Al maestro con cariño
Alguna vez, hace ya muchos años, recibí mis títulos de Magisterio Normal Superior y Profesorado en Educación Preescolar. Así se llamaban las carreras, que duraban dos años la primera y otro año más, sumado a un cuatrimestre de prácticas, la segunda. En aquel tiempo las maestras ganaban tan poco que hacían dedo en la ruta, para ahorrarse el precio del pasaje.
¿Trabajábamos cuatro horas? En rigor a la verdad, muchas más. Porque había que preparar la planificación (con letra minúscula, en grandes hojas cuadriculadas que se plegaban dentro de las carpetas) y el material. Se llamaba así a los recursos con los que volvíamos la clase más didáctica y entretenida. El uso del material era obligatorio. Las cartulinas, fibras, papel glacé, papel barrilete, témperas, diapositivas… todo lo pagábamos de nuestro bolsillo.
Ibamos además a reuniones de padres, y asistíamos a cursos de perfeccionamiento. Había muy pocos varones estudiando magisterio, tal vez porque se ganaba tan poco.
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Gabriel Michi, en su programa de radio Diapositivas, mencionó que la revista Parlamentario dio a conocer el desempeño de los legisladores durante el 2011. Allí figura que Carlos Menem pronunció seis palabras en todo el año: “Sí, juro” y “¿En qué época fue?”
A nadie escapa que el ex mandatario cuenta con oficinas a su disposición, asesores, autos, choferes, viajes en avión, gastos de representación (cuyos montos suelen ser un misterio no develado) y unos 40.000$ de sueldo, ahora que se aumentaron la dieta al doble. Ahora que se aumentaron la dieta al doble, no está de más repetirlo. Además de su jubilación de privilegio, claro.
Los maestros -privilegiados también, y amigos de pegar el faltazo- andan discutiendo una diferencia de 200$ para llegar a un sueldo de 3.000. Un maletero de Aerolíneas que recién empieza gana 11.000 y un barrendero, de 8.000 a 10.000$
No conozco a ningún maestro enriquecido con la docencia, no en el sentido material, al menos. Sí a muchos políticos que se han vuelto multimillonarios durante el ejercicio de la función pública.
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En la provincia de Misiones los tareferos, cosechadores y recolectores de yerba mate, se niegan a recoger la cosecha.
Por ley la tonelada, leyó bien la tonelada ,debería pagarse $170 pesos, es decir de por sí una miseria si tomamos en cuenta el precio del producto final en la góndola del supermercado. Ahora bien , los intermediarios (cuándo no) pretenden pagarles veinte centavos!!!!!!!!!
Ellos dicen que se reconocen pobres pero no esclavos y prefieren perder la cosecha pero no su dignidad.
Otro ejemplo de explotación para la colección nacional.
Paciencia Maia!?