Llueve

Protocolo y Etiqueta
El uso del paraguas. Cómo utilizarlo. Solo y acompañado. (1)

Los días de lluvia, traen consigo una nube de paraguas por la calle, la incomodidad de tener que sostener un elemento más, aparte de nuestra cartera, nuestras bolsas con las compras, etc.

Vamos a ver como utilizarlo en determinadas situaciones que se nos presentan.

1.- Cuando vamos por la calle con el paraguas abierto, tendremos que levantarlo para no chocar con otros paraguas, cuando veamos a una señora o señorita, a personas mayores, y en general a personas de menor tamaño que nosotros. Por el contrario, si la persona que viene en frente es más alta, nosotros lo bajaremos para que ella lo levante.

2.- Si llevamos el paraguas cerrado, tenga punta o no, siempre se lleva hacia abajo, nunca como si fuera un lancero o un caballero de las justas medievales.

3.- Cuando vayamos “tapando” a otra persona, hay que calcular bien, para que ambos queden bien cubiertos por el paraguas. Debemos tener cuidado de proteger a la otra persona, no de que reciba toda la lluvia del paraguas en su cabeza o en sus prendas de vestir.

4.- Si no hay suficientes paraguas para todos, lo normal es cederlos a las damas y a los caballeros de mayor edad.

5.- Si entramos en un establecimiento, debemos plegar el paraguas, y si queremos sacudirlo, siempre a la puerta (nunca en el interior del establecimiento) y con cuidado de no salpicar a nadie. Y una vez plegado buscar el paragüero correspondiente.

6.- En los transportes públicos, debemos tratar de sacudir bien el paraguas antes de subir, pues al ir, generalmente, bastante apretados, se puede mojar a otras personas.

7.- Si está lloviendo, saldrá primero el caballero, y abrirá el paraguas para que la mujer no se moje cuando salga (lo de tirar la chaqueta en los charcos para que pase la señora lo vamos dejar para las películas) .

8.- Si tiene algún invitado, y al marchar llueve, ofrézcale un paraguas para resguardarse de la lluvia.

9.- Si por el contrario es usted, a quien le han prestado el paraguas, no se olvide de devolverlo, con un pequeño detalle por el favor que le han hecho.

10.- El paraguas no es un juego, sobre todos los que cuentan con un pico o terminación en pico. No se puede jugar con él ni dejar que los niños jueguen se pueden hacer daño o hacer daño a otras personas.

11.- Aunque usted no sea supersticioso, procure no abrir un paraguas dentro de casa, al menos en la casa donde está invitado, pues puede que a los anfitriones no les guste demasiado.

12.- Para andar por la calle recuerde las normas básicas: se camina por la derecha, siempre pegado a la pared; se cede la derecha a las personas mayores, coches de niños, sillas de ruedas, etc.

El uso del paraguas. Cómo utilizarlo. Solo y acompañado. (2)

Si el paso es muy estrecho, que solo cabe una o dos personas, siempre tienen preferencia el que va por su derecha (por desgracia, es muy común ver a personas que vienen de frente ocupando el lado derecho con tenacidad, desplazando a la gente que va por su lado).

Cantando bajo la lluvia – Gene Kelly

La creatividad

¿Vieron que hay días que uno está en blanco? ¿Y se pregunta si tiene algún sentido postear, bla bla?

Bueno, honestamente no se me ocurre nadita. Afuera es noche, y llueve tanto…

Adentro pareciera que es noche, también, y no les cuento el frío que hace. Y bueno… más se perdió en la guerra.

Como dirían en Crónica: ¡Faltan 25 días para la Primavera!

El Edén de Leonardo

Los americanos


Túpac Amaru

El siguiente texto, es una transcripción literal de lo expuesto oralmente por Eduardo Galeano en: “La vida según Galeano”, un nuevo ciclo del canal Encuentro.

En Cuba, según Cristóbal Colón, había sirenas con cara de hombre y plumas de gallo.

En la Guayana, según sir Walter Raleigh, los nativos tenían los ojos en los hombros y la boca en el pecho.

En Venezuela, según el fraile Pedro Simón, había indios de orejas tan, pero tan grandes que las arrastraban por los suelos al caminar.

En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, los nativos tenían los pies al revés. Los talones adelante y los dedos atrás.

Según Pedro Martín de Anglería, que escribió la primera historia de América, pero por supuesto nunca estuvo allí… Los nativos americanos tenían rabos, y rabos tan pero tan largos que para sentarse necesitaban asientos con agujeros.

Así nos vieron. Y así vieron a América los Europeos del Renacimiento.

Hoy voy a contarles, a mi modo y manera, algunas historias que quisieran verlos… a los antiguos americanos, a los primeros de todos, cómo fueron y cómo son.
La Historia que pudo ser.

Cristóbal Colón no consiguió descubrir América porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.

A Pedro Álvarez de Cabral no lo dejaron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.

Pedro de Alvarado, rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia, en Chile, porque ninguno de los dos tenía el certificado policial de buena conducta.

Y los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachussets no había cuotas abiertas de inmigración.
Americanos.

