Abril 27, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
El primer indicio me lo da su curiosidad excesiva. Está bien que la señora -mayor, piripipí- no debería haberle exigido el asiento a la mujer con dos pibes. Pero el tipo cogotea con un interés digno de mejor causa. ¿Ahora qué hace? Habla solo. En honor a la verdad ni habla ni murmura, pero sus manos refuerzan un discurso interno, vaya a saber a qué jefe encara.
Las manos son protagonistas: con una se tapa los ojos, es la imagen viva de la desesperación. Una piba de pie a su lado, con auriculares puestos, lo inspecciona insegura. El hombre mira su reloj, al segundo vuelve a mirarlo. Se persigna al pasar por la Iglesia de San José de Flores, más en un gesto mecánico que de auténtica fe. Su locura no es de las evidentes, ahora saca un sobre con papeles y los exhibe a quien quiera mirarlos, alcanzo a leer de refilón la palabra TRÁMITE. Mi vecino de asiento tiene el pelo peinado con raya al costado y fijador y una cara de lo más normal. Cuando no está ensayando su dicurso lleno de gestos, se aprieta las mejillas con ansiedad. Las manos, estando quietas, descansan sobre el portafolio. Le falta un tornillo, eso es obvio. Está tocado de la cabeza, como se dice ahora. No le sube agua al tanque, no tiene todos los patitos en fila. El celular le suena. Hola, dice presuroso. Nadie responde. Lo guarda en el bolsillo para sacarlo al minuto y verificar de quién ha sido la llamada.
Es apenas un poco más exagerado que el resto de nosotros.
Nosotros, que si nos preguntan “¿Bajás en la próxima?” respondemos “No” con voz ofendida (qué pasa… ¿molesto acá?) Que decimos al celular cosas como “Yo tengo dos mujeres”. Y más tarde “No les digas a los chicos, no se puede confiar en ellos, mamá”.
Nosotros, los que respondemos “Todo bien, todo bien…”, aunque esté todo para el culo y pensemos que más nos valdría no haber salido de la cama.
Abril 23, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
I
El sábado llegué a la feria a eso de las seis y media de la mañana. Descubrí para mi sorpresa que algunos de los árboles, tantas y tantas veces vistos, lucían esas lindas lucecitas alrededor de los troncos. Él ya estaba ahí, en posición fetal, tapado por una frazada de mala calidad y usando de almohada una bolsa de consorcio. Bajo su cuerpo, un charco presumiblemente de orín empapaba la vereda. Yo tenía que armar justo delante. No voy a mentir diciendo que mi primer pensamiento fue de lástima o empatía. No, yo precisaba vender. Y la escena era anti-venta. Los compañeros fueron llegando uno a uno, frotándose las manos con frío y arrimándose al cafetero de siempre. El cuerpo del hombre, cubierto con su frazada gris, les resultó invisible a todos. Sólo una compañera preguntó “¿Tenés visita?”, con sonrisa irónica.
Entonces recordé un texto de Beatriz Sarlo donde narraba el interés de una mujer por una cartera expuesta en Prüne, en la entrada del shopping de Caballito, interés que la llevó a estirarse para verla mejor por sobre el cuerpo de un indigente tirado frente a la vidriera. Me dio vergüenza armar como si nada, exponer mis cosas y venderlas, con ese cuadro detrás mío. Llamé al 108 y en un tiempo sorprendentemente corto ya estaba ahí una chica con su planilla, conversando con… vamos a llamarle Julio. Julio era puro sonrisas, agradecido por la llamada, él mismo lo había intentado tiempo antes sin resultado alguno. Los únicos que se le acercaron fueron efectivos de la Prefectura. Le dijeron: “¿Así que querés pasar la noche bajo techo?” y se lo llevaron preso. La piba se fue a hacer un llamado y volvió para informar que estaban de suerte, había una vacante en el refugio, iba a poder darse un baño y dormir en una cama. Julio me estrechó fuerte la mano y se fue tras ella, cargando su bolsa de consorcio.
