Sos tu mejor jugador, ¡salí a la cancha!
La peluquería es fea, y con ganas. Jamás hubiese entrado por mi cuenta, pero resulta que a la mamá de Sebastián le hicieron tan bien el color… Me atiende María. María tiene el cuerpo de quien ve demasiada tele, y mirada de mina buena. Se mueve despacio, esquivando asientos. La otra mujer es mayor que ella y bastante más delgada, ninguna de las dos tiene la menor idea de quien es Sofía.
-Una señora mayor, en sus ochenta, le hicieron un rubio ceniza precioso…
-…
-…les pidió que no le quedara rosa.
No hay caso. María me alcanza una carta de colores. Qué sé yo. Rubio rubio rubio, rubio dorado claro, rubio castaño, rubio muy suave, rubio rojizo, rubio ceniza claro, castaño rojizo claro, dorado ceniza muy suave… ¡socorro! Cómo la entiendo a Sofía: “Lo único que te pido es que no me quede verdoso”. María no acusa recibo. “Vos viste, como si te tiñeses con yerba mate”. Qué voy a hacer, me entrego. Cerca hay una mujer tiñéndose de colorado. Color al que recurren las recién separadas, según la curiosa teoría sostenida por el Hombre. Es posible, en un descuido me quita la única Cosmopolitan con el argumento de que la trajo ella del revistero. En la radio suena la voz de una locutora exaltada, la encuesta busca saber si es posible la amistad entre el hombre y la mujer. “Yo no podría ser amigo tuyo”, dispara uno con voz de langa. “Pero por quéee?”, ronronea ella, sabedora de por dónde va la cosa. María me peina con un peine de dientes anchos intentando no tironear demasiado.
Cómo pica esta cosa. Miro mi celular, recién han pasado tres minutos. Voy a morir. No lo resisto, qué cuero cabelludo sensible ni cuero cabelludo sensible. Con un hilo de voz pregunto si es ésta la tintura que promociona Mirtha Legrand, María sonríe apenas. ¿Qué significa eso? ¿Sí, no? Tengo la fuerte sospecha de que ni sabe de qué le hablo. Tiene culo chiquito, la espalda redonda y un frente generoso. Descubro que usa top, apenas cubierto por un pullover de cuello buche. Los brazos recuerdan a los de una buena cocinera. “¿Cocinás bien?” Cocino bien, dice María, o tal vez acordar sea su forma de sobrevivir. La locutora se manda un “¡qué hijo de puta!”, un chiste interno, le aclara a la audiencia.
María le seca el pelo a la colorada/separada, yo consulto por enésima vez el celular y me pongo de pie. El lenguaje corporal es claro: voy-a-quedar-pelada-si-no-me-lavan-el-pelo-ya. María ni se inmuta, la colorada parece disfrutar con mi ansiedad. La otra mujer está haciéndole las manos a una señora muy amable que viene conversando sobre una figura del espectáculo, tan famosa y sin embargo tan simple. Baja la voz para opinar “Lástima la hija, cómo le salió…” Lesbiana. Le salió lesbiana. Qué hago, ¿me meto, no me meto? Na. Por unos segundos imagino la agresión en mi voz dirigiéndome a quien nunca vi, ni seguramente vuelva a ver. “Sos tu mejor jugador, ¡salí a la cancha!”, incita la locutora. En ese ambiente de barrio, con el sol que entra a raudales por las puertas vidriadas, la frase golpea como una verdad revelada.
Pido permiso para pasar al baño, la luz no enciende, me quito como puedo un rastro de tintura en la barbilla.

Ayy, al única vez que me decoloraron el pelo por querer hacerme la “rubia” creí que me quemaban viva… Durante mucho tiempo me quedaron en el cuero cabelludo unas cascaritas como verrugas que no se iban ni con el ungüento de la Pachamama. Nunca más!!!! Cuando tengo algún evento me compro un matizador sin amoníaco que dura unos 8 lavados, y el resto del tiempo le doy vía libre a las canas. Total, llevo el almanaque en la cara…