A LO MEJOR RESULTA BIEN…

ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR*

*De Marié Rojas.

 
 
Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la más alta torre del castillo y, sabiendo que el hada no tendría que hacer mucho para encontrarlo, buscó entre las páginas hasta encontrar el adecuado. Lo leyó en voz alta pero, tal vez con el apuro, equivocó algún dato… Y vino a caer en este mes y este año en que están leyendo la historia.
 
Aterrizó al pie de la ventana del cuarto de una muchacha que se disponía a salir para sus clases de la universidad. Golpeó los cristales hasta llamar su atención, esperó a que abriera y le contó la razón de su presencia. Ella le creyó, porque era muy fantasiosa, porque estudiaba física cuántica, por la vestimenta que ostentaba – incluía un vistoso sombrero de plumas y una espada con puño de rubíes -, la forma de hablar, los gestos y por la cantidad de veces que se arrodillaba a ofrecerle su corazón, por tanto lo dejó entrar a su cuarto, temiendo que los chicos le hicieran burla cuando comenzaran a pasar camino a sus escuelas… Pero comprendió que debía enfrentarse a un problema mayor, ¿cómo esconder a un príncipe en una casa pequeñita, sin pasadizos, ni túneles, ni catacumbas, con el despertador de la madre sonando en el cuarto de al lado y él intentando desenvainar la espada para matar al hechicero que hacía tanto ruido?
 
Comprendiendo que si lo abandonaba terminaría con una camisa de fuerza o preso por indocumentado, optó por llevárselo… algo se le ocurriría al regresar. Al pasar frente a la madre, el muchacho le dijo con una elegante reverencia: “Oh, mi dulce señora, le ruego que me entregue la mano de su bellísima hija, y le prometo llenar su mansión de herederos”… La joven salió airosa, explicándole a la madre, mientras lo halaba hacia la puerta, que era un amigo que había ido a una fiesta de disfraces y había bebido de más, no pudo recordar su dirección, le encontraron la suya encima, todavía no se le había pasado la resaca y adiós mamita que se nos hace tarde.
 
Corramos un piadoso velo sobre las peripecias de sacar un príncipe a la calle, en medio del tráfico, las luces del semáforo, los anuncios, las gentes con sus atuendos cómodos, tener que hacer el camino a pie porque le tomó fobia a los autobuses y no tenía dinero para un taxi – igual les hubiera cogido miedo -… y lleguemos al momento en que arriban a la universidad.
 
Allí fue peor, iba derramando reverencias y les llamaba “dignos y nobles caballeros, donceles, doncellas”, intentó saludar al busto de un pensador, preguntó al profesor de álgebra si era el bufón de la corte – llevaba una camisa floreada -, y peor aún, se arrodillaba cada dos minutos delante de ella. Se fue librando con elegancia, usando lo primero que le venía a la mente: dijo desde que era un primo desquiciado que le habían mandado de provincias y le tocaba cuidarlo hasta que encontraran plaza en el psiquiátrico, hasta que era un actor que había alquilado sus servicios para ensayar su próxima película. Lo mejor era cuando decía bajito, haciendo señas para la empuñadura de la espada, que era una cámara oculta. Se mostraban muy afectados, se acomodaban el pelo y miraban a la cámara con su mejor sonrisa. El profe de la camisa de flores se la abotonó hasta arriba y se caló las gafas doradas, el príncipe lo aplaudió.
 
Tras una agotadora jornada, regresó casa con el príncipe ya no tan encantador; desarrapado, sin sombrero y molido tras haberlo montado a empujones en el transporte público en la peor hora de abarrotamiento. Por suerte conservaba su espada y su dignidad… hasta que se derrumbó en el sofá.
 
-          Y bien – le dijo alcanzándole un vaso de agua -, es hora de terminar con este hechizo y regresarte a casa, a tu época, a tus botines por conquistar y a tu verdadero amor.
-          Me temo que es imposible, mi dulce dama – dijo él mientras se quitaba las botas y se miraba las ampollitas de los dedos.
-          ¡Ah, eso no puede ser cierto! – gritó ella corriendo a cerrar la ventana por donde se estaba asomando una vecina – ¿Puedes decirme por qué?
-          Por varias razones – suspiró -… ¿Podemos comer antes, mi bella? Desde el faisán relleno de trufas de anoche no he probado bocado.
-          Faisán… trufas… – protestó, yendo a preparar dos panes con lechuga y mayonesa y aclarándole con un gesto que uno era para ella – ¿Ahora, me las puedes enumerar?
-          Con sumo gusto, mi hermosa doncella – habló chupándose los dedos -. Pero antes quiero decirte que este manjar es delicioso, uno más para tus dones, ¡apuesto a que eres una excelente danzarina!
-          Se me da el baile, sí – respondió, sentándose a su lado -, ahora vamos a ver por qué no puedo mandarte de vuelta…
-          Número uno: porque he dejado el libro en la torre más alta de mi palacio, y no sé ni un solo conjuro de memoria…
-          ¿Y el hada madrina no puede venir a buscarte? – dijo, pensando que algún modo habría de comunicarse con ella, una vela o algo.
-          Debe estar tan enfadada que me dejaría aquí, incluso si supiera donde estoy y se lo pidiera de rodillas.
-          ¡Ni una rodilla más, te van a salir ampollas ahí también! ¿Y qué más?
-          Dos: porque el hechizo se ha cumplido y no hay por qué revocarlo. Pedí conocer a una verdadera princesa y he comprobado que lo eres, más allá de tu educación, tu belleza, tu mirada, tu porte – comenzó a hacer una genuflexión y ella lo detuvo, él se incorporó y señaló un cuaderno donde aparecía su nombre.
-          ¿Qué quieres decir?
-          El Rey del país vecino tenía ese apellido, su hijo fue raptado y llevado a un incierto destino, pero siempre le aseguraron los magos que seguía con vida y tendría descendencia, una fuerte línea infinita.
-          Mi tatarabuelo me decía que su abuelo había sido un pirata que nació príncipe. Pensé que su mente fallaba… tenía cien años.
-          Pues ya ves, eres de noble cuna.
-          ¡Y no alcanza, incluso si fuera princesa! – se miró al espejo de la sala y corrigió su postura – ¡No puedes quedarte, contempla mi mundo, mira el desastre que te has hecho en solo ocho horas… hago mis deberes ayudándome con la computadora!
-          ¿Conoceré a esa dama que te auxilia en los deberes?
-          ¿Es que no entiendes? ¡No soy una princesa de tu época!
-          Yo tampoco soy un príncipe de tu era. La tercera razón, la más fuerte, es que he encontrado el amor verdadero. No solo eres bella sin par, en el transcurso de esta maravillosa jornada has demostrado ser leal, al mantener tu palabra de ayudarme, al presentarme a tu madre, a los demás doncellas y donceles de tu reino, has probado ser inteligente y creativa al salir airosa de todas las situaciones y, como si fuera poco, has mostrado tu intrepidez en ese monstruo rodante que echa más humo que los dragones, ¿dónde encontrar tantos dones reunidos? – se volvió a arrodillar -. Dulce damisela que ha robado mi corazón, ¿quieres concederme el honor de tu mano?
 
Ella lo miró… Si obviaba su vestimenta medieval arrugada, la postura, el vocabulario… era bien apuesto, alto, atlético, romántico, sincero, leal, valiente puesto que sobrevivió a una jornada universitaria en un mundo imposible desde su visión, ¿y dónde encontrar en estos tiempos tantos dones reunidos?
 
-          Puede que no sea una doncella de tu época, pero puedo convertirte en un joven de la mía.
 
Así comenzó una nueva vida para el príncipe, que en su castillo solo hubiera conocido herederas de otros reinos y estaba destinado a ser infeliz para siempre al lado de cualquiera de ellas. La muchacha se afanó tanto en enseñarle el mundo actual y él se aplicó tanto en aprender, que ese fin de semana estaban yendo a una discoteca.
 
“Colorín colorado, este cuento ha comenzado…”, tecleó en su ordenador el hada madrina de la joven, que se hacía pasar por una vecina común y corriente, cuando los vio salir con camisetas de Megadeth, tarareando algo que sonaba francés, “a tout le monde, a tous les amis”.  Y pulsó el botoncito “enviar”. La Maginet trabajaba de maravillas: en un segundo su colega del reino medieval muy lejano, estaba tachando ese asunto pendiente en su agenda y se alistaba para sacar a su cachorro de dragón a las lecciones de vuelo nocturno.
 
 
-Marié Rojas.
La Habana. Cuba.

A LO MEJOR RESULTA BIEN…

LA TÍA Y EL PELO BATIDO*

                                                                
                                                                                      Gracias a Gabriela Benítez

   
 Baglietto canta “la vida es una moneda”. Su voz en la radio guía la melodía cómoda, familiar, largamente degustada al través de los años. “La vida es una moneda” –dice- , “quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes”.
     Baglieto es una voz en la radio, no lo veo, pero surge en mi mente nítido y preciso en imágenes superpuestas desde el muchachito delgado de cabellos largos hasta este señor pelado de gorrito. Sigue cantando.
     “Sólo se trata de vivir, esa es la historia, con un amor sin un amor, con la idiotez y la locura de todos los días…”
     La canción relata la vida como un corte de muchas capas. Lo bueno, lo malo, lo admirable, la vida así como esa cosa indefinible por exceso de seres, de situaciones, de historias.
     Y Gabriela contó una historia. Era de noche, claro, y era una historia de esas tan a lo Gabriela, tan de pueblo y de viejos, tan breves y extensas, con esa extensión que les da el derramarse sobre muchos recuerdos, penetrar en poros como aceite en la madera, quedar prendidas en la memoria.
     “Sólo se trata de vivir” canta Baglietto, y Gabriela cuenta que habló por teléfono con la tía vieja de allá donde la laguna tiene sabor amargo y donde comienza la sequía.
     Esta tía tuvo dos hijos. Uno que se fue tempranito a la tierra, otro que emigró a Norteamérica hace un siglo, hace mucho, hace un escándalo de años más tiempo de lo que nadie hubiese debido, y más que nada cuando jamás volvió y allá entre maíz y carreteras crecen dos hijos que nacieron aquí y otros dos ya tan extranjeros, tan otros, dos nietos que la tía de Gabriela no va a conocer, que vivieron en el vientre materno su oscuro mundo de peces y luego fueron arrojados, y lloraron, y crecieron sin un rastro de la laguna amarga, sin historias de pueblos polvorientos, sin abuela.
     La tía de Gabriela se quedó sola entonces, y la diabetes la fue dejando casi ciega.
     Gabriela, que habló con la tía por teléfono, le preguntó a la mujer vieja, y sola, y rodeada por la penumbra, le preguntó a la tía que cómo había pasado el fin de año.
     “Yo tengo muchos amigos” –dijo la tía. “Mucha gente me invitó a ir a su casa, pero yo fuera de mis cosas y mis muebles me pierdo, me tropiezo, no doy con las puertas ni con los cuartos”.
     Una de las mujeres que llamó para invitarla convino en que bueno, que está bien, que se quedase sola pero le pidió una cosa. Que no fuera a pensar en lo malo, en lo que le falta, en lo que no fue o se fue o ya no es. Le dijo que por favor pensase sólo en lo bueno que le dio la vida.
     Y las palabras le quedaron rondando a la tía. A veces sucede que alguien dice algo y no cae en saco roto, cierta frase, un consejo aparentemente obvio, un salvavidas naranja en el agua marrón rescata un náufrago.
     La voz de la tía en el auricular le contó a Gabriela cómo pasó las fiestas. Le dijo que se batió el pelo (lo tiene largo, la ceguera le dificulta ir a la peluquería), se peinó, se puso una blusa y una pollera blancas y negras, unas sandalias blancas, se adornó con los aros y collares del cajón grande de la cómoda, se maquilló, se perfumó, tomó una silla y se fue, como quien sale al baile, a sentarse a la vereda.
     La voz de la tía que viene de allá lejos, que atraviesa mil cuatrocientos alambrados, dos riachos y múltiples bañados, la lejana voz de la tía llega al auricular. Y le cuenta a Gabriela “los vecinos me aplaudieron”.
     “Sólo se trata de vivir” dice Baglietto en la radio. Con lo que se tiene y se puede. Como se pueda, sólo se trata de vivir, canta Baglietto. Y dice, abriendo los brazos, “a lo mejor resulta bien”.
     No le veo la cara, no hace falta, cuando llega a esa estrofa (y escuché esta canción mil veces), cada vez que dice que a lo mejor resulta bien le creo y me convence, y canto con él, y deseo que el sol nos alumbre, y con su sonrisa que no veo pero le oigo en la voz me vuelve a decir que quién sabe, que quizás las cosas al fin y al cabo sí resulten.

                                                                                                                           
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

  Reyes Magos*

Hace tiempo que dudaba sobre la existencia de los Reyes. Sospechas tontas, todo por seguir a los adultos. Los adultos a veces se ríen de los niños por sus creencias ¡Pero ellos en cúantas cosas creen que no se sostienen  ni siquiera en la magia!.
Hoy 6 de enero una mano maga, reina del espacio abierto del amor, me dejó un regalo de tiempo, un reloj.. Por él me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles  que pueden trasformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza , la verdad , la búsqueda de la justicia. Esos ratos, dónde solos, acompañados por pocos, o  por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es creíble, que otra vida  y otro mundo son posibles.

 *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama*

*Por Enrique Pérez Díaz
Fecha: 2012-01-05 Fuente: www.auroraboreal.net
Escritora Marié Rojas Tamayo

Marié Rojas Tamayo: medio centenar de premios internacionales, una decena de libros publicados, una obra sugerente, inquieta, llena de vericuetos imposibles que propician el deleite y crecimiento intelectual del lector.
Una mujer, madre, profesional, amiga, llena de sueños y de memorias que se niega a borrar incluso por dolorosas que resulten. Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama y que se le da de manera natural. Sus pies se asientan en la realidad de la que toma cuanto puede inspirarla para que su ánima viaje a Fantasía, a reinos por otros impensados que ella habita en varias dimensiones con esa soltura y gracia de los magos. Apenas conocida en Cuba -Gente Nueva publicará en breve su libro emblemático Adoptando a Mini- es, sin embargo, uno de los pocos autores de la Isla en quedar
finalista del Premio Lazarillo de España, del cual fue Mención Especial por unanimidad del jurado. Abrimos al lector, el umbral del Mundomaire, un entorno de duendes, hadas, brujas, elfos, troles y la savia milenaria y milagrosa de que ellos viven: mucho amor por cuanto le rodea.

Marié, se suele decir que en cada libro escrito por nosotros va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Te pareces a sus personajes?

Soy todos mis personajes, todos tienen algo de mí, partiendo de mi luz hasta mis facetas más oscuras. El escritor se desnuda al mundo a través de su obra, es su exorcismo, su emancipación. En mi novela Villa Beatriz, soy la Estrella, la Sota, el arpa, la casa misma. En otra soy el personaje de la Cuentacuentos, pero también soy cada habitante del pueblo, sus episodios son parte de mis recuerdos, desde el hechizo que los rodea hasta el aroma que ronda las calles.

¿Tienes algún modelo ideal de autor para niños?

Andersen, sin duda. Carroll, Tolkien, Ende, creadores de mundos.

¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

Los que he mencionado como modelos ideales: lo han sido para mí, los recomiendo a los que se inician en la literatura infantil y espero que sigan siendo inspiración y escuela para generaciones venideras.

¿Qué solías leer cuando pequeña?

Todo lo que me caía en la mano, lo que me prestaban otros niños, lo que me regalaban, lo que tomaba de los estantes de mis abuelos o de mi tía. Era poco selectiva, voraz, desde revistas “Selecciones” hasta novelas policiacas. En primer grado recuerdo haber leído El pequeño príncipe y acto seguido La expedición de la Kon Tikki. Lo mejor fue cuando me hice amiga de la hija de un ginecólogo que me prestaba los libros de su padre. cuando me fueron a explicar ciertas cosas, yo las había visto por fuera y por dentro.
Me gustaban Poe y Quiroga, aunque sus cuentos me robaban el sueño, o tal vez por eso.

¿Qué atributos morales debe portar consigo un buen libro infantil?

Ser creíble, ser sincero. Mostrar respeto hacia el público a quien está dirigido. El escritor de libros infantiles debe amar a los niños.

¿Cuál es tu libro más entrañable y por qué?

Alicia en el país de las maravillas, tengo 4 ejemplares, son sagrados. Uno de ellos vive en mi buró, es un libro de consulta, matemáticamente perfecto, lo vengo leyendo desde los 9 años y siempre descubro algo en sus páginas. No podría decir por qué, tiene la magia de las cosas que amamos sin preguntarnos la razón, la sonrisa de un niño, los atardeceres, acariciar un gato, ver caer una estrella, un beso en los labios, una melodía que nos llega al alma.

¿De qué modo te acercas al inicio de una historia?

Surge en mi mente, como una imagen o la secuencia de una película. Escucho el diálogo, o la narración de fondo, y me siento a escribirla.

¿En qué género te sientes más cómoda?

El cuento breve de carácter fantástico, con final inesperado. Juegos entre fantasía y realidad, algo de ciencia y algo de ficción corriendo por la página.

En tu obra se ve una seria inclinación a dos tendencias fundamentales, primero, una recurrencia evidente al mundo de las criaturas de Fantasía, segundo una literatura que se centra más en los sentimientos y las emociones que en la misma acción. Si tuvieras que salvar solamente diez libros de un naufragio, ¿cuáles escogerías? ¿Cuál de los que has escrito?

Desearía no verme jamás en esta situación, porque si depende del peso de la balsa, me arrojaría al mar para dar cabida a más libros. Colocaría entre los primeros: Alicia en el país de las maravillas, los cuentos completos de Andersen, La historia interminable, Pinocho, La familia Mumín, toda la obra
de Tolkien, El Mago de Oz, Corazón, la obra de los hermanos Grimm, El maravilloso viaje de Nils Holgersson. He mencionado diez, solo voy por la literatura infantil, y me faltan muchos por nombrar. Lo dicho, me hundo por salvarlos.
De mi obra salvaría ese libro misterioso que aún no he escrito. Y solo si pudiera salvarme yo, porque iría dentro de mí.

¿Qué prefieres más de la vida? ¿Qué quisieras borrar para siempre?

El amor, la sinceridad, la capacidad de soñar y de reír. No borraría nada, en especial de mi pasado porque de todo he aprendido y cada momento, por pequeño que haya sido, me ha traído a este instante. Si perder un segundo de tristeza me hiciera borrar un ápice de lo que soy, sería devastador. Borrar
para siempre es algo que me atemoriza, no se puede borrar nada para siempre porque habría que borrar también su recuerdo del pasado -para eliminar el riesgo de que se repitiera-. En su lugar, intentaría hacer mejor, desde mi pequeña posición en el universo, aquello con lo cual no estoy de acuerdo; de
hecho lo intento, y creo que lo intentan muchos, cada vez más. Tal vez un día logremos esa masa crítica de la que hablan los textos de física e iniciemos una reacción en cadena que, sin borrar, sea capaz de sobrescribir.

Una persona tan imaginativa como tú y con tanta carga de inspiración y fantasía en sus obras, ¿de qué modo consigue nutrirse para ellas de la realidad cotidiana?

