que la presente solicitud

el hombre propone y dios dispone, me dice una mujer en la cola de infierno al consulado de españa que da toda la vuelta a la manzana, haber sabido retrocedía una cuadra en lugar de caminar tres. lo dice a raíz de que ella hoy en realidad tenía pensado visitar a sus nietas que viven en un country que si ud fue hace dos o tres años, no conoce. ¿era acá?, diría hoy, tres shoppings pusieron imagínese. pero es ahí que ella de mañana leyó el diario como tanta otra gente y se enteró de que hoy era el último día para volverse ciudadana española. pero mire, dios sabrá por qué hace las cosas, qué oportunidad hubiésemos tenido si no de conocernos, gente tan encantadora. así somos los argentinos, dice un flaco de lentes oscuros delante nuestro, siempre todo para último momento. poné mi mail, le pide una mamá a su hija. ¿vos tenés mail? se extraña la nena, pero si serás tonta, claro que tengo. bueno, se enteró ahora dice conciliadora la señora que trata a dios como si fuese un pariente cercano y aprovecha que somos tan buena gente para desaparecer dentro de un negocio que vende masitas minúsculas a siete pesos la unidad. lo de las masitas no lo dice, eso se lo adivino yo, gorda vieja, supuestamente se va a comprar agua. imagino que nos habrá traído alguna, le digo una hora después al sólo efecto de hacerla sentir culpable. ella se venga preguntando ¿quiere? y pasándome debajo de la nariz algo que huele muy bien, repleto de queso. no, por favor, era una chanza, le contesto marcando la z, después de todo estamos allí para prometer fidelidad al rey. mi hija, dice la madre de la adolescente que no sabía que ella tenía mail, mi hija estudia para chef internacional y tiene que saber cual debe ser la distancia entre las mesas, todo. la señora que tiene a dios como pariente se explaya sobre la tortilla española y la paella y el aceite de oliva que allá es tan barato, qué era eso que comen los cerdos, eso que escarban y es su único alimento y por eso los jamones son tan buenos… ¡trufas! arrastro mi silla playera con un pie mientras las escucho, la cola avanza más rápido de lo que pensaba. soy la única con silla, una pareja joven intercambia una sonrisa cuando me cruzan, lo único que falta es que me filmen. la nota de color “…y cuéntenos, señora, por qué quiere hacerse ciudadana española”. hijo, diré yo con voz grave desde mi asiento, hijo, uno quiere creer en este país, pero es un lugar de tantos vaivenes. eso, aparte de que siempre es bueno tener los huevos en dos canastas. para qué es esta cola pregunta la enésima persona, un viejo meterete. para el soñando por bailar, contesta el flaco de anteojos oscuros. es para un casting, dice la señora que tiene una hija que no sabía que ella tenía mail y otra que estudia para chef internacional.

resulta que hoy era para los nietos, coño (clarín miente), que los hijos podían venir cualquier otro día sin límite de tiempo, que para eso son hijos. igual ya estoy aquí, me entero de que es mejor que haya iniciado el trámite hoy por no sé qué cosa que no entendí, algo sobre la opción (dios sabe por qué hace las cosas). me muevo hacia avenida quintana cargando mi silla oxidada, después de mucho preguntar y caminar reconozco la cuadra donde tomo el colectivo de vuelta. es a la vuelta del consulado, si seré gallega.

Deseo

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Vulnerable

Veo la foto perfecta. Por Dios que es la foto perfecta, no entiendo cómo nadie se da cuenta. El hombre está tirado boca arriba en una esquina de Flores, con las piernas abiertas y los pies descalzos. Al lado suyo, parado, hay un cartón abierto de Termidor. Debajo de su cuerpo se dibuja un rastro rojo y seco, hasta yo (que he perdido olfato) percibo el olor a vino. Los pies se ven muy sucios. Justo detrás, como telón de fondo, un cartel enorme publicita los postres de McDonald’s: MOMENTOS DULCES.