Hoy vuelvo a intentarlo, con el viejo emponchado de la petaca. No quiere saber nada. Que su hija tiene un restaurante en Puerto Madero, que su otra hija vive a pocas cuadras y si él necesita algo la visita, que él vive en la calle por elección y que además tiene plata. Para demostrarlo saca de su bolsillo un billete de cien pesos, otro de veinte y varios de diez. Le miro la piel, enferma por falta de higiene. “Si cambia de idea, ya sabe, me avisa…” Al rato me lo cruzo por la calle, va en busca de una gaseosa, ya compró el asado y la ensalada.
II
Rodolfo me llama como hace siempre: “Venga, Maia, que le muestro algo” (el algo puede tanto ser un perfumero de tapa tallada, como un disco de pasta de los años 40). Hay que ir, Rodolfo jamás viene a uno. Esta vez se trata de tres fotos antiguas. A ver si yo lo reconozco. Examino al grupo de muchachos de barrio, posando como equipo en la canchita de fútbol. Le erro feo. Rodolfo no es el bonito que señalo, sino el número diez, el que está en cuclillas con pinta de camorrero. Diecisiete años, mucho pelo oscuro, la misma nariz y el mismo ceño.
A media tarde, la desesperación. “Ay Maia, no encuentro las fotos, las perdí”. Rodolfo las busca pasando las hojas de todos sus libros; Eduardo, el hombre simple que ve más lejos, lo ayuda sin éxito. Me acerco a su puesto y recuerdo entonces dónde las guardó, en una cajita/tablero para piezas de ajedrez. Cuando tomo la caja, Rodolfo me dice “Mire si van a estar ahí…” “Ah, no?”, respondo triunfante. ¡Ah, qué alegría tiene ese hombre! Se deshace en elogios, las mujeres somos tan inteligentes (él siempre lo dice), está en deuda conmigo, ya estaba por llorar, le he devuelto parte de su vida, etc. Y yo, en lugar de explicar que lo vi guardar las fotos ahí, disfruto las mieles de la admiración y el agradecimiento.
“Qué le puedo cobrar…”, canchereo.
Abril 21, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Hoy aprendí que puede uno ser insultado, incluso lastimado con palabras destinadas a herir profundo, y sin embargo trascender el ego. “Pero, pero… ¡te acaba de decir tal cosa!”, dice el ego. Ajá. “No entendés (insiste), la situación es injusta“. Sí, sí… parece serlo, desde luego. “¿Cómo vas a pasar esto por alto, estás loca? ¡Te están faltando el respeto!” Ah, el respeto, qué palabreja. Quiénes son ellos para faltarme el respeto.
Si uno se distancia de la situación que está viviendo, si la observa como espectador, se vuelve casi indiferente. Desde luego va a haber un par de gritos, pero en el fondo aflora una ligera curiosidad. ¿Qué está pasando acá? Está pasando que todos nos sentimos excluídos por igual, por ejemplo. Entonces el otro, el enemigo, pasa a ser un compañero de hombros hundidos que viene de un mal viaje en tren.
Lo segundo que aprendí fue que no conviene etiquetar a la gente. Al Amigo uno le exige el oro y el moro, la palabra amistad está tan cargada de simbolismo que cualquier conducta errada se transforma en traición o puñalada trapera. Y cómo duele.
En cambio si esa conducta se da en un “compañero” (de laburo, de vida, lo que sea) es muchísimo más facil perdonar y dar vuelta la hoja.
Lo tercero fue que lo que duele tanto no es lo que nos “hacen”, sino nuestro propio corazón cerrado. Ese aislarnos voluntariamente. Qué ironía, solemos levantar muros para que no nos lastimen más.
