Comunicarse

La Gorda se concentra. Si este tipo es su futuro amante, merece que se lo comunique bellamente. Así que usa los ocres, unos toques de rojo óxido y azul celeste para un cielo límpido y frío. Cómo le gustan las hojas, toda la vida le gustaron. La Gorda pinta como para enamorar, el resultado final es realmente bueno para una principiante, ha conseguido que las hojas se vean secas y, cómo decirlo… crepitantes.

Mateo olfatea que ahí hay algo más que un intento de cuadro. Son años de profesor, años de alumnas enamoradas. Esta mujer le gusta, es más que obvia su búsqueda de algo más que una buena técnica. Le gusta la sed de ella, no sabe de qué otra manera llamarla. El primer día que vino, el día que pintaron el mar, hubo algo casi religioso en su comunión con la pintura. Increíble que fuese capaz de soltarse tanto, más con ese aspecto de ama de casa prolija. Toda una sorpresa. Y bueno, el tiempo dirá. Por de pronto no debe olvidar su papel de profesor, ya no da para jugarla de galán. Como bien dice el refrán, “Donde se come, no se caga”.

“Muy bueno, Nora, realmente bueno”. Ella mantiene la vista baja, al lado suyo. Encima tímida, decididamente le gusta. Mateo se aleja y sirve un mate. Son las cosas lindas de la vida -piensa mientras chupa de la bombilla- gustar de alguien y que gusten de uno. Los alumnos ya se preparan para irse, lavando los pinceles y vasos, guardando sus hojas en las carpetas. “Hasta la clase que viene…” “Hasta la clase que viene, chicos”. Nora se demora, lo hubiese apostado. Mateo ceba. “¿Tomás?” Ella acepta, el mate sabe bien. “¿Qué rico, que le ponés?” “Menta”. La Gorda tiene plena conciencia de su cercanía, Mateo tiene puesta una campera de corderoy marrón y unos pantalones Grafa manchados de color. Dónde fue que vio, el día que se juntó con las chicas… Bué, ahora no se acuerda, una revista de éstas de hombres. Zapatos de vestir negros, acordonados y clásicos, pero con manchas en las puntas, simulando brochazos, como los de Andy Warhol. Zapatos pop, una edición limitada, había que pegarse un viajecito hasta Italia para conseguirlos. Y ahí está Mateo con sus auténticos pantalones de pintor. Ojo, ojo Nora, otra vez la proyección.

*

Rulo está pensando seriamente en la posibilidad de ir a una Happy hour. Un Happy hour, como le dicen acá. Le provoca resistencia el nombre, todas esa cosa extranjerizante. Es como el día de San Valentín, hasta hace unos años quién lo junaba. O Halloween. ¿No tenemos bastante con la nieve artificial sobre los pinos de Navidad? Qué gronchada. Lo único que falta es que se encuentre a la Gorda en un pub. No se la imagina, realmente. Aunque en una de esas… fue una sorpresa verla con ese color y corte de pelo. Es verdad que cada quien contiene multitudes. El tema es que Juri le viene insistiendo con lo del Happy hour. Pero no sabe, le parece un poco patético. Tal vez sea así porque ya es tarde, está sentado tomando una cerveza y le toca escuchar una conversación ajena.

La mina tendrá unos cuarenta largos, bien llevados, pelo largo y lacio teñido de rubio, maquilladita, look juvenil. Del tipo, que le da la espalda, sólo alcanza a ver la pelada (incipiente pelada, para ser piadosos) y mirando por el espejo al costado de los asientos, una barba recortada y prolija. Menos que una barba, una sombra, a lo Nippur de Lagash. Se ve que la rubia le quiere sacar de mentira verdad y le pregunta si Fulanita está interesada en él, que los vio juntos en la barra. Finge desinterés riéndose, pero hasta Rulo se da cuenta. El chabón jura y perjura que no, no que él sepa (si realmente no sabía, la rubia acaba de meterle tontamente el gusano en la oreja), que incluso le cae antipática. “Hay maneras y maneras de rechazar a un tipo, no sé si me entendés”. Parece que Fulanita ha dejado colgado a un amigo suyo o algo así. Rulo no puede evitar escuchar el resto: “Igual yo al boliche no voy a buscar nada, voy a pasarla bien un rato. Ahora estoy sentado acá con vos, pero no busco nada”. Rulo ve la cara de desencanto de la rubia y su inmediata reacción: “Claro, yo tampoco voy al boliche a buscar nada, voy a bailar, a pasar un rato agradable, a estar con mis amigos pero nada más”.

Ahora resulta que nadie va a buscar nada a ningún lado. Rulo se imagina un mundo de gente mayor, bailando y pasando ratos agradables por el resto de la eternidad, mintiéndose unos a otros, incapaces de decir te necesito, necesito a alguien como vos pero no estoy seguro de que congeniemos y no quiero dar el primer paso, ayudame que esto es difícil. Cuando sale, le cuenta al mozo, necesita la complicidad de alguien. Alberto no lo defrauda, sonríe de costado haciendo exactamente el gesto de escepticismo que él estaba esperando.

