Carta abierta a los políticos argentinos

Perdón que insista. Ellos también lo hacen. Escucho en la radio que médicos del Hospital Garrahan informan la muerte de un niño más, por contaminación con agrotóxicos. Hace unos días recibí este mail:

Carta abierta a los políticos argentinos peronistas, radicales, socialistas, a todos los políticos latinoamericanos no-golpistas

Hace más de 20 años que reclamamos políticas que no empoderen a MONSANTO.

Buenos Aires, 27 de junio de 2012.-

Las organizaciones sociales populares venimos reclamando a los políticos hace más de 20 años que no se deben promover políticas que empoderen a empresas como MONSANTO y otras multinacionales del monocultivo extensivo con el uso de agroquímicos; mucho menos de los cultivos transgénicos.

No sólo tienen un historial de producción de venenos como el agente naranja que el ejército de los EEUU pulverizó a mansalva en las selvas vietnamitas (causando incluso fuertes daños a sus propios soldados) y nos someten, con diversas estrategias, a sus propias evaluaciones toxicológicas, alimentarias y ambientales de los cultivos transgénicos y de los paquetes de pesticidas vinculados a ellos; sino que son desestabilizadoras políticas, como quedó evidenciado en el golpe de Estado parlamentario en Paraguay.

Necesitamos leyes antiterroristas en contra de los que promueven o están en condiciones de promover golpes de Estado, y no contra los militantes populares que lo único que hacen es movilizarse y actuar para defender la vida, la sociedad y el ambiente.

Es profundamente contradictorio que la Presidente argentina se diga progresista desde el peronismo, preocupada por la calidad de vida de los sectores populares, y simultáneamente promueva el sistema de monocultivo transgénico y la megaminería, que generan tantos y tan tremendos daños sociales, económicos y ambientales. Es profundamente contradictorio que se manifieste orgullosa en foros internacionales por el desarrollo y las inversiones de MONSANTO, y una semana más tarde salga a defender al Presidente paraguayo Fernando Lugo cuando es derribado por un golpe de Estado parlamentario asociado a la participación de MONSANTO, a la vez que se expresa reiteradamente a favor de la estabilidad institucional democrática en la Argentina y en América Latina.

Continuamos reclamando y peticionando, tal como lo venimos haciendo hace ya tanto tiempo, que no se implementen políticas que promuevan, de ninguna manera, el empoderamiento de MONSANTO y empresas similares en Argentina ni en ningún otro país de América Latina.

Que se modifique la política agroalimentaria argentina. Que se dé de baja el Plan Agroalimentario Argentino (PEA) que promueve la consolidación y extensión de los cultivos transgénicos, porque causará aún más daños ambientales, sociales y económicos, y más empoderamiento de estas empresas.

Que las políticas agroalimentarias se orienten a garantizar la soberanía alimentaria de toda la población, sin transgénicos ni pesticidas, empoderando a los agricultores familiares y a las comunidades campesinas en emprendimientos de economía solidaria, promoviendo las diferentes alternativas agroecológicas.

Nos orientaremos así a construir un sistema agroalimentario que nos permitira consumir alimentos sanos y nutritivos que nosotros elijamos, respetando nuestra historia, nuestros saberes, nuestra identidad y cultura. Podremos construir mucha mejor sostenibilidad ambiental, social, económica y también política.

Produciremos además alimentos agroecológicos muy demandados en el mercado internacional, que generarán muchos puestos de trabajo agrarios e industriales, y también mucho valor agregado.

En solidaridad y acompañamiento absolutos con el pueblo paraguayo en estos días llenos de mucha bronca, mucho dolor y mucha tristeza.

Claudio Lowy – tel: 011-15-6467-5187
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Denle un vistazo a este video, vale más que todo lo que podamos decir.

