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La chica del dragón tatuado (2012): David Fincher recrea a la heroína del punk urgente y sacude un poco la mugre de la Suecia aristocrática

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Imaginátelo. Allá por 2001, mientras por estas latitudes las cosas se prendían fuego, en las noches heladas de Estocolmo un periodista mata el insomnio escribiendo un extenso thriller policial, oscuro y efectivo, que se convierte en un éxito mundial al que él no asiste: se muere de un paro cardíaco sin ver su obra publicada. El boom de ventas apura a la maquinaria cinematográfica nórdica que despacha tres películas muy desparejas, que derrapan bajo la línea de lo pochocleable, pero sin embargo dejan una primera parte realmente buena. Recomendable. Y de golpe, sigamos imaginando un ratito más, en tu escritorio de Columbia Pictures te cae la responsabilidad de rehacer las películas sabiendo que les esperan taquillas gordas y miradas despiadadas. Entonces te preguntás: ¿cómo se encará una remake así?, ¿cómo desmarcarte del best seller literario y evadirte de aquella primera parte hecha en origen? Tirarle la responsabilidad a un tipo como David Fincher es una buena idea.

El jueves llegó a los cines “La chica del dragón tatuado” (2012), la remake made in Hollywood de “Los hombres que no amaban a las mujeres” (2009), la primera de las tres películas filmadas en base a las kilométricas novelas de la saga Millennium del sueco Stieg Larsson. Después de ver ambas versiones cinematográficas, se puede hablar de similitudes, diferencias, mejoras o desaciertos, pero cuesta entender para qué le cambiaron el título.

Dijimos ya que el capitán de la tarea reversionista es David Fincher, considerado uno de los realizadores en actividad más interesantes de los últimos años. El director de Red Social y Zodíaco resolvió el asunto de un modo convencional e hizo un recorte del libro original muy similar al que filmó el danés Niels Arden Oplev en 2009. Las diferencias hay que buscarlas en la mirada que vuelca Fincher sobre los protagonistas, en cómo decide cerrar la historia y también en cierto rescate del espíritu crítico con el que Larsson retrataba la mugre bajo la alfombra de la aristocracia sueca.

La chica del tatuaje del dragón relata la investigación del periodista Mikael Blomkvist (Daniel Craig) sobre la desaparición de una adolescente de la familia Vanger dentro de una exclusiva isla que sólo es habitada por sus parientes. Blomkvist viene de perder un juicio por calumnias con un magnate de la mafia, y decide aceptar el caso Vanger (al que es convocado por un patriarca de la familia) para alejarse e Estocolmo y descomprimir la presión sobre la revista Millennium, en la que publicó el artículo polémico. En el helado invierno de Hedestad, Blomkvist encara lo que parece un trabajo de escritorio (revisar archivos y fotos viejas hasta descular cómo la joven Harriet desapareció sin dejar rastros hace ¡¡40 años!!), aunque obviamente el entramado familiar de los Vanger va a hacer la cosa mucho más misteriosa, atractiva y peligrosa.

Nada de todo esto tendría sentido si no irrumpiese Lisbeth Salander, la heroína en estado de punk urgente que a los 23 años acumula más padecimientos que muchos en una vida entera, aunque ella (y la trama, claro) prefiera no hablar del macabro pasado que aún la aqueja. En parte, porque lo que le sucede durante la película basta para demostrar lo que es su vida (incluyendo una secuencia explícita de violación) y porque aún quedan dos partes más por delante en las que todo se irá develando. Lisbeth trabaja como investigadora privada (ilegal en las formas y en sus métodos) cuando es convocada por los Vanger para hacer un informe sobre Blomkvist. Luego el periodista tendrá acceso a este material y la buscará para que lo ayude a descular el misterio de Harriet.

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En comparación con la película de 2009, Fincher sólo modificó algunas secuencias (amplió el vínculo de Lisbeth con su primer tutor, recortó toda referencia a su madre, y le dió mayor protagonismo a la hija adolescente de Blomkvist), cambió el final (haciendo que la peli resulte algo extensa) y acomodó algunos detalles para darle más solidez al thriller, a riesgo de resignar la sórdida atmósfera sueca que en el filme de Niels Arden Oplev se respiraba. Cal y arena del oficio de hacer remakes.