Tratá de aprovechar la clase

“¿Cómo te llamás?”, le dice la Gorda al profe. “Mateo”. Mateo, nombre de sulky. Tiene nombre de Mateo, ahora que piensa, la cara ancha y la barba. Mateo Rodríguez. No es feo tipo, tampoco no sé qué, pero no es feo tipo. Se da cuenta de que está considerándolo un posible compañero de cama. Vergüenza debería darle. Ah, cómo… ¿no le da? Uno nunca termina de conocerse, como decía Felipe en las tiras de Mafalda. La Gorda imagina la barba de Mateo cosquilleándole en las zonas pudendas, por un momento esa misma barba mojada. Se descruza de piernas y vuelve a cruzarlas hacia el otro lado. Quién puede culparla, son muchos días sola.

Mateo parece totalmente ajeno a sus pensamientos, tiene ese aire a tipo bueno, medio desaliñado. Vive con tres gatos en su casa atelier. Cómo era que se llamaba esa película donde la mina le mete los cuernos al marido con un pintor. La Gorda ni se acuerda del pintor pero sí del atelier, qué belleza. Del que sí se acuerda es del franchute de Infidelidad, esa con Richard Gere. Y claro, difícil para la mina no engancharse. Aunque en realidad… ¿se engancha una con el tipo? ¿O con el caballo de calesita, las pilas y pilas de libros, la luz que entra de determinada forma, el trabajo de herrería de un balcón? Tal vez se trate sólo de una proyección. Ella enamorada de cómo el tipo escribe, por ejemplo. Si se pusiese, capaz que sería igual de buena.

A ver si al final resulta que una está enamorada de si misma y el hombre es sólo una excusa para… para qué? “¿Pintamos?” Mateo la está mirando. Sí, sí, claro. Pintamos. La Gorda mete su pincel en el vaso con agua y lo sacude. Que la disculpe Mateo, esto es demasiado importante. Así que traza unas lentas líneas de agua para disimular y trata de atrapar el pensamiento que se le escapa. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Capaz que una se enamora de sus propias cualidades proyectadas. Pero entonces, el día que se ame totalmente (si es que tal cosa ocurrirá alguna vez), el día que finalmente se asuma artista y apasionada… ¿para qué va a necesitar al otro?

Ayer soñó, ahora que recuerda. Soñó que tenía puesta su peor bombacha negra, esa gastada que guarda para cuando menstrúa. Soñó que estaba con un hombre, acostada boca abajo en la cama, y él le decía: “Tu bombacha me hace retroceder cuarenta años”. ¿Por qué cuarenta? Así son los sueños, así de poco caballeros los hombres en los sueños. Sin embargo los ojos de él la miraban con total amor y aceptación. Y entraba Rulo en la pieza y este hombre le decía “Yo tengo rollo con este tipo… estuvo con mi mujer, sabés?” Y la Gorda recuerda además su sorpresa en el sueño, no tanto por lo de Rulo, sino por cómo se parecen los dolores de todos.

“No estás acá -le dice Mateo- tratá de aprovechar la clase”. Le gusta un poco más, ahora. Eso también es digno de analizar, por qué le gustan los tipos que le dicen “Basta de pavadas”.

La Hermandad

Hace justo una semana que se vieron. Impresionante cómo pasa el tiempo. Rulo no la llamó. Ni ella a él tampoco, justo es reconocerlo. Por algo se separaron, qué sentido tiene. Conociéndolo, ya debe haber estado con otra mina. Más con la compañía de Juri, ese es uno… Juan no, Juan le cae mejor. La idea de Rulo con otra le produce dolor, pero es un dolor sordo, como apagado, a todo se acostumbra una finalmente. Ella haría bien en buscarse su propio amante. Pero vamos, como si fuese tan sencillo. Estar por estar, no tiene gracia. Ella necesita, no ya enamorarse (qué anticuado suena eso, por Dios), pero al menos gustar mucho de alguien.

“No consigo que me guste nadie, ese es el tema”. No lo dice la Gorda, sino una de las chicas. La reunión es en una confitería tradicional del centro. Están Patricia, Graciela, su hermana Alicia, Ligia y Mecha, todas compañeras de la primaria. “Los hombres no quieren asumir ningún compromiso”, dice Graciela en el colmo del lugar común. “Che, recién agarré una Cosmo, estoy re out”. “¿En qué sentido?” “Qué sé yo… técnicas amatorias, juguetes sexuales, no puedo creer lo que escriben. Para mí que los de la redacción son todos tipos”.

-Lo que pasa es que vos sos una mina Para ti.

-Peor, una mina Vosotras.

