Gente grande, che

Qué joda cuando no hay turismo en la feria. Menos mal que están Dardo y Jorge.
Dardo, alias Bonito, nos cuenta de las jodas que se mandó en su vida. Iba a jugar fútbol a un club, de adolescente, y les pagaban con una coca y un sandwich. Había dos pibes que se apuraban en ducharse y corrían para conseguir dos cocas y dos sandwiches. A todas luces, una injusticia. Así fue que un día le clavó los zapatos a uno en la rejilla de madera del baño. El pibe se los puso, quiso salir disparado y se cayó de bruces al suelo. Enfermería, tabique roto, un mes sin jugar.
A un tipo, en otra oportunidad, dulce de leche dentro de los mocasines.
Ah, otra vez que fue a pescar, había un chabón que se acostaba en la carpa para dormir, en calzoncillos “…de esos amplios, viste?” y se le salía el coso afuera. Además “tenía un olor a pata infernal, nadie quería entrar a la carpa cuando él estaba durmiendo adentro”. Los compañeros solían tirarle con un zapato porque, por si todo esto fuera poco, roncaba mucho. De sueño profundo, el hombre. El guaso agarraba el zapato y se los arrojaba de vuelta, protestando porque lo despertaban. No van un día y le atan el pitulín al zapato, con una tanza, y se lo tiran al pecho, como hacían siempre. El hombre se despertó, puteó según costumbre y les devolvió el zapatazo… “El médico de la clínica nos dijo que podía haber sido mucho peor. Se le puso negro e hinchado, el coso…”
Otra brava que se mandó fue en la época de la coupe Chevy y el trailer para llevar la lancha.
-Pinché una rueda y no tenía repuestos. La gomería más cerca estaba como a veinte kilómetros. Saqué la rueda del trailer y la llevé en el auto. Fuimos a la gomería y el gomero estaba dormido, me cansé de golpearle la puerta… veíamos la luz en el fondo y el tipo ahí, en una silla. “¿Querés ver cómo lo despierto?”, le dije a mi compañero, y agarré una cadena que tenía en el baul, até el compresor y lo llevé arrastrando hasta la ruta.
-No te puedo creer… ¿y el tipo que hizo?
-Nos corrió a los escopetazos
-También… ¿y qué hora era?
-Como las tres y media
-Ay Dardo, pobre hombre!
-¿Para qué tiene abierta la gomería, con un cartel que dice “Abierto las veinticuatro horas”, si le golpeas durante dos y no te atiende?
Se mete Jorge, a contar de las chinches sobre los bancos de las chicas -en el colegio- del lápiz que tiraba al piso para verle las piernas a la maestra, del hilo negro atado a los picaportes de bronce (esos con forma de mano) para golpear la puerta desde lejos y hacer salir a los viejos a ver quién llamaba… y ellos a media cuadra de distancia.
¿Y mi tío? -dice Dardo- Qué hijo de puta!!! Se fue a cosechar ají puta parió, se acostó a la tarde a dormir la siesta y le metió mano a mi tía. La vieja estaba después en una palangana y decía: “¡Gallego y la puta que te parió!”
Y siguen y siguen… imposible no reirse con ellos, es un chiste tras otro. La brasilera pregunta qué edad tiene Domenico, su amiga quiere saber. “Cuarenta y seis”, le digo yo. “Pero cuidado con Domenico… es un hombre de envergadura”, le dice Dardo. La brasilera se ríe, hace años que vive en Capital. Pasan hombres de La Pampa, viene un grupo grande por Humberto Primo. Van al obelisco por el acto del 1° de mayo, de la CGT. Se escuchan fuerte las bombas de estruendo y los bombos. El perrito adorable de un vecino, se refugia bajo el puesto de Jorge y le mea la mochila. Es el karma que te vuelve, le digo, por todas las que te mandaste. “Es suerte eso”, dice Jorge. “Suerte es que no te cagó”, contesta Dardo.
Uno de los pampeanos -un hombre sencillo- está fascinado con la flor rosa del árbol bajo el cual estamos todos sentados. Me pregunta qué arbol es. Un palo borracho, le digo. ¿Y tiene semillas? “Sí, en esa papa que ves ahí… Llevate una, no sé si te va a prender en La Pampa, en una de esas sí”. “Sí -dice Dardo- en La Pampa hay palos borrachos”. “Tomá -le dice Jorge- llevate otra, tenés que dejar que se sequen y abran solas y después las enterrás”. “Bueno -se mete otro pampeano- yo voy a llevar una también, para una tía mía”. “Ah, si es para tu tía, llevate ésta más gorda… cuidado con el uso que le da”.
Vemos a uno de los feriantes, tomando de una petaca. Dardo me dice que lo llaman televisor descompuesto, por culpa del tubo está perdiendo imagen. Qué lástima que tome así, le digo. “No, si es por el frío”, contesta Dardo, a pleno sol igual que todos nosotros. “Le dicen enero, no tiene un solo día fresco”.
Pasa una chica vendiendo ruda macho, no puedo repetir las barbaridades que se mandan estos dos. Les comento que hay uno que se viene desde Escobar en bici, con Santa Ritas en el carrito. “Cómo se va a venir desde Escobar -me retruca Dardo- si son cincuenta kilómetros”. “Y qué -le digo- Domenico se fue en triciclo de una ciudad a otra, y eran veinte”. “En realidad… dieciseis”, aclara Domenico, al lado mío. “Yo una vez -dice Jorge- me puse dos panes de jabón en los pies y me vine desde Córdoba en los rieles”. “Y en cada paso a nivel, tocaba la campana”, agrega Dardo, haciendo el gesto que imaginan entre las piernas.
Ahí arranca la pareja que baila el tango. Y viene el chiste, claro. Le dice un tipo a una mina: “¿Baila?” “No, entra justito”.
Ahora los locos estos miran hacia una feriante, que está acostada boca abajo en una colchoneta. “Che -dice Dardo- esto es Miami bich?” “No -dice Jorge- es meame el bich”.
Como me rio tanto, ahí va y me cuenta el chiste de la mujer que saca el pecho y le da de mamar a su bebé en el colectivo. Y un guaso la mira… y la mira…. “¿Qué le pasa? -lo increpa ella- ¿Nunca vio una teta de madre?” “Mire, señora, yo tengo una p…… de padre, y no la ando mostrando”.
Cuando me voy, Jorge está con la nieta, haciendo bajar de un árbol a una enorme araña de plástico sobre la gente que pasa. Las víctimas preferidas son las mujeres que pasean de a dos. Los otros días era la vieja joda del billete, se divirtieron toda la tarde con un billete de dos pesos que la gente se agachaba a recoger y le mezquinaban, con un tirón de tanza.




Estoy en la feria y Mónica me señala a un hombre, que recién llega. 