Abril 19, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
El Hombre tiene una agenda de lo más apretada: facultad, charlas sobre salud, reuniones donde se abordan las problemáticas del barrio (por ejemplo la de la contaminación sonora y ambiental de las autopistas), etc. La reunión de ayer consistió en un plenario del Consejo Consultivo Comunal para aprobar las normas de funcionamiento del mismo. El Hombre integra la comisión redactora y antes de siquiera conocerlas ya le empezaron las críticas por correo electrónico. No es para cualquiera, la militancia.
En la reunión de anoche, me entero de mañana temprano, tanto el Frente para la Victoria como el PRO movilizaron a sus muchachos, grupos bastante diferentes uno de otro. Los del PRO -traídos de Mataderos, de las villas- totalmente ajenos al carácter de la reunión, muchos de ellos luciendo la camiseta de Chicago (lo mejor que tienen para salir, no para jugar a la pelota). En cambio en el grupo k había mucho pibe de la Cámpora, de clase media, haciendo sus primeros palotes en la política.
Uno que se iba dijo “Ya voté” y el puntero (gordo, grandote, recibiendo de manera permanente instrucciones por celular) le contestó “¿Cómo ya votaste? Si todavía no empezó…” “Uh, ¿me tengo que quedar?” “Sí, hasta que yo te diga, si no no te vamos a dar un carajo”. Tal parece que la cifra era de cuarenta pesos. Los grupos de apoyo eran de unos cincuenta hombres por bando, más algunas guasas gritonas que generaban un clima de ruptura. En el club había otras cuatrocientas personas, vecinos, gente común de distintos colores políticos que más o menos quería participar. Las explicaciones de los cuatro expositores fueron convincentes. Tanto, que el PRO apuntaba a que se rompa la reunión y quede en nada. Pero no es novedad -me aclaran- hace rato que viene saboteando el funcionamiento de la Comuna, tuvo que ser la justicia quien lo obligara a aplicar la Ley de Comunas (”…se entiende, es incómodo gobernar con alguien que te respira en la nuca”). No sólo el PRO, las anteriores gestiones “progres” también estiraban deliberadamente la puesta en marcha de las Comunas.
Una de las líderes del FPLV levantó aplausos cuando pidió “Moción de orden, que se pase a votar las normas por sí o por no”. El único trajeado entre la multitud se abalanzó al frente y manoteó un micrófono. “No, otra moción de orden, que se discuta artículo por artículo”. ¿Qué hizo entonces la gente? Empezó a gritar “No, no, queremos votar las normas”. La inmensa mayoría levantó la mano por sí y se dieron por aprobadas. Inmediatamente empezó la Marcha Peronista, a los gritos, a los saltos, con los puños elevados y haciendo la V de la victoria.
“…combatiendo al capital”, se cantaba en la cara misma de los gorilas. En medio del aplauso y el griterío de alguno que se quiso oponer, se apagó la luz y ahí terminó todo.
La liturgia por sobre la razón.
Y yo todo finoli -dice el Hombre- hablando del proceso de amplitud en la elaboración, de cómo nos despojamos de nuestros preconceptos y arribamos a consensos, de cómo adoptamos la sinergia, de la disposición espiritual a la escucha del otro…
Me hace reir. Se va a la cocina y vuelve con gesto preocupado: “Ya la Madre Patria está tomando represalias”. Lo miro ansiosa.
-Y ahora qué, qué pasa.
-Nos mandan a Julio Iglesias.
Abril 17, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
En El fin del sexo y otras mentiras, María Moreno escribe difícil. Su libro obliga a repensar, a detenerse, a buscar en la memoria.
“No entiendo casi nada, pero lo poco que entiendo es una maravilla”, le digo a Rodolfo. Me la vendió a veinte pesos, una mañana de aburrimiento pleno. “Es un buen libro”, recomienda siempre que alguien levanta uno (cualquiera) de su puesto. Esta vez es cierto. Y lo que sigue me parece de una actualidad absoluta.
