Tú escribes para cambiar el mundo, sabiendo<br />
perfectamente bien que probablemente no puedas<br />
hacerlo, pero también sabiendo que la literatura<br />
es indispensable para el mundo&#8230; El mundo cambia<br />
de acuerdo a la forma en que la gente lo ve, y<br />
si tú modificas, aunque sea por un milímetro,<br />
el rumbo, la gente lo vería como una realidad;<br />
entonces tú puedes cambiarlo.</p>
<p> <br />
LA PASIÓN<br />
 </p>
<p>La pasión no es amistosa. Es arrogante,<br />
magníficamente despreciativa de todo lo que no es<br />
ella misma, y, como definición de sí,<br />
implica un impulso de libertad, y además tiene un posible<br />
poder intimidante. Contiene un desafío.<br />
Y contiene una esperanza siempre indecible.<br />
 <br />
 <br />
 </p>
<p>TEN CUIDADO</p>
<p>Ten cuidado con lo que pongas en tu corazón,<br />
porque seguramente va a ser tuyo.</p>
<p> <br />
*Traducción al español: Eduardo Dalter</p>
<p>-James Baldwin nació en el Harlem, Nueva York, en 1924, y falleció en Francia en 1987. Poeta, cronista, ensayista y narrador. Su poemario Jimmy’s Blues se editó en 1985.</p>
<p>*</p>
<p>Queridos, recordados amigos</p>
<p>Van estos augurios, este saludo, y los tres poemas que incluyo. Con un abrazo fuerte,<br />
un hasta pronto, y recuerdos,</p>
<p>*Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar</p>
<p> </p>
<p>PÁJAROS*</p>
<p>Manuelita Sáenz amante de Bolívar. Designada &#8220;Caballeresa del sol, al<br />
patriotismo de las más sensibles&#8221;.</p>
<p>Los pájaros, amor, no hablan, pero se comunican.<br />
Condenados amor, estamos condenados al invierno.<br />
Sella tu boca  primavera. Amordázala.<br />
Hablemos con el lenguaje indescifrable de los pájaros.<br />
Vos sabrás, que cuando mi boca muerda las cerezas,<br />
Es tu boca la que muerdo.<br />
 Yo sabré, que cuando tus labios<br />
 Húmedos,  rojo vino, es mi boca la que te deleita.<br />
Estamos condenados al silencio, amor.<br />
Más, podemos hablar con los ojos.<br />
Rozarnos con las alas y con ellas gemir, y con ellas gozar.<br />
Cuando en la muchedumbre, la gente mire, absorta.<br />
Luciérnagas doradas, sabré que han escapado de tus ojos<br />
Y tu vuelo viril se hará suspiro y mi cuerpo se cubrirá de espuma-<br />
Cuando en formal saludo nuestras alas se encuentren,<br />
Y tu vientre galope, palpitando salvaje,<br />
Yo, impávida, diré:<br />
¡Qué hermosa está la noche!</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p> </p>
<p>DEL VERBO INSTANTE*</p>
<p>si hubiéramos vivido<br />
si hubiéramos sabido<br />
si supieras supieran<br />
 </p>
<p>la vida entera fueron<br />
contados pocos años<br />
los años fueron días<br />
los días fueron horas nada más<br />
 </p>
<p>los rostros se escurrieron<br />
el nacer un instante<br />
el morir un instante<br />
 </p>
<p>si hubiéramos querido<br />
si cada uno quisiera<br />
 </p>
<p>destruir o crear a cada instante<br />
dar o quitar<br />
convivir o matar en cada gesto<br />
 </p>
<p>podemos elegir<br />
ser horizonte abierto<br />
o  pozo ciego.<br />
                                </p>
<p>*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>Voz*</p>
<p>Sé que me gustó imaginar tu voz<br />
aquella antigua<br />
sin tiempo<br />
creyendo en ella<br />
qué otra cosa pude hacer<br />
que escucharla al trasluz<br />
divisar una acústica sin vuelo<br />
rodeada de sinónimos<br />
qué cosas pude prever<br />
en la sinceridad de homónimos<br />
construídos con lengua materna<br />
arrullado<br />
en el más común de los sentidos<br />
escuché decir lo grave<br />
de verdades vacías<br />
sobrevenidas del decir<br />
explicando el tacto<br />
la piel<br />
supe de algo que dirime cosas encontradas<br />
para quedarnos ambos<br />
sin voz<br />
sin voces que intentaran la palabra<br />
para apenar esta caída.</p>
<p>*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com<br />
Buenos Aires &#8211; Argentina<br />
www.teoriasyalboroto.blogspot.com</p>
<p>Correo:</p>
<p>Felices Fiestas*</p>
<p>A los amigos virtuales que por esta  página he cosechado, les mando mi mas cariñoso saludo para este nuevo año que se inicia y a vos Eduardo el mas entrañable abrazo por la oportunidad que nos das de expresarnos.  </p>
<p>*Mirta Alicia Gisondi. mirtagisondi@hotmail.com</p>
<p>*</p>
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		</item>
		<item>
		<title>TAN LEJOS Y ESCRIBIENDO PALABRAS EN EL VIENTO&#8230;</title>
		<link>http://blogsdelagente.com/inventivasocial/2012/01/09/tan-lejos-y-escribiendo-palabras-en-el-viento/</link>
		<comments>http://blogsdelagente.com/inventivasocial/2012/01/09/tan-lejos-y-escribiendo-palabras-en-el-viento/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 22:23:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[El Relojero Mayor*
Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier variación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Relojero Mayor*</p>
<p>Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier variación en el horario. A fin y al cabo todo el mundo se regía por la hora que daba mi reloj. Jamás se adelantó ni retraso un solo segundo en todo este tiempo.</p>
<p>Cuando me anunciaron una jubilación anticipada, el mundo se hundió bajo mis pies ¿acaso no había cumplido mi cometido? ¿No había sido eficiente y fiel? ¿Treinta y seis años de dedicación absoluta no merecían otra recompensa que una jubilación inmediata?. La excusa del cambio de los tiempos y del ordenador que controlaría la hora con &#8220;más rigor y seguridad&#8221; fue el detonante.</p>
<p>El último día de trabajo, empujado por la sed de venganza, adelanté el reloj una hora creando una cadena de despropósitos increíbles. La bolsa cerró antes con millones de operaciones a medias, los trenes llegaron antes de hora, las bodas se suspendieron, los juzgados no pudieron acabar sus juicios, los colegios dejaron los niños en la calle&#8230; El caos.</p>
<p>Con una sonrisa malévola cerré, por última vez,  la portalada del Big Ben y me fui a casa. Ahora solamente me quedaba acabar de pasar el resto de mi vida con mi mujer, que pacientemente, se había sacrificado como yo en la exactitud de los horarios durante toda una vida. Cuando abrí la puerta alcance a oír al vecino de al lado que decía desde mi habitación. &#8220;Diana, ven rápido que sólo nos queda una hora&#8221;</p>
<p>*De Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>TAN LEJOS Y ESCRIBIENDO PALABRAS EN EL VIENTO&#8230;</p>
<p> </p>
<p>PALABRAS EN EL VIENTO*<br />
 </p>
<p>Con este correo saludo al Lic. Eduardo Coiro , a los colaboradores de la Revista , a sus lectores , a los pájaros exiliados.</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>“No digas que no sé atrapar el viento y tú en la distancia,<br />
alguien vino y violó la cerradura.”<br />
CRISTINA LARCO<br />
 </p>
<p>No, no  me escribas palabras en el viento.<br />
Se convierten en cuervos.<br />
Picotean si piedad mis intensos girasoles.<br />
Luego dices que no se atraparlas.<br />
 </p>
<p>A veces se transforman en noche.<br />
Descienden por mis hombros.<br />
Mueren en la curva de mi espalda.<br />
Luego me dices que mi nombre es Edith.<br />
 </p>
<p>No escribas palabras en el viento.<br />
El viento es un tristísimo extranjero.<br />
No me condenes a ser mujer de sal.<br />
A ser ángel de arena.<br />
 </p>
<p>Borra la fecha, el lugar, la hora.<br />
Quita a septiembre de tu calendario.<br />
Sé, una vez más, mi casa.<br />
Mi puente derribado, mi lirio blanco.<br />
 </p>
<p>No digas que mi puerta está cerrada.<br />
“No digas que no sé atrapar el viento”<br />
La puerta de  mi alcoba abierta está.<br />
El aliento del viento, tan cercano.<br />
Tan ardiente , tan ebrio , tan febril.<br />
Y tú, tan lejos.<br />
Tan lejos y escribiendo palabras en el viento.</p>
<p>*</p>
<p> <br />
LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ</p>
<p>Habla la morada de su sombra*</p>
<p> <br />
*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p>
<p>Distinguida en tres oportunidades con la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores, obtuvo el premio ”Platero”, otorgado por la UN, Ginebra, Suiza.”Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo”. En algún lugar del cemento, llámese como guste, hay quienes vivieron con la puerta cerrada mucho tiempo, el viento, la lluvia, el sol, algún pájaro, curiosearon. La literatura de Emilse Zorzut parece hablar de un desatar y desatarse, aunque no haya certezas de esto.<br />
Una importante pluma cuyos valores han trascendido las fronteras y su trabajo es material que habita distintas geografías y el cual ella accede explicar.<br />
Una profesional que enlaza mundos y los cuenta como cuentas de un rosario que se desliza en la memoria. Veamos cuanto es posible compartir de su historia que es además parte del presente.</p>
<p>–¿Quién es Emilse, cuál es su pasado y cómo influyó en el presente?</p>
<p>–¿Quién soy? Bueno, nací en la localidad de Tolosa, Ciudad de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires. Mis abuelos paternos fueron oriundos de Austría y los maternos de las regiones vascas españolas. Una combinación algo especial. Un recuerdo de mi niñez es cuando me columpiaba en la hamaca construida por mi padre mientras miraba aparecer las estrellas al caer la tarde.<br />
Escribí mi primera poesía a los 11 años y fue una mala experiencia porque mi maestra no creyó que era de mi autoría. Con el tiempo, me di cuenta que no debía haber sido tan mala. Comencé a trabajar a los 16 como secretaria privada de la presidenta de una institución que ayudaba a enfermos incurables para luego pasar a un comercio y terminar, obteniendo por concurso, un puesto en la administración pública.<br />
Pero mi sueño era ser periodista, por lo que me inscribí en la car r e ra que se dictaba en el Círculo de Periodistas de La Plata, pero c u a n d o cursaba las cuatro última s materias en la Facultad de Humanidades, por razones políticas, cerraron la escuela y bueno, nuevamente a buscar otro rumbo que terminó en la Facultad de Humanidades donde me recibí de Psicóloga Clínica.</p>
<p>–¿Cómo te formaste profesionalmente y dónde? ¿Tu carrera te permite trasladar información a la literatura, cuando se produce el cruce?</p>
