La primavera
Mercedes, Mecha para los amigos, levanta la persiana metálica de su salón estilista. Hoy de mañana la esperan tres clientes, la señora de Ordoñez, la hija del doctor Incháustegui y Raúl, el taxista que vive en el edificio de al lado y a quien ella emprolija el corte cada quince días. Mecha está agotada. Tiene el pelo teñido igual de cansado, cuarenta y tres años y una hija de diecisiete a la que cría sola. En las tres repisas, bajo los espejos, se amontonan Caras y Pronto. Gente divina. Gente que luce bien, en lugares paradisíacos. Mujeres embarazadas y felices, increíblemente hermosas todas. A ella, en su momento, se le hincharon los tobillos de mala manera y aún hoy conserva una várice azul que le serpentea la pierna izquierda. Serán las horas de pie, pero qué otra cosa podría hacer a esta altura. Estornuda un par de veces, los tilos florecieron temprano este año. Faltan diez minutos para las nueve y media, Mecha abotona su guardapolvo y prepara la cafetera. Mirándola así, con ese aire de feminidad y eficiencia, nadie podría adivinar la mastectomía de hace pocos años. Acercándose a uno de los espejos, separa un mechón de su pelo y lo inspecciona, tal vez deba intentarlo con la nueva tintura sin amoníaco de Wella.
La señora de Ordoñez duda entre el rubio ceniza (”tengo miedo que me quede verde”) o un castaño cobrizo. Toda su persona trasunta corrección, desde las chatitas de excelente cuero hasta la chalina color ladrillo. Tiene rasgos fuertes, sin rastro ni necesidad de maquillaje. La señora de Ordoñez es lo que se llama una mujer fina. Sentada a la espera de su turno, da vueltas a sus sospechas referidas a Ordoñez y la nueva recepcionista. Inspecciona la carpeta de L’Oréal, ¿cual será el tono que restaure los sueños? La chica es rubia, pero ella no piensa abaratarse de esa forma. Finalmente opta por el cobrizo, más natural, el color de su pelo cuando era joven.
La hija del doctor Incháustegui coincide en la peluquería con la mujer de Ordoñez, qué momento! La ha visto en el estudio sólo un par de veces, pero le ha bastado su mirada gélida para saber que no es bien recibida. Como si ella tuviese la culpa de ser joven y bonita, vieja amargada. El marido está bastante fuerte, un tipo canoso y con arruguitas alrededor de los ojos, como le gustan a ella. Vienen flirteando lindo, Ordoñez suele rozarle la mano cada vez que ella le alcanza una carpeta. Y vamos (que no es ninguna tonta), es notorio entonces el aumento de ciertas partes, tensando la tela del pantalón. Le gusta el juego, le gusta demorarlo, a veces humedece su labio inferior perfectamente conciente del efecto que en él provoca. “Me gusta tu pelo -le dijo los otros días- parece trigo”. Su mano se estiró hasta tocarlo y ella sintió un estremecimiento ante su cercanía. A eso viene ahora, a regalarle más trigal. Lástima la mujer, ahí sentada, estirada como pocas. Mejor, triste sería que le diese pena. La hija del doctor Incháustegui toma una Caras y se olvida por un momento de todo, qué hija de puta Marcelita Boulmer, no puede una chirusa así tenerlo todo.
Raúl se sienta como cada dos semanas, esperando a que Mecha (su Mecha) le quite la pelusa de la nuca, la cola de pato que insiste en crecerle de manera desordenada. Los chicos le regalaron una maquinita de cortar el pelo, nunca terminó siquiera de leer las instrucciones. Si ya no sabe qué hacer para que Mecha lo registre, pasa largas horas lustrando el taxi en la vereda, y ella nada. Será lo que lo tiene tan enganchado, ese plantarse frente a la vida, ese seguir adelante pese a todo, escuchó los rumores de su enfermedad y la manera valiente como la enfrentara. Tal vez sea ese el motivo de su orgullo, ahora que piensa, tal vez ella haya cerrado su corazón. No se anima a sacar el tema, cómo se le dice a una mina “No te preocupes que no me importa lo de tu operación…” Impensable. Raúl estudia a Mecha por el espejo, parece cansada. Ahí está, un café. “Te invito a un café cuando termines, te parece?” Así, casualmente. De sólo pensarlo, Raúl siente que se le seca la garganta. Nunca va a poder decirlo, si será pelotudo.
Mercedes, Mecha para los amigos, baja la persiana de su salón estilista, por Rivadavia vienen marchando los piqueteros de D’Elía y no quiere arriesgarse. La señora de Ordoñez conserva su expresión impenetrable, la hija del doctor Incháustegui estudia de reojo a la señora de Ordoñez y Raúl practica la frase imposible.
Dos móviles policiales cortan cada esquina, la primavera se siente en el aire.
