Minería a cielo abierto

Que sí, que no, que no es tan grave. Que incurro en imprecisiones y exageraciones. Es verdad, a veces la memoria me traiciona. No es preciso volar cuatro toneladas de roca para extraer un gramo de oro, sólo una y media.

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Reflejada

De vez en cuando compro Barcelona. Pucha que son ácidos. Pero que me hacen reir, me hacen reir. Siempre primero donde me veo reflejada.

 

Ahora los manteros exigen que el gobierno porteño “levante a los transeúntes que pisotean la mercancía” y reclaman que Florida sea “la primera peatonal libre de peatones”

Luego de fallidos intentos policiales por expulsar, a pedido de comerciantes y peatones, a los ex vendedores ambulantes devenidos en sedentarios usurpadores de baldosas conocidos como manteros, la situación parece agravarse en la peatonal Florida, en pleno microcentro porteño. “Sólo queremos que nos dejen trabajar, porque el espacio público es de todos y brinda excelentes oportunidades para ganar dinero sin pagar impuestos a quienes madrugamos y nos plantamos acá”, explican los emprendedores de mantas llevar, e instalar. “Los peatones nos pisotean la mercadería, o nos interrumpen nuestro trabajo con excusas estúpidas como querer usar la vereda para caminar, necesitar acceder a un teléfono público o a un tacho de basura”, se quejan los manteros. Y alzan su voz: “Exigimos que el Gobierno de la Ciudad se ponga los pantalones de una vez y raje a la mierda de Florida a todos los cadetes, oficinistas y demás peatones porteños que, con su paso apresurado, nos espantan a los turistas gringos”.

Quieren liberar la zona para sanear el medio ambiente

LEVANTAN 10 MIL PUESTOS DE LA FERIA PARALELA DE LA SALADA Y YA HAY POLEMICA ENTRE LOS VENDEDORES QUE OFRECEN PRODUCTOS TRUCHOS Y LOS QUE OFRECEN PRODUCTOS RE-TRUCHOS

La decisión judicial de levantar 10 mil puestos de la feria La Saladita -un aguantadero comercial situado junto al de La Salada- no hizo más que avivar la polémica entre los comerciantes de la zona. Si bien la razón del operativo fue liberar el lugar en función del saneamiento del Riachuelo, muchos puesteros interpretaron que los echaban porque ofrecían mercadería cuestionable o como dijo, con crudeza, un conocedor del asunto, “más trucha que la mierda”. “Estos logis nos sacan de acá porque piensan que, a diferencia de La Salada, que tendría todo en regla, nosotros vendemos productos informales, lo cual es mentira total; si no me creen pueden llamar y preguntar en Abidas, Naik, Deportto, Chemean, Rangler o cualquier otra de las empresas que nos proveen”, exclama, blandiendo un palo, uno de los vendedores. En las líneas que siguen, todas las especulaciones y los debates en torno del asunto.

El ambiente está caldeado en el sector de Lomas de Zamora donde funciona La Salada y su ya disuelta hermana menor la Saladita. Los vendedores de uno y otro complejo se han cruzado acusaciones de todo tipo y hasta se han amenazado con botellas rotas y piedras. “Esto es un atropello”, clama Pedro Barrera, que comerciaba zapatillas, armas caseras y drogas duras artesanales. “Hay miles de familias que viven de esto y ahora se verán obligadas, para subsistir, a caer en el delito y la ilegalidad“, agrega mientras dispara tiros al aire.

Saneamiento

Para los funcionarios vinculados con el operativo, la limpieza del Riachuelo es un objetivo que amerita el desalojo. “Este es el primer paso para poder tener un río cristalino, algo que lograremos pronto”, afirma, arqueado por la risa, uno de ellos.

ENCUESTA

¿Usted prefiere comprar indumentaria legal confeccionada por mano de obra esclava en China o prefiere adquirir productos truchos confeccionados por mano de obra esclava en la Argentina?

