Blanca y radiante

La novia se casó de negro, en una época en que las mujeres eran decentes, me cuenta la rubia grandota que resulta ser hombre. Porque el luto se respetaba, cinco años se respetaba. Y después vestían de medio luto, de gris… El ramo era blanco, eso sí. El vestido estaba lleno de azabaches. “Pero el azabache es un color”. “No, no, de la piedra azabache. Todavía no existía el plástico…” La rubia se encoge de hombros, resignada… “Las regalé todas”.
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Esta otra novia, de la que también me cuentan, se casó en Bariloche. Los novios llegaron a la iglesia en una Honda 600. Ella se sentó de costado, claro, con los tules recogidos en la mano. Dos cuadras antes de llegar, se quedaron sin nafta. Y ahí anduvo la novia, blanca y radiante, empujando la moto hasta una estación de servicio. Llegaron tarde a su propia ceremonia.
Pero la iglesia estaba tan linda… las rosas para decorarla las pusieron los propios vecinos, a los novios les pareció lindo pedirles las flores a la gente. Así que fueron casa por casa diciendo “Nos vamos a casar, ¿no nos darían unas flores de su jardín?” Y la gente armó preciosos ramos para ellos.
De ahí en bicicleta a Chile, quinientos kilómetros, alrededor de diecisiete días.
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Alguna vez, sin siquiera ser católica, soñé con casarme en una iglesia de Jujuy. Simple, sin adornos, con paredes blancas y unos pocos bancos de madera. El día que entré a conocerla, la luz del sol marcaba el camino hacia el altar.
