Cita a ciegas

I

De vez en cuando le compro algún CD a Rodolfo, es compañero de feria y los exhibe a pocos metros de mi puesto. No hay cómo escucharlos, así que me guío (yo/cualquiera) por vaya a saber qué señales. Levanto uno al azar y leo: Michael Brecker, NEARNESS OF YOU, the ballad book. Doy vuelta el CD buscando información. James Taylor (vocals), Pat Metheny (guitars), Herbie Hancock (piano), ¿qué tan malo puede resultar?

Contiene una de las versiones más hermosas de Don’t let me be lonely tonight que yo haya escuchado, fue poner el CD y agradecer que la casa se llenara de música. Lamentablemente éste es el mejor video que encontré… pero siempre se puede recurrir a la imaginación.

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II

Salvador ofrece algunos CDS suyos, repetidos. Elijo La vida en los pliegues. Música de Liliana Vitale sobre textos de Henri Michaux. Es otra cita a ciegas. De Liliana Vitale sólo sé que es hermana de Lito, que alguna vez dio (o sigue dando) clases para “personalizar” canciones y que su propia versión de El último café es memorable. De Henri Michaux no sé nada. Se trata de un poeta belga, me explica Salvador. “¡Qué difícil traducir poesía!”, opino mientras abro el CD. Saco un cuadernillo con letras y me estremezco como cuando se lee una verdad. Salvador me conoce: “Ese vale más”.

1 Y MIENTRAS LA MIRA LE HACE UN NIÑO DE ALMA

Y mientras la mira le hace un niño de alma.

2 ESTE ES EL SITIO

Este es el sitio del taciturno y del enrollado y de la reanudación indefinida. Una mujer retira una camisa, que deja ver otra camisa, que ella retira, que deja ver otra camisa que ella retira, que deja ver otra camisa que ella retira, que deja ver otra camisa, y el descanso de la desnudez no llega nunca.

3 HA VENIDO CON LAS LLUVIAS

Ha venido con las lluvias mi compañero, aquel de quien se dice que todos llevan en su espalda. Ha venido con las lluvias, triste. Y todavía no se ha secado. Desde entonces yo hice unas salidas. Abordé algunas riberas nuevas. Pero no pude desentristecerlo. Ahora me canso. Mis fuerzas. Mis últimas fuerzas… su ropa mojada. -¿Dónde está la mía?- Me hace estremecer. Habrá que replegarse.

Hay otro poema llamado CERCA DEL CEMENTERIO. Mauricio se acerca, gusta de Michaux. Entonces comparto: …un herido perdiendo sangre con el vientre hinchado de pus verduzco que infesta es presentado sobre una camilla a las mujeres de la vida. ¿Cómo decir “Sí”? Problema atroz. Él se incorpora penosamente. ¡Cómo decir “No”!

Interrumpo la lectura.

-¡Qué frases!

“Qué frases…”, coincide Mauricio.

Hay un silencio de muerte entre las mujeres. Hay un silencio que dura demasiado tiempo entre toda esa gente. Ahora, una suerte de conciábulo sordo entre los camilleros. La música se ha interrumpido y los frascos de perfume sobre los tocadores tiene un extraño aspecto para quien se detuviera a reflexionar en ello.

Camino hacia mi puesto, todavía leyendo. Alguien le ha puesto música a esto (¡alguien le ha puesto música a esto!)

¡Abajo la censu

Diría Quino.

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Presten atención a lo que canturrean

Alguna vez leí (o me dijeron, o lo supe), que hay que prestar atención a las letras de las canciones que uno canturrea a lo largo del día. Suelen tener que ver con lo que nos pasa.

Hoy de mañana temprano subí un posteo. Para entender lo que eso significa, debo aclarar que escribo con dos dedos, que chequeo los datos, que la computadora se cuelga. Es decir, me lleva mucho tiempo. El posteo duró sólo unos segundos en la blogosfera. ¡Puf! Desapareció, así, sin más ni más. No es que le vayamos a cambiar la vida a nadie, pero uno pone bastante corazón en lo que escribe y el tema tratado era/es importante. Carajeé, como corresponde en estos casos, probé de mudarme a otra plataforma (pero la computadora se cuelga, recuerdan?) y me fui a la cocina a transplantar un potus… ¡algo tenía que salirme bien! ¿Y qué empecé a recitar, mientras acomodaba los gajos en la maceta? Ja, las Coplas del payador perseguido, de Don Atahualpa. “Con permiso voy a dentrar, aunque no soy convidao…” Me quedé tildada en la partecita que dice:

Si uno pulsa la guitarra
pa cantar coplas de amor,
de potros, de domador,
de la sierra y las estrellas,
dicen: ¡Qué cosa más bella!
¡Si canta que es un primor!