Comprender un idioma

Hace mucho, mucho tiempo, tuve un novio que viajó a Brasil con sus amigos. Yo muy contenta no estaba, pero juró y perjuró que sólo iba a disfrutar de las playas. Eso y la charla con una amiga, me convencieron de dar mi bendición.

Mi novio (al menos quien yo creía mi novio) envió una postal donde escribió que habían escuchado un tema del Flaco, más específicamente Los libros de la buena memoria. “Estuviste con nosotros esa noche”. Ah, cómo leí y releí su frase. Lo esperé y lo esperé. Cuando volvió mencionó varias veces la piel de las mulatas, todo el tiempo con la piel que tienen las mulatas, etc. Mostró fotos y todo, ay. Me enteré con el tiempo que había andado con cuanta mina se le cruzó por el camino… negra, mulata y no tanto.

Tal vez por eso nunca comprendí el portugués, era escucharlo y cerrarme. Pero la vida da revancha: me regaló una sobrina brasilera, a quien tuve el gusto de visitar. A partir de ahí, el milagro. Días pasados le compré a Rodolfo, nuestro librero de Plaza Dorrego, un viejo CD con temas de Vinicius.

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La soledad

 

El Hombre explica que existen empresas dedicadas a comprar y vender papel. En ese papel deben escribir algo. Algo que atrape, una historia a seguir, como el “Continuará…” de las historietas. Por eso cuando leo el diario, muchas veces me dice “No se enganche”.

Pero esta vez me cuesta. Ayer me decía Nora, en la feria, que en Alemania se supo de un hombre que había fallecido cinco años atrás. Su madre pagaba todos los gastos del departamento que ocupaba, pero como no se hablaban, pasó todo ese tiempo sin saber nada de él. Lo encontraron con la televisión encendida y el diario de aquel día sobre la mesa. ¡Cinco años! Parece que uno existe en tanto y en cuanto pague sus cuentas. El hecho puso sobre el tapete el tema de la soledad en las grandes ciudades.
Y la polémica: respetamos tanto (pero tanto) la intimidad del otro, que lo nuestro roza la indiferencia.

En esta era de celulares, blogs, facebook, twitter y la mar en coche, ¿sabemos siquiera cómo se llama el vecino al otro lado del pasillo?

Epuyén, plegaria por el azul

Leo sobre los incendios en Chubut. El Hoyo, vaya a saber dónde queda eso, mientras no esté cerca de Epuyén… Parece que sí, la palabra Epuyén salta del diario a mis ojos. Tengo parientes allá, una tía que emigró de Alemania. No conozco la zona, salvo por las fotos más maravillosas del mundo, las saca mi tía con una Kodak del año de la castañuela: árboles de hojas amarillas, ovejas, un caballo blanco, la chacra, los chicos, los patos, los compañeros indios. Llamo enseguida a otra tía, para pedirle el número de teléfono. Está muy nerviosa, apenas si puede dormir con este tema, hay un cerro en llamas justo detrás de la casa de su hermana. Habló con una indiecita de allá, me cuenta, y la piba le dijo “Quédese tranquila, señora, cualquier cosa corremos” (”…viste como son, te transmiten esa paz…”) Está bueno, concluye, olvidarse un poco de uno y pensar en los demás.

Después de varias idas y venidas, consigo comunicarme con el Sur. Una de mis primas atiende enseguida. Tiene un marcado acento alemán, así y todo conduce un programa de radio de mucho rating. Su mamá también tiene acento.
“Aquí hay muchos focos, la situación es preocupante…” “¿Hay bomberos trabajando?” “Cuatrocientas personas, y aviones, pero los aviones no pueden volar cuando hay mucho humo”. Claro. “Todo el mundo ayuda”, dice mi tía buscando tranquilizarme (¡ella a mí!) “Me dijo Marta que están haciendo oraciones colectivas…” “Sí, ayer llovió un poquito, apenas unas gotas, estamos todos rezando para que caiga la lluvia, están también los mapuches con sus tambores…” Los mapuches. Acusados de terrorismo por, presuntamente, incendiar bosques en Chile. ¿Qué puedo decir? “Tía, me uno a los rezos, te mando un abrazo…”