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La menopausia

La menopausia, señores, se sufre. Por caso, nos lavamos la cara con jabón Dove y le aplicamos una ligera crema hidratante. El infierno, la calor, el sofoco. No alcanzan las manos para quitar la mezcla de agua y crema en la que se ha transformado nuestro rostro. Otro ejemplo: los cambios de humor. Somos diosas, ¿te cabe alguna duda? A vos te pregunto, pibito. Vos, que pasás repartiendo volantes para ver a tu banda catrasca y me salteás olímpicamente. Qué sabrás de música, andá. Sí, los pibes nos ignoran. Cumpleaños a los que no somos invitadas, eventos de los cuales no nos informan. Ah, pero para pedir el diario forman fila. “¿No me presta el diario, doña?” Doña tu abuela.

De noche es peor. “¿Qué hace?” protesta el Hombre, tapado hasta las orejas. “Tengo calor”, mascullo pateando sábana, frazada y cubrecama. Calor es poco, no puedo evitar pensar en cómo va a quedar el colchón nuevo, estoy bañada en sudor. La mañana es un sube y baja de emociones, de la euforia a la angustia existencial más pura. Me niego a tomar hormonas, aún recuerdo el bigote de una amiga. “Puede que ahora te venga cada dos o tres meses. Y te va a venir mucho, vas a pensar que tenés una hemorragia. No te asustes, es normal”. Palabra de ginecóloga, se engrosa la pared de no recuerdo qué cosa. ¿El útero, dijo?

Hay cosas buenas, no obstante. Antes, por ejemplo, estaba muy pendiente del afuera. A modo de ilustración: un domingo de feria evité almorzar porque iba a conocer a un señor y no fuera a verme masticando. Ahora pienso que estoy allí largas diez horas, que en algún momento tengo que comer, que no resulta fácil higienizarse y que si me descubren un cachito de acelga en un diente… no voy a dejar de ser yo por eso. No digo que me nefrega, pero entiendo mucho más a los viejos que están más allá del bien y del mal.

Pero vamos por otro trastorno: ya no puedo estornudar tranquila sin correr el riesgo de… cómo decirlo… sufrir de incontinencia. El Hombre se levanta resoplando y se pone el bermuda de entrecasa sosteniéndose de la pared. No estoy ahí todavía, pienso mientras repto como una oruga para salir de la cama, mi ombligo oculto tras los pliegues de la panza.

La gente está muy loca

Estoy armando un collar, para no quedar con el culo cuadrado me paro y analizo mi obra desde arriba. “Es muy importante mantener despejada la mesa de trabajo -comienzo explicando- eso nos permite ahorrar tiempo”. No tengo cara, la mesa es un quilombo padre. “La distancia que ven aquí, entre argolla y argolla de esta pieza, nos permite abrir el diseño -avanzo más segura- lo cual proporciona una ventaja a la hora de exhibirlo”.

Qué aburrido es laburar solos. “Yo sé que parece mucho trabajo, pero es la atención a los detalles la que permite la excelencia. Por ejemplo, con un pequeño movimiento de pinza conseguimos que estas dos partes ensamblen perfectamente” (no he hecho más que ajustar una argollita) “Puede ser que a veces se encuentren con un rastro de oxidación -digo maldiciendo la lluvia del domingo- eso no es problema…” Mojo mi dedo en saliva y froto el verdín en cuestión. Ups, estoy en cámara. Dirijo una mirada de soslayo al director. Se ordena un corte, qué poco elegante lo mío.

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Sos tu mejor jugador, ¡salí a la cancha!

La peluquería es fea, y con ganas. Jamás hubiese entrado por mi cuenta, pero resulta que a la mamá de Sebastián le hicieron tan bien el color… Me atiende María. María tiene el cuerpo de quien ve demasiada tele, y mirada de mina buena. Se mueve despacio, esquivando asientos. La otra mujer es mayor que ella y bastante más delgada, ninguna de las dos tiene la menor idea de quien es Sofía.

-Una señora mayor, en sus ochenta, le hicieron un rubio ceniza precioso…
-…
-…les pidió que no le quedara rosa.