La tortura como pornografía
Sobre héroes y tumbas no parece estar todo dicho. Al menos para la publicidad cuyo slogan es: ¿Quién da más? Y el quién da más corre hoy por dos vertientes de horrorosa asimetría: la del llamado “destape” y la de los insistentes relatos de torturas y asesinatos a manos de los cabecillas galoneados del Proceso.
Como si la carrera fuera entre el destape de una nalga y el de la tumba de un tal N.N. Y los efectos, claro, son semejantes. El mirón de sexo en figuritas que busca un suculento relato sexual, una escena inédita que lo lleve al paroxismo de placer pero sin el escozor de la culpa, una mujer que se le ofrezca como una res viviente -pero sin verba-, una tensión incontrolable pero sin el riesgo papelonero de la eyaculación precoz, termina anestesiado por una interminable cadena de trastes y de tetas gemelas, hastiado de un relato sexual que se opone precisamente al relato (empieza y termina con el final: una mujer desnuda y dispuesta), vacunado contra el sexo con el sexo mismo.
Así, el progresista de voluntad que quiere pagar su sentimiento de culpa y lograr la purificación de su conciencia ciudadana informándose sobre el suplicio infligido a miles de personas en la clandestinidad o no tanto, durante la llamada guerra sucia (la de Malvinas parece haber pasado por la tintorería de la vocación de argentinidad) conseguirá insensibilizarse a través de la repetición incesante (el Marqués de Sade utilizaba el mismo anestésico) de vejámenes que incluyen, segun la ley de quién da más, el diálogo entre torturadores y torturados, una especie de cotidianeidad entre monstruosa y cordial y el flagelo del feto en el vientre de su madre.
Si el primer relato le resultó insoportable, el segundo revelará una retórica semejante y tranquilizadora y el tercero le permitirá juzgar variaciones, grados de intensidad, e incluso la habilidad del relator (generalmente la víctima) para conmover. El relato seguramente le hará dudar de la seriedad de su propio interés, lo alterará sobre sus supuestas “inclinaciones” (¿acaso puede diferenciar su ética de su morbosidad?)
Y está claro que tanto el mirón como el progresista de voluntad que trata de conocer los pormenores de la tragedia de su país obtienen dividendos semejantes. El mirón a quien dominaba un deseo inconfesable, que amenazaba con realizar su fantasía sin que él saliera de su fantasía misma y sin necesidad de franquear su soledad, ahora se ha liberado de él: está harto. Mientras que el honesto (en principio) lector de testimonios que pensaba acompañar al menos desde la conciencia un suplicio histórico del que le tocó ser excluído, se acopla a su relato. No sólo no sabe “acompañar” ese sufrimiento, termina por adaptarse a él.
Por supuesto que hay diferencia. Las representaciones sexuales están en todos nosotros, mientras que fue necesario el testimonio de los ex detenidos desaparecidos para lograr que nos representáramos una metodología militar que no se contentaba con juicios que incluían la pena de muerte, el exilio y el diezmo de una generación sino que reprimió los efectos de su política y de su moral, la separó de sus maestros, anuló sus discursos, proscribió sus libros, robó sus hijos. Testimonios que la prensa publicó menos con el ánimo ético que con ganas de dar el batacazo de ventas. El joven Fontevecchia, por ejemplo, se jacta de haber ganado más de un millón de dólares con las últimas ediciones de La Semana que incluyen la saga del torturador arrepentido pero poco, Carlos Alberto Pérez Vilariño. Y eso no es lo peor, sino que para la prensa el “Proceso” continúa.
No pensaba, y ahora tampoco piensa: se limita a vomitar en serie y repetidamente las imágenes que se tragó durante tantos años. Y no sólo eso; al empaquetar las actitudes de torturadores y torturados en burdas categorías patológicas oculta su sentido político, los alcances de su ideología. Porque los relatos del suplicio, a pesar de su evidente morbosidad, de su escándalo para los que sabíamos sin saber (la mejor manera de soportar), no dejan de ser los efectos de una política sobre la que aún no se ha reflexionado más allá de una catártica cacería de brujas (origen de complicidades que pensábamos imposibles en la época en que existían opiniones).
