Lo que sucede en el Mar Argentino y sus causas

 

¿Se acuerdan que les conté que anduve este verano por Orense? Y me llamó la atención la gran cantidad de pingüinos muertos en la playa, no empetrolados, aparentemente muertos contra las rocas. ¿Contra las rocas… o de hambre? Me llegó este mail, lo subo tal cual.

Informe de investigadoras biólogas de las costas patagónicas
Y luego…
Causas originarias o verdaderas causas de la depredación y
del desequilibrio de la naturaleza.

Informe:

DOCTORA EN BIOLOGÍA INFORMA

¿Por qué el filet de merluza cuesta $ 30 el kilo ?

Cuando se unen la estupidez con la ignorancia….
Algo muy llamativo está sucediendo en Argentina desde hace varios años.
En el final de este comentario introductorio daremos a conocer una cifra que se desprende de esta historia que a más de uno va a dejar helado.
Se trata de un tema poco difundido en los medios masivos.
En realidad, es más probable que aparezca en el National Geographic que en nuestra TV abierta.
Por estos días, la prensa argentina e internacional se ocupa extensamente de lo que está ocurriendo en Punta Tombo, Chubut, donde miles y miles de pingüinos llegan hasta esas playas cercanas a la Península de Valdez.
Los llamados pájaros bobos son la atracción para visitantes argentinos y extranjeros.
De todas formas, desde hace ya varias temporadas a estas pequeñas criaturas de 50 cm de alto les surgió una “competencia” que está alterando el mapa de las aves patagónicas.
Los albatros y las gaviotas se han multiplicado de tal forma en esa geografía nacional que algunos biólogos del CENPAT (Centro de Estudios del Medio Ambiente Patagónico) están estudiando de dónde proviene semejante cantidad de ejemplares alados.
A lo largo de todo el gigantesco golfo San Jorge y en localidades pesqueras aledañas de Chubut y Santa Cruz, los habitantes del lugar ven el cielo oscurecerse cuando las bandadas terminan literalmente tapando al sol.
¿De dónde salieron? ¿Por qué son tantos?, se preguntan.
Usted, con razón, también se puede preguntar:
¿Y ésto que tiene que ver con nuestra realidad?
Ya llegamos, esté atento a la cifra que le vamos a revelar.
Estos gigantes del aire despegan hacia el mar en busca de comida…
Los científicos dicen que cada día encuentran más comida, por eso se reproducen tanto, por eso son cien veces más que en los cercanos años noventa; cien veces más.
Resulta que tanto los albatros como las gaviotas encuentran flotando cientos de toneladas de peces muertos muy cerca de la costa…
¿Es la contaminación? ¿Es un fenómeno natural?
No, es simplemente corrupción en Argentina.
El Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación tuvo una desastrosa idea:
Retirar los inspectores que iban a bordo de los pesqueros y los barcos fresqueros que buscan langostinos, cambiándolos por meros “observadores”, con un casi nulo poder de policía.
Este hecho coincidió casualmente (o no tanto) con otras dos situaciones desgraciadas:
1. La Comunidad Económica Europea expulsó de sus mares a los buques congeladores que eran altamente depredadores.
Ante la imposibilidad de trabajar en el viejo continente, las grandes empresas españolas emigraron hacia Argentina, donde la depredación es una palabra desconocida, casi sin uso.
2. Las autoridades provinciales de Santa Cruz y Chubut (el gobernador Das Neves es uno de los que permiten esta depredación) completaron el círculo permitiendo a las naves factorías foráneas a tirar (sí, a tirar por la borda) aquel pescado que no les conviniera.
Desde entonces, los buques que buscan langostinos sólo se interesan por esta especie, que cuesta en el mercado internacional 18 dólares el kilo. Leyó bien, casi 70 pesos el kilo.
Por ello, arrojan al mar la merluza, el cazón, el abadejo, las rayas y hasta el salmón, que caen en sus redes. Como la merluza es un predador del langostino, ejemplares de muchísimo kilaje quedan atrapados, son llevados a la cubierta y luego arrojados al mar.
Como estos peces viven a 80 o 90 metros bajo la superficie, una vez subidos al barco mueren por una normal diferencia de presión. Aunque sean devueltos al océano, ya están muertos.
¿Quién se los come?
Acertó: los albatros y las gaviotas…..
¿Sabe cuántas toneladas de merluza tira al mar cada uno de estos barcos
de 40 o 50 metros de eslora? 10 toneladas diarias; 10.000 kilos.
Siga sumando con nosotros.
10.000 kilos por día, sólo de merluza (no estamos contando centolla, ni abadejo, ni cazón, ni salmón, ni nada de eso) hay que multiplicarlos por la cantidad de barcos que salen a buscar langostinos.
¿Sabe cuántos son, cada día, sólo en esa zona?
Nunca menos de cien.
Multiplique, cien barcos, que tiran diez mil kilos de merluza, son un millón de kilos de pescado arrojados al mar cada vez que sale el sol.
¿Sabe cuántos argentinos podrían comer estos manjares gratis cada día?
Un millón de compatriotas, que dejarían de tener hambre, porque un kilo de excelente pescado es un regalo de los dioses.
¿Sabe cuál es el país que tiene la mejor educación y la tecnología más avanzada del mundo?
Japón. ¿Y sabe cuál es la base de la comida nipona?
No es el arroz como nos hacen creer, es el pescado.
¿Hace falta detallar las virtudes que les traería a nuestros chicos alimentar sus cerebros con fósforo de nuestros mejores ejemplares marinos?
Estos números que causan vergüenza fueron denunciados una y otra vez por los marineros no nucleados en el SOMU, el sindicato que dirige el impresentable “Caballo” Suárez, ese irresponsable titular del gremio marino que se emborrachó en el medio de una gira de Cristina Kirchner por Europa, generando un escándalo que motivó que lo sacaran de la delegación.
La oposición a Suárez le ha implorado a los empresarios, a los gobernadores patagónicos y a las autoridades nacionales, que terminen con esta depredación del recurso y que alimenten a la gente pobre, que también existe en el sur de nuestro país.
¿Saben cuál fue la respuesta de los dueños de las pesqueras españolas?
Tratan de no contratar personal de a bordo argentino, optando por peruanos y bolivianos que no se quejan de la depredación; porque, total, la plataforma continental no la sienten como propia.
¿Saben qué contestan los políticos argentinos?
Les bajan los impuestos a las ganancias para que ganen más y no sigan protestando.
Hace pocas semanas, los marineros opositores se rebelaron y quemaron varias plantas de procesamiento en Puerto Deseado.
Uno de los pedidos, además del salarial, era que dejaran de tirar pescados muertos al mar.
Los científicos extranjeros que analizan la multiplicación de gaviotas y albatros señalan con resignación:
“La causa de semejante mutación en la población de aves no es otra que la enorme riqueza de los argentinos, casi tan grande como su propia estupidez.”