No hay caso. María me alcanza una carta de colores. Qué sé yo. Rubio rubio rubio, rubio dorado claro, rubio castaño, rubio muy suave, rubio rojizo, rubio ceniza claro, castaño rojizo claro, dorado ceniza muy suave… ¡socorro! Cómo la entiendo a Sofía: “Lo único que te pido es que no me quede verdoso”. María no acusa recibo. “Vos viste, como si te tiñeses con yerba mate”. Qué voy a hacer, me entrego. Cerca hay una mujer tiñéndose de colorado. Color al que recurren las recién separadas, según la curiosa teoría sostenida por el Hombre. Es posible, en un descuido me quita la única Cosmopolitan con el argumento de que la trajo ella del revistero. En la radio suena la voz de una locutora exaltada, la encuesta busca saber si es posible la amistad entre el hombre y la mujer. “Yo no podría ser amigo tuyo”, dispara uno con voz de langa. “Pero por quéee?”, ronronea ella, sabedora de por dónde va la cosa. María me peina con un peine de dientes anchos intentando no tironear demasiado.

Cómo pica esta cosa. Miro mi celular, recién han pasado tres minutos. Voy a morir. No lo resisto, qué cuero cabelludo sensible ni cuero cabelludo sensible. Con un hilo de voz pregunto si es ésta la tintura que promociona Mirtha Legrand, María sonríe apenas. ¿Qué significa eso? ¿Sí, no? Tengo la fuerte sospecha de que ni sabe de qué le hablo. Tiene culo chiquito, la espalda redonda y un frente generoso. Descubro que usa top, apenas cubierto por un pullover de cuello buche. Los brazos recuerdan a los de una buena cocinera. “¿Cocinás bien?” Cocino bien, dice María, o tal vez acordar sea su forma de sobrevivir. La locutora se manda un “¡qué hijo de puta!”, un chiste interno, le aclara a la audiencia.

María le seca el pelo a la colorada/separada, yo consulto por enésima vez el celular y me pongo de pie. El lenguaje corporal es claro: voy-a-quedar-pelada-si-no-me-lavan-el-pelo-ya. María ni se inmuta, la colorada parece disfrutar con mi ansiedad. La otra mujer está haciéndole las manos a una señora muy amable que viene conversando sobre una figura del espectáculo, tan famosa y sin embargo tan simple. Baja la voz para opinar “Lástima la hija, cómo le salió…” Lesbiana. Le salió lesbiana. Qué hago, ¿me meto, no me meto? Na. Por unos segundos imagino la agresión en mi voz dirigiéndome a quien nunca vi, ni seguramente vuelva a ver. “Sos tu mejor jugador, ¡salí a la cancha!”, incita la locutora. En ese ambiente de barrio, con el sol que entra a raudales por las puertas vidriadas, la frase golpea como una verdad revelada.

Pido permiso para pasar al baño, la luz no enciende, me quito como puedo un rastro de tintura en la barbilla.

Y dale con el desapego…

Cómo cuesta soltar. No faltan los que se vanaglorian de su desapego. Va con onda, chicos: mal rayo los parta. Sí, sí, no se puede andar por la vida cargando lastres y todo eso. Pero no confundamos viajar ligeros de equipaje con ser incapaces de involucrarnos. Así como hay quienes no pueden perder ni jugando a las bolitas, otros atesoramos. Cosas, lugares, recuerdos, relaciones. Que digan si miento los que todavía conservan ese juguete de la infancia. Yo, hermano, guardo los boletines de la primaria. Forrados en papel barrilete, azul con lunares blancos. No me pidan entonces que me olvide de la gente. ¿Tomaste mate conmigo? Fuiste. ¿Dormí en tu casa? Mi eterno agradecimiento. ¿Nos amamos? Ah, preparate entonces para darle nuevo significado a la expresión relación estable.

Bueno, tampoco tan así, tuve compañeros de estudio o trabajo de quienes no recuerdo ni el nombre, menos todavía el apellido. Pero digamos que tengo mucho de mi signo, tanto el taurino como el perruno, fiel hasta la médula de los huesos. Sumen eso a cierta tendencia a dar segundas oportunidades y creer en la evolución de la consciencia… y más o menos tienen el paquete hecho. Creo que era Galeano el que hablaba de la facilidad con la que nos despojamos de cosas y personas, el amor líquido, que le dicen. Todo es descartable.
¿Cómo se pueden profundizar las relaciones, si no se las honra?