Se ha suprimido bien y a largo plazo; se aísla a la crítica y se premia a los que firmaron solicitadas, se ha olvidado cómo leer, se teme disentir a riesgo de ser tildado de fascista y golpista, se pide marihuana libre cuando aún nadie se anima a salir a la calle con un sombrero, el presente es el pasado (que no debe volver) o el futuro que hay que preservar del pasado, el patriotismo es exclusión y no pertenencia, el amor es un sentimiento pequeñoburgués que no sienta a la democracia -que siempre se agarra del sexo, tal vez porque el sexo es más reglamentable que el amor-, el arte no realista es percibido como un atentado a la evidencia del genocidio. Sobre todo esto habría que comenzar a hablar. Abandonar el espejismo de que la insistencia coincide con la verdad: “aparición con vida” es más una consigna política que una posibilidad “real”, del mismo modo en que la carrera por obtener el testimonio más crudo no es un aliciente a la conciencia colectiva sino un gesto de mayor anonimato para las víctimas que, si antes tenían un cuerpo sin nombre, ahora constituyen un inmenso cuerpo flagelado, intimidado, hecho pedazos en una “literatura” periodística que intenta reemplazar la reflexión por el susto. Si hay cuerpos que ya no tendrán correspondencia con un nombre, rebautizarlos sería comenzar a nombrar su “proceso” más allá de las medidas de la ley de la sagrada obsecuencia a los hechos, a la que la prensa dice someterse.
1984
Abril 14, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
“¡Ah, justo!”, dice el Hombre viéndome entrar. Justo qué, pienso arrastrando la valija. Siempre llego así, cansada, cansada, cansada. La idea es hacer un poco de bici, ducharme y lavarme el pelo. “Si salimos ahora, ya, llegamos a tiempo a un concierto…” “Pero esas cosas ud las tiene que avisar, me tengo que duchar…” “Le va a gustar, venga así como está”. Son las 7:10, el concierto es a las 8. “Traté de avisarle al celular, pero no me contestaba”. Qué puedo hacer, me lavo los pies, cambio de sandalias, busco una blusa limpia y elijo unos aros llamativos que termino poniéndome en el ascensor. Ya en el auto me entero que el concierto corresponde al Ciclo Música en el Salón Blanco, el primero del 2012, el Hombre escuchó la invitación por radio y mandó nuestros datos a la Casa de Gobierno. Revuelvo en mi cartera (hermosa, de playa) y encuentro un brillo que no hace juego ni de lejos con el tono ladrillo de mi atuendo campestre.
El auto nos acerca a la estación del subte, me acuerdo de esa mala costumbre nuestra de viajar en los primeros vagones porque ciertamente vamos en el primero. Y qué lindo es, qué bueno sería remodelarlo. “Mire la motorman”, dice el Hombre al bajarnos. Casi no puedo, vamos a la carrera.
Qué pensaría el General de esta Casa Fucsia. Enfrente, el Banco Nación luce sus luces azules. Nena, nene. Alguien ha pintado la cara de Néstor en la calle, mirando hacia la plaza. Mi cartera (de yute, con un enorme botón de coco) queda atascada en la cortina de flecos del detector de metales, la rescato dejando atrás a una familia de nueve personas demoradas por un celular. Avanzamos tan deprisa que no puedo ver nada, apenas tengo conciencia de la escalera de mármol y las garras de bronce de un animal en la base de un enorme macetero (aquello es el Patio de las Palmeras, colijo).
