Minería a cielo abierto

Que sí, que no, que no es tan grave. Que incurro en imprecisiones y exageraciones. Es verdad, a veces la memoria me traiciona. No es preciso volar cuatro toneladas de roca para extraer un gramo de oro, sólo una y media.

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La calle

El que no sabe es como el que no ve. Por eso saco dos fotos en la plaza, a la que arribé con la peregrina idea de armar mi paño. Son para demostrarle a ya saben quién que no todo es soplar y hacer botellas, que armar es un poco más que sentarse a tomar mate bajo la sombra de los árboles. “No se aprende nada en la calle”, suele decir el Hombre. No sé, no sé… quizás la frase sólo sea un buen consejo para adolescentes díscolos.

En una de las fotos que tomo, se ve a un gordo echado boca arriba sobre el muro, en estado comatoso. En la otra a un hombre más viejo, con su muleta a un costado. Está exactamente donde debo armar, pero no consigo despabilarlo. Asiente a todo cuanto digo, con los ojos cerrados y un aliento a tinto que para qué te cuento, siempre sin moverse. Finalmente uno de los chicos de la cuadrilla de limpieza (flaquito, menudo) se las ingenia para desalojar a los dos del muro. Generalmente el día empieza así, después va llegando la gente que se atiende en el Policlínico o en la salita; como suelen tener unos cien números antes de su turno, pasean por la plaza y conversan con nosotros.

Una de las señoras se plantifica frente a mi puesto. Habla y habla y habla: de la iglesia, de la gente. De cómo es la gente, principalmente. Presto atención, un poco porque no tengo dónde ir y otro poco porque siempre se saca algo en limpio de las conversaciones. Y vaya que sí, termina contando de un hombre de la calle que se hizo una casa con botellas, a pocas cuadras de donde ella vive. Según su relato, él trabajaba en mantenimiento, en un colegio, pero tuvo un entredicho con la directora que pretendía que se quitara las rastras y la barba. Rastras, dice la señora. Se fue, claro. Un hombre libre, desacostumbrado a las órdenes. La señora, pese a tenerlo de vecino, está impresionada por el tamaño que cobró la casa. Que una cosa es una cuevita así nomás y otra el palacete que es ahora. “Al hombre le funciona esto”, dice, tocándose las sienes.

A media tarde otro hombre -muy limado, como se dice ahora- se acerca a una pareja que almuerza al aire libre. “Permiso, eh?” Con total desvergüenza le quita al turista la comida del plato. “No podés hacer eso”, lo increpa la moza, que no puede creer lo que está viendo. “Tengo hambre, ¿qué querés, que salga a robar?” Uno de los feriantes se indigna: “Qué vivo que sos… ¡andá a laburar!” A las pocas horas lo vuelvo a ver, inspeccionando un container.
“Che, tana, ¿no te sobra pan? Me parece que tiene hambre en serio…” La tana explica que ya se comió un sandwich (el que arrebató en la mesa) y que vomitó recién, allá enfrente.

Frente nuestro se pasea una muchacha en sus muy gastados veinticinco años. Anda en corpiño, con la remera a medio sacar y los pelos revueltos. Sonríe buscando compañía. Está muy delgada, con un vientre prominente que espero sea de hambre y no de embarazo. No termino de pensarlo, que me espanto: “…espero que sea de hambre”. El mal menor.

Hay de seiscientos a ochocientos manteros que buscan lugar para reinsertarse. Uno de esos lugares es San Telmo. ¿Vendrán en grupo, habrá pelea? Todos tienen que vivir, incluídos nosotros. Una mujer elegante y bronceada inspecciona durante largo rato los tejidos de Mónica. No compra nada, sólo pregunta antes de irse: “¿No vas a andar por Cariló?” Mónica tiene ganas de contestar, con el mismo acento de Barrio Norte: “No, boluda, apenas si llego a Las Toninas…”