<p>–Pertenecí a la primera promoción de esa carrera, aunque de todos modos mi vocación por la literatura seguía en pie y nunca abandoné mi inclinación hacia la poesía.<br />
Mi carrera, el importante aporte que me dio, fue el conocimiento a fondo de la naturaleza humana que me permitió crear mis personajes cuando comencé a incursionar en cuento y novela.</p>
<p>–Publicaste varias cosas, sobre todo en papel ¿Podrías mencionar tu obra completa?</p>
<p>–Mis obras publicadas en papel son: Sobre mundos abismales –Poesía– (1990) compartido con la escritora Marta Beatriz Multini; Al compás de la ronda –Cuentos– (1995); Morada de los cuatro vientos –Prosa Poética– (2000); Morada de mi sombra –Poesía– (2001), con el cual obtuve el Premio Platero 2000 de Naciones las Unidas en Ginebra, Suiza; Caleidoscopio –Poesía Haiku– (2003) con el cual participé en un intercambio cultural Argentino- Cubano; Síndrome X – Cuentos – (2006); Moradas, una recopilación de ocho poemarios cuyos títulos comienzan con la palabra Morada (2010). También tengo publicaciones en Antologías nacionales e internacionales.<br />
Colaboro con revisas literarias de Argentina, América y Europa. Además, publico en diversos sitios web. Con la escritora Marta Beatriz Multini incursionamos en guiones de cine y TV que están a la búsqueda de algún director que quiera llevarnos al cine.</p>
<p>– ¿ Cuáles son tus referentes literarios?</p>
<p>–En poesía fueron Lao Tse y Basho, por mi acercamiento a la poesía oriental. En nuestra lengua, Neruda y Alfonsina Storni son mis predilectos. En prosa decididamente Cortázar, porque su sola lectura me devuelve a las musas cuando éstas se adormecen.</p>
<p>–¿Qué es para vos la literatura, qué te provoca?</p>
<p>–Es la supervivencia del alma, y a través de ella canalizo sueños e ideales que me permiten sobrevivir en un mundo gris.</p>
<p>¿Estás trabajando en algo en este momento?</p>
<p>–Con la escritora Marta B. Multini estamos incursionando en guiones de cine y TV. Por mi parte estoy encarando el género novela.</p>
<p>Tres preguntas delirantes que sólo una autora con musas despabiladas puede responder:</p>
<p>–¿El sol tarda en salir en una época del año porque se siente avergonzado?</p>
<p>–Creo que el sol prefiere la noche para no ver lo que sucede en la tierra y que no puede modificar.</p>
<p>–¿Las marcas del tiempo, son heridas, cicatrices, espejos indeseados o qué?</p>
<p>–Las marcas del tiempo son enseñanzas que se deben capitalizar para lograr que el mundo interno sea una fuente de paz y goce de vida, una tarea que muchas veces nos cuesta asumir.</p>
<p>–¿Dios, el que elijas, puede ser olvidadizo?</p>
<p>–No creo que Dios sea olvidadizo, creo que recuerda para qué nos creó, tal vez lo hayamos decepcionado. Debe estar esperando que en algún momento cumplamos nuestra parte.</p>
<p>*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 30/12/11  http://www.launion.com.ar/?p=76595</p>
<p>Carta por un nuevo año*<br />
 </p>
<p>Estás allá,<br />
lejana,<br />
viviendo la ilusión tan bien soñada,<br />
cargando a un Santa Claus,<br />
cubriendo con guirnalda palma ajena.<br />
 Así eres feliz, a tu manera.                           <br />
                                   Yo sigo aquí,                                                   <br />
renuente,<br />
viviendo realidad,<br />
soñando un poco;<br />
encendiendo velas fuera de los altares,<br />
esperando cualquier día pájaros negros,<br />
cargando con flecha la ballesta.<br />
Es cierto, cada cual es feliz a su manera.<br />
 </p>
<p>*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu<br />
-Tomado del poemario “Fantasmas de Quijote” (2006)</p>
<p>Volver a casa*</p>
<p>*Por Juan Forn</p>
<p>Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche<br />
en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida:<br />
&#8220;¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?&#8221; (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí<br />
(¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).<br />
Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta<br />
vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer.<br />
Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede &#8220;leer&#8221; un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la<br />
palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.<br />
&#8220;Esa historia es más para vos que para mí&#8221;, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos.<br />
Hull dice que de a poco empezó a &#8220;oír&#8221; los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto<br />
toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para &#8220;leer&#8221; las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.<br />
El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de &#8220;leer&#8221; al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, &#8220;rodeando&#8221; nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi<br />
madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor<br />
canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: &#8220;¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí&#8221;.<br />
Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: &#8220;El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown&#8221;. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas<br />
hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.<br />
Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184432-2011-12-30.html</p>
<p>Habitaciones*</p>
<p>Habitaciones que se bifurcan,<br />
que se multiplican y no terminan.<br />
Que son distintas y son todas la misma.</p>
<p>Pasillos que no conducen ni extravían.</p>
<p>Helados muros que devuelven, indiferentes,<br />
el eco angustiado de mi voz que te llama.</p>
<p>Y en el medio de todo<br />
mis pasos, quietos, sin destino,<br />
mi alma yacente, precipitada<br />
en el abismo de tu ausencia.</p>
<p>-De Destierro</p>
<p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />
http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop</p>
<p>LA FORMA MÁS CRUDA DE LA SOLEDAD*</p>
<p> Lo cuenta Marabú, el joven de Senegal que vende relojes y cadenitas cargando con su valija por la ciudad.<br />
Dice que entro en un bar casi desierto y que un hombre de barba candado lo invito a sentarse hablando en francés. Marabú habla francés y wólof. Apenas comprende lo elemental del español.<br />
Le preguntó si había comido. Marabú, no tuvo vergüenza: le dijo que desde la mañana no había probado un bocado.<br />
El hombre de la barba candado llamó al mozo, pidió un sanguche y una gaseosa para Marabú.<br />
Y un café cortado para él.<br />
Antonio, el mozo, avisó que ese día el bar cerraba temprano por ser fin de año.<br />
El hombre, inmutable esperó que Marabú comiera tranquilo.</p>
<p>Mientras, se largo a monologar sobre la posibilidad de hablar y ser escuchado:</p>
<p>-Todos los años vengo a sentarme en esta mesa a la misma hora. No tengo respuestas. Sólo una profunda angustia.<br />
-Entendeme Marabú: -Puedo hablar, pero no puedo expresarme con las palabras.<br />
(&#8230;.) y las palabras que tengo no pueden darle forma a lo que siento, a lo que me pasa.<br />
(&#8230;) más de 53 años y no aprendí a liberar mi voz.</p>
<p>A veces pienso que es aun mucho peor.<br />
Que no solo las palabras que dispongo no pueden expresar mis sentimientos, sino que además no están las personas adecuadas para escucharme.</p>
<p>Después el hombre quedó en silencio, siguió hundido en pensamientos que surgieron desde una historia imposible de imaginar para Marabú, que luego de una media hora se despidió agradeciendo el gesto.</p>
<p>-Que tengas un feliz año nuevo, le dijo el hombre de la barba candado.</p>
<p>-Pensé: Es posible que esta sea una de las formas más crudas de la soledad.</p>
<p>*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar</p>
<p>Los puentes*</p>
<p>De los puentes enterrados<br />
sólo asoma<br />
un herrumbre inmemorial.<br />
Los visitadores se preguntan<br />
por una ciudad sin transbordo<br />
sin pasarelas<br />
ni emociones<br />
ni encuentros.<br />
Ruidos ferrosos responden<br />
desde el centro de la arcilla herida<br />
con voces<br />
de viejas estaciones de sembraduras.<br />
Pero el intercambio no se produce.<br />
Las terceras personas<br />
intuyen que el subsuelo oculta algo<br />
tal vez<br />
un pasado que no conocieron.</p>
<p>Soterrado el pasado pontonero<br />
de la memoria<br />
las manos muertas de la piel<br />
lograron<br />
despoblar el vínculo<br />
olvidado.</p>
<p>*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com<br />
Buenos Aires &#8211; Argentina<br />
www.teoriasyalboroto.blogspot.com</p>
<p>Correo:</p>
<p>A mis compañeras y compañeros de sueños*</p>
<p>*Por Nechi Dorado.  nechi.dorado@gmail.com</p>
<p>(Mi deseo se extiende a mis compañeras y compañeros no sólo en  “mi patria” sino también en las patrias hermanas)</p>
<p>Este año que termina dejó cosas.<br />
Dejó huellas, heridas, alegrías, tristezas y esperanza.<br />
Dejó las  huellas  de los seres a los que pude tener cerca y se convirtieron en inolvidables, imprescindibles ¡Tan necesarios que deseo tener cerca para siempre! Y los atrapo en el alma, me vuelvo ¿”carcelera”? de amores y de afectos.<br />
Dejó heridas, esas que aparecen de pronto pero que con el tiempo se convierten en cicatrices que habrán de recordarme siempre el dolor pasado. También recordarán que pude superarlo y eso es lo maravilloso.<br />
Dejó alegrías por toda la gente hermosa que fui recogiendo en el camino, por su ternura y apoyo. Por estar y por ser.<br />
Dejó tristezas porque algunos se fueron a destiempo ¡Vaya a saber por qué cosas que algunos llaman destino! Son los que se van pero nunca del todo. Simplemente pasan a engrosar el arcón de los recuerdos más lindos y quedan allí dando vueltas sin encontrar la puerta de salida.<br />
Otros se fueron para siempre, algunos porque cumplieron su etapa y hubo de los que  partieron a destiempo, apresurados. ¡Vaya a saber, también, qué cosa cruel es la que decide cuando debemos irnos…!<br />
Y no faltaron los que fueron arrancados, de prepo, sin lógica y sin excusa valedera.<br />
¡Eran los insolentes, esos y esas a los que se les ocurrió soñar con otro mundo que es posible pero no les gusta a muchos!<br />
