Consejos de un ciclista que sobrevivió

El Hombre entra con la bici al departamento, como suele hacer. Ya me acostumbré a las dos bicicletas estacionadas en el living, ¿dónde más podríamos dejarlas? “Hola…” “Hola, llegás temprano”, me sorprendo. Sigo con un ojo en la pantalla del televisor, una supermodelo de 83 años desfila con garbo. El Hombre se detiene a mirar también, entrecerrando los ojos para leer el subtitulado. “Se parece un poco a tu vieja…”

La herida es chica, apenas un raspón en la pierna derecha. “La saqué barata, no puedo dejar de pensar que podría haberme matado. O estar ahora en un hospital…”, sigue sin exagerar ni un poco. “Estamos luchando por su vida, por ahora no podemos anticipar cómo va a quedar”, ironiza imitando un parte médico. Fue en Primera Junta, por negligencia de un automovilista estacionado a cuarenta metros de la esquina que forman Rivadavia y Rosario. El Hombre estaba sobre Rosario esperando que abriese el semáforo, a la cabeza, los ciclistas se ubican delante de todo para arrancar primero y evitar que los lleven por delante. No recorrió ni treinta metros por Emilio Mitre cuando el automovilista, a bordo de un Renault 21 antiguo, salió del estacionamiento sin verlo. El Hombre lo esquivó, pero no pudo evitar que el taxista que lo estaba “pasando finito” lo rozase. Detrás venían colectivos. El Hombre cayó al suelo, la buena gente lo auxilió de inmediato, uno incluso tomó la patente del automovilista que huyó. A las 19:30 el tránsito en esa zona es terrible. Esa calle está tan cargada que suele no seguir derecho, se desvía por un pasaje (donde los autos no pueden circular) que lo lleva hasta Alberdi.

¿A qué conclusiones arribamos?

-Los automovilistas están programados para ver autos, no bicicletas. Le cruzan el auto a una bicicleta como si de otro auto se tratase. El más grande prepotea, pone la trompa: “Frená”. Pero la bicicleta no tiene el mismo poder de freno que un auto, en este caso sólo con rozarle el pedal con el guardabarros, el taxi la tiró al piso.
-La bicisenda es, lejos, la más segura de las alternativas. Incluso en lugares que están oscuros. Porque los carriles preferenciales para bicicletas -por ejemplo los de Rivadavia, Independencia, Belgrano o Corrientes- son el permanente estacionamiento de automovilistas y camioneros que “se cagan en el ciclista”, para qué andar con eufemismos. Además son los que usan los motoqueros, a alta velocidad.
-Es conveniente usar ropa fosforescente “…sobre todo para que nos vean las personas que no tendrían que tener registro, porque ni siquiera pueden subir y bajar del auto, no tienen reflejos”, se desahoga ya saben quién. “Por suerte llevaba el casco puesto, si no me abría la cabeza”. Ese es el riesgo: golpearse la cabeza contra el piso, contra otro auto, contra el cordón o que nos pase la rueda de un vehículo por arriba, sin poder esquivarnos.

“Si no te ponés adelante, los automovilistas no te ven. Hay que admitir que en general cuidan al ciclista, el ciclista es un motivo de pacificación del tránsito; el tema es que te vean”.

Nueva York tiene en estos momentos 700 km de ciclovías. Buenos Aires recién está llegando a 30 y se proyecta alcanzar, este año, los 100 km. Ya hay 22 estaciones de servicio público de bicicletas, gratuito. El ciclismo es una alternativa de transporte económico, ecológico y saludable. En un año, el número de viajes realizados por bicicletas pasó del 0,5 al 2% del total de viajes en la ciudad. Hay que generar las condiciones de seguridad del ciclista. Se lo merece, hace un uso democrático del espacio público, no hace ruido y no contamina. Un auto ocupa el lugar de cuatro bicicletas. En una cuadra de avenida, 80 autos la colapsan. Esos 80 autos trasladan a 96 personas, hace diez años el índice de pasajero por auto era de 1,2 y ha bajado. En un colectivo articulado viajan 150 pasajeros. Imaginemos si en lugar de los 80 autos sólo circulase el colectivo… ¡el servicio público sería eficientísimo! Pero el individualismo exacerbado, el “culto del auto propio que te lleva hasta la puerta de la oficina”, determinan estos colapsos de tránsito y que el transporte público se demore tanto, tanto. Aguante la bici.


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Me alegra que lo del Hombre no haya sido más que un raspón.
Y ojalá existiera el “servicio público” para poder dejar el auto en casa y viajar a C.A.B.A. en tren/colectivo/subte.
Por mi parte dejé de ir a C.A.B.A. Así de simple, no voy más, excepto a pasear un finde.
El año pasado para no ir en auto, me decidí a ir en el tren Mitre.
Lo esperé en la estación 40 minutos, llegó tan lleno que tuve que esperar el próximo ya que no había manera de subir; 15 minutos más y llegó otro tan lleno como el anterior.
Calor de locos en el andén y peor en el tren. Viajé parada, amontonada y asfixiada hasta Retiro, cuidando además mis pertenencias; iba a microcentro: paro de subtes… Llegué a destino caminando, con más de una hora de retraso y totalmente empapada en transpiración y odio. La gente que me esperaba estaba más que fastidiada, y le importaron muy poco mis excusas. Y todavía me quedaba la vuelta.
Fué debut y despedida. Nunca mas. No voy más.

