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Corazón de Guerrero

Por Nancy Sáez

Hay historias que no se encuentran escritas en los grandes libros, pero no por ello dejan de ser menos sustanciosas.

La historia oficial narra procesos históricos, económicos y sociales, habla de revoluciones y batallas. Sin embargo, la otra historia también está presente. Es la historia de personas anónimas, que se escribe con hechos cotidianos, las propias experiencias o los valiosos recuerdos de los abuelos.

No es común incorporar estas microhistorias personales a la historia con mayúscula de las escuelas. Solo en las últimas décadas esta situación ha ido cambiando y se rescatan del olvido muchas tradiciones que hasta ahora se transmitían en forma oral.

Esta publicación intenta volver la mirada atrás y reconstruir dentro de nuestra historia nacional, un aspecto fundamental de la identidad: el de los inmigrantes vascos que poblaron el país y que integrando sus costumbres, dieron origen a esta multifacetica argentina.

Algunas familias vascas llegaban deseosas de tener acceso a la tierra, trabajar y regresar a su país en pocos años. Otras adoptaron su segundo país como propio, se establecieron, formaron familia y jamás regresaron o sólo lo hicieron de visita.

El inmigrante vasco aportó a la argentina, un bagaje importante de valores y costumbres propios de su cultura. Trajo el amor a la tierra y el apego a la propiedad, nuevas prácticas en el trabajo e ideas renovadoras. Quienes llegaban a “hacerse la américa” eran personas con una alta dosis de coraje y un espíritu emprendedor.

Se comprende así la saga de sus vidas. El pasado que les tocó vivir y el salto casi al vacío de su viaje. Conocer estos hechos, sus luchas, sus aspiraciones y su vida permite a sus descendientes acercarse y comprender sus orígenes.

Este trabajo aspira a reivindicar, no solo las historias de vida de algunos vascos en la ciudad de Comodoro Rivadavia, sino también a resaltar esos ideales de firmeza y valentía frente a las adversidades que les tocó vivir en este duro y árido suelo sureño.

CORAZÓN DE GUERRERO

Antonio Baztán es un luchador nato. Aunque nació en Barcelona, se identifica con la sangre vasca que heredó de su padre, Dn Santiago Baztán Basterra. Su espíritu no admite concesiones. Hace honor a todas las características que identifican a su pueblo: trabajador, tozudo, voluntarioso, emprendedor y de espíritu noble.

“Yo soy un tipo muy complicado. A mi me gusta que las cosas se hagan bien” -afirma mientras mira a su interlocutor directamente a los ojos en posición firme.
Esa actitud le ha valido muchas veces que en el círculo de las colectividades comodorense lo rotulen como “de línea dura” y es que, Antonio Baztán es implacable en sus decisiones. Sobre todo en lo referente a los cuidados de su familia y la Asociación Vasca que hoy lidera.
Las experiencias y el tiempo han moldeado su carácter. Su vida no ha sido fácil en estas tierras tan lejanas a la de sus sueños. Ha peleado la vida con las armas que heredó de su Cáseda añorada (Navarra)- ciudad en la que se crió desde los tres meses de vida- al cuidado de su madre y abuelos paternos porque su padre estaba en la guerra.
Según explica, la decisión de emigrar de su país se debió a tres circunstancias:
el franquismo, las deidades que ofrecía la propaganda de los agentes de emigración en el pueblo y la posibilidad de obtener un trabajo por medio de un primo lejano de su padre, radicado en Pico Salamanca.
En el año 1955 tenías que venir con trabajo si o sí, de lo contrario no se podía entrar al país” confirma Don Antonio, mientras con sinceridad absoluta comenta “eso no era real, era una trampa solamente. Pero había que cumplirla”.


Y es que en esa década, las puertas de entrada a la Argentina se estaban restringiendo, contrariamente a la política migratoria establecida a partir de 1853 y reafirmada en 1876 durante el Gobierno de Nicolás Avellaneda donde las leyes fomentaban la inmigración al país.

“El viaje fue maravilloso. ¡Fue lo más maravilloso que me pasó en la vida!” comenta emocionado. Y una luz intensa en sus ojos deja entrever que está navegando nuevamente las aguas del Atlántico con sus jóvenes 16 años.


“Vivimos quince días viajando en el barco Cabo de Hornos. Salimos de Barcelona, pasamos por Sevilla donde el barco tenía que cargar aceituna para los Estados Unidos, luego fuimos a Canarias, a Tenerife y llegamos a Río de Janeiro donde se intercambiaron las aceitunas por bananas que venían para la Argentina.”
Expectante, como reviviendo esos recuerdos que tan bien le hacen, ríe. Con sonrisa tierna, casi infantil, pero no llora. No se permite llorar. Aunque ambas sensaciones florecen en su ser, casi sin pedir permiso.