Informado por Alicia Jardel
Profesora y Colaboradora de Investigación de Bélgica

Ahora ya lo sabés.
En lugar de amargarte, nada más, difundilo.
Este es otro de los interminables negociados que hacen los políticos a expensas de la riqueza de nuestro suelo, la apatía de nuestro pueblo, (y lo que es muchísimo peor) el futuro de nuestros hijos…

Enviado por Dora Grigera -
Doctora en Biologia – Investigadora del Centro Universitario de
Bariloche – Universidad Nac. del Comahue.

Causas verdaderas:

Informe muy bueno de lo que está pasando en las costas del Mar Argentino, con el aumento llamativo de las colonias de albatros y gaviotas, como consecuencia de la depredación indiscriminada que hacen buques factoría españoles y otros de la Comunidad europea, Japón y “la mar en coche”.
Además se suma a esto la no intervención de las autoridades provinciales; y la corrupción y “vista gorda” del autoridades provinciales y nacionales.
¿Por qué? ¿Cuáles son las causas madres? ¿De donde viene la “madre del borrego”?
Esto lo saben la presidente, asesores y algunos ministros del gobierno nacional, gobernadores de las provincias del sur y varios diputados y senadores nacionales y provinciales. Pero es un secreto de estado, por la falta de información, falta de memoria del pueblo, por el silencio cómplice de los medios, etc., etc.
“De esto no se habla”. Compromiso inconfesable de los distintos gobiernos democráticos después de la entrega económico financiera y la derrota de Malvinas por el “Proceso militar asesino e iniciador de la dependencia económica de la Argentina”.
Una de las causas de la dependencia del país, también en democracia, es:
“Declaración conjunta de los gobiernos de Argentina y Gran Bretaña” en mayo del 2000, firmada en Madrid por el cipayo presidente Carlos Menem y el representante en Argentina de los intereses financieros extranjeros, con el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores (RR.EE.) de Argentina, Domingo Felipe Cavallo (que raro…, ¿no?) por un lado; y por el lado de Gran Bretaña el Premier británico y el Ministro de RR.EE., en las que acordaron, como consecuencia de la derrota de Malvinas (¡después de 8 años de terminada la guerra…!!!) la rendición incondicional de argentina en lo militar, económico-financiero y explotación de recursos.
¿Por qué no fue un Tratado, como es común en las buenas y transparentes relaciones entre dos países?
Porque todo tratado tiene que tratarlo y aprobarlo el Congreso Nacional, y allí hubiera tomado estado público la transformación de la Argentina, en la práctica, de estado dependiente.
¡No se puede comprender tanta traición a la patria y tanta inmundicia en aquellos que juraron defender la soberanía e intereses argentinos…!!!
Consecuencias:
La libre explotación de los recursos pesqueros del Mar Argentino (¿Argentino?) desde Chubut hacia el Sur en la que Gran Bretania determina también permisos y autorizaciones para todo tipo de explotación de recursos ¿qué tal?
Para legalizar parte de esto y consumar la explotación de recursos argentinos se recurrió al cambio de la Constitución Nacional en 1994 con el pacto Menen-Alfonsín, que nos hicieron creer que era solo para la reelección de Menen, pero… se determinó por la ley suprema de la nación (la Constitución Nacional) que la explotación de los recursos energéticos, de reservas de agua, de minerales, de riquezas naturales, etc., etc., es privativo de las provincias y no lo tiene que aprobar más el Congreso Nacional.
¿Los constituyentes que aprobaron esta reforma estaban distraídos?
¿Cómo se llama esto…?
De ahí todas estas consecuencias que vemos y sufrimos, también en otras provincias.
Esta es la causa original de lo que pasa en las costas y aguas del Mar Argentino.