La realidad, tal como la veo, no es “cotidiana”, en el sentido de “rutinaria, vulgar, ordinaria”. Es fuente inagotable de inspiración, la magia nos salta a cada paso, lo increíble nace de lo cotidiano que se
renueva constantemente, del modo en que nuestra mente acomoda y rehace los recuerdos. Hay sucesos generadores de historias por doquier, hilarantes, tristes, misteriosos. A nuestro paso vemos casas encantadas, sueños hechos realidad, predicciones que se cumplen, conflictos familiares o sociales, romances que surgen y se deshacen, pasiones que se desatan, miedos, retos: es imposible abstraerse de la realidad al crear la ficción. Cada persona que conozco es un “personaje” a punto de formarse -he convertido a alguien en zarigüeya, a un amigo en dragón y a una amiga en arañita tejedora-, y me ha
sucedido algo mejor: un día tocó a mi puerta un personaje de mis cuentos, lo reconocí al momento pero no se lo dije hasta que nos convertimos en amigos, le mostré historias escritas antes de conocerlo. Fue una experiencia fantástica, como que a la puerta de Spielberg tocara el E.T. pidiéndole el teléfono para llamar a su casa.

¿Podrías hacer un breve recorrido-cuento argumental por tus libros publicados, como si tú misma fueras adentrándote en ellos?

Más que por mis libros publicados, me gustaría viajar por mis libros escritos: Adoptando a Mini soy yo, abandonada a temprana edad en un mundo adverso, siendo adoptada por criaturas mágicas que me educan según su modo de ver la vida. Villa Beatriz es ese mundo, más detallado y lleno de recuerdos, tal como lo veía yo, y como lo sigo viendo en mis recuerdos, sumando experiencias actuales. Arpegios de una melodía solitaria es mi infancia, tal como la verían otros, desde una perspectiva más real, pero no menos extraordinaria. En busca de una historia es el hijo que busca a sus padres para encontrar en sus raíces su propia historia, un viaje interior que nos lleva a universos impensables donde rescribir la fantasía puede transformar la realidad. El libertador del confín es un homenaje a todos los libros que me ayudaron a crecer, lo que sería capaz de hacer por salvarlos.
Laurel y orégano es un recorrido por el poder que habita en las mujeres de mi familia, tal como lo viví en mis vacaciones en el campo, el sortilegio de descubrir y reencontrar el amor a través de un ente que viaja conmigo a través de sucesivas existencias, mis dudas y temores, mi incesante búsqueda de una verdad más allá de la circunscrita. Y están mis libros de cuentos -cuentos de circo, libro inédito escrito contigo; cuentos de ángeles, cuentos de casas, cuentos de gatos, cuentos habaneros, cuentos infantiles.-, de los cuales prefiero Cinco minutos a solas con las musas, De príncipes y princesas y El mundo al revés, episodios de mi vida junto a mi hija Sarah, la princesa majadera; el diario de doce años, aprendiendo de esa pequeña sabia.

¿En otra vida serías escritora?

Sería hacedora de cuentos, siempre. Escribir es la tabla que me salva de los naufragios, es mi burbuja de silencio, mi sinfonía perfecta, mi sortilegio contra todo lo adverso y a favor de todo lo bello, mi modo de ver y comunicarme con el mundo. No sabría ni querría hacer otra cosa.
No sé en qué universo o tiempo podría renacer, o haber nacido antes. Si es un mundo anterior a la escritura sería narradora oral, cuentacuentos, hechicera que cura con historias. Si voy a un mundo más avanzado estaré a favor de la narrativa, sea como sea, creándola a partir de los medios disponibles. Tal vez en un mundo paralelo baste con soñarla y todos los que duerman o descansen, y quieran conectarse con mi mente, puedan hacerlo.
Soñarán mi sueño -tal como ahora nos conectamos a internet o al correo electrónico-, verán las imágenes e historias que pueblan mi mente. Y puedan hasta participar en el proceso de creación, un inmenso e infinito libro interactivo sin soporte físico.

*Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/entrevistas/su-vida-es-aprendizaje-y-perfeccionamiento-de-un-oficio-que-ama/20971.html

LA TORMENTA DEL REY*

*De Anabel Orona

Remolinos de hojas. Relámpagos y truenos empujaban las primeras gotas del día.
El rey entró en la tintorería y llamó al hombrecito que planchaba contra el ventanal de vidrio.
- Eh Yamashiro! dónde estás?
- Acá mi señor, exigiste que en tu traje no quedaran arrugas, encontraste alguna?
- No. Vengo por otra cosa. Compré un libro japonés y exijo que me leas los haikus! – contestó fastidioso.
- Permitime el libro mi señor, a ver a ver… acá dice… dice…mmm… dice…
- Dale! Apurate! sabés que odio esperar! qué cosas dicen los haikus?
- Mi señor… lamento informarte que… es un libro de arquitectura, mirá, aquí dice: modelo casa Takeda,
acá en ésta página, modelo casa Kimoshaki y en ésta otra, modelo casa Fukuda… no hay haikus!
- Será posible que la vendedora haya sido tan inútil?- dijo el rey dando un golpe seco sobre el mostrador.
Alterado se dirigió a la salida y de un portazo se retiró sin saludar. El hombrecito, con la tranquilidad que lo caracterizaba volvió a su plancha mientras las campanillas de la puerta lo devolvían a sus pensamientos de un Agosto Hiroshimado tan lejos del solvente y el vapor. El rey en la vereda necesitó fumar, buscó entre sus ropas el tabaco y encontró el paquete vacío, apretó los dientes y cerrando los ojos pegó un puñetazo contra la pared.
- Será posible?- protestó, luego mientras metía la nariz dentro del paquete, un aroma a menta y chocolate lo fué calmando, abolló el envoltorio y lo arrojó en la alcantarilla.
- ¿En qué cajón habrá quedado mi humor?- se preguntó abatido mientras caminaba suave, por la ciudad del otoño, con la mirada baja. De repente, se descolgó una garúa brillante y fría. Al doblar la esquina se topó con ellos. Los observó espantado. Meditó.
- Qué pareja mas pareja! un drogadicto y una alcohólica! puaj! uno tropieza y la otra se bambolea!
Por Dios qué feos son! por Dios, qué feos! pero… qué hermoso se besan abrazados bajo la llovizna…-
Acomodó la piel de su capa abrigándose y hundió la corona dorada aplastando su largo cabello canoso,
en tanto los enamorados pasaban a su lado, riendo sin poder hallar el equilibrio. Los siguió con la vista
murmurando.
-  En qué cajón habrá quedado mi amor?-
El rey levantó su cara al cielo, la lluvia caía desordenada empapando el bigote, la barba, el cuello.
Resignado, cruzó la calle.

La felicidad se movía con el viento y su tristeza, era un gemido que angustiaba la mañana.

                                        
- Anabel Orona, provincia de Buenos Aires
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

*

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UNA DE ESAS RARAS TARDES SIN TIEMPO…

ESTACION DE CUATRO  LUNAS Y UNA SOLEDAD MENOS*
 

Cuando se siembran lunas se desbrozan malezas.
 

Estación germinal
La niña mira la luna, el burro y la virgen.
La soledad le lastima el pecho.
El niño mira el único satélite natural de la tierra.
Su soledad no la registra el telescopio.
 

Estación de los brotes
La muchacha lleva la luna entre su pelo.
La soledad cabalga en una yegua mansa.
El joven  siente que la luna se le enreda en sus manos.
La soledad huye en un potro de fuego.
 

Estación de fotosíntesis
La mujer mira la luna en el mar, el mar la llama.
La soledad se aleja en remotas mareas.
El hombre siente que hay una llama que debe encender.
Con su fuego la soledad se esfuma y la luna se arraiga
 
 
Estación de la flor y el fruto
La anciana mira la luna  en el agua del aljibe.
Hay una cicatriz que solo punza en tiempos de sequía.
El anciano bebe una vez más la luna  en manos de mujer.
El pecho le duele de tanto amor y de tanta luna.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar
 -De la serie “TIEMPO DE LAS ESTACIONES”

UNA DE ESAS RARAS TARDES SIN TIEMPO…

Viajero soy*

Viajero soy. La ruta es mi destino.
El frenesí del mar, mi desafío.

Viajero soy. En todas partes moro,
y en ninguna. Mi patria es el recuerdo
de tres o cuatro rostros y unos versos
que alguna voz amada pronunció.

Viajero soy. En el confín del mar
está la tierra de mis padres; lejos,
otros mares y otras tierras y otros dioses.
Todo cabe en mi cuaderno de bitácora.

Viajero soy. El horizonte espera
la estela de mis naves, las palabras
que mi pecho proclama, las batallas
que los vates cantarán en la mañana.

Y más allá de todo
rodeada de mar* se alza la etérea
Ítaca, paciente, inamovible,
hermosa al atardecer* eternamente aguarda
el retorno de sus hijos nómadas.

*rodeada de mar y hermosa al atardecer son dos de las formas empleadas para describir a Ítaca en La Odisea.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
-De Arenas de Ítaca. Publicado en el nº 17 de La Buhardilla

Espera*
 

Te vi una de esas raras tardes sin tiempo,
Eternas en la memoria,
Síntesis perfecta de todas las tardes…
Coqueteabas en inocente armonía con la vida,
y te quedaste siempre cerca…
Alta, blanca, discreta,
Soberbia, palpable, inmaterial…
Duermes mis sueños, me piensas y me olvidas;
Te derramas en cada destello de vida, en los espacios vacíos,
en todas las demoras, en las largas ausencias…
Te ví en los ojos de Nino y en la insolente juventud de Nicolás
¿Estabas también ahí, en el destino de mi próximo viaje?
¿Oculta en la carcajada extravagante de la dicha?
Alta, nívea, infinita…
Sólo esperas…

*De Silvia Alzamora. alzamora_s@yahoo.com.ar

 

CUENTOS DE LA REALIDAD
 
 

Milagro en milan…esas …*
 

*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com
 

Chiquito, es en realidad chiquito. También chiquito de entendederas. Le cuesta, dicen sus hermanos en especial Oscar, que afirma arrastrar un soldado fuera de fila cuando un auto lo rozó en la avenida.
 
El con un balde, un secador de manos y un trapo rejilla, que deja bastante que desear, limpia parabrisas, focos y todo lo que tenga vidrio en particular, se ve que a él, de lejos, todo lo que relumbra le parece oro. Lo hace en la esquina de Boedo y avenida Hipólito Yrigoyen.
 
Lo acompaña una banda que encabeza su hermano Oscar gracias a quien sobrevive en el grupo. La ley de la selva, urbana, tiene códigos muy duros, por lo menos para Chiquito y otros como él, que no tienen la suerte de tener un hermano cabecilla.
 
Se van, cuando los llevan, cerca de la medianoche en el 543 cartel rojo, “el Bustos”, dice chiquito, cuando se precipitan en bandada para ver si la perinola les cae en “toman todo”; por lo menos en este caso, el colectivo es un pasaporte seguro, un DNI que suelen ganar cuando maneja Hugo, del interno 27, un personaje que escucha, por lo menos de noche, radio L, la radio local que él privilegia y obliga aceptar a sus pasajeros como parte del importe del pasaje.
 
Pero él, otra vez, que se siente por un rato administrador de la pobreza, de bienes y servicios, casi como un CPU, y si me apuran un server, sabe que ese es el último viaje del día, perdón, de la noche, que todo lo paga, y por eso viaja lento, como intentando quedar.
 
Los chicos, el mayor doce y el resto rozando los siete, arañan como pueden, cuando se sientan en el fondo del micro, aquello que pudieron conseguir. Chiquito, sigiloso, no contó esa noche que uno de los autos – seguro que estaban dados vuelta – dijo para si en voz baja, le dio diez pesos.
 
Chiquito simuló secar el parabrisas que se escurría en la noche rumbo al sur, en la niebla incierta de un cambio de año, el que fenecía, 2002 titilaba y “Chiquito”siguió simulando para avisarle a Oscar que se iba al baño.
 
Baño no hay y ningún lugar próximo, llámese como se llame, les da permiso para pasar, pero la mentira esa, fue la única que se le ocurrió.
 
Caminó pegadito a la pared rumbo a Laprida y se fué directo al restaurante chino, -antes que cierre- se dijo. Entró y como todos los chicos que atienden son iguales, resignó el pedido en voz baja.
 
Mostró el billete de diez pesos para garantizarle verdades al oriental y, de paso saber para cuanto le alcanzaba en materia de milanesas.
 
Hacía dos años, según le contó Oscar que no se comía en la casa – decir casa es toda una exageración – “una puta milanesa”.
 
Guardó el preciado paquete, pidió una bolsa de plástico para proteger la carga y se las ingenió par que los otros al volver no advirtieran nada. Cosas del hambre de la ciudad.
 
Tuvo suerte, el interno 27 cartel rojo – Bustos -  y Hugo que les hacía señales de que se apuraran disolvió la atención. Se acomodó al lado de Oscar, apretujándose lo más que pudo casi hasta despertarle sospechas a su hermano sobre el gesto. Las ternuras están amputadas en la vida de ciertos chicos.
 
Las cosas se le podían complicar a la hora de bajar, pero otra vez la suerte estuvo de su lado, “el number one”, así se hace llamar a quien siempre llevan como furgón de cola, se bajó dos cuadras antes, porque una bolsita de poxiran lo esperaba cerca de allí.
 
“El Licenciado”, seguiría dos cuadras más adelante de donde Chiquito y su hermano descenderían, para confirmar que “Santa Marta… no tiene tren… y tampoco tranvía”.
 
Los apodos los “compraron” de estar sentados en los escalones de la heladería de la esquina de Boedo y Irigoyen , donde hacen pausa, mientras el semáforo está verde rumbo al sur.
 
Lo curioso es que no invaden jurisdicciones. Ellos trabajan allí y de paso, le cuidan el hueco donde duermen dos duendes de la medianoche, quienes se ”alojan” en la puerta del edificio no habilitado que está sobre Boedo y dispone de una cochera de clandestino servicio, para clientes exclusivos,  ¿quien los autoriza en un edificio que no está autorizado?,  mas misterios que trae la noche.
 
Llámeme Licenciado, dice el de anteojitos y remolino erguido, algo obeso para su corta edad y dueño del cuchicheo más famoso de la barra, siempre parece estar revelando secretos, suele ser estentóreo a la hora de hablar en grupo, como si actuara. En realidad la vida de ellos es una actuación perpetua. Su boletería siempre está habilitada y  tienen entradas disponibles, porque son quienes se marchan y cierran la función de cada día.
 
“Chiquito”, a su manera, los quiere a todos; el número de la barra oscila, esa noche eran cuatro incluyendo a “pelusa” y “pelusita”, hermanos que por economía se quedaron con sobrenombres de barrio.
 
Ese día a todos les fue más a o menos bien. Pero estos chicos gastan mucho y a veces vuelven sin nada o con muy poco, no cultivan el ahorro que, dicen, es la base la fortuna.
 
Panchos, facturas sobrantes del día y otras delicadezas, son parte de una variada forma de consumir, sin olvidar los helados,  pero eso sucede cuando agotaron todos los recursos para quedarse con la comida y la plata, sucumben entonces a la tentación, como tanta otra gente que anda por ahí.
 
La cuestión es que, a medida que se disgregaban que se disolvían en la oscuridad suburbana, llevaban la orden de “Chiquito” de pasar por su casa un rato más tarde.
 
 
Oscar se quedó mirando a su hermano sin entender, porque al llegar seguro, que no sería aprobada esa idea por su familia, de por si numerosa y poco afecta a las invasiones.
 
“Chiquito” no quería soltar prenda. Llegaron saludaron, el le contó a su mamá, luego de darle el resto del dinero, que cosa había hecho con el “premio de los diez pesos” y mientras, se serenaban los ánimos, porque “Chiquito” no tiene los soldados alineados en su cabeza, pero esta vez por eso mismo, zafó.
 
La cuestión es que fueron llegando todos y Chiquito muy serio, fue a buscar platitos, de plástico por supuesto y le pidió un cuchillo a su mamá, luego muy serio comenzó a cortar porciones iguales de las milanesas que hizo aparecer como por encanto, el chino ese día le regaló un cucurucho grande de papas fritas algo aceitosas que acompañaron la invitación y tan serio como al inicio, los invitó a comer.
 
-Hoy es un cumpleaños -, dijo y empezó a comer. Oscar se lo quedó mirando con ganas de preguntar quien cumplía pero se dio cuenta que el hambre era más fuerte, no sólo que el amor.
 

*

Yon pasó a buscarme al mediodía, yo estaba de buen humor, algo francamente irregular.
 
Casi lo abrazo, no quise contar nada de lo que me contara Oscar, “fideo fino” le dicen, porque tiene que pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra. Además el vasco no suele ser demostrativo más que con gestos.
 
Por ejemplo volver a Ezeiza, para probar, dijo, unos filets de brotola, al parecer imperdibles en una salsa roja y plena de ajo.
 
El vino quedó en el freezer y pidió que lo sirvieran copa por copa, claro la botella costaba trescientos pesos y eso, aunque no lo paguemos, por causas naturales, también es un exceso, aunque sea Sauvignon blanco.
 
En medio del parque me pareció ver una falda esquiva escurrirse entre los árboles, dejando tras de si una estela dorada. No era cierto.

