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TRES ROSTROS

Pocas veces en la vida diaria pude ver la desnudez del alma expresada en un semblante. Porque la cara, cual máscara de teatro, es usada en cada circunstancia de la representación que llamamos vida cotidiana. Donde somos actores y espectadores, al mismo tiempo. Y a esta cara recurrimos para decir: ¡Buen día!, ¡Feliz navidad!, ¡Cuidado!, ¿Te parece…? Y así para un sinfín de cosas más, con una alzada de cejas, una mueca, un guiño. Y usamos este rostro, esta careta, este antifaz tan naturalmente que creemos tener total dominio del asunto.

El rostro humano actual, mucho más que cualquiera de los de nuestros semejantes chimpancés, gorilas o cualquier rostro humano del pasado prehistórico, es capaz de decir, con un par de movimientos musculares, tanto o más que ciento cuarenta caracteres y tan sintéticamente. Puede comunicar, entonces, lo que un libro de quinientas páginas no.

Como anticipé desde la primera línea de este archivo de texto, pocas veces estuve ante la presencia de rostros tan expresivos, elocuentes, impresionantes que nada parece tenga uno que agregar. Pero mi modo de expresión es ésta, la escritura, la comunicación escrita, el relato. Hay quien comunica con pintura y pinceles, con arcillas y molduras, con cinceles y maderas, con música, voz o pentagramas. Pero no… mi modo de comunicación es esta, esta que se sirve de caracteres, de códigos, de signos convencionales entre lectores-hablantes de una misma lengua, esta que va dejando huellas… Y que una a una, en conjunto, conforman este camino, de esta mi vida.

Esta semana coincidieron, por esas raras casualidades o circunstancias del vivir en un mismo espacio de tiempo y lugar tan próximos, la posibilidad de ver tres rostros humanos, casi de visionar – como quien se expone ante una obra de arte o una película, para dejarse impresionar por ella. Y ante dicha exposición sentí: sus preocupaciones, angustias, aflicciones, derrotas y hasta un dejo de esperanza, en una tenue sonrisa final forzada. Pero intuyo que hay más, mucho más en esos rostros -que insisto ‘intuyo’, no asevero nada- y dijeron mucho más de lo que atiné a adivinar, o creí ver. Por un lado quizás quisieron ocultar un sentimiento que los devoraba, y mostrarse fuertes, activos o proactivos, pero sus músculos faciales no respondieron. No, no lo hicieron.

Las comisuras de los labios decían algo que ninguna palabra trató de desmentir, pero previsible quizás, era deseado. Sin embargo, hacia el final de la comunicación… un haz de luz buscaba su espacio, como una brisa de esperanza en ese otro rostro, el del que lo mira, el del que lo recibe, el del que lo interpela. Quizás, estos rostros dolidos, estos tres, buscaron en sus espejos esa esperanza que de los suyos escapaba o parecía escabullirse, sin prisa pero sin pausa.

En este camino de mis días he visto rostros de dolor, de enfermedad, de valentía ante un próximo e inevitable deceso por causa de un cáncer, dolor ante la pérdida de un ser querido. He visto la paz de un rostro que acaba de morir. Lo he visto. Y también vi expresiones que gritan: ¡duele!, ante un pinchazo de una aguja y su jeringa con el líquido viscoso, oleoso. Pero… hay rostros, como los que vi esta semana, que van más allá, expresan más acá o más allá de lo definible en ciento cuarenta caracteres. ¡Y cuánto quisiera!, en ese momento, tener una cámara fotográfica que registrase el instante, el próximo anterior y el posterior, la secuencia en sí, del conjunto de movimientos o de los no movimientos del rostro uno, dos y tres, y de los tres por igual. “¿Y para qué?” -me preguntará alguien. Y por otro lado, ahora que escribo estas líneas, me pregunto: ¿será posible esa tarea?

Hay un decir, o querer decir, que quizás no sea posible comunicar; pero que está allí en esos rostros: ojerosos, con sus comisuras labiales caídas, con miradas extraviadas, o escudriñando más allá de nosotros, interlocutores de turno. Nos interpelan. Como quizás nosotros lo hacemos, mas no encuentran respuestas, y porque quizás, y solo son conjeturas, no hay un cuestionamiento. Son rostros de dolor indefinido, mudos o al menos callados, silenciados, que no denotan vacío, aunque no es posible ver qué hay en ellos.

Son tres rostros de tres personas, de tres seres con sus circunstancias particulares, con sus vidas, creo. Aunque quizás, e insisto, quizás, tal vez sean tres realidades que encontraron, en estos rostros su lugar donde mejor escribir eso que necesitan comunicar.

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