El estímulo

Uno postea en la medida en que le sale, hay cosas que duelen mucho y sólo podemos acercar pequeñas anécdotas.
Hace un rato estuve con mamá. Mamá está en un geriátrico.
En la semana la fui a ver y la saqué a la calle. La encargada se quejó: “La vas a sacar a tu vieja con este calor, la vas a deshidratar!!!” Es así, poco diplomática y eficiente.
Eran las 17:30, más tarde no podía porque a las 19 les dan la cena. La saqué igual, caminé unas cuantas cuadras y la instalé con silla de ruedas debajo de un árbol de moras como el que teníamos en casa. Del otro lado de la plaza hay un cartel que dice Cuide este lugar, no pise el césped. Me metí igual, quería esa protección de las hojas alrededor nuestro. Y bueno, estuvimos ahí, mirando el tránsito de la avenida y comiendo mandarinas.
Hoy volví a ir y no me animé a sacarla porque recién terminaba de llover y parecía que la cosa seguía. Así que la llevé al tercer piso, por primera vez, donde está la terraza. Cuando abro la puerta del ascensor, dos de las chicas del personal sentadas charlando. No tenemos la mejor relación, ellas se quejan de los familiares y nosotros de ellas. Pero como dice mi hermano, hacen el trabajo que nadie quiere hacer, hay que entenderlas. Igualmente soy consciente de que no sonrío cuando las veo. Nos miramos en ese espejo de caras serias, entonces.
Apenas me vieron, gruñeron que estaba por llover, que no la podía sacar y demás. “Justamente, como está por llover me vine para acá, al menos que tome un poco de aire. Ah! Y buenas tardes, primero que nada…”. Las escuché hablar de la inconveniencia de tener espejos que miren no sé hacia dónde, cuando llueve. Y finalmente se fueron.
Ahí estábamos las dos bajo un techito, con las sogas y los broches de la ropa delante nuestro, mirando las nubes de tormenta correr por el cielo. Le di manzana y yo también comí. De vez en cuando, un relámpago. Y ese aire de lluvia, ese aire que limpia.
Mamá casi no habla, a veces entiende, las más de las veces no.
Yo le hablo igual, como si entendiese siempre. Me acordé de una pareja muy amiga de ella. “Te acordás de Atilio? Atilio era capaz de estar horas sentado en el jardín nada más mirando el pasto y las hormigas… una especie de perfecta comunión con la naturaleza”. Silencio. Al ratito le acaricio el pelo, “¿En qué te quedaste? ¿Estás pensando en Atilio?” Mamá me mira: “Puede ser”.
“Puede ser”, tan poquita cosa… tanto para mí.
Apenas unas nubes oscuras, una manzana roja y el recuerdo.

El dolor también tiene belleza, como en este caso. Una belleza que relampaguea sobre el texto, esas dos soledades que se tocan imperceptibles, como esas intermitencias de la memoria que nos suspenden también a nosotros en esa otra vida que es el Alzheimer o tipos de demencia senil.
Poder tocar y acariciar lo amado, ser padres de nuestros padres, un ida y vuelta inexplicable.
Abrazo