Un beso de película*
   

El le dio un beso, lo llamó el último beso, como era el prinero ella supuso que lo que quiso decir es que sería  único. Como ella sabía que el beso único era, a veces, muy consentido y se aferraba y crecía en la memoria de la boca, buscó otros, y los consiguió. Aunque ninguno fue como áquel. Primero, único, último, un beso de película.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

Una rama de alerce*

 *Por Juan Forn

Un jefazo de Moscú de paso por Kolymá se queja de que las actividades culturales del campo “cojean de ambos pies”. Kolymá es Siberia, el gulag, el infierno blanco, los olvidados de Dios. “Todo, salvo las piedras, nos estaba prohibido”, dice Varlam Shalamov. En Kolymá los pájaros no cantan. Las flores, fugaces y anémicas, no tienen olor. Ni los árboles huelen en ese corto verano de aire frío que en realidad es una primavera enceguecedora, sin una gota de lluvia. Pero para el jefazo lo que le andaba faltando a la moral de los presos era actividad cultural. Mandaron llamar al preso encargado de tales menesteres, que en su vida real había sido mayor del Ejército Rojo, el mayor Pugachov, y éste le contestó al jefazo que no se preocupara: “Estamos preparando una obra de la que hablará toda Kolymá”. La obra era una fuga. Pugachov y los suyos eran una nueva especie en Kolymá.
Eran, como Shalamov, presos políticos, enemigos del pueblo. Pero no eran como los demás prisioneros políticos llegados desde los años ‘30 a Siberia: no se derrumbaban moralmente preguntándose qué habían hecho, cómo pudo hacerles eso la Revolución. Eran hombres de acción, puro reflejo animal:
venían de pelear como leones contra los nazis, de arriesgar el pellejo escapando de los lager para volver a sus filas y empuñar de nuevo las armas.
Pero la guerra ya estaba ganada y Stalin los mandó a Siberia. Los mandó cuando acababa el otoño, creyendo que el invierno los quebraría, los igualaría a los demás presos políticos. Ellos se tomaron el invierno para estudiar el terreno, en condiciones infrahumanas, trazaron un plan enloquecido, esperaron el momento oportuno con la llegada de la primavera, y un día se fugaron.
Los agarraron a todos. Los tuvieron que matar para agarrarlos, y al único que agarraron vivo, agonizante, lo revivieron y después lo cosieron a balazos. Se desquitaron con él porque cuando sólo les faltaba encontrar a Pugachov, y lo encontraron, éste se disparó en el paladar la última bala que
le quedaba, mirándolos fieramente a los ojos. Dice Shalamov que cuando se enfrentaron los guardias y los presos fugados, ambos bandos exhibieron equivalente temeridad: los presos porque no iban a entregarse vivos, los guardias porque sabían que serían convertidos en presos en cuanto sus superiores se enteraran de la fuga. Dice Shalamov que su país es un país de esperanzas absurdas, hechas de rumores, sospechas, conjeturas e hipótesis, y que por eso cualquier acontecimiento crece hasta convertirse en leyenda antes de que el informe del jefe local logre llegar, llevado por el más veloz correo, hasta las altas esferas. Eso es la literatura rusa, si se lo piensa un poco (en el final de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribe: “Lo que se dice aquí se oye en toda Rusia”). La fuga de Pugachov, el relato de la fuga de Pugachov, corrió como mercurio derramado por Kolymá, fue la
actividad cultural por excelencia de aquel verano y el invierno siguiente.
Shalamov estaba allí y vivió para contarlo. Lo contó en catorce páginas alucinantes, y en otros setenta cuentos más, que rara vez son más largos, y a veces necesitan apenas tres páginas para llegar hasta el fondo de la médula espinal de quien las lee.
Shalamov había sido deportado a Siberia de jovencito, pasó veinticuatro años allá, pudo volver recién después de la muerte de Stalin: no tenía cincuenta y parecía de setenta (había quedado sordo, perdido la vista de un ojo, tenía Parkinson). Se pasó los ocho años siguientes escribiendo, uno tras otro, setenta cuentos como el de la fuga de Pugachov. Consideraba su vida acabada, sólo le importaba dejar en papel su experiencia en Kolymá y tallaba cada pieza de su mosaico como un miniaturista loco. Hasta que, en noviembre de 1962, la revista Novy Mir publicó un cuento llamado “Un día en la vida de Iván Denisovich” de un desconocido llamado Alexander Solzhenitsyn. Era la primera descripción del gulag que aparecía en letra impresa. Se decía que el propio Kruschev había dado el visto bueno para que se publicara. Shalamov la leyó en su cochambroso cuarto, le escribió a Solzhenitsyn (que era once años
menor y que había pasado diez años menos que él en Siberia), le mostró sus cuentos, le preguntó qué hacer con ellos. Solzhenitsyn le dijo que no eran lo suficientemente “artísticos” (aunque a continuación le propuso que lo ayudara a escribir Archipiélago Gulag; Shalamov le contestó que lo que tenía
para contar sólo podía escribirlo solo). Mientras tanto, Brezhnev eyectó a Kruschev, acabó con el deshielo, convirtió a Solzhenitsyn en una bandera de la disidencia (y lo echó de la URSS cuando él logró filtrar a Occidente y publicar allá su Archipiélago) y Shalamov siguió escribiendo como un muerto en vida sus cuentos. Cada vez escribía menos, hasta que en 1973 no escribió más. Pero algunos de esos cuentos empezaron a circular de mano en mano, en samizdat, alguien los cruzó al otro lado y un periódico de rusos blancos en Nueva York los publicó.
Shalamov repudió la publicación desde Novy Mir. Fue la primera y última prosa suya que vio en letra impresa en su vida. Dijo que no era un disidente, que no era bandera de nadie. Nadie le creyó: o pensaron que era un cobarde o que lo habían obligado a firmar. La mayoría creía que lo habían obligado: en 1979 el Pen Club francés anunció que le daría a Shalamov el Premio de la Libertad. Las autoridades rusas lo internaron en un asilo para débiles mentales, donde murió, ido y solo, tres años después. El último de sus Relatos de Kolymá es la historia de una rama seca de alerce que llega por correo a Moscú. La destinataria la pone en una lata y llena la lata con agua de la canilla, “esa agua muerta de las cañerías moscovitas”. Pasan varios días y la mujer se despierta una noche por un vago olor a trementina,
que no sabe de dónde viene. Es la rama de alerce, las ínfimas agujas de pinocha que asoman de sus nudos. El alerce es el único árbol que huele en Kolymá. De allí viene la rama. La destinataria de la rama es la viuda de un poeta que murió en Kolymá. Shalamov no la nombra, pero sabemos que es la extraordinaria Nadezhda Mandelstam, porque en otro cuento relata la muerte del gran Ossip (”sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que el poeta murió dos días antes de su muerte, que lo sepan sus futuros biógrafos”). Dice Shalamov que, al principio, el olor del alerce parece el olor de la descomposición, el olor de los muertos. Pero si uno inspira hondamente y con atención, comprende lentamente que ése es el olor de la vida, de la resistencia, de la victoria.
La literatura rusa está hecha en madera de alerce. Shalamov nos lo enseñó.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184880-2012-01-06.html

Esa palabra*

Dame esa palabra hermano
esa, la que penetre,
la que indague,
la que hurgue en las entrañas.

Esa palabra creada para llorar,
calentar la sangre
enervar los sentidos.
Esa que usó Whitman,
Benedetti, Rubén Vela.

Y  no la busques demasiado.
Está allí, al alcance de tus ojos.
Es la que gastan los poetas
La que molesta a los tiranos.

Murmura esa palabra hermano
o  la cantas, o la gritas
hasta quedar sin voz.
Y  la escribes en las paredes
en las plazas y veredas.

 Paz
             Paz
                          Paz
                                   

*De Elsa  Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar

*

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LA LITERATURA ES INDISPENSABLE PARA EL MUNDO…

 NOSTALGIAS*
          

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho  tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.
            Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el menor de mis tíos montaría el “nochero” como se llamaba al caballo manso que permanecía atado a un palenque e iría a buscar la tropilla que moraba por las noches en un potrero de alfalfa, muy alejado de la casa.
            De allí vendría la caballada necesaria para el arado o las rastras, o las carpidoras o la cortadora de alfalfa con su gran lanza que iba hacia un costado produciendo una lluvia verde sobre el campo y un olor penetrante de frescura que tocaban las pituitarias ávidas y con sólo eso uno se sentía bien.
            Esto que trato  de recordar, esto que trato de narrar de todos modos es de la época en que el viejo, es decir mi abuelo, ya no trabajaba el campo, había delegado esa tarea a sus hijos menores. Todos los mayores habían emigrado y se ocupaban de peones rurales, única tarea que podían hacer por su conocimiento, experiencia y baquía.  Como casi ninguno había ido a la escuela o lo habían hecho esporádicamente ya que había que trabajar desde muy chicos, no podían esperar otra cosa. Nunca supe, y ya nunca sabré a esta altura quién le puso en la cabeza a mi abuelo, que había vivido toda su vida en el campo, que podía ponerse al frente de un negocio, él, que era analfabeto, y que –presumo- apenas sabría dibujar su firma y sacar las cuentas,  bien elementales. Mi abuela era muy vivaz, más inteligente que él, había aprendido a leer y a escribir sin que nadie le hubiera ensañado nunca. Pero el viejo –que era desconfiado por naturaleza- no le permitía que ella atendiera sola a la clientela. Porque además sospecharía que ella podría distraer algunas monedas para repartir entre sus nietos. Y era verdad esta sospecha porque yo era uno de los beneficiados directos, ya que ella me aseguraba la matinée del domingo, un paquete de maní con chocolate y la revista de historietas del día lunes.
            Cuando mi abuelo tomó la decisión de cambiar sus animales, sus escasas maquinarias y  sus enseres de labranza, ya que no era dueño del campo, por un almacén y despacho de bebidas, tenía cincuenta y siete años y se sentía viejo y se sentía cansado, tanto trabajar para otro siempre, deslomándose. Alguna vez me contó que cuando era un niño de corta edad su padre lo llevaba  al campo para que le ayude a  arar. Lo hacían con bueyes. El padre de mi abuelo en la mancera y él manejando los bueyes. Como sus seis años no tenían fuerza  para darle latigazos a los animales, mi bisabuelo le pegaba un chicotazo a los bueyes y de paso uno a él, para que aprendiera.
            Esto me lo contó casi al final de su vida, cuando pasaba los ochenta, y como nunca fue proclive a las confesiones, yo lo doy como notoria verdad.
            Imposible mensurar hoy cuánto sufrieron estos inmigrantes que cruzaron el mar escapando del hambre, y que luego nos engendraron  en la tristeza de haber abandonado sus raíces y en la presunción de que nunca serían de un país, que les daría, sí, identidad  a sus hijos y a sus nietos.
            Pero ellos nunca  se adaptaron, creo, y nunca fueron  felices.
            Mi abuelo al atardecer se sentaba en la galería y miraba el campo.
            Es lo que uno creía, pero cuando esa bandera de trigo, tremolaba, él estaría mirando a través de esas olas amarillas, su lejana tierra a la que nunca volvería.
            Entonces sacaba su pipa del bolsillo de su chaquetón de brin, metía la cazuela dentro de su tabaquera, luego con parsimonia la llenaba y encendía el tabaco dulzón que se volvía agrio en su boca.
            Y a través del campo en reposo miraría esas luciérnagas vivaces que incendiaban los alfalfares y tal vez soñara con su aldea que dejó colgada en su tierra y ahora sólo vivía en su memoria.
            En su memoria que sólo de vez en cuando se atrevía a inquietar con recuerdo.

LA LITERATURA ES INDISPENSABLE PARA EL MUNDO…

UMBRALES*

“¿Que es un adulto? un niño inflado por la edad”
SIMONE DE BEAUVOIR
 

Era  el deseo frutal y la vendimia.
Vino lento y pasos apurados.
Latido en las entrañas.
Credos. ¿Inmortalidad del beso y de la flor?
No. No. Todo fenece. Todo.
 

Estación sonora de  las manos verdes.
De los sueños de blancas alboradas.
Tiempo de escondidas y secretos.
De metamorfosis y camaleones.
El  verde se escondía en el lirio.
El azul en las ranas del río.
El blanco en la flor del Narciso.
Montaban la corriente en la grupa del toro.
En los peces de espuma.
Se colgaban en los gritos de los gansos salvajes.
 

Pero el árbol del pan les fue negado.
Una manzana en la cabeza.
Una ballesta en la mano del padre.
El azul es cólera. El blanco, olvido.
El verde, una  cabellera de moho.
 

No obstante, aun esperan. Vuelven a la niñez.
Parados, en los umbrales de la palabra nueva.
Esperan. Aun esperan.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

JUSTO AHORA!!! *

Él está acostado en la cama cubierto por una manta.
Ella camina por la habitación alterada y moviendo los brazos para todos lados.
 ’Justo ahora! – Ella exclama – Irene nos invitó hace un mes, nos hizo prometer que estaríamos a su lado para compartir su dicha, dimos la palabra y justo ahora que invertí casi medio sueldo en ropas y accesorios. ¡Justo ahora!! No puede llover sobre mí tanta desgracia… Me hice ilusiones, me imaginé luciendo radiante entre todas, que me mirarían los hombre codiciosos y que las mujeres me enviarían porque mi cuerpo se mantiene esbelto y mis arrugas se atenuaron gracias  a la crema mágica que me regaló Lucía y yo soñaba con una gran noche, una triunfal noche y justo ahora se te ocurre contraer gripe!!!!
El grito de ella choca contra las paredes de la habitación,  se toma la cabeza  y se deja caer sobre una silla. Ya no grita, solo llora.

*De Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar

James Baldwin/ Tres poemas *

TÚ ESCRIBES…
 

Tú escribes para cambiar el mundo, sabiendo
perfectamente bien que probablemente no puedas
hacerlo, pero también sabiendo que la literatura
es indispensable para el mundo… El mundo cambia
de acuerdo a la forma en que la gente lo ve, y
si tú modificas, aunque sea por un milímetro,
el rumbo, la gente lo vería como una realidad;
entonces tú puedes cambiarlo.

 
LA PASIÓN
 

La pasión no es amistosa. Es arrogante,
magníficamente despreciativa de todo lo que no es
ella misma, y, como definición de sí,
implica un impulso de libertad, y además tiene un posible
poder intimidante. Contiene un desafío.
Y contiene una esperanza siempre indecible.
 
 
 

TEN CUIDADO

Ten cuidado con lo que pongas en tu corazón,
porque seguramente va a ser tuyo.

 
*Traducción al español: Eduardo Dalter

-James Baldwin nació en el Harlem, Nueva York, en 1924, y falleció en Francia en 1987. Poeta, cronista, ensayista y narrador. Su poemario Jimmy’s Blues se editó en 1985.

*

Queridos, recordados amigos

Van estos augurios, este saludo, y los tres poemas que incluyo. Con un abrazo fuerte,
un hasta pronto, y recuerdos,

*Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

 

PÁJAROS*

Manuelita Sáenz amante de Bolívar. Designada “Caballeresa del sol, al
patriotismo de las más sensibles”.

Los pájaros, amor, no hablan, pero se comunican.
Condenados amor, estamos condenados al invierno.
Sella tu boca  primavera. Amordázala.
Hablemos con el lenguaje indescifrable de los pájaros.
Vos sabrás, que cuando mi boca muerda las cerezas,
Es tu boca la que muerdo.
 Yo sabré, que cuando tus labios
 Húmedos,  rojo vino, es mi boca la que te deleita.
Estamos condenados al silencio, amor.
Más, podemos hablar con los ojos.
Rozarnos con las alas y con ellas gemir, y con ellas gozar.
Cuando en la muchedumbre, la gente mire, absorta.
Luciérnagas doradas, sabré que han escapado de tus ojos
Y tu vuelo viril se hará suspiro y mi cuerpo se cubrirá de espuma-
Cuando en formal saludo nuestras alas se encuentren,
Y tu vientre galope, palpitando salvaje,
Yo, impávida, diré:
¡Qué hermosa está la noche!

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

DEL VERBO INSTANTE*

si hubiéramos vivido
si hubiéramos sabido
si supieras supieran
 

la vida entera fueron
contados pocos años
los años fueron días
los días fueron horas nada más
 

los rostros se escurrieron
el nacer un instante
el morir un instante
 

si hubiéramos querido
si cada uno quisiera
 

destruir o crear a cada instante
dar o quitar
convivir o matar en cada gesto
 

podemos elegir
ser horizonte abierto
o  pozo ciego.
                                

*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

Voz*

Sé que me gustó imaginar tu voz
aquella antigua
sin tiempo
creyendo en ella
qué otra cosa pude hacer
que escucharla al trasluz
divisar una acústica sin vuelo
rodeada de sinónimos
qué cosas pude prever
en la sinceridad de homónimos
construídos con lengua materna
arrullado
en el más común de los sentidos
escuché decir lo grave
de verdades vacías
sobrevenidas del decir
explicando el tacto
la piel
supe de algo que dirime cosas encontradas
para quedarnos ambos
sin voz
sin voces que intentaran la palabra
para apenar esta caída.

*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com
Buenos Aires – Argentina
www.teoriasyalboroto.blogspot.com

Correo:

Felices Fiestas*

A los amigos virtuales que por esta  página he cosechado, les mando mi mas cariñoso saludo para este nuevo año que se inicia y a vos Eduardo el mas entrañable abrazo por la oportunidad que nos das de expresarnos.  

*Mirta Alicia Gisondi. mirtagisondi@hotmail.com

*

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TAN LEJOS Y ESCRIBIENDO PALABRAS EN EL VIENTO…

El Relojero Mayor*

Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier variación en el horario. A fin y al cabo todo el mundo se regía por la hora que daba mi reloj. Jamás se adelantó ni retraso un solo segundo en todo este tiempo.

Cuando me anunciaron una jubilación anticipada, el mundo se hundió bajo mis pies ¿acaso no había cumplido mi cometido? ¿No había sido eficiente y fiel? ¿Treinta y seis años de dedicación absoluta no merecían otra recompensa que una jubilación inmediata?. La excusa del cambio de los tiempos y del ordenador que controlaría la hora con “más rigor y seguridad” fue el detonante.

El último día de trabajo, empujado por la sed de venganza, adelanté el reloj una hora creando una cadena de despropósitos increíbles. La bolsa cerró antes con millones de operaciones a medias, los trenes llegaron antes de hora, las bodas se suspendieron, los juzgados no pudieron acabar sus juicios, los colegios dejaron los niños en la calle… El caos.

Con una sonrisa malévola cerré, por última vez,  la portalada del Big Ben y me fui a casa. Ahora solamente me quedaba acabar de pasar el resto de mi vida con mi mujer, que pacientemente, se había sacrificado como yo en la exactitud de los horarios durante toda una vida. Cuando abrí la puerta alcance a oír al vecino de al lado que decía desde mi habitación. “Diana, ven rápido que sólo nos queda una hora”

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

TAN LEJOS Y ESCRIBIENDO PALABRAS EN EL VIENTO…

 

PALABRAS EN EL VIENTO*
 

Con este correo saludo al Lic. Eduardo Coiro , a los colaboradores de la Revista , a sus lectores , a los pájaros exiliados.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

“No digas que no sé atrapar el viento y tú en la distancia,
alguien vino y violó la cerradura.”
CRISTINA LARCO
 

No, no  me escribas palabras en el viento.
Se convierten en cuervos.
Picotean si piedad mis intensos girasoles.
Luego dices que no se atraparlas.
 

A veces se transforman en noche.
Descienden por mis hombros.
Mueren en la curva de mi espalda.
Luego me dices que mi nombre es Edith.
 

No escribas palabras en el viento.
El viento es un tristísimo extranjero.
No me condenes a ser mujer de sal.
A ser ángel de arena.
 

Borra la fecha, el lugar, la hora.
Quita a septiembre de tu calendario.
Sé, una vez más, mi casa.
Mi puente derribado, mi lirio blanco.
 

No digas que mi puerta está cerrada.
“No digas que no sé atrapar el viento”
La puerta de  mi alcoba abierta está.
El aliento del viento, tan cercano.
Tan ardiente , tan ebrio , tan febril.
Y tú, tan lejos.
Tan lejos y escribiendo palabras en el viento.

*

 
LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

Habla la morada de su sombra*

 
*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Distinguida en tres oportunidades con la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores, obtuvo el premio ”Platero”, otorgado por la UN, Ginebra, Suiza.”Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo”. En algún lugar del cemento, llámese como guste, hay quienes vivieron con la puerta cerrada mucho tiempo, el viento, la lluvia, el sol, algún pájaro, curiosearon. La literatura de Emilse Zorzut parece hablar de un desatar y desatarse, aunque no haya certezas de esto.
Una importante pluma cuyos valores han trascendido las fronteras y su trabajo es material que habita distintas geografías y el cual ella accede explicar.
Una profesional que enlaza mundos y los cuenta como cuentas de un rosario que se desliza en la memoria. Veamos cuanto es posible compartir de su historia que es además parte del presente.

–¿Quién es Emilse, cuál es su pasado y cómo influyó en el presente?