Pero si uno, como Fierro,
por ahí se larga opinando,
el pobre se va acercando
con las orejas alertas,
y el rico vicha la puerta
y se aleja reculando.

Y, es raro… cuando escribo sobre pilchas, no pasa nada.

Gente irresistible

“Hola”. Qué personaje, parado frente a mi puesto hay un hombre tan alto como la estructura. Pero no es sólo su altura, vagamente percibo el exotismo de su figura. Digo vagamente porque sólo puedo mirarle los ojos rientes. Ofrece un cuento suyo, El regalador de bananas, y un CD. A voluntad. O si yo quiero, me los regala. Qué tipo de música, pregunto. Salsa, contesta Marco. No puedo resistirme a esta gente, sé que voy a quedarme con el CD. Y por qué no, con el cuento también. Me explica, señalando la foto grupal en el sobre del CD, que él es el trompetista del grupo Mañana me chanto. No puede no caerme simpático, el sobre en cuestión es un mala fotocopia doblada sobre sí misma y cerrada con una etiqueta autoadhesiva para precios.

Marco se va y yo leo su cuento. Es largo, simple y tierno. En la contratapa se lee: Este cuento fue inspirado de un viaje de mi banda “MAÑANA ME CHANTO” desde Seattle hasta Buenos Aires.

Y más abajo:

Este cuento es a colaboración o gratis. Si necesitas trabajo, saca copias y distribuye.

Levanto la vista, enfrente Suray también le compra el CD, y Caritas. Me cruzo para conocerlo mejor. Ahora sí lo miro bien mirado: Marco tiene largas rastas, pañuelo turquesa a modo de vincha y barba gris dividida en dos trenzas. Viste una chaqueta abierta de terciopelo azul sobre una larga camisola. La chaqueta parece de poco abrigo para este día tan frío, las mangas abullonadas sólo llegan hasta el codo. Descubro flores alpinas bordadas en las solapas, los ojos de Marco son celestes, o verdes… o celestes. “Así que no hay que tener miedo con el tema del dinero…”, busco ampliar. Se asombra de que ya haya leído su relato, a él un cuento tan largo le llevaría quince o veinte minutos. Nos explica, a Caritas y a mí (conozco esa cara, Caritas bebe sus palabras), que la economía así como la entendemos hoy día, no funciona. Uno puede comer una chuleta por día, no? Para mantener este sistema, la cosa debería seguir de la siguiente manera: en dos años deberíamos poder comer dos por día, en tres años, cuatro, en el cuarto año, dieciseis… y así sucesivamente.
¿Y quién puede comer tantas chuletas en un día? Es imposible. ¿Cual es la solución entonces, para que la economía se mantenga y los ricos sigan ganando? Una guerra. Ah, sí, los políticos deberían tomar una clase de progresión geométrica. De viente minutos, solamente.

“Marco, ¿tocarías un poco la trompeta para mí?” Marco dice que sí, Caritas me echa argumentando que los vecinos de arriba nos van a matar. Cruzamos entonces hacia mi puesto y le presto la banqueta. Marco saca su trompeta del estuche, primero debe sacudirla para vaciarla de saliva, se ve vieja y abollada. Arranca con Summertime, el cuerpo inclinado, como quien toca para sí mismo. La gente alrededor, que primero mirara con sorna, aplaude cálidamente. Gracias, gracias, dice Marco. Lamento no poder prestarle la atención que merece, en el tiempo que le lleva tocar tres piezas, hago las mejores ventas del día.

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Un buen truco

No hace mucho me di cuenta de que las mujeres (hablo desde nosotras, pero bien puede el tema exceder el género) solemos hacer las cosas en función del otro. Nos vestimos para otras mujeres, entrenamos para gustarle a nuestra pareja, limpiamos la casa para las visitas y hasta tenemos hijos porque la sociedad lo impone. ¿Saben qué? No sirve. Convivo con un defensor de la vida sana y la actividad física. Cuando lo conocí, yo misma me había recibido de profesora de aeróbica, tenía un master en ritmos latinos y entrenaba de lunes a viernes. ¿Por qué? Porque lo disfrutaba, porque tenía que ver conmigo. ¿Qué pasó después, ya en pareja? Pasé a sentir que me controlaban cada bocado, que me bajaban línea de continuo… y me retobé. Como un burro empacado que se niega a dar un paso más, abandoné todo. A mí me iban a querer por quien era (¿quién era?), o ya podían seguir su camino.

Hoy entreno porque yo quiero. Da la casualidad de que coincide con lo que él también quiere. Parece obvio, pero no lo es tanto. Recién cuando uno recupera su autonomía de pensamiento, su libertad de elección, puede hacer (o seguir haciendo) aquello que es mejor para su vida. No sirve que la gente haga régimen por el otro, deje las drogas por el otro, no beba más por el otro. Apenas “el otro” se manda alguna macana o no es todo lo dulce que deseamos, surge el resentimiento: acá estoy yo, sacrificando lo que más me gusta en la vida, todo por este tipo/mina.

