El alma de los negros

“¿De qué hablan?”, dice Waldo. “De sexo”, le contesto. Pobre pibe, le hacemos la cabeza. En realidad con Mónica nos asomábamos, revista mediante, a las bodas de la alta sociedad española. Hablamos ahora del palo borracho de la esquina. Según Roberto, hay que voltearlo. Me pongo loca, cómo vas a talar el árbol sólo porque lanza algodón al aire. Es que la gente alérgica la pasa muy mal, los vecinos se quejan, esto y lo otro. No me importa, fijate en la sombra, fijate en las flores, fijate en los años que demoró en crecer; bánquense un poco de pelusa. Waldo -casi ingeniero agrónomo- explica que al árbol no hay que voltearlo, sino esterilizarlo. Entonces da frutos más chicos y no larga tanta semilla. “Te das cuenta, Moni, todo tiene que ver con sexo…” “Todo”, asiente Mónica muy seria. Una de las semillas llega volando a nuestros pies, protegida por la pelusa más suave. La guardo en el bolso para llevarla a casa, en una de esas…
Un flaco habla por teléfono dándole la espalda a la cabina. Alto, morocho, de anteojos oscuros y zapatillas Nike. Nos vamos dando cuenta de que está marcando a alguien, él y dos chicas más. Finalmente un policía -alertado por un feriante, hay que decirlo- se planta a su lado con las piernas abiertas. Me doy vuelta para ver a quién vigila el pibe, parece que a tres turistas que han dejado un maletín al costado de la mesa. ¿Les digo, no les digo? No les digas -me aconsejan- a ver si después te siguen. Miro al punga que parece estar observándome, sigue conversando animadamente aunque sabemos que no ha marcado ningún número. Se va, sólo para volver cuando el policía se aleja y simular un nuevo llamado. Hay que tener cara. Cuando prevengo a uno de los mozos, me doy cuenta de que no puedo dar una buena descripción del pibe. Si se quita los anteojos, ya no lo reconozco.
En la esquina, en ángulo al palo borracho de la polémica, descargan tierra en un contenedor. Hace meses y meses que excavan, se rumorea que están construyendo un hotel gay friendly. De vez en cuando, entre la tierra que cae, refulge algo blanco. Según Edgardo, el hombre simple que ve más lejos, son fragmentos de huesos. Porque debajo de Plaza Dorrego, afirma, hubo un cementerio. “De negros, víctimas de la fiebre amarilla de 1871″, amplía una antropóloga. Casualmente en estos días se cumplen ciento cuarenta años. Stephen King se haría un festín con el dato. Si mal no recuerdo, en alguna novela suya maldice la inconsciencia de construir sobre un antiguo cementerio indio.
Las semillas del palo borracho vuelan y vuelan, parece que está nevando. El alma de los negros, dice un amigo.

















