Las señales

Hay cosas que me cuestan mucho.

1- Manejar. Considero poco menos que genios a los conductores. ¿Cómo pueden apretar tres pedales con dos pies y hacer los cambios al mismo tiempo? Aún con la caja de cambios automática, igual. ¿Y leer los carteles en la ruta e interpretarlos correctamente? ¿Cómo puede un auto estacionarse entre otros dos autos? ¿Cómo saben que va a caber? No me digan que mirando por esos espejos minúsculos, que tantas veces distorsionan. Creo que el mundo se salva de la gente como yo manejando. Subiría al puente equivocado y no sabría cómo retornar, creo que seguiría manejando derecho hasta quedarme sin combustible. Ja, me acuerdo ahora de un capítulo de Seinfeld que trata de eso, justamente.

¿Cómo se animan a comprar un auto, en primer término? El otro día leía una nota sobre el tema, de alguien que salió a visitar distintas concesionarias. Puse mi mejor voluntad. No entendí nada.

2- Jugar al truco. Jamás pude aprender. No entiendo qué seña se hace cuándo. Vení… (¿adónde?) Voy (¿para qué?) Son buenas (¿te pregunté algo?)
Recuerdo ahora a una chica mendocina, compañera de pensión. Buena chica, pero no de muchas luces, si entienden a lo que voy. Agradable, pero no intentasen mantener una conversación medianamente esclarecida con ella. Bueno, aprendió a jugar en un periquete… y se hizo experta… y le ganaba a cualquiera. Caramba, acaso no es juego que requiere de cierta perspicacia, picardía y memoria? ¿Cómo pudo ser?

3- Tejer. Un milagro. ¿Cómo puede ser que de cruzar y descruzar agujas salga un pullover? Intentaron enseñarme, allá lejos y hace tiempo, mis amigas necochenses. No hubo caso. Llegaron a pararse detrás mío, manejándome las manos en cámara lenta: “Así… y así… y así… ¡Muy bien! ¿Ves que te sale?” Sí, el punto al revés, me salía. No podían creerlo. ¡Si me estaban llevando las manos!

4- Hacer trámites. Hay una película archiconocida, Hello Dolly, donde la Streisand canta “Just leave everything to me…” Símplemente déjenlo en mis manos. Bueno, no lo hagan. Soy chicata, pierdo los papeles, hago la cola equivocada, me olvido el nº de historia clínica.

¿Y a que no saben qué? Perdí el DNI. Ja ja. Hoy, treinta de diciembre, me armé de paciencia y fui a hacer la denuncia a la comisaría. Salí así, cuerpito gentil. El Principal a cargo del trámite me pidió la Licencia de Conducir. Ajajajajajaja!!!

Me pidió la Partida de Nacimiento.

Me pidió que volviese con un pariente mayor de 18 años, que tenga documento.

Me pidió que volviese antes de las 11 porque a esa hora es el relevo.

“¿No basta con que yo esté aquí?”, le pregunté con mi sonrisa de conquistar Principales. “No, yo necesito acreditar que ud es ud”.

Me hizo acordar a mi vieja, que viajó mucho y de vuelta en Argentina, se fue a tramitar su jubilación. Llegaba bufando a casa, de cómo le complicaban todo. Un día volvió enojadísima, echando pestes.

-Qué te pasa, má.

-Nada, una imbécil ahí en la oficina…

-¿Qué pasó?

-Y nada, que me hago una cola de tres horas y cuando me toca el turno me dice: “Pero ud estuvo muchos años afuera”. Entonces le contesto: “Sí, pero mientras estuve en el país hice muchos años de aportes”. Y la mina me dice “¿Y yo cómo sé que ud volvió?” Imaginate!!!

-¿Y qué le contestaste?

-”Porque estoy delante tuyo, TARADA!!!”

No le vengan con cosas raras a la vieja. Se ve que es hereditario. El tema es que finalmente con mi vieja cédula del año 69, pude hacer la denuncia. No encontré mi partida de nacimiento, por supuesto. Sí una fotocopia autenticada, que no sirve. Entonces… ¿para qué tanto sello y firma que acredita que sirve, si no sirve?