La mano del director se evidencia mejor en los personajes centrales. Su mayor logro es haber rescatado la coloratura de Blomkvist, al que (como lo habíamos anticipado) Daniel Craig le saca mucho más provecho que el anodino Michael Nyqvist, aún cuando tampoco se trate de una actuación descollante.

Lo de Lisbeth Salander era el gran desafío de la remake, y Rooney Mara lo resuelve bien: su criatura está a la altura de la que había compuesto Noomi Rapace y si leyeron los anteriores post sobre la saga original saben que es mucho decir. El tema es que Fincher elige abrirle un poco el caparazón y volverla una chica más sensible que puede, por ejemplo, pedirle a Blomkvist que le acaricie la espalda mientras hablan de trabajo. El vínculo entre los dos personajes es mucho más explícito, y ella termina mostrando las hilachas de una chica enamorada. La concepción que hace Fincher no es mala, aunque pisa el pasto respecto de la imagen que uno trae en la retina del personaje. A veces los directores se autoimponen la necesidad de “transformación” del personaje, cuando en todo Millennium Lisbeth lucha por cambiar el enviciado entorno que pretende controlarla, cuando no someterla.

Es probable que quienes no hayan visto las películas originales (posiblemente, una buena porción del público al que apunta la remake) queden satisfechos con esta Lisbeth. Yo prefiero la anterior. Lo escribo, y a la vez pienso que el resultado de la versión Fincher no está nada mal. Es que las aristas de un personaje tan rico y complejo, capaz que ponerse al hombro los baches de la historia original, y con el que se me hace cada vez más difícil ser objetivo, supera todas las adversidades. Dentro y fuera de la pantalla.

Por Demian Doyle

Arbol genealógico: “La chica del dragón tatuado” es la remake de “Los hombres que no amaban a las mujeres”. La trilogía de Larsson se completa con “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”. Las versiones originales de la primera y segunda parte se entrenaron en Argentina en 201o. La tercera nunca llegó a los cines.

La frase: Fincher desliza algunos trazos de la crítica a la sociedad sueca que hizo Larsson en sus libros. Durante el filme Blomkvist se entrevista con uno de los Vanger, un viejo facho que vive solo en una mansión tapiada de fotos personales con oficiales del nazismo. El viejo se queja de que ya nadie lo visita, y Blomkvist le retruca que pruebe cambiando la decoración. El tipo le dice que eso sería “hacer lo mismo que hacen ellos, esconder su pasado”. “¿Habla de su familia?”, pregunta Blomkvist. “Hablo de Suecia”, remata el viejo.

¿La misma piedra? Buena parte del desbarranco de la versión sueca de la trilogía se debió al cambio de director. En este caso, aún no está confirmado que Fincher siga al mando de la historia ni hay fecha de realización para las dos próximas partes. De seguir el bueno de David, el resultado final, casi con seguridad, superará a la original.

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Sin límites (2011): un thriller que aborda el poder como una vorágine lisérgica

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El poder nubla. Marea. Es adictivo. Alieniza. Todo eso que se dice y se cree saber no responde una cuestión de fondo: ¿Cuánto puede modificar las fronteras de una personalidad la obtención súbita de un poder ilimitado?

Esos confines hipotéticos y sus acciones sobre la condición humana son los tópicos que aborda el atractivo thriller Sin límites (2011), la nueva película de Neil Burger, el director que tiene como mejor antecedente El Ilusionista.

Eddie Morra (Bradley Cooper) es un escritor neoyorquino sumergido en el mal de la página en blanco, una piltrafa falta de inspiración que intenta arrancar con un libro por el que ya cobró un adelanto que se le está agotando. No pega dos frases seguidas, no logra concentrarse, no termina de definir la idea que quiere volcar, no respeta ninguna metodología. Esta fuera de foco y artísticamente vacío.

Eddie exterioriza esa búsqueda irresoluta y sale a tomar algo (pongamosle, a las 11 de la mañana) y algo alcoholizado se topa con un ex cuñado y ¿ex? dealer que le ofrece una pastilla mágica (la droga sintética NZT). Su efecto optimiza el funcionamiento del cerebro que normalmente usamos al 20%. El resultado obvio es que Eddie se vuelve super productivo, escribe en una noche 90 páginas que le vuelan la cabeza a su editora, descubre nuevas habilidades culturales y financieras y vuelve a buscar más. Pero…

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El cuñado de Eddie es asesinado y nuestro hombre hambriento de éxito se encuentra de golpe con una bolsa repleta de pastillistas trasparentes que son magia pura, pero que son codiciadas por unos cuántos (que serán más violentos y mafiosos con el correr de los minutos).