–¿Quién soy? Bueno, nací en la localidad de Tolosa, Ciudad de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires. Mis abuelos paternos fueron oriundos de Austría y los maternos de las regiones vascas españolas. Una combinación algo especial. Un recuerdo de mi niñez es cuando me columpiaba en la hamaca construida por mi padre mientras miraba aparecer las estrellas al caer la tarde.
Escribí mi primera poesía a los 11 años y fue una mala experiencia porque mi maestra no creyó que era de mi autoría. Con el tiempo, me di cuenta que no debía haber sido tan mala. Comencé a trabajar a los 16 como secretaria privada de la presidenta de una institución que ayudaba a enfermos incurables para luego pasar a un comercio y terminar, obteniendo por concurso, un puesto en la administración pública.
Pero mi sueño era ser periodista, por lo que me inscribí en la car r e ra que se dictaba en el Círculo de Periodistas de La Plata, pero c u a n d o cursaba las cuatro última s materias en la Facultad de Humanidades, por razones políticas, cerraron la escuela y bueno, nuevamente a buscar otro rumbo que terminó en la Facultad de Humanidades donde me recibí de Psicóloga Clínica.

–¿Cómo te formaste profesionalmente y dónde? ¿Tu carrera te permite trasladar información a la literatura, cuando se produce el cruce?

–Pertenecí a la primera promoción de esa carrera, aunque de todos modos mi vocación por la literatura seguía en pie y nunca abandoné mi inclinación hacia la poesía.
Mi carrera, el importante aporte que me dio, fue el conocimiento a fondo de la naturaleza humana que me permitió crear mis personajes cuando comencé a incursionar en cuento y novela.

–Publicaste varias cosas, sobre todo en papel ¿Podrías mencionar tu obra completa?

–Mis obras publicadas en papel son: Sobre mundos abismales –Poesía– (1990) compartido con la escritora Marta Beatriz Multini; Al compás de la ronda –Cuentos– (1995); Morada de los cuatro vientos –Prosa Poética– (2000); Morada de mi sombra –Poesía– (2001), con el cual obtuve el Premio Platero 2000 de Naciones las Unidas en Ginebra, Suiza; Caleidoscopio –Poesía Haiku– (2003) con el cual participé en un intercambio cultural Argentino- Cubano; Síndrome X – Cuentos – (2006); Moradas, una recopilación de ocho poemarios cuyos títulos comienzan con la palabra Morada (2010). También tengo publicaciones en Antologías nacionales e internacionales.
Colaboro con revisas literarias de Argentina, América y Europa. Además, publico en diversos sitios web. Con la escritora Marta Beatriz Multini incursionamos en guiones de cine y TV que están a la búsqueda de algún director que quiera llevarnos al cine.

– ¿ Cuáles son tus referentes literarios?

–En poesía fueron Lao Tse y Basho, por mi acercamiento a la poesía oriental. En nuestra lengua, Neruda y Alfonsina Storni son mis predilectos. En prosa decididamente Cortázar, porque su sola lectura me devuelve a las musas cuando éstas se adormecen.

–¿Qué es para vos la literatura, qué te provoca?

–Es la supervivencia del alma, y a través de ella canalizo sueños e ideales que me permiten sobrevivir en un mundo gris.

¿Estás trabajando en algo en este momento?

–Con la escritora Marta B. Multini estamos incursionando en guiones de cine y TV. Por mi parte estoy encarando el género novela.

Tres preguntas delirantes que sólo una autora con musas despabiladas puede responder:

–¿El sol tarda en salir en una época del año porque se siente avergonzado?

–Creo que el sol prefiere la noche para no ver lo que sucede en la tierra y que no puede modificar.

–¿Las marcas del tiempo, son heridas, cicatrices, espejos indeseados o qué?

–Las marcas del tiempo son enseñanzas que se deben capitalizar para lograr que el mundo interno sea una fuente de paz y goce de vida, una tarea que muchas veces nos cuesta asumir.

–¿Dios, el que elijas, puede ser olvidadizo?

–No creo que Dios sea olvidadizo, creo que recuerda para qué nos creó, tal vez lo hayamos decepcionado. Debe estar esperando que en algún momento cumplamos nuestra parte.

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 30/12/11  http://www.launion.com.ar/?p=76595

Carta por un nuevo año*
 

Estás allá,
lejana,
viviendo la ilusión tan bien soñada,
cargando a un Santa Claus,
cubriendo con guirnalda palma ajena.
 Así eres feliz, a tu manera.                           
                                   Yo sigo aquí,                                                   
renuente,
viviendo realidad,
soñando un poco;
encendiendo velas fuera de los altares,
esperando cualquier día pájaros negros,
cargando con flecha la ballesta.
Es cierto, cada cual es feliz a su manera.
 

*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
-Tomado del poemario “Fantasmas de Quijote” (2006)

Volver a casa*

*Por Juan Forn

Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche
en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida:
“¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?” (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí
(¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).
Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta
vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer.
Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede “leer” un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la
palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.
“Esa historia es más para vos que para mí”, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos.
Hull dice que de a poco empezó a “oír” los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto
toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para “leer” las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.
El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de “leer” al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, “rodeando” nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi
madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor
canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: “¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí”.
Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: “El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown”. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas
hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.
Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184432-2011-12-30.html

Habitaciones*

Habitaciones que se bifurcan,
que se multiplican y no terminan.
Que son distintas y son todas la misma.

Pasillos que no conducen ni extravían.

Helados muros que devuelven, indiferentes,
el eco angustiado de mi voz que te llama.

Y en el medio de todo
mis pasos, quietos, sin destino,
mi alma yacente, precipitada
en el abismo de tu ausencia.

-De Destierro

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

LA FORMA MÁS CRUDA DE LA SOLEDAD*

 Lo cuenta Marabú, el joven de Senegal que vende relojes y cadenitas cargando con su valija por la ciudad.
Dice que entro en un bar casi desierto y que un hombre de barba candado lo invito a sentarse hablando en francés. Marabú habla francés y wólof. Apenas comprende lo elemental del español.
Le preguntó si había comido. Marabú, no tuvo vergüenza: le dijo que desde la mañana no había probado un bocado.
El hombre de la barba candado llamó al mozo, pidió un sanguche y una gaseosa para Marabú.
Y un café cortado para él.
Antonio, el mozo, avisó que ese día el bar cerraba temprano por ser fin de año.
El hombre, inmutable esperó que Marabú comiera tranquilo.

Mientras, se largo a monologar sobre la posibilidad de hablar y ser escuchado:

-Todos los años vengo a sentarme en esta mesa a la misma hora. No tengo respuestas. Sólo una profunda angustia.
-Entendeme Marabú: -Puedo hablar, pero no puedo expresarme con las palabras.
(….) y las palabras que tengo no pueden darle forma a lo que siento, a lo que me pasa.
(…) más de 53 años y no aprendí a liberar mi voz.

A veces pienso que es aun mucho peor.
Que no solo las palabras que dispongo no pueden expresar mis sentimientos, sino que además no están las personas adecuadas para escucharme.

Después el hombre quedó en silencio, siguió hundido en pensamientos que surgieron desde una historia imposible de imaginar para Marabú, que luego de una media hora se despidió agradeciendo el gesto.

-Que tengas un feliz año nuevo, le dijo el hombre de la barba candado.

-Pensé: Es posible que esta sea una de las formas más crudas de la soledad.

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Los puentes*

De los puentes enterrados
sólo asoma
un herrumbre inmemorial.
Los visitadores se preguntan
por una ciudad sin transbordo
sin pasarelas
ni emociones
ni encuentros.
Ruidos ferrosos responden
desde el centro de la arcilla herida
con voces
de viejas estaciones de sembraduras.
Pero el intercambio no se produce.
Las terceras personas
intuyen que el subsuelo oculta algo
tal vez
un pasado que no conocieron.

Soterrado el pasado pontonero
de la memoria
las manos muertas de la piel
lograron
despoblar el vínculo
olvidado.

*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com
Buenos Aires – Argentina
www.teoriasyalboroto.blogspot.com

Correo:

A mis compañeras y compañeros de sueños*

*Por Nechi Dorado.  nechi.dorado@gmail.com

(Mi deseo se extiende a mis compañeras y compañeros no sólo en  “mi patria” sino también en las patrias hermanas)

Este año que termina dejó cosas.
Dejó huellas, heridas, alegrías, tristezas y esperanza.
Dejó las  huellas  de los seres a los que pude tener cerca y se convirtieron en inolvidables, imprescindibles ¡Tan necesarios que deseo tener cerca para siempre! Y los atrapo en el alma, me vuelvo ¿”carcelera”? de amores y de afectos.
Dejó heridas, esas que aparecen de pronto pero que con el tiempo se convierten en cicatrices que habrán de recordarme siempre el dolor pasado. También recordarán que pude superarlo y eso es lo maravilloso.
Dejó alegrías por toda la gente hermosa que fui recogiendo en el camino, por su ternura y apoyo. Por estar y por ser.
Dejó tristezas porque algunos se fueron a destiempo ¡Vaya a saber por qué cosas que algunos llaman destino! Son los que se van pero nunca del todo. Simplemente pasan a engrosar el arcón de los recuerdos más lindos y quedan allí dando vueltas sin encontrar la puerta de salida.
Otros se fueron para siempre, algunos porque cumplieron su etapa y hubo de los que  partieron a destiempo, apresurados. ¡Vaya a saber, también, qué cosa cruel es la que decide cuando debemos irnos…!
Y no faltaron los que fueron arrancados, de prepo, sin lógica y sin excusa valedera.
¡Eran los insolentes, esos y esas a los que se les ocurrió soñar con otro mundo que es posible pero no les gusta a muchos!
A los adoradores de la muerte, sobre todo, que no aceptan que subviertan el esquema establecido aunque aniquile, aunque desangre, viole o torture.
El recuerdo tiene la propiedad de permitirnos dibujar sonrisas allí donde quedó una mueca.
El recuerdo hace que la muerte sufra su peor derrota.
Y el abandono también.
A todos esos seres que viven en mi corazón y seguirán latiendo hasta mi último respiro les digo GRACIAS.
A los otros también les digo gracias porque lograron de mí alguien más fuerte, totalmente convencida de que el camino elegido ha sido el que quiero y debo seguir transitando…
A todos y a todas mi deseo de un 2012 lleno de felicidad, de memoria para que no se vuelvan a repetir los errores, de compromiso para que el mundo alcance lo que no debió perder nunca: la JUSTICIA, la LIBERTAD, los CODIGOS hoy suplantados por algunos que vienen en “barras”.
Por un 2012 justo nos corresponde la tarea impostergable de despertar conciencias anquilosadas, repudiar lo imperdonable y sobre todo mantener viva la esperanza.
Esa que también nos deja el año que ya se aleja y nos toca acunar entre canciones de amor y resistencia…

*Nechi Dorado
 Argentina

*

¡Hasta siempre, 2011!

Brindemos por los Indignados,
occupy’s, manifestantes;
por los asesinados en cada plaza de la Libertad,
cada guerra imperialista,
cada tierra usurpada y río seco;
por todas las víctimas invisibles
y por las derribadas a flor de tierra y de llanto:
vidas sangradas, sangre sagrada.

¡Bienvenido, 2012!

¡Brindemos por los triunfantes
que derrocaron dictaduras,
que defendieron derechos,
que encarcelaron a asesinos,
que conquistaron libertades!

¡Salud, amor, coraje, conciencia
y tiempo para hacerlos realidad!

*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar

*

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EDICIÓN DICIEMBRE 2011

Hoy me levanté con el día equivocado*

Mi pie izquierdo giró derecho
Recibí un ramo de rosas amarillas
Me reí de mis defectos
Canté con vos palpitante una melodía original
Me tire de la cornisa en parapente
No leí las noticias negras de los diarios
Las alas de mi sonrisa desplegaron
en golondrinas de corales

Me duché con el agua bendita
de los grandes maestros de la filosofía

El olfato de los perros me acercó
a la tibieza de su intuición

Probé el néctar de las nubes
Y  nadé por las cataratas del regocijo

No repasé en lo que dirán de mí
Ni detallé cuanta plata tenía en los bolsillos
Renuncié al candado de mis emociones
y camine por la playa sin un sostén prensado

Buceé por los mares del tiempo sin jadear
y presumí en los abrazos de mi abuela…

*De Azul. azulaki@hotmail.com
7/12/11

FOGATAS DE OCTUBRE*
 
 
“(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.
CESARE PAVESE
 

Y era octubre.
No se quien fue la yesca y quien el pajonal.
 A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce
Nos reconoce y pronuncia  nuestros  nombres.
En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.
No, no era la primera fogata.
Pero si embargo, fue la única.
Única raíz, bengalas en el cielo.
Encendieron las noches y los dedos.
Y fuimos bocas, manos y señales.
 

Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.
Y bebías el fuego de mi frente.
Y yo, toda yo, era fuente y origen.
Apenas cabías en mis manos.
Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.
Y te hacía un lugar en mi lecho.
Castamente, como un niño de otoño.
Encendías luciérnagas en desgarradas noches.
Y  éramos una oración, un mantra.
Una gloriosa soledad compartida.
Y era octubre.
 

Y soplamos en azul adversos vientos.
Médanos, goteras en el techo.
Ahora las manos están frías.
Y me pregunto si acaso ronda el miedo.
Y el olvido, y la muerte y la vida.
Escucha, son las fogatas y es octubre. 
Y hay un memorial que riega nuestra sangre.
Y en mis pechos, vírgenes de ti.
Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.
 

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

AQUELLOS ABUELOS*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
                                                                              

   A Miguel Fredi
 
      
     Mi abuelo –cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? –Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo  para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.
            Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía  a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.
            En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque  lo vi en otros inmigrantes: todos  tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se  sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.
            Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes,  como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.
            Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta  del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.
            Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.
            -Te creés que yo no escuchaba desde aquí “al acordeón del vicio” –le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.
            A él, a  Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no  muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.
            Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.
            Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos  por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.
 

 HEREDARÁS MIS ÓRDENES*

Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.
Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.
Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la  exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea  de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.
Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.
- ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.
No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra  por miedo a que ella apareciera.
Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario.
Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.
Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.
La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.
Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.
Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó  esa cláusula.
- Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.
- ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? – preguntó Lucy, la esposa de Mario.
- Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.
- Eso lo vamos a discutir después – insistió Lucy.
- ¿Por qué no se callan? – alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.
Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.
- ¿Hacemos lo que pide? – logró articular después de algunas vacilaciones. – No sé… me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!
Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.
Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.
Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.
 
                       

*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
 -Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES – CEN EDICIONES 2011

LA FELICIDAD COMO DEBER*

    

Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Cansancio*

 
Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta.
En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así.
Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

De Prosas breves
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

EL VIEJO TREN*

            
Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban

como a una aparición de lo lejano
con los sueños y los ojos.

Por estas mismas vías,
atravesando barriadas

somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren

echando densas bocanadas
contra el cielo

como un duende
que va rasgando el silencio

con un eco dolido
de trombón y clarinete.

Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,

pasó como una estrella
repentina,

pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero

y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,

con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,

y como una exhalación
de lo innombrable.

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 Desangrándose*

Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: “¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!”

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

Antes de Navidad*

Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.
El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.

He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.
Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.
Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.

Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.
Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.

No se quedo quieta.
Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.

Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.
Y había risas.
-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.

Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:

“BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA”
Con letra más chica, había agregado: “Urgente, si es posible antes de Navidad”

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

CUENTOS DE LA REALIDAD
 

Milagro en … el Muñíz …*
 

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Hay que moler los sueños.
La gente no debe pensar.
¿En realidad, la gente piensa?
El ejercicio de pensar alucina.
¿Y que es alucinar?
 
Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer “que todos se han ido”. Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.
 
- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge – ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.
- ¿Que Jorge? – atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.
- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? –
-  Ah… es cierto -, me disculpé.
- ¿Y como está? – quise reparar.
- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios – agregó sin mirarme.
 
Estábamos en una mesa externa de “La Sextana” de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada “extra large”. Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.
 
- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución – informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.
 
La combinación “franquera” de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el “tacle” de cuatro chicos que “piden” en ventanilla. Una adulta, a la izquierda “de su imagen”, vigilaba el desempeño de “los recaudadores”.
Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.
Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.
 
Banfield luce, todavía, “fronteras abiertas”. Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?,  si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.
 
Accedimos a la plataforma y el “balita” blanco y verde, propios colores banfileños,  llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?…  por la intermitencia  de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para “dejar entrar el sol”. Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.
 
Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.
 
Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir “soplando en el viento”.
 
Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por “los fierros”.
 
Dicen que “los fierros” los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman “territorio federal”; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.
 
La reactivación, en Lanús, está en marcha.
 
¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar  “el desierto de los tártaros”, con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.
 
La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del “master “.
 
La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.
 
Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos “para hacer el vagón” y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus “recitales” de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo “hacer la gala” en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.
Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.
 
Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a  los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.
 
Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.
 
Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.
 
Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.
A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.
 
- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -,  consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.
 
El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.
 
La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo
bajar  la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo
 
- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que “los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares” -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.
 
- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su “paternidad responsable” y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal – La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.
 
- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.
 
- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.

-Verano de 2005

UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*
 
    

Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.
     – No te pongas nerviosa – le dije – que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.
     Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos  comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.
     Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.
     “Con un poco de suerte – pensé – podes besuquear el cadáver del Papa.”
     También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.
     Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:
     – Y… ¿tus cosas como van?
     – Y… como siempre… – contesté, – igual.
     Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.

 

*De ELI RAF.

Todo en toda*

Me luce más con una flaca
me luce más con una flaca no muy alta
me luce más con una flaca no muy alta
de enormes pechos

Aunque perderme todo yo
en una toda enorme
conlleva apabullante
                                 vahído:

locura pasajera.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
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LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE…

HEREDERA DE SILENCIOS*

 
Ella es la Heredera de todos los silencios.
La veo aun, con su vaso vacío,
Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha.
El verano pasa como un potro de fuego.
El insomnio la acecha. La vigila.
Esa vieja costumbre de llorar dormida.
 
Pensar que le gustaba caminar con la lluvia.
Ofrecer su rosa en destruidos desvanes.
Ahora solo tiene el silencio.
No habla. No le hablan.
Solo las cucarachas murmuran.
También los muertos, mas, no entiende el morado.

Y se va por los bares hasta que todos cierran.
Y vuelve, y cuenta, uno a uno sus pasos.
Y bebe. Bebe todos los silencios.
Vacía lentamente la copa.
Allí en el fondo una boca extranjera  habla.
Tiernamente le habla… y la besa.
 

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE….