-Una mina Nocturno, ¿te acordás de la Nocturno?

-¿De qué hablan?

-jaja, no te hagas la pendex! La Nocturno, con Tita Merello y su consultorio sentimental: “Ay querida… y eso que siempre se los digo: pájaro que comió, voló…”

-”Hacete el Papanicolau, querida…”

-¿Ves cómo te acordás? Hablando de eso, me tengo que hacer una mamografía.

-Uh, cada vez que me hago una, siento que se me terminan de caer las tetas. ¿Viste cómo te las aplastan? Las aplastan, las estiran, si pudiesen las estrujarían. Son unos sádicos.

-¿No somos boludas las mujeres? Meternos plástico en las tetas, dejame de joder, de sólo pensarlo me da escalofríos. Andá a decirle a un tipo que se ponga siliconas en las bolainas, que las tiene muy bajas…

-No vayas tan lejos, decile que se depile con cera, nomás.

-Y ahora ni la colimba hacen, imaginate… No los desvirgan, no menstruan, no se tienen que poner un DIU, ni revisar el DIU, ni cambiar el DIU, no engordan con los embarazos ni les salen estrías, no paren, no sufren cesáreas, no se vuelven menopáusicos…

-¡No tienen celulitis!

-No tienen celulitis… me carcome la envidia.

-Nadie les mete un espéculo ahí, odio el aparato ese.

-¿Y los estribos? Ja! Los pies en los estribos, siempre tienen que decirme que me ponga más cerca, me acuesto lo más lejos posible de la nariz de mi ginecólogo.

-Tengo una compañera de laburo que fue a una consulta en el hospital, la revisó un ginecólogo y después hizo entrar a seis o siete practicantes. A ella le pareció que eran mil. Todos mirándola por el espéculo y comentando sobre su quiste, un quiste que podía desarrollar en tumor.

-Qué horror, pobre.

-Ah, pero no se quedó callada, le dijo al médico que le tendría que haber pedido autorización, que encima que se sentía vulnerable tenía que tolerar esa invasión a su intimidad. Así como estaba se lo dijo, con las gambas abiertas.

-Lo que pasa es que en los hospitales públicos te tenés que bancar eso… o si no, pagar la consulta.

-Bueno, vos sabés que leí hace mucho en una Uno mismo, de una mujer que parió a su octavo o noveno hijo, acá en Capital. La mina era jujeña o salteña, no me acuerdo. La cuestión es que siempre había parido en su provincia sin problemas, menos éste último.  Llevaba varias horas de trabajo de parto y los médicos ya estaban pensando en practicarle una cesárea. Sabés que la mujer dijo algo así como ”Ansina nu i di poder”, se puso ella sola en cuclillas y tuvo al hijo en un periquete.

-Ay, me dio como frío. Mirá vos… ¿en cuclillas?

-Sí, porque los movimientos para parir son los mismos que para cagar, si me perdonan la expresión. ¡Y es casi imposible cagar boca arriba!

-jaja, es cierto.

-La mina en su provincia hacía un hoyo en el suelo para recibir al bebé, mirá qué sabia. Eso de que nos tengan acostadas boca arriba es para comodidad de los médicos, no nuestra.

La Gorda se siente entre pares. No es sólo chusmerío, como se podría prejuzgar desde afuera. En esas ruedas, desde tiempos inmemoriales, las mujeres se transmiten información útil. 

-Che, volviendo al tema de las diferencias… una mina con arrugas y canas se ve descuidada, un tipo con arrugas y canas es “interesante”. ¿A ustedes les parece?

-Bueno, sabés que ayer subió una mujer a mi mismo colectivo, una mina de unos sesenta. Muy elegante ella, anteojos de diseño y conjunto gris oscuro… remera de manga larga pegadita al cuerpo y pantalón de buen corte.

-Sí.

-Sí.

-Y el pelo totalmente blanco, un poco más abajo de los hombros. ¿Sabés que no le quedaba mal? Decí que no daba, pero estuve a punto de felicitarla. Me pareció bárbaro que se aceptase así.

-Mucha terapia.

-O no, andá a saber.

La Gorda acomoda su espalda contra el respaldo y deja escapar un suspiro. Mecha la mira y dice: “Aire que sobra, por algo que falta”. “Me encantó”. “Lo decía mi abuela siempre que alguien suspiraba: aire que sobra, por algo que falta”. La de las amigas es una Hermandad. ¿De que hablarán los hombres? ¿Se confiarán los miedos y las dudas?

Para atrapar a un pájaro, hay que ser cielo

 

“Ahora vos explicame algo, porque nunca lo entendí… ¿te acordás de la Humor?” Rulo y Juri están en el café de la esquina de Humberto 1º y Anselmo Aieta. “Cómo no me voy a acordar, obvio…”, dice Juri.

