Cuento para una tarde de viento

Bailar el universo ajeno

Marito vive con sus padres y sus tías en una gran casa con patio, en algún lugar de Capital. Todo el día se enseña algo a las señoras del barrio: pintura sobre porcelana, labores, piano. Es un universo de arte, un universo netamente femenino. Su madre, además de ser artista (hay que ver la delicadeza y soltura de sus pinceladas), es una persona de carácter, de físico grande e ideas claras sobre cómo deben hacerse las cosas. Eso incluye muchas reglas, mucha revisada de orejas, mucho andar de patines sobre el piso encerado y no apoyar los codos en la mesa. Marito también es de físico grande, pero ha aprendido a moverse como una bailarina entre trabajos a medio hacer de arcilla, bastidores con bordados y partituras sueltas.

En eso está, en ese ahogo de minucias y prolijidades, entre lustradas de bronces y enmarcado de óleos dudosos, cuando un imprevisto cambio político tuerce a todos el destino y lo rescata. Sus padres abren una despensa que requiere de toda su atención y ya no queda tiempo para seguirle los pasos. Marito gana al fin la calle y en un alivio de libertad, se salva de la siesta obligada y el andar de puntillas el resto del día.

Ya adulto, Mario tiene de su padre la galantería y el retruécano pícaro que gusta a las mujeres, y de su madre la terquedad y el método. Sin embargo, trata a las mujeres como a jarrones que no importa que se rompan. Será esta cosa de no aguantar más ni una sola porcelana, esta necesidad de caminar a su aire sin andar cuidando bordes.

*

Viento

El colombiano toca su guitarra, música de Cuba. Ballenatos no, no sabe ninguno. Al rato se le une otro feriante y el colombiano se luce con un aire español que remite inmediatamente a Paco de Lucía. Parecería que va a prenderse fuego esa guitarra, qué lindo suena.

Se acerca un tercero, un desconocido, le escuchamos comentando a los muchachos que su guitarra le salvó la vida. Se disculpa por decirlo (no quiere incomodar a nadie), en medio de una anécdota personal que incluye la muerte de un familiar. Y se larga a cantar, con todo sentimiento: Apretando bien el paquete apuraste ese vaso, saliste corriendo a la calle, que te estaba llamando…

Al rato cae Gregorio con un charango y otro más con una tumbadora. La feria está llena de viento, ráfagas que vuelan la mercadería y la música.

Paliando la necesidad

Yo sigo con necesidad de poesía.

“Un escritor que no lee poesía es un semianalfabeto, sea narrador o lo que sea. Y eso se nota. Una vez David Viñas me dijo que en algunos escritores se notaba el cursor de la computadora. Es un poco lo mismo: libros que no tienen riesgo, en los que no pasa nada. Es raro que me resulte interesante un libro que no esté atravesado por la poesía.

Para mí la poesía y la novela no están separadas: es una cuestión de respiración. Depende de cómo te venga la musiquita respirás de una manera más larga o más corta. Yo prefiero a los escritores que juegan en el fleje y que pueden perder. Los que escriben pensando que su lector por ahí no va a surgir en el tiempo que les toca vivir. Eso le da un peso específico a la obra que te sacás el sombrero, como pasa con Bolaño. Yo pienso en Gustavo Ferreyra como un poeta descomunal, no lo pienso como “novelista”, aunque nunca escribió un libro en versos. Para mí es un poeta que escribe novelas.

Me corrijo cuando me doy cuenta de que estoy escribiendo para la tribuna. Cuando noto que busco más el efecto que la verdad.

Un día encuentro en una mesa de saldos un libro de Joaquín Gianuzzi, Señales de una causa personal. Ese libro me rompió la cabeza. Me acuerdo que me metí en la cama comiendo galletitas y me lo leí todo. Y cuando salí de la cama, era otra persona. Yo quiero hacer esto, me dije, y le empecé a afanar al muñeco. De hecho Tuca tiene un poema dedicado a Gianuzzi”.