No hay una oda a la lisergia ni un mensaje moralizante que prime en Sin límites. El filme expone ventajas y efectos colaterales (y mortales) del consumo de la nueva droga. Lo que sobresale es una historia interesante y de gran tratamiento visual, con recursos temporales de cámara y edición que aceleran, entran y salen de las acciones generando instancias de vértigo lisérgico. En medio de la acción, se dispara el dilema de la codicia: cómo controlar el poder cuando se lo tiene y cómo dejarlo cuandose vuelve destructivo.

En algún momento, Eddie tendrá en sus manos la solución. Una persona a la que él conoce (y a la que supo desear) le explica que la salida es posible. Este personaje proyecta la imagen inicial de Eddie: un ser venido a menos, envejecido y descuidado, con conflictos cotidianos y pleno control de sus procesos químicos, pero relegado de la ruleta del éxito. Eso es lo que pasa al dejar la pastilla: se vuelve a ser una individuo ordinario, con los vestigios de la vorágine vivida. El camino que Eddie elija seguir, bueno, será lo que nos lleve a un desenlace que es el costado más flaco de este thriller que atrapa y al que vale la pena darle una oportunidad.

Por Demian Doyle

Un rato De Niro: el viejo Robert tiene un papel de reparto, corporizando a un poderoso empresario que  juega un alter ego: un tipo exitoso tan o más codicioso como Eddie, pero que se hizo de abajo.

Arbol genealógico: la película tiene reminiscencias a El Origen, obvias coincidencias con El Ilusionista, algunos pasajes  de Crank y también ciertos recursos visuales y tono lisérgico que me recordó a la insufrible Enter the void, pero en una versión light.

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Invasión a la privacidad (2011): un thriller previsible para que Swank se desnude un rato en cámara

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Ocho estrenos hubo jueves pasado (15/9) y en H:T! la pifiamos y fuimos a ver la peor opción. Invasión a la privacidad (2011) es un thriller que supone una reedición de una infinidad de películas que contaron de un modo más atractivo la historia de la chica bonita y solitaria y el perverso vouyerista que la acosa. Porque cuando Juliet (Hillary Swank) consigue alquilar un loft muy muy muy barato (380 dólares para un piso en Brooklyn con buena vista en un edificio antiguo) y conoce al propietario, que le resulta muy muy muy atractivo (algo que ella y sus amigas dicen de un modo explícito, como casi todo lo que se dice en la película), uno sabe que algo anda mal. El hombre es Max (Jeffrey Dean Morgan, de excesivo parecido con Javier Bardem), un tipo muy muy muy amable (ok, se entendió) que de entrada la escucha fraternalmente y hasta empieza a conquistarla, pero al rato vamos a descubrir que detrás de esa fachada y de las paredes del departamento se esconden demasiadas cosas. Como thriller, Invasión a la privacidad es un laberinto sin trampas, que uno transita sabiendo dónde va a terminar. Los personajes secundarios son casi tan flojos como los protagonistas, resueltos de un modo tan lineal y literal que exprimen cualquier cuota de misterio. Hay dos elogios que cosechó la película en la crítica: que propone un tipo de terror que no cae en las torturas pornográficas que hoy destiñen el género, y el aporte del inoxidable Christopher Lee en un pequeño papel que resuelve a los 89 años con el oficio maestro de la gestualidad y que linkea con el historia de películas de género de la productora Hammer. Todo lo demás es tan obvio, como que Swank necesitaba este papel para desnudarse un poco y mostrar que no sólo puede componer boxitracios, sino que además es una mujer atractiva. En resumen, Invasión a la privacidad tiene un desarrollo soporífero que precede a unos 20 minutos finales que, sí, tiene todos los recursos que el género demanda. No amerita más que una miradita en DVD, y tal vez ni siquiera valga tanto. En su primer fin de semana ocupó 35 salas pero no superó los 12 mil espectadores. Sería bueno ver porqué una pelicula así consigue tanto espacio, cuando tantos otras luchan sin éxito por conseguir al menos una semanita en cartel.