-Bueno, no me preguntes de quién era la nota, pero te juro que era posta. El título era algo así como Hágale un favor a su mujer, déjela. Decía que las mujeres se separan y vuelven al gimnasio, se ponen más lindas, hacen cursos, estudian, trabajan… si fuesen así de entrada, los hombres ni nos separaríamos.

-Ah Rulo, dejame de joder, si vos mismo le decías a la Gorda que no labure. Además, hermano, con una mano en el corazón… ¿vos te hubieses bancado que caiga a las once de la noche de su clase de teatro?

-…….

-¿Ves? ¿Y a qué viene eso ahora?

-Empezó pintura. Así me dijo: “Empecé pintura”.

-Y está bien, loco, ¿qué te jode? Peor sería que te siga a todas partes lloriqueando, imaginate qué plomo. Yo tuve una ex novia así, la mina no podía asumir que nos habíamos separado, me la encontraba hasta en la sopa.

-¿Cuánto estuvieron juntos?

-Siete años.

-Y bueno, boludo, es bastante.

-Sí, pero yo ya tenía otra historia y la mina hasta cayó en mi laburo nuevo, no sé quién le dio la dire, un garrón. Llevó todas mis cartas, viste las boludeces que escribe uno… En estos días separados, me di cuenta que no puedo vivir sin vos…, hasta poemas le había escrito.

-Ja, ver para creer.

-Te juro. Y la mina ahí, con mis cartas en la mano. Me la llevé a la plaza de enfrente, nos sentamos en un banco, querés creer que me leía párrafos y me decía: “Cómo puede ser que lo que sentías haya cambiado tanto”.

-Uh, qué bajón.

-Yo no sabía ni para dónde mirar, la tipa lloraba y lloraba. Por eso te digo, agradecé que la Gorda está ocupada en algo y no te jode.

-Sí, pero qué sé yo. Tampoco así, el otro extremo.

-Boludo, vos las querés todas. Querés voltearte a una mina en el cumpleaños de Juan y también que la Gorda te ande llorando. Hablando de eso, no me contaste nada… ¿qué onda la mina? Parecía piola.

-Un caballero no tiene memoria.

-Pelotudo, soy tu hermano, tu amigo del alma.

-Me metí en el jacuzzi y me quedé dormido.

Juri escupe el café en medio de un ataque de risa.

*

“Bueno, contame”, dice Sarita. Están en el café de la esquina de Defensa y Humberto 1º. Ocupan una mesa de cuatro, los chicos estratégicamente ubicados al lado de la ventana para que se distraigan mientras ellas conversan. “Y nada… me saludó, me dijo te cortaste el pelo. ‘Típico de separada’, me mandó”.

-Está celoso.

-Si está celoso, no demostró nada.

“Chicos, ¿qué van a comer?” “Medialunas!!!” “Sí, medialunas!!!”

-¿Y vos qué sentiste?

“Yo casi me muero”, piensa la Gorda. En lugar de eso, dice: “Siempre es movilizante encontrarse por la calle con un marido”. “Hey, soy yo… -la saluda Sarita enfrente suyo- podés contarme tranquila”.

-Casi me muero.

-¿Y entonces por qué no volvés?

-Porque soy más yo, ahora.

-Perdoname, no? ¿Me vas a decir que no podés estudiar pintura y vivir con Rulo?

-No entendés, estamos hablando de un tipo al que le incomodaba que yo fuese a tomar café sola a un bar. “Mi madre nunca hizo eso… vos vas ahí a levantarte tipos… qué necesidad tenés de ir, si en casa tenés todo: hay café, hay té…”, todo ese mambo.

-Uh, no te digo? ¡Celoso mal!

-Y no había forma de explicarle. Yo quería decirle que ese ratito para mí, esa media hora, era como mi ventana al mundo. El placer de leer el diario tranquila, de ver pasar a la gente… después volvía con otro ánimo a casa. Pero no había caso, es el típico macho argentino. Después son los tipos que admiran a la mujer independiente, eso es lo que más bronca me da. Y se terminan arreglando con la compañera de laburo.

A la Gorda se le cruza el pensamiento de Rulo del brazo de Patas de Tero. Hace un gesto con la mano, como quien espanta a un mosquito. “Bueno, ¿y entonces?”, dice Sarita. Siempre fue una mujer práctica, dos chicos no dejan lugar para demasiadas dilaciones.

-No sé.

Realmente no sabe. Tal vez todo esto del matrimonio sea un error. Quién era… Patricia Sosa! Patricia Sosa, que se volvió a juntar con el ex marido, y ahora son felices viviendo en casas separadas. Quién más… Magdalena Ruiz Guiñazú… ¿o era Norma Aleandro? Pero también Woody Allen y Mia Farrow, así les fue.

Quiere apoyar su cabeza en el hombro de Rulo y tomar su mano en el cine. Si tan sólo él fuera distinto.

-”Para atrapar a un pájaro, hay que ser cielo”.