LA ABEJA DE MIGUEL HERNANDEZ*
 
        

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

  En aquellas tardes lejanas de lo que se trataba era del silencio.
El silencio supo escribir Miguel Hernández, que se paraba en el vuelo suspendido de una abeja.
Era más que nada y sobre todo en los veranos, cuando íbamos por los callejones hacia aquellos numerosos espejos de agua que llamabamos cañadas: del bajo Vollenweider, de Compañy, del Noventa o el Veintidós ya en el campo Maldonado, o la más grande y casi mítica laguna de Insaurralde que en verdad  conocí hace cuatro o cinco años pero de la que oí hablar toda mi vida.
 Del silencio de las siestas en los veranos del campo ya me hablaba mi padre cuando en su relato entraba ese callejón lejano más allá de Burki que nunca conocí y su paso breve y cansino con “el alambre” como llamaba a las boleadoras donde le ponía un par de puntas de plomo y en sus manos y en la de hermanos
–es decir mis tíos- llegaban a ser muy peligrosas.
De ese tiempo recuerdo sus palabras que siempre me hablaban del silencio del campo, que nunca es silencio porque si uno sabe escuchar puede sentir zumbar ese abejorro que a él lo perseguía por kilómetros, porque pienso  -ahora que él no está- que yo heredé ese zumbido y también lo recuerdo taladrando imperceptible, mis oídos. Es como decir que a mí no me bastan mis recuerdos sino que rememoro sobre el relato de los otros, en este caso mi padre, que era un gran narrador oral y tenía una minuciosa memoria que como una máquina podía poner a funcionar en cualquier momento que estuviese de buen humor, porque a veces pasaba días enteros sumido en una hosquedad cuyo origen se llevó a la tumba porque a nosotros nunca nos dejó entrar allí. Ni a mi madre, por caso, que tenía más derecho que nosotros.
Nosotros, digo ahora, la barrita que formábamos mis amigos y yo, cuando hacíamos las incursiones a los cañadones tratábamos de no alejarnos mucho. Pocas veces hacia el camino al Matadero nuevo, nunca por el del Beto Delmaschio o el de Vollenweider. En general tomábamos el camino a Maldonado pero no pasábamos de la tapera del ruso Bay, justo enfrente de la cañada de Compañy. Muy de vez en cuando iniciábamos el trote parejo  por el Camino del Diablo, como quien dice Paco Aguiar, Ramón Camiscia, la familia Zampelungue o el puesto de los Pichio. Pero nosotros nos dábamos por hechos con incursionar por ese camino cuya primer parada era la tapera de Bay donde intentábamos matar esas huidizas iguanas, o las lagartijas eléctricas con nuestra temibles gomeras arrojadoras de recortes de acero o piedras distraídas de una obra en construcción o en su defecto algunos proyectiles que hacíamos con un pedazo de ladrillo, luego de romper pacientemente con el martillo.
A ese camino que nosotros llamábamos el de Maldonado porque por allí se iba a la estancia del mismo nombre, o simplemente “a la tapera de Bay” y que las generaciones actuales bautizaron “El camino de los Tamariscos”, porque el ruso Bay había plantado algunos de estos árboles, que nosotros vimos jóvenes pero hoy se ven desde la ruta como un pequeño montecito, que ya tendré que inspeccionar desde más cerca porque el recuerdo que tengo de esa casa es su techo derruido y las paredes con agujeros por donde salían y entraban las alimañas a refugiarse allí de nuestras depredaciones. No he querido volver allí porque temo que ese lugar se haya agrandado en el recuerdo y no valga la pena confrontar con la agigantada memoria.
 De los veranos también recuerdo cuando a don Manuel Gómez, que tenía un gallito de veleta en el techo, se le escapaba el canario y toda la pibada del barrio le ayudábamos a cazarlo. Corríamos con unos precarios baldes de lata llenos de agua. Nunca supe por qué había que tirarles agua a los canarios. ¿Para inmovilizarlos, tal vez?  Es lo que recuerdo. También que era muy raro que se nos escapara aunque tuviéramos que treparnos a ese inmenso eucalipto con hojas plateadas que llamábamos “medicinal” porque todo el barrio iba a pedirle ramas que nuestras madres hervían y nos hacía aspirar ese vaho para curarnos los resfríos.
Hace poco lo mataron. Lo tiraron abajo. Algunos de los que éramos chicos entonces fuimos a pedir alguna rama para guardar como recuerdo.
Por esas cosas maravillosamente raras de este oficio, noto que hoy puedo relacionar el silencio que el abejorro de mi padre quebraba como un vidrio inmenso y frágil, y el propio silencio en nuestras andanzas por el campo que recuerdo y la abeja detenida  del poema de Miguel Hernández que es todo silencio y todo poesía y hoy domina sobre todos los recuerdos.

                                                                              

  RETAZOS DE LLUVIA*
 
 

I
 

El día se transforma
en la espera de la noche
porque allí soy dueña
de todos mis espacios.
Y vuelo, me sumerjo
en vaivenes utópicos
y nada me reprime.
nada me desborda.
Soy libre en mis sueños,
nadie vomita críticas
y tengo el universo entero
dentro de mis permisos
porque abro todas las ventanas
y dejo entrar al universo…
Soy dueña de la magia
de copiar los pentagramas
que entre estrellas y astros
se forman en el cielo.

 
 
II

Busco en mis recuerdos
las estampas perdidas
en el tiempo
y te veo, Nodriza, sin palabras
ofrecerme ternura
sólo con gestos.
Recibo el sol en mi piel
hecho caricia
sin lastimarme,
resbalando como la lluvia
cuando sola caminaba
por mi senda.
Siempre me veo sola
transitando la vida
pero aún no arribé
a mi mágico puerto.
 

III

Dialogo con fantasmas
que habitan el mundo del después.
Son en mis horas
perlas engarzadas a lo lejos.
Busco sus sonrisas
y me visto de alegría con sus guiños.
Puedo llegar a verte,
dulce Ama, que vuelves a escucharme
y me contagias tu fuerza
para seguir caminando
aún en soledad.

 
 
 
IV
 

Ama, mi piel es mármol
aterido de frío.
He quedado huérfana de caricias
expuesta al exterminio,
abandonada en mi alcoba
donde los leños que ardían
se extinguieron.
Tanteo sombras como recuerdos
tan lejanos que se evaporan
sin servir de consuelo.
Se que me esperas, Ama,
con la cena caliente,
con el abrazo tibio
y con esa sonrisa de aceptación
que me elevaba a reina.

 
 
V
 

Ya no hay golondrinas
que anuncien primaveras,
sus rutas fueron borradas
con prodigioso esmero;
no sé si fue el sol
que confundió sus turnos
o el sello del hombre
que entrelazó los vientos
o las sendas del aire
que fueron tapiadas
para confundirnos
y alterar los tiempos.
Perdimos las golondrinas,
las primaveras se anularon,
el último adiós se enfrió
dentro del reloj de arena.

 
 
VI
 

Intento perdonarme
por mi torrente de ira
que sale por mi piel
como avalancha
sin cordura ni –paz.
Intento serenar mi espíritu,
cantarle nanas al alma
para que dormite
sobre lecho de plumas
y sin dolor.
Intento reprimir lágrimas
que forman ríos de impotencia
y se lanzan ladera abajo
derribando obstáculos
sin matar al mal.
Intento… sólo intento
y culmino desprovista
de las ilusiones mágicas
que en mi mente crecían
para poder luchar.

 
*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Recuerdo*

 
Que cuando nació mi chiquilín, a la hora del atardecer comenzaba a llorar y no se calmaba. Un día una amiga al comentarle mi preocupación me dijo que los bebes lloraban en ese tiempo  porque era las hora de las brujas. Conforme me quedé con esa explicación y  a través de mi experiencia pude consolarlo y quedarme más tranquila.

La hora de las brujas es un momento por el que he pasado tantas veces… es un período de soledad y de reencuentro con uno mismo,  la cotidianeidad pesa.
Es la confluencia de estar sintiendo que necesito de alguien con quien hablar, aunque sea con un ser que ya no está aquí, sino lejos muy lejos. No es un momento grato,  en él persisten sensaciones de inquietud, de desamparo, de que las cosas no salen como un quisiera.
Pueden aparecer ingredientes saborizados de reproches y culpas inscriptas en letras punzantes que taladran los por qué.

La otra tarde estaba compartiendo unos mates con otra compañera y de pronto empezó a relatarme que a esa hora, donde el sol comienza a caer sentía una sensación de querer estar en compañía, pues no soportaba el duelo. Su marido, un hermano del alma se ha ido al principio del verano. Ha sellado un hermoso recuerdo para ella: su esposa, su familia y todos los que lo sentimos como un verdadero caballero de la amistad.

La charla se interrumpió,  pero en mi quedó nadando nuevamente ese periodo de tiempo. En el que  se hunden el optimismo entre arenas movedizas  y la oscuridad del dolor derrama en lágrimas.  A veces hasta  no es posible suspirar por el ahogo de las perdidas y el corazón se halla comprimiendo sus latidos.
Recuerdo que le dije que me llamara cuando se encontrara allí…
Con un sentimiento de solidaridad y contención.

La hora de las brujas me ha tomado tantas veces a traición como en las más terribles películas de terror. Tan es así, que me ha convertido en una guerrera ante sus embates.
En esos instantes de una insoportable levedad, he aprendido a combatirla. Y por qué no  a conquistarla o derrotarla.

Mi receta es muy dúctil y liviana, quizás a otros pueda servirle.

Comienzo a escribir guiada por la intuición, dejo que las palabras surjan sin renunciar a ninguna aunque parezca problemática o distante.
Allí en ese cielo azulino de materiales inconclusos y fuertemente cargado de afectos, una pluma blanca recubre mis manos guiándolas para que vuelen los vocablos  hacia el horizonte. El viento  autoriza a unir las frases en grupos, el mar se lleva sensaciones cabalgando sobre sus orillas.
El silencio se hace presente  en una vasija con agua fresca para beber en la pausa.

Y así fue trascurriendo  ese horario que de ser temido ha pasado a ser un compañero de plenitud.
 La realidad de las letras, el lenguaje escrito se transforman en ideas cambiantes.
En ese ciclo de la ambigüedad  el sol tiñe mis enunciados de un notable calor naranja.
 Con una fuerza potente, mi figura  comienza a irradiar energía. Son las mismas palabras que ubicadas en otros sitios   rejuvenecen  mi silueta,  convierten ese instante inerte en un espacio para encontrarme frente a frente y ser azuladamente libre.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.

Paiva, voces entre rieles*

*Por Florencia Scholnik.

“En sí mismo, el tren no era gran cosa, no era más que una máquina. pero eso es lo genial. No era una máquina que hacía lo que mil hombres podrían hacer.
Una máquina que hacía lo que nunca había existido. La máquina de lo imposible.”
Alessandro Baricco, Tierras de Cristal

Laguna Paiva o simplemente Paiva, ubicada a 40 kilómetros de la capital santafecina, supo ser una ciudad esencialmente ferroviaria. La mayor parte de su población estuvo abocada a las tareas del ferrocarril, ya en la reparación de coches, ya en la fabricación de piezas o el cuidado de las vías, el mantenimiento de la estación.
Laguna Paiva, también conocida como “Ciudad del Riel” se vio profundamente afectada por la privatización del Belgrano, cuyas vías la atravesaban como arterias, otorgándole trabajo e, incluso, una identidad. El cierre de los talleres, y el decaimiento hasta la desaparición casi total de la actividad,
generó una situación de grave descomposición social.
Paiva sufrió una devastación, lenta pero sostenida, demoledora. Trataré de reconstruir ese fenómeno a partir de relatos, de las voces de los protagonistas, que irán sumándose como piezas de un rompecabezas hasta permitirnos una panorámica del cataclismo, desde la perspectiva de la memoria colectiva. Podríamos pensar a Paiva como una comunidad imaginada en la cual sus miembros poseen olvidos y recuerdos comunes, elementos compartidos que les permiten  sentirse  partícipes de un todo mayor, y no de una ciudad destrozada por el ferrocarril.
En las entrevistas realizadas a distintos miembros de la sociedad Paivense, empleados municipales, ex ferroviarios, sus esposas, comerciantes varios, hay ciertos temas que se repiten. El lugar del Estado como fuerza motora principal de la economía, la salud y educación; la definición del perfil ferroviario de la ciudad, la identidad y ciertos acontecimientos que funcionan como hitos memorables.
En todas las entrevistas agrupadas bajo la constante del papel del Estado encontramos una fuerte concepción asociada con el Estado de tipo keynesiano.
Para todos los entrevistados el Estado es el encargado de garantizar y representar las necesidades de sus habitantes: salud, educación, trabajo.

“Acá la gente empezaba a trabajar muy joven, de adolescente y estaba la escuela de Artes y Oficios que de ahí, iban directo a trabajar al ferrocarril”…  (Empleada Municipal)

“Empecé de aprendiz a los diecisiete, por unos convenios que había entre la que era, en ese entonces, la Comisión de Aprendizaje y Orientación Profesional, de la que dependían todas las escuelas – fábrica. Había un convenio por el que los quince mejores promedios, de acuerdo a las especialidades -había mecánicos, electricistas, carpinteros, algún herrero-, y entrábamos como aprendices. Hacíamos un ciclo de dos años de práctica en el taller, nos pagaban el sueldo de aprendices y luego rendíamos un examen
y, si lo aprobábamos quedábamos como aprendices con curso terminado, fuera de dotación, a la espera de que fueran surgiendo vacantes. De ahí íbamos tomado las categorías de oficiales, especialistas, hacíamos la carrera”. (Ex trabajador ferroviario)

“Entonces yo salía del servicio militar y. ¿qué hacemos? dice papá. Mirá dice, si te podés conseguir un trabajo por ahí, porque para nosotros tres ahora, es mucho, y. entonces le digo voy a tratar de rendir para aspirante de conductor de vapor, de la máquina del ferrocarril, porque tenía un compañero que había ido a la escuela junto, y ya había entrado de aspirante, y había entrado de aspirante acá en Paiva y ganaba bien, entonces yo me entusiasmé” (Ex Ferroviario)

En El imperialismo etapa superior del capitalismo de Lenin se plantea claramente la afinidad entre capitalismo y ferrocarril “Los ferrocarriles son el resumen de las industrias capitalistas fundamentales, el carbón, el hierro y el acero; el resumen y el índice más notorio del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democráticoburguesa.”
El interrogante se plantea cuando esta correspondencia entre el modo de producción y la máquina se distancian: ¿Dónde quedan y qué les queda a todos aquellos que supieron ser explotados?¿Cuál es la respuesta cuando aquella empresa, que el propio Lenin cataloga de opresora, abandona el juego?
Nosotros como los habitantes de Paiva, la conocemos. Conocemos el destino de los ferrocarriles, de sus trabajadores, como así también la actitud que tomó el estado frente a ellos.

            De aquel Estado intervencionista, “entrometido” en la formación de mano de obra calificada fueron quedando sólo vestigios, debido a la lenta pero sostenida implementación de políticas liberales, a mediados de la década del 70 y neoliberales en los 90.
“.porque hubo mucho, mucho intento de cerrar las puertas del ferrocarril acá, se venía y. de la época de. de Onganía por ahí, por ahí en el se. si. se venía se venía con intento de cerrar, y después a lo último lo vino a cerrar Menem. pero de anterior a Menem claro porque en esa huelga que. que fue ya. fue con gente. corrió hasta sangre porque hubo gente baliada. Y después ya (…..) volvieron a marchar los ferrocarriles, los trenes todo, como era. Pero después en el noventa vino, ahí vino ya. cerrojo
por completo.” (Ex empleado del ferrocarril).

“. y en el setenta (laguna, bache, en general los entrevistados que nos tocaron, no han hablado de los 70), bueno, ahí, ahí, ahí se trabajaba en el setenta, en fin. se trabajaba. en el  ferrocarril, o sea acá en los
talleres. trabajaban normalmente pero cuando llego ya. por allá en el. a fin de siglo, no cierto, el noventa, ahí ya se empezó. ir a menos hasta que después se cerró por completo, ahí no pasa nada, se cerró, esta como está hoy, esta. hoy está peor que aquella época porque. acá teníamos una planta de oxigeno que podía abastecer toda la provincia de Santa Fe, y queda nada más que los techos y las paredes. el transporte, el transporte, ¿cuánto más barato es el transporte por ferrocarril al del transporte por ruta? Hay mucha diferencia.” (Ex empleado del ferrocarril).

Con estos relatos comprendemos la devastación producida por las políticas de privatización llevadas a cabo lentamente en las últimas décadas del siglo XX, y expresadas en su máximo esplendor en la década del 90, en la que se las dotó de un discurso según el cual la idea de mayor productividad era, y sigue siendo, asociada a la menor contratación de fuerza de trabajo.
Produciendo almas perdidas dentro del sistema laboral, en tanto invisibles en su condición de ser explotados.

 ”De pronto, familias que venían más o menos bien educando a sus hijos, de pronto estaban es esos Planes Trabajar, más bien humillados, porque estaban acostumbrados a poner su esfuerzo en el trabajo y cobrar su sueldo.  Todos esto fenómenos se notaron muchísimo”. (Ex trabajador ferroviario)

Espejismo y discurso. Los inadaptados.

En ese desplazamiento en el que los grandes capitales privados vienen a subrogar al Estado en el cumplimiento de sus cometidos, se instala una lógica perversa en donde los incompatibles son los hombres que no se reacomodan a las “nuevas” condiciones del mercado. El desarrollo económico en manos privadas sólo admite a quienes “se adaptan”; los que no están suficientemente preparados para la nueva modalidad, los irresponsables, no son las empresas, sino los individuos. “Es la relación capitalista la que
sólo los trata [a los hombres] como portadores de funciones económicas y nada más. (.) tratar a los individuos como simples portadores de funciones económicas no carece de consecuencias para los individuos. (.) Tratar a los individuos como portadores de funciones intercambiables, equivale a (.)
determinarlos, marcarlos de una manera irreductible en su carne y en su vida. ”

“El 90%. nosotros hicimos el mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir, che, por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga nada que ver con el Estado por las dudas”.
(Ex ferroviario)

“Pero creo que los responsables somos nosotros. Y me hago cargo. Nosotros que éramos los principales interesados en conservar esta fuente de trabajo no la supimos defender. No salimos a defenderlo”. (Ex empleado ferroviario)

“Acá [en el '91] no hubo huelga, porque, pareciera que todo el mundo [estaba] resignado de que las cosas tenían que ser así. Yo no sé si tanto nos metieron que los ferrocarriles una vez privatizados iba a ser una joya, y acá vemos en diez años o más de diez años, que siguen tan desastre o peor que cuando era estatal, y aparte pagaban lo mismo y mantenían mucha gente”…
(Ex ferroviario)

“En el 93 o 94, lamentablemente se cerró.  Venían amenazando, porque ya en los 70 se decía que iba a cerrar y como esto es la razón de ser y la identidad, sobre todo de una población, no se puede creer que el único sostén de todo eso, la principal fuente de trabajo se cierre… no se puede creer, entonces nunca se creía… pero llegó en momento en que sucedió”. (Ex ferroviario)

El discurso predominante que homologaba lo estatal con lo inservible y desechable fue incorporado por los empleados del ferrocarril, en este caso, tal como se lo enunciaba desde el gobierno, esa famosa capacidad de resignificación se produce, tal como lo enuncia un ex trabajador a continuación, con el paso del tiempo:

“Creo que ha habido un lavado de cerebro, nos han metido eso de que la industria privada iba a ser mejor y que el ferrocarril no sirve, tiene déficit, que lo pagamos todos, que con ese déficit se podrían hacer tantos hospitales, etc. No sé si han estado en contacto con APDFA”… (Ex trabajador del ferrocarril)

“Acá en Paiva se absorbió todo el discurso de Argentina ‘primer mundo’ la idea que a cada uno la indemnización era de 30.000 o 40.000 pesos-dólares. se imaginan que sensación de exitismo, de fantasía en la localidad. en Paiva no hubo resistencia en los 90 porque la resistencia la llevó adelante los
grupos comunistas que son combativos por naturaleza y generaba en el resto de la población incertidumbre de decir: ¿Dónde estoy parado?…la sensación entonces se genera la cooperativa y s indemniza a todos los ferroviarios y el negocio automotor y el de electrodomésticos funcionaban a pleno y las indemnizaciones se licuaron en un año y el más visionario empezó a especular y se puso el traje de financiero haciendo depósitos”. (Comerciante de la zona)

En lo referido a la capacidad del Estado de asistir a los desempleados, también dejó de ser conveniente.