A los adoradores de la muerte, sobre todo, que no aceptan que subviertan el esquema establecido aunque aniquile, aunque desangre, viole o torture.<br />
El recuerdo tiene la propiedad de permitirnos dibujar sonrisas allí donde quedó una mueca.<br />
El recuerdo hace que la muerte sufra su peor derrota.<br />
Y el abandono también.<br />
A todos esos seres que viven en mi corazón y seguirán latiendo hasta mi último respiro les digo GRACIAS.<br />
A los otros también les digo gracias porque lograron de mí alguien más fuerte, totalmente convencida de que el camino elegido ha sido el que quiero y debo seguir transitando…<br />
A todos y a todas mi deseo de un 2012 lleno de felicidad, de memoria para que no se vuelvan a repetir los errores, de compromiso para que el mundo alcance lo que no debió perder nunca: la JUSTICIA, la LIBERTAD, los CODIGOS hoy suplantados por algunos que vienen en “barras”.<br />
Por un 2012 justo nos corresponde la tarea impostergable de despertar conciencias anquilosadas, repudiar lo imperdonable y sobre todo mantener viva la esperanza.<br />
Esa que también nos deja el año que ya se aleja y nos toca acunar entre canciones de amor y resistencia…</p>
<p>*Nechi Dorado<br />
 Argentina</p>
<p>*</p>
<p>¡Hasta siempre, 2011!</p>
<p>Brindemos por los Indignados,<br />
occupy&#8217;s, manifestantes;<br />
por los asesinados en cada plaza de la Libertad,<br />
cada guerra imperialista,<br />
cada tierra usurpada y río seco;<br />
por todas las víctimas invisibles<br />
y por las derribadas a flor de tierra y de llanto:<br />
vidas sangradas, sangre sagrada.</p>
<p>¡Bienvenido, 2012!</p>
<p>¡Brindemos por los triunfantes<br />
que derrocaron dictaduras,<br />
que defendieron derechos,<br />
que encarcelaron a asesinos,<br />
que conquistaron libertades!</p>
<p>¡Salud, amor, coraje, conciencia<br />
y tiempo para hacerlos realidad!</p>
<p>*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
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		<item>
		<title>EDICIÓN DICIEMBRE 2011</title>
		<link>http://blogsdelagente.com/inventivasocial/2011/12/13/edicion-diciembre-2011/</link>
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		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 10:44:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy me levanté con el día equivocado*
Mi pie izquierdo giró derecho
Recibí un ramo de rosas amarillas
Me reí de mis defectos
Canté con vos palpitante una melodía original
Me tire de la cornisa en parapente
No leí las noticias negras de los diarios
Las alas de mi sonrisa desplegaron
en golondrinas de corales
Me duché con el agua bendita
de los grandes maestros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy me levanté con el día equivocado*</p>
<p>Mi pie izquierdo giró derecho<br />
Recibí un ramo de rosas amarillas<br />
Me reí de mis defectos<br />
Canté con vos palpitante una melodía original<br />
Me tire de la cornisa en parapente<br />
No leí las noticias negras de los diarios<br />
Las alas de mi sonrisa desplegaron<br />
en golondrinas de corales</p>
<p>Me duché con el agua bendita<br />
de los grandes maestros de la filosofía</p>
<p>El olfato de los perros me acercó<br />
a la tibieza de su intuición</p>
<p>Probé el néctar de las nubes<br />
Y  nadé por las cataratas del regocijo</p>
<p>No repasé en lo que dirán de mí<br />
Ni detallé cuanta plata tenía en los bolsillos<br />
Renuncié al candado de mis emociones<br />
y camine por la playa sin un sostén prensado</p>
<p>Buceé por los mares del tiempo sin jadear<br />
y presumí en los abrazos de mi abuela…</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com<br />
7/12/11</p>
<p>FOGATAS DE OCTUBRE*<br />
 <br />
 <br />
“(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.<br />
CESARE PAVESE<br />
 </p>
<p>Y era octubre.<br />
No se quien fue la yesca y quien el pajonal.<br />
 A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce<br />
Nos reconoce y pronuncia  nuestros  nombres.<br />
En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.<br />
No, no era la primera fogata.<br />
Pero si embargo, fue la única.<br />
Única raíz, bengalas en el cielo.<br />
Encendieron las noches y los dedos.<br />
Y fuimos bocas, manos y señales.<br />
 </p>
<p>Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.<br />
Y bebías el fuego de mi frente.<br />
Y yo, toda yo, era fuente y origen.<br />
Apenas cabías en mis manos.<br />
Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.<br />
Y te hacía un lugar en mi lecho.<br />
Castamente, como un niño de otoño.<br />
Encendías luciérnagas en desgarradas noches.<br />
Y  éramos una oración, un mantra.<br />
Una gloriosa soledad compartida.<br />
Y era octubre.<br />
 </p>
<p>Y soplamos en azul adversos vientos.<br />
Médanos, goteras en el techo.<br />
Ahora las manos están frías.<br />
Y me pregunto si acaso ronda el miedo.<br />
Y el olvido, y la muerte y la vida.<br />
Escucha, son las fogatas y es octubre. <br />
Y hay un memorial que riega nuestra sangre.<br />
Y en mis pechos, vírgenes de ti.<br />
Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.<br />
 </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>AQUELLOS ABUELOS*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar<br />
                                                                              </p>
<p>   A Miguel Fredi<br />
 <br />
      <br />
     Mi abuelo –cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? –Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo  para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.<br />
            Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía  a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.<br />
            En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque  lo vi en otros inmigrantes: todos  tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se  sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.<br />
            Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes,  como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.<br />
            Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta  del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.<br />
            Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.<br />
            -Te creés que yo no escuchaba desde aquí “al acordeón del vicio” –le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.<br />
            A él, a  Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no  muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.<br />
            Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.<br />
            Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos  por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.<br />
 </p>
<p> HEREDARÁS MIS ÓRDENES*</p>
<p>Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.<br />
Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.<br />
Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.<br />
Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la  exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea  de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.<br />
Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.<br />
- ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.<br />
No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra  por miedo a que ella apareciera.<br />
Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario.<br />
Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.<br />
Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.<br />
La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.<br />
Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.<br />
Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó  esa cláusula.<br />
- Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.<br />
- ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? – preguntó Lucy, la esposa de Mario.<br />
- Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.<br />
- Eso lo vamos a discutir después – insistió Lucy.<br />
- ¿Por qué no se callan? – alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.<br />
Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.<br />
- ¿Hacemos lo que pide? – logró articular después de algunas vacilaciones. – No sé&#8230; me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!<br />
Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.<br />
Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.<br />
Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.<br />
 <br />
                       </p>
<p>*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar<br />
 -Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES – CEN EDICIONES 2011</p>
<p>LA FELICIDAD COMO DEBER*</p>
<p>    </p>
<p>Tenemos, dicen, el deber de ser felices.<br />
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad<br />
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.<br />
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.<br />
     Debemos ser felices.<br />
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.<br />
     Tenemos el deber de ser felices.<br />
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.<br />
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento<br />
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.<br />
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.<br />
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.<br />
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.<br />
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.<br />
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.<br />
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.<br />
     En &#8220;El Zoo de cristal&#8221; Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un<br />
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.<br />
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.<br />
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.</p>
<p> <br />
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>Cansancio*</p>
<p> <br />
Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta.<br />
En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así.<br />
Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.</p>
<p>De Prosas breves<br />
