La Danza Orgánica

“La Bailanta” Pintura Digital de Luis Makianich, 2010
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Hay un momento en la noche en que la luz se atenúa y los sonidos se apagan; la ciudad parece adormecerse en su propia incertidumbre de saberse viva en un mundo estático, en el que el latido de su corazón se detuvo para tomar conciencia del rumor que incita a ya no despertar jamás.
Jimena se acompaña a si misma por el taconear pausado sobre el adoquín humedecido con el sudor del barrio y el ondular de su pollerita de tablas abanicando la bocanada de humo que asciende desde una alcantarilla. Su mente ejecuta incoherentes frases musicales que se estrellan contra su cabeza convirtiéndose en rítmicos golpeteos que juegan a esquivar el andar de sus propios pasos, hasta que se mimetiza con los latidos en su pecho; y en el mismo instante en que se acerca al portal de la Bailanta, la alocada música desde el interior la invita a unírsele. Su entusiasmo parece exceder su frágil contextura acelerando el pulso y coloreando su rostro, cuando la metálica puerta se abre y de repente estalla un barullo ensordecedor que amalgama las risas con el ritmo dominante de ese lugar. Al correr la pesada cortina de tela, un imperio de luces y sonido se abre ante sus ojos, reflejando en sus retinas la efervescencia impetuosa de sus deseos. Un grupo de amigos aclama su llegada brindando por alegría en copas de cristal, mientras sus ojos buscan desesperadamente a aquel que fuera el tantas veces soñado príncipe, cuyo encantamiento ha impedido se percatara de su existencia; y Jonás se encuentra allí, recostado sobre una barandilla saboreando el acoso del que es victimado por tres de sus mejores amigas, las que ahora pasan a ser sus peores adversarias cuando les esgrime tajantes miradas que les son devueltas con la gracia de una reverencia y comienza la contienda por el preciado pretendiente, a punta de espada con sus pasos de baile, floreándose ante él con sensuales meneos y caídas de ojos. El joven rehúsa mostrarse interesado en el mágico altercado y se zambulle a la pista como parte del juego, en el que se siente la presa de la brutal cacería y las mujeres lo cubren con movimientos de brazos que pincelan su estampa tan ingenua como cautivante.
Tras varias horas de agotador coqueteo, Jimena decide abandonar la pelea, al ver que su adonis no muestra señales de tomar partido y se acerca a la barra a ofrecer sus respetos a las contendientes, quienes parecen no haber agotado su parque de municiones; abre su pequeño bolso y toma una polvera con la que retoca sus pómulos como acariciando su magullado ánimo mientras toma asiento y pide una bebida. Se queda pensativa mientras recorre con la mirada los cuerpos ondulantes de sus amigas en torno al joven; es entonces cuando pretende entender el suceso que acontece frente a sus ojos, cuando todos ellos parecen entretejerse en una estructura ondulante, que actúa en simpatía con la música que los envuelve y los mantiene en movimiento como un organismo único, que absorbe todo lo que se le acerca y lo incorpora a su masa asimilándolo; y por un instante, el vino en su copa la invita a olvidar su pena y a participar de ese hermoso sentimiento conjunto, que aflora del aura de luz y sonido que los envuelve sin dejar ningún resquicio, en el que pueda caber la aterradora soledad.

Esta Barra Bullanguera

Bullanguera-V-LOW
“Bullanguera”, Pintura Digital de Luis Makianich, 2010.

Es tiempo de plegarias contrapuestas y de sueños compartidos; de alegrías desbocadas entre llantos desconsolados; de salir a la calle con la mirada puesta en el cielo; de sentirse solo entre miles de personas; de callar o gritar al unísono en un instante de pasión, cuando nuestro corazón se estrella contra el poste que nos dice no, o quizás nos devuelve a la vida. Un peregrinar de almas en pena despliega su colorida esperanza en una batucada que se ensambla con un febril enjambre de vuvuzelas, ahogando los estoicos cánticos de la muchedumbre que pretende avasallar sus miedos a puro optimismo, que como una multitudinaria oración se eleva con la súplica a sus respectivos dioses, que parecen ser el mismo, y que se verá en el dilema de decidir la suerte de esta paradoja.
-“¡Le Bleu…Le Bleu!”-Se entrelaza con un: –“¡Olé…Olé!”- Para doblegar un entusiasta:-” ¡Brasil!, ¡Brasil!”-Hasta que un avasallante “¡Vamos…Vamos…Argentina!” irrumpe en escena marcando el paso de sus pulsaciones y asegurándose un lugar en el reparto de bendiciones, las que debieran recibir antes de juicio final, cuando un silbato dictamine que su suerte ha sido sellada en la historia para siempre.
Con los ojos cerrados y sus cabezas orientadas al cielo la masa humana espera el veredicto aunada en un solo deseo…un único ruego que al caer la noche disipará sobre su inmenso y heterogéneo cuerpo, con soberbia o resignación, bañados en un único llanto, donde tristezas y alegrías se debaten su propiedad, aunque al día siguiente, un grupo de barrenderos recoja el saldo de sus anhelos regados por el piso en papeles multicolores.