Una de cal, una de arena

La cal

Primera plana de Clarín de este domingo, en grandes letras: Es record el uso que hace el gobierno de plata de los jubilados. Y debajo: Ya llega a 55.000 millones, que destina a otros fines que no son ni el pago de haberes, ni los juicios. Con eso se financian desde la Asignación por Hijo hasta las computadoras escolares. Ahora se agrega el nuevo plan oficial para construir viviendas.

Tienen razón. Estas viviendas no contemplan un plan especial para los jubilados, jubilados que tienen que alquilar, es inaudito. O alquilan, o comen.

Ahora bien, en defensa de Cristina… Antes las AFJP -empresas privadas, generalmente financieras- cobraban una comisión exhuberante que reducía las cuentas personales de los futuros jubilados en su valor real, consumidas por la inflación y sujetas a los riesgos de la timba financiera. La decisión de anular las AFJP y reemplazarlas por el sistema solidario de reparto (antes optativo), permitió que se pudieran jubilar millones de trabajadores cuyos empleadores hicieron trabajar en negro.

Los aportes jubilatorios podrían transformarse en dólares (o lingotes de oro) a depositar en el Banco Nación como reservas de ANSES, mes a mes recibir los nuevos aportes y pagar las jubilaciones y demás contribuciones sociales. Otra opción sería darles un uso social a esos aportes, colocando parte de los depósitos de ANSES en el circuito virtuoso del programa de viviendas populares. Argentina tiene un déficit de dos millones de viviendas. El grueso de las que se construyen desde los 90 están dirigidas a la clase media, media alta y alta, por ejemplo las viviendas premium de Puerto Madero. Desde los años 50, 60, no se construyen en gran escala viviendas populares. Este programa que lanza el gobierno es virtuoso porque atendería esta necesidad básica, generando además muchos puestos de trabajo… por lo tanto nuevos empleos… por lo tanto más aportes jubilatorios… por lo tanto una mejora sustancial de la relación número de aportantes/número de beneficiarios del sistema previsional.

La arena

Presidenta Cristina Fernández de Kichner en Estados Unidos: Monsanto, corrimiento de la frontera agropecuaria, minería y gas no convenional. Citas textuales:

-“Hace unos instantes estuve con Monsanto, que nos anunciaba una inversión muy importante en materia de maíz (…) Y además estaban muy contentos porque Argentina hoy está –digamos– a la vanguardia en materia de eventos biotecnológicos”.

-“Aquí tengo –y esto la verdad que se los quiero mostrar porque estoy muy orgullosa– el prospecto de Monsanto. Vieron que cuando hacen prospecto es porque ya está hecha la inversión, sino no te hacen prospecto. Así que una inversión muy importante en Malvinas Argentinas, en la provincia de Córdoba, en materia de maíz con una nueva digamos semilla de carácter transgénico, que se llama Intacta. También dos centros de investigación y desarrollo, que eso para nosotros es tan importante como es esta inversión de 150 millones de dólares: uno, en Tucumán y otra en la misma Córdoba”.

-“La inversión de Monsanto es importantísima también y va a ayudar a la concreción de nuestro plan, tanto agroalimentario 20-20, como nuestro plan también industrial. Y me decía, hoy, su titular que les había impresionado mucho el apoyo que nuestro Gobierno estaba dando a la ciencia y a la tecnología. Tengan ustedes la certeza que vamos a seguir en la misma línea”.

-“Yo le comentaba -y la gente de Monsanto no lo sabía- que tenemos una Patagonia, en la cual algún productor argentino tiene producción, por ejemplo, forrajera y que uno lo puede observar en medio de la estepa patagónica los círculos que solamente con riego producen forraje de primerísima calidad. Y tenemos también agua en la Patagonia, porque cuando me tocó inaugurar, el otro día, una ampliación de un emprendimiento minero: Cerro Vanguardia, en mi provincia, lo habíamos inaugurado cuando Néstor era Gobernador y cuando otros eran los propietarios, ahora hay nuevos propietarios. Y han pasado de la minería a cielo abierto a minería en excavación y es justamente donde han encontrado en plena Patagonia ríos subterráneos. A ellos les causa problemas, pero a nosotros nos ha llenado de alegría, porque esto nos da la idea de que el elemento vital: agua, nos va a permitir extender la frontera agropecuaria”.