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />
http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop</p>
<p>EL VIEJO TREN*</p>
<p>            <br />
Saludo a Count Basie<br />
               y Carl Sandburg</p>
<p>Por estas mismas vías<br />
pasaba el viejo tren.</p>
<p>Desde las brumosas factorías<br />
los obreros lo saludaban</p>
<p>como a una aparición de lo lejano<br />
con los sueños y los ojos.</p>
<p>Por estas mismas vías,<br />
atravesando barriadas</p>
<p>somnolientas y alambradas,<br />
pasaba el viejo tren</p>
<p>echando densas bocanadas<br />
contra el cielo</p>
<p>como un duende<br />
que va rasgando el silencio</p>
<p>con un eco dolido<br />
de trombón y clarinete.</p>
<p>Por estas mismas vías,<br />
poco antes del amanecer,</p>
<p>pasó como una estrella<br />
repentina,</p>
<p>pañuelo de gasa al cuello,<br />
ancho sombrero</p>
<p>y barbilla siempre levantada,<br />
la bella Chick Lorimer,</p>
<p>con una pequeña maleta,<br />
un perfume, un libro,</p>
<p>y como una exhalación<br />
de lo innombrable.</p>
<p>Por estas mismas vías<br />
pasaba el viejo tren.<br />
                   </p>
<p>*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar<br />
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.</p>
<p> Desangrándose*</p>
<p>Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: &#8220;¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!&#8221;</p>
<p>*De Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>Antes de Navidad*</p>
<p>Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.<br />
El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.</p>
<p>He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.<br />
Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.<br />
Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.</p>
<p>Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.<br />
Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.</p>
<p>No se quedo quieta.<br />
Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.</p>
<p>Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.<br />
Y había risas.<br />
-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.</p>
<p>Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:</p>
<p>&#8220;BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA&#8221;<br />
Con letra más chica, había agregado: &#8220;Urgente, si es posible antes de Navidad&#8221;</p>
<p>*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com</p>
<p>CUENTOS DE LA REALIDAD<br />
 </p>
<p>Milagro en &#8230; el Muñíz &#8230;*<br />
 </p>
<p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p>
<p>Hay que moler los sueños.<br />
La gente no debe pensar.<br />
¿En realidad, la gente piensa?<br />
El ejercicio de pensar alucina.<br />
¿Y que es alucinar?<br />
 <br />
Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer “que todos se han ido”. Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.<br />
 <br />
- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge – ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.<br />
- ¿Que Jorge? – atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.<br />
- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? –<br />
-  Ah&#8230; es cierto -, me disculpé.<br />
- ¿Y como está? – quise reparar.<br />
- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios – agregó sin mirarme.<br />
 <br />
Estábamos en una mesa externa de “La Sextana” de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada “extra large”. Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.<br />
 <br />
- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución – informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.<br />
 <br />
La combinación “franquera” de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el “tacle” de cuatro chicos que “piden” en ventanilla. Una adulta, a la izquierda “de su imagen”, vigilaba el desempeño de “los recaudadores”.<br />
Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.<br />
Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.<br />
 <br />
Banfield luce, todavía, “fronteras abiertas”. Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?,  si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.<br />
 <br />
Accedimos a la plataforma y el “balita” blanco y verde, propios colores banfileños,  llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?&#8230;  por la intermitencia  de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para “dejar entrar el sol”. Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.<br />
 <br />
Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.<br />
 <br />
Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir “soplando en el viento”.<br />
 <br />
Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por “los fierros”.<br />
 <br />
Dicen que “los fierros” los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman “territorio federal”; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.<br />
 <br />
La reactivación, en Lanús, está en marcha.<br />
 <br />
¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar  “el desierto de los tártaros”, con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.<br />
 <br />
La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del “master “.<br />
 <br />
La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.<br />
 <br />
Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos “para hacer el vagón” y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus “recitales” de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo “hacer la gala” en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.<br />
Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.<br />
 <br />
Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a  los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.<br />
 <br />
Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.<br />
 <br />
Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.<br />
 <br />
Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.<br />
A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.<br />
 <br />
- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -,  consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.<br />
 <br />
El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.<br />
 <br />
La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo<br />
bajar  la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo<br />
 <br />
- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que “los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares” -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.<br />
 <br />
- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su “paternidad responsable” y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal – La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.<br />
 <br />
- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.<br />
 <br />
- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.</p>
<p>-Verano de 2005</p>
<p>UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*<br />
 <br />
    </p>
<p>Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.<br />
     &#8211; No te pongas nerviosa – le dije – que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.<br />
     Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos  comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.<br />
     Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.<br />
     “Con un poco de suerte – pensé – podes besuquear el cadáver del Papa.”<br />
     También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.<br />
     Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:<br />
     &#8211; Y… ¿tus cosas como van?<br />
     &#8211; Y… como siempre… &#8211; contesté, &#8211; igual.<br />
     Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.</p>
<p> </p>
<p>*De ELI RAF.</p>
<p>Todo en toda*</p>
<p>Me luce más con una flaca<br />
me luce más con una flaca no muy alta<br />
me luce más con una flaca no muy alta<br />
de enormes pechos</p>
<p>Aunque perderme todo yo<br />
en una toda enorme<br />
conlleva apabullante<br />
                                 vahído:</p>
<p>locura pasajera.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>*<br />
Inventren Próxima estación: Morea.</p>
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		<item>
		<title>LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 10:43:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[HEREDERA DE SILENCIOS*
 
Ella es la Heredera de todos los silencios.
La veo aun, con su vaso vacío,
Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha.
El verano pasa como un potro de fuego.
El insomnio la acecha. La vigila.
Esa vieja costumbre de llorar dormida.
 
Pensar que le gustaba caminar con la lluvia.
Ofrecer su rosa en destruidos desvanes.
Ahora solo tiene el silencio.
No habla. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>HEREDERA DE SILENCIOS*</p>
<p> <br />
Ella es la Heredera de todos los silencios.<br />
La veo aun, con su vaso vacío,<br />
Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha.<br />
El verano pasa como un potro de fuego.<br />
El insomnio la acecha. La vigila.<br />
Esa vieja costumbre de llorar dormida.<br />
 <br />
Pensar que le gustaba caminar con la lluvia.<br />
Ofrecer su rosa en destruidos desvanes.<br />
Ahora solo tiene el silencio.<br />
No habla. No le hablan.<br />
Solo las cucarachas murmuran.<br />
También los muertos, mas, no entiende el morado.</p>
<p>Y se va por los bares hasta que todos cierran.<br />
Y vuelve, y cuenta, uno a uno sus pasos.<br />
Y bebe. Bebe todos los silencios.<br />
Vacía lentamente la copa.<br />
Allí en el fondo una boca extranjera  habla.<br />
Tiernamente le habla… y la besa.<br />
 </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE&#8230;.</p>
<p>LA ABEJA DE MIGUEL HERNANDEZ*<br />
 <br />
        </p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>  En aquellas tardes lejanas de lo que se trataba era del silencio.<br />
El silencio supo escribir Miguel Hernández, que se paraba en el vuelo suspendido de una abeja.<br />
