Garfield

Garfield es un gato atorrante, de la calle. Naranja, claro. Orgulloso, de cola siempre parada, anda de aquí para allá marcando territorio. Carolina lo ha visto paseando a las tres de la mañana cerca del Mercado (la pregunta es… ¿que hacía Carolina a las tres de la mañana cerca del Mercado?) Más de una vez espanté a Garfield cuando se vino a olisquear mis bolsos.
Esa ha sido toda mi relación con él, hasta hoy. Porque hoy Garfield no está bien, camina raro. Se tira al suelo y se arrastra de un modo que me hace pensar que anda alzado. Nada que ver, pobre bicho. Tiene las patas traseras, la cola y los testículos llenos de… barniz, pegamento?
Gaspar tiene cinco gatos en su casa, por supuesto sabe dónde hay una veterinaria. Allá vamos los dos, Garfield extrañamente tranquilo en sus brazos, Gaspar puteando contra la maldad de la gente. Yo creo más bien que el animal se ha sentado sobre algo recién pintado.
Estela, Bernardo y Daniel se presentan, son ellos los que atienden la veterinaria. Más tarde me animo a decirles “Yo pensé que me iban a decir que se llamaban Ho Chi Mon, o algo así…”
-jaja! No, somos argentinos, descendientes de japoneses.
Hay que ver el lío que arma Garfield. Empieza por pelearse con otro gato que anda dando vueltas, a los zarpazos. La única forma de contenerlo es tomándolo del pescuezo con los dedos en pinza. ¿Se queda tranquilo? Qué va. Las orejas para atrás, el sonido que sale de su garganta (aprisionado y todo) mete miedo. La solución es caerle con una red encima. De repente entiendo la expresión “bolsa de gatos”, las patas tiesas, la cara de espanto, Garfield es un monstruo de pesadilla. Mmmrrr miauuuu Miiiiiiiaaaaaaaaaaaauuuuuuu!!!!!!!!
Hay que ponerle una toalla sobre la cabeza e inyectarle un sedante. Lo acuestan en una camilla, yo lo tomo del pescuezo por las dudas y los veterinarios empiezan su tarea. Así y todo, cuando un cocker recién llegado ladra en la sala de espera, Garfield amenaza entredormido (Mmmrrrrrrr….), un tigre en miniatura. Gaspar dice “Es un gato muy simpático, muy dado… todos lo quieren”.
Qué va a ser simpático, de Garfield se puede decir todo, menos eso.
Es gracioso verlo ahora, uno de los veterinarios abre sus patas traseras como si estuviese por rellenar un pavo, el otro levanta los pelitos que rodean los testículos y los corta con una tijera, yo sigo sujetándolo.
-Miren que hay trabajos exóticos…
-Y, sí… ja.
-Me imagino su mujer, hoy a la noche… “¿Y qué hiciste hoy, querido?”
Chic, chic, los mechoncitos de pelo engrasado van cayendo a un costado. Por suerte el aparato urinario se encuentra bien.
-¿Cuánto hace que está la veterinaria?
-Dos años.
-¿Y qué fue lo más curioso que les tocó atender?
-Esto.
¿Víboras, iguanas? No, la gente trae palomas, palomas a las que atropelló algún auto. Gaspar se entretiene sacando fotos de cinco gatitos, un encanto todos. Hay uno especialmente gracioso, la cara negra y naranja, cada mitad exacta partiendo de una línea imaginaria en su nariz. “No les saques de tan cerca”, le digo. “Y cómo querés que haga” dice Gaspar cámara en mano, echado hacia atrás, con los bichos maullando y trepándole las piernas.
Después de casi dos horas, el trabajo con Garfield está terminado. Se puede hablar de paciencia oriental, ciertamente. Pelada la cola, las patas y “ahí”, es una sombra del gato que conocemos. Estela nos cobra cuarenta pesos, veinticinco por el corte y quince por el calmante. Uno de sus tantos gatos se afila las uñas en un palo vertical revestido de soga, con orejas y nariz de ratón. Amo y señor, sobre el mostrador de recepción, mientras ella anota un dato.
De vuelta en la feria, Gaspar coloca a Garfield en una caja de cartón. De a poco se va despertando, los ojos de drogado y las patas tambaleantes. Intenta unos pocos pasos y se cae. Hay que vigilarlo como a un bebé, se me ocurre ponerlo en el carrito de supermercado donde el Tucu trae las tablas. Un corralito, qué buena idea. Al rato cae el Tucu.
“Quién puso ese gato ahí”, dice con voz endurecida. “Se está recuperando del tranquilizante que le inyectaron”. Al Tucu se le suavizan las facciones. Finalmente Garfield indica que ya se siente mejor, trepado al borde del carrito. Hay que frenarlo para que no salte al suelo, tiene medio cuerpo afuera.
Y ahí se va caminando, con su dignidad recuperada. La cola hace de timón. Cuando el cuerpo se le bandea -pareciera que va a caerse- la cola completamente tiesa y paralela al piso recupera el equilibrio. Para un lado… y para el otro… ese es nuestro gato.