Wicca I. Encapsulada

“Encapsulada” Electrografía de Luis Makianich, 2009.
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La gracia de Ester se esconde entre las piezas de un enigma. Su etérea imagen deambula en mi cabeza desde que la descubrí, en aquella mañana de otoño flotando entre las hojas secas a través de mi ventana. Ella jugaba a las escondidas con mi mirada aunque siempre presentí que sabía de mi presencia no obstante haber evitado conectarla con la suya durante todo el tiempo que me tuvo magnetizado. Los pájaros parecían conocerla y jugaban a su alrededor como si fuera una fuente, que calmara su sed de alegría en un día pleno de melancolía y yo, como un ave más, revoloteaba en su pelo fingiendo anidar mi amor en ella y bastó que levantara sus ojos hasta mí, para que absorbiera mi fascinación, en un hechizo que determinase mi cautiverio. Ya han pasado algunos años desde que fui atrapado por su esotérico influjo y mi vida se ha tornado dependiente de su misteriosa vivacidad, cambiando mis estados de ánimo conforme su voluntad los administre y ahora vivo en un halo de misterio entre lo que vivimos juntos y lo que nos pueda ocurrir desde que Ezequiel, su terapista le diagnosticó esquizofrenia. Él fue nuestro amigo desde que estamos juntos y se convirtió en su médico personal a mi pedido, durante uno de esos momentos en que la estabilidad emocional de nuestra pareja parecía desbordar lo que sentíamos el uno por el otro, pero por un instante dudé de su evaluación, pese a que su juicio se correspondía con mi perspicacia y decidí consultar varios especialistas, con la esperanza de conseguir una opinión diferente, que se ajuste a mis expectativas. Fue cuando conocimos a Tessa, una anciana erudita en el arte de sanar que se apareció en nuestras vidas como por arte de magia, o mejor dicho, simplemente estuvo ahí cuando la necesitamos. -“Tu aura es muy colorida” –le dijo a Ester –“y te envuelve por completo”. Ester se quedó mirándola como a una aparición, sin contestarle y yo me sentí invadido en nuestra intimidad por lo que le contesté:-“disculpe…” (con aire inquisitorio y prepotente) -“¿Necesita algo, señora…? La mujer se acerca un poco a Ester ignorando por completo mis palabras y acaricia su pelo desde la cabeza hasta tomarlo suavemente por las puntas con ambas manos. En un principio me sentí alterado pero luego pude ver a mi esposa salir de su trance y regalarle una sonrisa, con lo que cambió mi predisposición hacia la extraña mujer, que mostrando una percepción muy aguda se alejó sencillamente de nosotros devolviéndole el gesto cordialmente. Por un tiempo no volvimos a ver a la señora, pese a que a instancias de Ester volvimos diariamente por esa plaza en que la encontramos, frente a una de las clínicas que solíamos acudir, aún sin tener una cita programada y con algún infantil pretexto, hasta que por fin allí estaba ella de nuevo, con su cabello desgreñado y su cara arrugada, aunque con un porte demasiado erguido para alguien de su edad, lo que le daba un aire delicádamente sobrehumano. Al verla, todo el cuerpo de Ester se iluminó con los colores de la plaza reflejados por el sol en ese sitio y pude ver su ansiedad electrizando su rostro, que por primera vez en mucho tiempo mostraba signos de vida. Tomé del brazo a mi esposa y esta vez fui yo quien tomó la decisión de acercarnos y entablar una conversación con ella. Sin mostrarse sorprendida, Tessa volvió a acariciar la cabeza de Ester y dirigiéndose hacia ambos dijo: -“Creo que ya es tiempo…” Repentinamente, un remolino de hojas secas las envolvió, obligandome a separarme momentáneamente de ellas, y otra vez me sentí excluido de la conversación. Instintivamente intenté participar como para recordarles mi existencia: -“¿A qué se refiere con eso?” -Dije cortando el halo que las envolvía. -“Esta niña necesita un momento para si misma” –Sentenció Tessa, mientras apoyó suavemente sus manos sobre los brazos de ella provocando un leve giro que desacomodó nuevamente mi posición, dejándome relegado nuevamente a un segundo plano mientras dijo: -“Se que posee un don que debe aflorar en condiciones naturales…” -“¿Se refiere a su esquizofrenia?” – la interrumpí algo ofuscado, en tanto ellas dirigieron sus agresivas miradas hacia mí, en el mismo instante que se levantó otra ventisca, obligándome a apartarme un par de pasos fuera de su influencia. Tessa abandonó el círculo para dirigirse hacia mí, cuando el viento se disipó súbitamente e inspirada en esa calma me dijo: -“Los médicos suelen etiquetar ampulosamente lo que no comprenden”. Luego nos tomó del brazo a Ester y a mí, y comenzamos a caminar hacia uno de los márgenes de la plaza acompañados por unos pájaros que entonaban una alegre melodía haciendo el coro a las palabras de Tessa: -“Ester ha sufrido graves intervenciones para corregir lo que siempre debió quedarse como está; su anatomía es normal pero su psiquis experimenta ciertas diferencias incomprensibles para la ciencia, que debieran ser interpretadas por otras artes, a veces no reconocidas pero en su caso serían de gran ayuda”. No se que me sucedió, pero creo que en ese momento tuve fe en sus palabras, o quizás simplemente me abandoné al deseo de que fuese verdad y sucumbí al entusiasmo de mi amada. Llegamos a un portal de madera muy trabajado con algunos símbolos extraños con circulos y lunas y coronado por un vitraux en forma de medialuna con un pentagrama en la cúspide. Tessa detuvo la marcha y soltó mi brazo para luego decirme: -“Hasta aquí llegas tú, ahora Ester tendrá su momento”. Se abrió la puerta de par en par y ambas entraron hacia un rayo de luz que bajaba desde una cúpula vidriada que contenía los mismos símbolos que el portal y de pronto mi esposa quedó inscripta en una esfera luminosa que proyectaba el color del cristal en su cuerpo como un arco iris y oscureciendo todo a su alrededor, hasta que ambas hojas del portón se cerraron abruptamente, dejándome afuera del recinto y en medio de la tenebrosidad de la plaza. Aterrorizado me abalancé contra el portal en busca de Ester, y descubrí que éste no estaba cerrado y al empujar la puertas vi que el lugar no emanaba luz alguna y en él no se encontraban Ester y Tessa, sólo un inmenso salón envejecido y vacío. Salí de inmediato al atrio y pude ver una placa de bronce en la entrada del edificio que rezaba: -WICCA… “Do what you want” (haz lo que quieras). Una tormenta de tierra se levantó de pronto cerrando las puertas definitivamente, y el viento me trajo el sonido de una histérica risa que ascendió en un remolino hasta desaparecer entre los truenos.

