Mayo 29, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
El muchacho se expresaba con claridad, era yo la que no entendía. Le puse cara de señora que baldea la vereda en batón y ruleros. “Para mí es todo chino básico…” Lo único que comprendí es que al hurto lo llaman “siniestro”, que a la línea la anulaban y que me iba a llegar una factura de veintinueve pesos, que ya fue emitida, en concepto de vaya a saber qué cosa. Ah, sí… que Movicom ahora es Movistar y que el chip se viene con uno. Todo eso me insumió unas tres horas, contando el viaje. En la oficina había mucha cola, la mayoría era gente que denunciaba: “Me robaron el celular el sábado, estuve llamando pero no atendía nadie, por eso me vine hasta acá”, explicaba una mujer con su nena en brazos. Otra reclamaba la concreción de un trámite que ya lleva tres meses. Una más allá quería cambiar su plan, de tarjeta a abono fijo.
Tal vez, pensé, atraje todo esto. Ya estaba cansada de mi celular, incluso el último tiempo ni siquiera se podían comunicar conmigo, respondía directamente el contestador. Pasé largos minutos intentando encontrar el modo de cambiar la configuración, o tal vez fuera el tono o vaya uno a saber. Además el tamaño dejaba bastante que desear, mis dedos se sentían enormes pulsando esas teclas minúsculas. Eso, sumado a un protector negro (jamás conseguí el clarito) y al hecho de que el teclado se iluminaba cuando quería, terminaron de disgustarme. Venía coqueteando con la idea de cambiarlo por un Samsung, en Movistar, justamente. Ah, tener buena señal y una pantalla grande… qué maravilla.
Me robaron la billetera, ya fue dicho. Si mal no recuerdo la Sube estaba dentro, así que hoy de mañana revolví la casa buscando monedas para viajar. En esa búsqueda, metí la mano en el bolsillo de una campera colgada en el perchero. ¿Y con qué me encontré? Con mi celular. Mi viejo, querido, despreciado celular. “Desllore todo lo que lloró ayer”, dijo el Hombre. No señor, bien llorado estuvo.
Fui a activar la línea y decidí decir la verdad. “Ayer vine porque me habían robado el celular, pero lo encontré”. La chica tras el mostrador no se sorprendió, habrá escuchado cosas más extrañas. “Disqué el número en casa apenas me faltó -seguí en un intento de justificación- pero estaba puesto el contestador, por eso no lo encontré antes”. “Eso es porque anularon la línea”. “No, no, ya de antes andaba así, si no podían comunicarse conmigo…” Tengo que esperar a que la habiliten y si el problema sigue, volver.
Sé más de telefonía móvil que antes del… siniestro.
En la parada del colectivo, una señora me cuenta que se le cayó la tarjeta de cobro por una especie de alcantarilla que está frente a los cajeros automáticos del Banco Ciudad. Cerraron el Banco y trajeron la llave, pero no hubo caso, se atascaba. Tiene que volver hoy a las cuatro, van a llamar a un cerrajero.
-Sólo a mí me pasan estas cosas.
-Quédese tranquila que a todos nos pasan.
-Es lo que me dice mi amiga.
Mayo 28, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
De qué otra forma se puede llamar a un ataque de llanto, apenas traspasada la puerta de casa. “Vida, qué te pasó…”, dice el Hombre preocupado. “¡Tus pobres, son indefendibles -le grito furiosa- me robaron la billetera y el celular!” “Nooo, ¿y tenías mucha plata?” Ni me molesto en contestar, entro al dormitorio con la secreta esperanza de hallar el celular sobre la cómoda. No está, claro. “Yo no me drogo ni me emborracho (y a veces querría), que no se droguen, carajo”, “Me cuesta un huevo conseguir las cosas, me levanto a las seis para ir a laburar”, “Estoy horas al sol o me cago de frío o discuto con vos por temas de guita”, “Por qué mierda no van a laburar, ven que la cartera es viejita, que tengo las zapatillas agujereadas, no les importa nada”, “Si le pasa algo a mi vieja no tengo forma de enterarme, no puedo andar sin celular”. “¡Tenía fotos ahí, fotos de gente que ya no está, los odio!” La catarsis sigue y sigue.