Así que éste es el Salón Blanco, relojeo al fin sentada. “Es un estilo”, dice el Hombre adivinando mi pensamiento. Una gran torta de bodas, un exceso de dorado (¿no es más discreto el dorado a la hoja, no contiene más negro?), en cada costado dos inmensos gobelinos desteñidos y el escudo al frente flanqueado por dos ángeles… doradísimos. El escudo me gusta, será porque el oro luce más antiguo. Justo debajo, el busto blanco de la República. Un buen lugar para entrar taconeando. Los camarógrafos enfocan no se sabe qué, espero que no mi cara con anteojos y aros llamativos. Una señora amable y sonriente (”¿Quieren sentarse más cerca?”) reubica a una pareja situada detrás de nosotros. ¡Hey, pstt, aquí!
Facundo Ramírez entra en escena con Fabián Leandro, piano y guitarra respectivamente. Es imposible no sentir inmediata simpatía por ambos. Facundo con un aire a Leonardo Favio, de gorro y bufanda (después reconocerá que sólo a él se le ocurre, con 24°) y Fabián con un traje deslucido y sin corbata. Qué bello, pero qué bello. Con un estilo más moderno que el de Ariel Ramírez, su hijo toca con sentimiento y excelente técnica. Por momentos parece sacar con delicadeza pelusas del piano prestado por Sadaic, un Steinway & sons. El Subsecretario General de la Presidencia, Gustavo López (un radical k, me cuchichea el Hombre en voz más que audible), le hace entrega de una caja azul conteniendo una réplica de la República. Facundo la gira para mostrarla. Es dorada.
A medio concierto, Facundo Ramírez presenta a un hombre entre el público, “…un poeta homenajeando a otro poeta”, y canta su canción dedicada a Pablo Neruda. Miro la cara del hombre ubicado en nuestra misma fila, tiene los ojos húmedos. Claudio Sosa se arrima a cantar una zamba y luego Juana Azurduy. Es inevitable recordar a la Negra y su vozarrón profundo. El español no pasará. No soy combativa, pero estoy con ella. Con ella y ese piano y esa guitarra y con, como dice Facundo, poder estar dentro de la Casa de Gobierno; a la cual durante tantas décadas miramos de afuera.
Gente de buen pasar… toma mate, va a conciertos.
Abril 9, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Estoy en el Banco. Lleno de jubilados, el Banco. Mucho saquito tejido, mucho bastón, mucho aro barato. Tengo doscientos números delante del mío. Demoro una eternidad en conseguir asiento y cuando lo hago, cierro los ojos. Miércoles, qué cacofonía. Que mi hijo tal cosa, que mi nieta tal otra, que el club, que los remedios, que mi marido, que el médico. Todo junto, todo mezclado. Parece ser que el sistema se cae o sólo atienden por la caja 9, el tema es que los jubilados de adelante comienzan a aplaudir. Aplaudo con ellos, lo que sea que les moleste, me molesta a mí también. Una señora de bastón, pelo gris y razgos afilados se da vuelta y me increpa: “Nosotros aplaudimos hace un rato y ud no, ¿ahora aplaude?” “No entiendo qué me dice” le digo con maldad y mirada fría, para que repita. Que nosotros aplaudimos, etc, etc. “¿Por qué está tan pendiente de lo que hace alguien a sus espaldas?” Pobre vieja, lo único que falta es que me peleé.
Ahora ingresa ella. Corte príncipe valiente en un pelo absolutamente blanco y aire a Marta Minujín. Saquito negro, pero corto y al cuerpo, minifalda de jean con tachas en los bolsillos y sandalias negras con plataformas. Genial, me encanta. El primer pensamiento es “Por Dios, no tiene edad para ponerse esa pollera…” El segundo es “…pero tiene buenas piernas.” El tercero “¿Y por qué no?”
Una mujer que no se tiñe y luce su pelo blanco y brillante, libre de cualquier daño químico. Una mujer que se sabe sana y usa lo que la favorece.
