Cejijunta
En casa hay una foto, en tonos sepia y con los bordes dentados, de nuestro abuelo paterno. No sé quién la tomó, es buena. El abuelo corre detrás de mis hermanos, muy serio, muy alto y con un bigote como manubrio de bicicleta. Los tres chicos parecen escapar, riendo. Usan jardineros igualmente cortos y ridículos: ¡bombachudos y con un motivo de hongos bordado en las pecheras! Es decir, parecen niños de un cantón suizo huyendo de un general cosaco (el tema de los Hongos Bordados será tema de terapia en años posteriores).
Pero es mi otro abuelo el que me ocupa hoy, el de las cejas hirsutas y la mirada glacial.
Es por herencia suya que ostento estas cejas que de suave dibujo no tienen nada. Me dan trabajo: tienen vida propia y se resisten a la tintura. La última novedad es un pelo que se ha propuesto formar un círculo. Se curva y vuelve a su lugar de origen. Lo estiro entre dos dedos para acomodarlo… y es peor. Me da no sé qué quitarlo, es sabido que con lo años el pelo merma donde uno lo precisa y sale donde no debería. Cometí el error, en mis años mozos, de seguir la moda a rajatabla. Las de cincuenta pirulos nos reconocemos en las cejas raleadas, ¡no vuelven a crecer! Mujeres de alta exposición, como Teté Coustarot o Nacha Guevara, optaron por corregir el error pigmentándolas de manera permanente. ¡Cómo cambia con el tiempo el ideal de belleza! De esas cejas finas y arqueadas que auguraban unos ojos enormes, a las espléndidas Brooke Shields o Margot Hemingway con sus cejas de hombre.
Es lo que hay. Amo a mis cejas canosas. Y ese círculo perfecto sobre la derecha, no puede sino traerme suerte. Ningún comienzo, ningún fin, la eternidad para quien quiera verla.

Maia: hay que aceptarse tal cual somos…así nos hicieron, así nacimos, así vinimos y así no debemos ir…promulguemos la oración “yo me amo” y seremos felices.