Salgo a la calle, el aire ya es sofocante. Todo el mundo protesta por los 38º de temperatura anunciados. “Se esperan 45º de sensación térmica”, dice un señor. Extrañamente me siento fuerte, cómo no voy a poder hacer todo lo que tengo programado. Una señora en el colectivo se seca la frente con un pañuelo de papel, al rato intenta sin éxito abrir la ventanilla. El muchacho que viaja de pie al lado mío lo consigue. Lo miramos agradecidas, yo un tanto avergonzada, soy consciente del sudor en mi cara.

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Al hijo le puso Puma

Una artesana itinerante arma al lado mío, como de costumbre no recuerdo su nombre. Sí el de su perra, pero sólo porque la llaman de contínuo: Selva. Soy muy mala para los nombres, confundo a Mauricio con Gonzalo, a Alicia la llamo Marta, ni hablar si hay un Edgardo y un Eduardo. Al pobre Isidoro le digo Inodoro. Pero Mónica me conoce, ya sabe a quiénes me refiero aunque me equivoque. La artesana de quien les hablo tiene una pancita de alrededor de cuatro meses, Mónica me pregunta por lo bajo si está embarazada, para no meter la pata. Lo está, el futuro bebé se va a llamar Leónides. “¿Viste qué lindo nombre?”, opina Mónica. Acuerdo, tiene fuerza. “Obvio que lo van a llamar León, en realidad ella quería ponerle así, pero está tan quemado…”

Aquí empieza mi larga historia: “Sí, hay una modelo, cómo es que se llama… pucha, una lolita, que ahora está casada con un futbolista…” “¿Wanda Nara?” “No. Una, que se casó con un tipo muy churro, terribles ojos, y se mandaron un casamiento a todo trapo y a los tres meses se separaron”. Mónica no se da cuenta. “Pucha, che, el marido ahora se llama Escudero o algo así”. “¡Ah! ¡Cubero! Ya sé, una que tiene como veinte perros…” “Sí, Natalie… No, Geraldine Newman”. Nicole, claro.
“¿Bueno, qué pasa con ella?” “Ah, no, pará… no era ella, sino ésta otra, una rubia que andaba mostrando el culo…” Me río enseguida, dándome cuenta del absurdo. “Te digo que ese dato aclara bien poco, más bien oscurece -dice irónicamente Mónica- ¿alguna otra pista?” “Una actriz, la ex de Adrián Faena”, le digo, y me congratulo de no haber dicho Fabián Vena (en realidad no es Adrián sino Alan, pero qué importa). Mónica piensa, pobre, pero sigue sin saber. Entonces le doy la espalda, me levanto un poco el blusón y quiebro exageradamente la cadera. “Lo mostró así, en una fiesta, a los fotógrafos…” “¡Ahhh! Ya sé, sí… Leticia Brédice”. “Ella. Bueno, al hijo le puso Puma”. “¿Puma?” “Sí”. “Mirá vos”. Al rato empiezo a carcajearme sola. “Olvidate de todo lo que dije, no se llama Puma, sino Indio”. “Ay, Señor, veinte minutos hablando al cuete…” Me duele la panza de tanto reírme.

“…no te dejes confundir, busca el fondo y su razón, recuerda se ven las caras, pero nunca el corazón…”, canto encima de un tema que no es ese, pero tiene la misma base rítmica. “Cuando vos vivías en Puerto Rico, ¿se hablaba ya de Héctor Laboe?” “¿Quién?” “Hector Laboe, el que estamos escuchando”. “Yo pensé que era Pedro Guerra”, le digo pensando en Juan Luis Guerra. Ni uno ni otro. Lo confundo con Rubén Blades, Mónica entiende igual.

