La inocencia
“Estoy endureciendo mi corazón y construyendo defensas. Pienso no dejar una abertura, ni siquiera para que crezca una plantita de violetas. Dame un corazón duro, señor, señor endurece mi corazón”. Katherine Mansfield
La consigna, la que mando al aire, parece ser “Yo no jodo a nadie, a mí no me jodan”. Es así que contesto con monosílabos y respondo con seriedad a los saludos. Un muchacho alto, sonriente y de anteojos negros se me acerca casi festivamente. “¿Ya tan temprano, señora?” No respondo nada, sólo le echo una ojeada. Se ve obligado a repetirse “¿Ya tan temprano?” ¿Y no me ves, no me ves acaso, acá temprano? Al que madruga Dios lo ayuda, insiste. Así dicen, respondo como un hombre de campo. No sé lo que quiere pero no pierde la sonrisa. “Que tenga un buen día, señora”, dice antes de cruzar la calle.
¿Cuándo me volví tan seca? Se me llenan los ojos de lágrimas.
A media mañana se acerca otro pibe, me dice que soy hermosa y extiende la mano, con desconfianza le entrego la mía, laxa como un pescado. Le hago acordar a la mamá (¿soy alemana?), sólo que ella no tenía rulos. ¿Quiero comprarle una revista? Todavía no vendí, me excuso mirando las Hecho en Buenos Aires que carga en el brazo. Me mira fijo con ojos verdes y sonrientes. De pelo corto y gorra con visera, podría haber pertenecido a la juventud hitleriana, tranquilamente. Es un momento incómodo. “¿Me regalás algo, así lo llevo de recuerdo?” Uh, es de esos. Miro mi paño y contesto “Es que está todo para la venta…” No parece molesto, me da un beso y dice “Te quiero mucho”. En cuestión de nada desaparece doblando la esquina, miro a mi alrededor como buscando testigos, pero cada uno está en lo suyo. Qué raro, me ha dejado una sensación de calorcito en el pecho. Será su inocencia.
La puesta en escena
Tengo que comprar un mantel, para usar de paño. Ya probé yendo a San Juan y Jujuy, pero sólo venden al por mayor. No quiero caer en mi blanquería de siempre, el hombre es un experto en ventas y va a encajarme algo, estoy segura. Así que sigo de largo, pero tampoco tengo suerte en el local siguiente. Resignada, vuelvo sobre mis pasos y enfrento lo inevitable (no olvido la vez que me encontré en el colectivo con un cubrecamas lila, cuando lo que buscaba era un azul naval).
-Hola, busco un mantel liso…
-Cómo no, tenemos diez colores, cual busca.
-Y… uno clarito. No es para usar de mantel, sino como paño de feria.
“Por favor traeme un mantel antimanchas color blanco…”, dice el vendedor usando un handy. Atras mío entra otra señora que busca un cubrecamas color chocolate y algunas fundas a tono. “Y un cubrecamas Cacharel, chocolate, con las fundas a tono”. Camina hasta el fondo del local atestado de mercadería y yo aprovecho para decirle a la señora que me da miedo entrar a este negocio, que el hombre (¿armenio, turco?) es tan buen vendedor que nunca me voy con las manos vacías. La señora se ríe. “Más le digo -se me ocurre ahora- yo creo que en el depósito no hay nadie, hace años que vengo y nunca vi a nadie más”. No le puedo creer, parece de cuento, se asombra la señora. Nos callamos las dos, sonrientes, el vendedor está de vuelta. Con mirada huidiza, la de un ciego que sabe dónde está cada cosa, dice con voz monótona: “Aquí tiene, cubrecama chocolate con las fundas a juego”. Los expone donde lo hace siempre, a un costado, y se aleja unos pasos como quien contempla un cuadro. “Queda fino, sí, me gusta”, dice la señora. “Queda fino, no?”, me consulta. Coincido en que queda fino y paga convencida. Apenas alcanzo a pensar que me han puenteado (Cacharel merece una mayor atención) cuando me venden el mantel blanco (tiene prestancia) y el durazno también. Estiro el cuello para ver si detecto al hombre del depósito. No, no veo a nadie ni creo que lo haya. Me voy masticando los dos caramelos que el vendedor entrega siempre, con cada vuelto.
La voz
Viajo parada detrás de una pelirroja de pelo lacio. El pelo está sujeto por una hebilla de plástico rojo y se ve muy seco. Si fuese mi amiga le diría que se haga un baño de crema o, mejor, derivaría la conversación diciendo que necesito cortarme las puntas. Eso, más sutil. Muy quemado, este pelo, casi parece peluca. ES una peluca, en la nuca descubro el pelo negro. Un travesti, claro. Sólo puedo ver un aro colgante de perla, hasta que gira la cabeza. Los pómulos son salientes, tiene sus propias cejas depiladas a cero y luce por encima del arco unas pigmentadas, negras, casi tan exageradas como las de Pamela Anderson. Pobre tipo. Me sorprende que viaje parado, con sus bultos sobre el asiento que da al pasillo, tal vez de esa forma evite las miradas. Las manos son grandes, de uñas cortas y rojas, con el esmalte saltado; de tanto en tanto se abanica con un papel que lee una y otra vez. Pregunta por una calle y me sorprende la voz. No es la voz de un hombre que pretende ser mujer, es la voz de una mujer. Suave, queda, educada, musical. Ni siquiera la enronquece cuando se pasa de largo y me pide con urgencia que toque el timbre por ella.