Era más que nada y sobre todo en los veranos, cuando íbamos por los callejones hacia aquellos numerosos espejos de agua que llamabamos cañadas: del bajo Vollenweider, de Compañy, del Noventa o el Veintidós ya en el campo Maldonado, o la más grande y casi mítica laguna de Insaurralde que en verdad  conocí hace cuatro o cinco años pero de la que oí hablar toda mi vida.<br />
 Del silencio de las siestas en los veranos del campo ya me hablaba mi padre cuando en su relato entraba ese callejón lejano más allá de Burki que nunca conocí y su paso breve y cansino con “el alambre” como llamaba a las boleadoras donde le ponía un par de puntas de plomo y en sus manos y en la de hermanos<br />
–es decir mis tíos- llegaban a ser muy peligrosas.<br />
De ese tiempo recuerdo sus palabras que siempre me hablaban del silencio del campo, que nunca es silencio porque si uno sabe escuchar puede sentir zumbar ese abejorro que a él lo perseguía por kilómetros, porque pienso  -ahora que él no está- que yo heredé ese zumbido y también lo recuerdo taladrando imperceptible, mis oídos. Es como decir que a mí no me bastan mis recuerdos sino que rememoro sobre el relato de los otros, en este caso mi padre, que era un gran narrador oral y tenía una minuciosa memoria que como una máquina podía poner a funcionar en cualquier momento que estuviese de buen humor, porque a veces pasaba días enteros sumido en una hosquedad cuyo origen se llevó a la tumba porque a nosotros nunca nos dejó entrar allí. Ni a mi madre, por caso, que tenía más derecho que nosotros.<br />
Nosotros, digo ahora, la barrita que formábamos mis amigos y yo, cuando hacíamos las incursiones a los cañadones tratábamos de no alejarnos mucho. Pocas veces hacia el camino al Matadero nuevo, nunca por el del Beto Delmaschio o el de Vollenweider. En general tomábamos el camino a Maldonado pero no pasábamos de la tapera del ruso Bay, justo enfrente de la cañada de Compañy. Muy de vez en cuando iniciábamos el trote parejo  por el Camino del Diablo, como quien dice Paco Aguiar, Ramón Camiscia, la familia Zampelungue o el puesto de los Pichio. Pero nosotros nos dábamos por hechos con incursionar por ese camino cuya primer parada era la tapera de Bay donde intentábamos matar esas huidizas iguanas, o las lagartijas eléctricas con nuestra temibles gomeras arrojadoras de recortes de acero o piedras distraídas de una obra en construcción o en su defecto algunos proyectiles que hacíamos con un pedazo de ladrillo, luego de romper pacientemente con el martillo.<br />
A ese camino que nosotros llamábamos el de Maldonado porque por allí se iba a la estancia del mismo nombre, o simplemente “a la tapera de Bay” y que las generaciones actuales bautizaron “El camino de los Tamariscos”, porque el ruso Bay había plantado algunos de estos árboles, que nosotros vimos jóvenes pero hoy se ven desde la ruta como un pequeño montecito, que ya tendré que inspeccionar desde más cerca porque el recuerdo que tengo de esa casa es su techo derruido y las paredes con agujeros por donde salían y entraban las alimañas a refugiarse allí de nuestras depredaciones. No he querido volver allí porque temo que ese lugar se haya agrandado en el recuerdo y no valga la pena confrontar con la agigantada memoria.<br />
 De los veranos también recuerdo cuando a don Manuel Gómez, que tenía un gallito de veleta en el techo, se le escapaba el canario y toda la pibada del barrio le ayudábamos a cazarlo. Corríamos con unos precarios baldes de lata llenos de agua. Nunca supe por qué había que tirarles agua a los canarios. ¿Para inmovilizarlos, tal vez?  Es lo que recuerdo. También que era muy raro que se nos escapara aunque tuviéramos que treparnos a ese inmenso eucalipto con hojas plateadas que llamábamos “medicinal” porque todo el barrio iba a pedirle ramas que nuestras madres hervían y nos hacía aspirar ese vaho para curarnos los resfríos.<br />
Hace poco lo mataron. Lo tiraron abajo. Algunos de los que éramos chicos entonces fuimos a pedir alguna rama para guardar como recuerdo.<br />
Por esas cosas maravillosamente raras de este oficio, noto que hoy puedo relacionar el silencio que el abejorro de mi padre quebraba como un vidrio inmenso y frágil, y el propio silencio en nuestras andanzas por el campo que recuerdo y la abeja detenida  del poema de Miguel Hernández que es todo silencio y todo poesía y hoy domina sobre todos los recuerdos.</p>
<p>                                                                              </p>
<p>  RETAZOS DE LLUVIA*<br />
 <br />
 </p>
<p>I<br />
 </p>
<p>El día se transforma<br />
en la espera de la noche<br />
porque allí soy dueña<br />
de todos mis espacios.<br />
Y vuelo, me sumerjo<br />
en vaivenes utópicos<br />
y nada me reprime.<br />
nada me desborda.<br />
Soy libre en mis sueños,<br />
nadie vomita críticas<br />
y tengo el universo entero<br />
dentro de mis permisos<br />
porque abro todas las ventanas<br />
y dejo entrar al universo&#8230;<br />
Soy dueña de la magia<br />
de copiar los pentagramas<br />
que entre estrellas y astros<br />
se forman en el cielo.</p>
<p> <br />
 <br />
II</p>
<p>Busco en mis recuerdos<br />
las estampas perdidas<br />
en el tiempo<br />
y te veo, Nodriza, sin palabras<br />
ofrecerme ternura<br />
sólo con gestos.<br />
Recibo el sol en mi piel<br />
hecho caricia<br />
sin lastimarme,<br />
resbalando como la lluvia<br />
cuando sola caminaba<br />
por mi senda.<br />
Siempre me veo sola<br />
transitando la vida<br />
pero aún no arribé<br />
a mi mágico puerto.<br />
 </p>
<p>III</p>
<p>Dialogo con fantasmas<br />
que habitan el mundo del después.<br />
Son en mis horas<br />
perlas engarzadas a lo lejos.<br />
Busco sus sonrisas<br />
y me visto de alegría con sus guiños.<br />
Puedo llegar a verte,<br />
dulce Ama, que vuelves a escucharme<br />
y me contagias tu fuerza<br />
para seguir caminando<br />
aún en soledad.</p>
<p> <br />
 <br />
 <br />
IV<br />
 </p>
<p>Ama, mi piel es mármol<br />
aterido de frío.<br />
He quedado huérfana de caricias<br />
expuesta al exterminio,<br />
abandonada en mi alcoba<br />
donde los leños que ardían<br />
se extinguieron.<br />
Tanteo sombras como recuerdos<br />
tan lejanos que se evaporan<br />
sin servir de consuelo.<br />
Se que me esperas, Ama,<br />
con la cena caliente,<br />
con el abrazo tibio<br />
y con esa sonrisa de aceptación<br />
que me elevaba a reina.</p>
<p> <br />
 <br />
V<br />
 </p>
<p>Ya no hay golondrinas<br />
que anuncien primaveras,<br />
sus rutas fueron borradas<br />
con prodigioso esmero;<br />
no sé si fue el sol<br />
que confundió sus turnos<br />
o el sello del hombre<br />
que entrelazó los vientos<br />
o las sendas del aire<br />
que fueron tapiadas<br />
para confundirnos<br />
y alterar los tiempos.<br />
Perdimos las golondrinas,<br />
las primaveras se anularon,<br />
el último adiós se enfrió<br />
dentro del reloj de arena.</p>
<p> <br />
 <br />
VI<br />
 </p>
<p>Intento perdonarme<br />
por mi torrente de ira<br />
que sale por mi piel<br />
como avalancha<br />
sin cordura ni –paz.<br />
Intento serenar mi espíritu,<br />
cantarle nanas al alma<br />
para que dormite<br />
sobre lecho de plumas<br />
y sin dolor.<br />
Intento reprimir lágrimas<br />
que forman ríos de impotencia<br />
y se lanzan ladera abajo<br />
derribando obstáculos<br />
sin matar al mal.<br />
Intento&#8230; sólo intento<br />
y culmino desprovista<br />
de las ilusiones mágicas<br />
que en mi mente crecían<br />
para poder luchar.</p>
<p> <br />
*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>Recuerdo*</p>
<p> <br />
Que cuando nació mi chiquilín, a la hora del atardecer comenzaba a llorar y no se calmaba. Un día una amiga al comentarle mi preocupación me dijo que los bebes lloraban en ese tiempo  porque era las hora de las brujas. Conforme me quedé con esa explicación y  a través de mi experiencia pude consolarlo y quedarme más tranquila.</p>
<p>La hora de las brujas es un momento por el que he pasado tantas veces… es un período de soledad y de reencuentro con uno mismo,  la cotidianeidad pesa.<br />
Es la confluencia de estar sintiendo que necesito de alguien con quien hablar, aunque sea con un ser que ya no está aquí, sino lejos muy lejos. No es un momento grato,  en él persisten sensaciones de inquietud, de desamparo, de que las cosas no salen como un quisiera.<br />
Pueden aparecer ingredientes saborizados de reproches y culpas inscriptas en letras punzantes que taladran los por qué.</p>
<p>La otra tarde estaba compartiendo unos mates con otra compañera y de pronto empezó a relatarme que a esa hora, donde el sol comienza a caer sentía una sensación de querer estar en compañía, pues no soportaba el duelo. Su marido, un hermano del alma se ha ido al principio del verano. Ha sellado un hermoso recuerdo para ella: su esposa, su familia y todos los que lo sentimos como un verdadero caballero de la amistad.</p>
<p>La charla se interrumpió,  pero en mi quedó nadando nuevamente ese periodo de tiempo. En el que  se hunden el optimismo entre arenas movedizas  y la oscuridad del dolor derrama en lágrimas.  A veces hasta  no es posible suspirar por el ahogo de las perdidas y el corazón se halla comprimiendo sus latidos.<br />
Recuerdo que le dije que me llamara cuando se encontrara allí…<br />
Con un sentimiento de solidaridad y contención.</p>
<p>La hora de las brujas me ha tomado tantas veces a traición como en las más terribles películas de terror. Tan es así, que me ha convertido en una guerrera ante sus embates.<br />
En esos instantes de una insoportable levedad, he aprendido a combatirla. Y por qué no  a conquistarla o derrotarla.</p>
<p>Mi receta es muy dúctil y liviana, quizás a otros pueda servirle.</p>
<p>Comienzo a escribir guiada por la intuición, dejo que las palabras surjan sin renunciar a ninguna aunque parezca problemática o distante.<br />
Allí en ese cielo azulino de materiales inconclusos y fuertemente cargado de afectos, una pluma blanca recubre mis manos guiándolas para que vuelen los vocablos  hacia el horizonte. El viento  autoriza a unir las frases en grupos, el mar se lleva sensaciones cabalgando sobre sus orillas.<br />
El silencio se hace presente  en una vasija con agua fresca para beber en la pausa.</p>
<p>Y así fue trascurriendo  ese horario que de ser temido ha pasado a ser un compañero de plenitud.<br />
 La realidad de las letras, el lenguaje escrito se transforman en ideas cambiantes.<br />