Por una vez, el Hombre no dice nada y cuando dice es peor. “Hay que estar atento…” “¡No quiero estar atenta!”, chillo. “Quiero relajarme, es mi día libre, estoy cansada. Estoy harta de llevar la cartera hacia delante o ver para qué lado está el cierre, o de pispear a los costados si no hay alguien con la mano tapada por un pullover”. Quiero confiar, sigo. Quiero confiar en el género humano, no recelar de que el tipo de la esquina me vaya a meter mano o algo peor. La semana pasada le pegaron martillazos en la cabeza a la encargada de un negocio frente a mi puesto. ¿Dónde está su conciencia social, nosotros tenemos que tenerla y ellos no?
El sábado vimos Elefante blanco. Coincidimos en que la mayoría de los pibes de Ciudad Oculta no tienen futuro, no tienen nada. Ayer escuché a una compañera describir casi con fruición la muerte de un ladrón a manos de un policía amigo. “¡Tuvo unas bolas! Como Etchecopar, igual. Uno menos…” Me alejé unos pasos, asqueada de nuestra clase media.
Pero hoy, en medio de la crisis, los pobres de siempre (los despojados, los ninguneados) pasaron a ser “ellos”. Los otros, los de la vereda de enfrente.
Mayo 23, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Que está hecha de pequeñas cosas, dicen. Puede ser, una taza de café con leche, la lluvia tras la ventana del living, los aros que tan mal no nos vienen saliendo… Han cortado el agua sin previo aviso, pero alcanzamos a lavarnos el pelo y pudimos cepillarnos los dientes con el agua del termo.
En el equipo suena una cancioncita de Cole Porter, You’d be so nice to come home to, canta Helen Merrill.
Mayo 21, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Siempre tuvo mucha imaginación. Ahora, por ejemplo, que está parado en el colectivo detrás de la rubia de blazer corto. Si se toma con las dos manos del barral y se balancea de atrás hacia delante, es casi como si la estuviera cojiendo. Ha conseguido desplazarse hasta ubicarse justo detrás de la piba y a cierta distancia. Desde esa posición de privilegio se concentra en las nalgas deseadas y continúa su meneo. Que la mujer sentada al fondo se dé cuenta no hace sino aumentar lo perverso del juego. Desafía a la mujer con la mirada, si quiere hay para ella también. La piba, ajena a todo, teclea velozmente con ambas manos en su celular (las uñas son cuidadas, pintadas de oscuro). Hay cierto poder en el hecho de cojerse mentalmente a la piba y asustar a la mujer. Porque la mujer está asustada, él sabe leer las pupilas dilatadas. Igual se baja en su parada, no sin antes darle un golpe al espejo retrovisor. Casi, casi, se traga el árbol. “Qué tipo raro”, se desahoga la mujer con sus compañeros de asiento. “Está borracho”, responde uno.
Eso explicaría el balanceo y la mirada febril, ella siempre tuvo mucha imaginación.
Mayo 17, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Colijo que uno estornuda como es. E’cir, nada. Eso.
El Hombre baja la persiana del living, “un minuto nomás, que no veo el monitor”. El minuto se transforma en un ratazo largo, comprendo entonces por qué el palo de agua no anda ni para atrás ni para delante pese a los tres trasplantes que ya sufrió. “¿Le hacés esto seguido a las plantas?” Nunca, responde ofendido. Y acto seguido estornuda. No es un estornudo, es una protesta que va in crescendo. Aajj!! (lo juro). Aaaajjjjj!!!! KKKAAAAAAAJJJJJJJJJ!!!!!!
Mi estornudo es para adentro: a…chís. Así, chiquito, de gato. A lo sumo digo “¡A…chija, la madre y la hija!” Pruébenlo, es divertido. Está el que estornuda una, dos, tres, cuatro, cinco… ¡seis veces! En el colectivo, dan ganas de pegarle en la nuca. Después dice algo así como “Ahhh…”, se sorbe los mocos, se seca la nariz enrojecida, guarda el pañuelo hecho un bollo y se toma con esa misma mano del barral. Guácala.
Yesenia me escuchó estornudar. A…chís.