Como me siento tan bien, se me ocurrió que podía aplicar esta recuperada autonomía a otras áreas de mi vida. Cepillar el inodoro no es de las tareas más gratas, ni les cuento limpiar el horno. ¿Pero qué tal si en lugar de hacerlo por los vecinos (qué va a pensar Juan Carlos, cruzando el pasillo), lo hago por mí? ¿Cómo quiero vivir, en un ambiente armónico o rodeada de papeles, bolsas, ropa vieja, perchas torcidas, grasa y pelusas? Ah, podrán decir, es sólo un truco.
De los buenos, bajé un talle y la casa está mucho más aireada.

Árboles por hamburguesas, o el Capitalismo

“¿Asado o tallarines?” “Lo que vos quieras…” Es asado, entonces. Yo no sé si es el vino o qué, los trozos (grandes, grasosos, sanguinolentos) se me hacen incomibles. ¿Qué tengo que ver con esto? Ésta no soy yo. “Ésta no soy yo”, intento explicarle al Hombre, señalando con el cuchillo mi plato lleno de huesos. Me hace un gesto de ¿qué? con la barbilla, tiene puestos auriculares y escucha radio, yo entretanto miro El señor de la guerra (licencia que nos permitimos los domingos a la noche). Rechazo un último pedazo de carne y me quedo viendo el final de la película. Estoy llena, pesada, puedo sentir restos de carne entre mis dientes. No debería alimentarme así.

“Yo te había regalado un libro buenísimo y ahora no lo encuentro…” Es de mañana temprano, me siento para revisar tranquila en los estantes. Acá está: Salud y Ecología, de Harvey Diamond. “Escuchá -empiezo- el corazón, del tamaño de un puño, es una maravilla de ingeniería que funciona continuamente, sin cesar, las veinticuatros horas del día durante décadas enteras…” Soy artera, sé que es su tema favorito, pero el Hombre responde desde el fastidio. “Ya sé, yo enseño eso”. Pobre Criatura, está tomando mate y escuchando su radio.

No va a librarse tan fácilmente. “Escuchame, carajo, es más importante que cualquier cosa que pueda estar diciendo esta mina (algo alcanzo a oir sobre el valor del dólar en el Uruguay), se trata del futuro del planeta”. Abro el libro más adelante y leo: “Hay gente que pasa hambre porque en el mundo se cultiva más alimento para el ganado que para la población”. “Ah, por favor, hay más que suficiente para todos!” “No señor”, sostengo y sigo: “La cosecha más abundante que produce Estados Unidos es el maíz. Del total de la cantidad de maíz que se consume, casi el 90 por ciento se lo comen no los seres humanos sino el ganado… 24 millones de hectáreas para cultivar todo lo que sirve de alimento para consumo humano en Estados Unidos, contra 480 millones de hectáreas dedicadas a cultivar todo lo que se le da de comer al ganado”. “Ahora la culpa del hambre en el mundo la tiene el asado…” “No es sólo el hambre”, sigo implacable mientras le leo de otra página: El cultivo de 1 kilogramo de trigo sólo exige 200 litros de agua, en tanto que la producción de un kilogramo de carne requiere unos 9.500 litros. A nadie escapa que se están agotando las reservas de agua. Como si eso sólo no fuera preocupante de más, hay gastos siderales en el transporte, procesamiento, almacenamiento, envasado (refrigeración), distribución y preparación de la carne (un montón impresionante de energía que se quema). ¿Y las selvas tropicales? Para dedicarlas a terrenos donde pastoree el ganado vacuno, ¡los “pulmones de mundo” están siendo borradas del mapa a una velocidad de 11 millones de hectáreas por año! No nos podemos dar el lujo de interferir en el equilibrio oxígeno – anhídrido carbónico. La quema de combustibles fósiles es la principal fuente del incremento de anhídrido carbónico que se observa a escala mundial.

“Qué difícil es comer un asado con vos, te ponés pesada…” “Es la pasión, la ‘militancia’ (definitivamente soy artera). Además mirá quién habla, ya te olvidás cuando me perseguías con éste que te gusta tanto… ¡José Ingenieros! Me tenía que encerrar en el baño y vos leyéndome El hombre mediocre, del otro lado”. Pese a que el Hombre mantiene los ojos cerrados y una expresión de fastidio, sigo valiente: En todo el mundo se están cortando, quemando y destruyendo bosques a la asombrosa velocidad de más de dieciseis millones de hectáreas por año! ¡Más de 40.000 hectáreas cada día! ¡Casi media hectárea por segundo! En un momento en que los niveles de anhídrido carbónico están llegando a ser peligrosamente altos, hasta el punto de perjudicar el medio mismo en que vivimos, en vez de hacer cuantos esfuerzos sean posibles para proteger e incluso incrementar el número de árboles existentes con el fin de contrarrestar esta locura, ¡estamos diezmando nuestros bosques a una velocidad aterradora! Y todo en homenaje a la agricultura, a las cosechas que van a parar a la alimentación del ganado.