En ese ciclo de la ambigüedad  el sol tiñe mis enunciados de un notable calor naranja.<br />
 Con una fuerza potente, mi figura  comienza a irradiar energía. Son las mismas palabras que ubicadas en otros sitios   rejuvenecen  mi silueta,  convierten ese instante inerte en un espacio para encontrarme frente a frente y ser azuladamente libre.-</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.</p>
<p>Paiva, voces entre rieles*</p>
<p>*Por Florencia Scholnik.</p>
<p>&#8220;En sí mismo, el tren no era gran cosa, no era más que una máquina. pero eso es lo genial. No era una máquina que hacía lo que mil hombres podrían hacer.<br />
Una máquina que hacía lo que nunca había existido. La máquina de lo imposible.&#8221;<br />
Alessandro Baricco, Tierras de Cristal</p>
<p>Laguna Paiva o simplemente Paiva, ubicada a 40 kilómetros de la capital santafecina, supo ser una ciudad esencialmente ferroviaria. La mayor parte de su población estuvo abocada a las tareas del ferrocarril, ya en la reparación de coches, ya en la fabricación de piezas o el cuidado de las vías, el mantenimiento de la estación.<br />
Laguna Paiva, también conocida como &#8220;Ciudad del Riel&#8221; se vio profundamente afectada por la privatización del Belgrano, cuyas vías la atravesaban como arterias, otorgándole trabajo e, incluso, una identidad. El cierre de los talleres, y el decaimiento hasta la desaparición casi total de la actividad,<br />
generó una situación de grave descomposición social.<br />
Paiva sufrió una devastación, lenta pero sostenida, demoledora. Trataré de reconstruir ese fenómeno a partir de relatos, de las voces de los protagonistas, que irán sumándose como piezas de un rompecabezas hasta permitirnos una panorámica del cataclismo, desde la perspectiva de la memoria colectiva. Podríamos pensar a Paiva como una comunidad imaginada en la cual sus miembros poseen olvidos y recuerdos comunes, elementos compartidos que les permiten  sentirse  partícipes de un todo mayor, y no de una ciudad destrozada por el ferrocarril.<br />
En las entrevistas realizadas a distintos miembros de la sociedad Paivense, empleados municipales, ex ferroviarios, sus esposas, comerciantes varios, hay ciertos temas que se repiten. El lugar del Estado como fuerza motora principal de la economía, la salud y educación; la definición del perfil ferroviario de la ciudad, la identidad y ciertos acontecimientos que funcionan como hitos memorables.<br />
En todas las entrevistas agrupadas bajo la constante del papel del Estado encontramos una fuerte concepción asociada con el Estado de tipo keynesiano.<br />
Para todos los entrevistados el Estado es el encargado de garantizar y representar las necesidades de sus habitantes: salud, educación, trabajo.</p>
<p>&#8220;Acá la gente empezaba a trabajar muy joven, de adolescente y estaba la escuela de Artes y Oficios que de ahí, iban directo a trabajar al ferrocarril&#8221;&#8230;  (Empleada Municipal)</p>
<p>&#8220;Empecé de aprendiz a los diecisiete, por unos convenios que había entre la que era, en ese entonces, la Comisión de Aprendizaje y Orientación Profesional, de la que dependían todas las escuelas &#8211; fábrica. Había un convenio por el que los quince mejores promedios, de acuerdo a las especialidades -había mecánicos, electricistas, carpinteros, algún herrero-, y entrábamos como aprendices. Hacíamos un ciclo de dos años de práctica en el taller, nos pagaban el sueldo de aprendices y luego rendíamos un examen<br />
y, si lo aprobábamos quedábamos como aprendices con curso terminado, fuera de dotación, a la espera de que fueran surgiendo vacantes. De ahí íbamos tomado las categorías de oficiales, especialistas, hacíamos la carrera&#8221;. (Ex trabajador ferroviario)</p>
<p>&#8220;Entonces yo salía del servicio militar y. ¿qué hacemos? dice papá. Mirá dice, si te podés conseguir un trabajo por ahí, porque para nosotros tres ahora, es mucho, y. entonces le digo voy a tratar de rendir para aspirante de conductor de vapor, de la máquina del ferrocarril, porque tenía un compañero que había ido a la escuela junto, y ya había entrado de aspirante, y había entrado de aspirante acá en Paiva y ganaba bien, entonces yo me entusiasmé&#8221; (Ex Ferroviario)</p>
<p>En El imperialismo etapa superior del capitalismo de Lenin se plantea claramente la afinidad entre capitalismo y ferrocarril &#8220;Los ferrocarriles son el resumen de las industrias capitalistas fundamentales, el carbón, el hierro y el acero; el resumen y el índice más notorio del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democráticoburguesa.&#8221;<br />
El interrogante se plantea cuando esta correspondencia entre el modo de producción y la máquina se distancian: ¿Dónde quedan y qué les queda a todos aquellos que supieron ser explotados?¿Cuál es la respuesta cuando aquella empresa, que el propio Lenin cataloga de opresora, abandona el juego?<br />
Nosotros como los habitantes de Paiva, la conocemos. Conocemos el destino de los ferrocarriles, de sus trabajadores, como así también la actitud que tomó el estado frente a ellos.</p>
<p>            De aquel Estado intervencionista, &#8220;entrometido&#8221; en la formación de mano de obra calificada fueron quedando sólo vestigios, debido a la lenta pero sostenida implementación de políticas liberales, a mediados de la década del 70 y neoliberales en los 90.<br />
&#8220;.porque hubo mucho, mucho intento de cerrar las puertas del ferrocarril acá, se venía y. de la época de. de Onganía por ahí, por ahí en el se. si. se venía se venía con intento de cerrar, y después a lo último lo vino a cerrar Menem. pero de anterior a Menem claro porque en esa huelga que. que fue ya. fue con gente. corrió hasta sangre porque hubo gente baliada. Y después ya (&#8230;..) volvieron a marchar los ferrocarriles, los trenes todo, como era. Pero después en el noventa vino, ahí vino ya. cerrojo<br />
por completo.&#8221; (Ex empleado del ferrocarril).</p>
<p>&#8220;. y en el setenta (laguna, bache, en general los entrevistados que nos tocaron, no han hablado de los 70), bueno, ahí, ahí, ahí se trabajaba en el setenta, en fin. se trabajaba. en el  ferrocarril, o sea acá en los<br />
talleres. trabajaban normalmente pero cuando llego ya. por allá en el. a fin de siglo, no cierto, el noventa, ahí ya se empezó. ir a menos hasta que después se cerró por completo, ahí no pasa nada, se cerró, esta como está hoy, esta. hoy está peor que aquella época porque. acá teníamos una planta de oxigeno que podía abastecer toda la provincia de Santa Fe, y queda nada más que los techos y las paredes. el transporte, el transporte, ¿cuánto más barato es el transporte por ferrocarril al del transporte por ruta? Hay mucha diferencia.&#8221; (Ex empleado del ferrocarril).</p>
<p>Con estos relatos comprendemos la devastación producida por las políticas de privatización llevadas a cabo lentamente en las últimas décadas del siglo XX, y expresadas en su máximo esplendor en la década del 90, en la que se las dotó de un discurso según el cual la idea de mayor productividad era, y sigue siendo, asociada a la menor contratación de fuerza de trabajo.<br />
Produciendo almas perdidas dentro del sistema laboral, en tanto invisibles en su condición de ser explotados.</p>
<p> &#8221;De pronto, familias que venían más o menos bien educando a sus hijos, de pronto estaban es esos Planes Trabajar, más bien humillados, porque estaban acostumbrados a poner su esfuerzo en el trabajo y cobrar su sueldo.  Todos esto fenómenos se notaron muchísimo&#8221;. (Ex trabajador ferroviario)</p>
<p>Espejismo y discurso. Los inadaptados.</p>
<p>En ese desplazamiento en el que los grandes capitales privados vienen a subrogar al Estado en el cumplimiento de sus cometidos, se instala una lógica perversa en donde los incompatibles son los hombres que no se reacomodan a las &#8220;nuevas&#8221; condiciones del mercado. El desarrollo económico en manos privadas sólo admite a quienes &#8220;se adaptan&#8221;; los que no están suficientemente preparados para la nueva modalidad, los irresponsables, no son las empresas, sino los individuos. &#8220;Es la relación capitalista la que<br />
sólo los trata [a los hombres] como portadores de funciones económicas y nada más. (.) tratar a los individuos como simples portadores de funciones económicas no carece de consecuencias para los individuos. (.) Tratar a los individuos como portadores de funciones intercambiables, equivale a (.)<br />
determinarlos, marcarlos de una manera irreductible en su carne y en su vida. &#8221;</p>
<p>&#8220;El 90%. nosotros hicimos el mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir, che, por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga nada que ver con el Estado por las dudas&#8221;.<br />
(Ex ferroviario)</p>
<p>&#8220;Pero creo que los responsables somos nosotros. Y me hago cargo. Nosotros que éramos los principales interesados en conservar esta fuente de trabajo no la supimos defender. No salimos a defenderlo&#8221;. (Ex empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;Acá [en el '91] no hubo huelga, porque, pareciera que todo el mundo [estaba] resignado de que las cosas tenían que ser así. Yo no sé si tanto nos metieron que los ferrocarriles una vez privatizados iba a ser una joya, y acá vemos en diez años o más de diez años, que siguen tan desastre o peor que cuando era estatal, y aparte pagaban lo mismo y mantenían mucha gente&#8221;&#8230;<br />
(Ex ferroviario)</p>
<p>&#8220;En el 93 o 94, lamentablemente se cerró.  Venían amenazando, porque ya en los 70 se decía que iba a cerrar y como esto es la razón de ser y la identidad, sobre todo de una población, no se puede creer que el único sostén de todo eso, la principal fuente de trabajo se cierre&#8230; no se puede creer, entonces nunca se creía&#8230; pero llegó en momento en que sucedió&#8221;. (Ex ferroviario)</p>
<p>El discurso predominante que homologaba lo estatal con lo inservible y desechable fue incorporado por los empleados del ferrocarril, en este caso, tal como se lo enunciaba desde el gobierno, esa famosa capacidad de resignificación se produce, tal como lo enuncia un ex trabajador a continuación, con el paso del tiempo:</p>