Concupiscencia

“Cañaveral” óleo sobre tela, 48”x48” de Luis Makianich, 2005.
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Alicia suele pasearse por el cañaveral en busca de algún suceso que la despierte. Ella está adormecida en sus instintos desde la soledad del paraje en el que vive, lejos de lo mundano y el sonido mecanizado de las ciudades. Su juventud permanece intacta pese a su madurez, y su mirada examina cada minúsculo evento que la transporte en su imaginación hacia ese mundo tan desconocido como deseado. Dos insectos copulando entre las cañas atraen su atención por un momento, cuando su mente detona un arrebato de complicidad despertando su avidez por la lujuria, sustentada en un caótico y perverso impulso que la hace cuestionarse su virtud, que hasta hoy no ha tenido contraparte. Se recuesta entre las matas sin desviar la vista del erótico evento y sus manos imitan los movimientos de las alimañas acariciando su propia complexión y reconociendo su voluptuosidad hasta estimular la depravación adormecida en su castidad, confundiéndose el pudor con su sensualidad y la pureza con su ansiedad, hasta que una maraña de sentimientos contrapuestos acaban por apoderarse de todo su cuerpo, cediendo a su deseo por sobre su voluntad. Los insectos se desensamblan haciendo una algarabía con sus elocuentes alas, revoloteando la figura de Alicia que los contempla extasiada hasta que se despiden rozándolas sobre ella y volando hacia el horizonte mientras ella los sigue con su mirada hasta el infinito, ese que presagia el nuevo mundo que se abre ante sus ojos.