Buscando en Internet encuentro un blog que postea lo siguiente:

Me pasaron el dato del estudio de unos abogados tránsfugas (de esos que te hacen el pasaporte en una semana a cambio de unas monedas para ellos, obviamente) y les pregunté si hacían el trámite acelerado del DNI. “Por supuesto” me respondió la voz del otro lado del teléfono “…te cuesta $300 pesos y lo tenés en el día.”

Y debajo de este pequeño texto, un montón de comentarios de gente desesperada que pide contactarse con ellos, porque viajan o lo necesitan urgente. En el CGP que me corresponde por zona, cobran 25$.

Tengo un compañero de feria a quien tengo agendado cariñosamente como “el librero anarquista” (no confío en mi memoria para los nombres, dentro de dos años encuentro la libreta y me pregunto quién es Dani). El librero anarquista jamás sacó DNI. Se niega, es casi para él una cuestión de principios. Lleva cincuenta y pico de años sin DNI. Increíble. Supongo que podré sobrevivir tres meses sin tenerlo.

Qué curioso haber perdido el DNI justo para estas fechas. Qué casualidad encontrar, buscando la partida de nacimiento, este viejo poema que transcribo tal cual

Celebro mi propio parto,

este segundo nacimiento

a la condición humana

Un estado de consciencia

acrecentada en gracia

por ventura de Dios

y un poco mía.

Domingo a domingo

fui alimentándome

de este cordón de luz

centro de un centro,

girando lentamente

en espiral ascendente.

Duele también,

a quién le cabe duda,

pero hay tanta fuerza

en este primer llanto repetido.

Bienvenida al mundo,

dos veces bienvenida.

18-03-90


Perdamos un poco las viejas identidades… ¡Feliz renacer para todos ustedes!

Subir

Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, dijo el hombre.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Los amores profundos

Yo no sé qué me pasa con el mar.

Viví de chica en Puerto Rico, algo más de un año, y de adolescente en Necochea. Ahora hace mucho, aquí en Capital. Cuando volví de Puerto Rico, a los once años, sentí que me iba a morir de la tristeza. Mi viejo se había mudado de nuestra casa con jardín, a un departamento justo arriba del negocio. Un departamento que tenía, sin exagerar, unas trece puertas. Me sentía como un animal de laboratorio, pasando de un ambiente al otro. Una rata en su laberinto.

¿Y el mar? ¿El turquesa, los verdes, el horizonte, el aire salado, el espacio abierto?

Papá había puesto todos mis viejos muñecos sobre la cama, en un gesto conmovedor de bienvenida. Mi dormitorio tenía tres puertas. Una daba al pasillo principal, otra a un pequeño patiecito y la tercera a un dormitorio más al fondo. Ninguna daba al mar.

Estando en pareja hace unos años, tuvimos oportunidad de hacer una escapada de fin de semana a Mar del Plata. Y se armó el tole tole, porque habíamos salido a caminar bordeando la costa a la mañana… y yo tuve que bajar a ver el mar. No podía no bajar a ver el mar. No después de pasarme años sin verlo. Diez minutos, le gritaba yo, ya saltando por las rocas hacia abajo, dame diez minutos.

Pero se enojó conmigo (¿acaso no habíamos salido a entrenar?) y siguió caminando solo. Lo dejé irse, si no me entendía en ese momento, no iba a entenderme nunca. Nos perdimos de vista durante horas y horas. En lo que iba a ser nuestro fin de semana juntos. Me llené los ojos de playa y junté caracoles que sabía que iba a terminar tirando y me descalzé y fui feliz.

Nos encontramos finalmente, no sólo NO me buscaba desesperadamente, sino que estaba admirando de cerca el auto de carrera de Fangio. Menos mal. Que nos encontramos, digo. Entre nosotros… ¡no me acordaba la dirección del hotel!