<p>&#8220;Creo que ha habido un lavado de cerebro, nos han metido eso de que la industria privada iba a ser mejor y que el ferrocarril no sirve, tiene déficit, que lo pagamos todos, que con ese déficit se podrían hacer tantos hospitales, etc. No sé si han estado en contacto con APDFA&#8221;&#8230; (Ex trabajador del ferrocarril)</p>
<p>&#8220;Acá en Paiva se absorbió todo el discurso de Argentina &#8216;primer mundo&#8217; la idea que a cada uno la indemnización era de 30.000 o 40.000 pesos-dólares. se imaginan que sensación de exitismo, de fantasía en la localidad. en Paiva no hubo resistencia en los 90 porque la resistencia la llevó adelante los<br />
grupos comunistas que son combativos por naturaleza y generaba en el resto de la población incertidumbre de decir: ¿Dónde estoy parado?&#8230;la sensación entonces se genera la cooperativa y s indemniza a todos los ferroviarios y el negocio automotor y el de electrodomésticos funcionaban a pleno y las indemnizaciones se licuaron en un año y el más visionario empezó a especular y se puso el traje de financiero haciendo depósitos&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>En lo referido a la capacidad del Estado de asistir a los desempleados, también dejó de ser conveniente.</p>
<p> &#8221;El ferrocarril tenía noventa mil empleados, que en cierto modo era una solución a la desocupación también, ¿no? Sí, a lo mejor, donde tenía que haber uno había dos pero, por lo menos, la gente trabajaba. Ahora es peor porque se tiene que pagar planes sociales, se llamen Jefes y jefas de hogar<br />
o Trabajar, y en muchos casos para no prestar ningún servicio&#8221;.  (Ex trabajador del ferrocarril)</p>
<p>Este quedarse huérfano de actividad laboral que sufrieron grandes grupos es vivido por los paivenses como una metamorfosis social en tanto surgimiento de figuras sociales nuevas y lamentablemente permanentes:</p>
<p>&#8220;Laguna Paiva quedó con todo ese tejido social que sostener, y también está el tejido que sostiene a las instituciones, que está conformado por gente desocupada, gente de los Planes Jefas de Hogar&#8221;. (Ama de casa)</p>
<p>&#8220;&#8230; se estaba perdiendo la dignidad de la gente, y a eso se le suma la falta de trabajo, los Planes Trabajar, las mujeres barriendo las calles&#8230; todo eso es una transformación muy grande, y acá en una ciudad chica se nota más, porque nos conocemos todos&#8221;. (Empleada municipal)</p>
<p>Además existen transformaciones en otros aspectos de la vida cotidiana, como puede ser en el plano familiar, la desarticulación entre la herencia de la profesión y el futuro laboral. En este sentido entra en escena la memoria generacional entendida como algo que abarca mucho más que la familia: &#8220;Es la<br />
conciencia de ser los continuadores de nuestros predecesores. (.) del peso de las generaciones anteriores es manifiesta en expresiones de fuerte carga identitaria&#8221;</p>
<p>&#8220;Todos  llevamos muy adentro al ferrocarril en Laguna Paiva porque se viene transmitiendo de generación en generación. En mi caso, mi padre fue ferroviario, mis hermanos han seguido el mismo camino. Y con la idea de que esto siga, que el día de mañana mis hijos, como los hijos de mis compañeros,<br />
también sigan este camino&#8221;. (Empleado del ferrocarril)</p>
<p>&#8220;Aparte, mi papá había sido ferroviario, no trabajó en los talleres porque era maquinista, pero tenía tíos, primos, parientes, vecinos que eran todos ferroviarios&#8221;. (Ex trabajador del ferroviario)</p>
<p>&#8220;Yo no llegué a trabajar en el ferrocarril porque soy joven. Mi viejo, mi abuelo, mis tíos ellos están jubilados y otros quedaron fuera, como mis tíos .ellos hacen changas. algunos tienen el Plan&#8221;. (Trabajador de la construcción)</p>
<p>El eje central que ocupa el trabajo como organizador de la sociedad, como constructor de valores y sentidos, es un factor que todos consideran fundamental a la hora de sentirse miembros de su comunidad. Esto queda evidenciado en las propias familias paivenses, para las que &#8220;el legado ferroviario&#8221; se vio quebrantado</p>
<p>&#8220;Lo que pasa es que hasta le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario mirá lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa&#8221;. (Trabajador de la construcción)</p>
<p>&#8220;Estimular a los chicos hoy cuesta horrores. Buscan lo más fácil. Hay dos cárceles cerca y los chicos apuntan a terminar el secundario y hacerse policía o guardiacárcel. Incluso los profesionales, con carreras universitarias, se tiran al escalafón de oficiales. La población de Paiva es media envejecida, porque toda la gente que salió del ferrocarril se puso su kiosquito, su almacén, para hacer lo que se puede. Y los adolescentes que pudieron se fueron a estudiar afuera&#8221;. (Docente)</p>
<p>En tanto el trabajo se &#8220;flexibiliza&#8221; y las viejas estructuras se modifican, la ocupación como formador de identidad, se desvanece. Quedan individuos destrozados, sin trabajo, sin ferrocarril, desaparece ese lazo invisible que ataba a cada habitante de Paiva que, así, quedó sin su razón de ser. Sus habitantes quedaron sin su actividad, ergo, sin identidad. Lo único que se escucha es el mero recuerdo.</p>
<p>&#8220;.y La Fraternidad se mantiene, ya no como comisión ejecutiva sino como delegación, porque al no tener personal activo, pasa a ser delegación, se trabaja con un delegado titular y uno suplente. Yo tuve la mala suerte que el otro periodo anterior se me falleció el suplente, ahora que iba a tenerlo de suplente también, me fallece también, y ya inicié yo por cuatro años (risas) como titular. Y La Fraternidad se mantiene, la delegación ahora, le dan por gastos seccional $60 cada seis meses. Con $60 no me alcanzaría ni para pagar la luz ni el agua.&#8221;</p>
<p>Ciudad dormitorio</p>
<p>El cerramiento de los talleres no provoco únicamente frustración y desamparo, sino conllevó también a una sensación de soledad.</p>
<p>&#8220;Empezó a haber un problema social muy, muy grande. Nos fuimos transformando en lo que es hoy, una ciudad dormitorio. Los que tienen propiedades acá por más hayan conseguido trabajo en Santa Fe no pueden vender acá y comprar allá, porque no compran nada, alquilar es lo mismo. Una serie de cosas que<br />
hacen que vos viajes, son 40 km., viajas una hora y media antes y una hora y media después. Y si te ponés a pensar qué es lo que hay, son los jubilados, que quedan muy pocos porque van falleciendo; maestras, policías, guardiacárceles. No se hace nada para tratar de revertirlo&#8221;. (Docente)</p>
<p>&#8220;Ayer charlábamos que no se percibe del todo que pasa con la generación posterior. Porque los pibes tienen que haber absorbido ese discurso del orgullo de ser ferroviario, pero llegan a los 18 años y no hay ferrocarril donde trabajar. El quiebre tiene que ser muy grave, me parece&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>Así, con el cerramiento de los talleres, se hizo tangible, palpable, lo que flotaba en el aire: Paiva perdió lo que hacía de ella un lugar en el mundo, un destino; &#8220;se van de Paiva porque en ella no queda nada.&#8221;, salvo su todo pero no es suficiente para vivir, así. Lo que les queda es el recuerdo de ellos mismos.<br />
El transcurso del tiempo es un tema que aparece en algunas reflexiones &#8220;Las representaciones del tiempo varían según las sociedades y, también, dentro de una misma sociedad (.) El tiempo puede percibirse de manera cíclica, reversible o continua y lineal, y cada una de estas representaciones<br />
constituye el fundamento del modo de búsqueda de la memoria&#8221;</p>
<p>En el caso de Paiva, se trata siempre de un tiempo material, ligado a una actividad concreta, por eso no importa el tiempo verbal de la expresión de los relatos (presente, pasado o futuro) pues la percepción está inexorablemente amarrada a aquella actividad pretérita y ferroviaria.</p>
<p>&#8220;En general, si no mejora la cosa, tampoco mejora acá. En Rosario han recuperado mucho, pero es un polo muy industrial, siempre lo tuvo. Santa Fe no, en su momento tuvo la Fiat, tuvo la ¿?, tuvo la Bahco, tuvo la Siderar que fabricaba tornos, tuvo ¿? Que hacía aparatos para la industria lechera, pero después se paró. Siderar desapareció, ¿? [la segunda] también, Bahco restringida sigue. Paiva nunca tuvo una industria fuerte, siempre se usó en economía el ferrocarril&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>El tejido social se entramó en base al trabajo, no sólo como actividad genérica sino como formador de identidad. Ser ferroviario fue sinónimo de esfuerzo, de dignidad. En ello residió el orgullo, de sí mismo y de su país.<br />
Esa trama tendida al costado de las vías, quedó deshilachada por el cierre de los talleres ferroviarios. Los paivenses continúan pensándose como miembros de una entidad que supo ser colectiva y que hoy, crisis de por medio, perdió aquella mítica unidad. No obstante, el contar durante las entrevistas, recordar la actividad febril de antaño, el ferrocarril y los talleres, les permiten una suerte de unión momentánea, no en lo concreto (porque no es suficiente el recuerdo), pero sí en lo simbólico. Lo que<br />
necesariamente viene ligado al recuerdo es, de inmediato, la ausencia de un eje promotor de actividad laboral.<br />
Es innegable la supervivencia (mera y penosa) de todos los pueblos ferroviarios que subsisten luego del cierre de los distintos ramales, estaciones, talleres. Quedaron allí hombres y mujeres sin ocupación,<br />
quedaron máquinas en suspenso, desheredados adolescentes y niños, gente sin un futuro laboral, es decir, sin futuro, quedaron comunidades espectrales, fantasmas sin riel.<br />
El recuerdo de la época de oro de Laguna Paiva es productivo en tanto que enlaza a sus habitantes, pero es también negativo en tanto los paraliza. Así cuando escuchamos sus palabras notamos que &#8220;(.) cómo en cada ocasión el pasado que se resiste al futuro se mortifica perdidamente con tal de continuar poseyendo el presente aunque sea con el tiempo caduco, obstinado y obtuso.&#8221;</p>
<p>La huelga</p>
<p>Hay un hecho altamente significativo en la historia del pueblo: la huelga ferroviaria de 1961.<br />
Sin embargo retomamos las distinciones entre memoria e historia desarrolladas por Joel Candau en donde &#8220;la historia apunta a aclarar lo mejor posible el pasado, la memoria busca, más bien instaurarlo,<br />