Otras preguntas relacionadas para comprender lo que pasa y sacar conclusiones:
- ¿Por qué ningún gobierno democrático denunció ante tribunales internacionales la estafa e ilegalidad de la deuda externa argentina, contraída por el gobierno ilegítimo e ilegal del proceso militar y que sigue creciendo, sin que nadie diga nada? (top-secret)
- ¿Por qué no se trata la deuda externa en el Congreso Nacional, que es donde corresponde? (desde el año 2000 está ingresado y sin ser tratado el fallo del Juez Federal Ballesteros que comprobó y dictaminó que la deuda externa argentina es una estafa ilegal e ilegítima)
- ¿Por qué ningún gobierno democrático después de Menen, denunció en tribunales internacionales la declaración conjunta de Argentina-Gran Bretaña, que pone al país de rodillas e indefenso ante la voracidad de los explotadores extranjeros, como está ocurriendo?
- ¿Por qué de esto no se habla y no se difunde?

Nota: por todo esto no compartimos en el informe de las biólogas, que todo es consecuencia de la corrupción, y al final califican a los argentinos como grandes estúpidos, “que tenemos una gran estupidez”.

“Lo esencial es invisible a los ojos” El principito – Antoine de Saint Exupèry

Ocultar y desinformar son maneras de mentir.

“Nada constructivo y duradero se puede levantar sobre la mentira”.

Un abrazo, con sentimiento nacional: argentinos patriotas.

“La única verdad es la realidad”.

Gente así

Me enteré el sábado por la mañana.

-¿Me da Clarín, por favor?

Ahí estaba, en primera plana.

-Uhhh…

La voz del kiosquero sonó casi festiva.

-¿Qué pasa, quién se murió?

-Hugo Midón…

El hombre cambió el tono.

-Ah… sí, dicen que era muy bueno.

-Yo lo admiraba mucho. Bueno, gracias…

¿Qué sabía yo de Hugo Midón? Nada. Nunca vi La vuelta manzana, no recordaba el nombre de Huesito caracú. Sin embargo, había escuchado hablar de su respeto hacia el público infantil. Hace muchos años tuve la peregrina idea de pedirle trabajo. ¿Por qué no? Era joven, era audaz, tenía mi título de maestra jardinera y me gustaba el teatro. Con todo idealismo y bastante ingenuidad, me acerqué hasta su casa (sólo Dios sabe cómo conseguí la dirección, creo que leyendo un reportaje). No estaba, andaba de viaje, me explicaron los obreros que iban y venían por el pasillo de entrada, haciendo alguna refacción seguramente.

Pasó mucho tiempo, mucho de verdad, cuando me lo crucé por primera vez en un cine de Caballito. Reaccioné como cualquier cholula, codeando a mi pareja: “Mirá, Hugo Midón”. Lo dije en un susurro que pareció retumbar entre las butacas vacías. No recuerdo si antes o después, escuché una rima infantil de su autoría, de una musicalidad increíble. Qué raro no saber casi nada de él, y sin embargo buscarlo para trabajar juntos. Qué raro lamentar su muerte, sin haber visto ni una sola de sus obras. Hay gente así. Fueguitos que arden la vida, como dice Galeano.

Por ellos

madre

“El veinticuatro de marzo estuvo así -dice el Hombre- frío, pero soleado”. Estamos desayunando y escuchando la radio, no hace falta que aclare de qué veinticuatro habla. “Había patrullas militares por toda la ciudad. Una iba por Callao hacia Congreso… eran un jeep, una tanqueta y un carro blindado con efectivos. Pasaron frente al local del PC y a un milico se le ocurrió disparar con el FAL contra la fachada del edificio. Desde adentro los miraba el casero del local, la bala atravesó la persiana y le pegó en la frente. Por suerte no llegó a penetrar, sólo lo rozó. Julio, un compañerazo, un tipo bárbaro. Y el milico tiró por tirar, porque le pareció pertinente… Toda la formación de mierda que tenían, le pareció pertinente tirarle a los comunistas”.

El Hombre sigue. “Julio había sido casero de nuestro sindicato hasta septiembre del año anterior. Por esos días yo llego a trabajar, tipo siete de la mañana, ahí nomás un tipo me pone una pistola en la cabeza y lo encuentro a Julio tirado en el piso, en medio del hall de entrada, con las piernas separadas y las manos en la nuca. ‘Entrá y no te resistas que te amasijamos’. Otro, desde la escalera, me apuntaba con una Ithaca.