Origami

“Mujeres de papel”, Electrografía de Luis Makianich, 2009.

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- “Un mago es capaz de convertir las hojas de papel en pájaros”. (Katsuhita Hokuasi)

Si hay un material que contiene mi verdad debe ser el papel. Si lo miro fijamente durante horas puedo ver el infinito; mi mente puede vertirse en él por completo y como en una mesa, buscar mis ideas desparramándolas con las manos hasta acomodarlas en su justa posición; ordenar el cosmos a mi gusto y ocultar detrás de cada pliegue los agujeros negros de mi vida, aquellos que se quedaron con lo bueno de mi, o simplemente con lo que hubiese querido retener ahora. Todo mi pasado se encuentra plegado en este viejo cofre que acabo de desempolvar en mi ático y se que en su interior me espera el tesoro que alguna vez creí tan inútil como otras veces invaluable: Mi viejos flexopapiros.

Levanto la tapa del baúl, y mi cara siente el resplandor hasta ahora dormido del papel envejecido de una palomita, que tomo con mis manos cuidando de no lastimar sus sentimientos, luego de tan brutal abandono; acaricio su cola y sus alas me saludan como si no hubiera mediado el tiempo en nuestra indeleble amistad. Me aventuro a sacar los aviones y me vuelvo niño por un instante arrojándolos en todas direcciones para configurar el espacio de mi imaginación hasta ahora adormecida en el recuerdo de mis amigos. Un instante después, un temblor se apodera de mis manos y como desobedeciéndome se introducen en el cofre con cautela para tomar una extravagante rosa, de un pálido color amarillo, formada con indescifrables dobleces en los que mi amor tuvo lugar. La luz redujo el espacio a una mínima esfera albergando a mis dedos y su frágil cuerpo, el de Emilia en un poco de ayer. Desvisto sus pétalos suavemente a la vez que evoco en cada pliegue una caricia o un beso que alguna vez robé, y que recién ahora puedo descifrar. El papel me hace notar su queja, mostrándome sus cicatrices en los dobleces hasta que encuentro toda esa verdad acumulada, que duele y me espanta, por su notoria angustia y mi mezquina ausencia que evadió envejecer con ella.

Una última hoja de papel que encuentro en el fondo del arca me tuvo hipnotizado desde hace varias horas, por su tersa textura, sin ajaduras ni dobleces, sin nada escrito en ella. Emilia me la obsequió cuando nos despedimos y recién ahora mi pecho late por ello. Concentro mis ojos en su superficie y mis dedos añoran modelar su cuerpo con tantos pliegues como sea posible, pero mi corazón se rebela y detiene la marcha, y mi imaginación se pierde en su infinita talla.

Fantasmas

“Phantom” Electrografía de Luis Makianich, 2009.
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Un sorbo de mis propios fantasmas es la medicina que prescribo para mis años de soledad. Contenida por el cristal de mis desvelos, la dorada bebida se infiltra en mi ascendiendo por mis fosas nasales hasta tomar su puesto de avanzada en las colinas de mis recuerdos de vida y desde allí, poner en marcha su plan de desembarco hasta tomar por completo la cabeza de playa, en una oleada de melancolía que sacude mis emociones hasta arrancarme el desconsuelo de las entrañas y vertirlo nuevamente en el vaso de whisky, rellenándolo hasta completar mis desvaríos; turbando mi visón en el fragor de la batalla y ausentándome por un tiempo, dejando abandonada mi alma a su propia suerte.

Allí está ella de nuevo, flotando entre mis pensamientos; conformando mi atmósfera con su grácil cuerpo desnudo bailando a mi alrededor; acariciando mi sien con sus cabellos cobrizos escondiendo su persistente mirar y su cínica sonrisa; ostentando la osadía de estar aquí donde debería estar su ausencia; manipulando mis ideas con mi pelo entre sus dedos, mientras me duermo en su pecho, aunque ni en ese sueño pueda acabar por deshacerme de ella. Sin embargo ya no ronda en mi su lujuria misteriosa ni sus ardides de engaño; como tampoco encuentro angustiante recordar su mórbida fascinación por hacer de mis amigos sus amantes, a escondidas de sus prejuicios y a la vista de mi celosa mirada. Mi embriaguez deriva en la encrucijada de saberme amado por su rebeldía o sufrir el dolor que su espíritu me impone solo con acecharme desde su oscuridad nudista, emplazando su belleza en todo punto al que dirijo la mirada, como la condena de venerarla, más que un castigo por haberla matado.