Por Demian Doyle

El día del juicio final (2010): debate sobre las acciones inconcebibles, las manos que ejercen la tortura y los ojos cobardes que miran hacia otro lado

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Segundo post consecutivo sobre la tortura en el cine. No hay intención serial, sino pura casualidad y capricho de la cartelera. 

No vamos a descubrir nosotros, ni va a hacerlo el cine, que los ejércitos occidentales de la “pacificación global” recurren sistemáticamente a la tortura. Esta obviedad se vuelve un tema urgente cada vez que aparecen esas fotos de soldados triunfales ufanándose de prisioneros denigrados, y luego vuelve a su estado latente, cuando la aberración se consuma, pero no hay un oportunista con una cámara a mano. El día del juicio final (el título es un verdadero exabrupto cuando la peli se llama ”Unthinkable”, algo así como “inconcebible”) pretende reavivar el debate. Y lo hace de un modo interesante, aunque con una explicitud tal vez innecesaria. Ya nos detendremos en eso, pero antes pongámonos en tema.

Todo comienza con un primer plano de Steven Arthur Younger (Michael Sheen, clap clap), un estadounidense de mediana edad convertido al islamismo, que se está filmando para difundir un mensaje: ha instalado en tres bombas nucleares en los Estados Unidos que estallarán en cinco días si no atienden sus exigencias. Esas demandas, explica, se especificarán luego.

Del otro lado, la agente Helen Brody (Carrie-Anne Moss) dirige una unidad antiterrorista que hace tiempo no consigue resultados en su búsqueda de células dormidas. La amenaza de Yusuf Mohamed Atta (el nombre con que se rebautiza Younger) le estalla en la cara: es convocada a un búnker confidencial donde deberá comandar el rastreo de las bombas. Allí se pondrá a disposición o a la par (en estas películas el orden de mando siempre es borroso o está en disputa) de los jefes militares y políticos a cargo de la operación. En medio de esto, se topa con H (Samuel L. Jackson), un misterioso hombre al que había detenido días atrás por presuntos vínculos con el terrorismo. Error: el tipo es el especialista en torturas que el gobierno de los Estados Unidos convoca cuando no se puede fallar.

Si esto fuese la serie 24, la búsqueda de las bombas nos tendría en vilo un día. Pero aquí será sólo un resorte de la trama. Nadie pierde de vista la posibilidad de que millones mueran en cuestión de segundos, de hecho es un disparador que se repite con diferentes intenciones dramáticas y argumentales. Pero la película se irá cerrando sobre el microclima del búnker. ¿Qué hay allí más importante que tres bombas nucleares en cuenta regresiva? Yusuf. Sí, a cuatro días de que los explosivos se activen el tipo se deja atrapar. Sepan eso, la peli después les dirá el resto. También sepan que es un ex soldado yanqui entrenado para soportar toda clase de martirio. Ecuación: el tipo no se quiebra y el tiempo corre.

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Como les decía, El día del juicio final descarga lo más jugoso de su trama en el gimnasio militar donde funciona la sala de tortura. A medida que pasan las horas, más sufre Yusuf y con él, también padecemos nosotros como espectadores. Si son impresionables, sepan que la cámara no parpadea ante tajos, mutilaciones, submarinos secos y otros momentos de tensión extrema que no adelantaremos porque son parte constitutiva del desenlace. Es probable que la película hubiese caído en un sofismo inconsistente si no exponía ante los ojos del espectador eso de lo que habla. De todos modos, me queda la duda de si era necesario tanto detalle.

El filme no pretende elaborar una crítica cerrada sobre el uso de la tortura y sus (¿posibles?’) justificaciones, aunque su sólo rodaje implique un cuestionamiento. Con una estructura por momentos teatral, cada personaje expresará una voz, una mirada o una postura sobre el tema. Algunos elaborarán verdaderos discursos, otros simplemente cuestionarán o dejarán asentada su postura como quien sólo consigna algo para poder dormir tranquilo. Esas argumentaciones, las actitudes y los modos son mucho más ricos que la mayoría de los personajes. A excepción de la agente Brody y H, el resto son seres unidimensionales, y no escapan al molde del militar o el político de reparto que quieren solucionar el conflicto de cualquier modo sin hacerse cargo del costo. Son funcionales, serviles, útiles. A la trama.

