Y los sueños, sueños son

Llueve. Mañana propicia para escuchar el piano de John Boswell, puede llegar a adormecer, puede recordarme a Richard Clayderman pero es especial para este clima. Y en medio de esas teclas claras recuerdo mis sueños.

Anoche soñé que tenía tanta gente amontonada en mi puesto, que Caritas se acercaba y me preguntaba “Maia, ¿qué regalás?” También soñé que al fin tenía mi casa. Era un dos ambientes de paredes color durazno con la pintura descascarada. Había una puerta de doble hoja con vidrios que daba a un caminito de tierra y más allá el portoncito. Qué bronca me daba que llegase un hombre a querer usar la bañera. Porque era ucraniana, justificaba. Cómo, antes nadie había ocupado la propiedad ¿y ahora se daban cuenta de que tenía algún valor? Le gritaba al hombre en mi sueño, le gritaba para que se fuera. El hombre se quedaba ahí, parado en el portoncito con sus bigotes mostachos (ayer compré fideos mostacholes de Matarazzo) y me daba miedo porque no había tranca ni cerrojo ni llave, nada que me protegiese dentro de la casa.

En el tercer sueño yo atravesaba un dormitorio de paredes azules, donde había un hombre de pelo blanco acostado. Cuando pasé de puntillas murmurando “Disculpe…” me miró en silencio. El cuarto estaba perfectamente aseado y prolijo, el acolchado de la cama era blanco y el piso de madera oscura. El hombre descansaba sin sobresalto en la posición del rey, dicen que el rey (cualquier rey) dormía boca arriba para ver la cara de quien quisiera atacarlo durante la noche. El acolchado relumbraba sin arrugas. El siguiente cuarto albergaba a más gente, entre ellos dos chicos a quienes yo insistía para que durmiesen, para que se estuviesen quietos y en silencio.

“Sí, sí, quietos y en silencio…” repetía uno de ellos con una sonrisa. Sus dientes resaltaban como el acolchado de la habitación de al lado.

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El loco

El primer indicio me lo da su curiosidad excesiva. Está bien que la señora -mayor, piripipí- no debería haberle exigido el asiento a la mujer con dos pibes. Pero el tipo cogotea con un interés digno de mejor causa. ¿Ahora qué hace? Habla solo. En honor a la verdad ni habla ni murmura, pero sus manos refuerzan un discurso interno, vaya a saber a qué jefe encara.

Las manos son protagonistas: con una se tapa los ojos, es la imagen viva de la desesperación. Una piba de pie a su lado, con auriculares puestos, lo inspecciona insegura. El hombre mira su reloj, al segundo vuelve a mirarlo. Se persigna al pasar por la Iglesia de San José de Flores, más en un gesto mecánico que de auténtica fe. Su locura no es de las evidentes, ahora saca un sobre con papeles y los exhibe a quien quiera mirarlos, alcanzo a leer de refilón la palabra TRÁMITE. Mi vecino de asiento tiene el pelo peinado con raya al costado y fijador y una cara de lo más normal. Cuando no está ensayando su dicurso lleno de gestos, se aprieta las mejillas con ansiedad. Las manos, estando quietas, descansan sobre el portafolio. Le falta un tornillo, eso es obvio. Está tocado de la cabeza, como se dice ahora. No le sube agua al tanque, no tiene todos los patitos en fila. El celular le suena. Hola, dice presuroso. Nadie responde. Lo guarda en el bolsillo para sacarlo al minuto y verificar de quién ha sido la llamada.

Es apenas un poco más exagerado que el resto de nosotros.
Nosotros, que si nos preguntan “¿Bajás en la próxima?” respondemos “No” con voz ofendida (qué pasa… ¿molesto acá?) Que decimos al celular cosas como “Yo tengo dos mujeres”. Y más tarde “No les digas a los chicos, no se puede confiar en ellos, mamá”.
Nosotros, los que respondemos “Todo bien, todo bien…”, aunque esté todo para el culo y pensemos que más nos valdría no haber salido de la cama.