-Eh?

-Lo dijo la piba ésta que nunca me acuerdo el nombre, una periodista. Bah, piba, ya es una mujer… ¡Silvina Chediek! Y me quedó, es una buena frase.

-¿Y a raíz de qué, la dijo?

-Andaba penando un amor, se ve que se sentía poco cielo.

Sarita la mira. ¿Su hermana, poco cielo? Ahora hasta le tiene bronca a Rulo.

-Mirá, tampoco la pavada, uno no puede hacerse responsable de la felicidad del otro.

Es cierto. Pero Sarita la malinterpreta… en estos momentos la Gorda no se ve como el cielo de nadie, sino como pájaro.

Tristezas de bandoneón

Ahora que la Gorda camina mirando al frente, ella también ve a Rulo sentado ante una mesa al aire libre. El corazón le salta alocadamente, por unos segundos demora el paso… ¿qué hacer? Por suerte Víctor la tironea de la mano: “¡Mirá, tía, mirá!” Un autito plateado, parece un plato volador. Fingiendo un interés que está lejos de sentir, la Gorda se deja arrastrar más cerca. “Guau, qué cochazoooo!!!”, se emociona Víctor. La Gorda mira calle abajo ¿dónde está Sarita?

“Hola”. La voz de Rulo, la querida voz de Rulo detrás suyo. No va a ser tan idiota de ponerse colorada, Diosito te pido que no. “Hola”, dice a su vez, y por primera vez en semanas, vuelve a mirar a su marido de frente. El sol le da en los ojos, no debe verse demasiado bonita frunciendo el ceño. “Te cortaste el pelo”, dice Rulo con esa voz de langa que ella solía reprocharle (”¿qué necesidad tenés de hablarle a la minita con esa voz de langa?”) La Gorda se toca las puntas, está tan acostumbrada al nuevo corte y color que sólo los recuerda cuando algún conocido se sorprende al verla. “Sí”. “Típico de separada”, se le escapa a Rulo agriamente. “Y bueno”, contesta la Gorda, a la defensiva. “Me molesta el sol”, agrega cambiando de posición. Rulo la está observando con esa mirada que ella recuerda tan bien, cómo puede alguien decir tanto sin hablar. Si sigue así se va a dar cuenta, nunca pudo ocultarle sus pensamientos demasiado tiempo. Por detrás de Rulo alcanza a ver a Sarita parada discretamente algo más lejos, Gustavo ya está con Victor, queriendo tocar al auto de sus sueños.

-Estoy con Sarita y los chicos (quiero abrazarte, ¿no te das cuenta que quiero abrazarte?)

-Sí, me di cuenta, yo estoy con Juri (puta madre, Gorda, volvé a casa… no es lo mismo)

-¿Tus cosas, bien?

-Sí, por suerte. ¿Vos?

-Bien, bien. Empecé pintura.

-Ah, mirá vos, siempre te gustó. Bueno, no da para conversar acá, nos hablamos. Bah, me hablás vos, yo no tengo tu número.

-Anotá…

Rulo se cachetea los bolsillos buscando papel y birome, finalmente lo anota en una servilleta. La Gorda no le da ni un beso en la mejilla, siempre fue tan seca.

“¿Cómo estás? -le dice Juri- no quise ni acercarme…” “Qué sé yo, loco…” Sí que sabe, está con bronca, la guacha está linda, él la hacía extrañándolo un poco al menos. Y nada, ahí está. “Empecé pintura”. Que lo tiró. Juri lo mira de costado. “Vení, vamos a tomar un café…”

*

La Gorda no puede ni despedirse… ¿corresponde un beso en la mejilla, al padre de su hijo?

“¿Cómo estás? -dice Sarita- No quise ni acercarme…” “Qué sé yo…” Sí que sabe, tiene ganas de llorar, tiene ganas de llorar abrazada a Rulo y quedarse en el refugio de sus brazos por siempre jamás. Sarita la mira de costado. “Vení, vamos a tomar un café…”

Rulo ve acercarse a la Gorda

Al rato nomás, llega otro.

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“Yo de acá no me muevo”, dice Juri. En minutos hay cantidad de gente arremolinada alrededor del nuevo scooter, sacando fotos y más fotos. Juri y Rulo se sientan en una mesa al aire libre, lo más cerca posible de Defensa. Es un día precioso, un auténtico día peronista. Es demasiado temprano para una cerveza, le piden al mozo dos cafés y estiran las piernas al sol. Alrededor suyo arman de a poco los feriantes de Plaza Dorrego. Un gato flaco, blanco y negro, se pasea entre las mesas. “Vení, Ricky”, dice una señora que abandona un puesto de tejidos para alcanzarle comida.

-¿Venderá algo esta gente?

-Pienso que sí… si no, no estarían.

-No está mal tener un puesto acá, te digo. Hay laburos peores.