Pero los amores profundos nos hacen cometer locuras, no tengo dudas.


Los invito a viajar. Disculpen que esté en inglés, es el video más completo que encontré

Porque soy mujer y me gustan las rosas

Uno comete tantos errores en su vida. Nada para castigarse, pero ojalá tuviésemos la sabiduría que tenemos hoy… y veinte años menos. Mi vieja fue siempre una mujer de armas tomar, una mina llena de empuje. Muy, muy trabajadora, adicta al laburo, se podría decir. Teníamos que pedirle, por favor, que pare. Puso su propio negocio y se abrió paso a fuerza de arremangarse. Pasó de tener un puesto de feria… a un local en calle Lavalle… a un local en calle Florida, en la mejor zona comercial de la ciudad de Buenos Aires.

Puso un negocio de artesanías, donde vendía bellezas de todas partes, tapices, cerámicas, cajas trabajadas en madera y plata y también piedras semipreciosas: ágatas, amatistas, turmalinas, lapizlázulis, granates, turquesas, malaquitas, aguamarinas, rodocrositas… nombres mágicos para un mundo mágico de piedras. Hacía sus propios diseños para usarlas en colgantes, aros y pulseras… y bien lindos que le salían. Su negocio era un hijo más. Pero así como le traía satisfacciones, también tuvo que lidiar con los alquileres, los sueldos, los proveedores, los inspectores, los trámites que le resultaban engorrosos y a veces inentendibles. Siempre fue muy ética, quería pagar todos los impuestos, era lo que correspondía… Facturaba todo y se angustiaba porque los números no le daban. Un día, un inspector de la DGI le dijo: “Señora, sabe cómo me doy cuenta quién está en infracción? Muy simple, el que tiene abierta la puerta del negocio. Porque si paga puntualmente lo que el Gobierno exige, no le queda otra que cerrar”. Miren qué sistema más perverso. Era por la época en que la propaganda oficial decía algo así como “Si ud no paga sus impuestos, le está robando a los jubilados”.

En ese contexto de stress, en ese mundo en el que se manejaba, donde había que estar alerta para no recibir una piedra pintada en lugar de una genuina, un día me dijo que iba a escribir un libro y lo iba a titular “Porque soy mujer y me gustan las rosas”. ¿Qué le puedo haber contestado? Que era una mersada. “Ay, mamá… ¡Qué título tan cursi!”.

Y ahora lo pienso y me quiero patear ya saben dónde. La pobre vieja trataba de recuperar un poco de feminidad, su derecho a la belleza, más allá de la fría realidad de los números. Parecería que en este afán de demostrar fortaleza, nos vamos negando ese derecho. Nada de mariconadas. Abajo Kenny G.

Basta de acuarelas, lo que se necesita son pinceladas briosas de colores fuertes. Que las facturas llegan y hay que pagarlas. Y hay que ponerse seria con Fulano, a ver si todavía se quiere hacer el langa y me jode en el precio de la mercadería.

Desde acá te digo, ahora: “Qué buen título, mamá. Claro que sos mujer, una gran mujer… A mí también me gustan las rosas”.

La extraña pareja

Qué buena película. En alguna época fue mi película favorita, si tal cosa existe, habiendo tantos rubros. Recuerdo que la dieron después de años por la tele y fue una fiesta verla nuevamente, disfruté de cada minuto.

Para los muy jóvenes o los que no conocen el argumento:

Se trata de un hombre, Felix Ungar, que se separa de su mujer y sumido en la más profunda depresión, planea suicidarse. Su amigo Oscar Madison, también separado, lo salva y lo lleva a vivir a su departamento. Pero hete aquí que son extremos opuestos. Felix es un fotógrafo (si mal no recuerdo) absolutamente estructurado y meticuloso, hipocondríaco y melancólico. Excelente cocinero, limpio hasta la exageración… y ahorrativo. Está pasando por su peor momento, la vida es pura desolación y no encuentra motivos para disfrutarla. “No soy nadie sin mi mujer y mis hijos”, le dice a su amigo.