Alrededor se murmura: “Siempre viene así…”, “Quiere lucir las piernas, jiji…” La que así se expresa usa anteojos enormes de mosca y tiene todo el pelo teñido de caoba menos en el nacimiento, que luce rosa y peinado con gel. “Si yo tuviese esas piernas también andaría en minifalda, bien por ella!” La mujer me mira, no le queda otra que asentir.
De repente tengo ganas de que entre un viejo en patineta y sacuda un poco el aire y los pensamientos.
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“Como andás, querida”, pregunta Isabel. Isabel tiene un kiosco en la feria. No la viene pasando bien, perdió a su mamá hace poco, después de una larga agonía. Sin embargo, ahí está, preguntándome a mí cómo ando. Y lo hace de corazón, con una mano puesta en mi brazo. Así que le confío que no demasiado bien, hay pequeñas traiciones que duelen mucho. A medida que envejecemos nos cuesta más confiar, por eso el dolor aumenta. “Tengo que aprender que aquí vengo a vender y no a hacer sociales”, trato de explicarme. Hola, hola, poca bola. Isabel me sale diciendo que si al mismo Jesús lo traicionaron, cómo no lo van a hacer con nosotros, que somos tanto menos. Flaco consuelo.
Juan, el hombre que encuentra cosas, comprende enseguida. “Tengo veintidos años de feria, acá, en Parque Centenario, en Parque Lezama… No hay amigos en la feria. Te puedo decir que después de todos estos años me quedan tres amigos… y no estoy tan seguro del tercero”. Y sigue: “Esto es una caja de envidias y resentimiento, pero vos me vas a ver siempre así, con esta sonrisa”. Juan exhibe su sonrisa de siempre, la que le permite vender naranjas en el Paraguay. “Parece pintada, parece la del Guasón”, se ríe ahora con sinceridad. “A nadie le importa lo que vos estás viviendo a nivel personal, pero sí se van a fijar en tu paño y en qué caja hacés, eso ponele la firma… Por eso aunque me esté muriendo por dentro, yo te doy siempre mi mejor cara”.
¿Qué traes hoy?, le digo un poco para cambiar de tema. “Algo lindo, contra la traición”, no puedo evitar decir. Juan abre su bolsa de consorcio. “No mucho, un aparato para medir la presión…” “Salí, me estás cargando.” No, ahí está el aparato blanco. “Qué sé yo, por ahí se te baja la presión con estas cosas, y la querés medir…” Lo siguiente que sale de la bolsa es una estola de piel teñida de rojo. Fuchi, paso. Ahora me muestra una prenda inverosímil, una blusa de cuello mao, sin mangas, enteramente recamada (¿se dice así?) de lentejuelas, lentejuelitas, perlitas y piedras. Las lentejuelas están cosidas verticalmente -es un laburo de locos- y serpentean formando dibujos. No se ve un sólo centímetro de tela. Es el fondo del mar, no? pregunta Juan. Lo es, con algas y estrellas de mar naranjas sobre un fondo azul francia. Le devuelvo la blusa, en el fondo de la bolsa alcanzo a ver la pollera haciendo juego.
¿Hay amigos en la feria? Una mini encuesta confirma lo temido. No. Con un poco de suerte y viento a favor, hay buenos compañeros. Cuando me voy, Isabel insiste: “Acordate, si a Jesús lo traicionaron…” “¡Pasa por alto!”, concluye, pasando del voseo al tuteo boliviano. Isabel hace un gesto con la mano, el gesto de qué importa. “La vida es hermosa”.
Abril 4, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Tal vez el truco consista en tejer feliz. Sueltita. ¿Acaso no me hace feliz tejer? Claro que sí. Y bueno, a tejer feliz, entonces.
Nop. No es así la cosa. Demasiado suelta. A esto le falta rigor. Además andaba poniendo cara de boluda, lo sé. Oh, qué feliz que soy tejiendo, esa cara.
