Tanto esfuerzo
El primer alerta fue un comentario de mamá a mis diez años, diciéndole a una vendedora que ya calzaba 36. Así fue que salí del local con unas ballerinas de adulta. En la primaria moría por unos mocasines, todas las chicas los usaban. Mocasines comunes, marrones, con medias tres cuartos blancas y pollera bajo el guardapolvo. Los únicos que conseguí fueron de Grimoldi, por aquel entonces llamada “la marca del medio punto”. Eran color verde. Verde seco, pero verde al fin. Mamá compró una pollera escocesa a tono, pero seguían siendo verdes. Más adelante -nunca comprendí el motivo- me eligieron para el papel de Cenicienta en una obra escolar… ¡mis “hermanastras” calzaban tanto menos! El resto del tiempo sobreviví con unas guillerminas de cuero, en invierno, y skippys, en verano. Para salir, guillerminas de charol, muy bonitas.
De adolescente la cosa empeoró. En nuestro pueblo había una sola zapatería que trabajaba sólo hasta el número 39, como mucho. Si una calzaba más, debía viajar a la ciudad capital o conformarse con lo que había. Traten de imaginar a una adolescente patilarga, con todas las inseguridades que genera la edad del pavo, buscando un zapato de hombre “…lo más neutro posible”. ¡Y el vendedor ahí, esperando! Recuerdo haber andado por esas calles de Dios vistiendo una polera de morley color turquesa, una minifalda floreada en violeta y mostaza, las consabidas medias blancas y zapatillas blancas y rojas, de un número menos. Una belleza. Una belleza también el dolor. No me vengan con el cuento de las pobres japonesas de pies vendados, hemos frecuentado el mismo infierno.
Con el tiempo resigné la idea de bajar de un descapotable rojo luciendo shorts y botas bucaneras, vestido corto con stilletos, o cualquier otra combinación seductora. Pasé a despreciar a la gente que juzga a su prójimo por el calzado que lleva. Vos me ves con estas chancletas de enfermera, pero puedo apreciar la buena música tanto como cualquiera, me oístes?
Hoy de mañana fui a comprar zapatillas. Porque los martes Dexter hace un 20% de descuento y se puede pagar hasta en 12 cuotas. Ja. Nada. Nada de nada de nada. Parece ser que con el tiempo he pasado a calzar demasiado como mujer, pero poco como hombre. Las zapatillas bonitas -las Nike con un detalle rosa o turquesa- llegan hasta el 40. Las Olympikus más o menos piolas están agotadas. ¿Cuáles quedan, entonces? Las de tennis, las verde flúo, las de caminata lunar en azul francia, las escocesas sin arco, las Converse para conciertos de rock. Ah, sí… y las de 900 mangos. Insisto de tarde, en otra sucursal. Para llegar tomo un colectivo que da mil vueltas y me deja a seis cuadras. Hace un frío de aquellos. La historia se repite como calcada, sólo que este local parece mucho más grande y realmente no puedo creer que no consiga una puta zapatilla, adjetivo más que apropiado para la hora y el historial de vida. Huyo antes de sucumbir a las negras con base verde loro.
De regreso en el 5, soy puro lamento interno: ¿puede ser que todo me cueste tanto esfuerzo? Por la calle, a la altura de mi ventanilla, va un cartonero. Primero distingo la bolsa gigante que lleva colgando detrás del carro, después veo el colchón de dos plazas coronando la carga y por último lo veo a él. Con el cuerpo inclinado hacia adelante, tira del carro con todas sus fuerzas. Tiene puesto un delantal de trabajo y el rostro deformado por la determinación. Estamos en Caballito. Observo el colchón, parece de los buenos.