Entrevista de Matías Capelli a Fabián Casas – Los Inrockuptibles nº 147

Dos poemas de Casas

Un plástico transparente

Abrí la puerta y te estabas bañando.
Los vidrios empañados, el ruido del agua
detrás de las cortinas,
las cosas esenciales instaladas
fuera de la razón.
Me llamaste, acercaste la cara
y nos besamos a través del plástico
transparente: fue un instante.
Las parejas y las revistas literarias
duran casi siempre dos números.
Sin embargo, de a poco,
le fuimos ganando terreno al río:
días interminables en los que el caos
tomaba tu forma para envolverme mejor.

*

Despertarte

Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada,
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.

*

y uno de Gianuzzi.

Poniéndome la corbata

Cuando J. O. G. se pone la corbata
su mueca ante el espejo no interpreta el mundo.
Más bien es una distorsión desesperada
de un rostro que está allí sin saber cómo.
Ojos espantados que preguntan cuándo acabará todo.

Piedad para todos aquellos que como J. O. G.
aprietan el nudo de la corbata cada mañana
y nunca terminan por ahorcarse.
Sentimentales y astutos como moribundos
que olfatean el límite y retroceden a tiempo.

Poesía

Poética

La poesía no nace.

Está allí, al alcance

de toda boca

para ser doblada, repetida, citada

total y textualmente.

Usted, al despertar esta mañana,

vio cosas, aquí y allá,

objetos, por ejemplo.

Sobre su mesa de luz

digamos que vio una lámpara,

una radio portátil, una taza azul.

Vio cada cosa solitaria

y vio su conjunto.

Todo eso ya tenía nombre.

Lo hubiera escrito así.

¿Necesitaba otro lenguaje,

otra mano, otro par de ojos, otra flauta?

No agregue. No distorsione.

No cambie

la música de lugar.

Poesía es la que se está viendo.

Joaquín Gianuzzi – Señales de una causa personal, 1977

*

Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

Fabián Casas

Somos unos mantequitas

Alaska es una tierra de hombres rudos. Y mujeres que no le van a la zaga. Aquí no abundan los cosméticos, pero sí los rifles, los cuchillos, las palas para sacar la nieve, las máquinas para arreglar todo en casa. Se ven más negocios de taxidermistas (los especialistas en embalsamar animales) que peluquerías. Los chicos se curten desde pequeños jugando en la nieve, pescando, cazando y cosechando frutos del bosque. Ser un intelectual es casi una mala palabra .

Por su estilo de vida, algunos parecen salidos de una vieja película del oeste. John Manick, de la ciudad de Wasilla, dueño de un negocio donde se empeñan objetos y padre de 8 hijos, se lamenta de lo que llamó “la maldición de Wal Mart”. “Es una pena que se haya instalado este supermercado aquí”, dice a Clarín John, de pelo al ras, camisa leñadora y gorra de béisbol. “Antes de Wal Mart yo salía a cazar, mataba dos alces y con eso más los salmones que pescaba en el verano comíamos todo el año.

Ahora mi mujer compra la carne en el super. No es lo mismo”, suspira.

La nota completa

http://www.clarin.com/mundo/Alaska-bello-enclave-conservador-extremo_0_360564026.html

El reflejo en el estanque

Como en cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos. Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se juntaron ante el nido para verles por primera vez. Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alegría de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto. Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto, también los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento. Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente patito, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis… La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito tan feo y le apartó de ella con el ala mientras prestaba atención a los otros seis. El patito se quedo tristísimo porque se empezó a dar cuenta de que alli no le querían… Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flaco y desgarbado, además de bastante torpe el pobre… Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él llamándole feo y torpe.

El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado. Así llegó a otra granja , donde una anciana le recogió y el patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera de primer plato. Y también se fue de aquí corriendo.

Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo y la nieve y huir de cazadores que querían dispararle. Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás hubiera visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también. Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron:

-¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!

A lo que el patito respondió:

-¡No os burleis de mí! Ya sé que soy feo y flaco, pero no deberíais reir por eso…

-Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás como no te mentimos.