La vanidad

I

El sábado llegué a la feria a eso de las seis y media de la mañana. Descubrí para mi sorpresa que algunos de los árboles, tantas y tantas veces vistos, lucían esas lindas lucecitas alrededor de los troncos. Él ya estaba ahí, en posición fetal, tapado por una frazada de mala calidad y usando de almohada una bolsa de consorcio. Bajo su cuerpo, un charco presumiblemente de orín empapaba la vereda. Yo tenía que armar justo delante. No voy a mentir diciendo que mi primer pensamiento fue de lástima o empatía. No, yo precisaba vender. Y la escena era anti-venta. Los compañeros fueron llegando uno a uno, frotándose las manos con frío y arrimándose al cafetero de siempre. El cuerpo del hombre, cubierto con su frazada gris, les resultó invisible a todos. Sólo una compañera preguntó “¿Tenés visita?”, con sonrisa irónica.

Entonces recordé un texto de Beatriz Sarlo donde narraba el interés de una mujer por una cartera expuesta en Prüne, en la entrada del shopping de Caballito, interés que la llevó a estirarse para verla mejor por sobre el cuerpo de un indigente tirado frente a la vidriera. Me dio vergüenza armar como si nada, exponer mis cosas y venderlas, con ese cuadro detrás mío. Llamé al 108 y en un tiempo sorprendentemente corto ya estaba ahí una chica con su planilla, conversando con… vamos a llamarle Julio. Julio era puro sonrisas, agradecido por la llamada, él mismo lo había intentado tiempo antes sin resultado alguno. Los únicos que se le acercaron fueron efectivos de la Prefectura. Le dijeron: “¿Así que querés pasar la noche bajo techo?” y se lo llevaron preso. La piba se fue a hacer un llamado y volvió para informar que estaban de suerte, había una vacante en el refugio, iba a poder darse un baño y dormir en una cama. Julio me estrechó fuerte la mano y se fue tras ella, cargando su bolsa de consorcio.

Hoy vuelvo a intentarlo, con el viejo emponchado de la petaca. No quiere saber nada. Que su hija tiene un restaurante en Puerto Madero, que su otra hija vive a pocas cuadras y si él necesita algo la visita, que él vive en la calle por elección y que además tiene plata. Para demostrarlo saca de su bolsillo un billete de cien pesos, otro de veinte y varios de diez. Le miro la piel, enferma por falta de higiene. “Si cambia de idea, ya sabe, me avisa…” Al rato me lo cruzo por la calle, va en busca de una gaseosa, ya compró el asado y la ensalada.

II

Rodolfo me llama como hace siempre: “Venga, Maia, que le muestro algo” (el algo puede tanto ser un perfumero de tapa tallada, como un disco de pasta de los años 40). Hay que ir, Rodolfo jamás viene a uno. Esta vez se trata de tres fotos antiguas. A ver si yo lo reconozco. Examino al grupo de muchachos de barrio, posando como equipo en la canchita de fútbol. Le erro feo. Rodolfo no es el bonito que señalo, sino el número diez, el que está en cuclillas con pinta de camorrero. Diecisiete años, mucho pelo oscuro, la misma nariz y el mismo ceño.

A media tarde, la desesperación. “Ay Maia, no encuentro las fotos, las perdí”. Rodolfo las busca pasando las hojas de todos sus libros; Eduardo, el hombre simple que ve más lejos, lo ayuda sin éxito. Me acerco a su puesto y recuerdo entonces dónde las guardó, en una cajita/tablero para piezas de ajedrez. Cuando tomo la caja, Rodolfo me dice “Mire si van a estar ahí…” “Ah, no?”, respondo triunfante. ¡Ah, qué alegría tiene ese hombre! Se deshace en elogios, las mujeres somos tan inteligentes (él siempre lo dice), está en deuda conmigo, ya estaba por llorar, le he devuelto parte de su vida, etc. Y yo, en lugar de explicar que lo vi guardar las fotos ahí, disfruto las mieles de la admiración y el agradecimiento.
“Qué le puedo cobrar…”, canchereo.

Todos los días se aprende algo nuevo

Hoy aprendí que puede uno ser insultado, incluso lastimado con palabras destinadas a herir profundo, y sin embargo trascender el ego. “Pero, pero… ¡te acaba de decir tal cosa!”, dice el ego. Ajá. “No entendés (insiste), la situación es injusta“. Sí, sí… parece serlo, desde luego. “¿Cómo vas a pasar esto por alto, estás loca? ¡Te están faltando el respeto!” Ah, el respeto, qué palabreja. Quiénes son ellos para faltarme el respeto.