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La cuerda pulsada

El Hombre escucha radio desde la mañana hasta la noche. Un hábito irritante las más de las veces, en la radio hablan y hablan y hablan sin dar respiro. Pero a veces…  El sábado pasado vimos un espectáculo de boleros y son cubano, muy bueno, con entradas conseguidas en la radio. Y anoche… ah, anoche… maravilla de maravillas. La obra se llama Ojos cerrados y se autodefine como teatro sensorial. Es engañosamente simple, uno se coloca un antifaz y se somete por gusto a toda clase de estímulos. No les voy a contar de qué trata, sólo que antes de ingresar a un recinto a oscuras, una voz en off nos informa que el secreto es confiar. Alguien se lleva a mi compañero (es una experiencia individual), que hasta ese momento sujetaba mi mano. ¿Será así la muerte? No es un pensamiento extraño, estoy sola y a oscuras, esperando guía.

Otras manos toman las mías y me ayudan a avanzar. Confiar. Menos mal que camino con ese consejo en mente, hace toda la diferencia. El manejo del espacio, al confiar, es otro. No anda uno pisando huevos, por ejemplo. Es cierto que los pasos son lentos, pero más por precaución que miedo. En un momento de la obra, alrededor nuestro parece haber cachorros, chicos jugando entre las patas de las sillas y hasta gatos enfrentados; unos dedos cosquillean mi mano y la cierran sobre un caramelo. La voz -chiquita, juguetona, de gnomo- inventa una jerga que invita a que lo pruebe. Me río… ¡es tan tonto el lenguaje, y tan claro lo que expresa! Se me da por pensar que en la vida diaria también es así, que las rencillas (las discusiones en el trabajo o en la casa) son como esas voces y sonidos alrededor nuestro, sólo parte del juego.

La experiencia es sanadora. Las voces son angelicales cuando deben serlo, los tambores resuenan en la sangre, los cantos semejan mantras antiquísimos, acaso guardados en la memoria genética. Confiar, confiar… parecen decirnos, una y otra vez. Lloro bajo mi antifaz, durante la simulación de un viaje en tren. Nada en mi cara (creo yo) expresa mi estado, me mantengo perfectamente quieta y callada, además está oscuro. Pero hay alguien atento, una mano inclina mi cabeza a un lado y al otro y termina con una caricia en el pelo. Una mujer me abraza, luego de un bailecito con música de carrousel. Es menuda, de manos grandes. La abrazo a mi vez y se me escapa un suspiro, la palabra es contenedor.

De vuelta en mi silla, me ofrecen un pocillo. Es liviano y parece vacío, meto un dedo para constatar la presencia de líquido. Lo pruebo con cautela. ¿Licor? No parece contener alcohol. ¿Té de anís? De cualquier forma, hace perfecto juego con el canto final. Tan jóvenes, los pibes. Y ya saben cuál cuerda pulsar, con qué vibramos.

Si esto es el cielo, a no temerle. Si ésta es la vida… si es la vida, hay más armonía de la que puedo explicar en estas torpes líneas.

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Reflejada

De vez en cuando compro Barcelona. Pucha que son ácidos. Pero que me hacen reir, me hacen reir. Siempre primero donde me veo reflejada.

 

Ahora los manteros exigen que el gobierno porteño “levante a los transeúntes que pisotean la mercancía” y reclaman que Florida sea “la primera peatonal libre de peatones”

Luego de fallidos intentos policiales por expulsar, a pedido de comerciantes y peatones, a los ex vendedores ambulantes devenidos en sedentarios usurpadores de baldosas conocidos como manteros, la situación parece agravarse en la peatonal Florida, en pleno microcentro porteño. “Sólo queremos que nos dejen trabajar, porque el espacio público es de todos y brinda excelentes oportunidades para ganar dinero sin pagar impuestos a quienes madrugamos y nos plantamos acá”, explican los emprendedores de mantas llevar, e instalar. “Los peatones nos pisotean la mercadería, o nos interrumpen nuestro trabajo con excusas estúpidas como querer usar la vereda para caminar, necesitar acceder a un teléfono público o a un tacho de basura”, se quejan los manteros. Y alzan su voz: “Exigimos que el Gobierno de la Ciudad se ponga los pantalones de una vez y raje a la mierda de Florida a todos los cadetes, oficinistas y demás peatones porteños que, con su paso apresurado, nos espantan a los turistas gringos”.