Pienso en una excusa para tomar la foto… ¿no escuché de un concurso sobre el tema de la exclusión? Sigo parada en la esquina, sin saber qué hacer. El hombre tiene los ojos cerrados, la barba crecida y una curiosa expresión de paz. Se lo ve totalmente inconsciente, absolutamente vulnerable. Recuerdo entonces al fotógrafo que capturó la imagen del chiquito desnutrido con el buitre acechándolo a pocos metros. No sé por qué, se trata sólo de una libre asociación de ideas. O tal vez sí sé… aún suponiendo que yo tomase la foto, ¿qué bien le estaría haciendo a este hombre? Aún cuando su cara no se viese, ¿en qué cambiaría su realidad? Un testimonio más de algo que todos tenemos visto. El semáforo abre y me alejo de la foto perfecta, después de todo qué gran toma se puede hacer desde un celular.

El amor y sus formas

El hombre duerme, pero cuando la asistente pasa a retirar la taza y las galletas, murmura un “déjelos”. La mujer quita el platito que cubre la taza y comprueba que está llena. “Mire que a la tarde tengo que venir a retirar la taza”. Déjelos, repite el hombre. Se lo ve tan solo.

Le acerco la mesita rodante, ¿cuánto de azúcar? No escucho la respuesta. “¿Una, me dijo?” Dos, dos de azúcar. El té está tibio y demasiado oscuro, además es toda una historia elevar el respaldo de la cama. Pero el hombre, un japonés, sonríe agradecido. Impresiona su piel pálida, casi macilenta. Así y todo se las ingenia para romper el envoltorio de las galletitas con los dientes, parece disfrutar de su merienda precaria mientras mira por la ventana de este séptimo piso. La sábana que lo cubre se desliza dejando ver un muslo desnudo y flaco.

A la hora llega una mujer. Expeditiva, de pocas pulgas, tal vez una señora contratada. “Qué pasó acá”, saluda sin preámbulos, detectando cosas que yo no veo. “No contestaba el teléfono, por qué no contestaba el teléfono”. Sí, debe ser la señora que lo cuida, justificando la llamada que olvidó hacer. En menos de lo que demoro en escribirlo, la sábana de arriba se luce en un doblado de origami y el hombre camina hacia el baño con un boxer a rayas celestes y blancas, recién sacado del placard (¿en qué momento se lo pusieron?) Más que sacarlo del placard, la mujer lo ha sacudido y examinado con los brazos extendidos. A todo esto, si la camisa esa es nuestra debería estar del otro lado y sepa yo que cada uno dispone de una frazada para pasar la noche. Cuando dejo la habitación, el cuerpo en la cama está siendo trabajado como un rollo de sushi.

Encuentro luego a la mujer en el ascensor, resulta ser pequeña y dulce. “Hace ya dos meses que estamos internados”, dice en su español entrecortado. Ella y su marido, el japonés.

Un hombre bueno

 

Estoy viendo un programa de investigación especial en América Noticias, sobre organizaciones “milagrosas” que les pagan a indigentes para que den falso testimonio. Hay un reclutador que los convoca en una esquina, un estudio de grabación, una secretaria que los recibe y un guión a repetir. “¡Me salió el juicio, licenciado! Cien lucas cobré…” actúa su parte un hombre que se supone llama desde La Plata. El licenciado apunta en un susurro ”…con la Llave de la Suerte y la Buena Fortuna” y el hombre (en realidad un miembro del equipo del canal) repite “…con la Llave de la Suerte y la Buena Fortuna… ¡gracias, licenciado!” La investigación se hace a fondo, desenmascarando en la calle al reclutador y a otra “licenciada” que se refugia primero en el baño de un bar y luego en una lencería, para terminar huyendo en un taxi por Avenida Corrientes. Mienten a la gente, la estafan, juegan con sus necesidades para seguir haciendo sus negociados, repite una y otra vez el movilero o periodista a cargo, no sé bien. Cuando vuelven a estudios, Mónica Gutiérrez luce una expresión divertida, como diciendo “Qué terrible nuestro compañero, cómo los persiguió”.

