De entrecasa

Ah, la ropa de entre-casa.
Yo uso ojotas, como ya habrán leído. Por qué ojotas. Qué sé yo, porque ya vienen del verano, aparte del hecho que hay tantas cosas que se necesitan antes que un par de pantuflas. Además uno se ducha, no? ¿Y que es lo primero que se calza? Al menos yo, las ojotas. Son livianas, lavables… A veces una llega, se saca las zapatillas y se tira un ratito a remolonear. Como hace frío, se deja las medias puestas. Claro, después se levanta a las apuradas a hacer un favor (”Estoy con los minutos contados y si no me ayudás voy a chocar con la bici”), y no se pone las zapatillas sino las bienamadas ojotas, sin quitarse las medias. Inmediatamente cobra el aspecto de una geisha, geisha a la cual acaban de hacer un chantaje emocional. Baja un paso atrás de su señor, hasta planta baja, y espera pacientemente que vuelva de la librería y le alcance unas fotocopias.
Hete aquí que otra vez arriba, comprueba con incredulidad que no puede reingresar al departamento, el hombre en cuestión ha partido alegre y raudamente a sus quehaceres… ¡dejando su llave puesta! Una entonces, como ya fue relatado, camina dos cuadras en medias y ojotas hasta la cerrajería más próxima, intentando mantener una expresión digna mientras lo que supone decenas de automovilistas la miran con sorna.
De mañana temprano, un salto de cama bordó lleno de pelotitas, pero suave y de secado rápido. Agreguemos los pelos parados como antenas de extraterrestre que viene a estudiarnos y tendrán una idea aproximada. Hace años (unos cinco) que el quía venía usando unas ojotas/pantuflas amorfas de tela, como masticadas por un perro. Pero sin perro, eso es lo más triste. Un día bajamos a ver un incendio que se había producido en el edificio de al lado. Miren que había cosas para ver: el camión de los bomberos, los bomberos mismos accionando la manguera, alguna gente del edificio sentada en la vereda -una viejita al borde de la lipotimia- el humo negro que salía de adentro, en fin… ¿En qué creen que se fijaban las miradas? Correcto, en las ojotas de mi amor.
Hace poco, Milagro del Señor, las cambió por unas nuevas. Plásticas, con tira ancha que cruza el empeine, en color plateado. Yo estaba en la cocina y se paró en la puerta. “Mirá…”, me dijo todo orgulloso. Observé sus pies y sentí que convivía con un astronauta.
Háganme sentir menos sola, ¿qué usan de entrecasa?

A pedido de ña Sugus.