Pero mirá, hay algo que se puede hacer, Diamond lo llama la solución del diez por ciento: no hacemos más que comer el diez por ciento menos de alimentos derivados de los animales y el diez por ciento más de alimentos derivados de las plantas. Todos nos comprometemos a observar un día semanal de alimentación vegetariana. Ese día el lector o lectora no comerá carne, pollo, pescado, huevos ni productos lácteos. Puede comer fruta, ensaladas y zumos de frutas, frutos secos (que incluyen nueces, almendras, avellanas…), verduras, toda clase de ensaladas, pastas, sopas, panes, arroz y otros granos, patatas, lentejas, judías, garbanzos y demás legumbres. No, no hay necesidad de pasar hambre. Es probable que al principio ud se pregunte: “¿Sólo un día semanal de alimentación vegetariana? ¿Qué podremos conseguir con eso, en vista de la enormidad del objetivo… etc etc”. El Hombre no parece preguntarse nada, pese a que lo anoticio del posible ahorro, sólo en Estados Unidos, de 5.700 millones de metros cúbicos de agua potable y 8.700 millones de litro de petróleo por año, 50 millones de hectáreas de la mejor tierra destinadas a un uso más sensato, 11 millones de toneladas de grano anuales liberadas, 600 millones de toneladas de humus ahorrados en el mismo lapso, 600 millones de animales salvados del matadero y 10 millones de hectáreas de árboles que de otra forma no existirían. Que a nivel personal reduciría considerablemente las probabilidades de sufrir aterosclerosis y por tanto el riesgo de enfermedades o ataques cardíacos, ya lo sabe.

“¿Querés una medialuna? -ofrezco más tarde- no tienen idea a qué hora llega el diario, pero igual pasé por la panadería”.
“No debo”. Me siento con mi café con leche y abro el paquete. El Hombre se acerca con ojos achinados. “La medialuna de grasa o de manteca se hace con grasa animal. Si se utilizan margarinas, el efecto es aún peor: grasas trans, aceites hidrogenados artificialmente en un proceso que contamina el medio ambiente”. Hay que escuchar todo eso mientras uno sumerge la medialuna en la taza. El Hombre sigue: “Las grasas trans resultan altamente dañinas para el sistema cardiovascular, son responsables de enfermedades crónicas, degenerativas e invalidantes que terminan por dar de comer a los laboratorios y geriátricos”. No se conforma con esto. “A ver de qué libro te puedo leer…” Me sigue con un mamotreto viejísimo, del que en vano intento leer el título. No importa, el tema es que el ejemplar sea grande y pesado. “¡Marx y Engels!, ¿qué tiene que ver?” “Todo esto tiene que ver con el Capitalismo, no son las vacas las culpables… ¡Es el Capitalismo, estúpidos!”

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Y por qué quedarme con las ganas.

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Querida Tierra

Hace años (años, ya?) subí aquí un video sobre la Tierra vista desde el cielo.

Hoy escuchaba en la radio sobre la tremenda sequía que castiga a la costa oeste de Estados Unidos, sobre los incendios forestales y los voluntarios que luchan por apagarlos y tuve nostalgia de la Tierra como solía ser, no hace tanto. Entonces busqué el video mencionado para reeditarlo. Qué suerte, hay dos trabajos nuevos de este gran fotógrafo. Los subo sin chequearlos, con idea de verlos en el posteo. Tengo plena confianza de que son excelentes.

¿Un cafecito?

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Conmover

Un nombre de pronunciación difícil. Yo no sé qué tiene Sean Penn, me resulta conmovedor en cualquier trabajo. Lo vi en Dead man walking, fascinante. Lo vi competir contra John Travolta por el amor de una mujer. Lo vi ayer en I am Sam y lloré como hacía rato no lloraba. Sean Penn personifica a un padre autista, Sam, que debe luchar por la custodia de su hija de siete años. Michelle Pfeiffer, en el papel de su abogada, le explica que urge convencer a la corte de que puede ser un buen padre a pesar de su discapacidad, del hecho de que sea retardado. “No -se corrige enseguida- esa no es la palabra correcta… No sé cómo llamarte”. “Sam, puedes llamarme Sam”.

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Qué maravilla poner el cuerpo al servicio de las emociones más profundas. ¿No será el amor una forma de inteligencia, acaso la más sofisticada? ¿No serán amor e inteligencia una misma cosa? Hace años vi una película de cortometrajes sobre el 11 de septiembre. El de Sean Penn es el único que recuerdo.

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