En el afiche de promoción se lo ve a Samuel Jackson de espaldas, camino a una ciudad donde algo estalló. Así como H se carga sobre los hombros el trabajo sucio, Jackson se pone la película a babucha y sostiene con su solvencia la complejidad de un personaje que a medida que se abre se vuelve más dificil de encasillar. Porque asume su rol de torturador con licencia, pero que a su vez desafía a su entorno. H se rie de esos milicos que son torpes hasta para ejercer el maltrato, ningunea a los políticos que ponen gestos adustos mientras recurren al eufemismo más cobarde para exigirle que siga torturando, y se acerca a la agente Brody, que personifica la entereza y el sentido común, para ponerla a prueba, pero también para que sea su fiscal. Ese tipo, que parece un pastor evangélico hasta que descarga toda su saña sin tabúes, nos hace dudar sobre lo que al principio resulta obvio: si disfruta o al menos está convencido de lo que hace. Lo inconcebible es todo aquello que H irá haciendo si Yusuf no confiesa. Con el correr del tiempo, sugiere la película, el que tortura ya no es realmente H. Detrás está la inmensa carga de prejuicios, miedos, estupidez, cobardía, maldad, sadismo y xenofobia de una sociedad que mira hacia otro lado mientras le dice: hacé lo que debas hacer. Si (sí) él es un hijo de puta, califiquen Uds a quienes le dan de comer.

Por Demian Doyle

No te quedes con la espina: esta película es una buena opción para reconciliarse con el director Gregor Jordan si te comiste el bodrio de Ned Kelly.

Trailer:

  

Los hombres que no amaban a las mujeres (2009): la fortuna favorece a los valientes



“Los hombres que…”
era un ejemplo de esas joyas que no tienen la suerte de llegar a nuestras salas de cines, pero que aguardan pacientemente en las bateas no hollywoodenses del videoclub amigo, para recompensar a aquellos audaces que se animen a bucear fuera de lo obvio. Lo era, hasta que el éxito mundial de la novela original le permitió llegar (tarde) a la cartelera comercial.

Basada en la primera entrega de la serie de best sellers escritos por el escandinavo Stieg Larsson, “Los hombres que…” es un thriller muy bien compuesto, con una alta dosis de suspenso, que da el puntapié inicial a la trilogía “Millenium”, que se completará con “La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, ambas a estrenarse en un futuro incierto.

En este primer acto tenemos el placer de conocer a Mikael Blomkvist, un periodista de investigación sueco que, al caer en desgracia tras perder un juicio por difamación, es contratado por un empresario multimillonario para que investigue la desaparición de su sobrina, hecho ocurrido hace más de 40 años. En el camino, Blomkvist se cruzará con la inesperada ayuda de una joven hacker llamada Lisbeth, un personaje atrapante que lentamente se irá adueñando del protagonismo del film.

A partir de allí, a medida que nuestros protagonistas avanzan en su investigación, la peli comienza a adquirir progresivamente un curso más dramático y atrayente, que la distingue de las convencionalidades del género, mientras aprovecha para pasear la historia por denuncias sociales pasadas y presentes. Este combo permite que los 148 minutos de duración fluyan sin obstáculos, y por más que la trama nos lleve a toparnos de frente con situación extremas, hay un sentido de la realidad muy bien planteado durante toda la película, que se desarrolla con la maestría propia de quien sabe lo que está haciendo.

Dicho esto, no sorprenderá a nadie si cierro este comentario con la recomendación de ver “Los hombres que…”, pero sería una lástima no hacerlo: es un film que vale la pena, tanto por las cualidades propias como por todo lo bueno que se insinúa para las próximas entregas.

Nicolás Doyle

Mirala si te gustó: Los ríos color púrpura o El nombre de la rosa .
Si te gustó, mirá: las próximas dos entregas de la saga, que ya están filmadas aunque aún no tienen fecha de estreno en la Argentina.

Rescate del Metro 123 (2009): que lindo trencito que tengo yo…

Dos buenos personajes. Dos buenas actuaciones. Motivaciones suficientes. Un conflicto que progresivamente va atrapando nuestro interés. Alta calidad de filmación y buenos recursos de técnicos. ¿Hace falta un milagro para que una pelicula no satisfaga con todo esto? Parafraseando al viejo John McClane, si me piden un milagro, yo les presento a Rescate del metro 123 (2009).