-¿Quiénes son ustedes?
-Ya vas a conocer quiénes somos nosotros…
-¿Qué hace Julio ahí? Julio, ¿estás bien?
-¡No hablés vos! ¡Y vos, no hagás más preguntas! Entrá y arrodillate con las manos en la nuca.

El Hombre ceba un mate y repasa la angustia. “Yo veía que Julio estaba bien, no sangraba, ni nada. El tipo (ya lo tenía detrás) me dijo: ‘Nosotros venimos en nombre de la compañera Isabel y del compañero López Rega, mañana vas a ser noticia porque te van a encontrar en Ezeiza con un agujero en el pecho’. Ahí me pegó un tacazo en la espalda, yo caí de frente, me palpó y ató las manos con alambre”.

Qué puedo comentar, lo miro en silencio. “Una compañera embarazada vino al mediodía, viendo gente extraña, avisó a los talleres centrales. Se armó una movilización y se fueron sumando más y más compañeros, hasta que cortaron la Avenida Alberdi, ahí en Caballito. Con tanta movida no les quedó otra que soltarnos, a Julio, a mí y a otros que se habían ido sumando. Cuando fuimos a la Comisaría a hacer la denuncia, los canas nos dijeron que tenían orden de no intervenir”.

*
El que no se salvó fue Tony, un amigo de la escuela industrial. “Teníamos sólo seis años de diferencia, cuando yo ingresé al secundario, él había egresado como alumno y era profesor de taller. Con los años nos seguimos viendo, en el año 77 yo le llevaba la prensa del Partido, todos los jueves por la tarde. Además de dar el taller, él trabajaba en la Mercedes Benz como capacitador de obreros. Era muy competente, al punto que se lo disputaban con la Chrysler, incluso lo mandaron a capacitarse a Alemania. Ese último jueves, Tony me contó que un milico de un Batallón le había propuesto ingresar al ejército como capacitador y él había respondido que no quería, bajo ningún concepto. El tipo había insistido diciendo que era una gran oportunidad, le podían dar grado militar a pesar de su condición de civil. Tony respondió: ‘No, menos que menos, lo último que querría es ser militar, no con lo que están haciendo en el país, deteniendo a la gente…’ Eso me lo contó el jueves a la noche. El sábado a la madrugada, le patearon la puerta del chalecito en Ramos Mejía donde vivía con la esposa y sus dos nenes, se los llevaron a la rastra. Todo el batifondo hizo que salieran los vecinos, por eso a los chicos no los pudieron secuestrar. Dos días después, la mujer apareció deambulando en estado de shock en el Camino de Cintura, violada y golpeada. De él no se supo más nada, ella terminó internada en un psiquiátrico”.

- ¿Y los chicos, qué pasó con los chicos?

- Los entregaron a los abuelos.

Almorzamos y preparamos el termo y los abrigos, la idea es quedarnos a disfrutar de Plácido Domingo después de la marcha. Hay mucha, mucha, mucha gente. Qué bueno eso, hay mucha gente.

La comunicación

Leo en el diario que hay una lengua -el ayapaneco, una variante lingüística mejicana- que está por morir. Sus únicos hablantes, dos ancianos que viven a 500 metros uno de otro, no se dirigen la palabra por viejas enemistades. “No mantienen relación alguna desde hace años por un desencuentro del que se desconoce el origen”. De qué me asombro, tengo vecinos de piso que no sé cómo se llaman, compañeros de trabajo con los cuales sólo me saludo y relaciones interrumpidas hace meses.

Hoy, sin ir más lejos. Llego a la plaza y, como siempre, tomo al paso una silla de plástico de una pila. Al instante se me acerca el hombre, un tipo grande, a decirme que no puedo sacarla. No así, “no de prepo”. Maldición, es el tercer día que tengo problemas con él, nunca los tuve con nadie.

-Ud sabe que yo se la pedí al dueño y él me autorizó.
-No me interesa, ud de acá no la saca, el que está a cargo soy yo.

Ah, ya empiezo a levantar presión.

-Oiga, ud escuchó el otro día (porque me siguió de mala leche que es) que el dueño me decía que no había problema y que se la devolviera al irme.
-Venga cuando está el dueño.

Ahí nomás manoteo la silla, esto es una injusticia. El hombre la sujeta para evitar que me la lleve. Mi reacción es virulenta, lo miro con odio. “Qué mal cogido que está”. No conforme, agrego: “Ese es todo el problema”.

-Ud es una mal educada.

“Y ud también, ¡se lo merece!”, le grito ya a mitad de plaza.

*

Pobre viejo, qué culpa tiene. Dejo mi paño a medio armar y me acerco hasta donde está sentado.

-Discúlpeme, me dejé llevar.
-Entiéndame, el dueño me dijo: “Si quieren una silla, que vengan a pedírmela a mí”.