Oscar es relator deportivo. Se toma la vida como viene, gasta de más comiendo cualquier porquería por ahí, es desordenado (por no decir sucio), sensual, busca divertirse… y como no podía ser de otra manera, Felix lo irrita sobremanera. Encuentra que se autocompadece y que tiene demasiadas manías. “Piensas que tú eres el único que tiene problemas”, le dice en algún momento.

Sin embargo, de tan difícil convivencia, surge finalmente lo mejor de cada uno. Oscar contagia ¡por fin! a Felix algo de su alegría de vivir y Felix consigue que Oscar ponga un poco de orden en su vida.

Pasan los años y cada vez que la veo, pienso: “Qué buena película… Tan actual, siempre”. Lo que se llama un clásico.

Jack Lemmon y Walter Matthau, sacándose chispas


Reinvindicación del vuelo

Allá lejos y hace tiempo, supe tener un novio volador. Un novio pelilargo, feriante, desertor de la Carrera de Arquitectura. Se negó a hacer el servicio militar, no se presentó en fecha. Finalmente (después de ponernos nerviosos a todos, que poco más lo amenazábamos con la cárcel) tuvo la suerte de salvarse por número bajo, según creo recordar. Un objetor de conciencia, como se dice.

La oveja negra de la familia, su hermana trabajaba en un Banco, imagínense. Y era puesta siempre de ejemplo. Ejemplo de vida ordenada, de responsabilidad, rectitud, tesón… Y de prolijidad y de… Ella venía a visitarnos a la feria, era muy cariñosa y adoraba a su hermano. Así que llegaba con su look impecable y se sentaba a mirar el desfile de personajes, la Fauna, como la llamábamos. La asombraban las rastas… “Mirá aquel”, solía decir, “Mirá este otro”. Pucha, la verdad es que al final resultaba irritante. Eran nuestros compañeros, carancho.

Acaso íbamos nosotros al Banco, a sentarnos ahí y decir: “¡Mirá el engominado, mirá el encorbatado!”? No, verdad?

Aquí y allá, solía decir de su hermano: “Ah, siempre volando, siempre aferrado a su Gran Globo Rojo…” Lo decía con cierta condescendencia, como pasándole la mano por el pelo. Eso significaba, por ejemplo, que él apoyaba proyectos para volver a poner buzones rojos en las esquinas. Que organizaba barrileteadas. Que consiguió, después de innumerables idas y venidas a la Municipalidad, la luz para toda la feria.

Qué quieren que les diga.

NO SE ME IMPORTA UN PITO…

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
“¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo

La nota única


Dice la música Janine Jansen: “Cada persona lleva dentro su propio sonido”. En un reportaje que le hicieron, le preguntaron lo siguiente:

Entre los recuerdos especiales estará el encuentro con su stradivarius. ¿Reconoce un cambio en su sonido desde que toca con él?

Creo que sí. Cada persona lleva dentro su propio sonido. En su cabeza o en su corazón, lo importante es cómo hacer salir a la superficie esa idea. Y por supuesto que para ello es muy importante dar con el instrumento adecuado para conseguirlo. Tengo el stradivarius desde hace algo más de seis años. Después de buscar un instrumento durante mucho tiempo, en el momento en que probé éste noté inmediatamente que mi idea encajaba con su sonido. Todavía hoy, pasado ese tiempo, sigo encontrando cosas que me ayuda a resolver: diferentes colores y distintas maneras de conseguirlos. Me ha servido para abrir nuevas ideas en mi mente, porque siento que me inspira. Creo que existe ese antes y ese después en mi modo de tocar. Espero que mi sonido de ahora sea mejor…

La nota completa está aquí, por si gustan leerla

Yo ya había escuchado eso, en un plano más… metafísico, digamos. Que cada persona nace con una nota única. Algo así como que al momento de nacer… uff… es difícil de explicar, no encuentro las palabras. No importa, la idea es que cada uno de nosotros “vibra” de una manera muy particular y atraemos eventos y personas que vibran en esa misma frecuencia.
La verdad es que no sabía qué pedir en esta Navidad. Y sí… aprovecho y pido, quién les dice.
Y hoy supe. Quiero encontrar esa nota única dentro mío. Quiero descubrirla. Quiero “encontrar el instrumento adecuado” para que salga al mundo.