-“Precisamente me explicaba, recién, la gente de Monsanto que este maíz que va a ser sembrado va a permitir que si se rota la tierra con este maíz, y luego con soja, el aumento de la productividad de la soja siguiente será de un 17 por ciento más. Y además exige y esto es lo más interesante que va a exigir prácticamente que no haya necesidad de plaguicidas, con lo cual además de aumentar la productividad también va a mejorar el medioambiente”.

-“También una Argentina con un potencial energético muy importante: tenemos el tercer yacimiento descubierto –hasta ahora– de gas shale”.

-“Por eso creo que es muy importante que ustedes sepan esto de boca de la Presidenta. Esto no lo van a encontrar en ningún diario en la República Argentina”.

http://www.presidencia.gob.ar/discursos/25918-almuerzo-en-el-council-de-las-americas-palabras-de-la-presidenta-de-la-nacion

¿Qué Monsanto? ¿Ésta Monsanto? Que alguien le avise a Cristina, por favor.

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Consejos de un ciclista que sobrevivió

El Hombre entra con la bici al departamento, como suele hacer. Ya me acostumbré a las dos bicicletas estacionadas en el living, ¿dónde más podríamos dejarlas? “Hola…” “Hola, llegás temprano”, me sorprendo. Sigo con un ojo en la pantalla del televisor, una supermodelo de 83 años desfila con garbo. El Hombre se detiene a mirar también, entrecerrando los ojos para leer el subtitulado. “Se parece un poco a tu vieja…”

La herida es chica, apenas un raspón en la pierna derecha. “La saqué barata, no puedo dejar de pensar que podría haberme matado. O estar ahora en un hospital…”, sigue sin exagerar ni un poco. “Estamos luchando por su vida, por ahora no podemos anticipar cómo va a quedar”, ironiza imitando un parte médico. Fue en Primera Junta, por negligencia de un automovilista estacionado a cuarenta metros de la esquina que forman Rivadavia y Rosario. El Hombre estaba sobre Rosario esperando que abriese el semáforo, a la cabeza, los ciclistas se ubican delante de todo para arrancar primero y evitar que los lleven por delante. No recorrió ni treinta metros por Emilio Mitre cuando el automovilista, a bordo de un Renault 21 antiguo, salió del estacionamiento sin verlo. El Hombre lo esquivó, pero no pudo evitar que el taxista que lo estaba “pasando finito” lo rozase. Detrás venían colectivos. El Hombre cayó al suelo, la buena gente lo auxilió de inmediato, uno incluso tomó la patente del automovilista que huyó. A las 19:30 el tránsito en esa zona es terrible. Esa calle está tan cargada que suele no seguir derecho, se desvía por un pasaje (donde los autos no pueden circular) que lo lleva hasta Alberdi.

¿A qué conclusiones arribamos?

-Los automovilistas están programados para ver autos, no bicicletas. Le cruzan el auto a una bicicleta como si de otro auto se tratase. El más grande prepotea, pone la trompa: “Frená”. Pero la bicicleta no tiene el mismo poder de freno que un auto, en este caso sólo con rozarle el pedal con el guardabarros, el taxi la tiró al piso.
-La bicisenda es, lejos, la más segura de las alternativas. Incluso en lugares que están oscuros. Porque los carriles preferenciales para bicicletas -por ejemplo los de Rivadavia, Independencia, Belgrano o Corrientes- son el permanente estacionamiento de automovilistas y camioneros que “se cagan en el ciclista”, para qué andar con eufemismos. Además son los que usan los motoqueros, a alta velocidad.
-Es conveniente usar ropa fosforescente “…sobre todo para que nos vean las personas que no tendrían que tener registro, porque ni siquiera pueden subir y bajar del auto, no tienen reflejos”, se desahoga ya saben quién. “Por suerte llevaba el casco puesto, si no me abría la cabeza”. Ese es el riesgo: golpearse la cabeza contra el piso, contra otro auto, contra el cordón o que nos pase la rueda de un vehículo por arriba, sin poder esquivarnos.

