Gente con rabia

No sé de dónde salió, lo veo primero de espaldas, flaco y encorvado sobre el yembé. Es muy joven, o al menos lo parece, su rasgo más sobresaliente es la nariz aguileña. Qué digo aguileña… una Señora Nariz. No sé tocar música ni leerla, pero sí reconocer a un músico. Federico tira un nombre tras otro de artistas brasileros y va cambiando de ritmo sobre su instrumento para graficar los cien estilos (parecen cien) que menciona. Lo hace encorvado, ya fue dicho, el yembé sujeto entre sus piernas flacas. Pese a su fragilidad aparente, deja caer las palmas sobre el parche con fuerza de hombre mientras canta en portugués. La voz es rica, casi negra. La fuerza un poco en los agudos, pero es parte del encanto. Tiene manos grandes, y una exuberancia para manifestarse que hace pensar que anda fumado. No le alcanza con contar las cosas, tiene que moverse para mostrar cómo bailan los irlandeses, por ejemplo. Se lo ve desgarbado, medio pirucho, pero a él no parece importarle. A los siete, ocho años, ya andaba con un tambor a cuestas y alucinaba tocando. “Veía luces de colores, se me iba el cuerpo -para demostrarlo baila espasmódicamente- te juro que nunca más volví a sentir eso, salvo allá en Brasil”. “Pero las llamadas de San Telmo…”, acota uno tímidamente. “Ah, dejame de joder… ¡acá hace falta gente con rabia!” Gente con rabia. Grandes fuegos, diría Galeano. Quinientos monos bajando del morro, especifica Federico, y uno los anhela y teme al mismo tiempo.
De todos los músicos que nombra no conozco a ninguno, salvo a Gal Costa. Parece ser que su mentor caminaba en bata rosa y pantuflas por las calles de París y se lo llevaban preso; los últimos tiempos carecía de nariz por culpa de la meningitis, usaba una de goma. Murió sobre el escenario, agrega Paulo. ¿Murió sobre el escenario?, se asombra Karina. Karina teje una pulsera de metal y macramé que sostiene enlazada en los dedos del pie. No sé si hablan de uno o varios músicos, me cuesta seguir el relato, una porque estoy algo más lejos y otra porque Federico habla demasiado rápido. Habla, baila y hace sonidos de batería con la boca (batería y otros instrumentos, es un hombre orquesta). ¿Está parado, sentado, acuclillado? Cómo saberlo, todo eso junto. Una paloma le pasa cerca… “¿No te dan ganas de pegarle una patada voladora?” Tanto puede ser una patada voladora, como un paso de murga.
Federico cuenta que lo llamaron para tocar, gente de mucha, mucha plata, y él tenía las zapatillas rotas. “El tajo de este lado -va señalando- se juntaba con el tajo de este otro”. Nos hace reir, podemos verlo. “Nunca me compro ropa, pero no podía ir tan croto. Así que media hora antes de salir, en la estación de tren, me compré estas otras”. Las nuevas -azules, a tono con el bermuda- le hacen ver las estrellas. No es para menos, son 44 y él calza 45. Pero esa noche le fue bien, tocó candombe y salsa y lo felicitaron todos. No sólo eso, con el Amigo Chef pudieron servirse toda la comida que quisieron (el Amigo Chef es un compañero de aventuras, pero él no le sabe el nombre). Hace ocho años que viaja con el yembé, su sueño es grabar un par de temas, en eso anda. Cuando se va, me acerco a Karina. Sin que le diga nada, comenta: “Es músico”. Un músico de la hostia, reafirma, como para que no queden dudas.
-¿Me pareció a mí, o estaba medio ido?
-No, él es así. También toca tambor piano, redoblante y chico.
-Guau.
Pongo una coma donde no va ninguna y confundo el tambor piano con el piano, por eso digo guau (qué poco sé, qué poco entiendo). Karina toma aire.
-Es uruguayo.
-Con razón.
-Qué.
-El tambor a los siete y todo eso.
-Es un percusionista de puta madre, les pasa el trapo a todos, tocó con músico grosos allá en Brasil.
-¿Cuanto tiempo estuvo?
-Tres años. Si sos músico y vas a Brasil, te volvés loco. Porque Brasil no es sólo samba, entendés?
-Qué lástima no conocer a un productor. ¿No sabés si enseña?
-Ni idea.
-¿Qué era lo que te recomendaba tanto?
Karina me pasa la lista, desarmo una bolsita de papel para anotarla.