-¡Ah, chica, sácalo afuera!
-No puedo, tengo miedo de salpicar a alguien.
-Tú te lo pierdes.
Por supuesto, ahora que estoy escribiendo esto, el Hombre quiere que le suba la persiana. Ajjj!!! AAAAJJJJJ!!!!! KKAAAAjjjjjjj!!!!!!!! “Es la falta de sol”, alega.
Mayo 11, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Temporada baja significa que nadie vende nada. Que la que arma bijou piensa en vender ropa, que el que tiene un kiosco planea hacer cintos y bolsos. Que viene gente de Ballester a ver si vale la pena llegarse a la feria desde tan lejos, ¿se vende?
-¿Qué vendés?
-Telar.
-Mirá, es así como lo ves ahora, podés no vender nada en todo el día o pegar dos ventas.
Temporada baja es patear la tabla del compañero y amenazar con arrancarle la cabeza si sigue ahí cuando volvemos. Es gritar, vociferar, amenazar. Es tomar mate solos porque no hay con quien compartirlo, si con el de al lado no nos hablamos y el de enfrente no saluda. Es cuestionarse la vocación. Es preguntarnos si no convendría más ser flexibles, y torcer el rumbo. ¿No es acaso de inteligentes adaptarse? ¿Pero justo ahora, justo ahora que la feria se legaliza?
Temporada baja es leer la historia de una mujer que trabaja en cooperativa y pensar “¿En qué planeta vive?” La señora explica que llegó a trabajar de 7 a 22 por doscientos pesos diarios, un sueldo indigno, un monto miserable. ¿No estamos nosotros ocho, nueve y hasta diez horas por mucho menos? ¿Acaso no laburamos sábados, domingos, feriados y también en la semana? Dani, el librero anarquista, dice que hay que achicar los gastos en lugar de trabajar más horas. Que si vende, come bien, y si no, se aguanta a papas y lentejas. Setenta pesos el guiso de lentejas, me decía una amiga, es lo que gastó para cocinar la cena de tres personas. Una sola cena.
Temporada baja es no llamarnos cuando faltamos. Ni para avisar que no vamos, ni para saber del otro. Si total ¿a quién le importa? Saber que si dejamos la feria nadie se va a hacer demasiado problema, al contrario… ¡un espacio libre!
Temporada baja es querer comprar un kilo de yerba para llevarle a quien nos ceba a diario y no poder tener ese mínimo gesto. Es deber dos almuerzos en la panadería. Es tener las zapatillas agujereadas y sólo pensar en mejorar el paño. Es averiguar en Mercado Libre el precio promedio de un termo de seis litros, con canilla. Submarinos, a diez pesos el vaso, no puede no andar. Tiene que andar.
Es ver al frente de los negocios cartelones de LIQUIDACIÓN FINAL, y saber que no es la de temporada. Es bajar el precio de la mercadería, pero que suba el de los insumos. Temporada baja es detestar que las clientas pregunten: “Si te llevo dos, ¿qué precio me hacés?” Turra, dan ganas de decir, andá con treinta mangos a la verdulería y contame qué comprás. Cuesta recordar que la turra está en la misma que nosotros, peleándola y queriendo darse un gusto.
Temporada baja es la compañera con ojeras, la que estudia en provincia de lunes a jueves y arma en la feria de viernes a domingo. El puesto que patearon hoy es vecino al suyo. La observo de lejos, todavía no armó. Alisa su paño sobre la tabla con ambas manos. El movimiento es lento, en redondo y hacia afuera. Parece tanto estar alisándolo, como quitando las malas ondas.
Mayo 8, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Puta, hoy lo escuché en la radio, hablando de la feria del libro. Pero pensé que lo entrevistaban por su película. Caloi, viejo, no nos hagas esto. La Mulatona siempre me dio celos, sabés? Imposible competir contra ese ideal argentino, con esas curvas y esa boca. Pero amé tus veredas, tus adoquines, tus balcones y tus cielos. Y las luces en la parra, vos sabés cuales. Y tus señoras de barrio regando las plantas, y tus chicos de pantalones cortos. Hace mucho que no voy al cine, mucho, mucho. Pero desde que supe de Ánima Buenos Aires, no pienso más que en ir a verla. Hoy empecé un régimen. Y me encontré abriendo la heladera para buscar comida, algo, cualquier cosa. "Qué estoy haciendo, él no está aquí", habría dicho de ser actriz.
