El hombre que encuentra cosas
I
El hombre que encuentra cosas despertó una noche a fines del invierno. Para ser más exactos, a las cuatro cincuenta del jueves último. El espíritu de su madre lo sacó de la cama y lo llevó a caminar sin rumbo. En Jujuy y Belgrano -por si alguien precisa documentación- encontró una bolsa con más de dos mil películas y cds de música.
El sábado me encontré con él, a cinco por diez, ya llevaba vendidos setecientos pesos.
II
El hombre que encuentra cosas paseaba en otra oportunidad por el barrio de Balvanera, con su modo tranquilo. Hete aquí que levantó, sobre la calle Moreno, un monedero de lagarto. Y tres monederitos de cuero, esos con cierre de pellizco que venían antes con las carteras, todos abandonados por los cartoneros. El hombre que encuentra cosas limpió en su casa los monederitos y en uno de ellos sintió un bulto, del tamaño de un garbanzo. Lo abrió y notó que el forro tenía un agujerito. Metió los dedos con cuidado y extrajo… una muela de oro. Dos gramos y tres décimas, le dieron ciento ochenta pesos, estamos hablando de hará unos tres meses.
El monedero de lagarto pasó a manos de una señora que vende ropa de época, por cincuenta pesos.
III
El hombre que encuentra cosas halló, hace veinte días y a la una de la mañana, cien pesos en la vereda del bar de Rivadavia y Alberti. Ya conté que me lo encontré el sábado, andaba ofreciendo una mochila marca LSD a veinte pesos, un morral onda Stone a diez, y un par de zapatillas Reebok, también a veinte. Encontrados todos en las veredas de Once.
En el mismo barrio de Once, hace mucho tiempo, el hombre que encuentra cosas halló una vez dos bolsas de consorcio al frente de un antiguo negocio de bijouterie. Repleto de insumos, broches de prendedores, anzuelos para aros, incluso aros armados. Pasó a la noche siguiente y encontró otra bolsa, cuando estaba por llevársela salió la dueña del local a conocerlo. Venga mañana a las ocho -le dijo- y le entrego todo a ud, si no me abren las bolsas y hacen desparramo. A la noche siguiente, el hombre que encuentra cosas se vio recompensado con doce bolsas más, el negocio cerraba.
Ofreció y vendió los insumos a feriantes y artesanos. Así y todo le quedaron muchos, pero no quería regalarlos.
Con el tiempo, el hombre que encuentra cosas conoció en Plaza Dorrego a una señora en la mala. Recién separada, tenía problemas de salud y el futuro se le presentaba bastante oscuro. Yo no te voy a arreglar la vida -le dijo él- pero si tenés sesenta pesos, te puedo dar muchos insumos para que empieces a armar bijou. “La mujer lloraba, tuvo que tomar dos remises para cargar todo”. El hombre que encuentra cosas, me regaló una de sus sonrisas de tipo que se toma la vida como viene. “Mirá que pasaron años, yo creo que todavía sigue usando esos insumos”.
