Seres de producción y consumo

Haciendo zapping me engancho con Sex and the city. Cómo no hacerlo si ahí están Big y Carrie a punto de casarse (¡al fin!), Carrie con un vestido maravilloso de un dorado muy suave, cayendo en capas como si de una gigantesca flor se tratase. A un costado de su cabeza, un tocado con forma de pájaro en vibrantes turquesas y azules. Sólo Sarah Jessica Parker, un ícono de la moda en la vida real, puede lucir así. Charlotte, Miranda y Samantha, las damas de honor, están apenas menos bellas, vestidas de negro, azul y rojo. Cuando Carrie llega a la iglesia, Big no está dentro sino frente a las puertas, sin animarse a bajar del auto. Ella lo llama al celular y se entera de que él ha intentado comunicarse infructuosamente durante la última hora, para decirle que no se anima a dar el gran paso. Tras “arrojar su bomba” (doscientos invitados los esperan), Big se aleja. Pese a que recapacita y pega la vuelta, ella lo golpea furiosa con el ramo de novia, le arroja los restos a la cara y le grita que la ha humillado.

Carrie se ha endeudado pagando un viaje a México, una sorpresa para el hombre que la dejó plantada. Para ayudarla a pasar el mal trago, sus amigas viajan con ella de vacaciones, en lo que hubiese sido su luna de miel. Ahí está la novia abandonada, buscando refugio en la suite nupcial de un hotel cinco estrellas. Las demás apenas si alcanzan a quitar y ocultar los pétalos de rosa que formaban un gran corazón sobre el acolchado de la cama doble, pero Carrie parece no darse por enterada. “Baja las persianas”, le pide a Miranda, quien cierra las celosías de dos ventanas. “Todas”, ordena Carrie. En esa oscuridad absoluta pasa las horas, hasta que Charlotte se sienta a su lado para informarle que ha dormido todo el día. “¿Y?”, es la única respuesta. De mañana temprano es Samantha quien la despierta con gesto amoroso: “Tienes que desayunar”. Trae una bandeja de cama, pero Carrie se niega. “Desayuna algo para poder seguir durmiendo…”, la convence Samantha y le guiña un ojo con complicidad. En uno de los gestos más dulces que yo haya visto en cine, Samantha alimenta a Carrie llevando una y otra vez la cuchara a su boca.

Esa es la clase de empatía, de amor incondicional, que todos precisamos. En nuestra larga vida, más de una vez sucede que simplemente no podemos afrontar el día. Pero se espera que seamos seres de producción y consumo. Para sobrevivir, entonces, llamamos al trabajo e inventamos una dolencia: descompostura, dolor de ovarios, dolor de cabeza, gripe. Norman Briski responzabilizaba a la fiaca. Es más una tristeza sin nombre, creo.

En la esquina de casa hay un bar. A ese bar, como a tantos, concurre desde hace años lo que yo llamo “la fauna”. La fauna está integrada, entre otros, por un escritor de novelas pornográficas y por un hombre que no trabajó un solo día de su vida. El hombre que no trabajó nunca se para desde muy temprano en la esquina, frente a las persianas bajas, esperando que abran. Cuando lo hacen, saca un par de mesas y sillas afuera y se gana el primer desayuno de la mañana. A lo largo del día se sienta con distintos habitués, alguno le presta el diario, otro le da charla, el de más allá lo invita con un café. “Es un parásito social…”, escupe con desprecio algún vecino. Este verano, el bar cerró por quince días. El hombre que no trabajó nunca, fiel a su rutina, esperó mañana tras mañana, sentado en un paredoncito cruzando la calle.

Tal vez está demasiado débil y cansado, tal vez la gente tierna lo alimenta en la boca.