Pongo mi mejor cara de entender, le pido disculpas de nuevo y consigo su primer sonrisa desde que nos conocemos. Un par de horas después, veo que ponen las mesas y me acerco a uno de los mozos. Sonrisa encantadora, Maia, que el día es largo.

-Hola, ¿me puedo llevar una de las sillas?
-Sí… llévese dos.

Me quedo pensando.

-¿Qué me quisiste decir?
-No, que así son más fuertes, se rajan con el sol…

Cuando me alejo, escucho que le responde a un compañero: “Es grandota, boludo”.

*

Le digo a Mary que me mire el puesto, voy a ver si consigo un espejo. “Naa -me dice Agustín, el hijo- ¿cómo vas a comprar un espejo? Yo el otro día fui a la espejería y les dije: ‘Hola, soy artesano, no tendrían un pedazo de espejo que les sobre? Es para que las chicas se miren, nomás…’ Y mirá el que me dieron”. Biselado y todo. “Tres me querían dar”. Lo que es ser lindo y joven.

-¿Qué edad tenés, Agus?
-¿Que tiene que ver la edad?
-Mucho, por la frescura.
-Yo voy a ser fresco a los sesenta también.

Le creo. Agus se pone a leer el diario. “Hay que escucharlo a Chávez, no tiene ni un pelito en la lengua”, “el Kadafi éste es un bardo, mandó fruta y ahí se metió Francia…” Al rato convence a unos turistas de que le compren un mate. “You put hot water, repose three days and drink”. Repose, no existe. Es el turno de ayudar a su mamá, hay dos extranjeras paradas frente a su paño. Yes, él habla inglés. “My mother made, leather of…” Agus agita los brazos como si el avestruz volara. Qué importa, Mary vende una cartera, una muñequera y un monedero.

Cuando me voy están con la Claringrilla. “Vos, metalero -pide ayuda Agus al Nene- metal alcalino…térreo de color amarillo brillante, que descompone el agua a la temperatura ordinaria”. “Cobreolina”, dice el Nene, sólo porque se le ocurre. Agustín cuenta el número de casilleros, no, no es.

Que tengas una buena vida

“Tanto lío con San Patricio -le digo a Karina- acá tenemos San Patricio todo el año y no decimos nada”. Karina se ríe mirando el entrevero de cuerpos y las botellas de cerveza al costado, empieza la feria.

Un cartonero encuentra la caja en un container, bajo un montón de basura. La saca y la deja a un costado, el que se tropieza con ella después es un paseador de perros. Cuatro cachorritas, me cuenta Mónica, todas iguales. Y se descarga contra los mal nacidos hijos de su madre capaces de cosas así. “Ya vengo, mirame el puesto”. Así como yo me escapo a mirar diseños, Mónica desaparece cuando hay algún animal en riesgo. Vuelve y comenta algo, mucha atención no le presto. Pero resulta que Isidoro, el custodio del negocio de enfrente, va a ver a las perritas. Y una de ellas le gana el corazón, pide que se la guarden para su hija. “Me miró, y perdí”.

Cualquiera sentiría curiosidad, así que yo también me acerco hasta la esquina y pispeo dentro de la caja. REGALO CACHORROS, dice el cartel en letra prolija. Parado al lado, un joven papá, con su mujer y su bebé. Es verdad, son todas iguales: marrones, de patas negras. Un feriante saca una de la caja y le habla, de inmediato es lamido en la barbilla. El joven papá cuenta a quien quiera oir la historia del container, todos se indignan. A media tarde se acerca para decir, tan contento, que ya ubicaron a tres y sólo queda la más chiquita.

La que le toca a Isidoro es una bola perfecta y temblorosa que se harta de leche. Cómo se llama, le pregunto apurándolo. “Celeste”, Isidoro señala el lazo de lana que alguien le ató al cuello. Tritura después alimento para perros con una madera y lo agrega al plato de leche, pero la cachorra ni lo toca, se ve que nunca comió sólidos. La tomo con cuidado en mis manos, tiene la panza llena y quiere bajarse. En el piso hace un pis ridículo, un charquito inexistente que intenta cubrir con patadas. La hija de Isidoro nos la acerca para que nos despidamos. Mónica la toma de las patitas: “Chau Celeste, que tengas una buena vida”. “Chau, cielo”, le digo yo. La perra me mira directo a los ojos, los suyos son expresivos y oscuros. “Me miró -dijo Isidoro- y perdí”.

Impresiones II

“Si Dios existe, ¿por qué hace estas cosas?” La pregunta proviene de un amigo, en un curioso intento de probar mi fe. Dejando de lado sus malas artes, es buena pregunta. Tal parece que hasta Hitler ha tenido su razón de ser. Ya sé, no ando “políticamente correcta” últimamente, pero saben qué? No me importa. Andamos todos pisando huevos, no sea cosa de que vayamos a decir cosas… qué? ¿rebatibles? Si es cierto que todos tenemos una misión en esta vida, hasta la de Hitler ha debido tener algún sentido. Tal vez llevarnos a estar atentos al huevo de la serpiente. Tal vez considerar al mundo con un antes y un después de Hitler, el Anticristo.

