09 Mar 2009 | Por nuwanda | # Enlace permanente
Aunque lleva el nombre de Parque de la Independencia, como siempre sucede en Indart, tiene otro nombre: el del otro lado del monte.
Sucede que el pueblo esta cruzado por un monte (foto mapa), actualmente mucho menos tupido que antaño. Entonces los lugares y las personas se denominan según su ubicación respecto del mismo.

Por ejemplo, si deseamos conocer sobre un nacimiento preguntamos “de este lado del monte o del otro” de esta manera, y según la respuesta que nos den, estaremos achicando un porcentaje de posibilidades. Ahora bien, puede que un lector desprevenido pregunte ¿Cómo saber cual es “este” lado del monte? Bien entonces esta respuesta tendrá relación directa sobre quienes son los interlocutores. Se reconoce como “este lado” el que coincida con la ubicación de nuestra casa. Así por ejemplo los habitantes que estén en el circulo numero 1 tendrá como “este” lado al sector sur del pueblo, mientras que los que habitan en el circulo numero 3 serán “los del otro lado” y (según creo) viceversa (digo que según creo porque como no viví del otro lado del monte, no se como la gente del circulo 3 llama a los que habitamos el 1). En tanto los habitantes como el sector del pueblo ubicado en las circunferencias del circulo 2 son reconocidos como los de “la villa”, pero no debe confundirse el termino villa con el que aplica en Capital. No se trata de que en esa zona habitan un grupo de gente de diferente extracto social, sino más bien refiere a una costumbre de denominar al rico oeste del pueblo como “la villa”.
Retomando la historia del parque, ahora se entenderá porque siempre lo conocí
como “el del otro lado del monte”. Fue el primero (hasta que se construyo el tercer parque, del que hablaremos otro día) en tener juegos. Allí uno se encontraba con el tobogán, la calesita, las hamacas (el único que tenia dos asientos para mecer a los chicos de edades pequeñas) y el sube y baja. Este parque junto al Jardín eran los dos lugares donde uno hallaba este tipo de juegos.
Como fui siempre visitador de la plazita, los recuerdos que tengo de este parque son más bien familiares.
Cerca de la Hamaca principal existía (existe) un gran pino. Debajo había un típico banco de parque pintado de blanco, donde los púberes dejaban escrito promesas de amores que se presumían eternos.
Los domingos era cita obligada salir en la Ford doble cabina celeste. Escuchar a Caldiero relatar a Boca y sentarnos debajo de ese árbol mágico a comer masitas Champagne y Coca Cola. Fue allí donde se comenzó a gestar mi repugnancia pro el mantecol y el chocolate paragüitas, producto de la frecuencia con la que fui convidado pro mi padre.
Allí alguna vez existió el primer caballito hecho de tambor, que sujetado al suelo con un resorte, nos daba la posibilidad de sentirnos domador de Jesús María por un rato.
El poder visitar el parque sin compañía de un mayor, condicionado por su lejanía respecto a nuestra casa, era una manera de sentirse adulto, era como cumplir una meta. Llegar hasta allí, cruzar le monte, caminar por la ruta, alejarnos de casa sin supervisión maternal era todo un acontecimiento.
El parque Independencia es una parte más de nuestro pueblo, seguro que guarda más de un historia y cientos de recuerdo. Te invitamos a que tu mente deje el cuerpo de adulto que comanda día a día, se transporte a ese niño que alguna vez fue y nos deje saber que significa para vos, el parque que queda del otro lado del monte…
19 Feb 2009 | Por nuwanda | # Enlace permanente
Si bien Indart es casi un parque inmenso en si mismo, con enormidad de espacios verdes, arboles, vegetación y lugares de descanso, técnicamente existen tres parques. Dos de ellos tiene nombre: La Plazoleta Domingo Faustino Sarmiento y el Parque Independencia. El restante, el mas nuevo, y el mas extenso quedo solo con el seudónimo: “el parque”, a secas.
Mostraremos, a lo largo de nuestras actualizaciones, detalles de cada uno de ellos. En nuestro primer desglose nos referiremos a “la Plazita”.
Ubicada en la calle que le da nombre
, la plazita (como se la conoce) es el predio más pequeño en longitud de los tres. Sin embargo presenta características propias que la hacen única. El mástil en el centro (foto), de donde nacen tres caminitos en diagonal, el tanque del regador, inmenso y amarillo. El viejo pino, con su tronco imperfecto que beneficiaba la subida a sus ramas solidas. La planta de magnolia que se cubría de flores blancas en primavera.
La plazita fue el campo de futbol por excelencia. No permitió nunca más de seis jugadores por bando, pero fue irremplazable. Haciendo un paralelo con la urbe, podemos decir que la plazita fue, para nosotros, lo que el empedrado para los púber de la cuidad. Solo una diferencia, ellos (y parafraseando a Gagliardi) reconocían en el cordón o la pared “al wing que mas la pasaba”, nosotros, en cambio, carecíamos de un compañero, teníamos mas bien un rival. Se trataba de una planta, que interrumpía el carril del ocho si atacamos de frente al tanque del regador, repleta de espinas y flores rosas que medió como verdugo de docenas de pelotas de futbol.
Además del arbusto traicionero, existía otro obstáculo que impedía el normal desarrollo del match: el motor del tanque del regador. Una especie de sótano pequeño que resguardaba el núcleo del sistema de llenado del tanque. Un lugar oscuro, a unos 150 centímetros de profundidad. Llenos de cables pelados y hogar del mito viviente más recordado (por mí al menos): el escuerzo de proporciones inverosímiles, divisado por pocos y bautizado así por su descubridor: Juani Torlo. Levantadores de quinielas, escépticos y gente poco amistosa con las creencias, desmienten este ser y lo denominan, simplemente, como un miserable sapo y solo eso. Yo sigo creyendo que el escuerzo sigue vivo allí abajo.
Dependíamos de un tiro rasante y fuerte, mas una carambola extraña entre dos columnas, para que la numero cinco fuera tragada por ese túnel, pero sucedía. Era el autor del remate desafortunado en quien recaía la responsabilidad de vestir la ropa de héroe, bajar por las escaleritas y rescatar la redonda, para reiniciar el partido.
Además del futbol, la plazita fue, entre otras cosas, centro de reunión para efímeros clubes de fans (como el de las Spice Girls), anfitrión extenso para nuestras tardes de escondidas (destacamos a la ligustrina en forma de iglú como el mejor escondite), lugar mas que apropiado para la casería de mariposa (en el charquito de la esquina).
Fue recién a mediados de los noventa, cuando la Municipalidad ordeno poner un cartel (foto) que avisaba que ese parque llevaba el nombre del prócer Argentino que tuvo tanto amor para con la enseñanza como odio hacia los indígenas, poco importo al imaginario colectivo eso, siempre la seguimos llamando “la plazita”. Con sus caminitos de piedras de ladrillo molido, tan útiles para la payana como para el diseño de una rayuela, con sus banquitos que sirvieron de pizarra para explicar el off side a un amigo desprevenido hasta para sintetizar con dos iníciales encerradas en un corazón, lo que creíamos amor. La plazita, con su escasa superficie, es el mejor de los ejemplos para explicar el viejo proverbio, que nos aclara que lo bueno viene en frasco chico.
NUestros Amigos dicen…