Me encantó cómo te conectaste por primera vez con la que hoy es tu señora. ¿Cómo se te ocurrió lo del avioncito de papel de ventana a ventana? ¿Qué decía el avioncito? Tu corto en la película se llama Mi Buenos Aires herido. Es el último, fijate el detalle. Seguramente cerrás vos como un gesto de humildad hacia tus compañeros. Pero está bien, como una gran vedette, como la gran figura. El Gran Final. Tu Buenos Aires está herido, ya lo creo.
| Por Maia | # Enlace permanente
Los perros, señores, se han amariconado. Perros, lo que se dice perros, eran los de antes. Mark, por ejemplo, se entretenía por horas con los restos de un bife de costilla. Lo sostenía entre sus patas y lo mordisqueaba de costado, podían oirse los crujidos del hueso astillándose. Hoy hay huesos falsos, terminados en nudos de dibujo animado.
Mark comía una única comida al día: polenta con medio corazón cortado en trozos. Se la servíamos en un gran tazón enlozado que iba lamiendo y empujando hasta detenerlo contra algún obstáculo. Tomaba después grandes tragos de agua fresca y se dormía una siesta. A la comida se la ganaba, siempre había un gato cerca que intentaba robársela. Si el gato no estaba, la lucha era contra su propia cola, girando en círculos enloquecidos hasta conseguir morderla. Cuando lo lograba, gruñía un rato con la cola en la boca; recién cuando había establecido quién mandaba se permitía unos bocados más hasta la siguiente demostración de fuerza. Hoy los perros lamen cucharas con helado, comen pedacitos de empanadas de atún o se desesperan por una mandarina. Andá.
Nuestro perro no iba a que lo bañen, sequen y peinen, lo mojábamos con la manguera. Pegaba tarascones pretendiendo atrapar el chorro de agua del que escapaba siempre. Nuestro/mi perro corría sierra arriba y al llegar a la meta tragaba con mucho ruido agua de arroyo. Se embarraba lindo, jamás caminó en brazos de nadie ni se lo llevó en una cartera. No fue castrado, sí adiestrado para la defensa personal. Era un Señor Perro, con una dignidad que ya quisieran muchos. Ayudó a ganar un Valiant en un programa de preguntas y respuestas en la televisión (mi hermano respondía y su mujer desfilaba con Mark), que hayan tenido que vender el auto por lo que tragaba de nafta no le quita brillo a la anécdota.
Jamás usó ropa. Hoy los perros se ponen ridiculeces con capucha. Mark sacaba la cabeza por la ligustrina y pegaba dos o tres ladridos bien dados, un susto mayúsculo para los pibes que corrían a la hora de la siesta, calle abajo. Hoy los perros ni siquiera ladran. Cuando los escucho, la palabra gañido cobra nuevo significado. Si Mark se encontraba con otro perro, se inspeccionaban bien inspeccionados, eso incluía una buena olfateada de las partes pudendas. Hoy los perros que se encuentran frente a frente levantan una patita y ladean la cabeza, si llegan a olerse ahí, estornudan y retroceden. Mark tenía su cucha afuera, una linda casa de techo negro, un pullover viejo le servía de manta (daba mil vueltas en redondo antes de tumbarse encima). Si llovía mucho, a lo sumo se le abría la puerta del lavadero. Los perros de hoy duermen sobre almohadones con huellas estampadas, comen bolitas idénticas de alimento balanceado, se enferman de nada, se pishan de celos, están gordos, llevan bozal para que no “levanten porquerías de la calle”, se trasladan en jaulas de plástico, caminan con paseador, duermen en la cama de sus dueños, son desparasitados, vacunados, castrados.