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio desde una cumbre en Panamá los dos Océanos.
Los que allí vivían ¿Eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus nombres al tomate, a la papa, al maíz, al chocolate, a los ríos, a las montañas de América?
Los que allí vivían ¿Eran mudos?
Lo escucharon los peregrinos del Mayflower y desde entonces se repite siempre.
Dios decía que América era la tierra prometida.
Pero los que allí vivían ¿Eran sordos?
Los nietos de aquellos peregrinos del Norte se apoderaron del nombre: “América”… y de todo lo demás o casi todo lo demás.
Ahora Americanos son ellos.
Nosotros, los que en las otras Américas vivimos, ¿Qué somos?
El diablo es indio.

La Historia que pudo ser no fue la historia la historia que fue.

En la que fue, en la historia de a de veras, los conquistadores entraron en América y pudieron confirmar que Satán, expulsado de Europa, había encontrado refugio en las islas y las costas de América, besadas por su boca llameante.

Aquí en América habitaban seres bestiales, que llamaban “juego” al pecado carnal y lo practicaban sin horario ni contrato, y que ignoraban los diez mandamientos y los siete sacramentos y los siete pecados capitales y andaban en cueros y hasta tenían la costumbre de comerse entre sí.

La conquista de América fue una larga y dura tarea de exorcismo. Tan arraigado estaba el maligno en estas tierras, que cuando parecía que los indios estaban venerando a la virgen, en realidad veneraban a la serpiente aplastada bajo sus pies. Y cuando adoraban la cruz, estaban en realidad celebrando el encuentro de la lluvia con la tierra. Los conquistadores cumplieron la misión de devolver a Dios, el oro, la plata y las muchas otras riquezas que el diablo había usurpado. No fue fácil recuperar el botín.
Menos mal que, que a veces recibían alguna ayudita desde las alturas.
Una vez, el señor de los infiernos preparó una emboscada, en el desfiladero que conducía al cerro rico de Potosí, para impedir el paso de los Españoles. Y desde el cielo bajó un arcángel, que le propinó tremenda paliza.
Fundación de la guerra bacteriológica.

Mortifero fue para América el abrazo de Europa. Murieron nueve de cada diez nativos. Víctimas, sí, de las armas desconocidas que los conquistadores traían: la pólvora, el acero, los caballos; pero sobre todo víctimas de los guerreros más chiquitos, que fueron los más feroces, los involuntarios aliados de la conquista de las Américas: los virus y las bacterias. Las poblaciones nativas no tenían defensas contra enfermedades que no conocían, contra la viruela, contra la difteria, el tifus, la gripe, el sarampión… una cantidad enorme de pestes extrañas desconocidas, que mataron más que todo lo que mató el arcabuz o la espada, muchísimo más.

La experiencia se repitió, ya tiempo después, en Australia, donde ocurrió lo mismo; y en el Norte de América también; donde se llegó en algunos casos a distribuir frazadas infectadas de viruela… porque se suponía que los indios eran intrusos en esas tierras que Dios había prometido a los colonos puritanos venidos de Inglaterra. Y hasta hubo un comandante, sir Jeffrey Hamster, que lo celebró y dijo: “Bienvenida sea la viruela para extirpar a esta raza execrable”.
Continuidad del camino.

Cuando alguien muere. Cuando su tiempo acaba. ¿Mueren también los andares, los deseares, los decires que se llamaron con su nombre en el mundo?

Entre los indios del Alto Orinoco, quien muere pierde su nombre. Ellos comen las cenizas del muerto, mezcladas con plátano, con vino; y después de esa ceremonia ya nadie nunca más nombra al muerto, porque el muerto sigue estando con otros nombres, en otros cuerpos, que andan, desean y dicen.
Señor que calla.

En la época colonial el cerro rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró allí, en esas heladas alturas, una ceremonia caníbal, daba de comer carne humana al cerro a cambio de la plata que le arrancaba. De cada diez indios que entraban en los socavones, siete no volvían. El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para hacer posible el desarrollo europeo del capitalismo que tampoco se llamaba así.

El nombre del cerro provenía de la lengua indígena “Ppotocci“, Potosí, significaba: “Truena, hace explosión”, porque los indios creían que el cerro tronaba cada vez que le arrancaban la plata de sus entrañas.

Ahora el cerro rico de Potosí…
vacío,
vaciado,
calla.
Ellos venían desde lejos.

Si hubieran conocido la lengua de la ciudad, hubieran podido preguntar: ¿Quién sostiene a los aviones en el aire? O ¿Por qué los dioses nos negaron el acero?