“Si no te ponés adelante, los automovilistas no te ven. Hay que admitir que en general cuidan al ciclista, el ciclista es un motivo de pacificación del tránsito; el tema es que te vean”.

Nueva York tiene en estos momentos 700 km de ciclovías. Buenos Aires recién está llegando a 30 y se proyecta alcanzar, este año, los 100 km. Ya hay 22 estaciones de servicio público de bicicletas, gratuito. El ciclismo es una alternativa de transporte económico, ecológico y saludable. En un año, el número de viajes realizados por bicicletas pasó del 0,5 al 2% del total de viajes en la ciudad. Hay que generar las condiciones de seguridad del ciclista. Se lo merece, hace un uso democrático del espacio público, no hace ruido y no contamina. Un auto ocupa el lugar de cuatro bicicletas. En una cuadra de avenida, 80 autos la colapsan. Esos 80 autos trasladan a 96 personas, hace diez años el índice de pasajero por auto era de 1,2 y ha bajado. En un colectivo articulado viajan 150 pasajeros. Imaginemos si en lugar de los 80 autos sólo circulase el colectivo… ¡el servicio público sería eficientísimo! Pero el individualismo exacerbado, el “culto del auto propio que te lleva hasta la puerta de la oficina”, determinan estos colapsos de tránsito y que el transporte público se demore tanto, tanto. Aguante la bici.

Seres de producción y consumo

Haciendo zapping me engancho con Sex and the city. Cómo no hacerlo si ahí están Big y Carrie a punto de casarse (¡al fin!), Carrie con un vestido maravilloso de un dorado muy suave, cayendo en capas como si de una gigantesca flor se tratase. A un costado de su cabeza, un tocado con forma de pájaro en vibrantes turquesas y azules. Sólo Sarah Jessica Parker, un ícono de la moda en la vida real, puede lucir así. Charlotte, Miranda y Samantha, las damas de honor, están apenas menos bellas, vestidas de negro, azul y rojo. Cuando Carrie llega a la iglesia, Big no está dentro sino frente a las puertas, sin animarse a bajar del auto. Ella lo llama al celular y se entera de que él ha intentado comunicarse infructuosamente durante la última hora, para decirle que no se anima a dar el gran paso. Tras “arrojar su bomba” (doscientos invitados los esperan), Big se aleja. Pese a que recapacita y pega la vuelta, ella lo golpea furiosa con el ramo de novia, le arroja los restos a la cara y le grita que la ha humillado.

Carrie se ha endeudado pagando un viaje a México, una sorpresa para el hombre que la dejó plantada. Para ayudarla a pasar el mal trago, sus amigas viajan con ella de vacaciones, en lo que hubiese sido su luna de miel. Ahí está la novia abandonada, buscando refugio en la suite nupcial de un hotel cinco estrellas. Las demás apenas si alcanzan a quitar y ocultar los pétalos de rosa que formaban un gran corazón sobre el acolchado de la cama doble, pero Carrie parece no darse por enterada. “Baja las persianas”, le pide a Miranda, quien cierra las celosías de dos ventanas. “Todas”, ordena Carrie. En esa oscuridad absoluta pasa las horas, hasta que Charlotte se sienta a su lado para informarle que ha dormido todo el día. “¿Y?”, es la única respuesta. De mañana temprano es Samantha quien la despierta con gesto amoroso: “Tienes que desayunar”. Trae una bandeja de cama, pero Carrie se niega. “Desayuna algo para poder seguir durmiendo…”, la convence Samantha y le guiña un ojo con complicidad. En uno de los gestos más dulces que yo haya visto en cine, Samantha alimenta a Carrie llevando una y otra vez la cuchara a su boca.

Esa es la clase de empatía, de amor incondicional, que todos precisamos. En nuestra larga vida, más de una vez sucede que simplemente no podemos afrontar el día. Pero se espera que seamos seres de producción y consumo. Para sobrevivir, entonces, llamamos al trabajo e inventamos una dolencia: descompostura, dolor de ovarios, dolor de cabeza, gripe. Norman Briski responzabilizaba a la fiaca. Es más una tristeza sin nombre, creo.