Mi imagen de un perro es la de un animal corriendo por la orilla del mar y uno detrás, descalzo y de pantalón arremangado, arrojándole un palo una y otra vez. Tengo una foto de chiquita, con Mark al lado. Mark sonríe a la cámara con una oreja caída, su cabezota de ovejero alemán es más grande que la mía. Yo apoyo mi mano sobre su lomo y sonrío nerviosa. ¿Acaso le tengo miedo? Un poco sí, a qué negarlo.
Mayo 5, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
BAAASTAAAAA!!!! La mujer grita hasta desgañitarse. No suelo acercarme cuando hay trifulcas en la feria, pero ésta suena distinta. Muchos dejan sus puestos y corren presurosos. La pelea es entre dos feriantes, uno invadiendo el espacio del otro. Para cuando me acerco, uno de ellos ya tiene manchada la remera en la espalda y el cuello enrojecido. Se toca una y otra vez, como queriendo borrarse un golpe dado bajo la oreja. Se defiende a los alaridos, ese es su lugar, lo ha sido siempre, hace ocho años que viene. El otro, un hombre grande, sigue tozudamente en el sitio equivocado. La que ha gritado parece familiar suya, una artesana responde a voz en cuello: “Se tienen que ir, ¡basta de reventa!” “¿Tienen un papel? Traigan un papel…”, dice otro escribiendo en el aire. En un instante todo se acelera, buscan quitar el puesto armado con mercadería y todo, el viejo se niega, su puesto se zarandea en el aire, tres compañeros forcejean entre sí moviendo la estructura de un lado al otro, por si todo esto fuera poco una mujer agarra a otra de los pelos, dos mujeres más van en su auxilio o tal vez quieran sumarse a la agresión, una piba grita NOOOO!!!! con desesperación, alguien se asoma a un balcón. El puesto vecino tambalea peligrosamente, todo es oscuro, todo es triste, retrocedo todavía mirando la escena. El corazón me late fuerte.
En el extremo opuesto de la plaza, otro feriante vuelca nafta a los pies de un puesto y saca un encendedor. Lo contiene un tercero, la nafta moja las zapatillas del chiquito de al lado. El olor sobrevuela la feria por un largo rato. A media mañana me cruzo con gente que va a hacer una denuncia a la comisaría. La denuncia se hace tanto de un lado como del otro, la policía demora (¿detiene?) a los dos denunciantes.
Estoy sentada pensando en nada. Una repentina lluvia de hojas amarillas cae sobre la sombrilla desteñida de una fotógrafa. La lluvia es muy bella, hace falta un poco de belleza. Un plumón minúsculo y blanco que también viene por el aire, se apoya blandamente en mi dedo. No puedo despegarlo, parece asirse para demostrar que sí, que hay belleza.
Enfrente, Cati encanta con sus títeres. Tiene puesto un león de gomaespuma en la mano y lo hace hablar. Hay que verla, ese león está vivo. Me cuenta que estudió para titiritera durante tres años, cinco horas diarias. Dramaturgia, escenografía, pakúa, canto, interpretación, realización. En su puesto hay un títere bocón dentro de un sombrero, lo empezó en Brasil haciéndole la cabeza negra; aquí le agregó gorro, pantalón, bufanda y chaqueta. Tuvo que adaptarse, igual que ella.
Cati, en este momento, se me figura lo único inocente de la feria.
http://catiaassis.blogspot.com.ar/
Mayo 4, 2012 | Por Maia | # Enlace permanente
Digo yo, con toda humildad, ¿no se ha perdido Cristina una buena oportunidad de reconocer un error? En lugar de capitalizar el momento y admitir públicamente que en la privatización de YPF estuvieron involucrados ella y su marido y que ésta viene a ser una reparación por necesidad y por justicia; discursea en cambio como la más patriota de todas las patriotas, que no había encontrado antes el momento de la rectificación. Qué sé yo, son detalles irritantes.
A nadie escapa que la estatización es motivo de festejo. Ahora bien, ¿será YPF un depósito de amigotes con sueldos fabulosos o una empresa que participe de un cambio de paradigma en materia energética, donde se trasladen recursos a la generación de energías limpias? Los amigos del poder aparecen en el negocio del petróleo, concentrando medios y demás. Estas leyes, que son positivas, las queremos para que el desarrollo económico le llegue a toda la gente.
me dijo, le dije