Si Dios existe, ¿por qué lo de Japón? Terremoto, tsunami, alerta nuclear, volcanes en actividad… No sé. Alemania ha dado marcha atrás con el tema de las centrales nucleares. Otros países revisan la seguridad de las suyas, o desisten de construirlas. Soy de la idea de que todo cuanto acontece forma parte de un Gran Tapiz. Siendo como somos apenas una hebra, estamos demasiado cerca para ver el dibujo que ayudamos a conformar. Todo lo que soy y el lugar que ocupo se debe a la suma de distintas circunstancias que me llevaron al presente, con sus más y sus menos. Si miro hacia atrás es facil verlo, pero lo que me sucede hoy me hace preguntar siempre ¿por qué? Y en los peores momentos: ¿por qué a mí, por qué ahora? Es un caso extraño de confianza en el pasado (de que lo que sucedió tuvo su razón de ser) y desconfianza en el presente. Qué sabe nadie por qué pasa lo que pasa. De aquí a algunos años seguramente veremos la importancia de las lecciones que deja esta tragedia. Ahora estamos “demasiado cerca para verlas”.

Otro tema: algunos acusan a los medios de información de sensacionalistas, de ambientar con música de catástrofe, de apelar al morbo de la gente, de hacer de la noticia un espectáculo. “Nada es tan grave -parecerían decir- no pasa nada, no es el fin del mundo, termínenla”. Bueno, tengo familia en Méjico y estuve más que atenta. Los números de muertos y desaparecidos son reales, las réplicas del terremoto y las explosiones también. Si no nos importa, hacemos la de Susanita desperezándose tras leer el diario: ”Ah, por suerte el mundo queda tan, tan lejos!!!”

Impresiones

En lo que parece una habitación amplia y vacía, llama la atención la belleza del piso de madera. El operario coloca un cuerpo sobre un rectángulo de hule azul celeste, aún desde lejos se destaca la calidad del material usado. Luego lo enrolla, dobla los extremos del plástico, da dos vueltas de cordel a la altura de las piernas y el pecho y finaliza pegando encima una gran etiqueta de papel madera. Con economía de movimientos, en una escena difícil de olvidar, el cuerpo es ubicado al lado de otro preparado de igual modo. Todo el proceso ha durado escasos minutos.

“Esos son cuerpos, no?”, busca confirmar un conductor del noticiero. La tarea está a cargo de quien fuera dueño del mejor restaurant de una de las ciudades devastadas por el tsunami. No puedo menos que recordar un libro que supe tener entre mis manos, sobre el arte del envoltorio en Japón. Dos fotos, especialmente: huevos dispuestos en canastillas individuales trenzadas entre sí y una fruta presentada en un pañuelo de seda. No sé si las canastillas (bellísimas, ligeras) se tiran cada vez, pienso que sí, el junco del cual estaban hechas lucía verde. La fruta escasea, por eso la ofrecen de regalo.

Otra escena muestra a gente en los refugios, arropada con mantas impecables que aún conservan sus marcas de doblez y usando barbijos blanquísimos, prima la idea de limpieza y orden.

El mismo respeto hacia las grandes y pequeñas cosas.

*

Me dice Mónica que leyó a una mujer en Facebook, ella entiende que el mar se cobró sus muertos. Se refiere a los balleneros, a la pesca con redes kilométricas, a la matanza de delfines. Yo también lo pensé. Se lo digo: “Yo también lo pensé”. Contra toda racionalidad, contra todo registro de actividad sísmica en la zona.

¿Habrá dos culturas japonesas? Miro la tragedia filmada en primera persona. Vehículos de todo tipo avanzan en medio de una correntada turbulenta que crece a cada segundo, se oyen los gritos de quienes miran la escena a través de las ventanas del aeropuerto. Las imágenes son perfectas, la mano no ha temblado.

Contar una historia

El suplemento The New York Times del sábado informa que existe una supercomputadora de IBM que aplastó a dos de los mejores jugadores humanos de “Jeopardy!”, su próximo reto será aprender a diagnosticar y tratar pacientes con la ayuda del Centro Médico de la Universidad de Columbia y la Facultad de Medicina de Maryland. Claro, con alguna diferencia en la empatía.

Lo que atrajo mi atención es que “Watson, la supercomputadora, puede analizar los componentes básicos del lenguaje pero no puede contar una historia”.

Hay una obra de teatro, española, sobre la confrontación entre la libertad individual y las convenciones sociales. Se llama Cientos de pájaros te impiden andar. Supe de ella en una vieja nota de Olga Cosentino (Caras y Caretas) sobre el Festival Iberoamericano de Teatro, el título me pareció maravilloso. En seguida se disparó mi imaginación, es claro… cientos de pájaros te impiden andar. Lo interpreté como tantos otros anhelos de libertad que nos detienen en nuestro camino, cualquiera éste sea. Incluso lo asocié a la dificultad para elegir (un proyecto de vida, una carrera, una pareja). Y recordé a la supercomputadora, con su capacidad de ”masticar terabytes de datos para establecer estadísticamente probables respuestas a pistas basadas parcialmente en qué palabras aparecen con más frecuencias con otras palabras”. Pero “sin una comprensión profunda, ni emoción compartida, ni tensión dramática”. ¿Qué hubiese interpretado Watson, más allá de un número o una inacción?