En la esquina de casa hay un bar. A ese bar, como a tantos, concurre desde hace años lo que yo llamo “la fauna”. La fauna está integrada, entre otros, por un escritor de novelas pornográficas y por un hombre que no trabajó un solo día de su vida. El hombre que no trabajó nunca se para desde muy temprano en la esquina, frente a las persianas bajas, esperando que abran. Cuando lo hacen, saca un par de mesas y sillas afuera y se gana el primer desayuno de la mañana. A lo largo del día se sienta con distintos habitués, alguno le presta el diario, otro le da charla, el de más allá lo invita con un café. “Es un parásito social…”, escupe con desprecio algún vecino. Este verano, el bar cerró por quince días. El hombre que no trabajó nunca, fiel a su rutina, esperó mañana tras mañana, sentado en un paredoncito cruzando la calle.

Tal vez está demasiado débil y cansado, tal vez la gente tierna lo alimenta en la boca.

Defensa más o menos ardiente de los libros de autoayuda

Ayer acerté a leer un posteo muy bien escrito en contra de los libros de autoayuda. Muy bien escrito, sin duda. Argumenta que los libros de autoayuda aíslan al individuo al hacerle creer que su presente sólo depende de él, de sus fuerzas, sin poner el foco en el contexto social en que está inmerso. Lo dejan solo.

http://grupoexpertosentodo.blogspot.com.ar/2012/06/anos-de-soledad.html

Discrepo. Es decir, en gran parte es cierto, si uno nació (y crece) en una villa, es medio de jodidos insistir “¡Tú puedes!”
Pero pienso ahora en los trabajadores de las fábricas recuperadas. Despedidos, sin su empresa, muchos de ellos no lograban encontrar otro trabajo. Bastó sin embargo que uno se sintiese fuerte -y lograse transmitir eso a sus compañeros- para dar vuelta la taba. El factor social fue decisivo, ¿de qué otra manera puede crearse una cooperativa de trabajo? Así y todo, primero ese uno debió sentirse lo suficientemente capaz. O desesperado, si se quiere. Si un libro de autoayuda (fabulemos), si una sola frase le dio impulso, bienvenido sea.

Me parece que se corre el riesgo, al ser tan determinantes, de caer en el extremo opuesto y usar el factor social para justificar de por vida nuestra condición. El medio condiciona, pero no determina. Pongamos mi caso (”…por nombrar una persona que tengo cerca”, decía una amiga). Tengo 54 años, no es fácil conseguir trabajo a mi edad, a los 30 ya se es viejo para el mercado laboral, etc, etc. Es verdad. Esa es la parte social, y haríamos bien en cambiarla porque es de lo peor. Ahora bien, puedo quedarme con esa idea condicionante -condicionante y cómoda- o hacer lo que sea necesario para salir adelante. La salida anida en nuestro interior. No lo digo yo, lo dice Victor Frankl en El hombre en busca de sentido, que descubrió esa libertad última en condiciones extremas, sometido a todo tipo de torturas y vejámenes en campos de concentración (Dios me libre y guarde de tildar a su libro como de autoayuda).

¿Quiénes escriben los libros de autoayuda? Médicos, psicólogos y psiquiatras. Eventualmente personas comunes, como ud o yo, que superaron trances difíciles y buscan compartir su experiencia. ¿Por qué es correcto que acudamos a terapia durante años y años (hasta que al profesional se le ocurra darnos el alta), pero está mal visto que leamos un libro escrito por otro profesional, subrayemos los párrafos que más nos llegan y aliviemos nuestra carga gracias a un pensamiento esperanzador?