Si uno se distancia de la situación que está viviendo, si la observa como espectador, se vuelve casi indiferente. Desde luego va a haber un par de gritos, pero en el fondo aflora una ligera curiosidad. ¿Qué está pasando acá? Está pasando que todos nos sentimos excluídos por igual, por ejemplo. Entonces el otro, el enemigo, pasa a ser un compañero de hombros hundidos que viene de un mal viaje en tren.

Lo segundo que aprendí fue que no conviene etiquetar a la gente. Al Amigo uno le exige el oro y el moro, la palabra amistad está tan cargada de simbolismo que cualquier conducta errada se transforma en traición o puñalada trapera. Y cómo duele.
En cambio si esa conducta se da en un “compañero” (de laburo, de vida, lo que sea) es muchísimo más facil perdonar y dar vuelta la hoja.

Lo tercero fue que lo que duele tanto no es lo que nos “hacen”, sino nuestro propio corazón cerrado. Ese aislarnos voluntariamente. Qué ironía, solemos levantar muros para que no nos lastimen más.

La Marcha Peronista

El Hombre tiene una agenda de lo más apretada: facultad, charlas sobre salud, reuniones donde se abordan las problemáticas del barrio (por ejemplo la de la contaminación sonora y ambiental de las autopistas), etc. La reunión de ayer consistió en un plenario del Consejo Consultivo Comunal para aprobar las normas de funcionamiento del mismo. El Hombre integra la comisión redactora y antes de siquiera conocerlas ya le empezaron las críticas por correo electrónico. No es para cualquiera, la militancia.

En la reunión de anoche, me entero de mañana temprano, tanto el Frente para la Victoria como el PRO movilizaron a sus muchachos, grupos bastante diferentes uno de otro. Los del PRO -traídos de Mataderos, de las villas- totalmente ajenos al carácter de la reunión, muchos de ellos luciendo la camiseta de Chicago (lo mejor que tienen para salir, no para jugar a la pelota). En cambio en el grupo k había mucho pibe de la Cámpora, de clase media, haciendo sus primeros palotes en la política.

Uno que se iba dijo “Ya voté” y el puntero (gordo, grandote, recibiendo de manera permanente instrucciones por celular) le contestó “¿Cómo ya votaste? Si todavía no empezó…” “Uh, ¿me tengo que quedar?” “Sí, hasta que yo te diga, si no no te vamos a dar un carajo”. Tal parece que la cifra era de cuarenta pesos. Los grupos de apoyo eran de unos cincuenta hombres por bando, más algunas guasas gritonas que generaban un clima de ruptura. En el club había otras cuatrocientas personas, vecinos, gente común de distintos colores políticos que más o menos quería participar. Las explicaciones de los cuatro expositores fueron convincentes. Tanto, que el PRO apuntaba a que se rompa la reunión y quede en nada. Pero no es novedad -me aclaran- hace rato que viene saboteando el funcionamiento de la Comuna, tuvo que ser la justicia quien lo obligara a aplicar la Ley de Comunas (”…se entiende, es incómodo gobernar con alguien que te respira en la nuca”). No sólo el PRO, las anteriores gestiones “progres” también estiraban deliberadamente la puesta en marcha de las Comunas.

Una de las líderes del FPLV levantó aplausos cuando pidió “Moción de orden, que se pase a votar las normas por sí o por no”. El único trajeado entre la multitud se abalanzó al frente y manoteó un micrófono. “No, otra moción de orden, que se discuta artículo por artículo”. ¿Qué hizo entonces la gente? Empezó a gritar “No, no, queremos votar las normas”. La inmensa mayoría levantó la mano por sí y se dieron por aprobadas. Inmediatamente empezó la Marcha Peronista, a los gritos, a los saltos, con los puños elevados y haciendo la V de la victoria.
“…combatiendo al capital”, se cantaba en la cara misma de los gorilas. En medio del aplauso y el griterío de alguno que se quiso oponer, se apagó la luz y ahí terminó todo.
La liturgia por sobre la razón.

Y yo todo finoli -dice el Hombre- hablando del proceso de amplitud en la elaboración, de cómo nos despojamos de nuestros preconceptos y arribamos a consensos, de cómo adoptamos la sinergia, de la disposición espiritual a la escucha del otro…

Me hace reir. Se va a la cocina y vuelve con gesto preocupado: “Ya la Madre Patria está tomando represalias”. Lo miro ansiosa.
-Y ahora qué, qué pasa.
-Nos mandan a Julio Iglesias.

“Se ha suprimido bien y a largo plazo”

En El fin del sexo y otras mentiras, María Moreno escribe difícil. Su libro obliga a repensar, a detenerse, a buscar en la memoria.

