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Padre Mario

Éste es el Padre Mario. Un cura sanador. Habrán oído hablar de él, o tal vez hayan visto la película “Las manos”, de Alejandro Doria, con Jorge Marrale y Graciela Borges. El Padre Mario ya falleció, sin embargo sigue ayudando desde otra dimensión.

Trabajaba por imposición de manos, y ayudándose con un péndulo. Su famoso péndulo, que se encuentra en el museo de la Fundación, para quien quiera visitarlo. La gente le llevaba una foto de su familiar enfermo, él pasaba el péndulo por encima y diagnosticaba, con escasísimo margen de error, la enfermedad que padecía, si debía operarse o convenía esperar… o si ya no había más nada que hacer.

Como no podía ser de otra manera, se lo llevaban preso por uso ilegal de la medicina. Así que pensó que con un título lo dejarían trabajar más tranquilo. Y fue así que se largó a estudiar psicología. Para volver locos a sus profesores, claro, con largas discusiones sobre todos los temas habidos y por haber.

Les cuento que no cobraba, pero su fama llegó hasta oídos de Grandes Personajes que se curaron con él (en eso no hacía distingos, todos eran hijos de Dios) y colaboraron con la Fundación. Como buen tozudo, conseguía las cosas a fuerza de perseverancia y fe. Por ejemplo, pedía los bancos para su escuela como si las aulas ya estuviesen edificadas… y tal vez sólo tenía marcado el terreno! Colocaba una canilla de día y se la robaban de noche, la volvía a colocar y se la volvían a robar, pero él insistía… Hasta que la gente de la zona empezó a respetar tanto ahinco (o tal vez ya tuviesen todos sus canillas, ja)

La primera vez que supe de él, fue haciendo zapping. Me encontré con Evelyn Scheidl (modelo muy conocida en su momento) en el programa de Susana Giménez, hablando maravillas de él. La mamá de Susana había fallecido hacía poquito y Susana estaba diciendo “Qué lástima no haber sabido antes de él…”

La segunda vez fue esa misma semana, en el depto de una peluquera de Necochea que venía a hacer cursos y cortar el pelo aquí en Capital, una vez cada tanto. Mientras mamá se cortaba con ella, yo me aburría y chusmeaba revistas viejas.

En una de ellas, leí el testimonio de una mujer que tenía que operarse el brazo izquierdo. Contaba que se acercó hasta el mausoleo del Padre en González Catán y apoyó el brazo sobre el mármol de su tumba. Sintió un “tac” en su brazo. Cuando se fue a hacer las radiografías previas a la operación, los médicos descubrieron que ya no hacía falta operarla de nada.

Como yo había sufrido la fractura de mi codo izquierdo y andaba por la vida cargando en el brazo doce clavos y tres placas de metal, me dije “Nada es casual” y me largué hasta González Catán. Una auténtica peregrinación, les digo. El culo del mundo, o al menos, eso me pareció (el Padre Mario me perdona, era un tano petisito y chinchudo).

Día sábado, zona pobrísima, de repente… la maravilla. La Obra del Padre Mario, un oasis. Colegio primario, secundario y terciario. Polideportivo. Taller para discapacitados, con salida laboral. Panadería. Y la Capilla. Con un Cristo no crucificado, en el altar, sino caminando.

Mucha gente en la cola al mausoleo, donde se reza y se apoyan las peticiones sobre el mármol.

Delante mío, una vieja mal entrazada. De éstas que demoran eones. Empezó a recitar una letanía interminable, tocaba la foto del Padre, la besuqueaba, se le cayó el retrato al piso, en fin… un incordio de mujer. Yo ahí adentro con ella, empecé a tener pensamientos muy poco espirituales, del tipo “Qué vieja de mierda”.

Me daba vergüenza pensar así, en un lugar tan sagrado, digamos, incluso se me cruzó por la cabeza “Qué va a pensar el Padre Mario de mí”. De repente me di cuenta (fue como un flash) que no importaba a quién se le cumpliese la petición, que todos somos Uno. Entonces empecé a mandarle energía a esta buena mujer, para que lo que fuera que anhelaba tanto se le cumpliese. Cuando finalmente me tocó el turno, apoyé con bastante expectativa mi brazo sobre el mármol de la tumba.

No pasó nada, che. Ni tac, ni pim, ni pum. Ningún rayo cósmico atravesó el techo del mausoleo para curarme, así que me fui bastante desilusionada. Para qué les voy a mentir…
Al día siguiente me tocaba ir a sacar un turno en el Hospital Fernández para una radiografía más. Hacía muchas mañanas que iba super temprano a kinesiología, me ponían una bolsa con arena sobre el brazo para “bajarlo”, porque la movilidad había quedado muy reducida. Y le hacía por mi cuenta baños con agua casi hirviendo y enseguida en agua helada con cubitos, para favorecer la circulación. No les puedo explicar el dolor en las sesiones de kinesiología, se escuchaban mis gritos en el hospital, no podía evitarlo.

Bueno, esa mañana, mientras esperaba por mi turno, empecé a jugar con el brazo para arriba y para abajo… para arriba y para abajo… “La verdad es que parecería tener más movilidad…”, pensé. Y hete aquí, que me toco el hombro con la mano.

Se me empezaron a caer las lágrimas, de la emoción más pura. Me senté de costado, para que la gente no me viese llorar. Largué todo, el turno, todo, y me fui volando a buscar a una de las kinesiólogas que me midió con uno de esos transportadores gigantes de madera, que tienen.

“No sé lo que hiciste -me dijo- pero es increíble cómo se te amplió el grado de apertura”.

A partir de allí, city tour a lo del Padre Mario. Llevé a Dios y María Santísima.

Si quieren leer testimonios de sanaciones, ingresen aquí:

http://www.vidapositiva.com/Padre-Mario-Pantaleo-Testimonios.html?sec=20

Me volví a operar el brazo después de eso, me sacaron todo lo que me habían puesto. En el interín hice un pequeño profesorado de Educación Física, per jodere, nomás. Y ese fin de año, hice la misma coreografía en el Complejo La Plaza que mis compañeros, con idas al piso y demás. Guardo las radiografías, que remiten a la Torre Eiffel, propiamente. Las guardo porque me recuerdan que si pude conseguir eso, puedo conseguir cualquier cosa.

La señora de esta foto es Perla Gallardo, la misma que aparece en el video. Hace cuarenta (¡40!) años que trabaja en la Fundación. La mano derecha del Padre Mario, dejó a su familia y una vida llena de comodidades para ayudarlo en cuanto pudiese. Era la que le solucionaba el tramiterío y los papeles, para que él pudiese destinar sus energías sólo a curar. Graciela Borges hace de ella, en la película.

Creo que están todos, verdad Padre Mario?
Cómo llegar hasta allá? Primero a Ruta 3, kilómetro 32.

La dirección exacta es Conde 5670 González Catán. pantaleo@padremario.org. Tel: 02202-430306 / 011-4384-1023 / 011-4381-6114

Tomar el colectivo 86 cartel azul, el que dice: González Catán, por Laguna. Pasa por Rivadavia, hasta poco más allá de Plaza Flores.

Obra del Padre Mario