Un maestro especial
Aquel maestro que con su aspecto sereno entró al aula deseoso de enseñar. Con su guardapolvo blanco y la tiza en la mano comenzó a trazar sus primeras líneas que silenciosamente permanecerían grabadas para siempre en la memoria de los alumnos.
Luego de terminar escribir en aquel pizarrón verde y arratonado por el uso, dejó la tiza junto al borrador casero para girar con justa ligereza y enfrentar al grupo.
Los alumnos al verlo de frente comenzaron a dirigir sus miradas hacia él. Algunos dejaron de charlar entre ellos al mismo tiempo que se reacomodaban en sus pupitres. Otros seguían distraídos sin sentir que hubiese motivo alguno que rompa con su aletargada vida. Un niño, tal vez sumergido en imágenes más reconfortantes o en un goce muy íntimo con su pasado, dirigió su mirada pero sin ver.
El docente dibujó un sol y preguntó: ¿Qué es esto?
Y muchos respondieron: Es el sol!!!
- ¿Y que nos quiere decir el sol cuando sale en el horizonte? – agregó sin titubear
A lo que un pequeño niño que ya había dejado su banco para sentarse en el suelo con las piernas cruzadas respondió – El sol no tiene boca, no puede hablar.
El maestro se sonrojó. Se había dado cuenta de lo literal de su expresión. Pensó en el error, pero al mismo tiempo no pudo evitar sonreír. La sonrisa no era entendida por el niño, que solo después de unos segundos sonrío también como para no quedar en evidencia.
¿ Que inteligencia macabra podía hacer que un niño de esa edad pueda resolver grandes multiplicaciones y divisiones sin los objetos concretos a mano, pero no permitirle entender y disfrutar de un chiste o una frase con doble intención ?
- Claro que el sol no habla, pero algo nos expresa con su luz ¿No es cierto? –con esta explicación el maestro quiso de alguna manera no abandonar los objetivos de su clase.
Los niños y niñas que hasta ese momento no habían prestado atención comenzaron a encontrar en el relato del docente alguna significancia. Tal vez haya sido la gesticulación grandilocuente que realizaba al hablar y que no coincidía con su baja estatura ; o tal vez la voz ronca desajustada en un entorno de voces femeninas como es la escuela; o tal vez hayan sido las dos y cuantas más. Lo cierto es que a los niños les llama mucho la atención los contrastes, y en la vida diaria hay muchas divergencias que simplemente surgen de casualidad pero que con el tiempo son solidarias entre sí hasta conformar un nuevo “status quo”.
Ya todos se fueron sentando en el suelo o en los pupitres dejando en claro que la formalidad siempre pasa a un segundo plano cuando le damos lugar a lo importante.
Alejandro, así se llamaba el maestro, comprendió que no podía dejar pasar ese momento, y mágicamente extrajo el relato indicado:
Saben que es el ‘Inti Santiagupa’? – preguntó.
Pero nadie respondió. Ni siguiera se movían del lugar. Se encontraban expectantes por el tono de sus palabras más que por lo que decía.
¡!Es el sol santiagueño!! – exclamó – es esa figura redonda que ven el cielo que nos cobija en invierno pero nos sofoca en verano.
Mientras algunos se miraban entre sí como queriendo compartir lo escuchado, hubo una niña que se animó a pararse. Se la notaba algo temerosa. Levantó la cabeza y al apartar su descuidada cabellera del rostro se le descubrieron los cachetes sonrojados.
El maestro a verla dubitativa la animó a participar.
Ella tragó saliva y logró transmitir lo que pensaba: – A mi me gusta la luna porque no es tan caliente -.
Fue en ese momento que tocó la campana que les advertía del recreo.
Alejandro, sin poder disimular su fastidio, los invitó a salir. Cuantas veces se preguntaba que estaba haciendo en ese lugar tan remoto y con ese grupo especial de alumnos, y ahora que comenzaba a comunicarse con ellos sonaba el ¡¡Gong!!.
Luego de ordenar el salón se dirigió hacia el patio. Allí lo esperaban sus alumnos para jugar con él. Todos juntos abrazados por el sol de la media tarde.
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que bonito relato.
siempre guardamos algùn maestro en vuestro corazòn