“No entiendo casi nada, pero lo poco que entiendo es una maravilla”, le digo a Rodolfo. Me la vendió a veinte pesos, una mañana de aburrimiento pleno. “Es un buen libro”, recomienda siempre que alguien levanta uno (cualquiera) de su puesto. Esta vez es cierto. Y lo que sigue me parece de una actualidad absoluta.

La tortura como pornografía

Sobre héroes y tumbas no parece estar todo dicho. Al menos para la publicidad cuyo slogan es: ¿Quién da más? Y el quién da más corre hoy por dos vertientes de horrorosa asimetría: la del llamado “destape” y la de los insistentes relatos de torturas y asesinatos a manos de los cabecillas galoneados del Proceso.

Como si la carrera fuera entre el destape de una nalga y el de la tumba de un tal N.N. Y los efectos, claro, son semejantes. El mirón de sexo en figuritas que busca un suculento relato sexual, una escena inédita que lo lleve al paroxismo de placer pero sin el escozor de la culpa, una mujer que se le ofrezca como una res viviente -pero sin verba-, una tensión incontrolable pero sin el riesgo papelonero de la eyaculación precoz, termina anestesiado por una interminable cadena de trastes y de tetas gemelas, hastiado de un relato sexual que se opone precisamente al relato (empieza y termina con el final: una mujer desnuda y dispuesta), vacunado contra el sexo con el sexo mismo.

Así, el progresista de voluntad que quiere pagar su sentimiento de culpa y lograr la purificación de su conciencia ciudadana informándose sobre el suplicio infligido a miles de personas en la clandestinidad o no tanto, durante la llamada guerra sucia (la de Malvinas parece haber pasado por la tintorería de la vocación de argentinidad) conseguirá insensibilizarse a través de la repetición incesante (el Marqués de Sade utilizaba el mismo anestésico) de vejámenes que incluyen, segun la ley de quién da más, el diálogo entre torturadores y torturados, una especie de cotidianeidad entre monstruosa y cordial y el flagelo del feto en el vientre de su madre.

Si el primer relato le resultó insoportable, el segundo revelará una retórica semejante y tranquilizadora y el tercero le permitirá juzgar variaciones, grados de intensidad, e incluso la habilidad del relator (generalmente la víctima) para conmover. El relato seguramente le hará dudar de la seriedad de su propio interés, lo alterará sobre sus supuestas “inclinaciones” (¿acaso puede diferenciar su ética de su morbosidad?)

Y está claro que tanto el mirón como el progresista de voluntad que trata de conocer los pormenores de la tragedia de su país obtienen dividendos semejantes. El mirón a quien dominaba un deseo inconfesable, que amenazaba con realizar su fantasía sin que él saliera de su fantasía misma y sin necesidad de franquear su soledad, ahora se ha liberado de él: está harto. Mientras que el honesto (en principio) lector de testimonios que pensaba acompañar al menos desde la conciencia un suplicio histórico del que le tocó ser excluído, se acopla a su relato. No sólo no sabe “acompañar” ese sufrimiento, termina por adaptarse a él.

Por supuesto que hay diferencia. Las representaciones sexuales están en todos nosotros, mientras que fue necesario el testimonio de los ex detenidos desaparecidos para lograr que nos representáramos una metodología militar que no se contentaba con juicios que incluían la pena de muerte, el exilio y el diezmo de una generación sino que reprimió los efectos de su política y de su moral, la separó de sus maestros, anuló sus discursos, proscribió sus libros, robó sus hijos. Testimonios que la prensa publicó menos con el ánimo ético que con ganas de dar el batacazo de ventas. El joven Fontevecchia, por ejemplo, se jacta de haber ganado más de un millón de dólares con las últimas ediciones de La Semana que incluyen la saga del torturador arrepentido pero poco, Carlos Alberto Pérez Vilariño. Y eso no es lo peor, sino que para la prensa el “Proceso” continúa.

No pensaba, y ahora tampoco piensa: se limita a vomitar en serie y repetidamente las imágenes que se tragó durante tantos años. Y no sólo eso; al empaquetar las actitudes de torturadores y torturados en burdas categorías patológicas oculta su sentido político, los alcances de su ideología. Porque los relatos del suplicio, a pesar de su evidente morbosidad, de su escándalo para los que sabíamos sin saber (la mejor manera de soportar), no dejan de ser los efectos de una política sobre la que aún no se ha reflexionado más allá de una catártica cacería de brujas (origen de complicidades que pensábamos imposibles en la época en que existían opiniones).