A veces hay tanta belleza en el mundo

El entusiasmo



Entusiasmo viene del griego en-theos. En Dios. Quiere decir “Dios activo dentro de mí”.

Cuando nada parece funcionar bien, cuando es difícil levantar cabeza, cuando nos parece que vamos a seguir hundidos por los siglos de los siglos, que nos vengan a sugerir actuar con entusiasmo nos da por ahí mismito. Pero alguna vez leí que hay que jugar al “como si”. Algo así como el famoso “Sonríe y encontrarás motivos para hacerlo”. O sea, actuar como si fuésemos entusiastas. Y que el entusiasmo, entonces, se hace presente en serio. Tantos de nosotros quisiéramos ser actores y actrices. Bueno, esta es nuestra gran oportunidad, EL papel de nuestras vidas. Ya que no el Oscar, al menos una vida mejor.

Hoy leí un carta interesante en Clarín, es de una mujer que habla de la obligación de ser feliz para estas fechas. Y de como esa falsa alegría la obliga, también, a comprar regalos a cada uno de sus familiares, so pena de quedar “indigna” si cae con las manos vacías.

Es verdad, una parte nuestra se esperanza con esto de las Fiestas y sentimos algo así como un burbujeo en el ánimo. Otra parte sólo desea estar tranquila y refugiarse en una meditación profunda e interna, recuperar el verdadero espíritu navideño. Lejos de cualquier consumismo impuesto.

La palabra Navidad tiene su raiz en el latín nativitas, ‘nacimiento’. Y para parir lo nuevo, hay que estar tranquilos. Cuando todo esto pase, cuando se guarden el arbolito y los adornos, cuando hayamos comido hasta las últimas porciones de ensalada rusa y sólo queden del pan dulce las migas, estaría bueno quedarnos con el entusiasmo genuino.

Con el “Dios activo dentro nuestro”, más allá de estas fechas. Para generar cosas, para movernos hacia adelante y arriba. Que es muy parecido a volar, ahora que pienso.

Les dejo link a post de Catalina, está muy divertido el video. Y, es Landriscina… casi una garantía, no?

http://blogsdelagente.com/saberloahora/2008/12/23/esta-es-verdad-#comments

jajajaja! Pasen a ver acá:

http://blogsdelagente.com/cordobava/2008/12/24/sexo-almohadas-retardantes#c696528

¡La almohada retardante! “Vo la mirai y no terminai”, dice el amigo cordobés.

Toc toc! Adelante…

Ah, el TOC.

El Trastorno Obsesivo Compulsivo.

¿Se acuerdan la película Mejor imposible, esa con Jack Nicholson y Helen Hunt, donde él camina sin pisar la línea de las baldosas, se lava las manos quichicientas veces (desenvolviendo un jabón nuevo cada vez) y lleva sus propios cubiertos al restaurant?
Yo tengo. TOC, digo. No sé si todos estos puntos responden en un sentido estricto a un TOC, ni pretende éste ser un post médico, pero así los siento.

A ver…

1- Tengo una especie de obsesión con las uñas. Siempre encuentro un borde para limar, un “padrastro” para quitar o una cutícula para empujar.

2- Me lavo las manos seguido y, si puedo, la cara también.

3- Soy otra persona si puedo afeitarme las axilas. Si no puedo, me siento “sucia”.