Justo cuando uno está enganchado con el desarrollo de este buen thriller, el yanquigate destiñe la trama. La peli arranca bien y se va poniendo cada vez más interesante a medida que el conflicto central crece y vamos descubriendo la complejidad de los dos personajes principales. Después, todo cae de golpe en lugares comunes que, como espectador, ya me asquearon. Dependerá del estómago de cada uno cuántas banderitas estadounideses se está dispuesto a ver o cuántas ganas quedan de engancharse con historias que siempre desembocan en la metáfora de que todo buen hombre, por pequeño que sea, puede ser un héroe alguna vez. Y, claro, salvar a Nueva York.

Dicho esto, les cuento que como producto cinematográfico Rescate del Metro 123 (The taking of Pelham 123) es una buena película, interesante por momentos, que tiene como desencadenante la toma de rehenes en un tren neoyorquino. Ryder (John Travolta) es el líder de un grupo comando que toma el tren, desengancha los vagones delanteros y se lanza a los túneles de la ciudad. Lleva unos 20 rehenes, distribuidos según la ley de la empatía pretendida con el espectador: hay madres, niños, negros, latinos y jóvenes internautas.

Una vez que Ryder tiene dominado el tren, toma contacto con la central de tránsito donde es atendido por Walter Garber (Denzel Washington), un ex maquinista que supo tener una carrera ascendente hacia cargos gerenciales, hasta que un día es acusado de meter la mano en la lata y relegado a tareas operativas. Allí debe cargar su cruz hasta tanto su caso sea resuelto. Esa tareas operativas son las que lo llevan a estar atendiendo el teléfono cuando Ryder llama.

Cuando los dos personajes entran en contacto, lo verdaderamente interesante de la película comienza. El duelo dialéctico deambula entre la tensión (Ryder pide 10 millones de dólares para no empezar a matar rehenes y no tendrá problemas en mostrar que habla en serio cuando habla de matar), la chicana (Ryder descubre la mancha en el legajo de Garber y empieza a pincharlo) y una incipiente empatía, que roza la charla amistosa. Dos buenos actores a jugar buenos papeles. Ambos están resueltos con solidez, y a mi gusto lo de Travolta está un escalón más arriba.

Todo esto pasa hasta que el virus USA invade la trama. A partir de ahí, la pereza de ideas de los guionistas y la propaganda berreta deterioran profundamente todo lo que, como thriller, Rescate del metro 123 había sabido construir.

Por Demian Doyle
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Memento (2000): venganza en presente continuo

La alteración del tiempo es un recurso recurrente en el cine y sobran ejemplos de cómo una historia puede reestructurarse para ganar interés, engañar al espectador o esconder aquello que aún no conviene que se sepa. Aunque resulte obvio, si algo puede desarrollarse es porque el tiempo corre. Sobre esta base, y con un guión de orfebrería, Memento sorprende por la originalidad de su estructura narrativa, que ordena las secuencias en sentido inverso desde el final hasta el comienzo. La película, dirigida por Christopher Nolan, no tiene una gran historia y desnuda algunas contradicciones cuando uno vuelve a verla sin la sorpresa de la primera vez. Pero su singular atractivo la vuelve inoxidable y el desafío asumido no está sólo en desordenar el curso de las cosas sino que a la vez, mientras las hechos se desencadenan, la mente de su protagonista permanece detenida en el tiempo.

El personaje protagónico es Leonard Shelby (Guy Pearce), un investigador de seguros que sufre un daño cerebral que le impide crear nuevos recuerdos. Como un remolino, los hechos entran a su mente, se mantienen unas horas o minutos y luego se desvanecen. Este mal fue desencadenado por un golpe que recibe al descubrir que su mujer está siendo violada en su propia casa. Las imágenes de esta noche vuelven a su mente por fragmentos, y a partir de estos recuerdos (los últimos que logra retener) intenta reconstruir lo que pasó a aquella noche. La mente de Leonard queda anclada en este episodio, sin registrar hechos posteriores ni saber cuánto tiempo ha transcurrido. El único motor de sus días será la búsqueda de venganza.

La construcción de toda la película unirá cada escena con otra que transcurre cronológicamente antes. Por momentos es posible caer en cierta confusión pero ese es un riesgo al que somete el genial montaje de Nolan. Hay un objetivo premeditado en esta narrativa y es que uno, como espectador, siga la historia desde la perspectiva del protagonista. Si Leonard enfrenta cada situación sin el background de su vida reciente, nosotros también. Es por eso que aquellas cosas que el ojo de la cámara nos muestra como importantes, no serán otras que las que el mismo Leonard considera importantes. Y que para no olvidarlas, las registrará sistemáticamente en fotos, anotaciones y hasta tatuajes.