“Mira te voy a contar – me explica- arriba del barco teníamos cine y baile. ¡La pasamos muy bien!. Era estar así todo el día ¡lo pasamos espectacular!. Nos reíamos mucho. También observábamos a un grupo de árabes. ¡Ellos adoran al sol!. Cada nuevo día, iban a cubierta para la salida del sol y se arrodillaban, se tiraban… y nosotros ¡no entendíamos nada!. Decíamos.. ¡¡estos están locos!! Y todos los días, hasta llegar acá era así.”
Nada se escapa de sus recuerdos, ni horarios, ni puertos, ni pueblos “bajamos en Buenos Aires. Paramos en el Hotel EUSKALDUNA, que queda cerca de la estación Retiro –referencia- y viajamos luego de dos días a San Antonio Oeste en tren. Finalmente llegamos en transportes Patagónicos hasta Comodoro Rivadavia, donde nos establecimos”


- ¿Duele mucho el desarraigo? Pregunto.


La historia de uno, su país y los afectos no se olvidan. Es algo que te queda adentro. Es como un árbol que lo transplantas de grande…da frutos, si. Pero no, no es lo que debiera dar, ni brinda lo que debiera brindar.



Un puente al infinito

Sus ojos se impregnan de nostalgia. Nostalgia por el país donde vivió desde pequeño hasta los inicios de su juventud. “A los 16 años uno tiene amigos, y quiere hacer las cosas que se hacen a los 20. Uno se siente grande” .

Sus pensamientos vuelven a experimentar el dolor de quien deja todo lo que tiene, para saltar a lo desconocido, al vacío de un viaje que parece sin retorno. “Me hubiera podido quedar allá con mi tío –dice- pero esas cosas…”
La descripción es muy fuerte y las palabras huyen por un momento de sus labios, impronunciables. “La verdad es que yo no podía dejarlos solos. Ellos venían para acá con la familia. Y yo veía a mi padre muy indefenso, es como que la guerra lo había resentido un poco y quien sabe si hubieran logrado algo o subsistido, la realidad es esa. Por eso me vine, por ellos.”.

Una vez establecidos en Comodoro Rivadavia Antonio Baztán reconoce haber estado dos meses sin trabajo, y lo dice con admiración “¡dos meses!” como insinuando demasiado tiempo.
Contrariando la realidad de estos tiempos argentinos donde conseguir trabajo a los dos meses, es casi una cuestión de suerte. “Mi padre consiguió trabajo en un almacén de ramos generales, Se llamaba Argensud, pero el sueldo de comercio era muy poco, asi que yo también salí a trabajar. Si bien tenía conocimientos de tornería, no encontré trabajo en esa especialidad, sino en un taller ubicado en el Barrio Industrial. Hacía horas extras como loco para ayudar a construir la casa de los viejos. ¡Me pasaba todo el día metido en el taller!” .

Quizá por su condición de hijo primogénito, Antonio siempre sintió la necesidad de hacerse cargo de la familia, incluyendo a sus propios padres, a quienes recuerda con profundo cariño, respeto y objetividad. Pero su corazón regresaba año tras año y día tras día a la patria de sus amores.

“Durante muchos años he tenido el anhelo de regresar a mi tierra. Fui el primero de la familia en acercarme a la Asociación Euskal Etchea. Necesitaba un contacto con otros vascos para calmar las añoranzas internas que son muy fuertes. En 1955 me acerqué a una cena por la festividad de San Ignacio de Loyola y en 1956 comencé a participar activamente. Integré el primer cuerpo de baile. En esos tiempos todos éramos de allá”.

“Un árbol transplantado de grande da frutos, pero no los que tendría que dar” repite Antonio queriendo evocar el dolor del desarraigo. Por ello, cada minuto, cada día que pasaba, cada festividad, o tardes de cielo azul, despertaban en él las ansias de retorno. Y cambiaba por un instante su vida, devolviéndolo al pasado como un duro rebote de pelota. Entonces la imagen de sus padres, su trabajo y hasta su vida misma se desvanecían. La realidad se apartaba por un momento de su mente, mientras se esfumaba de sus pupilas del mar embravecido que baña las costas sureñas.


Cada domingo, Antonio iba al puerto a mirar el horizonte. A tratar de flanquear esa distancia abismal que lo separaba de sus raices. “Para calmar las añoranzas internas, los domingos íbamos al puerto. Ahí donde estaba la grúa antes, íbamos con el Sr. Calzada, que era otro de los jóvenes que estaban en el cuerpo de baile. Nos sentábamos en las piedras y construíamos un puente imaginario que llegaba hasta España.” “¡Qué ilusos éramos…Por Dios!” Se reprocha retrotrayéndose a la realidad, sin embargo en la intención de describir lo que en aquellos años sentía continúa “Hacíamos cuentas de los días que nos llevaría llegar hasta allá y también de las ovejas que deberíamos llevar para ir comiendo por el viaje. A veces, hasta nos imaginábamos que llegábamos. Pensábamos lo que haríamos una vez allá y ¡hasta nos lo creíamos!. Después, a las 9 pm nos íbamos al cine, y… así cada domingo”.