 ”El ferrocarril tenía noventa mil empleados, que en cierto modo era una solución a la desocupación también, ¿no? Sí, a lo mejor, donde tenía que haber uno había dos pero, por lo menos, la gente trabajaba. Ahora es peor porque se tiene que pagar planes sociales, se llamen Jefes y jefas de hogar
o Trabajar, y en muchos casos para no prestar ningún servicio”.  (Ex trabajador del ferrocarril)

Este quedarse huérfano de actividad laboral que sufrieron grandes grupos es vivido por los paivenses como una metamorfosis social en tanto surgimiento de figuras sociales nuevas y lamentablemente permanentes:

“Laguna Paiva quedó con todo ese tejido social que sostener, y también está el tejido que sostiene a las instituciones, que está conformado por gente desocupada, gente de los Planes Jefas de Hogar”. (Ama de casa)

“… se estaba perdiendo la dignidad de la gente, y a eso se le suma la falta de trabajo, los Planes Trabajar, las mujeres barriendo las calles… todo eso es una transformación muy grande, y acá en una ciudad chica se nota más, porque nos conocemos todos”. (Empleada municipal)

Además existen transformaciones en otros aspectos de la vida cotidiana, como puede ser en el plano familiar, la desarticulación entre la herencia de la profesión y el futuro laboral. En este sentido entra en escena la memoria generacional entendida como algo que abarca mucho más que la familia: “Es la
conciencia de ser los continuadores de nuestros predecesores. (.) del peso de las generaciones anteriores es manifiesta en expresiones de fuerte carga identitaria”

“Todos  llevamos muy adentro al ferrocarril en Laguna Paiva porque se viene transmitiendo de generación en generación. En mi caso, mi padre fue ferroviario, mis hermanos han seguido el mismo camino. Y con la idea de que esto siga, que el día de mañana mis hijos, como los hijos de mis compañeros,
también sigan este camino”. (Empleado del ferrocarril)

“Aparte, mi papá había sido ferroviario, no trabajó en los talleres porque era maquinista, pero tenía tíos, primos, parientes, vecinos que eran todos ferroviarios”. (Ex trabajador del ferroviario)

“Yo no llegué a trabajar en el ferrocarril porque soy joven. Mi viejo, mi abuelo, mis tíos ellos están jubilados y otros quedaron fuera, como mis tíos .ellos hacen changas. algunos tienen el Plan”. (Trabajador de la construcción)

El eje central que ocupa el trabajo como organizador de la sociedad, como constructor de valores y sentidos, es un factor que todos consideran fundamental a la hora de sentirse miembros de su comunidad. Esto queda evidenciado en las propias familias paivenses, para las que “el legado ferroviario” se vio quebrantado

“Lo que pasa es que hasta le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario mirá lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa”. (Trabajador de la construcción)

“Estimular a los chicos hoy cuesta horrores. Buscan lo más fácil. Hay dos cárceles cerca y los chicos apuntan a terminar el secundario y hacerse policía o guardiacárcel. Incluso los profesionales, con carreras universitarias, se tiran al escalafón de oficiales. La población de Paiva es media envejecida, porque toda la gente que salió del ferrocarril se puso su kiosquito, su almacén, para hacer lo que se puede. Y los adolescentes que pudieron se fueron a estudiar afuera”. (Docente)

En tanto el trabajo se “flexibiliza” y las viejas estructuras se modifican, la ocupación como formador de identidad, se desvanece. Quedan individuos destrozados, sin trabajo, sin ferrocarril, desaparece ese lazo invisible que ataba a cada habitante de Paiva que, así, quedó sin su razón de ser. Sus habitantes quedaron sin su actividad, ergo, sin identidad. Lo único que se escucha es el mero recuerdo.

“.y La Fraternidad se mantiene, ya no como comisión ejecutiva sino como delegación, porque al no tener personal activo, pasa a ser delegación, se trabaja con un delegado titular y uno suplente. Yo tuve la mala suerte que el otro periodo anterior se me falleció el suplente, ahora que iba a tenerlo de suplente también, me fallece también, y ya inicié yo por cuatro años (risas) como titular. Y La Fraternidad se mantiene, la delegación ahora, le dan por gastos seccional $60 cada seis meses. Con $60 no me alcanzaría ni para pagar la luz ni el agua.”

Ciudad dormitorio

El cerramiento de los talleres no provoco únicamente frustración y desamparo, sino conllevó también a una sensación de soledad.

“Empezó a haber un problema social muy, muy grande. Nos fuimos transformando en lo que es hoy, una ciudad dormitorio. Los que tienen propiedades acá por más hayan conseguido trabajo en Santa Fe no pueden vender acá y comprar allá, porque no compran nada, alquilar es lo mismo. Una serie de cosas que
hacen que vos viajes, son 40 km., viajas una hora y media antes y una hora y media después. Y si te ponés a pensar qué es lo que hay, son los jubilados, que quedan muy pocos porque van falleciendo; maestras, policías, guardiacárceles. No se hace nada para tratar de revertirlo”. (Docente)

“Ayer charlábamos que no se percibe del todo que pasa con la generación posterior. Porque los pibes tienen que haber absorbido ese discurso del orgullo de ser ferroviario, pero llegan a los 18 años y no hay ferrocarril donde trabajar. El quiebre tiene que ser muy grave, me parece”. (Comerciante de la zona)

Así, con el cerramiento de los talleres, se hizo tangible, palpable, lo que flotaba en el aire: Paiva perdió lo que hacía de ella un lugar en el mundo, un destino; “se van de Paiva porque en ella no queda nada.”, salvo su todo pero no es suficiente para vivir, así. Lo que les queda es el recuerdo de ellos mismos.
El transcurso del tiempo es un tema que aparece en algunas reflexiones “Las representaciones del tiempo varían según las sociedades y, también, dentro de una misma sociedad (.) El tiempo puede percibirse de manera cíclica, reversible o continua y lineal, y cada una de estas representaciones
constituye el fundamento del modo de búsqueda de la memoria”

En el caso de Paiva, se trata siempre de un tiempo material, ligado a una actividad concreta, por eso no importa el tiempo verbal de la expresión de los relatos (presente, pasado o futuro) pues la percepción está inexorablemente amarrada a aquella actividad pretérita y ferroviaria.

“En general, si no mejora la cosa, tampoco mejora acá. En Rosario han recuperado mucho, pero es un polo muy industrial, siempre lo tuvo. Santa Fe no, en su momento tuvo la Fiat, tuvo la ¿?, tuvo la Bahco, tuvo la Siderar que fabricaba tornos, tuvo ¿? Que hacía aparatos para la industria lechera, pero después se paró. Siderar desapareció, ¿? [la segunda] también, Bahco restringida sigue. Paiva nunca tuvo una industria fuerte, siempre se usó en economía el ferrocarril”. (Comerciante de la zona)

El tejido social se entramó en base al trabajo, no sólo como actividad genérica sino como formador de identidad. Ser ferroviario fue sinónimo de esfuerzo, de dignidad. En ello residió el orgullo, de sí mismo y de su país.
Esa trama tendida al costado de las vías, quedó deshilachada por el cierre de los talleres ferroviarios. Los paivenses continúan pensándose como miembros de una entidad que supo ser colectiva y que hoy, crisis de por medio, perdió aquella mítica unidad. No obstante, el contar durante las entrevistas, recordar la actividad febril de antaño, el ferrocarril y los talleres, les permiten una suerte de unión momentánea, no en lo concreto (porque no es suficiente el recuerdo), pero sí en lo simbólico. Lo que
necesariamente viene ligado al recuerdo es, de inmediato, la ausencia de un eje promotor de actividad laboral.
Es innegable la supervivencia (mera y penosa) de todos los pueblos ferroviarios que subsisten luego del cierre de los distintos ramales, estaciones, talleres. Quedaron allí hombres y mujeres sin ocupación,
quedaron máquinas en suspenso, desheredados adolescentes y niños, gente sin un futuro laboral, es decir, sin futuro, quedaron comunidades espectrales, fantasmas sin riel.
El recuerdo de la época de oro de Laguna Paiva es productivo en tanto que enlaza a sus habitantes, pero es también negativo en tanto los paraliza. Así cuando escuchamos sus palabras notamos que “(.) cómo en cada ocasión el pasado que se resiste al futuro se mortifica perdidamente con tal de continuar poseyendo el presente aunque sea con el tiempo caduco, obstinado y obtuso.”

La huelga

Hay un hecho altamente significativo en la historia del pueblo: la huelga ferroviaria de 1961.
Sin embargo retomamos las distinciones entre memoria e historia desarrolladas por Joel Candau en donde “la historia apunta a aclarar lo mejor posible el pasado, la memoria busca, más bien instaurarlo,
instauración inmanente al acto de memorización. La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela (.). La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está travesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos.”

En los relatos escuchados se asoman estos dos elementos: hechos concretos y sentimientos. Sin embargo, el uso y la reutilización de la memoria parecen borrar el límite entre lo acontecido y el significado del acontecimiento.
Pero esto no es, a nuestro entender, lo importante; lo relevante es cómo esta situación, de quienes vivieron en una ciudad de apogeo ferroviario, y otra, que únicamente conoce las ruinas de lo que supo ser, continúa entrelazando a los paivenses.
Hablan los entrevistados, y describen lo acontecido en la huelga; aunque con algunas diferencias y distintos grados de participación, todos se sienten atravesados y partícipes del hecho:

“Una resistencia única a la destrucción de los ferrocarriles que quería hacer Frondizi. Duró 42 días la huelga. Cuando ya querían aflojar algunos ferroviarios -algunos habían trabajado toda la huelga y otros a mitad de la huelga, escondiéndose para que no les hicieran algo a ellos o a la familia-, pero ahí fue cuando en Rufino, pasa un tren manejado por un carnero o un policía por un paso a nivel, para tratar de romper la huelga. Un conductor o un foguista con otro compañero le gritaba de abajo a los tipos que iban conduciendo el tren, y de ahí le manda un tiro la policía que le pega en el pecho y lo mata. Ahí se encendió la pólvora, pero la pólvora grande se encendió acá en Laguna Paiva, donde reaccionó otra vez las ganas de luchar, a la gente que estaba medio desanimada. Acá empezó fiando el comercio, pero en cierto punto no aguantaba más tampoco. En una de esas perdían todo lo que habían fiado, pero se la aguantó. Largan un tren de Santa Fe con un vagón de carga. Avisan acá que había salido de allá, entonces e amontonan todos en las vías para no dejarlo pasar… Entonces pensamos que venía custodiado con
la policía, había que tener cuidado. De un poco más allá de la estación venía el tren, conducido por un ferroviario que había sido exonerado -de paso, era un alcohólico-, bueno a ese tipo lo compran para que conduzca el tren. Todo lleno de policías el tren. Pasa y hay que hacerse a un lado” (Ex trabajador del ferrocarril).

“. si yo en el 61 vivía, no que vivía, yo había ido a visitar a mis padres en el 29 y estábamos escuchando en la radio por LT10, que había ido un tren de esos que querían romper huelga que querían pasar a San Cristóbal, y acá lo pararon le cruzaron durmientes y le prendieron fuego, y allá se veía la humareda, en el 29, son 12kms”. (Ex Empleado ferroviario)

“. en la huelga del 61, conflictos que hubo, como le estuve diciendo, eso que prendieron fuego los vagones, y rompieron todas las palancas de los ladines y dieron vuelta dos o tres vagones, los dieron vuelta y los tumbaron en la vía, y.ahh, y después el tiro que le pegaron al compañero Oliva y Gómez”. (Ex Empleado ferroviario)

“Ese día que venía el tren era a la hora de la siesta, la tranquila siesta pueblerina, entonces venía tocando pito, haciendo señas, avisando ¿no?  Un grupo de mujeres, muy bravas y luchadoras -en realidad no eran luchadoras históricas, sino que lo descubrieron ahí- que vivían cerca de las vías dijeron “por acá no va a pasar”, se lanzaron a la vía, se llamaban entre las vecinas, fueron a las vías y había una pila de durmientes por ahí y comenzaron a levantar esos durmientes pesados y los atravesaron en las vías… y el tren tuvo que parar.  Lo mismo hicieron del lado de atrás del tren, de manera que el tren quedó en una trampa.  Hubo tiros y hubo dos muertos.  No recuerdo si uno murió enseguida.  Fíjense que acto heroico el de las mujeres… cuando se desataron las mujeres, se sumaron los hombres que estaban por ahí, todos se lanzaron a las vías y ahí fue donde hubo el tiroteo, ya que venía con gendarmes el tren, porque quienes custodian el patrimonio es la gendarmería y también la policía local tuvo que tomar parte… no sé qué música tocaría el comisario de turno… no sé”. (Ama de casa)

“. yo acá tuve un grupo, bueno el grupo era. no era siempre la misma cantidad, a lo mejor muchas veces había 7 u 8 como había 25 o 30. allá en el campo, en un terreno que yo tengo, allá tenía como una. un refugio teníamos allá. El refugio estaba hecho. habíamos hecho, en los mismos espacios donde yo explotaba  la arena, quedaban como casamata, y bueno entonces ahí le poníamos varas de sauce y una lona, eso estaba cubierto, era el techo y abajo en la parte.donde estaba el pozo hundido -no había agua nada, era toda tierra- ahí dormían. Estaban adentro de una casamata (o cajamata) yo le decía, tipo del ejército, o vizcacheras le llamábamos también, igual me tuvieron. muchos días. y la mantención yo se la llevaba. venia a Paiva a repartir los pedidos de arena y llevaba la carne, los alimentos para allá”.
(Trabajador agrario)

En las entrevistas emergía la emoción; como grupo nos sentíamos interpelados por y hacia estas sensaciones. A través de sucesos y pequeñas anécdotas, los habitantes de Paiva nos narraron su historia y con sus palabras construyeron y reconstruyeron una comunidad arrasada. Es tal vez allí, en el propio
discurso, donde se encuentran los lazos que permiten y posibilitan pensar nuevamente en un futuro para Paiva
“.descontando el perfil ferroviario, creo que lo mejor que tiene Paiva son las escuelas y la biblioteca..en el corto plazo se puede potenciar la educación y tratar de insertar a los chicos en fábricas.creo que el perfil de Paiva en tres o cuatro años es hacer una ciudad cultural. hacer alguna facultad.” (Empleada municipal).
 El relato de los entrevistados recrea una idea del pasado, que actúa como memoria cohesionadora, como elemento pedagógico transmisible. Ello sucede con el Día del Ferroviario, evento conmemorativo en la ciudad que dejó de ser celebrado en el año 1992, cuando no hubo más motivos para festejar:

“.y bueno, se dejó de hacer, desde el 92. Anteriormente, sí, yo soy el ferroviario de bronce.y bueno.por mejor compañero, por la trayectoria. 20 años de servicio.y usted lo ve.en la estación no hay nada. no tenemos nada”.
(Ex Empleado ferroviario)

Cabría preguntarse por qué lucen decadentes, abandonados, la plaza, la estatua, el vagón, si estos elementos son concreciones de los relatos de ese pasado “lejano y dorado”. Justamente esta contradicción este recordar y la necesidad de olvidar, es aquello que los paivenses nos trasmiten una y otra vez. Somos conscientes que es por medio de reelaboraciones del pasado como el hombre construye mitos, creencias y los traslada al presente desde distintos estados de ánimo. Si hay un sentimiento que se transmite y por el cual nos vimos afectados ese es la nostalgia que gobierna las entrevistas, y
la impotencia, agazapada detrás de cada recuerdo.

“..sobre todo que acá hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin cuerpo. está en el aire y hay una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada. hay que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta y que dejen de decir: ‘Paiva la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria.que no sea un museo.’” (Empleado municipal)

La remembranza no funciona como recuerdo activo, al estilo del mito prospectivo que proponía Fanon para la acción sino, por el contrario, como elemento petrificador que trae como consecuencia la imposibilidad, la inmovilización, la cancelación de todo tipo de transformación.

A modo de conclusión

No importa la forma del discurso, ni su contenido (el taller que supo ser, la huelga del 61, los primeros retiros voluntarios, las situaciones cotidianas afectadas), en todas las voces, sin distinción de género, ni edad hay una sensación de abandono, de orfandad, de incertidumbre. No hay hilo capaz de recomponer el tejido deshilachado que la desaparición del ferrocarril causó entre los habitantes de Paiva.
Se advierte, en ese sentir colectivo, una pequeña grieta por donde se vislumbra algún tipo esperanza, pero no desde la acción concreta de los propios paivenses, sino desde la espera a la llegada de un Mesías anónimo, genérico. Que las soluciones lleguen a Paiva de algún lado, ya sea por políticas ferroviarias nacionales, de la mano del Intendente, o de un grupo de universitarios.
La comunidad está devastada y no encuentra en ella misma las fuerzas ni un camino para salir de la situación.
La circularidad que encontramos tanto en los tópicos de las entrevistas, como en los recuerdos terminan asfixiando, puesto que plantean una situación sin salida.
Volver sobre aquellas glorias pretéritas, sobre el destino o la identidad usurpada, ¿contribuye a reforzar la identidad, o ancla a los paivenses en un paraíso perdido y cada vez más lejano, impidiéndoles ver el presente?
Sin memoria, se sabe, somos vagabundos del presente. Pero vivir sólo de la memoria, o más bien sólo en la memoria, no es menos atroz. No es posible prescindir de la historia, la experiencia social o política, pero tampoco es posible ese viaje recurrente a un pasado remoto, porque ello funciona como un gas paralizante.
Precisamente en línea con esa preocupación, cabe entonces volver sobre los relatos aglutinados aquí deteniéndose ahora sobre aquellos que denotan resistencia y, a partir de allí, imaginar líneas de regreso al presente, y rieles hacia el futuro, sin ferrocarriles, sin talleres. Se impone a los paivenses la trémula y difícil búsqueda de una identidad y de un lugar en el mundo, lo cual de ordinario no se obtiene cruzándose de brazos a la espera de un Inspirado, ni dando giros interminables en el patio del pasado, como una noria de penas y glorias.

*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.
milena caserola. 2010
-Contacto con los autores: viasargentinas@yahoo.com.ar

*
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ESTACIÓN DUDIGNAC.

InvenTren.

EL VIEJO TREN*

             Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

 
Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban
como a una aparición
                               de lo lejano
con los sueños y los ojos.
 
Por estas mismas vías,
atravesando barriadas
somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren
echando densas bocanadas
contra el cielo
como un duende
que va rasgando el silencio
con un eco dolido
de trombón y clarinete.
 
Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,
pasó como una estrella
repentina,
pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero
y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,
con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,
y como una exhalación
de lo innombrable.
 
Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 
El Sur (Dudignac)*

 
Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: “no sé qué estoy haciendo aquí”. Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña…
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: “Dudignac”, una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió… Otra voz, no la primera, apuntó: “eso está en Europa, en Francia, en el sur”, y la primera voz, tranquila, replicó, “no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito… y bueno, también es una estación abandonada…” un silencio expectante, un leve carraspeo “de aquellas del Midland, ya sabés”.
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero… supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta… No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo…

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar… Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa…

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo… Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas… Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí…
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia… Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop

 

EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*

El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
… Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.

*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es

PASAJERA*
          

- No me gustan las despedidas – había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva… Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren – pensé – lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa… Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas…
         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es – pensé – una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado”.
         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados… Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa” El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*

¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.

Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.

¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.

Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.

¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.

A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.

¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias…

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Aunque ella nunca pueda decir adiós*
 
     
  

*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar   

Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, “hasta podría decirse que están dotados de vida propia”.
            Sin embargo, aunque los títeres –y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro –cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes –Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar…
            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas –si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos –circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado –y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían… Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo “¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!”; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica……en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.… Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de “Tero”, ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje –con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar –manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco –con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público? 
            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese –o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para “enseñarle a sus muñecos”… Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar…
            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado –en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:    
 
“En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado”
 
            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.
 
“Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado”
 
           
Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga……y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco –un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
            Ezequiel, siendo más “Tero” que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas… De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres –para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado…
 

*   *   *
 
           
El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, …¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir…
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como “el Caballero Mano de Fuego” –su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al “Caballero Mano de Fuego” a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el “Caballero Mano de Fuego” se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del “Caballero Mano de Fuego”. Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. “Pero, ¿qué te pasa?”, pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del “Caballero Mano de Fuego”. -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del “Caballero Mano de Fuego” rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito –sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show –muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él……a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el “Caballero Mano de Fuego”, apostando todo en una sola mano. –Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina –gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el “Tero”. En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. “Cosas del destino”, se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. –Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. “¡¿Cómo lo hizo?!”, chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al “Caballero Mano de Fuego”, que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El “Caballero Mano de Fuego” volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. “¿Qué me pasa?”, alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:

“Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós”
 
          
 Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; “Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente”, canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado “Caballero Mano de Fuego” a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo –con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:
 

“Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada”

 

*

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EDICIÓN NOVIEMBRE 2011

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *
  

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro “ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos… tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 

 EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*
 
     

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”, que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza” que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don “Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.
 
 

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*
 

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES
 

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.
 
Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.
 
Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.
 
Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes
 
Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

 

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz: 
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
–    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO* 

 
Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.
 

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.
 
Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.
 
Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.
 
Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.
 
 
*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*
 

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.
 
Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.
 
Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.
 
Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.
 
Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.
 
Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.
 
Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.
 
Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.
 
Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.
 

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble, no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

 -Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

InventivaSocial
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FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

Bajo la alfombra*

Todo el mundo sabe
que a los poetas los carga el diablo.
Por eso todo el mundo
mete a sus poetas bajo la alfombra
cuando vienen visitas
o los encierra con llave
en una habitación sin fondo
a ver si hay suerte y al abrir la puerta
han desaparecido para siempre
tragados por los bosques de arena
o bifurcados en las intersecciones
de los puentes heptagonales.

Pero toda precaución es poca:
A través de alfombras y paredes,
de océanos y siglos, de barrotes,
la palabra se expande, primavera
de voces desgajadas por el valle,
río de aguas voraces que se acerca,
feraz enredadera trepándose a los muros,
penetrando ventanas, expandiéndose
por el aire de todas las estancias
y estallando en rotundas espirales
que estremecen lámparas y muebles
en nombre del poeta sepultado
bajo perversas lápidas de olvido.

-De Por si mañana no amanece
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

LA FELICIDAD COMO DEBER*

     Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

SORDO MURMULLO*

Quieto el horizonte
verde a lo lejos,
y las sombras esperan colgadas de árboles
enhiestos

Sordo murmullo
colapsa el tiempo, escondido en lóbregas grietas,
agónico ve pasar fantasmas
y las caravanas de otras épocas,
cuando el sol
entibiaba dulcemente las praderas
y las ilusiones salpicaban de colores los sueños

Eran otras épocas

ajenas a los temblores

y al miedo ajenas

Quieto el horizonte aguarda un suspiro en la montaña,
y el clamor de paz desde el centro de la tierra,

donde el enigma del mundo aún no resuelto,
desgrana lamentos

y los ojos sordos
y los oídos ciegos.

Quieto el horizonte
negro a lo lejos.

*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es

 

NOVIEMBRE DEL ‘81 *

Escribí esta crónica hace 5 años, de modo que donde decía “veinticinco años después” ahora debe leerse “treinta años después”. Por lo demás, creo que el aniversario al que se hace alusión aquí bien vale volver a compartirla.
 

Crónicas del Hombre Alto (n° 24)
 
    
 En noviembre del ‘81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encauzaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano “Fun Machine”. 
    
       En noviembre del ‘81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.
     
       En noviembre del ‘81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que cinco meses después la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.
    
      En noviembre del ‘81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.
     
     En noviembre del ‘81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen… pero también a Abba y a Village People. 
    
       En noviembre del ‘81 no había visto ninguna película de Woody Allen, “Brazil”, de Terry Gilliam  todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales. 
    
      En noviembre del ‘81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo “Sobre héroes y tumbas”. Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.
     
      En noviembre del ‘81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista “Goles”. Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada “Aventuras en las galaxias”, cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.
     
      En noviembre del ‘81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de “Los bufones de Dios”, de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.
     
       No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que, en adelante, me pondría a escribir cuentos, “porque escribir una novela cansa mucho”.
    
       Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del ‘81 su categoría histórica de fecha fundacional.
    
      Treinta años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.
     
       Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del ‘81, empezó a construir mi lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.
 
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernanrdo@fibertel.com.ar

Pensamientos  literarios*
 

Sentada frente a la ventana de la biblioteca, la bonita joven se dejaba llevar por sus divagaciones.
Pequeñas volutas celestes parecen disparar de sus ojos. Las empujan los pensamientos profundos, agudos, insondables.
-¿Qué puto vestido me pongo?- El negro está manchado, el rojo lo presté a Juli.
-Hum…podría ser la pollera gris y el top verde.- Ya está- Le pediré las botas a Pachi.- Huff, tengo que comprar champú ¡que horror!.
Los libros, en los estantes, temblaron ante el preciosismo del pensamiento. No podían con todos esos verbos exquisitos.
A Saramago y Cortazar les brotó sarpullido, Alfonsina  miró a Horacio con dolor,
Lorca ,Blainstein, Galeano, se arrimaron más, tratando de infundirse valor y arengando a los demás genios de la pluma a cerrar sus tapas y dormir, soñando, tal vez, con sus poemas o frases inmortales. Y perdonando a esa tonta lectora que se perdía en sus escasos recursos imaginativos.
 

*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar

Cucu*

cucu: del latín cucuchan especie animalis, genero femenino, dícese de una diosa que bajo del Olimpo para llevar a los nativos de lugar el fresco  color de sus ojos de cielos. 
Del griego cucuchan, cachuchan ,  especie angelus proveniente del Monte de Venus, se identifica por sus vellos cabellos castañun  arboreus tupidusm  y enruladusmm

Del turco. Cucu  dícese de una comida afrodisiaca a base de cucurucho, cuclillas , cuchufleta y chabomba, ideal para las noches  cachongas.

Del ruso kuckshak baile típico de la estepa de Rusia, sus movimientos armónicos y flexibles provocan un efectos de relajación.

Del Perú, cucu, cuquini y Cucufate, cosmético ideal para mejorar las arrugas. A base de flores de Santa Teresita, de aceite de Lubor y esencias de Aquilina.  
Del español cucu, dícese de la mujer de un gato Félix característico de la tierra madre. Su unión en pareja es perenne. Su fertilidad es fecunda y duradera.-. 

-Para mi hermana, que le dicen cucu en su cumple, Con la mejor onda y esprimiendo la cucuzza ja.

*De Azul. azulaki@hotmail.com
octubre 2011

El estornudo de una mosca (Kagelmüsik)*

 *Por Juan Forn

El niño Mauricio Kagel se cansó de que en la escuela y en las casas de sus compañeritos le dijeran que no había nacido un día cualquiera (su cumpleaños era el 24 de diciembre). Finalmente encaró a su madre y le preguntó: “¿Qué más pasó el día que nací?”. La madre le contestó: “Las mujeres no suelen leer el diario en la sala de parto”. No se piense que mamá Kagel era desamorada con su hijo. Todo lo contrario: la casa de los Kagel rebasaba de libros y revistas y diarios viejos (papá Kagel fue toda su vida librero,
editor, imprentero, leía hasta en la ducha, literalmente), pero mamá Kagel se las arregló para hacer entrar un piano en el atestado living de la casa y también un violoncello; y además, profesores particulares de ambos instrumentos, nada de Conservatorio para Mauricio: la madre quería que el
hijo se fuera inclinando naturalmente al instrumento con el que tuviera mayor empatía. Hubo también un arpa, después de que mamá Kagel viera una en la vidriera de la Casa Ricordi, un día que paseaba con su hijo, y convenciera a los empujones al pequeño Mauricio para que se colara en la vidriera y “sintiera” el instrumento. Es una escena sin par: el niño flequilludo y encorbatado acunando un arpa en la vidriera de Ricordi, contemplado por su madre con absoluto embeleso. Algo ve el hijo en los ojos de la madre en ese momento que hace completamente anecdótico el hecho de que abandonara las lecciones de arpa a los pocos meses y que después dejara el violoncello y años más tarde el piano y años después también el país, para irse a Alemania a los 27 años a inventar una nueva especie de música.
Mauricio Kagel fue un argentino de extramuros. Uno de esos tantos que se van a hacer afuera lo que no pueden hacer acá, lo logran (John Cage: “El mejor músico europeo que conozco es argentino y se llama Mauricio Kagel”) y se pasan la vida atónitos de que acá no les den ni pelota. El caso Kagel tiene
final feliz: dos años antes de su muerte, el Colón le dedicó una Semana Kagel, lo hicieron Ciudadano Ilustre de la Ciudad, y cómo no iban a hacerlo ilustre si el tipo acababa de darle un momento inmortal a Buenos Aires. La Semana Kagel coronaba con la ejecución de Una brisa, una gloriosa pieza musical para 111 ciclistas que consistía en lo siguiente: la concurrencia debía salir al foyer del Colón, a la entrada “linda” del teatro, la de la calle Libertad, y por ahí pasaban 111 ciclistas en compacto contingente,
unos silbando, otros entonando una vocal o una consonante, otros haciendo sonar rítmicamente el timbre de sus bocinas. Habían cortado la calle, se había juntado una multitud. El espectáculo duró menos de un minuto, pero las caras de los ciclistas, y las del público del Colón, y las de los transeúntes curiosos, y hasta las de los camarógrafos de la tele y de los policías que cortaban el tránsito, eran una y la misma. Si me permiten un símil delirante, pero en cierto modo afín, fue como si Kagel hubiera logrado
proyectar en el cielo nocturno de Buenos Aires la expresión que vio en la cara de su madre aquel día desde la vidriera de Ricordi. Me faltó agregar que, en la partitura de la pieza, Kagel dice que la alegría de los ciclistas se debe a que son músicos a quienes se ha otorgado una nueva sala de concierto largamente prometida y hacia allá marchan, pedaleando. Los músicos
y la audiencia no tienen que saber, aclara Kagel en una cáustica nota final, “que las mejores butacas para el concierto de apertura han sido concedidas a los políticos de la ciudad, precisamente aquellos que supieron obstaculizar el proyecto una y otra vez”.
Cuando cayó el Muro en 1989, Kagel estrenó una pieza que tituló Oda interrogadora, en la que se repetía: “¿Libertad? ¿Igualdad? ¿Fraternidad? ¿Cuándo?”, y en las notas de la partitura aclaraba a los intérpretes que el acento debía estar puesto siempre en la cuarta palabra. En El tribuno, una
pieza musical radiofónica “para orador político y altavoces”, de 1978, el cantante entona estentóreamente: “¡Somos una nación de fronteras abiertas! ¡Sin fronteras no hay nación! ¡He creado la policía para preservar la dicha! ¡Quién no se siente libre entre nosotros! ¡La policía son ustedes!”.
Decía que hacía esas cosas porque el arte de lo acústico debe ser tan sutil que permita oír el estornudo de las moscas. Decía que, con la electrónica temprana de los años ‘50, se creyó que los sonidos sinusoidales y las máquinas habían abierto las puertas de un universo sonoro ilimitado, pero con el tiempo resultó que esos sonidos electrónicos se desgastaban mucho más rápido que el anticuado tañido de una flauta. Decía a sus colegas hiperintelectuales que no había que tenerle miedo a la armonía tradicional.
Decía que componer no sirve para nada si los compositores no tienen la fuerza de ser absolutamente francos en sus composiciones. Decía que la música iba hacia el teatro, pero que la manifestación perfecta de su idea de la música eran los ensayos generales con piano (es decir, sin orquesta y con
los intérpretes vestidos de civil: lo teatral de lo cotidiano y lo cotidiano de lo teatral hechos música). Decía que la enfermedad de la sociedad es la sociedad misma, que trata de curarse por medios que enferman. Decía que había que aprender a vivir acústicamente.
En su libro Palimpsestos se pregunta por qué escriben libros los compositores. ¿La música no les es suficiente? Y se contesta: “Jamás he pretendido ser escritor. Todo lo que he intentado formular en palabras habría sido imposible hacerlo por medio de notas. La música es un vaso comunicante tan políglota como ambiguo. Como decía Valéry, la palabra tiene la última palabra”. La mayor parte de lo que Kagel escribió lo hizo en alemán. El decía que expresarse en una lengua extranjera que no dominaba del todo le evitaba la tentación de la floritura intelectual: lo obligaba sin remedio a la síntesis, a la precisión. Dicen que hasta el fin de sus días habló alemán como un inmigrante y que su argentino hablado ya tenía rotundos ecos teutones. Se pasó la vida teniendo que contestar si era alemán o argentino. Terminó diciendo que era judío. Personalmente creo que debería haber dicho: judío de Buenos Aires, de las librerías y bares y cines de la calle Corrientes de los años ‘50, que es lo que fue toda su vida. Sesenta años después de su nacimiento, en una cantata que él prefirió definir como “noticias truncas para barítono e instrumentos” y que tituló El 24 de diciembre de 1931, se dio el gusto de averiguar finalmente qué había pasado el día en que nació. El último de los hechos ocurridos durante aquella
jornada fue la noticia de que todas las campanas de las iglesias de Norteamérica habían sido sincronizadas con las de Jerusalén para anunciar juntas la Navidad. Kagel agrega en las notas de la partitura que la obra debe culminar al son de las campanadas desenfrenadas que se expanden de una
punta a la otra del norte del continente, mientras en Buenos Aires son las cinco de la mañana y las campanas locales se estremecen imperceptiblemente y un anónimo bebé nacido en la víspera cree oír por primera vez en su vida el sonido que hace una mosca cuando estornuda.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-181462-2011-11-18.html

GORRIONES EN EL FRESNO*

 
Sobre una parda rama del fresno se posa la gorriona.
Pronto viene a posarse a otra rama el gorrión.
Pueden volar
desde el nido de la multiplicación en el cielo de la vida
hasta su muerte,
pero ya están atados el uno al otro
por el hilo invisible del amor.
 
                                              

*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

*

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EN LA DERIVA DE UNA ISLA…

MUJER MIRANDO EL MAR*

 El mar ríe en mi
 como burbujas que desembarcan
 en la deriva de una isla.

 Me mira mirarlo. Me nada.

 Pone en la mesa sal
 adorna con estrellas la cama.
 Envuelve con algas el regalo de su olor.
 Urde la paz agitada del deseo
mientras me llama.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

EN LA DERIVA DE UNA ISLA…

Alimento de sonrisas*
 
 
El hombre tropieza con el billete guardado de vez en cuando.
El perenne gusto de la tristeza en su boca retrocede por un rato con ese recuerdo que le brinda una curiosa alegría privada que no necesita espejo ni testigos.
Ya llego a una edad donde se escurren precisiones y fechas.
Pero puede verse en la cola del supermercado para pagar e irse a su casa con alimentos para que la heladera no se vea generosa en vacío. Reconstruye su asombro al descubrir el sistema de tubo aspiradora por el cual las cajeras envían dinero dentro de un recipiente similar a una lata a un lugar invisible desde la línea de cajas.
Una imagen rara que da para pensar en la velocidad de circulación del dinero que inquieta a los economistas.
Que el hombre haya decidido quitar de circulación tiempo atrás un billete de 2 pesos y lo haya incorporado como un objeto portador de significado, justifica contar la historia.

El hombre toma ese objeto inerte: observa cara de un Bartolomé Mitre casi anciano, y le parece percibir una mirada preocupada hacia el futuro.
Lee la numeración: 12836859 J.
Lo gira y lee el mensaje escrito en birome azul.

Puede ver como si fuera ahora mismo a la morena de la caja que demuestra una amabilidad poco usual con los clientes.
Recuerda la sonrisa enorme mientras el hombre colocaba las cosas en la cinta que acerca los productos a la lectora de códigos que serán precios a pagar.
El hombre recibió la sonrisa de la chica y dijo “gracias”.
Vio una tenue expresión de desconcierto y se sintió obligado a explicarse:
“Gracias, porque a esta altura de mi vida me alimento de sonrisas”
La cajera le volvió a regalar una sonrisa grande como luna llena.
El hombre pagó. Colocó los productos en bolsas.
Mientras le daba el cambio, ella tomó un billete de dos pesos y escribió en él un mensaje veloz.
El hombre guardo el vuelto y la cuenta como un manojo en el bolsillo.
Le dio un inesperado beso en la mejilla a la chica y se fue con sus cosas.
Cuando caminaba hacia la calle -que él percibe como un desierto urbano o una isla perdida en el océano- se ilusionaba con que hubiera en ese billete un número de teléfono para hablarle. Que ese billete no fuese una anónima promesa de pago que pasa de mano en mano con indiferencia sino un puente hacia una gota de ternura compartida.
Cuando llego a su casa lo leyó. Sin expresar un previsible desencanto decidió quedarse con el billete para no olvidarla y leer de vez en cuando el mensaje que dejó escrito:

“Nunca te des por vencido 
Lucha…
 Romi.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

BOLSILLOS*

Los bolsillos llenos
Las aves cantan, la familia inmensa,
amigos revolotean en bandadas
y la primavera muestra dientes de perla

¡Ah!, qué dulce

Los pies caminan senderos sin piedras
y todos hacen venia,
las palabras son música dulce a los oídos,
son caricias a la conciencia enferma

¡Ah!, qué dulce

El amor en cada esquina ofreciendo sus brazos,
abiertos y cálidos brazos
y la soledad se embriaga,
el dolor compra pasaje de ida en primera clase
y los sentidos se embelesan,
en especie de amargo néctar,
adictivas sensaciones plasman la piel
y las manías vuelan,
sí, sí, vuelan superiores a los pájaros,
superiores a las tormentas

Los ojos flotan en dulce sacra hiel soñada
y pierden el juicio,
no perciben el hambre más allá de la puerta,
el despojo de cuerpos ajenos

el alma mutada en piedra, áspera y fría piedra,

¡Ah!, cómo pesan los bolsillos.

*De Ruth Ana López Calderón©.  anilopez20032000@yahoo.es
01-05-2011

Pequeña hemorragia*

 
 En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.

Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.
La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ
LA VISIÓN DE UN ARTISTA “SIMPLE”

Eduardo Coiro: “Me asombra el heroísmo de la gente común”

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

El escritor motorizó ”Inventiva social”, un soporte a los proyectos solidarios.

Vago es una calle en Temperley, que alberga un pasajero poco común. Editor de Inventiva Social, un medio literario de prestigio y alcance global, el escritor y sociólogo Eduardo Coiro habla de sus intentos solidarios, de una obra difundida y de los puentes tendidos hacia la sociedad, con la que ha construido una comunidad virtual donde los desafíos y la palabra cobran sentido. Una libertad de 10 años creativos.

–¿Quién sos, de dónde venís, de qué barrio sos?

–Soy de acá, de Temperley, hijo de padres que dieron hasta la camiseta por sus hijos. He estudiado sociología quizás por un azar, pero puse en una perinola, una equivalencia en carreras, tiré la perinola y salió sociología, como podría haber salido psicología, antropología, periodismo y fui consecuente, me anoté, cursé y me recibí.