Mientras la estructura se eslabona de esta manera, el interés se sostiene sobre el conflicto interno de Leonard, protagonista excluyente, quien elabora su venganza como forma de sacar a su vida del sinsentido en el que se está hundida. La gente que conoce serán extraños al día siguiente; las situaciones que vive sólo quedarán en sus anotaciones y, principalmente, su dolor nunca podrá sanar mientras el tiempo no corra para su mente. Si es cierto que el tiempo cierra las heridas, Leonard vive su venganza en presente continuo, como si cada mañana despertase al día siguiente de la muerte de su esposa.

La idea de manipulación hace de sostén del thriller y condimenta la historia. Ante cada anotación, Leonard elige qué hechos formarán parte de su pasado y cuáles dejará en el olvido. Y cada interpretación será luego una verdad irrefutable. En este punto entra en juego la historia de Sammy Jarkis, un contador que sufrió un tipo similar de amnesia y al que Leonard le negó el pago de su póliza de seguros. Sobre esta figura Leonard proyecta sus acciones y su metodología. Pero la historia no se cierra sobre la posible automanipulación sino que abre el juego a otros dos personajes: Teddy, un policía de civil que lo acompaña en su búsqueda, y Natalie (Carrie-Anne Moss), novia de un traficante con el que Leonard y Teddy tendrán asuntos por resolver. Cuánto habrá de engaño dentro del triángulo es la incógnita que estará abierta durante toda la trama y la ambigüedad de las situaciones y los personajes sumarán interés. Al llegar el final, que será el comienzo, las verdades y mentiras quedarán frente a nuestros ojos y ya todo tendrá otro sentido. Hay algunas grietas por las que se podrán filtran incoherencias y eso termina por quitarle envergadura a la imagen restrospectiva de Memento. Pero nada de eso empaña la intensidad con la que la película atrapa al espectador en un extraordinario laberinto de incertidumbres.

Por Demian Doyle



Si te gustó mirá: Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (gran película).

Traidor (2009): reflejos de un espejo intencionado

No voy a descubrir nada diciendo que el 11-S fue para la industria cinematográfica de los Estados Unidos una usina imparable de títulos que primero buscaron descubrir al “enemigo” y luego se abocaron a construirle una imagen a medida. Tampoco voy a ser original diciendo que la imposición de un enemigo con la triple I (insaciable, inescrupuloso e irracional) es un caballito de batalla de los gobiernos norteamericanos. O que también, la política del miedo necesita que ese enemigo sea tangible para que el miedo no se expanda al exceso del caos. Todo este repaso de obviedades desemboca en Traidor (2009), una película que no me pareció particularmente buena pero tampoco tan reprochable como otras de su estirpe, aunque su engañosa pretensión de thriller inteligente no escapa de los vicios propagandísticos de esta generación de cine. Incluso, de algún modo, quizás los potencie.

Uno de los puntos más interesantes de la película es el rescate del juego de doble agente, tan típico del cine de la guerra fría, que aquí se aggiorna e incorpora una serie de matices que serán el principal sostén del suspenso. La trama se basa en el personaje de Samir Horn (Don Cheadle), un hombre de raza negra y mediana edad, nacido en Sudán pero peregrino de diversos lugares del mundo. El tipo es agente de la CIA y cuando lo conocemos le está vendiendo armas a un grupo mulsulmán. Todo termina en una redada y tras ella, Samir se suma a los planes terroristas que apuntan directamente (¿a dónde si no?) a tierra estadounidense. El personaje y la trama alimentan simultáneamente su complejidad: Samir tiene una profunda religiosidad, pero entiende que el camino de la violencia es equivocado; y a su vez mantiene sus lazos directos con el gobierno de los Estados Unidos.

Sin cuadrar en el molde de entretenimiento, y lejos de ser una película para recomendar, la propuesta de thriller de Traidor no defrauda porque, como dijimos antes, uno puede sostener hasta el final las dudas sobre para qué lado está jugando Samir. Por fuera de esto, el personaje pierde objetividad en su construcción y termina tambaleando a lo Frankestein, como un espejo que no nos muestra su naturaleza, sino la conversión que otros quisieran ver en él.