Quieren liberar la zona para sanear el medio ambiente

LEVANTAN 10 MIL PUESTOS DE LA FERIA PARALELA DE LA SALADA Y YA HAY POLEMICA ENTRE LOS VENDEDORES QUE OFRECEN PRODUCTOS TRUCHOS Y LOS QUE OFRECEN PRODUCTOS RE-TRUCHOS

La decisión judicial de levantar 10 mil puestos de la feria La Saladita -un aguantadero comercial situado junto al de La Salada- no hizo más que avivar la polémica entre los comerciantes de la zona. Si bien la razón del operativo fue liberar el lugar en función del saneamiento del Riachuelo, muchos puesteros interpretaron que los echaban porque ofrecían mercadería cuestionable o como dijo, con crudeza, un conocedor del asunto, “más trucha que la mierda”. “Estos logis nos sacan de acá porque piensan que, a diferencia de La Salada, que tendría todo en regla, nosotros vendemos productos informales, lo cual es mentira total; si no me creen pueden llamar y preguntar en Abidas, Naik, Deportto, Chemean, Rangler o cualquier otra de las empresas que nos proveen”, exclama, blandiendo un palo, uno de los vendedores. En las líneas que siguen, todas las especulaciones y los debates en torno del asunto.

El ambiente está caldeado en el sector de Lomas de Zamora donde funciona La Salada y su ya disuelta hermana menor la Saladita. Los vendedores de uno y otro complejo se han cruzado acusaciones de todo tipo y hasta se han amenazado con botellas rotas y piedras. “Esto es un atropello”, clama Pedro Barrera, que comerciaba zapatillas, armas caseras y drogas duras artesanales. “Hay miles de familias que viven de esto y ahora se verán obligadas, para subsistir, a caer en el delito y la ilegalidad“, agrega mientras dispara tiros al aire.

Saneamiento

Para los funcionarios vinculados con el operativo, la limpieza del Riachuelo es un objetivo que amerita el desalojo. “Este es el primer paso para poder tener un río cristalino, algo que lograremos pronto”, afirma, arqueado por la risa, uno de ellos.

ENCUESTA

¿Usted prefiere comprar indumentaria legal confeccionada por mano de obra esclava en China o prefiere adquirir productos truchos confeccionados por mano de obra esclava en la Argentina?

Comprender un idioma

Hace mucho, mucho tiempo, tuve un novio que viajó a Brasil con sus amigos. Yo muy contenta no estaba, pero juró y perjuró que sólo iba a disfrutar de las playas. Eso y la charla con una amiga, me convencieron de dar mi bendición.

Mi novio (al menos quien yo creía mi novio) envió una postal donde escribió que habían escuchado un tema del Flaco, más específicamente Los libros de la buena memoria. “Estuviste con nosotros esa noche”. Ah, cómo leí y releí su frase. Lo esperé y lo esperé. Cuando volvió mencionó varias veces la piel de las mulatas, todo el tiempo con la piel que tienen las mulatas, etc. Mostró fotos y todo, ay. Me enteré con el tiempo que había andado con cuanta mina se le cruzó por el camino… negra, mulata y no tanto.

Tal vez por eso nunca comprendí el portugués, era escucharlo y cerrarme. Pero la vida da revancha: me regaló una sobrina brasilera, a quien tuve el gusto de visitar. A partir de ahí, el milagro. Días pasados le compré a Rodolfo, nuestro librero de Plaza Dorrego, un viejo CD con temas de Vinicius.

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La soledad

 

El Hombre explica que existen empresas dedicadas a comprar y vender papel. En ese papel deben escribir algo. Algo que atrape, una historia a seguir, como el “Continuará…” de las historietas. Por eso cuando leo el diario, muchas veces me dice “No se enganche”.

