
Fuimos con mi ex. Era nuevita la relación, imaginen mi entusiasmo, viajar al Caribe con mi pareja! WOW, requete wow. Él estaba invitado al Primer Congreso de Cardiología organizado en Cuba. No es médico, pero si un reconocido profe de gimnasia. Así que para él era un honor formar parte del plantel que viajaba. Como su agenda estaba llenísima de cosas, me dejó organizar el viaje. A mí, que lo más lejos que había viajado sola era a San Antonio de Padua. A la Cuba de Fidel. Ja! Con todo lo que el imaginario colectivo nos mete en la cabeza. Ay, mamita querida.
Ahí me fui, a una agencia de viajes del centro. Mi pareja, la confianza ciega en que lo iba a solucionar todo de la mejor manera. Yo no las tenía todas conmigo. Finalmente todo pareció cerrar, el cambio, el paquete turístico, el hotel en Varadero, los pasaportes renovados y, no menos importante, la depilación con cera (para que dure 15 días). Y allá fuimos, mi hombre con ropa nueva a instancias de sus hijas (”Papá, cómo vas a viajar con esa ropa, YA te estas comprando algo”). Pura felicidad en Ezeiza, meta besos y mimos.
Ya en el avión nos peleamos, se burló de mi miedo. Claro, nos agarró una tormenta eléctrica de noche sobre el mar, y el pequeñito avioncito cubanito se zarandeaba de lo lindo. Yo me acordaba de la película Náufrago y me alegraba de tener la dentadura en orden. El tema es que mi hombre, el que supuestamente me amaba, se encargó de burlarse de mi terror. Yo me burlé entonces de algunos miedos suyos, para que vea lo que se siente, y no nos hablamos por el resto del viaje. Lindo. Me concentré en escuchar música, intentando olvidar que estabámos cayendo en pozos de aire, rodeados de relámpagos y rayos, sobre el Mar Caribe.
Cuando llegamos al aeropuerto, pensé que no nos iban a dejar ingresar. Esas cosas que uno imagina, que no se puede entrar a Cuba…y vaya Dios a saber si podríamos salir. Les estoy hablando de unos cuantos años atrás. Los autos, viejísimos. Divinos. Los cubanos tienen mucha imaginación para transformar algo -cualquier cosa- en un vehículo. De dos ruedas, de tres, de cuatro.
El desayuno cubano era una cosa increíble de frutas desconocidas, de todo color, forma y tamaño, fiambres y panes presentados en largas mesas, con unas cuantas moscas inevitables revoloteando por encima. El hotel tenía mucho personal. Uno que servía, otro que alcanzaba los platos desde la cocina, otro que lavaba las copas, otro que plegaba las servilletas. Nos llamaba la atención tanta gente. Todos tenían trabajo, todos un trabajo liviano.
No la pasé demasiado bien, con mi pareja fuimos con intenciones diferentes. Él fue a su Congreso de Medicina, yo fui de joda al Caribe. Así que yo quería bailar salsa (habiendo hecho un master de salsa y en el país cuna de la salsa) y el no quería, qué iban a pensar sus colegas médicos. “Que tenés una mujer joven a la que le gusta bailar y que le das el gusto”, imploraba yo. Ay Señor, se me iban los pies. En Cuba se juntan tres negros y ya están armando una orquesta. Qué frustración. ¿Que por qué no bailaba sola o con otro? Porque no daba, porque hubo algunas escenas de celos, porque recién empezábamos a salir.
Lo acompañé a todas las conferencias que se dieron, tomé aburridísimos apuntes sobre la isquemia silente, traté de entender las diapositivas que mostraban, pero mi corazón estaba en la playa. Él, comunista desde joven, admirador de Fidel, quería hablar a todas horas con el Pueblo. Hablar con el Pueblo, significaba sentarse al borde de la pileta y mantener largas charlas de horas con atletas, en su mayoría ganadores de medallas olímpicas. Su estadía en el hotel implicaba una especie de premio por representar bien a Cuba. Escuchábamos desde la mañana Radio Reloj, la radio oficial, que de fondo hace: tic tac tic tac tic tac tic tac… todo el tiempo, todo el tiempo. “Aquí, Radio Relojjj!” Una cosa enloquecedora, la gota de agua que horada la piedra.
Finalmente ni mi pareja averiguó lo que quería (ir a las escuelas, conocer a fondo el sistema de salud) ni yo disfruté del Caribe. Hoy hubiese sido diferente, porque tengo otro nivel de conciencia. Pero en aquel entonces, me llamaba más la atención el coco taxi, bailar en la boite del hotel y hacer el amor de noche en la playa, que adentrarme en la política y el modo de vida de los cubanos. Aburrida, saqué infinidad de fotos con una vieja Kodak, de mulatos bailando (cuando hubiese querido bailar yo, ya lo dije?) me fui a practicar arquería por ahí, mientras él leía Las venas abiertas de América Latina tirado en su tumbona, rodeado de minas de todas las edades, en tetas. Francesas descaradas… Una vez lo fui a espiar, un santo, sus ojos no se desviaban del libro. Grande, Galeano.
Nos llamaba la atención el arte con el que plegaban las toallas en la pieza del hotel. No fue sino al momento de irnos que nos enteramos que se estila dejar propina por eso. La pobre gente se esmeraba tanto, los arreglos eran cada vez más elaborados, y nosotros ni siquiera un dólar! Que vergüenza.
Ahora sigo…