Pero ellos no conocían la lengua de la ciudad. Eran pastores de la sierra nevada de Santa Marta, que visitaban por primera vez la ciudad de Bogotá, y no conocían la lengua que hablaban esos millones de urbanoides que iban y venían por las calles ruidosas, sobre piernas, sobre ruedas, a todo vértigo.
De modo que nada decían, pero, calladamente contemplaban el sentido, sin miedo, ni admiración, ni nada que no fuera compasión; Porque calladamente se preguntaban:
¿Qué sería de todos ustedes si nosotros no hiciéramos salir el sol todos los días?
Tik.
En el verano de 1972, Carlos Lankester, escuchó “ésta” palabra por primera vez. Él había sido invitado a una Asamblea de Indios Tzeltales, en el pueblo de Bachajón, y no entendía nada. No entendía la lengua. La discusión muy animada, le sonaba como algo así a una lluvia loca. Había una palabra que atravesaba esa lluvia, era la palabra “tik”. Parecía una asamblea en clave de “tik”. Tik, tik, tik… entre muchas otras palabras siempre sonaba la palabra tik.
Carlos, antropólogo, lingüista, había andado mucho mundo y sabía que la palabra más usada en todas las lenguas es la palabra “Yo”.
La palabra “Tik”, que brilla, en los sentires y los vivires del pueblo Maya, significa: “Nosotros”.
Promesa de América.

El tigre azul romperá el mundo.

Otra tierra, la tierra sin mal, la tierra sin muerte será nacida de la aniquilación de esta tierra. Así lo pide ella. Ella pide morir porque pide nacer, esta tierra vieja y ofendida que esta cansadísima y ya ciega de tanto llorar. Moribunda la tierra atraviesa los días, basura del tiempo, y por la noche tira piedad a las estrellas. Pronto el padre primero escuchará la suplica del mundo. Tierra queriendo ser otra. Tierra queriendo morir, tierra queriendo nacer. Y entonces, soltará al tigre azul que duerme junta a la hamaca.
Esperando ese momento los indios guaraníes, viajan por la tierra condenada.
Y bailan sin parar, anunciando, celebrando el próximo nacimiento de la tierra nueva. La que será fundada sin vejez, ni enfermedad, ni nada que interrumpa la incesante siesta de vivir.

El maíz crecerá por su cuenta. Las flechas se dispararan solas. Y no serán necesarios el castigo ni el perdón porque no habrá prohibición ni culpa.

La Creación.

La mujer y el hombre soñaban que dios los estaba soñando. Dios los soñaba mientras cantaba envuelto en humo de tabaco y agitaba sus maracas y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio. Los indios Maquiritares saben que si dios sueña, sueña con comida, fructifica y da de comer; y si dios sueña con la vida, nace y da nacimiento… Y en el sueño de los Maquiritares, la mujer y el hombre soñaban que en el sueño de dios aparecía un gran huevo brillante. Y dentro del huevo ellos cantaban y bailaban, y armaban mucho alboroto porque estaban locos de ganas de nacer. Y soñaban que en el sueño de dios, la alegría era más fuerte que la duda y el misterio. Y dios soñando los creaba… Y cantando decía: “Rompo este huevo y nace la mujer; y nace el hombre; y juntos vivirán y morirán; y nacerán nuevamente y volverán a morir; y otra vez nacerán… Y nunca, nunca dejarán de nacer… porque la muerte es mentira”.

Indio Toba – Jairo

La belleza

La belleza como necesidad.

El arquitecto Livingston dice, en uno de sus libros, como nota esa misma necesidad incluso en las viviendas más pobres, como la gente se esmera en poner un adorno, pintar un pared, disponer los muebles de determinada manera…

Y habla de que es esa necesidad, precisamente, la que lleva a las mujeres a esmaltarse las uñas de los pies. Nos imagina, entonces, con el pincelito cargado poniendo a prueba nuestro pulso, la punta de la lengua asomando hacia un costado.

Un acto tan superfluo y sin embargo tan cargado de significación, que a él lo conmueve descubrir la uña chiquita del pie… pintada.


El pianista

¿¡Y tú que sabes!? Partes 9 y 10

Otro ratito de buen cine… Esta vez el tema son las emociones y los elementos químicos que disparan en el cuerpo.

Como introducción, palabras de Deepak Chopra:

Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo. Deepak Chopra.
La inteligencia es mucho más flexible que la máscara de material que la oculta. La inteligencia puede expresarse por igual como pensamiento o como molécula. Una emoción básica como el miedo se puede describir como sensación abstracta o como tangible molécula de la hormona adrenalina. Sin la sensación no hay hormona; sin la hormona no hay sensación. De la misma forma, no hay dolor sin las señales nerviosas que transmiten el dolor; no hay alivio para el dolor sin las endorfinas que se ajustan a los receptores del dolor para bloquear esas señales. La revolución que llamamos medicina mente-cuerpo se basó en este simple descubrimiento: dondequiera que va un pensamiento, un elemento químico lo acompaña. Este esclarecimiento se ha convertido en una herramienta poderosa que nos permite comprender, por ejemplo, por qué las viudas recientes tienen dos veces más probabilidades de desarrollar un cáncer de mama, o por qué las enfermedades son cuatro veces más probables en los depresivos crónicos. En ambos casos, los estados de aflicción mental se convierten en los bioquímicos que crean la enfermedad.

¿Y tú qué sabes? Parte 9


¿Y tú que sabes? Parte 10

Partes 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, y 8 posteadas anteriormente. La función comienza cuando usted llega!!!