4- Siempre cargo con una bolsita de nylon o de algún comercio. No puedo evitarlo. Por ejemplo ayer… ¿Dónde iba a llevar, si no, la radiografía que posteé? Obvio, en una bolsita de nylon. Donde además puse mi cardigan, por las dudas refrescase ¡No lo iba a llevar en la mano, con ese calor! La bolsa de hoy dice TM (Todo Moda) en letras rojas… y lleva el cardigan famoso, super arrugueti a esta altura, el cepillo de dientes y la pasta dental (qué sé yo a qué hora vuelvo) el estuche con los anteojos (esas cosas para ver) y una carta de mi hermano que vive en Méjico, que escribe largo y apretado y no pude leer tranquila en casa.

A todo esto llevo puesta una riñonera a la que amo… porque es tan práctico no llevar cartera, ja ja!

5- Tengo montones de zapatos y uso siempre los mismos. El otro día me dio un ataque, no podía ser esto de tenerlos guardados. Así que rescaté unos sandalias verde seco a las que amaba y salí con ellas a la calle. No llegué a caminar ni tres cuadras, empecé a perder los pedazos de taco y suela de goma (lo juro) por la vereda. Cansancio del material? Mucho tiempo guardadas? Así que me tuve que volver y las cambié por unas chatitas doradas con las cuales estuve incómoda todo el día.

Ergo, volví en cuanto pude a mis viejas y cómodas sandalias negras.

6- Soy fanática de la ropa difícil. Léase la ropa con puntillas, canutillos, bordaditos, boludeces. La ropa “femenina”. Esa que hay que lavar cuidadosamente a mano y da un laburo bárbaro plancharla. Tengo un saco bellísmo, color ladrillo, todo bordado. Me gusta todo de ese saco, el corte, las mangas, los detalles en metal color bronce. No lo uso. ¿Por qué? Porque tengo que plancharlo.

Si odio planchar… ¿por qué sigo comprando esa ropa?

7- Junto papeles. No sé por qué. Me parece que todos los días tiro, de verdad. Pero tengo cajones llenos de papeles y todos parecen importantes. Lo único que me animo a tirar sin dudas, son los boletos del colectivo y apuntes tomados en servilletas. Pero los papelitos con números telefónicos, no. ¿De quién será este número..? Qué sé yo, pero debe ser importante, si no, no lo tendría en primer lugar. Ah, acá hay una receta… ¿Qué dice? Típica letra de médico, no entiendo nada… Pero debe ser VITAL, si no, para qué iba a guardarla?

A ver si tiro algo y resulta que después no me puedo jubilar o vender o alquilar o mudar de país o…

8- Una vez viví en un monoambiente terriblemente luminoso. Qué lindo, dirán ustedes. Maso. Tenía un abrigo carísimo de jean, de JLC (que cuando es caro, es caro). Como no entraba en el minúsculo placard, descansaba a los pies de la cama. El sol me lo QUEMÓ. También me quemó los libros. Suma sumarum, ahora la persiana de mi pieza está siempre baja. Sí, aunque viva en otro lado, aunque la orientación sea diferente, aunque intenten convencerme de la acción bactericida del sol, etc, etc.

9- Cuando armo aros para vender, si el rulo que le hago a un alfiler me queda más grande que el otro, aunque sea mínimamente (y cuando digo “mínimamente”, créanme que significa exactamente eso), lo hago de nuevo.

10- La cama tiene que estar bien hecha, bien hecha significa con la manta o el cubrecama equidistante, colgando igual de un lado y del otro. Andaría bien como supervisora de servicio de camareras, en un Hotel 5 estrellas. ¿Vieron esas propagandas donde ahuecan las almohadas y todo está impecable y en su sitio? Y una voz en off termina diciendo algo así como: “Un servicio de excelencia, una estadía perfecta”.

Pero me acuerdo ahora de otra película, Lo que queda del día, donde Anthony Hopkins hacía de mayordomo dedicado, midiendo la distancia entre copas y cubiertos… No le daba importancia al hecho de que su patrón fuese nazi, pese a ser testigo mudo de todas sus conversaciones en las grandes cenas que daba. Su función era mantener la mansión impecable. Un mundo de perfecto orden, limpieza y brillo, donde el amor y los sentimientos no tenían cabida.