En esos momentos avanza otro auto más, causa tanta sensación que hasta los feriantes abandonan sus puestos y se aproximan a mirar. Sombrero panamá, anteojos de sol, el conductor lo estaciona a cuarenta y cinco grados, como ya se han puesto los primeros. 

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Juri y Rulo abandonan la mesa, imposible no acercarse. “El techo -informa un feriante- es una adaptación de la cabina de un avión de la Segunda Guerra Mundial, el Messerschmitt…” 

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Rulo y Juri, toda la gente, giran alrededor observándolo.

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“Que lo parió”, dice Juri. “Sí -coincide Rulo- aunque si vos me preguntás, me quedo con éste… ¿te acordás?”

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Ahora sí, es hora de una cervecita y una picada. “Qué cantidad de gente, no se puede ni caminar”, dice Juri. Casi al lado suyo, un señor mayor hace sentir el cacareo de una gallina, tironeando de una soguita unida a un cuerpo de cartón (cocoooo, coco coooo….) “Argentina, país generoso”, dice Rulo. Nunca sabe si admirar a estos buscavidas o considerarlos medio chantas. Un poco más allá, otro estrella “tomates” de silicona contra el piso. Y entremedio, la gente. Hombres y mujeres que se sacan fotos simulando abrir la puerta de los autos, parejas mayores del brazo y muchos chicos.

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Su mirada se detiene en un pibe que está embobado con un viejo Ford. Tiene la cara casi pegada a la ventanilla y hace pantalla con las manos para mirar adentro. Cómo disfrutan los chicos con estas cosas. El pibe se aparta del auto y llama a su familia. Resulta ser uno de los hijos de Sarita, antes de darse cuenta, Rulo ve acercarse a la Gorda. Lleva de la mano a su otro sobrino y camina de una forma que él no recordaba.

Mirá allá enfrente, por ejemplo

“Me di cuenta que camino mirando al piso”, le dice la Gorda a Sarita, ya rumbo a Defensa. Los colectivos se desvían en la 9 de Julio por los festejos del Bicentenario, así que cubren este último trayecto caminando. ”Mirá vos, nunca me fijé”, le contesta Sarita acomodando como puede el cuello de la campera de uno de sus hijos (por más que lo intente, siempre tienen ese aire general de desaliño). “Me lo hizo notar un hombre en la parada de un colectivo, me preguntó si se me había perdido algo. Y capaz que sí, mirá allá enfrente, por ejemplo”.

Sarita mira, hay un hombre parado contra una persiana baja, en medio de dos graffitis que abarcan toda la pared. El de la derecha muestra cientos de ojos alrededor de un gran ojo central que lo domina todo. El de la izquierda, una mujer de pollera fosforescente, con unos brazos-alas abiertos. Por si fuera poco, un tercer graffiti sobre la persiana, una suerte de gato, acompaña al hombre en su espera.

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-Tenés razón. Es que una va en sus cosas, no? Ensismismada.

-En si misma-da. Ulanovsky tiene escrita una recopilación de graffitis. El Papa lleva preservativos por si la Santa Sede, ese me encanta. Otro dice La droga mata lentamente, abajo alguien había escrito ¿Y yo qué apuro tengo?

-Hay cada uno… Che, qué bueno que salimos, cuánto hace que no salimos juntas. Daban ganas, hoy.

-Y mirá que te lo vengo diciendo. Pero vos siempre con eso del planchado del fin de semana.

-Bueno, no te quejes, acá estoy. Mirá la gorda esa, me muero…

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-Divina. Hola, mi amooor! Ay, me la como… Me encanta San Telmo, está lleno de cosas para ver.

La Gorda codea a Sarita para que mire. Sólo a un negro lindo puede quedarle bien ese peinado, montones de trencitas en zigzag.

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Igual no es ningún tonto, ya se dio cuenta de sus miradas. “Lo que no me gusta de esos peinados es que no te podés lavar el pelo”. “¿Cómo sabés?” “Te das cuentas, le dura dos semanas, cuando mucho. Chicos, basta de pelearse!”

*

Juri y Rulo bajan del 8 en San Juan y Defensa, unas cuantas cuadras más allá. “Qué bueno que salimos, no podés guardarte un feriado”. “Tendría que haber venido Juan”. “Sí, pero se iba con Virginia al centro”. “Parece que va a estar bueno… igual te digo que a mí, tanto quilombo de gente no me va. Ayer un millón de personas, dejame de joder. Y hoy que es el cierre va a estar peor, todavía”. “Igual la pasamos bien por acá, después te invito a una birra”. ”Dale… Uh, mirá lo que es eso…”

Enfrente acaban de estacionar un scooter impecable.

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-Es como un juguete, no me digas que no es un juguete…

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-Mirá lo que es el baulcito…

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-Impresionante lo bien cuidado que está. Ah, es ud el dueño? Lo felicito.