Pero esta vez me cuesta. Ayer me decía Nora, en la feria, que en Alemania se supo de un hombre que había fallecido cinco años atrás. Su madre pagaba todos los gastos del departamento que ocupaba, pero como no se hablaban, pasó todo ese tiempo sin saber nada de él. Lo encontraron con la televisión encendida y el diario de aquel día sobre la mesa. ¡Cinco años! Parece que uno existe en tanto y en cuanto pague sus cuentas. El hecho puso sobre el tapete el tema de la soledad en las grandes ciudades.
Y la polémica: respetamos tanto (pero tanto) la intimidad del otro, que lo nuestro roza la indiferencia.

En esta era de celulares, blogs, facebook, twitter y la mar en coche, ¿sabemos siquiera cómo se llama el vecino al otro lado del pasillo?

Epuyén, plegaria por el azul

Leo sobre los incendios en Chubut. El Hoyo, vaya a saber dónde queda eso, mientras no esté cerca de Epuyén… Parece que sí, la palabra Epuyén salta del diario a mis ojos. Tengo parientes allá, una tía que emigró de Alemania. No conozco la zona, salvo por las fotos más maravillosas del mundo, las saca mi tía con una Kodak del año de la castañuela: árboles de hojas amarillas, ovejas, un caballo blanco, la chacra, los chicos, los patos, los compañeros indios. Llamo enseguida a otra tía, para pedirle el número de teléfono. Está muy nerviosa, apenas si puede dormir con este tema, hay un cerro en llamas justo detrás de la casa de su hermana. Habló con una indiecita de allá, me cuenta, y la piba le dijo “Quédese tranquila, señora, cualquier cosa corremos” (”…viste como son, te transmiten esa paz…”) Está bueno, concluye, olvidarse un poco de uno y pensar en los demás.

Después de varias idas y venidas, consigo comunicarme con el Sur. Una de mis primas atiende enseguida. Tiene un marcado acento alemán, así y todo conduce un programa de radio de mucho rating. Su mamá también tiene acento.
“Aquí hay muchos focos, la situación es preocupante…” “¿Hay bomberos trabajando?” “Cuatrocientas personas, y aviones, pero los aviones no pueden volar cuando hay mucho humo”. Claro. “Todo el mundo ayuda”, dice mi tía buscando tranquilizarme (¡ella a mí!) “Me dijo Marta que están haciendo oraciones colectivas…” “Sí, ayer llovió un poquito, apenas unas gotas, estamos todos rezando para que caiga la lluvia, están también los mapuches con sus tambores…” Los mapuches. Acusados de terrorismo por, presuntamente, incendiar bosques en Chile. ¿Qué puedo decir? “Tía, me uno a los rezos, te mando un abrazo…”

Salgo a la calle, el aire ya es sofocante. Todo el mundo protesta por los 38º de temperatura anunciados. “Se esperan 45º de sensación térmica”, dice un señor. Extrañamente me siento fuerte, cómo no voy a poder hacer todo lo que tengo programado. Una señora en el colectivo se seca la frente con un pañuelo de papel, al rato intenta sin éxito abrir la ventanilla. El muchacho que viaja de pie al lado mío lo consigue. Lo miramos agradecidas, yo un tanto avergonzada, soy consciente del sudor en mi cara.

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Al hijo le puso Puma

Una artesana itinerante arma al lado mío, como de costumbre no recuerdo su nombre. Sí el de su perra, pero sólo porque la llaman de contínuo: Selva. Soy muy mala para los nombres, confundo a Mauricio con Gonzalo, a Alicia la llamo Marta, ni hablar si hay un Edgardo y un Eduardo. Al pobre Isidoro le digo Inodoro. Pero Mónica me conoce, ya sabe a quiénes me refiero aunque me equivoque. La artesana de quien les hablo tiene una pancita de alrededor de cuatro meses, Mónica me pregunta por lo bajo si está embarazada, para no meter la pata. Lo está, el futuro bebé se va a llamar Leónides. “¿Viste qué lindo nombre?”, opina Mónica. Acuerdo, tiene fuerza. “Obvio que lo van a llamar León, en realidad ella quería ponerle así, pero está tan quemado…”