Se ha suprimido bien y a largo plazo; se aísla a la crítica y se premia a los que firmaron solicitadas, se ha olvidado cómo leer, se teme disentir a riesgo de ser tildado de fascista y golpista, se pide marihuana libre cuando aún nadie se anima a salir a la calle con un sombrero, el presente es el pasado (que no debe volver) o el futuro que hay que preservar del pasado, el patriotismo es exclusión y no pertenencia, el amor es un sentimiento pequeñoburgués que no sienta a la democracia -que siempre se agarra del sexo, tal vez porque el sexo es más reglamentable que el amor-, el arte no realista es percibido como un atentado a la evidencia del genocidio. Sobre todo esto habría que comenzar a hablar. Abandonar el espejismo de que la insistencia coincide con la verdad: “aparición con vida” es más una consigna política que una posibilidad “real”, del mismo modo en que la carrera por obtener el testimonio más crudo no es un aliciente a la conciencia colectiva sino un gesto de mayor anonimato para las víctimas que, si antes tenían un cuerpo sin nombre, ahora constituyen un inmenso cuerpo flagelado, intimidado, hecho pedazos en una “literatura” periodística que intenta reemplazar la reflexión por el susto. Si hay cuerpos que ya no tendrán correspondencia con un nombre, rebautizarlos sería comenzar a nombrar su “proceso” más allá de las medidas de la ley de la sagrada obsecuencia a los hechos, a la que la prensa dice someterse.

1984

Sobrevivir

La inocencia

“Estoy endureciendo mi corazón y construyendo defensas. Pienso no dejar una abertura, ni siquiera para que crezca una plantita de violetas. Dame un corazón duro, señor, señor endurece mi corazón”. Katherine Mansfield

La consigna, la que mando al aire, parece ser “Yo no jodo a nadie, a mí no me jodan”. Es así que contesto con monosílabos y respondo con seriedad a los saludos. Un muchacho alto, sonriente y de anteojos negros se me acerca casi festivamente. “¿Ya tan temprano, señora?” No respondo nada, sólo le echo una ojeada. Se ve obligado a repetirse “¿Ya tan temprano?” ¿Y no me ves, no me ves acaso, acá temprano? Al que madruga Dios lo ayuda, insiste. Así dicen, respondo como un hombre de campo. No sé lo que quiere pero no pierde la sonrisa. “Que tenga un buen día, señora”, dice antes de cruzar la calle.
¿Cuándo me volví tan seca? Se me llenan los ojos de lágrimas.

A media mañana se acerca otro pibe, me dice que soy hermosa y extiende la mano, con desconfianza le entrego la mía, laxa como un pescado. Le hago acordar a la mamá (¿soy alemana?), sólo que ella no tenía rulos. ¿Quiero comprarle una revista? Todavía no vendí, me excuso mirando las Hecho en Buenos Aires que carga en el brazo. Me mira fijo con ojos verdes y sonrientes. De pelo corto y gorra con visera, podría haber pertenecido a la juventud hitleriana, tranquilamente. Es un momento incómodo. “¿Me regalás algo, así lo llevo de recuerdo?” Uh, es de esos. Miro mi paño y contesto “Es que está todo para la venta…” No parece molesto, me da un beso y dice “Te quiero mucho”. En cuestión de nada desaparece doblando la esquina, miro a mi alrededor como buscando testigos, pero cada uno está en lo suyo. Qué raro, me ha dejado una sensación de calorcito en el pecho. Será su inocencia.

La puesta en escena

Tengo que comprar un mantel, para usar de paño. Ya probé yendo a San Juan y Jujuy, pero sólo venden al por mayor. No quiero caer en mi blanquería de siempre, el hombre es un experto en ventas y va a encajarme algo, estoy segura. Así que sigo de largo, pero tampoco tengo suerte en el local siguiente. Resignada, vuelvo sobre mis pasos y enfrento lo inevitable (no olvido la vez que me encontré en el colectivo con un cubrecamas lila, cuando lo que buscaba era un azul naval).

-Hola, busco un mantel liso…
-Cómo no, tenemos diez colores, cual busca.
-Y… uno clarito. No es para usar de mantel, sino como paño de feria.