El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le dejo maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado en un precioso cisne! Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque. Asi fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre.

*

La historia del patito feo es tan conmovedora. Será por esas veces que no estamos seguros de nosotros mismos, o aquellas otras en que nos rechazan. ¿Hará falta encontrar un estanque con pares?

Que lo parió al guisante

La-princesa-y-el-guisante-by-Vogue 

La princesa del guisante
[Cuento infantil. Texto completo] Hans Christian Andersen
Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica. Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir. Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera. “Pronto lo sabremos”, pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones. En esta cama debía dormir la princesa. Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado. -¡Oh, muy mal! -exclamó-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible. El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado. Esto sí que es una historia, ¿verdad?

FIN

 

Hay días en los que uno podría dormir directamente sobre el piso. Bah… digamos mejor sobre una alfombrita, o bolsa de dormir. En otros, pertenecemos al más alto abolengo, che.

“La imperfección es más fecunda”

César Aira, dice el diario de hoy, suele ser reacio a las entrevistas. Pero desde que está en Madrid, ya ha dado dos.

Atención, entonces, que aquí viene lo que César Aira le contó a los periodistas españoles de la agencia EFE y el diario Público: acerca de la apuesta de la editorial estadounidense, dijo que le cuesta mucho ver a un lector norteamericano con un libro suyo entra las manos. “Fijate que durante toda mi vida fui traductor, 40 años. Me especialicé en esos best seller, que ellos llaman Comercial Fiction . De alguna manera descubrí el secreto de esos libros, tené en cuenta que el traductor es un lector con microscopio que analiza palabra por palabra. Al entender cómo estaban hechas estas novelas, pude hacer todo lo contrario”, explicó Aira.

“Estaría muy agradecido por el dinero, al que nunca le digo no. Sí, soy un gran admirador de la plata, pero no haré nada por tener más”, vuelve a reírse al reflexionar sobre las consecuencias de su lanzamiento en EE.UU., si la gran editorial logra su objetivo.

Para empezar, los lectores estadounidenses tendrán que enfrentarse a la idea clave de la obra de César Aira: el error es todo un éxito. Sus novelas no son fruto de la literatura impecable que asume el argumento como fin último. “Si cometo un error, si una página me sale mal, nada de cambiarla: sigo adelante y no la corrijo. A veces siguiendo adelante, los errores se capitalizan y dejan de ser errores”, explica su método el escritor.

Aira trabaja con el devenir, con el vaivén, con la improvisación de una historia que empieza pero puede desaparecer cuando menos se espera. “Esta imperfección es lo que ando buscando siempre. La imperfección es más fecunda, permite seguir adelante, mientras que lo perfecto y acabado se cierra sobre sí mismo”, asegura.

La nota completa

http://www.clarin.com/sociedad/daran-gran-premio-opinologos-escritores_0_357564325.html

¿Cómo se llama su última novela? El error, justamente.

De los sentidos VI

La mujer espera el colectivo, son pocas cuadras y aún es temprano, pero siente que va a ser más seguro. De inmediato se le acerca un hombre, no le gusta nada de nada. Es un hombre oscuro, toda su aura es oscura, de peligro. La mujer termina de sacar las monedas, guarda la billetera en la mochila y mete la cola para adentro, así de cerca siente al hombre, así de fea es su energía. Pero es la parada del colectivo, es lógico que la gente esté pegada una a la otra.

Cuando el 92 llega, una muchacha aparece de la nada y lo detiene, pero al mismo tiempo no amaga subir. La mujer la mira esperando y ya medio fastidiada trepa ella primero. Arriba hay otra chica preguntando una dirección al chofer. No, parece que equivocó el colectivo. “Permiso”, dice para bajar. Sí, claro, se dice fácil, es difícil correrse con tanta gente esperando detrás. “Permiso”, vuelve a decir la chica con voz suave, y la mujer se siente una pared que le impide el paso.