Aquí empieza mi larga historia: “Sí, hay una modelo, cómo es que se llama… pucha, una lolita, que ahora está casada con un futbolista…” “¿Wanda Nara?” “No. Una, que se casó con un tipo muy churro, terribles ojos, y se mandaron un casamiento a todo trapo y a los tres meses se separaron”. Mónica no se da cuenta. “Pucha, che, el marido ahora se llama Escudero o algo así”. “¡Ah! ¡Cubero! Ya sé, una que tiene como veinte perros…” “Sí, Natalie… No, Geraldine Newman”. Nicole, claro.
“¿Bueno, qué pasa con ella?” “Ah, no, pará… no era ella, sino ésta otra, una rubia que andaba mostrando el culo…” Me río enseguida, dándome cuenta del absurdo. “Te digo que ese dato aclara bien poco, más bien oscurece -dice irónicamente Mónica- ¿alguna otra pista?” “Una actriz, la ex de Adrián Faena”, le digo, y me congratulo de no haber dicho Fabián Vena (en realidad no es Adrián sino Alan, pero qué importa). Mónica piensa, pobre, pero sigue sin saber. Entonces le doy la espalda, me levanto un poco el blusón y quiebro exageradamente la cadera. “Lo mostró así, en una fiesta, a los fotógrafos…” “¡Ahhh! Ya sé, sí… Leticia Brédice”. “Ella. Bueno, al hijo le puso Puma”. “¿Puma?” “Sí”. “Mirá vos”. Al rato empiezo a carcajearme sola. “Olvidate de todo lo que dije, no se llama Puma, sino Indio”. “Ay, Señor, veinte minutos hablando al cuete…” Me duele la panza de tanto reírme.

“…no te dejes confundir, busca el fondo y su razón, recuerda se ven las caras, pero nunca el corazón…”, canto encima de un tema que no es ese, pero tiene la misma base rítmica. “Cuando vos vivías en Puerto Rico, ¿se hablaba ya de Héctor Laboe?” “¿Quién?” “Hector Laboe, el que estamos escuchando”. “Yo pensé que era Pedro Guerra”, le digo pensando en Juan Luis Guerra. Ni uno ni otro. Lo confundo con Rubén Blades, Mónica entiende igual.

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A destierro

En el pasado, fue el destierro. Y en un principio, el Verbo. No es casual la asociación. Desterrar a un hombre, privarlo de la Palabra, era privarlo de la Creación Primera. No había castigo más temido, ni condena más dolorosa. Lejos de su lugar en el mundo, el hombre tropezaba de cansancio, solo. Seguramente la voz terminaba ahogada en la garganta, de tanto llamar en vano.

Los adolescentes temen a la exclusión, los ancianos también. Y las amas de casa, solas en sus hogares. Qué decir del hombre que piensa distinto. Habrá de cuidarse, tal vez pueda aventurar su opinión tímidamente. Pero si es de convicciones firmes y permanece en sus trece, a destierro. Hacerse fuerte en grupo conlleva sus ventajas, indudablemente. Se cierran filas ante la menor amenaza de los extraños, o al menos lo que se percibe como amenaza. Se ataca, lo cual constituye una reacción primaria ante el peligro. Eso está muy bien tratándose de hombres primitivos enfrentados al tigre dientes de sable. Pero caramba, se trata de un par, diciendo lo suyo. ¿Se lo escucha? ¿Hay lugar para la apertura? ¿O se vive bajo un dogma de certezas absolutas? Mientras tanto el paria vagará solo, hasta que otro (un otro) ocupe su lugar, para escarmiento de las buenas gentes.

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Multitalento

-¿Cómo te llamás?
-Mi nombre artístico es Verdú.