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A destierro

En el pasado, fue el destierro. Y en un principio, el Verbo. No es casual la asociación. Desterrar a un hombre, privarlo de la Palabra, era privarlo de la Creación Primera. No había castigo más temido, ni condena más dolorosa. Lejos de su lugar en el mundo, el hombre tropezaba de cansancio, solo. Seguramente la voz terminaba ahogada en la garganta, de tanto llamar en vano.

Los adolescentes temen a la exclusión, los ancianos también. Y las amas de casa, solas en sus hogares. Qué decir del hombre que piensa distinto. Habrá de cuidarse, tal vez pueda aventurar su opinión tímidamente. Pero si es de convicciones firmes y permanece en sus trece, a destierro. Hacerse fuerte en grupo conlleva sus ventajas, indudablemente. Se cierran filas ante la menor amenaza de los extraños, o al menos lo que se percibe como amenaza. Se ataca, lo cual constituye una reacción primaria ante el peligro. Eso está muy bien tratándose de hombres primitivos enfrentados al tigre dientes de sable. Pero caramba, se trata de un par, diciendo lo suyo. ¿Se lo escucha? ¿Hay lugar para la apertura? ¿O se vive bajo un dogma de certezas absolutas? Mientras tanto el paria vagará solo, hasta que otro (un otro) ocupe su lugar, para escarmiento de las buenas gentes.

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Multitalento

-¿Cómo te llamás?
-Mi nombre artístico es Verdú.

Nombre español. No es fácil, Verdú. Ya de entrada me cuestiona que si transcribo lo que otros dicen, el relato deja de ser real y pasa a ser una suerte de “teléfono descompuesto”. Empiezo a defenderme: “Mirá, si de algo me jacto es de citar…”, hasta que me doy cuenta que no tiene sentido, igual va a seguir pensando lo que quiera. El tema es que Verdú es todo un personaje. Hay algo auténtico en él, algo que me tira a escribir (por más que haga calor y me dé fiaca). Está sentado en el suelo con las piernas estiradas y los pies algo separados, tiene puestas sandalias fabricadas por él y está armando otras. Para eso trabaja con una soga envolviendo cada pie, es decir, cuatro cabos en sus manos. No me pidan que explique, sólo sé que cruza los hilos y va tejiendo de menor a mayor para formar la plantilla. Lo suyo es calzado ecológico o natural. También lo llama Tendencias de la Nueva Era. Usa fibras naturales: hilo de yute, sisal, cáñamo, algodón. Me muestra cada ovillo, el de algodón es el más suave. A algunas de las fibras las hila, así quedan más peludas. Las sandalias -explica/vende- proporcionan un suave masaje. Le cuento de los pececitos utilizados para hacer belleza de pies, esa sí que sería una pegada, primero la belleza de pies y después las sandalias ecológicas de suave masaje.

“Hice mi primer zapato porque estaba cansado de no encontrar algo que me gustase”. Fueron unas alpargatas con suela de hilo sisal y tejido abierto de cáñamo. Da su propia definición de estética. “La estética es buscar el propio diseño. Tengo diecisiete diseños. Propios.” Antes todos fabricaban su propio calzado, me cuenta didáctico. Como vi que una japonesa le preguntó si había aprendido de otra japonesa, curioseo al respecto. Sí, las warasi. Él ha adaptado el modelo, en realidad las sandalias originales dejaban los dedos afuera, es decir, la plantilla era más corta. ¿Y para qué dejaban los dedos afuera? “Para escalar”, dice Verdú y hace el gesto de aferrarse.