Por favor, díganme que no soy yo sola, cuenten de sus Obsesiones…

Los motivos de Dios, parte II

Pues bien, me operaron y todo salió bien, dentro de lo esperado.

Mi enfermero-médico resultó ser casado y con dos hijos. Se sacaba la alianza para operar, me explicó. Y no se la volvía a poner. Me agarré el bajón del siglo. ¿Por qué, por qué? No tenía consuelo. Vino una de esas voluntarias de delantal rosa, en recorrida. Me lloré todo. La buena mujer me leía la Biblia. Qué Biblia ni Biblia… yo estaba recién separada, recién operada (con un brazo que nunca iba a recuperar del todo su función), recién enamorada de un señor casadísimo.

Finalmente me dieron el alta. Aunque ustedes no lo crean, extrañaba el hospital. En casa se veía todo tan quieto. Todos salían de mañana temprano y me quedaba sola, haciendo dolorosos ejercicios, sumergiendo el brazo alternadamente en agua helada y en agua bien caliente. Empecé a ir al hospital, a kinesiología. Salía bien temprano entonces, yo también, para encontrar a la médica que me trataba, antes de su recorrida. Aprendí a pedir el asiento en el colectivo en la hora pico, con voz segura. Era eso o correr el riesgo de caerme. Fueron largos meses de sesiones, todos los días.

Por esos tiempos salió una revista nueva. Hojeándola distraídamente encontré una publicidad de una página sobre un libro recién editado: “La AMIA – El atentado: Quiénes son los responsables y por qué no están presos” y varias fotos de rostros, con los nombres al lado. Me quedé viendo visiones. MI médico. Ahí, de alguna forma involucrado. Apenas pude pasé por una librería y pedí el libro. Varias páginas con su nombre.

Fue una lección de humildad. Qué sabemos por qué Dios, o como quieran llamarlo, hace las cosas. Por qué hay cosas que no se nos dan, por más que las deseemos con toda el alma.

Tiempo después, me fui unos días a la playa. Y caminando por la arena, mi voz interior, que hasta ese entonces nunca me había hablado (al menos no con tanta fuerza) empezó: “Hacete un profesorado de gimnasia”. Yo: “Ehhh???”

Voz interior: Hacete un profesorado de gimnasia

Yo: Estás loca vos, a los treinta y pico y con el brazo lleno de clavos?

Voz interior: Sí

Yo: Y por qué, si se puede saber?

Voz interior: Porque te va a hacer feliz

Cuando la voz interior habla tan fuerte, uno no discute con ella, les puedo asegurar.

Así que mentí un poco… al profesor a cargo del instituto de educación física, le dije que el médico me dijo que sí, que podía. Y al médico en jefe, que el profesor del instituto me dijo que no había problema. Ninguno de los dos había dicho palabra, claro. Pero ambos me firmaron las notas que necesitaba para empezar.

Y me recibí, no sin antes volver a operarme para sacarme todo el claverío, que había quedado demasiado bajo. Tuve el orgullo de participar en la coreografía que presentamos por aquel tiempo en una sala del Complejo La Plaza. Quisieron cambiarla por mí y dije que no. Practiqué y practiqué hasta conseguir ir al suelo como el resto de mis compañeros, a tiempo. La sensación de logro fue conmovedora. Sentí que si había podido conseguir eso, podía conseguir cualquier cosa que me propusiese.

Llegué a dar clases en un gimnasio de barrio que terminó cerrando, con unos steps de madera altísimos que parecían ataúdes. Inicié una relación muy rica y profunda con el dueño de un gimnasio, un tipo que del tema conoce un montonazo, y fuimos co-fundadores de la Sociedad Argentina de Lucha Contra el Sedentarismo que pueden visitar aquí

www.sedentarismosalces.com.ar

Mi voz interior terminó teniendo razón. Miren si no iba jugar volley aquel sábado de primavera, todo lo que me perdía.


Uno de los profesores a quien tuve la suerte de tener, cómo extraño esas clases de hip hop espectaculares.