“Por favor traeme un mantel antimanchas color blanco…”, dice el vendedor usando un handy. Atras mío entra otra señora que busca un cubrecamas color chocolate y algunas fundas a tono. “Y un cubrecamas Cacharel, chocolate, con las fundas a tono”. Camina hasta el fondo del local atestado de mercadería y yo aprovecho para decirle a la señora que me da miedo entrar a este negocio, que el hombre (¿armenio, turco?) es tan buen vendedor que nunca me voy con las manos vacías. La señora se ríe. “Más le digo -se me ocurre ahora- yo creo que en el depósito no hay nadie, hace años que vengo y nunca vi a nadie más”. No le puedo creer, parece de cuento, se asombra la señora. Nos callamos las dos, sonrientes, el vendedor está de vuelta. Con mirada huidiza, la de un ciego que sabe dónde está cada cosa, dice con voz monótona: “Aquí tiene, cubrecama chocolate con las fundas a juego”. Los expone donde lo hace siempre, a un costado, y se aleja unos pasos como quien contempla un cuadro. “Queda fino, sí, me gusta”, dice la señora. “Queda fino, no?”, me consulta. Coincido en que queda fino y paga convencida. Apenas alcanzo a pensar que me han puenteado (Cacharel merece una mayor atención) cuando me venden el mantel blanco (tiene prestancia) y el durazno también. Estiro el cuello para ver si detecto al hombre del depósito. No, no veo a nadie ni creo que lo haya. Me voy masticando los dos caramelos que el vendedor entrega siempre, con cada vuelto.

La voz

Viajo parada detrás de una pelirroja de pelo lacio. El pelo está sujeto por una hebilla de plástico rojo y se ve muy seco. Si fuese mi amiga le diría que se haga un baño de crema o, mejor, derivaría la conversación diciendo que necesito cortarme las puntas. Eso, más sutil. Muy quemado, este pelo, casi parece peluca. ES una peluca, en la nuca descubro el pelo negro. Un travesti, claro. Sólo puedo ver un aro colgante de perla, hasta que gira la cabeza. Los pómulos son salientes, tiene sus propias cejas depiladas a cero y luce por encima del arco unas pigmentadas, negras, casi tan exageradas como las de Pamela Anderson. Pobre tipo. Me sorprende que viaje parado, con sus bultos sobre el asiento que da al pasillo, tal vez de esa forma evite las miradas. Las manos son grandes, de uñas cortas y rojas, con el esmalte saltado; de tanto en tanto se abanica con un papel que lee una y otra vez. Pregunta por una calle y me sorprende la voz. No es la voz de un hombre que pretende ser mujer, es la voz de una mujer. Suave, queda, educada, musical. Ni siquiera la enronquece cuando se pasa de largo y me pide con urgencia que toque el timbre por ella.

El deleite

“¡Ah, justo!”, dice el Hombre viéndome entrar. Justo qué, pienso arrastrando la valija. Siempre llego así, cansada, cansada, cansada. La idea es hacer un poco de bici, ducharme y lavarme el pelo. “Si salimos ahora, ya, llegamos a tiempo a un concierto…” “Pero esas cosas ud las tiene que avisar, me tengo que duchar…” “Le va a gustar, venga así como está”. Son las 7:10, el concierto es a las 8. “Traté de avisarle al celular, pero no me contestaba”. Qué puedo hacer, me lavo los pies, cambio de sandalias, busco una blusa limpia y elijo unos aros llamativos que termino poniéndome en el ascensor. Ya en el auto me entero que el concierto corresponde al Ciclo Música en el Salón Blanco, el primero del 2012, el Hombre escuchó la invitación por radio y mandó nuestros datos a la Casa de Gobierno. Revuelvo en mi cartera (hermosa, de playa) y encuentro un brillo que no hace juego ni de lejos con el tono ladrillo de mi atuendo campestre.

El auto nos acerca a la estación del subte, me acuerdo de esa mala costumbre nuestra de viajar en los primeros vagones porque ciertamente vamos en el primero. Y qué lindo es, qué bueno sería remodelarlo. “Mire la motorman”, dice el Hombre al bajarnos. Casi no puedo, vamos a la carrera.