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Ah, estuve en febrero en NY. Subte de acá para allá, una maravilla, viene cada 5 minutos. Y en Manhattan no ví una bici (quizás no presté atención), pero cuando tuve que tomar el taxi hasta el aeropuerto fué igual que Buenos Aires, un desastre.

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Muchos prefieren la bici porque llegan más rápido que con el transporte público (no pueden no viajar, el laburo o el estudio los obliga).

Nayru, espero que algún día haga una excepción, si no ¿cómo nos vemos?

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Hablando de accidentes (toco madera que no tenga patas) estoy preocupada por MONICA G, no volvió a comentar desde ese accidente tan terrible, de un colectivo en Misiones. Entre las personas heridas había una Mónica cuyo apellido empezaba con G. Le mandé un mail que no respondió, si alguien la leyó por ahí, por favor avisen.

Misiones es grande, pero qué sé yo.

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Claro que hago excepciones en horarios no pico…
y si viviera en capital seguro elegiría la bici como medio de transporte, no lo dudo, o quizás la caminata que también me gusta.
Sólo que es un poquito incómodo viajar desde Tigre a Capital por la Panamericana pedaleando… jajaja.

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Tá. Nayru, tengo fríoooo. Recién llegada de la feria: camiseta, remera de manga larga, buzo polar, campera de abrigo, bufanda, guantes, calzas térmicas, medias largas, pantalón y zapatillas. Vendí igual, bajo la lluvia (¡genia total!)

Qué cosa horrible, las calzas térmicas. Encima el baño al que voy no tiene pestillo en la puerta y si una se demora, pam, algún zopenco la abre. Y seguro que demoramos… ¡si las calzas éstas no pueden subirse! Se ENROLLAN, las muy malditas.
Hoy fue un turista. “Disculpa…” “Si la luz está encendida y la puerta cerrada es porque el baño está ocupado”, lo reté. “Qué pena”.

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Ja! me hizo acordar a la época de la facu. El único baño pasable (al menos para mí que mido un metro y medio, y como los inodoros estaban sucios y mojados no podía usarlos ya que no me daba el largo de las piernas para no apoyarme) era el que tenía sólo el pozo sin inodoro, tiene un nombre que ahora no me sale, ayúdeme!! Tampoco había donde colgar la cartera y ni hablar de pestillo.
Entonces con los pantalones bajos, tratando de embocarle al agujero sin mojarme con el chorrito, cuidando con una mano que la cartera no toque el piso, con la otra que no abran la puerta, en mi caso particular haciendo equilibrio sobre los tacos, ni le cuento el momento de secarse con papel higiénico… ahí era cuando alguna otra petisa abría la puerta y me hacía perder el equilibrio. Ud. que es alta seguro nunca pensó en el beneficio adicional que obtiene frente a los inodoros sucios, no?

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Es decir que si ud flexiona las piernas, directamente se SIENTA? Auch.

Le voy a contar un recuerdo vergonzoso de mi infancia (me encanta cómo se desvirtúan los posteos). Allá lejos y hace tiempo, cada verano mis padres me enviaban a una colonia de vacaciones. El motivo principal era evitar que jorobase durante la “temporada alta”, en el negocio (los primeros días lloré como una loca abrazada a mi osito de peluche, bastaron un par de burlas para que me aclimatase). Bueno, los mediodías los chicos hacíamos una larga fila con un plato vacío en la mano, esperando que lo llenen de sopa. Al lado de la fila, había un baño. Un día me metí y estaba ahí, muy sentada, cuando la puerta SE ABRIÓ. Imagínese, toda la fila mirando. Yo estaba demasiado lejos de la puerta como para cerrarla estirando el brazo, y ni loca me levantaba con los lienzos bajos. ¿Quiere creer que nadie tuvo la delicadeza de cerrarla por mí? Me quedé ahí sentada durante una eternidad, colorada como un tomate, hasta que la fila avanzó.

Uno de los chicos que me miró hipnotizado, el muy pazguato, tenía un hermano gemelo. No importaba después a cual de los dos me cruzaba, yo enrojecía por igual. Será por eso que ahora reacciono mal.

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Jaaaaaaaaaaaa!
Dos cosas mas: 1) Retrete se llamaba el pozo no?
2) su historia me hizo acordar a una de mi vieja, pobre, ahí va:
hace unos pocos años, iba a Corrientes en micro larga distancia de noche, fué el baño,
cuando tenía los pantalones y la bombacha por las rodillas, como había cerrado mal la puerta, se apoyó porque el micro se movió, se abrió la puerta de golpe y fué dar justo arriba del señor que estaba sentado en el asiento frente a la puerta del baño, así, culito al aire… jajajaja, el pobre hombre dormitaba…. menos mal que estaba oscuro, ella casi
se infarta de verguenza. JAJAJAJAJAJA