Ahora bien. Ahora bien, tal vez no sea ésta la mejor época del año para plantearlo, pero digo yo -con todo respeto por las creencias ajenas- ¿qué viene haciendo la Iglesia con nosotros, tan necesitados de un Milagro de Fe? No soy católica, no estoy demasiado al tanto, pero me basta con saber que la Virgen fue concebida sin pecado (linda manera de llamar al acto sexual), que Jesús multiplicó los panes y los peces, que hacía caminar a los postrados y ver a los ciegos, que resucitó al tercer día de su crucifixión. Que su muerte fue dolorosísima y, para colmo de males, se nos atribuye. Que el bautismo tiene por objeto borrar el pecado original. ¿Adán y Eva, el fruto del árbol prohibido, la serpiente, la expulsión del Paraíso? Mejor los analizaron Saramago y tantos otros.

Es decir, ¿no nos miente la Iglesia? ¿No nos estafa, acaso? Hoy mismo leo en el diario sobre una Virgen que llora, dos lágrimas que se evaporan enseguida (pero no tanto como para que los fieles no alcancen a fotografiarlas). ¿Por qué nos resulta tan obvio el fraude en el caso de cultos pequeños, por qué nos parece infame que un falso curandero juegue con la credulidad de los necesitados y no abominamos de lo que hace siglos es un cuentito bien contado? No escucho a ningún periodista desenmascarando con la misma vehemencia a nuestra religión preeminente. 

Me gusta creer (elijo creer) que hace ya un montón de tiempo, para estas fechas, nacía un hombre bueno. Lo demás es fuego de artificio.

Minimizar

Y es así que hoy es martes 13, el último del año. Y que, como no podía ser de otra manera, suceden cosas martestreceanas. ¿Qué hace una, entonces? Recurre al humor. Y se ríe de cosas que normalmente la pondrían triste. ¿O no es gracioso que mi madre me muerda el dedo cuando intento limpiar su dentadura? No es eso, claro, lo que me pone triste. Por eso atesoro los minutos de risas francas.

Gabriela Acher se volcó al humor para equilibrar el peso de una madre trágica, que se hacía problemas por todo. Parece que un día le dejó en el contestador un mensaje que decía: “Andá preocupándote, después te explico”. Me acordaba de eso hoy, y de algo que le leí no recuerdo a quién. Decía esta persona que cuando algo la abruma, hace lo que hacemos en la computadora cuando tenemos demasiadas ventanas abiertas: minimizar. Eso le permite tener perspectiva.

También ayuda lo que dice María Sinaí de Hémera, del Centro de estudios del estrés y la ansiedad, con respecto a estas fechas. “Lo que no se llegó a realizar este año, se podrá hacer el próximo”. Palabra de licenciada.

La elegancia

Señora, mis respetos. Quiero llegar a los ochenta y uno con su misma elegancia, con la espalda derecha y la letra bonita. Con la misma ilusión que la vuelve inmortal cada mañana. Con la piel fresca y el discurso sencillo. Quiero darle a mi vida un sentido tan profundo como tiene la suya. Quiero sobrellevar mis dolores con la mitad de su gracia. Aunque le soy sincera (y con todo respeto se lo digo), aspiro a su resurrección diaria sin tener que pasar por los desgarros de la cruz. Porque en ese ánimo de renacidos deberíamos vivir el día a día, con esa misma esperanza.

Ojalá encuentre ud a su Guido. “Que me encuentre, o que me deje que lo encuentre… que me deje encontrarlo…” Es ud clara, y valiente y sincera. Pareciera que un hilo invisible la sostiene desde el cielo y la ayuda a avanzar sin tropiezos por los juzgados del mundo.

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Frases pegadizas

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Hay frases pegadizas, más allá de su acierto. A veces las repetimos durante años y se las pasamos a otros también. Por ejemplo cuando alguien cansaba mucho, mamá solía decir: “Qué va ud a hacerle, ¿va ud a matarle? ¿va ud a pegarle? Hay que dejarle…” Es increíble cuán aplicable es, a lo largo de un día cualquiera. Como es demasiado larga, nos queda así: “Qué va usté hacerle, va usté a pegarle, hay que dejarle”. Sin signos de pregunta ni puntos suspensivos. Lo que no se modifica es la resignación en el tono.