–¿Cuestión de respetos?

–Respeté a esa decisión azarosa; la idea de “Inventiva social”, que es un poco lo que quería contarte, surgió de querer crear un banco de ideas, que pudiera acercar soporte virtual a proyectos solidarios, con el aporte de voluntarios competentes en cada tema, pero siempre sobre la base de proyectos sociales y respaldar de alguna manera, la actividad de la gente.

–¿Y cómo te fue?

–Estuve un tiempo intentándolo hasta que llegué a la conclusión de que eso es algo que era inalcanzable con mis posibilidades de ese momento, y si empecé a ver que había un montón de personas que estaban en la misma situación que yo.
Personas que necesitaban escribir, necesitaban expresarse, que escriben muy bien, hay muchísima gente que escribe muy bien y no tiene difusión, y empezó a ser lo que es “Inventiva Social”. Es el momento fundante de “Inventiva Social”. Estamos hablando del 1999 – 2000.

–¿Los contactos con los escritores son virtuales?

–Conozco escritores de Santa Fé, he tenido el honor y el gusto de conocer a muchísima gente que escribe muy bien en Santa Fe y hay gente a la que he conocido sólo por correo, hay amigos cubanos que escriben, un querido amigo que falleció el año pasado, en Austria, que tenía también su propia revista literaria y que aportó muchísimo con sus escritos y su obra plástica, que sigo difundiendo, Luis Alfredo Duarte Herrera, un destacado artista residente en Salzburgo.

–¿Qué desafíos tiene “Inventiva social”?

–Uno de los grandes desafíos es primero seguir con el Inventren, un proyecto realmente ambicioso. Si uno piensa en lo que es tomar un recorrido de trenes que ya no van a volver, como ahora que estamos haciendo un recorrido:
Carhué y Puente Alsina, son muchas estaciones, imaginación que hay que poner en cada estación, mucho esfuerzo para poder escribir líneas surgidas del viaje de los recuerdos de cada cual o de lo que sugiere el nombre de la estación. En algunos casos no queda absolutamente nada.
Ni siquiera testimonios de lo que fue. Una especie de rescate simbólico de lo que fue el tren, y mantenerlo vivo desde el relato y la literatura, es un desafío impresionante, para mi es el desafío más grande. Que estén escribiendo en un recorrido argentino amigos de Méjico o de España, para mi es un orgullo y un desafío.

–¿Tenés algo publicado?

–Lo que hay publicado: “Viendo al oeste del andén tres”, un ensayo dedicado a Kosteki (Maximiliano), publicado en Salzburgo, en Austria; una crónica sobre el Foro Social Mundial, publicada en campo grupal, otra pequeña ponencia, el problema de la verdad en la constitución del sujeto, publicado en un libro de compilación llamado el pensamiento de los umbrales del siglo XXI, hay otra ponencia, “Proceso de globalización”, “Nuevas tecnologías de la comunicación e identidad cultural”, en otra compilación de Susana Vellegia, la Gestión Cultural en la ciudad ante el próximo milenio.
Y un pequeño escrito llamado la reinvención del ferrocarril, un proyecto de articulación social, que fue publicado en un libro de síntesis.
Después hay escritos editados en Internet, Resonancia.org en Francia, Estrella errante en Salzburgo, y otros lugares. Un armado de página para el Inventren se hizo en La Unión, uno de los primeros recorridos que hicimos, que salió de La Plata y llegó a Mercedes, siguiendo el recorrido del Provincial o del Belgrano.

–¿El común de la gente también puede publicar?

–Cuando uno va al supermercado porque trata de comer y ve el heroísmo de la gente, una de las cosas que más me asombra es ese heroísmo de la gente común y corriente como yo, el heroísmo de vivir en la adversidad.
Hay un montón de cuestiones por las cuales la gente pelea con la adversidad, donde es heroico que una persona sale a la calle va llega a su trabajo y cumple con su trabajo y vuelve, ese tipo de cuestiones, ojalá la gente pudiera escribir sobre lo que le pasa todos los días. Yo sería feliz.

Él escribe…

Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.
En la bendición del mendigo ciego.
En la mirada sin padre del cura bueno
al que llamamos -de pura costumbre- “Padre”.
No creo en ninguna institución que administre la palabra “Dios”.

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 31/10/11
http://www.launion.com.ar/?p=67204

 

 
PESCA AL POR MAYOR*

Arroyos del Norte Santafesino;
Una época en la que todo abundaba.
 

 
El tractor naranja, ya bastante baqueteado, hacía sonar su estridente marcha, rompiendo la quietud de la siesta en la vastedad de la colonia; tartamudeando en los cambios, tosiendo cada tanto con arcadas de humo, arrastrando un acoplado lleno de muchachos que iban a pescar, aquel sábado a la tarde, de  pleno sol otoñal.
El gavilán que sobrevolaba sus dominios chilló advirtiendo al extraño espécimen reptante, de anaranjada cabeza, que osaba desconocer su territorio, y viendo que aquel avanzaba indiferente, optó por volar encima y asegurarse que no fuera una amenaza para los suyos, y describía extensos giros planeando por encima, una y otra vez, vigilante, señudo,  y alerta…
No faltó alguien del acoplado que levantó una carabina y disparó contra el gavilán, pero con el temblequeo de la marcha era difícil apuntar medianamente bien; detrás lo imitaron otros dos o tres, con sendas armas calibre 22, pero el gavilán siguió planeado, haciendo apenas un leve alabeo, sin variar casi su trayectoria. Si hubiera sido con una escopeta, que abre un haz de municiones, otra habría sido la suerte del ave.
Pensé que como no se podía apuntar con precisión, lo que correspondía era tirar a pálpito, a ojo de buen cubero… Y así probé, tirando algo adelante y al bulto, con tanta acierto que el gavilán,  sorprendido en su planeo, comenzó a caer revoleando sus alas, en un desordenado tirabuzón, finalmente hasta el suelo…
En el silencio de observar la caída, nos pareció escuchar el rebote sordo del cuerpo inerte, en el final de su último y truncado  vuelo…
No sentí alegría para nada, pero era chico y tenía la vanidad de querer lucirme, ante una media docena de preadolescentes como yo mismo, que íbamos atrás, más dos muchachos adultos en el tractor; uno conduciéndolo, y el otro sentado malamente en el guardabarros, saltando en los barquinazos, mas aún que los que íbamos en el remolque.
-¡Vamos a ver si para pescar sos tan bueno!…- bromearon a mi costa.
Rato antes habíamos cargado todos los elementos, así como comestibles y bebidas en cantidad abundante, y salido de la casa de mi tío; que era siempre  el punto de inicio o partida, para cualquier evento que fuera importante en la colonia.
A principios de la década del cincuenta estaba en todo su esplendor. Las tierras eran casi vírgenes y rebosaban de sembrados lozanos y las cosechas eran abundantes, de buenos rindes; por lo que los colonos progresaban felizmente, y trabajaban fieramente alentados por esa generosa recompensa.-
El trabajo era la ley, pero llegado el sábado, y más el domingo; sagrado descanso, fiesta. Fiesta era Truco, boliche, baile, fútbol, pesca, caza, y en gran parte diversión en familia. A menos que estuvieran en momentos cruciales, como sembrar o cosechar, y había que aprovechar el buen tiempo. Ahí sí, trabajaban incluso de noche.
Marchamos una media hora y cruzamos un puente pequeño hecho con troncos, pero que aguantaba firmemente el paso de vehículos, tractores y máquinas, desde décadas atrás, cuando por necesidad, se juntaron los colonos para construirlo; y soportó además los embates de muchas crecidas de la cañada, que por épocas se pone muy correntosa…
Mis primos me contaban que en ocasiones habían cazado yacarés, de cierto tamaño; ya que era casi un estero, rodeado de monte…
Pasando el puente, entramos en un camino vecinal, cruzamos tres o cuatro casas de colonos, casi precarias, con pequeñas quintas de frutales y alguna planta para sombra, sobre un patio pelado; con gallinas picoteando en el suelo, y algún chancho hurgando de aquí para allá.  Franqueando sus tranqueras, cruzamos varias chacras y finalmente nos encontramos en un bajo pronunciado, tupido de ceibos, entre altos y amarillentos pajonales.
Luego una limpiada, rodeada de plantas de Tala, y allí nos detuvimos. Calló el tractor, y era tan grande el silencio imperante, que todo nuestro bochinche bajando las cosas, parecía que no lograba alterarlo.
A metros, un arroyo angosto y poco profundo, corría viboreando entre grandes bancos de arena, y algún trecho  de barrancas bajas.
Enseguida estábamos metidos en el agua, que a lo sumo nos llegaba a la cintura, aunque en el centro iban los dos mayores por ser un poco más hondo. Todos en hilera, empujando una red con cinco o seis parantes, que había que sostener para mantenerla vertical, mientras lo hacíamos, avanzábamos en el agua; así un trecho, y cada tanto girábamos sobre una punta, avanzando con la otra hasta llegar a juntar los dos extremos en una orilla, sacando así todos los peces atrapados fuera del agua, al desplayado de arena.
En cada tirada sacábamos docenas de sábalos de dos o tres kilos, que  coleteaban y saltaban por safar  y volver al agua, muy pocos lo  conseguían… Salían también algunos Moncholos o Bagres; que juntábamos con los demás.- Sólo devolvíamos de inmediato al agua a los más chicos.- En un momento un Dorado, mediano, al verse acorralado saltó del agua, sobre la red, tan vigorosamente que dio contra la frente de Chiani, un corpulento muchacho, que aturdido, cayó por un momento de espaldas en el arroyo… Así estuvimos pasando y repasando la red, capturando centenares de piezas, buena parte de la tarde.-
Para el atardecer todos los pescados estaban abiertos, limpios y salados; listos para freír…
Comenzó a llegar gente. A caballo, en volanta. Familias enteras, varones y mujeres,  chicos y grandes; que habrían sido invitados previamente, supongo. Todos eran amigos. Se armó alguna ronda de mate, alguna mesa de truco, aparecieron una guitarra y un bandoneón, y un jovencito con una flauta que maravillaba entreverado en el conjunto; mientras algunos encendían fogatas con leñas, aprestándose a cocinar el pescado, en varias ollas negras “de tres patas”…
Entretanto, con la última luz del día, yo me aparté, y tentado me tiré al agua fresca, para cruzar ida y vuelta, un tramo angosto, que resultó ser hondo… Me cansé antes de llegar a la otra orilla… Y agotada, me volví, pensando por momentos que no llegaba. Estaba sólo y me asusté. Sin aliento, alcancé finalmente regresar y salir medio muerto del agua…
Mi primo Titín me había visto y percatado de mi trance, se acercó presuroso. Al verme salir bien, aunque bufando, me dijo entre risas de alivio…:
-¡Ufa…! ¡Qué susto, compañero!- Los dos nos sentamos juntos, y reímos con ganas…, pensando cada uno en silencio,  el momento que acababa de pasar…
Conseguí reponerme tras un buen rato, y pude reintegrarme al grupo, y después colaborar con los cocineros, junto a mis otros primos.
Apenas oscurecido, empezó a correr el vino y la cerveza, con las primeras fuentes de sábalo frito, que repartíamos a decenas de comensales; medianamente acomodados en mesas y sillas, que ellos mismos habían traído.-
Todo bajo la techumbre de las Talas, la luz de los faroles, y los acordes de la música litoraleña; que brotando en la noche silenciosa, flotaba sobre el inmenso y agreste paraje, de ceibos y pajonales, en los meandros del Toba, el arroyo generoso…
Hubo risas, cuentos, alegría; y siguió la fritanga con música, hasta muy tarde. Al final sobró tanto pescado aún sin cocinar, que hubo para que todos llevaran a sus casas la  cantidad que quisieran…
Cuando todos se habían marchado, y apagamos el último farol, la noche volvió a quedar en el más puro y virginal silencio… sólo perforado por una miríada de grillos y otros  bichos nocturnos, que ahora reanudaban sus coros, librados al fin de la irrupción de los intrusos, y de su molesto y ruidoso barullo…
 

II

Otro tío mío vivía muy cerca, y ya en el verano, un día me invitó también a pescar, en un lugar cercano y en el mismo arroyo, pero esta vez donde éste desagua su cauce, en un delta de canales ramificados, ya en los bajos del gran estero.
El transporte fue una volanta toda negra, un carruaje descubierto, típico entonces, con un tiro de dos caballos; atrás con dos ruedas grandes y rayos de madera,  las de adelante igual, pero bastante más chicas.
Pero lo curioso fueron los elementos. Un par de horquillas de las que se usaban para emparvar lino. Un largo mango de madera con tres o cuatro dientes finos y filosos de acero; y un bulto con varias bolsas de arpillera. Nada de redes, ni espineles; sólo eso…
Iban además dos primos mayores, y el mismo Chiani, el forzudo.-
El monte quedó atrás, en la altura, se lo veía lejano, casi en el horizonte. El lugar era desolado, bajo y llano; y estaba cruzado por varios canales, o riachos, que se iban bifurcando, de unos tres o cuatro metros de ancho, recortados en la tierra, sin arenales en las orillas. Todo limpio, sin siquiera una mata de paja, o gramilla en el suelo.
De los  jóvenes, dos se metieron con el agua hasta la cintura, llevando cada uno su horquilla a modo de fija, el otro caminaba cerca de la orilla, para ir juntando los peces fijados. El agua turbia no permitía ver para apuntar, por lo que tiraban horquillazos a diestra y siniestra, para ensartar los peces que tuvieran la mala suerte de acercarse en su camino, y al paso avanzaban despacio, aguas abajo. Cada pez ensartado hacía sacudir la  horquilla al retorcerse entre los dientes de acero.
Parece mentira, pero era raro el tiro que no ensartaran al menos uno, tal era la proliferación de peces, sábalos casi en su totalidad, y todos de buen tamaño.
 Golpe de horquilla y pez afuera. A veces dos o tres tiros en falso. El otro iba juntando y limpiando, de uno en uno…… poniéndolos en una bolsa, de las que habíamos llevado para eso.
Me fui a sentar al lado de mi tío en el suelo, que había llevado una línea con su anzuelo, y estaba pescando como Dios manda.-
Desde allí yo miraba la hazaña.-
-Tío, no puedo creer lo que veo… ¡sacar peces de esta manera!-
Mi tío me miró divertido, con una sonrisa bonachona.
      -¡Vas a ver la cantidad que llevaremos, dentro de un rato!-
-Pero; ¿Qué van a hacer con tanto pescado?…Pregunté sin conocer cómo harían para aprovechar tanta pesca.
-¡Ohh! –suspiró divertido- Primero, convidar a los vecinos, como ellos hacen con nosotros. Apartar algo para comer en casa, y finalmente lo que reste lo conservaremos en sal… Se pone una buena capa de sal gruesa en el fondo de un barril de madera, que usamos para eso; una capa de pescados abiertos y limpios, luego otra capa gruesa de sal, y así hasta que al final, se cierra siempre con abundante sal…
Bueno, ahora estaba claro.
Seguí observando:
 Las orillas donde iban, quedaban regadas de sábalos capturados,  que se retorcían, reflejando como hojas de plata al sol de la tarde. Los dos fijadores tiraban tantos peces afuera del agua, que el juntador no alcanzaba a hacer toda la tarea, y se atrasaba. Los pescados se iban amontonando, y eso, a los otros,  les permitía cada tanto tomarse un respiro,  pero antes de continuar tenían que ayudarlo, y luego volvían a la excepcional captura…
Llenaban las bolsas hasta la mitad y las iban cargando al coche, o “carrito” como se lo conocía.  Cargaron al menos  siete u ocho medias bolsas.
Al regresar notábamos que el peso era excesivo, si bien no era demasiado lejos el viaje a la casa; pero el piso era de por sí algo blando,  y ahora parecía menos parejo…
 Avanzábamos muy lento, y el carruaje parecía quejarse. Apenas habíamos salido, y de golpe hubo un crujido seco, y una rueda trasera se rompió en pedazos. Se desarmaron y se rompieron los rayos, y el carruaje se fue ladeando hasta el suelo de ese lado, mientras nosotros saltábamos, desprevenidos…
Quedamos mirándonos unos a otros, y también mirábamos la rueda. Al cabo, se desataron los caballos, y fueron a buscar ayuda a una estancia cercana.
Mi tío y yo nos quedamos a esperar el auxilio, que llegó en una hora; un tractor que nos llevó de regreso.
La pesca se salvó casi en su totalidad, ya que la trajimos un poco en los caballos, y otro poco en el tractor.
.La volanta quedó un par de días en el estero, hasta que le reemplazaron la rueda rota.
Rota por el descomunal peso de semejante pesca.
Pesca con horquillas, y en tal cantidad, que traíamos bolsas llenas de Sábalos…
-¡Cosa de no creer!- 
 
 
*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda (Santa Fe), -Texto incluido en “Los días felices”  21 julio 2005

Correo:

Cannes: Tierra y rocas en la Valija del Espacio Vital*

¿Cuál es el lugar de un pequeño en la ronda de los gigantes económicos?

Los 8 más grandes necesitan más espacio vital, pues su población y su velocidad económica supera holgadamente la capacidad de su suelo como para dar nutrientes, minerales, AGUA y nichos contaminables que les permitan seguir creciendo mientras fabrican un celular para ser tirado al año siguiente o un alimento con sustancias nocivas para la salud.

En algunos años sabremos qué llevaba la Valija a Cannes. Qué pato para esa boda de 20 entre algunos grandes festejando la entrega de unos chiquitos que quieren ser iguales y otros, como nosotros…, que están dispuestos a seguir el designio de los rendidos sin pelea.

Quizá Ghana llevó alguna vez tal Valija y hoy es un depósito de basura electrónica y química de las superpotencias. Un verdadero orgullo (¿???).

Hoy la extraña Valija viaja a Cannes y no me pueden pedir que aplauda por lo que le podrán robar a mis nietos. No me pueden pedir que aplauda la entrega de su futuro con, cada vez, más muros que encierran barrios de hiperricos para protegerse de los miserables.

Sí, es la Valija de los miserables en oferta para ampliar el espacio vital que pronto considerarán que es de ellos. Cuando alguien se revele y diga ¡Basta! saldrán a decirle al Mundo que los miserables les quieren sacar sus tierras fértiles y sus montañas. Dirán que es una lástima que nuestros hijos y nietos estén sentados sobre sus riquezas.

La Valija va sonriente. Las tierras de la Argentina Profunda se abren ante la tentación de ser explotadas, exfoliadas, ensuciadas, aniquiladas en pos de la felicidad de los shoppings de gentes de otras tierras. De otras tierras que enarbolan ser civilizadas luego de haberse matado entre vecinos por 3.000 años y de haber destruído civilizaciones milenarias en ese mismo tiempo, especialmente las nuestras en lo últimos 500 años.

La Valija traerá menos que baratijas. El yanaconazgo será poca cosa frente a ese pasado que se reinventa. La Guerra de Zapa será más difícil en ese entonces, pero esperemos que esta vez no sea librada por un Empleado de las Logias de la Civilización de la Barbarie.

Se estremece el Alma al enterarme de la felicidad de la Valija que tendrá oportunidad especial de abrir su contenido para entregar la Tierra y el Futuro de nuestros bisnietos.

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White – Buenos Aires
Noviembre 1ero de 2011 -

*

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