-Ernesto, qué tal. Venimos a una exposición que se hace todos los años, si se quedan por acá un rato van a ver otros modelos.

-Estos son alemanes, no?

-Sí, les dejo mi tarjeta por si quieren entrar a la página.

Rulo chusmea por sobre el hombro de Juri:

CLUB ARGENTINO SCOOTERS Y MICROCOUPÉS – C. A. S. Y. M.

Somos una entidad sin fines de lucro que promueve la restauración y conservación de automóviles de hasta 1000 cm3 de cilindrada y los scooters clásicos.

El club está abierto a quien desee participar. Llamanos por teléfono o envianos un mail para consultar por nuestras actividades.

Te:  4766-2842 / 15 6160 4046 /4205-6779 / 15 447 0041 / 15 5616 1745

www.microautos.com.armicroautos@casym.com.ar

Ernesto se mete en su auto y permite que la gente le tome fotos. Juri lamenta no haber traído la cámara, él qué sabía.

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Levantar la vista

Algo le dice el hombre, en la parada de colectivo previa a la suya. La Gorda no es de hacer esas cosas pero, vaya a saber por qué, vuelve sobre sus pasos.

-¿Qué?

El hombre la mira.

-No, digo si se le perdió algo.

La Gorda no entiende, ¿qué se le puede haber perdido? Responde lentamente.

-Voy a la parada del colectivo.

-Ah, como iba mirando así, para el suelo… pensé que se le había perdido algo.

Tiene razón, toda la vida caminó así, a veces hacen falta las palabras de un desconocido para verse. La Gorda toma el colectivo y se baja dos barrios después, le quedan todavía algunas cuadras hasta la casa de Sarita. Levanta la vista y ve al hombre durmiendo sobre el colchón en la vereda de enfrente, boca arriba y despatarrado. Curioso que no se tape con la frazada, tal vez le dé abrigo el vino de cartón que alcanza a verse a un costado. Cruzando la plaza, le llama la atención el tendal de ropa en las ramas de un árbol bajo, casi un arbusto, y más gente con colchones debajo.

La Gorda lo intenta y estrena su mirada al mundo, como un chico dando los primeros pasos vacilantes. Porque le cuesta observar, salvo que se choque la realidad de frente… sus miradas son miradas rápidas de pájaro y vuelta al suelo, es toda una vida de caminar mirando a sus pies. Alguna vez se le ocurrió que uno también es parte del paisaje que la gente ve. Por eso se esmera en el arreglo personal, es su colaboración a un mundo más ordenado. A eso tal vez haya que agregar una postura más erguida, ahora que piensa. Una actitud de buen día, realmente buen día, más allá del saludo a veces automatizado que uno cruza con los vecinos. La detiene el silbato del guardabarrera, el tren viene acercándose.

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Es hermosa la luz a esta hora temprana.

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Ya está cerca del colegio de sus sobrinos. Es verdad, cuantas veces pasó distraída por al lado de esta puerta… Qué belleza, definitivamente hay que levantar la vista.

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Algo para admirar

 

“Tal vez -dice Juan lentamente- haya que tratarse con ese amor incondicional del que contaba Lucía, ese que siente Darío por la ex mujer”. “No te entiendo”, dice Rulo. “Claro, tal vez somos duros con los demás, pero más con nosotros mismos”. “¿Cómo así?” (a Rulo le encanta esa expresión)

-Y… sí. Perdemos los anteojos y lo primero que hacemos es decir “¡Qué pelotudo!”, o no?

-Pero lógico, no es para felicitarse.

-¿Y todas las otras veces que no los perdimos, que llegamos a tiempo, que cumplimos un compromiso? Me parece que ponemos demasiada atención en lo que falta. Por ejemplo, en lugar de disfrutar de tu locro, estuviste pendiente de lo que te decía la vieja.

-¡Es que la hubieses visto, hermano! Esa vieja es mala onda, si te ve salir con el bolso a disfrutar el fin de semana, te larga un “Están anunciadas lluvia y tormentas, ¿sabía?” Me ve comiendo locro, qué necesidad tiene de venir a decirme, en ese mismo momento, que no se hace así, sino asá?

-¿Y vos cómo podrías haber reaccionado?

-Qué sé yo, no podía decirle “Señora, no me joda que estoy comiendo”.

-Bueno, hay algo en vos que atrae esa conducta de la vieja.

-Ah, dejame de joder!

Juan insiste.

-No, no. Pensalo. La vieja busca irritarte, por algo es. En una de esas percibe que vos la considerás hinchapelotas.

-¡Y si lo es! Aunque yo no la viese así, igual se hubiese acercado. Loco, yo no me meto en un restaurant a conversarle a la gente mientras almuerza. Es un momento de intimidad, si me decís que van por el café, bueno… y ni tan siquiera.

Juan se queda pensativo.

-¿No se te ocurrió admirarla por algo?

