Cuento para una tarde de viento
Bailar el universo ajeno
Marito vive con sus padres y sus tías en una gran casa con patio, en algún lugar de Capital. Todo el día se enseña algo a las señoras del barrio: pintura sobre porcelana, labores, piano. Es un universo de arte, un universo netamente femenino. Su madre, además de ser artista (hay que ver la delicadeza y soltura de sus pinceladas), es una persona de carácter, de físico grande e ideas claras sobre cómo deben hacerse las cosas. Eso incluye muchas reglas, mucha revisada de orejas, mucho andar de patines sobre el piso encerado y no apoyar los codos en la mesa. Marito también es de físico grande, pero ha aprendido a moverse como una bailarina entre trabajos a medio hacer de arcilla, bastidores con bordados y partituras sueltas.
En eso está, en ese ahogo de minucias y prolijidades, entre lustradas de bronces y enmarcado de óleos dudosos, cuando un imprevisto cambio político tuerce a todos el destino y lo rescata. Sus padres abren una despensa que requiere de toda su atención y ya no queda tiempo para seguirle los pasos. Marito gana al fin la calle y en un alivio de libertad, se salva de la siesta obligada y el andar de puntillas el resto del día.
Ya adulto, Mario tiene de su padre la galantería y el retruécano pícaro que gusta a las mujeres, y de su madre la terquedad y el método. Sin embargo, trata a las mujeres como a jarrones que no importa que se rompan. Será esta cosa de no aguantar más ni una sola porcelana, esta necesidad de caminar a su aire sin andar cuidando bordes.
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Viento
El colombiano toca su guitarra, música de Cuba. Ballenatos no, no sabe ninguno. Al rato se le une otro feriante y el colombiano se luce con un aire español que remite inmediatamente a Paco de Lucía. Parecería que va a prenderse fuego esa guitarra, qué lindo suena.
Se acerca un tercero, un desconocido, le escuchamos comentando a los muchachos que su guitarra le salvó la vida. Se disculpa por decirlo (no quiere incomodar a nadie), en medio de una anécdota personal que incluye la muerte de un familiar. Y se larga a cantar, con todo sentimiento: Apretando bien el paquete apuraste ese vaso, saliste corriendo a la calle, que te estaba llamando…
Al rato cae Gregorio con un charango y otro más con una tumbadora. La feria está llena de viento, ráfagas que vuelan la mercadería y la música.