Feliz y consciente, a ver…
Bien ahí, puse primera. ¡Al fin! Feliz y consciente. Qué curioso, la cara de feliz y consciente es una cara seria.
¿El tejido? Perfecto.
| Por Maia | # Enlace permanente
La Bufanda ha tomado un buen largo. Digamos, casi la mitad del largo total. Es noche y retomo el tejido. Uy, qué pasó acá, era así? No, me parece que no. Entro en blanco total, cómo es que era el punto… Tiro suave de la lana y lo deshago. Peor todavía, ahora sí que no sé dónde estoy parada. Cruzo y descruzo la lana sobre la aguja, buscando entender la trama. Termino destejiendo toda la vuelta, los puntos sueltos parecen escurrirse dentro del tejido. Empiezo a meterlos en la aguja, de a uno. Es un laburo de preso, ni siquiera sé si voy bien. Por las dudas destejo otra vuelta y empiezo de nuevo. Caramba, me sobra un punto. Destejo una vuelta más y vuelvo a hacer lo mismo, esta vez con la aguja hacia el otro lado. Todo parece ir bien, pero la hebra me queda colgando del anteúltimo punto. Pardiez, dirían los españoles. Como no lo soy, mascullo “pero la puta madre”. Maia -comienzo a hablar sola- te pido por favor que no se te ocurra destejer la bufanda, te veo venir. Hacé otra cosa, pedile ayuda a Mónica. Nanana, Mónica me va decir que está todo bien, que teja dos puntos juntos y ya. Y no lo soporto, no-lo-soporto.
Pucha que es larga una bufanda, no termino más de destejerla. La lana, roja, enrulada, va cayendo al costado de la silla. No importa, sirve como práctica. La ovillo velozmente y empiezo todo otra vez. La primera vuelta siempre cuesta más, es difícil meter la aguja en esos puntos apretados. Es mi día libre, no quiero pasar así mi día libre. Qué hora es, las siete y diez, me estoy perdiendo Everybody loves Raymond. Empiezo un canto, una suerte de mantra: amo tejer, me encanta tejer, con cada punto el Cosmos se acomoda. Ahí va… amo tejer, me encanta tejer, con cada punto el Cosmos se acomoda. Parece que no, de donde salió este cachivache, habré tejido por arriba? Destejo todo y comienzo de cero. Ya no canto, lo mío es una lucha contra el Universo Físico, aprenderé sus leyes o moriré en el intento. De vuelta el error. Vuelta a destejer, al hacerlo descubro que hay un pequeño nudo en la hebra, eso me pasa por enredar la lana. Bingo. Ahora sí, tiene que salirme.
El Hombre se acuesta al lado mío. Destejí la bufanda, le digo somnolienta. Ya la terminó???, pregunta admirado.
-No, no… la destejí, me olvidé cómo se hacía.
-Ay, Señor, voy a poner esa bufanda en una vitrina, me va dar calor de sólo verla.
-jajaja!
-Por un fenómeno de transferencia, como esas vírgenes que lloran sangre.
No entiendo la asociación, y estoy demasiado cansada para pensar.
Es de mañana temprano, buen momento para retomar un tejido. Corto un tramo largo de hebra, parece haber perdido su forma. Tal vez sea de mala calidad, una lana de oferta. El Hombre toma mate y comenta que su madre tejía ligerísimo y sin mirar. “Quedamos así, te llamo”, decía una ex jefa mía cuando algo no la convencía.
No entiendo por qué la primer vuelta me queda tan floja, si ajusto los puntos a la aguja. AHHHH!!!!! No son los puntos, tengo que tirar de la hebra! Aaleluya, aaleluya… aleluya, aleluya, aleeluya!!!! Sigo con nuevos bríos, sólo para destejer más adelante. ¿Habré tejido el punto por arriba? El Hombre se levanta con cuidado y va rumbo a la computadora.
Lo bien que hace, hay luchas que son individuales.
me dijo, le dije