Participé de una suerte de polémica, en estos días, con respecto al tema de la educación. Más precisamente, la distancia educacional. Ya saben, lo culto, lo inculto y demás. Y sostenía que a mi modo de ver es más inculta la persona que dice “Ay, cómo no sabés eso” (o su variante más simpática, ”vos vivís en un frasco”) que la que ignora el dato en cuestión. Porque hay millones de cosas que no sabemos, todos nosotros. Señalar un desconocimiento indica, cuando menos, un ego grande. Lograr que el otro se sienta cómodo con quien es, ¿no es acaso de persona instruída? Digo, se me hace, qué sé yo.

A veces creo que la gente de campo, tan simple ella, termina diciendo las mismas verdades que los grandes filósofos y pensadores de todos los tiempos. Hay un modo de ver, y apreciar, tanto o más valioso que la acumulación de conocimiento (la capacidad de masticar terabytes de datos, etc). Es de primera mano, se vivencia. Pero de algún modo seguimos juzgando a la gente por la cantidad de libros leídos, incluso por horas de televisión vistas. Peor aún, por su memoria!

Alguna vez lo dije, yo perdí un amor. Confundí simplicidad con zoncera. No supe ver la belleza de ir de A a B, como una flecha directo al blanco.

Aquí nomás, enfrente nuestro

La primera que se da cuenta es Mónica. Tal vez porque es tan solidaria. Se le tuerce la cara, en un gesto de incredulidad y angustia: “Ay, mirá ese bebé, está al borde de la desnutrición”. Miro, delante nuestro hay una mamá muy joven, zapatillas de basquet, pantalón negro, musculosas superpuestas. Los breteles del corpiño son finos y destacan en su espalda levemente encorvada. Es delgada, pero no más que cualquier chica que uno ve por la calle. Carga al bebé en el brazo derecho, intenta al mismo tiempo una llamada por el teléfono público. El chiquito tiene los brazos y las piernas extremadamente flacos. La carita es triangular, con el ojo derecho enrojecido.

Le cuento a Mónica que una vez soñé que tenía un gato gris y, vaya a saber por qué, olvidaba alimentarlo. Lo encontraba muchos días después, en un jardín descuidado. El animal saltaba entre los pastos, enloquecido y con ojos ardientes. “No sabés la culpa, en el sueño. Imaginate con un hijo”. Y sigo. “Viste esas fotos terribles, de las madres africanas dando la teta a un bebé en los huesos…”

Mónica reacciona, se cruza a ayudar con la llamada, es al 108, la chica está buscando un parador. Como nadie responde, Mónica llama desde su propio celular. “Habla una artesana, es por una mamá que está aquí en la plaza con su bebé…” Le da la espalda y se aleja unos pasos. “Sí, un chiquito desnutrido, de un año y ocho meses. ¿Cómo? No, no hace falta”. Mónica me consulta, ¿hace falta que venga el SAME? No. “¿Y cuánto demoran?” Mónica va y viene, el celular pegado a su oreja. “Ajá, pero digamos que es en el día”. Mónica, la misma que falta cuando hay campañas de castración, la misma que denuncia el trabajo esclavo. “Sí, va a estar en la Salita 15, esperando”.

Todo el tiempo he querido cruzarme al nuevo Havanna y comprar un cortado y un alfajor de chocolate. Trece pesos, cuatro con cincuenta el alfajor solo. Llevo vendidos recién veintinueve, veinte con setenta ya destinados a una factura que vence mañana (segundo vencimiento). Mirando a esa criatura, por algún motivo mi deseo de la promoción se acrecienta obscenamente. La madre lo deja en el piso y el bebé gatea velozmente, en lugar de caminar. ¿Cómo podría? Recuerdo a Galeano y su historia del niño que ve por primera vez el mar y no puede con tanta grandeza: “Papá, ayudame a mirar”. Me acerco a Pablo. “Mirá ese chiquito, qué desnutrido está”. Pablo presta atención inmediata, tiene dos hijos pequeños. En cambio Marcela no dice nada ni cambia el gesto, los lentes oscuros impiden saber qué siente o piensa. La pesadilla del bebé con piernas demasiado débiles para sostenerlo contrasta con la tarde amable, se está lindo al sol.

La joven mamá no parece tener clara conciencia de nada, mientras Mónica habla por su celular, se acerca a mirar mi paño y pregunta hasta qué hora estamos, casi como si quisiera comprar algo. Mónica finaliza la llamada y le indica que debe esperar en la Salita 15, para que la gente del parador la encuentre. Que ahí le van a dar comida y va a poder ducharse. ¿Tiene familia acá? No, no tiene. ¿Y el papá del bebé? Está en Paraguay, trabaja. La chica agradece y se va con su hijo, todas su pertenencias caben en una bolsa plástica de manija rota.