Bocetos

“Boceto de acción” Electrografía de Luis Makianich, 2009

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Carla se siente su propia sombra y desde ahí observa cómo su cuerpo es ignorado por el mundo. Su andar describe una línea en el suelo que le pertenece y controla con la mirada baja de su complexión ausente. Su vestimenta gris intenta relacionar su forma con su sombra para sentir el peso de su anonimato en las plantas de sus pies, donde su vida se transmite a su alma. Allí ella siente el peso de su insignificancia, que contrasta con el brillo de la mañana reflejado en la vidriera de una tienda, donde ve pasar su vida de costado, como si no le perteneciera. Revisa los diseños en oferta, que se encuentran en el piso del escaparate, por no mirar de frente al maniquí que ostenta toda su gala en un vestido azul, y que la observa orgullosa desde su ilusión de marquesina. Temerosa de su propia presencia, empieza a andar hacia la puerta del negocio, cuando desde el interior una empleada la mira con desdén, haciendo que ella volviera sobre sus pasos, presa de su intimidación, cuando se topa de frente con una extraña mujer, quedándose parada ante ella con su débil estampa, congelada en su perturbación. La señora le sonríe y Carla por primera vez descubre que está viva y esboza también una sonrisa. -“Gloria…”- dice la dama extendiéndole una tarjeta personal – ¿y tú eres…? -“Carla…”-contesta con timidez elevando los ojos del piso lentamente hasta rozar su mirada, para luego devolverlos a su lugar. -“¿Me preguntaba si te gustaría posar para mi taller de dibujo…?”-Insiste la mujer aún con la tarjeta en su mano extendida, mientras Carla la toma y la lleva hacia abajo hasta interceptar su propia vista, que permanece descendente. -“La belleza del cuerpo…arte y grafito”-dice la tarjeta y la dama continúa diciendo: -“La paga es buena…por solo unas pocas horas a la semana”. Carla Hace un leve movimiento de cabeza para mirarla y guardando la tarjeta en su bolso le dice:-“Tal vez…” para luego seguir su camino, cuando la mujer le grita a la distancia: -“Te espero esta tarde, como a las tres…” Carla se encuentra avasallada por esta nueva oportunidad de emerger de su mundo oculto, pero también piensa que tal vez aquella señora la escogió por su falta de presencia, lo que posiblemente sería algún tipo de atractivo para un artista; no obstante su curiosidad empieza a germinar en su cabeza y aparece un atisbo de luz en sus ojos que seguramente obrará a favor de acudir a la cita. Aquí está ella, de pie frente a la puerta de roble de una antigua mansión de Palermo Viejo, sin señas de ninguna especie de ser un taller de dibujo, pero bajo el timbre, un diminuto cartel reza: -“No suena…entre hasta el primer piso, gracias” El portón está abierto e inmediatamente las escaleras de mármol envejecido la invitan a subir apoyándose en una muy trabajada boiserie, y esta vez, con la cabeza apuntando hacia arriba, donde la espera…quien sabe qué. Una vez allí, un recibidor hexagonal da a tres puertas muy altas con vidrios unidos con plomo, a través de las cuales pueden verse algunos atriles y gente pintando o dibujando modelos vivos, con sus cuerpos desnudos bañados por una suave luz cenital, proveniente de sendas cúpulas vidriadas emplazadas sobre cada recinto. Su intuición o tal vez su timidez, la inclinan por entrar en la habitación con menos artistas, donde aún no hay un modelo. Gloria la ve atravesar la puerta, e inmediatamente se acerca a ella y la abraza en forma muy aparatosa, diciendo: -“Preciosa…! Me alegra mucho que hayas venido y tan puntual, porque aquí la gente se pone muy nerviosa con la espera” Carla afloja un poco su tenso rostro y esboza una tímida sonrisa en tanto Gloria la toma del brazo y la lleva hacia el centro del salón para presentarla a los artistas que ya se encuentran ubicados en torno a la tarima central, constituida por algunos bloques de madera donde se sienta o recuesta el modelo. Mientras la anfitriona hace las presentaciones, Carla mantiene la cabeza baja, haciendo una tenue reverencia ocular ante cada nombre en los labios de Gloria. -“Abril…Donato…Edgardo…Zulema y Renzo” –Concluye