La menopausia

La menopausia, señores, se sufre. Por caso, nos lavamos la cara con jabón Dove y le aplicamos una ligera crema hidratante. El infierno, la calor, el sofoco. No alcanzan las manos para quitar la mezcla de agua y crema en la que se ha transformado nuestro rostro. Otro ejemplo: los cambios de humor. Somos diosas, ¿te cabe alguna duda? A vos te pregunto, pibito. Vos, que pasás repartiendo volantes para ver a tu banda catrasca y me salteás olímpicamente. Qué sabrás de música, andá. Sí, los pibes nos ignoran. Cumpleaños a los que no somos invitadas, eventos de los cuales no nos informan. Ah, pero para pedir el diario forman fila. “¿No me presta el diario, doña?” Doña tu abuela.

De noche es peor. “¿Qué hace?” protesta el Hombre, tapado hasta las orejas. “Tengo calor”, mascullo pateando sábana, frazada y cubrecama. Calor es poco, no puedo evitar pensar en cómo va a quedar el colchón nuevo, estoy bañada en sudor. La mañana es un sube y baja de emociones, de la euforia a la angustia existencial más pura. Me niego a tomar hormonas, aún recuerdo el bigote de una amiga. “Puede que ahora te venga cada dos o tres meses. Y te va a venir mucho, vas a pensar que tenés una hemorragia. No te asustes, es normal”. Palabra de ginecóloga, se engrosa la pared de no recuerdo qué cosa. ¿El útero, dijo?

Hay cosas buenas, no obstante. Antes, por ejemplo, estaba muy pendiente del afuera. A modo de ilustración: un domingo de feria evité almorzar porque iba a conocer a un señor y no fuera a verme masticando. Ahora pienso que estoy allí largas diez horas, que en algún momento tengo que comer, que no resulta fácil higienizarse y que si me descubren un cachito de acelga en un diente… no voy a dejar de ser yo por eso. No digo que me nefrega, pero entiendo mucho más a los viejos que están más allá del bien y del mal.

Pero vamos por otro trastorno: ya no puedo estornudar tranquila sin correr el riesgo de… cómo decirlo… sufrir de incontinencia. El Hombre se levanta resoplando y se pone el bermuda de entrecasa sosteniéndose de la pared. No estoy ahí todavía, pienso mientras repto como una oruga para salir de la cama, mi ombligo oculto tras los pliegues de la panza.


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, , Reportar este Comentario Nayru dijo

Jaaaaa, sí, eso doña tu abuela!
Ay amiga los calores, si sabremos de lo que habla, tanto yo como el falso licenciado. Pasé 3 años de frio-calor-frio-calor…Destaparme en la cama bañada en sudor (sobre todo el pecho) con toallita a mano para secarme sin tener que levantarme; al ratito helada por estar mojada a taparme hasta la naríz, y luego el ciclo repetido toda la noche.
Pero después de esos 3 años viene la calma, le aseguro, tanto la térmica como la emocional. Adiós existencialismo, ahora “todo fluye” en la dirección correcta…

, , Reportar este Comentario Maia dijo

¿En serio fluye, Nayru? No sabe cuánto lo deseo. Toallita a mano, buena idea. Es casi un regreso a la infancia, recuerda la toallita del jardín?

Yo había oído hablar de “los calores” (”Le vienen los calores…”), pero esto supera todo lo imaginado.

, , Reportar este Comentario monica-mabel dijo

Yo también había oído pero creía que eran inventados, exagerados. Por eso, cuando me sucede, trato de convencerme de que me los invento. Jajaaaaaaaaa el problema es cuando los calores me despiertan, me sorprenden si n pensarlos, sin posibilidad alguna de haberlos creado con la mente, guuuaaaaaaauuuuu ¡qué bronca me da despertarme sofocada por las noches, más aún cuando hace frío.

, , Reportar este Comentario Maia dijo

ja! Yo vivo en regresión, le compré a la nieta del Hombre un juego de dos cañitos unidos a dos cadenas, para hacer pompas de jabón gigantes. “¿¡Cuarenta mangos por esto!?”, se escandalizó. “Pero con la fórmula, no todos los pomperos te pasan la fórmula”.