*

Son las tres, tal vez las cuatro de la mañana. Estoy acostada de espaldas al Hombre, por su respiración lo sé despierto.

-Hoy vi un chiquito desnutrido.
-Qué?
-Hoy vi un chiquito desnutrido.
-No te entiendo.

Alzo la voz, siempre de espaldas.

-Hoy vi un chiquito desnutrido.

Por primera vez, quiero agregar. Gateaba, no caminaba. Pero el Hombre no pregunta nada. Minutos después, apoya su mano en mi cintura.

Un lugar distinto al sur de la frontera

Vaya uno a saber por qué, tal vez porque los estímulos son suficientes, en vacaciones se suele leer poco. Llevé un libro de Haruki Murakami, el niño mimado de la literatura nipona, y en la administración del camping compré otro sobre inteligencia moral. Abrí primero el de la inteligencia, leí algunas cosas con las que acordé de inmediato y lo abandoné empachada.

Al de Murakami lo sigo en la feria, al regreso.

Viene a cuento, ayer vi parte de una vieja película. En Deconstructing Harry, Woody Allen desciende (literalmente) hacia el infierno. La voz del supuesto ascensorista anuncia que en ese piso bajan los abogados que salen en televisión, en el siguiente los representantes de medios de comunicación y así sucesivamente. Por ahí andan también los críticos de libros. Puede ser, pero como con todo lo condenable, la tentación es grande.

Murakami escribe como Corín Tellado. Que no se me malentienda: es entretenido, estira una historia de amor hasta los límites de la obsesión, la carga de soledad. La trama es poco creíble. Hasta aquí las similitudes. A diferencia del erotismo naif de la autora, el suyo es explícito, teñido de melancolía. Por un motivo u otro, los personajes no terminan de conectar. Cuando hay piel, no se comunican. Cuando hay comunión de almas, no se encuentran. Su escritura es despareja, por momentos profunda, otras sólo hilvanada:

Cuando le toqué los dedos, ella alzó un poco la cabeza y me miró. Luego volvió a bajar los ojos.

-El sur de la frontera, al oeste del sol -dijo.

-¿Qué es eso de “el oeste del sol”?

-Existe de verdad -dijo-. ¿No has oído hablar de la histeria siberiana?

-No.

-Lo leí en alguna parte hace tiempo. Creo que cuando iba al instituto. No logro recordar dónde, pero, en fin, era una enfermedad que sufrían los campesinos de Siberia. Imagínatelo: eres un campesino y vives solo en los páramos de Siberia. Trabajas la tierra un día tras otro. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada. El horizonte al norte; el horizonte al este; el horizonte al sur; el horizonte al oeste. Nada más. Todos los días, cuando el sol sube por el este, vas al campo a trabajar. Cuando alcanza el cénit, descansas y comes. Cuando se oculta tras el horizonte, al oeste, vuelves a casa y duermes.

-Una vida muy distinta a llevar un bar en Aoyama.

-Sí -dijo ella sonriendo. Y ladeó un poco la cabeza-. Muy distinta. Y eso, día tras día, año tras año.

-Pero, en Siberia, en invierno, no se pueden cultivar los campos.

-No, claro -dijo Shimamoto-. Durante el invierno te quedas en casa trabajando en cosas que puedas hacer en el interior. Y, al llegar la primavera, vuelves a salir al campo. Tú eres ese campesino. Imagínatelo.

-De acuerdo.

-Y entonces, un día, algo muere dentro de ti.

-¿Algo muere? ¿El qué?

Ella negó con la cabeza.

-No lo sé. Algo. A fuerza de mirar, día tras día, cómo el sol se eleva por el este, cruza el cielo y se hunde por el oeste, algo, dentro de ti, se quiebra y muere. Y tú arrojas el arado al suelo y, con la mente en blanco, emprendes el camino hacia el oeste. Hacia el oeste del sol. Y sigues andando como un poseso, día tras día, sin comer ni beber, hasta que te derrumbas y mueres. Esto es lo que se llama histeria siberiana.

Intenté representarme la imagen de un campesino siberiano caído de bruces en el suelo, agonizando.

-¿Qué hay al oeste del sol? -pregunté.

Ella volvió a negar con la cabeza.

-No lo sé. Tal vez no haya nada. O tal vez sí. En todo caso, es un lugar distinto al que está al sur de la frontera.

Cuando Nat King Cole cantó Pretend, Shimamoto y yo la seguimos a coro en voz baja, como antes.

Pretend you’re happy when you’re blue, it isn’t very hard to do.

*

Leo esta parte distraídamente, no estoy siquiera segura de haberla entendido. Pero el corazón comprende antes y mejor, Murakami ha logrado tocar el mío con su dedo desnudo.