Qué pensaría el General de esta Casa Fucsia. Enfrente, el Banco Nación luce sus luces azules. Nena, nene. Alguien ha pintado la cara de Néstor en la calle, mirando hacia la plaza. Mi cartera (de yute, con un enorme botón de coco) queda atascada en la cortina de flecos del detector de metales, la rescato dejando atrás a una familia de nueve personas demoradas por un celular. Avanzamos tan deprisa que no puedo ver nada, apenas tengo conciencia de la escalera de mármol y las garras de bronce de un animal en la base de un enorme macetero (aquello es el Patio de las Palmeras, colijo).
Así que éste es el Salón Blanco, relojeo al fin sentada. “Es un estilo”, dice el Hombre adivinando mi pensamiento. Una gran torta de bodas, un exceso de dorado (¿no es más discreto el dorado a la hoja, no contiene más negro?), en cada costado dos inmensos gobelinos desteñidos y el escudo al frente flanqueado por dos ángeles… doradísimos. El escudo me gusta, será porque el oro luce más antiguo. Justo debajo, el busto blanco de la República. Un buen lugar para entrar taconeando. Los camarógrafos enfocan no se sabe qué, espero que no mi cara con anteojos y aros llamativos. Una señora amable y sonriente (”¿Quieren sentarse más cerca?”) reubica a una pareja situada detrás de nosotros. ¡Hey, pstt, aquí!

Facundo Ramírez entra en escena con Fabián Leandro, piano y guitarra respectivamente. Es imposible no sentir inmediata simpatía por ambos. Facundo con un aire a Leonardo Favio, de gorro y bufanda (después reconocerá que sólo a él se le ocurre, con 24°) y Fabián con un traje deslucido y sin corbata. Qué bello, pero qué bello. Con un estilo más moderno que el de Ariel Ramírez, su hijo toca con sentimiento y excelente técnica. Por momentos parece sacar con delicadeza pelusas del piano prestado por Sadaic, un Steinway & sons. El Subsecretario General de la Presidencia, Gustavo López (un radical k, me cuchichea el Hombre en voz más que audible), le hace entrega de una caja azul conteniendo una réplica de la República. Facundo la gira para mostrarla. Es dorada.

A medio concierto, Facundo Ramírez presenta a un hombre entre el público, “…un poeta homenajeando a otro poeta”, y canta su canción dedicada a Pablo Neruda. Miro la cara del hombre ubicado en nuestra misma fila, tiene los ojos húmedos. Claudio Sosa se arrima a cantar una zamba y luego Juana Azurduy. Es inevitable recordar a la Negra y su vozarrón profundo. El español no pasará. No soy combativa, pero estoy con ella. Con ella y ese piano y esa guitarra y con, como dice Facundo, poder estar dentro de la Casa de Gobierno; a la cual durante tantas décadas miramos de afuera.

Gente de buen pasar… toma mate, va a conciertos.