mientras le alcanza a Carla una bata diciéndole:-“Toma, quítate toda la ropa tras ese biombo, y ponte esto”. Ella toma el quimono, y se dirige a cambiarse con el paso inseguro que la describe y da un rápido vistazo al grupo un poco antes de ocultarse tras la mampara. Su blusa… sus polleras… sus medias, aparecen una a una colgadas del bastidor hasta que Carla asoma remisamente vestida con la túnica, hasta que Gloria decide ir en socorro a llevarla hasta el tablado e inducirla a sentarse sobre el armazón de madera, ahora cubierto con un paño color ciruela. -“Veo que es tu primera vez”-Le dice a lo que ella responde con un leve movimiento de cabeza. –“Te sugiero que dejes caer la túnica cuando estés lista y solo sé tu misma…”-continúa diciendo:-“Esto no es una sesión de fotografía, aquí tenemos otros tiempos, y tu eres quien decide cómo son…puedes estar sentada…recostada…caminar o bailar…estar callada o hablar, si así lo deseas, y ellos sacarán lo que necesitan de ti para su obra”. Ahora, Gloria percibe en el rostro de Carla un poco más de soltura, y es cuando suavemente la mira a los ojos, y tiernamente le retira la bata de los hombros, dejando ver parte de su busto mientras le dice;-“Tu eres la dueña de tu belleza, y solo a ti te corresponde decidir cuándo es el momento de compartirla…” y se aleja despacio caminando hacia atrás como admirando su cuerpo, y para no romper el encantamiento. La luz baja cálidamente desde la claraboya sobre los hombros de Clara y ella siente que ha cedido un primer paso hacia lo desconocido que ya no podrá desandar. Su cuerpo empequeñecido aún más por su vergüenza, parece recibir mucha más luz que el resto de los presentes, de tal modo que ella se siente encandilada y desamparada ante el reflector de las miradas ajenas, indefensa y frágil, aunque curiosa y atrevida por primera vez. Abril, que se encuentra frente a ella, empieza a bocetar su cabeza y ella siente cómo sus ojos intentan penetrar en su mente, lo que seguramente no logrará en esta instancia por su renuencia a ser descubierta; no obstante, realiza algunos cuantos óvalos concéntricos, como para establecer un límite entre el papel y el grafito; luego hace lo propio con sus ojos pero le resultan impenetrables, y decide continuar hacia abajo, con su boca, el cuello, sus hombros… Clara percibe esto siguiendo la trayectoria del lápiz, y luego de un instante…ella suelta su túnica dejando todo su pecho al descubierto. Abril acaricia su busto con el grafito esfumando con sus dedos su voluptuosidad, haciendo que Carla desvíe la mirada hacia otro lugar, donde se encuentra Donato, que en ese momento está dándole forma a sus pechos con un trozo de carboncillo sobre un lienzo. Ella nota que sus pezones se resisten a su voluntad y cobran vida propia, por lo que decide pararse abruptamente, y en ese mismo instante, todo su físico yergue desnudo bajo la espléndida luz del cielo, que la encandila con su gloria. Levanta su mano hasta su cabeza para intentar cubrir el resplandor y por fin descubre que su cuerpo se ha desprendido de su sombra, aunque aún no le pertenece. Gira sobre sí misma para buscar a los otros artistas y en cada movimiento, descubre cómo su sombra proyectada dibuja su esbeltez con el color de su deseo pintado en la cara. Poco a poco la vida le vuelve a su rostro y ese chispear en sus ojos le indican que ya es tiempo, y decide caminar entre los atriles, para observarse desde afuera de su propio ser, desde la vista de todos ellos. Que Abril haya podido completar su mirada le indica que al fin fue liberada y su cuerpo todo, está dispuesto a permitirle entrar y bailar juntos hasta que la luz se extingue. Carla baja las escaleras ataviada de nuevo con su blusa y su falda grises, pero el color en sus pómulos y la soltura de su andar, nos muestra que ella ha abandonado su sombra, y ahora viaja en su cuerpo, adelante y recostada en sus pechos, a cielo abierto y con el viento jugando en su pelo. Se detiene en aquella tienda y mira de frente al vestido azul en el maniquí del escaparate, descubre a la vendedora con su vista y se dirige a ella con la decisión que la acompañará siempre, tomada de la mano.