-¿Adm…? No te digo… Estás hecho un viejo hippie. ¿Qué puede tener de admirable esa mujer?

-Su espontaneidad para empezar una conversación, por ejemplo. No cualquiera, sabés? Y menos a esa edad. Generalmente con los años la gente se enquista, pierde su espacio, pierde la voz. Y esta mujer los mantiene. Si vos se lo hicieses saber, seguramente se aflojaría algo en ella. Quién te dice, hasta podrías aprender algo. Decime… el verdadero locro lleva un montón de zapallo, no?

¿Qué se hace con alguien así? Rulo le observa el jopo a lo Elvis, a veces Juan resulta relajante como un baño de inmersión.

Intemperante

Es todo una cuestión de energía. A Rulo no le gusta su energía en estos momentos. Y se lo dice a Juan. “No me gusta mi energía, estoy irascible. Cómo es que se dice… intemperante. Hoy se me acercó una mujer a preguntarme en qué zona estábamos y yo quería zarandearla. ¡No podés andar así de perdida por la vida!, tenía ganas de gritarle. Encima me habló en un tono re bajito, tono de poquita cosa”.

-A veces uno anda así, con pocas pulgas.

-Sí, a veces uno anda así, después se me ocurrió pedir locro en la pizzería de la vuelta de casa y me crucé con una de las vecinas, re chusma la vieja, fue a meter la nariz y decirme que ese no era el verdadero locro, que su madre cocinaba con trigo y qué sé yo y revolvía con espátula de madera para que quedara bien cremoso, que el verdadero locro no lleva tomate y que la carne no era picada sino pasada por mortero y que esto y lo otro. Te juro que la vieja cogoteaba para ver, me querés decir qué mierda le importa lo que como.

-Uh.

-Y después, loco, estaba todo cerrado por el condenado bicentenario éste que no veo la hora que termine y esperé tres colectivos para volverme. Tres, a ver si me entendés. Llegué dos horas más tarde a casa, y empapado.

-Y sí, es incómodo.

-Para completarla me dejé los anteojos no sé en dónde, si yo supiese, y no veo dos en un burro, boludo. Y no va Juri que me dice “Y para qué querés ver, si a un recital se va a oir”. Como si fuese lo mismo ver o no a Pablo Milanés, vos decime. Bueno, en definitiva a quién le importan Los Jaivas, es sólo un grupito. Y León y Víctor cantan siempre lo mismo, tengo varios cassettes en casa. Yo no sé, hay gente que cae parada, todo le sale bien, a mí se me vence una factura mañana… Mañana, entendés? Feriado. Y por supuesto el 25 también es feriado. ¿Eso qué significa, que puedo pagar el 26? O que los turros me van a cortar el no sé qué, te juro que ni me acuerdo de qué es la factura esa.

-……

-Y cuando terminás de cortarte las uñas de las manos, ya te crecieron las de los pies y los pelos que te faltan en la cabeza, te salen en la nariz y las orejas. Te juro que me voy a comprar uno de esos aparatitos ridículos que salen en la tele, no me los banco más. Una vez me ensarté, te conté? Unas plantillas de silicona no sé cuánto, como media hora de propaganda, yo no sé cómo pueden pagarla. La gente caminando feliz con las plantillas esas y te las mostraban de arriba, de abajo, girando, bueno, que tu vida iba a cambiar completamente, no más dolor de columna, no sé si no se te alineaban los chacras, mirá lo que te digo.

-¿Y las pediste?

-Cómo no las iba a pedir, yo también quería andar así de contento de la mano de mi esposa por el medio del verde. Y vino el changuito ese a traérmelas, un día de lluvia, me acuerdo, en bicicleta y con un pilotín ridículo color naranja o algo así. Y yo abrí el paquete ahí nomás a ver qué onda y al toque se las devolví, las maravillosas plantillas de silicona eran de un plástico duro, rígido, imposible caminar con eso. ¿Querés creer que el pibe me decía que se las tenía que pagar igual porque había roto el paquete? Y que las tenía que usar de a poco hasta acostumbrame. No le pagué un carajo, le dije que si me seguía jodiendo los iba a denunciar.

-Hiciste bien.

-Y bueno, hay gente a la que no le pasa eso, entendés? Gente que ni plantillas necesita.

-Tendrán otros problemas, seguro.

-Mirá, cuando te ponés así sos insoportable. ¿Podés dejar de ser tan comprensivo, una vez en la vida?

-No te la agarres conmigo, ahora.

-No, todo bien.

-…….

-Perdí tu peluca.

-No te preocupes.

-Es lo que te digo, perdí tu peluca, tengo pelos en la nariz, mañana me vence una factura y hoy tuve que tomar tres bondis. Ah! Y el locro no era locro.

-Andá al recital, mañana.

-¿No te digo que perdí los anteojos? Vos no me escuchás.