-¿Cual fue el cliente más peculiar que tuviste?
-Unos diseñadores de Méjico que me compraron tres pares, los más caros que tenía, zapatillas y botitas. El señor se presentó con su tarjeta personal, luego que me compró. “Estoy haciendo intercambio de conocimiento”, me dijo.
-Una manera elegante de decirte que pensaba copiarlas.
-Algo así.
-¿Y no te dio bronca?
-Yo no me apego a lo que hago, me gusta la música, soy multitalento.

No tenés abuela, pienso mirándolo. Pero Verdú sigue, convencido: “Necesito pintar, tejer, cantar mantras, hacer yoga, me gusta escribir películas, viajar. Viajo para ver a mi familia, si yo tuviese un trabajo fijo no podría por ejemplo ir a Córdoba a visitar a una amiga, que tuvo a su hijo en el río Quilpo…”
-¿El río qué?
-Quilpo, en San Marcos Sierras, ¿no conocés?
-Ni idea… y eso que soy cordobesa.
-Es un río mágico.

¿Qué instrumento tocás?, le pregunto sospechando de alguno extraño. Tal cual, el shruti. De la India, no tiene teclados sino perillitas. Se me ocurre entonces preguntarle por su religión. Verdú me mira con dureza.
“Qué te importa mi religión, dirían en otros lugares…”
Debo poner cara rara, porque agrega “…más con las cosas que suceden en torno a las religiones, no?”
-No, bueno… como mencionaste a los ninjas y ahora hablás de la India y qué sé yo, se me ocurrió que andabas en una búsqueda espiritual y por lo general la religión está conectada con esa búsqueda…
La religión -me explica- son todos los actos que hacemos, la búsqueda es más filosófica que religiosa. “Amor es mi religión”. Verdú suelta una risita que le cambia la cara. “Gracias por tu interés”, concede encantador. Al rato nos acerca, a Campanita y a mí, una porción de pizza de dos que le han convidado.

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Cada uno crea su propia realidad

Campanita arma hoy al lado mío. En realidad se llama Graciela, le dicen Campanita porque es toda así, como el hadita de Peter Pan. Me enteré la semana pasada que la quisieron asaltar, le pusieron un cuchillo en el cuello y ella ni se enteró. Dejo entonces que termine de acomodar sus cosas y le pido que me cuente, se me antoja algo digno de contar y escuchar.

Fue un domingo a las seis de la mañana, en la bajadita de Retiro, apenas uno sale. Campanita venía cargando dos cuadros y su valija, con los auriculares puestos y la música al mango. Pasando el kiosco hay dos vías para cruzar, ahí se le trabó la valija. En ese momento apareció el muchacho, de unos veinticinco años, y se le plantó adelante. Ella daba un paso hacia la izquierda, ahí estaba él, si iba hacia la derecha, de vuelta la enfrentaba. “Yo pensé que era un borrachín y pensé mirá vos, este chiquitito, todavía tengo arrastre con los de veinticinco…” Campanita tiene jóvenes treinta y siete y un modo ¿hace falta decirlo? despistado y dulce. No, no gracias, decía Campanita con los auriculares puestos, pensando que él la invitaba a tomar algo. “Me faltó decir: No, tengo novio”. Se dio cuenta de que algo raro pasaba cuando los buscas que venden juguetes gritaron “¡¡¡Che, tomátelas!!!” y vio algo que brillaba en la mano del pibe, algo que sujetaba con fuerza. El chico se perdió por el pasillo que va hacia la villa y ese es el final de la historia. “¿Pero vos no sentías el cuchillo en el cuello?” “Sí, sentía que algo me molestaba, pero lo apartaba”.