Con innegable acento castizo dice que jamás expondría a sus hijos al desarraigo “¡Es muy duro vivir en otra tierra!. Si yo luego no volví fue sólo por mis hijos. Porque me ponía a pensar, si éstos van a tener que sufrir lo que sufrí yo ¡no! No sé si se compensa el sacrificio. Yo no podía decidir por ellos. Es algo muy personal porque puedes estar muy mal en tu país; te pueden perseguir mucho; pero a la vuelta de los años, y esto lo hemos conversado con mi padre, no se si compensa el sacrificio. Porque allá se dejó mucho, y se abandonó todo para venir… y ¡no es así la cosa!. Con otra mentalidad tal vez si, pero con la mentalidad que tenemos nosotros no.”

Al hablar de mentalidad, Baztán, habla de valores. Los valores que heredó de su padre, la honestidad, honradez, el sacrificio y el trabajo.
“En el pueblo de donde venimos se decía que venir a América era venir a juntar dinero con las dos manos. Y no era así la cosa. Tal vez sería eso para otro tipo de gente (deshonesta), pero no para gente como nosotros. Pero estoy igualmente orgulloso de mi padre, porque yo hoy puedo caminar por la calle con la frente bien en alto, porque mi padre no le robó a nadie” enfatiza, mostrando su verdadera herencia. Tesoros que en el mercado no se cotizan.

Calmar añoranzas internas

Antonio Baztán nació un 02 de febrero de 1939 y participa en la Asociación “Euskal Etchea” desde hace cuarenta y siete años. Se integró a la institución como colaborador activo en 1956, luego de asistir a la Cena de San Ignacio de Loyola en 1955, el mismo año de su llegada a la argentina.

“Cuando yo era joven criticaba mucho a los de acá” indica señalando las sillas vacías de la mesa del directorio. “Y ahora yo estoy acá, pero lamentablemente no veo que los jóvenes tengan tanto interés como en ese entonces. Nosotros los jóvenes queríamos hacer cosas, buscábamos ayudar, exigíamos a los mayores”.

Y la historia avala sus palabras, no solo colaboraba activamente en actividades relacionadas con la Institución o las cenas aniversario sino que integró el PRIMER CUERPO DE BAILES de la Asociación y comenzó a participar del directorio a partir de 1960.

Desde hace 3 años es el presidente de la Asociación Euskal Echea de Comodoro Rivadavia e inevitablemente pasa muchas horas del día realizando actividades de la institución junto a su esposa Dora Huiche de Baztán, argentina de ascendencia vasca por vía materna.
Cuando Antonio habla de su esposa, el gesto adusto y firme de su rostro se desvanece dejando entrever cierta fascinación por las virtudes de su mujer. “La veía muy dulce, muy tierna…¡pero vaya si tenía su carácter también! De novios me fui unos días a Chile, de paseo, y volví tranquilo como si nada pasara. Yo estaba en falta, pero quería estar normal y cuando aparece ella y me avisan que viene…Yo me acomodo para recibirla como si nada ¡¡y me recibieron en el aire!! Y ahí también estaba la abuela de ella ¡ y se reía la abuelita!” ríe, retomando aquella sonrisa que quedó plasmada en el tiempo de los recuerdos. Antonio y Dora se casaron en 1970 y tuvieron cuatro hijos: Ignacio, Agustín, Pablo y Palmira.

- ¿porqué es necesario seguir apuntalando a la Institución?


Porque sino se pierde todo y es una picardía. No nos olvidemos que el origen de esta institución fue la de contener a la gente, porque habían muchos emigrantes vascos en aquel tiempo. Hoy es necesario que siga en pie para mantener esas raíces.

- ¿Qué es ser vasco? ¿cuales son las características de los vascos?
Es independiente del lugar de nacimiento. Se puede ser vasco por ser nacido en el país vasco o puedes ser vasco sin haber nacido allí. Lo importante es sentirse vasco por los hechos, por las acciones o por estar criado por padre o madre vasca. No hace falta estar nacido en Euskadi para sentirse vasco. El asunto es defender los principios del vasco por sobre todas las cosas.
El pueblo vasco es gente de mucho trabajo y tesón. Nunca escatima esfuerzo para nada, es más, no mide el esfuerzo. Para el vasco no existe el esfuerzo, existe el hacer.

Y esa es la vida del vasco tipo, al menos ha sido la de Antonio. Otrora, construyendo la casa de sus padres y hoy defendiendo, como el más osado de los guerreros, uno de los bastiones vascos en el Sur argentino: La Euskal Echea. Institución que durante gran parte de su vida supo contener esas añoranzas que lo invadieron y que aún atacan su sueño…porque él, ha sido un roble transplantado de grande.

Si como cronista, debiera sintetizar su espíritu, ésta sería la frase que elegiría para ilustrar su temple…y su vida: “Me quitarán las manos, pero con el alma, defenderé la casa de mi padre”.