Finalmente avanza y se sienta en los asientos del fondo. El hombre oscuro también, luego de dudar unos segundos y a pesar de tanto asiento libre. La mujer se corre un asiento más allá, en un claro mensaje de rechazo. Cuando llega a su casa, descubre el corte en la mochila. Un trabajo en equipo, claro. Un hombre acercándose demasiado, una chica equivocándose de línea, otra en la escalera impidiendo el paso. 

La mujer mira el largo tajo en la tela liviana y se estremece… tan cerca del cuerpo esa trincheta, tan negra la mirada del hombre, tan escrita su dirección en el recibo de las expensas, dentro de la billetera perdida.

De los sentidos V

Hacer latir el puño sintiendo algo parecido a la nostalgia; la arena se va, se va… La hermosa arena, los cristalitos brillantes, la yema del dedo rolando cada uno sobre la palma. Infinitos y únicos, en ésta y todas las playas.

Y olvidar la maravilla cuando esa misma arena quema la planta de los pies, se pega a la piel encremada o molesta en el pelo y en los dientes.

*

Mamá supo tener un tapado de visón. Su deseo por el tapado nació cuando supo que una amiga había recibido uno para su cumpleaños, como regalo del marido. Yo estaba con ella cuando la señora lo desfiló en su propia casa, orgullosa ante nuestros ojos. Y vi los de mamá… hay que pensar en la época, no era como ahora, todas las mujeres ambicionaban un bello tapado de piel. Aunque parezca mentira, esta amiga que les cuento organizó un té sólo para presentar el suyo en sociedad. No recuerdo si papá finalmente compró el de mamá, o lo pagó ella misma. Era finísimo, oscuro, a todas luces muy caro. Lo guardaba en una cámara frigorífica durante el verano. Las veces que se lo vi puesto, daba una inmediata imagen de suntuosidad. Era increíblemente suave al tacto, imposible no acariciarlo a pelo y contrapelo. Un día me lo quiso regalar, pero yo era -sigo siendo- mujer de jean y zapatillas, así que dije no, te agradezco. Sin demasiada conciencia ecológica, todavía.

Hoy lo pienso más un símbolo, que un abrigo. “Tengo un hombre que me quiere lo suficiente, y lo demuestra”, o “Me quiero lo suficiente y me doy lo mejor”. ¿Cuánto es suficiente? (¿y qué culpa tienen los visones?)

*

En un tiempo supe ser fanática de las perlas de perfume de Marta Harff, pequeñas cápsulas de glicerina, se deja caer una en el agua caliente de la bañera. Compraba las de rosas. La idea es no enjuagarse, sino secarse el cuerpo palmoteándolo, la piel queda perfumada y ligeramente aceitosa. Y suave, principalmente suave. Me dio por pensar con qué asociaremos lo suave, por qué tanta publicidad insiste con la suavidad como un valor: prendas suaves, cutis suave, pelo suave. “Una afeitada más suave…” ¿No nos estaremos perdiendo todo un mundo? ¿Uno áspero, rugoso, crespo?

Momentos

Waldo es una hermosa persona. Solidario y simple, un artesano que se ha cansado de doblar alambre y ahora trabaja el cuero y la plata.

Hay una mujer, una mujer mayor, que suele pararse frente a nuestros puestos en Plaza Dorrego. En realidad, en la calle, de cara a ellos. Y ahí se queda durante mucho tiempo, nada más mirando. Al principio varios de nosotros le preguntamos si precisaba algo, si esperaba a alguien. Circula la versión que en algún momento tuvo un puesto de antigüedades en la feria y, como extraña, vuelve y vuelve. Hoy es uno de esos días. Waldo se acerca y me dice: “Esta mujer me hace acordar a cuando yo estaba en un puesto de feria, en Valparaíso, y mis viejos fueron por primera vez a visitarme. Todavía no me habían visto y estaban parados así, como ella. Tenían la misma mirada…”

*

Fui a ver Une affaire d’amour, exquisitez de película. El protagonista suele ir a un lugar donde el viento es el dueño absoluto y sacude los árboles y los pastos altos. Siempre asocié al viento con la molestia. Necesité la mirada del otro para hallarle la música, la increíble belleza.