Nombre español. No es fácil, Verdú. Ya de entrada me cuestiona que si transcribo lo que otros dicen, el relato deja de ser real y pasa a ser una suerte de “teléfono descompuesto”. Empiezo a defenderme: “Mirá, si de algo me jacto es de citar…”, hasta que me doy cuenta que no tiene sentido, igual va a seguir pensando lo que quiera. El tema es que Verdú es todo un personaje. Hay algo auténtico en él, algo que me tira a escribir (por más que haga calor y me dé fiaca). Está sentado en el suelo con las piernas estiradas y los pies algo separados, tiene puestas sandalias fabricadas por él y está armando otras. Para eso trabaja con una soga envolviendo cada pie, es decir, cuatro cabos en sus manos. No me pidan que explique, sólo sé que cruza los hilos y va tejiendo de menor a mayor para formar la plantilla. Lo suyo es calzado ecológico o natural. También lo llama Tendencias de la Nueva Era. Usa fibras naturales: hilo de yute, sisal, cáñamo, algodón. Me muestra cada ovillo, el de algodón es el más suave. A algunas de las fibras las hila, así quedan más peludas. Las sandalias -explica/vende- proporcionan un suave masaje. Le cuento de los pececitos utilizados para hacer belleza de pies, esa sí que sería una pegada, primero la belleza de pies y después las sandalias ecológicas de suave masaje.

“Hice mi primer zapato porque estaba cansado de no encontrar algo que me gustase”. Fueron unas alpargatas con suela de hilo sisal y tejido abierto de cáñamo. Da su propia definición de estética. “La estética es buscar el propio diseño. Tengo diecisiete diseños. Propios.” Antes todos fabricaban su propio calzado, me cuenta didáctico. Como vi que una japonesa le preguntó si había aprendido de otra japonesa, curioseo al respecto. Sí, las warasi. Él ha adaptado el modelo, en realidad las sandalias originales dejaban los dedos afuera, es decir, la plantilla era más corta. ¿Y para qué dejaban los dedos afuera? “Para escalar”, dice Verdú y hace el gesto de aferrarse.

-¿Cual fue el cliente más peculiar que tuviste?
-Unos diseñadores de Méjico que me compraron tres pares, los más caros que tenía, zapatillas y botitas. El señor se presentó con su tarjeta personal, luego que me compró. “Estoy haciendo intercambio de conocimiento”, me dijo.
-Una manera elegante de decirte que pensaba copiarlas.
-Algo así.
-¿Y no te dio bronca?
-Yo no me apego a lo que hago, me gusta la música, soy multitalento.

No tenés abuela, pienso mirándolo. Pero Verdú sigue, convencido: “Necesito pintar, tejer, cantar mantras, hacer yoga, me gusta escribir películas, viajar. Viajo para ver a mi familia, si yo tuviese un trabajo fijo no podría por ejemplo ir a Córdoba a visitar a una amiga, que tuvo a su hijo en el río Quilpo…”
-¿El río qué?
-Quilpo, en San Marcos Sierras, ¿no conocés?
-Ni idea… y eso que soy cordobesa.
-Es un río mágico.

¿Qué instrumento tocás?, le pregunto sospechando de alguno extraño. Tal cual, el shruti. De la India, no tiene teclados sino perillitas. Se me ocurre entonces preguntarle por su religión. Verdú me mira con dureza.
“Qué te importa mi religión, dirían en otros lugares…”
Debo poner cara rara, porque agrega “…más con las cosas que suceden en torno a las religiones, no?”
-No, bueno… como mencionaste a los ninjas y ahora hablás de la India y qué sé yo, se me ocurrió que andabas en una búsqueda espiritual y por lo general la religión está conectada con esa búsqueda…
La religión -me explica- son todos los actos que hacemos, la búsqueda es más filosófica que religiosa. “Amor es mi religión”. Verdú suelta una risita que le cambia la cara. “Gracias por tu interés”, concede encantador. Al rato nos acerca, a Campanita y a mí, una porción de pizza de dos que le han convidado.

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