instauración inmanente al acto de memorización. La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela (.). La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está travesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos.&#8221;</p>
<p>En los relatos escuchados se asoman estos dos elementos: hechos concretos y sentimientos. Sin embargo, el uso y la reutilización de la memoria parecen borrar el límite entre lo acontecido y el significado del acontecimiento.<br />
Pero esto no es, a nuestro entender, lo importante; lo relevante es cómo esta situación, de quienes vivieron en una ciudad de apogeo ferroviario, y otra, que únicamente conoce las ruinas de lo que supo ser, continúa entrelazando a los paivenses.<br />
Hablan los entrevistados, y describen lo acontecido en la huelga; aunque con algunas diferencias y distintos grados de participación, todos se sienten atravesados y partícipes del hecho:</p>
<p>&#8220;Una resistencia única a la destrucción de los ferrocarriles que quería hacer Frondizi. Duró 42 días la huelga. Cuando ya querían aflojar algunos ferroviarios -algunos habían trabajado toda la huelga y otros a mitad de la huelga, escondiéndose para que no les hicieran algo a ellos o a la familia-, pero ahí fue cuando en Rufino, pasa un tren manejado por un carnero o un policía por un paso a nivel, para tratar de romper la huelga. Un conductor o un foguista con otro compañero le gritaba de abajo a los tipos que iban conduciendo el tren, y de ahí le manda un tiro la policía que le pega en el pecho y lo mata. Ahí se encendió la pólvora, pero la pólvora grande se encendió acá en Laguna Paiva, donde reaccionó otra vez las ganas de luchar, a la gente que estaba medio desanimada. Acá empezó fiando el comercio, pero en cierto punto no aguantaba más tampoco. En una de esas perdían todo lo que habían fiado, pero se la aguantó. Largan un tren de Santa Fe con un vagón de carga. Avisan acá que había salido de allá, entonces e amontonan todos en las vías para no dejarlo pasar&#8230; Entonces pensamos que venía custodiado con<br />
la policía, había que tener cuidado. De un poco más allá de la estación venía el tren, conducido por un ferroviario que había sido exonerado -de paso, era un alcohólico-, bueno a ese tipo lo compran para que conduzca el tren. Todo lleno de policías el tren. Pasa y hay que hacerse a un lado&#8221; (Ex trabajador del ferrocarril).</p>
<p>&#8220;. si yo en el 61 vivía, no que vivía, yo había ido a visitar a mis padres en el 29 y estábamos escuchando en la radio por LT10, que había ido un tren de esos que querían romper huelga que querían pasar a San Cristóbal, y acá lo pararon le cruzaron durmientes y le prendieron fuego, y allá se veía la humareda, en el 29, son 12kms&#8221;. (Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;. en la huelga del 61, conflictos que hubo, como le estuve diciendo, eso que prendieron fuego los vagones, y rompieron todas las palancas de los ladines y dieron vuelta dos o tres vagones, los dieron vuelta y los tumbaron en la vía, y.ahh, y después el tiro que le pegaron al compañero Oliva y Gómez&#8221;. (Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;Ese día que venía el tren era a la hora de la siesta, la tranquila siesta pueblerina, entonces venía tocando pito, haciendo señas, avisando ¿no?  Un grupo de mujeres, muy bravas y luchadoras -en realidad no eran luchadoras históricas, sino que lo descubrieron ahí- que vivían cerca de las vías dijeron &#8220;por acá no va a pasar&#8221;, se lanzaron a la vía, se llamaban entre las vecinas, fueron a las vías y había una pila de durmientes por ahí y comenzaron a levantar esos durmientes pesados y los atravesaron en las vías&#8230; y el tren tuvo que parar.  Lo mismo hicieron del lado de atrás del tren, de manera que el tren quedó en una trampa.  Hubo tiros y hubo dos muertos.  No recuerdo si uno murió enseguida.  Fíjense que acto heroico el de las mujeres&#8230; cuando se desataron las mujeres, se sumaron los hombres que estaban por ahí, todos se lanzaron a las vías y ahí fue donde hubo el tiroteo, ya que venía con gendarmes el tren, porque quienes custodian el patrimonio es la gendarmería y también la policía local tuvo que tomar parte&#8230; no sé qué música tocaría el comisario de turno&#8230; no sé&#8221;. (Ama de casa)</p>
<p>&#8220;. yo acá tuve un grupo, bueno el grupo era. no era siempre la misma cantidad, a lo mejor muchas veces había 7 u 8 como había 25 o 30. allá en el campo, en un terreno que yo tengo, allá tenía como una. un refugio teníamos allá. El refugio estaba hecho. habíamos hecho, en los mismos espacios donde yo explotaba  la arena, quedaban como casamata, y bueno entonces ahí le poníamos varas de sauce y una lona, eso estaba cubierto, era el techo y abajo en la parte.donde estaba el pozo hundido -no había agua nada, era toda tierra- ahí dormían. Estaban adentro de una casamata (o cajamata) yo le decía, tipo del ejército, o vizcacheras le llamábamos también, igual me tuvieron. muchos días. y la mantención yo se la llevaba. venia a Paiva a repartir los pedidos de arena y llevaba la carne, los alimentos para allá&#8221;.<br />
(Trabajador agrario)</p>
<p>En las entrevistas emergía la emoción; como grupo nos sentíamos interpelados por y hacia estas sensaciones. A través de sucesos y pequeñas anécdotas, los habitantes de Paiva nos narraron su historia y con sus palabras construyeron y reconstruyeron una comunidad arrasada. Es tal vez allí, en el propio<br />
discurso, donde se encuentran los lazos que permiten y posibilitan pensar nuevamente en un futuro para Paiva<br />
&#8220;.descontando el perfil ferroviario, creo que lo mejor que tiene Paiva son las escuelas y la biblioteca..en el corto plazo se puede potenciar la educación y tratar de insertar a los chicos en fábricas.creo que el perfil de Paiva en tres o cuatro años es hacer una ciudad cultural. hacer alguna facultad.&#8221; (Empleada municipal).<br />
 El relato de los entrevistados recrea una idea del pasado, que actúa como memoria cohesionadora, como elemento pedagógico transmisible. Ello sucede con el Día del Ferroviario, evento conmemorativo en la ciudad que dejó de ser celebrado en el año 1992, cuando no hubo más motivos para festejar:</p>
<p>&#8220;.y bueno, se dejó de hacer, desde el 92. Anteriormente, sí, yo soy el ferroviario de bronce.y bueno.por mejor compañero, por la trayectoria. 20 años de servicio.y usted lo ve.en la estación no hay nada. no tenemos nada&#8221;.<br />
(Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>Cabría preguntarse por qué lucen decadentes, abandonados, la plaza, la estatua, el vagón, si estos elementos son concreciones de los relatos de ese pasado &#8220;lejano y dorado&#8221;. Justamente esta contradicción este recordar y la necesidad de olvidar, es aquello que los paivenses nos trasmiten una y otra vez. Somos conscientes que es por medio de reelaboraciones del pasado como el hombre construye mitos, creencias y los traslada al presente desde distintos estados de ánimo. Si hay un sentimiento que se transmite y por el cual nos vimos afectados ese es la nostalgia que gobierna las entrevistas, y<br />
la impotencia, agazapada detrás de cada recuerdo.</p>
<p>&#8220;..sobre todo que acá hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin cuerpo. está en el aire y hay una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada. hay que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta y que dejen de decir: &#8216;Paiva la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria.que no sea un museo.&#8217;&#8221; (Empleado municipal)</p>
<p>La remembranza no funciona como recuerdo activo, al estilo del mito prospectivo que proponía Fanon para la acción sino, por el contrario, como elemento petrificador que trae como consecuencia la imposibilidad, la inmovilización, la cancelación de todo tipo de transformación.</p>
<p>A modo de conclusión</p>
<p>No importa la forma del discurso, ni su contenido (el taller que supo ser, la huelga del 61, los primeros retiros voluntarios, las situaciones cotidianas afectadas), en todas las voces, sin distinción de género, ni edad hay una sensación de abandono, de orfandad, de incertidumbre. No hay hilo capaz de recomponer el tejido deshilachado que la desaparición del ferrocarril causó entre los habitantes de Paiva.<br />
Se advierte, en ese sentir colectivo, una pequeña grieta por donde se vislumbra algún tipo esperanza, pero no desde la acción concreta de los propios paivenses, sino desde la espera a la llegada de un Mesías anónimo, genérico. Que las soluciones lleguen a Paiva de algún lado, ya sea por políticas ferroviarias nacionales, de la mano del Intendente, o de un grupo de universitarios.<br />
La comunidad está devastada y no encuentra en ella misma las fuerzas ni un camino para salir de la situación.<br />
La circularidad que encontramos tanto en los tópicos de las entrevistas, como en los recuerdos terminan asfixiando, puesto que plantean una situación sin salida.<br />
Volver sobre aquellas glorias pretéritas, sobre el destino o la identidad usurpada, ¿contribuye a reforzar la identidad, o ancla a los paivenses en un paraíso perdido y cada vez más lejano, impidiéndoles ver el presente?<br />
Sin memoria, se sabe, somos vagabundos del presente. Pero vivir sólo de la memoria, o más bien sólo en la memoria, no es menos atroz. No es posible prescindir de la historia, la experiencia social o política, pero tampoco es posible ese viaje recurrente a un pasado remoto, porque ello funciona como un gas paralizante.<br />
Precisamente en línea con esa preocupación, cabe entonces volver sobre los relatos aglutinados aquí deteniéndose ahora sobre aquellos que denotan resistencia y, a partir de allí, imaginar líneas de regreso al presente, y rieles hacia el futuro, sin ferrocarriles, sin talleres. Se impone a los paivenses la trémula y difícil búsqueda de una identidad y de un lugar en el mundo, lo cual de ordinario no se obtiene cruzándose de brazos a la espera de un Inspirado, ni dando giros interminables en el patio del pasado, como una noria de penas y glorias.</p>
<p>*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.<br />
milena caserola. 2010<br />
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