La siguiente frase pertenece a Nora, entre otras cosas profesora de francés. “Andé al campé a trabajé”. Viene de un viejo chiste que habla de un hombre de campo, muy sufrido, cuyo hijo era un auténtico petimetre. El hijo quería viajar a París (él estaba para cosas mayores), así que el viejo le pagaba clases de francés para ayudarle. Después de varios meses, el hijo llegó de visita. “¿Cómo va ese francés?”, preguntó el padre. “Bárbaro”.

-A ver, ¿cómo se dice silla?
-Sillé.
-¿Y mesa?
-Mesé.
-¿Y ventana?
-Ventané.
-¡Andé al campé a trabajé!

Conozco más de uno al que dan ganas de decírselo.

Y otra que se me pegó de Mónica, en la feria, tiene que ver con una desafortunada expresión de Chiquita, en uno de sus almuerzos. “Ay, querida -le espetó a la Rossetto- estás muy, muy de izquierda, demasiado de izquierda”. Cuando la decimos, impostamos la voz y arrastramos el “demasiado”. De tanto repetirla, perdió su sentido. La usamos en forma general para señalar cualquier actitud exagerada, así sólo se trate de un puesto grande. “Muy de izquierda, demasiado de izquierda”.

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Para que las cosas brillen

 

No quiero mirar demasiado (no es exactamente a mí a quien le están contando todo eso), así que me mantengo a distancia. Pero bueno, están todos prácticamente sobre mi puesto y hablando sin remilgos, es inevitable oírlos. Charlas de feria, como solemos decir. Intimidades ventiladas, amores truncos, amores locos, amores peligrosos.

“¿Cómo vas a ir a la casa de una mina que no conocés? Vos estás loco…” Y tal parece, porque la mina en cuestión sufría de esquizofrenia y lo confundió con otro: “¡¡¡Hijo de puta, siempre me hacés lo mismo!!!” Nuestro galán se metió en el personaje asignado y siguió el juego para poder huir; cuando se encaminó hacia la puerta de entrada, algo le indicó ladearse. Lo bien que hizo, esquivó un cenicerazo de la mujer por puro instinto. Otra vuelta se enredó por Internet con una maestra de mediana edad. Todo bien, todo encaminado, hasta que ella le contó que su ex la celaba mucho, que se habían separado sólo unos días atrás, que el hombre era policía y vivía enfrente. Se les ocurrió mirar por la ventana, el ex iba y venía por la vereda, atento a lo que sucedía en el departamento de la maestra. “No sabés el quilombo que es sacar una traba del volante con esos nervios, el tipo se me vino al humo… yo creí que el auto no me iba a arrancar, como en una película de terror”.

Las historias siguen y siguen. En lo que parece un rejunte de escalofriantes leyendas urbanas, desfila la mujer que acudió a una cita a ciegas, tuvo un primer encuentro sexual placentero y terminó violada por otros tres hombres que ingresaron por turno al dormitorio. Abro al azar un libro nuevo-usado, La empresa de vivir, de Tomás Abraham.

Siguiendo con los recuerdos eruditos, es lo que decía Kierkegaard cuando ilustraba el estadio estético con la figura de Don Juan. Siempre otra mujer. La adicción termina por imponerse después de una lucha. Se repite el combate cada día y cada noche. Y siempre se pierde, es la voluntad la que pierde. Se arman estratagemas para detener la compulsión. Se idean trampas. Pero a último momento se viene la ola y nos entregamos a ella como Jonás a la ballena. Que nos trague. Hay un salto al absoluto en esta entrega. En el acto del adicto hay un disolverse en el otro, en la otra instancia. La torta, el pinchazo de la morfina, el nariguetazo, la subida, o el llenado, ese cambio de estado, la alteración, ese contraste motor, lo que saca de sí, lo que rompe la cáscara ya sea para que las cosas brillen, para flotar en el vacío, para verle la espalda a la moneda de la realidad, para llenar el pecho de energía, para sentirse un centauro, sentirse una princesa, o parar el cabeceo de la muerte aburrida… estados que nos llaman y vamos hacia ellos.

Salto a otra página cualquiera:

La receta dice que para conquistar la héteroestima hay que limpiar el espejo. Nos promete que una vez que nos completemos, los otros nos desearán enteros

Hay luces en los buenos libros. Me reconozco adicta.