Su vecina, una tana de alrededor de noventa años, les tira agua hirviendo a las plantas de la medianera que comparten. “¿Qué plantas son?” “No sé los nombres, pero hace mil años que están en mi casa… me gusta que suban, que crezcan”. “Qué vieja jodida”. “La gente tiene una historia atrás, por algo somos como somos. En El elegido había un abogado acusado de violación y él decía que todos nacemos buenos, que la conducta de la gente depende del entorno en el que se crió…” “No estoy de acuerdo, si tiene la inteligencia para recibirse de abogado, la tiene también para darse cuenta qué está bien y qué está mal”. Campanita pinta una de sus carteras, con una onda Picasso. Pinta a mano alzada, sin medir, lo que le sale de adentro. No le gusta lo minimalista, así que su línea es muy cargada, muy llena de color. Vende, como si nada fuera, una de sus carteras a trescientos cuarenta mangos. Ahí, en medio de un calor de infierno y sin turistas a la vista. “Si yo hubiese pensado ‘este pibe me quiere afanar…’, pero pensé otra cosa, viste que cada uno crea su propia realidad”. Campanita pinta con un pincel chato, no puedo evitar pensar cuánto más prolijo quedaría el trazo con otro tipo de pincel. “Ladrón, no robes, Dios te ama”, dice, y se ríe.

-¿Sos evangelista?
-Sí.
-Uh, qué culo tienen los evangelistas… todos los que conozco, es increíble.
-No es que tengamos culo, creemos en Dios.

Recién ahora me doy cuenta que en los ojos pintados por ella, las pestañas salen de los iris.

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Abuela

“Abuela…” Lo dice la nieta de mi pareja. Tiene sentido.

Sumen a eso una gata sin orejas (la atacaron de chiquita), mirándome sin pestañear. Y no un ratito, qué va. Está parada ahí, con los ojos amarillos abiertos de par en par y toda su atención focalizada. Es imposible no devolver algo de tanta comunicación. Agreguen a Dama, una perra de la calle blanca y negra, con la mirada más dulce que se haya visto, hundiendo su cara en mi brazo. Suena Zitarrosa mientras se asa la carne. Paladeo un tinto junto a la palabra abuela, los hago dar vueltas en mi boca. ¿Qué siento? Me acuerdo de Susana Giménez, que se negaba/niega en redondo a ser llamada así. Mi nieta (pucha, me cuesta escribirlo) es lo que se dice una criatura de nueve años. En realidad, una Criatura. The Creature. Sí, le va.

The Creature ha escrito un cuento que le han publicado y por el cual le entregaron una medalla. Va por el segundo. Duda entre ser escribana o escritora, pienso que confunde los dos términos. No conozco a the Creature: “Una escribana firma papeles y le pagan algo así como doscientos pesos por cada papel que firma”. Toma el celular del Hombre (absolutamente obtuso en estas lides) para cambiarle la configuración a no sé qué y pregunta precozmente “¿Quién te lee los mensajes?” Le tengo miedo, parece que alguien ha enviado un abrazote. Ahora es mi turno, quiero recomendarle cuidado, pero se la ve tan seria manipulando mi Personal. Tiene pelo largo, cara de luna y un bozo chiquito (apenas una pelusa oscura), como el de un Cantinflas en miniatura. La sidra es la del Mercado Central, a tres pesos. “Sidra para entendidos… entendidos abstenerse”, dice la pareja de mi ¿hija? Mi otra nieta luce tremendo aro, una barra de metal que le atraviesa el pabellón de lado a lado. La madre cuenta que le pidió permiso para ponerse uno, lo que no le dijo fue cómo iba a ser. La nena viene de parranda, apenas si puede mantener los ojos abiertos, para Navidad le han regalado los guantes que precisa para practicar kick boxing.

Mi hija, bah, la hija del Hombre, se toma todo el tiempo del mundo para preparar una ensalada de frutas. El Hombre apantalla las brasas, escarba las brasas, aparta las brasas, todas esas cosas que forman parte del ritual. La gata sin orejas descansa sobre mis piernas y the Creature prepara su Receta Secreta, está picando cebolla de verdeo. “Dejá mamá, yo puedo”. La hermana le critica lo que tiene puesto: un pantalón a rayas y una remera a lunares. No entiende nada, tratándose de the Creature, es un composé.


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