Comunicarse

La Gorda se concentra. Si este tipo es su futuro amante, merece que se lo comunique bellamente. Así que usa los ocres, unos toques de rojo óxido y azul celeste para un cielo límpido y frío. Cómo le gustan las hojas, toda la vida le gustaron. La Gorda pinta como para enamorar, el resultado final es realmente bueno para una principiante, ha conseguido que las hojas se vean secas y, cómo decirlo… crepitantes.
Mateo olfatea que ahí hay algo más que un intento de cuadro. Son años de profesor, años de alumnas enamoradas. Esta mujer le gusta, es más que obvia su búsqueda de algo más que una buena técnica. Le gusta la sed de ella, no sabe de qué otra manera llamarla. El primer día que vino, el día que pintaron el mar, hubo algo casi religioso en su comunión con la pintura. Increíble que fuese capaz de soltarse tanto, más con ese aspecto de ama de casa prolija. Toda una sorpresa. Y bueno, el tiempo dirá. Por de pronto no debe olvidar su papel de profesor, ya no da para jugarla de galán. Como bien dice el refrán, “Donde se come, no se caga”.
“Muy bueno, Nora, realmente bueno”. Ella mantiene la vista baja, al lado suyo. Encima tímida, decididamente le gusta. Mateo se aleja y sirve un mate. Son las cosas lindas de la vida -piensa mientras chupa de la bombilla- gustar de alguien y que gusten de uno. Los alumnos ya se preparan para irse, lavando los pinceles y vasos, guardando sus hojas en las carpetas. “Hasta la clase que viene…” “Hasta la clase que viene, chicos”. Nora se demora, lo hubiese apostado. Mateo ceba. “¿Tomás?” Ella acepta, el mate sabe bien. “¿Qué rico, que le ponés?” “Menta”. La Gorda tiene plena conciencia de su cercanía, Mateo tiene puesta una campera de corderoy marrón y unos pantalones Grafa manchados de color. Dónde fue que vio, el día que se juntó con las chicas… Bué, ahora no se acuerda, una revista de éstas de hombres. Zapatos de vestir negros, acordonados y clásicos, pero con manchas en las puntas, simulando brochazos, como los de Andy Warhol. Zapatos pop, una edición limitada, había que pegarse un viajecito hasta Italia para conseguirlos. Y ahí está Mateo con sus auténticos pantalones de pintor. Ojo, ojo Nora, otra vez la proyección.
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Rulo está pensando seriamente en la posibilidad de ir a una Happy hour. Un Happy hour, como le dicen acá. Le provoca resistencia el nombre, todas esa cosa extranjerizante. Es como el día de San Valentín, hasta hace unos años quién lo junaba. O Halloween. ¿No tenemos bastante con la nieve artificial sobre los pinos de Navidad? Qué gronchada. Lo único que falta es que se encuentre a la Gorda en un pub. No se la imagina, realmente. Aunque en una de esas… fue una sorpresa verla con ese color y corte de pelo. Es verdad que cada quien contiene multitudes. El tema es que Juri le viene insistiendo con lo del Happy hour. Pero no sabe, le parece un poco patético. Tal vez sea así porque ya es tarde, está sentado tomando una cerveza y le toca escuchar una conversación ajena.
La mina tendrá unos cuarenta largos, bien llevados, pelo largo y lacio teñido de rubio, maquilladita, look juvenil. Del tipo, que le da la espalda, sólo alcanza a ver la pelada (incipiente pelada, para ser piadosos) y mirando por el espejo al costado de los asientos, una barba recortada y prolija. Menos que una barba, una sombra, a lo Nippur de Lagash. Se ve que la rubia le quiere sacar de mentira verdad y le pregunta si Fulanita está interesada en él, que los vio juntos en la barra. Finge desinterés riéndose, pero hasta Rulo se da cuenta. El chabón jura y perjura que no, no que él sepa (si realmente no sabía, la rubia acaba de meterle tontamente el gusano en la oreja), que incluso le cae antipática. “Hay maneras y maneras de rechazar a un tipo, no sé si me entendés”. Parece que Fulanita ha dejado colgado a un amigo suyo o algo así. Rulo no puede evitar escuchar el resto: “Igual yo al boliche no voy a buscar nada, voy a pasarla bien un rato. Ahora estoy sentado acá con vos, pero no busco nada”. Rulo ve la cara de desencanto de la rubia y su inmediata reacción: “Claro, yo tampoco voy al boliche a buscar nada, voy a bailar, a pasar un rato agradable, a estar con mis amigos pero nada más”.
Ahora resulta que nadie va a buscar nada a ningún lado. Rulo se imagina un mundo de gente mayor, bailando y pasando ratos agradables por el resto de la eternidad, mintiéndose unos a otros, incapaces de decir te necesito, necesito a alguien como vos pero no estoy seguro de que congeniemos y no quiero dar el primer paso, ayudame que esto es difícil. Cuando sale, le cuenta al mozo, necesita la complicidad de alguien. Alberto no lo defrauda, sonríe de costado haciendo exactamente el gesto de escepticismo que él estaba esperando.




