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ERSA

Dejo pasar un 113 cartel amarillo, viene hasta las manos. Pero al siguiente lo tomo, sólo para constatar que la ley de Murphy se cumple inexorablemente, por detrás pasa otro semi vacío. Ooole… La señora que sube detrás mío no se decide. Vamos viejo, bajemos, el viejo le dice que no, que se quede. Otra señora de remera verde sube tras ellos, la primera se lo cuestiona, señora bájese, ¿no ve que no se puede cerrar la puerta? A ver si se corren un paso, un solo paso y entramos todos, pide el chofer. Y adónde quiere que me corra si hay una mochila en el pasillo. Y dónde quiere que pongan la mochila, señora. Qué parte no entendés, se encrespa la mujer de la cual no distingo ni el pelo, decile al de la mochila que no joda. Yo creo que si sube con una mochila no es para joder sino porque necesita llevarla, responde el chofer. Bien ahí, le digo pulgar arriba (pienso en mi valija los días de feria). Aparte yo nunca vi que alguien jodiera con una mochila, qué hace, ¿la revolea en el carnaval carioca? Alguien suelta una risita. Qué-parte-no-entendés, subraya irritada la mujer invisible, se escucha la misma risita tras ella. Entiendo todas las partes, ud debería hablarle mejor a la gente, dónde quiere que ponga la mochila, ¿sobre la cabeza del que va sentado? El viejo pide dos boletos, con la Sube. Tiene que apoyarla de nuevo, es un boleto por persona, ud debe usar la suya y su señora otra. Qué didáctico que sos -ironiza el viejo- no se te escapa una, sabes de todo vos. Dígaselo a Cristina que este tema es suyo, Cristina no viaja ni en colectivo, ni en tren, ni en subte. Una linda morocha asiente. Está muy bien que sea didáctico, salto yo en su defensa, hay choferes que ni siquiera contestan. El chofer agradece con la mirada y se desahoga: si el subte va lleno sigue de largo y vaya ud a cantarle a Gardel, con un peso veinte no compra ni una factura y aquí viaja de una punta a la otra de la ciudad. No habría que quejarse tanto, cuánto le cobra un taxista nomás por dejarla sentarse, yo digo no hay proporción. Miro fascinada una cartera con tachitas y agujeros, ya la estoy trasladando a un diseño de aros. La dueña es la morocha, muy pegada al asiento del chofer, será la novia? La mujer del viejo rezonga, no puede imaginarse que el marido no pueda sacarle el boleto, por más que ella tenga la Sube. El chofer le pide al viejo que se corra un poco que no ve el espejo. El viejo pierde la compostura y responde dónde carajo querés que me ponga no ves que esta mujer se quiere bajar. Siéntese abuelo, invita la mujer que se quiere bajar, sólo para empeorar la cosa. Sí, sí, pero bájese ud primero. Una tachita, un agujero, un agujerito, memorizo con la vista fija en la cartera de la novia que no es tal y se baja en Plaza Flores sin despedirse. Podés parar por favor, pide de mala manera una chica de negro. Sí, responde el chofer, pero si no me decís parada yo sigo de largo. Nervocalm, intervengo yo, así decía Quino. Después uno choca y sale en los diarios, se queja el chofer. Yo quisiera ver a un juez, a un fiscal, a un policía manejando en la hora pico, sin ver nada, con la gente ladrándole. Permiso, pide una señora que me aplasta con su humanidad contra los fierros del segundo asiento. No puedo más que esto señora, me está aplastando. Es que si no con el bastón me caigo, pierdo el equilibrio. Sólo tengo ojos para sus aros, que cosa tan bonita, negros (¿azabaches?), antiguos. La mujer hunde su bastón en mi pie izquierdo y se tambalea, la tomo del hombro para enderezarla. Arrimame al cordón, por favor, pide la señora. Y después de una pausa: si podés. Gracias, muy amable. En la vereda parece recomponer la dignidad perdida.

En tiempos de mi secundario, teníamos una materia llamada ERSA, Estudio de la Realidad Social Argentina. Con viajar alcanza.

Ella

Estoy en el Banco. Lleno de jubilados, el Banco. Mucho saquito tejido, mucho bastón, mucho aro barato. Tengo doscientos números delante del mío. Demoro una eternidad en conseguir asiento y cuando lo hago, cierro los ojos. Miércoles, qué cacofonía. Que mi hijo tal cosa, que mi nieta tal otra, que el club, que los remedios, que mi marido, que el médico. Todo junto, todo mezclado. Parece ser que el sistema se cae o sólo atienden por la caja 9, el tema es que los jubilados de adelante comienzan a aplaudir. Aplaudo con ellos, lo que sea que les moleste, me molesta a mí también. Una señora de bastón, pelo gris y razgos afilados se da vuelta y me increpa: “Nosotros aplaudimos hace un rato y ud no, ¿ahora aplaude?” “No entiendo qué me dice” le digo con maldad y mirada fría, para que repita. Que nosotros aplaudimos, etc, etc. “¿Por qué está tan pendiente de lo que hace alguien a sus espaldas?” Pobre vieja, lo único que falta es que me peleé.

Ahora ingresa ella. Corte príncipe valiente en un pelo absolutamente blanco y aire a Marta Minujín. Saquito negro, pero corto y al cuerpo, minifalda de jean con tachas en los bolsillos y sandalias negras con plataformas. Genial, me encanta. El primer pensamiento es “Por Dios, no tiene edad para ponerse esa pollera…” El segundo es “…pero tiene buenas piernas.” El tercero “¿Y por qué no?”
Una mujer que no se tiñe y luce su pelo blanco y brillante, libre de cualquier daño químico. Una mujer que se sabe sana y usa lo que la favorece.

Alrededor se murmura: “Siempre viene así…”, “Quiere lucir las piernas, jiji…” La que así se expresa usa anteojos enormes de mosca y tiene todo el pelo teñido de caoba menos en el nacimiento, que luce rosa y peinado con gel. “Si yo tuviese esas piernas también andaría en minifalda, bien por ella!” La mujer me mira, no le queda otra que asentir.

De repente tengo ganas de que entre un viejo en patineta y sacuda un poco el aire y los pensamientos.