Hace muchos años me separé, después de siete de noviazgo. Se me rompió el corazón, literalmente. Podía sentir el dolor en el pecho, me desmayé varias veces en el largo proceso de la separación. No quería estar. Perdí a mi pareja, mi trabajo, mi hogar, nuestros amigos, su familia, la ciudad en la que vivíamos y hasta mi mascota. Fue mucha pérdida. Lo hablé hasta cansar a los que me rodeaban. Todos esperaban que me recuperase rápido y saliese adelante. Es imposible transmitir lo que el concepto del “nunca más” significa en quien pensaba “para siempre”. Me tiré en una cama a dejar pasar las horas, lo único que me daba alivio era dormir (una forma como cualquier otra de no estar). Pasé meses arrastrándome por la vida, con una sola pregunta en mente: por qué, por qué…

Me sacó adelante un libro de autoayuda. “Las mujeres que aman demasiado”. Precisé la mirada de quien había pasado por lo mismo, de quien comprendía el agujero en el pecho a través del cual casi podía sentir pasar el aire. Me sentí comprendida por primera vez, con fuerzas por primera vez. No estaba obsesionada (palabra que se repetía una y otra vez), ni loca. La mía era la emoción correcta ante el duelo, ante el derrumbe del mundo tal cual lo conocía. No es un tema menor. Los lazos afectivos y familiares también influyen poderosamente en nuestra comunicación con el entorno. Entiendo la peligrosidad de olvidar la cuestión social. Pero, para simplificar, yo no creo que “el imperio” esté detrás del libro de Robin Norwood, manejando a la editorial para lavarnos el cerebro.

Como pasa a menudo, es probable que la verdad esté en el famoso término medio: ni tanto ni tan poco. Las condiciones sociales tienen muchísimo que ver con nuestro bienestar, pero lo que pensamos de nosotros mismos, también. “Medicina es lo que cura”, dijo el gran Florencio Escardó. A mí me curó un libro de autoayuda, mi agradecimiento.

No invites a demasiadas personas

Solía ser dura con las mujeres que saben que sus maridos les son infieles y siguen adelante con la relación. “Mantenidas, cómodas”, decía una amiga… y yo coincidía. “Prefieren hacer la vista gorda, con tal de no tener que salir a trabajar”. En el mejor de los casos, las considerábamos negadoras con baja autoestima.

Eso hasta hoy, hasta las más que creíbles actuaciones de Renée Zellweger, William Hurt y Meryl Streep en Las cosas que importan. Meryl Streep es ama de casa en un pueblo. La trama se puede sintetizar diciendo que está gravemente enferma, su marido la engaña y su hija (que ha abandonado su trabajo en la ciudad para cuidarla) lo sabe desde hace algún tiempo. “¿Por qué estás tan enojada con tu padre? -pregunta Meryl Streep en su papel- antes eran tan unidos…” La hija pretende negarlo. “Dentro de un tiempo yo no estaré y van a necesitarse el uno al otro”.

-Por favor, mamá, no digas eso.
-Escúchame bien porque sólo lo diré esta vez y tal vez ni siquiera debería: no hay nada que sepas de tu padre que yo no sepa ya. Nada.

La hija la mira atónita.

-Cuando eres joven piensas “¡Jamás toleraré esto, jamás toleraré lo otro!” Pero el tiempo pasa. Y cuando te has acostado mil veces con tu marido, cuando la carne cuelga y se vuelve fofa, piensas que no lo tolerarás un minuto más. Pero al día siguiente te levantas y la cocina huele a café y los niños se han peinado solos…

(la sonrisa es tan bella en esta parte)

…y todo lo que has hecho y haces gira alrededor suyo, los hijos, la casa, todo. Todo está ahí: tu pasado, tu historia. Y no puedes borrarlos, sería como quitar una cara de un retrato, sólo quedaría un hueco.

La hija la mira sin decir nada. “Tú eres muy dura -sigue la madre- muy severa, si sólo andas por la vida con esos atributos, no te va a ir bien. Y no estaré aquí dentro de diez años para decírtelo”.

-Por favor, mamá…
-¡No me hagas callar, quiero expresarme antes de morir! Tengo cosas para decir, cosas aquí dentro. Es tanto, tanto más fácil ser feliz. Tanto más sereno… Hay algo más que quiero decir: estoy triste.

“Por qué estás triste”, pregunta la hija con un hilo de voz. “Porque no podré planificar tu boda. No lleves niños cargando los anillos, distraen la atención de la novia”. “Tal vez ni siquiera me case…” “Y -continúa la madre como si no hubiese escuchado nada- no invites a demasiadas personas”.