Llegar a la oficina
“Estoy preocupado…”, le dice el linyera a Diógenes, mientras lee el diario. “Temo sentir que las cosas han mejorado cuando en realidad han desmejorado. O tal vez sea al revés… siento que las cosas han empeorado pero en el fondo han mejorado. No. Es peor… creo que no puedo saber si las cosas han empeorado o mejorado”.
“Y eso no es nada…”, piensa Diógenes entornando los ojos. “Yo creo que me estoy volviendo loco y a lo mejor me estoy volviendo cuerdo…”
Tabaré me arranca la primera risa de la mañana. El segundo que me sube el ánimo es un turista norteamericano que ingresa muy dicharachero al bar. “¡Good morning, how are you! A capuchino, please”. Se sienta y bailotea en su silla la canción que se escucha. Qué lindo empezar el día así. De lejos nomás, veo el brillo de su cadena de oro. Gruesa, una señora cadena. Así que cuando me voy le chapuceo en spanglish para que se la quite. Oh, pero si su hotel está aquí cerquita, a sólo dos pasos. No importa, le digo seria. Su tono de voz es un poco menos alegre cuando me dice que “¡Buenos Aires is a wonderful city!”, además de ”I like your hair” (un dulce, está hecho un nido). Pero tenía que avisarle. La plaza está muy rockeada, como dice una compañera los días feriados. Eso significa botellas y más botellas por todas partes, además de borrachos tirados durmiendo la mona. Imagino al turista caminando entre los vagos con esa cadena puesta.
Me armo de paciencia y usando una bolsa de nylon como guante empiezo a juntar vidrios rotos, es imposible trabajar en estas condiciones. Al rato cae Ricky y sintoniza en su radio la Rock & Pop, a todo volumen. Le pateo el tacho que usa de asiento. “Ricky, no empieces”. “No me jodas, vieja”. Ricky planea viajar en su bicicleta, un cachivache de manubrio alto, hasta Mendoza. Atrás arrastra un carro con su mercadería, ahora además le agregó un compartimento para llevarse al perro. “Poné música clásica”. La mirada que me dirige es torva. “Poné Del Plata o América, así nos enteramos de algo”. Nada, ni bola. La Negra Vernaci dice no sé qué cosa de mover el ojete. Les hago señas a dos policías en la esquina, para que se lo lleven por ruidos molestos.
Ricky me saca el diario, pero sólo para darle una pispeada; él se informa a la noche, con el noticiero. “El noticiero no te informa”, recito por enésima vez. Y le comento sobre el muchacho que saltó del tren en Once, antes que chocase. “Qué loco, no? Cómo no se le ocurrió quedarse ahí, ayudar, qué sé yo… Bah, uno dice así, pero andá a saber cómo reaccionás en ese momento…” Ricky dobla alambre, está armando un brazalete. “Lo que me llama la atención es que el pibe se fue a la oficina, para qué, decime, si igual no pudo laburar. Acá dice que llamó a la madre, a la novia y… pará qué lo busco… al gerente”. Ricky me explica que así andamos de alienados, que la gente tiene miedo de perder su trabajo, que seguramente lo único que ese pibe tenía en mente era llegar a la oficina, como fuera.
“¿Pero qué tiene que pasar para que uno se permita faltar al laburo? Se te viene un tren encima… ¡y vas igual!” Ricky asiente. Está bueno el tema que escuchamos ahora.
-¿Eso que es?
-Riff.
-Te voy a extrañar cuando te vayas.
-Ya sé, soy un mal necesario.
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