Por Demiam Doyle


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El secreto de sus ojos (2009): Campanella y su página mejor

La primera frase de este post tendrá sentido mientras El secreto de sus ojos (2009) siga en cartel: vale la pena pagar una entrada para ver la nueva película de Campanella. Más allá del cortoplacismo, la idea vale más como concepto que como recomendación. A no confundir con aquella máxima de “es una película para ver en el cine”, porque eso la pondría en el mismo lugar que algún tanque hollywoodense plagado de efectos. Lo que tiene El secreto de sus ojos es una buena historia, que además está contada con sobriedad y que, como producto de Campanella, escapa al registro cotidiano e impregnado de sentimientos que mostró el director en las anteriores “El hijo de la novia” y “Luna de Avellaneda”. En este caso el guión tiene algo de policial y bastante de thriller, un tono oscuro y por momentos crudo, toques de comedia y romance, y por sobre todo un poker de buenos personajes y mejores actuaciones.

En la trama hay girones de la oscuridad de nuestro pasado cercano, en los días previos a la caída de Isabel y la formación de la Triple A, también están los vicios actuales y vitalicios de nuestra justicia, y no faltan aquellos personajes típicos de la fauna urbana porteña, como el borracho de cantina. Pero todo forma una historia que, cargada de esos localismos, se expande hacia una cosmovisión de Justicia que resulta tan universal como lo son la impotencia ante la impunidad y el deseo de venganza que puede germinar dentro de cualquier víctima.

Benjamín Espósito (Ricardo Darín) es un perito judicial recién jubilado que decide dedicar sus días a un viejo sueño: escribir una novela. Como un Capote vernáculo, con menos capacidad literaria y mejores intenciones de hacer algo por las personas reales que serán personajes de su historia, utilizará su propia experiencia para ficcionar un caso real: la violación y muerte de una joven, a la que él había investigado a mediados de los 70’s.

Campanella es pura muñeca para jugar con el ida y vuelta en el tiempo de un modo minimalista (no pone una sola placa ni aclara fechas), y de a poco nos va dejando ver aquellas cosas que servirán para construir la trama. Va intercalando la historia actual con los días de la investigación y por eso mejor será no contar mucho del caso, porque a medida que la película corre uno querrá ir sabiendo qué pasa con la vida de Espósito hoy, qué pasó con la investigación y en qué quedaron los demás personajes. Todo eso se irá develando a cuentagotas y así el pasado y el presente potencian mutuamente su interés.

La principal interacción (en presente y pasado) de Espósito será con Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil), secretaria del juzgado en el que trabajaba Benjamín en los 70’s y jueza en el tiempo actual. Espósito se acerca a Irene con el propósito de recordar cuestiones de la causa y buscar los hilos sueltos que le permitan terminar de entender lo que pasó y poder hoy cerrar la historia. Detrás de esto, hay un amor pendiente, platónico, bien alimentado y nunca consumado. Me gustaría extenderme en el desarrollo de los personajes secundarios, pero no quiero adelantar cuestiones de la historia que yo agradezco no haber sabido de antemano. Simplemente, Pablo Rago encarna a un muy buen Morales, ex marido de la mujer asesinada, y Guillermo Francella se pone al hombro al compañero de juzgado de Espósito, un tipo de apellido Sandoval que es alcoholico social, en uno de los personajes por los que Francella algún día va a agradecer haber sido actor. Excelente.

En los papeles centrales de la historia, hay un impecable laburo de Villamil y con Darín uno comete la injusticia de dar por sentado que labura bien. Pero vale destacar que desde la solidez de su actuación, y del personaje central que construye, pueden lucirse la historia, la muñeca del director y todo lo que aportan el resto de los personajes. Que todo eso que lo rodea, además, tenga méritos propios para lucirse explicar porqué este post empieza como empieza.

 

Por Demian Doyle



Al Oscar: “El secreto…” fue nominada como mejor película extranjera para los premios Oscar, que se entregarán el 7 de marzo. En la mismo rubro, también fueron nominadas la peruana La teta asustada, la película Ajami, la francesa Un profeta y la alemana The White Ribbon.

 

Para no perderse: la escena de persecución filmada en al cancha de Huracán es de colección. Comienza con una picada aérea que baja hasta la tribuna y persigue a los personajes en lo que, en apariencia y sólo en apariencia, es una sola toma.

Trailer: