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Bastardos sin gloria (2009): Tarantino y la era de la madurez

Quentin Tarantino es, sin dudas, una de las personas más interesantes del cine industrial actual. Sus películas (casi todas ellas) son una muestra de lo que se puede lograr cuando se combina un talento a prueba de balas, un gran conocimiento de la historia del cine y la emoción de trabajar en la disciplina que se ama.

Sin embargo, a pesar de que el talento de Quentin sea tan grande como incuestionable, hay que reconocer que por momentos sus películas anteriores daban la sensación de estar viendo a un niño con sobredosis de azúcar corriendo suelto por una juguetería: el tipo simplemente no podía contenerse. Sus films (soñados, pensados y escritos por él mismo) le ofrecían tantas posibilidades que le resultaba imposible no dar rienda suelta a sus caprichos de cinéfilo empedernido.

Bueno señores, el niño ha crecido.

“Bastardos sin gloria” es la obra más madura de toda la filmografía Tarantinezca. Una película dura y sarcástica, pero que fluye como el agua, de la mano de diálogos que están a la altura de los decálogos del séptimo arte. Basta apenas con ver la maestría con la que Tarantino plantea la secuencia inicial para darse cuenta del criterio que el perón de Tennessee ha alcanzado como escritor y director… por primera vez, Quentin trabaja en función de la historia, y no de sus fanatismos.

Esta madurez permite a Tarantino incursionar en uno de los períodos más sangrientos de la Historia sin exagerar en las aplicaciones de violencia explícita. Quentin se controla y, en contra de todos los pronósticos, evita bañar la pantalla de sangre innecesariamente, utilizando la violencia como un recurso más, administrado en dosis justas que asestan golpes de efecto letales en los momentos indicados.

Y si en su faceta de director QT alcanzó su mejor producción, el Tarantino escritor tampoco se queda atrás y se despacha con el mejor personaje de su carrera, el implacable Coronel Hans Landa, un oficial nazi conocido como “el cazador de judíos”. Aquí la ecuación es simple y simétrica: Quentin fue extremadamente generoso con Landa a la hora de escribir, dotándolo de un abanico interminable de recursos, y Landa (compuesto maravillosamente por el ignoto austríaco Christoph Waltz) le devuelve el favor elevando la película en cada una de sus apariciones.

Con todo esto, Tarantino alcanza en “Bastardos sin gloria”, su obra consagratoria. Todas las muestras de talento desatado e incansable que había entregado anteriormente se reúnen en un film ajustadísimo, que no flaquea por ningún costado.

Secuencia final. Brad Pitt mira a cámara, sonríe y sentencia las últimas palabras del film:“esta es mi obra maestra”.

Tenés razón, Quentin.

Por Nicolás Doyle

The Reader (2009): de amores, doble moral y genocidas

¿Te acordás qué películas estuvieron peleando este año por el Oscar? ¿O para qué habían sido nominadas? Con un atraso excesivo, ahora que las estatuillas entregadas están juntando polvo, el 7 de mayo llegó a la Argentina la única candidata a mejor película que no había pasado por nuestros cines: The Reader (en inglés, porque se estrenó con su título original).

Podríamos decir que la película se encolumna entre aquellas que desde hace unos años se proponen mostrar el costado humano detrás del nazismo. Y cuando hablamos de costado humano, se trata de llevar al monstruo a su dimensión más atomizada: la de las personas, los individuos que lo hicieron posible. Así el foco está puesto no sólo en personajes relevantes, sino también sobre los hombres y mujeres que formaron parte del engranaje genocida comandado por Hittler.

En el plano argumental, esta perspectiva desemboca siempre en algún conflicto de tipo moral, porque los nazis ya no son seres unidimensionales, recios y con la chapa de asesinos en sus uniformes militares (o sea, los estereotipos de la clásica “Donde las águilas se atreven“, entre otra infinidad de títulos), sino que vemos otros costados, en los que se vuelcan los sentimientos, las sensaciones, la naturaleza de sus convicciones y, por poco que pueda importar, sus signos de arrepentimiento. Esta construcción de personajes, al usar elementos típicos de identificación, termina parada sobre la peligrosa cornisa de la empatía.

En el caso de The Reader, cuya trama se desarrolla en Berlin en días de la posguerra, los conflictos están cargados sobre las espaldas de Michael Berg, un joven de 15 años que vive un apasionado romance con una mujer, Hanna Schmitz, de 30. Lejos de ser encuentros fugaces, lo de Michael y Hanna se vuelve una rutina diaria con las reglas que ella impone: cada día él le debe leer en voz alta alguna historia (grandes clásicos como La Odisea o un capítulo de las aventuras de Tin Tin) y como contrapartida ella atiende su tórrido despertar sexual. Pero Hanna un día desaparece y Michael no vuelve a tener noticias de ella hasta que, años después y ya como universario, descubre que Hanna fue responsable (técnicamente, colaboracionista) de una innumerable cantidad de crímenes en Auschwitz. El conflicto interno de Michael, entre aquel amor que nunca superó y esta verdad que ahora lo conmueve, entra en combustión cuando descubre que algo que sabe podría salvar a Hanna de ser condenada. La ambigüedad entra entonces en escena y domina el tono general de la película, confrontando los conceptos de justicia legal y moral.

Si Ralph Fiennes y David Kross se lucen en el personaje de Michael (uno como adulto y otro como adolescente), lo de Kate Winslet es ciertamente consagratorio y no porque lo diga la Academia. La actriz se entrega por completo a un personaje que le impone exigencias físicas (desnudos constantes al comienzo, y un envejecimiento progresivo al correr la cinta) y se mueve con solvencia dentro de las múltiples facetas que amerita el personaje. Winslet compone una Hanna de la que un adolescente podría caer perdidamente enamorado y también, un ser enceguecido capaz de aplicar su obediencia al plan más atroz. Y todo resulta creible. La secuencia de su declaración ante el Tribunal de Crímenes de Guerra es lo mejor de la película: Hanna declara con naturalidad y obstinación, admitiendo todo lo que ha hecho, y en la genuina simpleza de sus argumentos quedan plasmadas todas las ideas que encierra The Reader. No vamos a explicarlo, para no revelar elementos clave de la trama, pero quien la haya visto podrá entender las segundas intenciones (non sanctas) que se le pueden achacar al guión, aunque también es cierto que hay escenas posteriores que cierran la idea hacia otro lado. Y si no hubiesen estado esas escenas, cualquier inteligencia media sin adoctrinamiento fascista podría haber hecho el trabajo solita.

No creo que con el tiempo recordemos a The Reader como una gran película, tal vez ni siquiera la recordemos (como sí merecería ser recordada su contemporánea Slumdog Millonaire). Pero en el promedio es una buena obra: la historia atrapa, está contada con corrección, hay momentos de muy buena fotografía y detrás de su historia se abre un interesante y complejo debate sobre el revisionismo que propone el cine actual respecto del Holocausto.

Por Demian Doyle

Si te gustó, mirá:
Los Falsificadores y El Pianista.

Curiosidad: Kate Winslet no sólo estuvo nominada al Oscar por su personaje de Hanna sino que también obtuvo un globo de oro… pero como actriz de reparto. ¿Habrán visto la peli antes de nominar?

Trailer:

Los Falsificadores (2007): A imprimir que se acaba la guerra

De la mano de un elenco técnico y actoral casi ignoto por estas tierras, pero con el atractivo tándem “historia-de-campo-de-concentración/película-ganadora-del-Oscar” como principales credenciales, Los Falsificadores se convirtió en una de las primeras películas austríacas de la década en proyectarse dentro del circuito local de cine comercial, presentando en su momento (junio de 2008) una opción válida frente a su contemporánea Meteoro .

Y si bien es cierto que no paran de salir películas sobre la Segunda Guerra Mundial , y más cierto aún es que dichas pelis no paran de levantar premio en cuanto festival haya dando vueltas por ahí, también es cierto que “Los Falsificadores” tiene méritos propios, y que vale la pena verla.

¿Y por qué vale la pena? En principio, porque es una película radicalmente distinta a aquellas que el subgénero bélico mencionado suele ofrecer. Esto se debe esencialmente a la labor del director austríaco Stefan Ruzowitzky, quien a pesar de entregarnos un film crudo y comprometido, logra atrapar hábilmente al espectador sin la necesidad de recurrir a los golpes bajos y situaciones extremas típicas de una época histórica que, a esta altura, ya parece cinematográficamente inagotable.

En “Los Falsificadores”, el relato transcurre en el campo de concentración de Sachenhausen, donde un grupo de prisioneros judíos es reclutado a la fuerza por el nazismo para llevar adelante la operación de falsificación de billetes más grande de la historia. En torno a ello, Ruzowitzky construye un film inquietante, que no pone el foco en las atrocidades de la guerra ni en el espíritu de resistencia de los héroes de antaño (aquí nadie rescata al soldado Ryan), sino que apunta a debatir con el espectador sobre las distintas vetas morales que presenta la historia.

¿Quién es el héroe y quién el villano aquí? Bueno, eso queda a criterio de cada uno. El director, en una decisión tan amable como original, pasea el relato por las posiciones encontradas de sus protagonistas de manera casi imparcial, guardando su opinión personal hasta el desenlace del film, sin forzar un consenso.

Al final, dependerá de cada uno coincidir o no, tanto con su mirada como con la película en sí.

Por Nicolás Doyle


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Operación Valquiria (2009), la conspiración de los micrófonos

Para inaugurar nuestra sección de Rarezas y Curiosidades, me gustaría hablar de una experiencia personal, que viví algunas semanas atrás estando en Córdoba de vacaciones. Fui al cine a ver Operación Valquiria (2009), la última película de Tom Cruise, basada en la vida del coronel del ejercito nazi Claus von Stauffenberg, quien comandó una infructuosa conspiración contra Hittler. La peli no esta nada mal, aunque hay algo que atenta contra su verosimilitud (y ya estoy pasando por alto a los nazis anglosajonizados): la invasión de micrófonos en pantalla.

Parece mentira en una producción de esta talla, en la que se presupone un minucioso cuidado en los detalles, pero para mi sorpresa los micrófonos son como moscas que en demasiadas escenas persiguen a los personajes por encima de sus cabezas. Ok, entiendo que es una estupidez y que uno va al cine a ver otra cosa. Ahora… cuando la película avanza y ya hubo 10 micrófonos en la parte superior de la pantalla y resulta ser que el siguiente aparece como un vouyer indiscreto en el encuentro del Führer con el personaje de Cruise (en una escena clave para el desarrollo de la trama), se hace difícil mantener la atención en lo central de la película. Tanto que en mi caso, mal pensado por naturaleza, ya no me planteaba qué hubiera sido de la historia si la conspiración triunfaba o cuánto hay de ruin y cobarde en quienes ciñen sus decisiones a la ceguera de la obediencia debida; muy lejos de esto, me encontré sospechando si había caido sin previo aviso a la exhibición de una copia pirata en pantalla grande (por cierto, hasta no corroborar con una versión final en dvd voy a seguir dudando…). La realidad es que desde entonces busqué en Internet, en comentarios y críticas, y son pocas las menciones del tema.

Por lo demás, salvando los micrófonos, Operación Valquiria pone el foco en el frente interno del ejercito nazi, desarrollado la historia de uno de los más conocidos atentados que se perpetraron contra Hittler. La película logra despertar interés a pesar de Cruise, quien se pierde en su búsqueda de lucimiento y termina desaprovechando un personaje que pedía una construcción más compleja y menos industrial. No digo que esté abiertamente mal (la crítica alemana lo destrozó), pero por momentos el cientológico Tom parece tamizar el heroismo de su personaje por la matriz de Top Gun. Y eso destiñe. Si la película finalmente funciona es por el peso de los personajes secundarios, que escriben una subtrama en la que los hombres comunes eligen sostener el nazismo, por cobardía, convicción o estupidez, y así acorazan a un loco peligroso y lo convierten en un hijo de puta poderoso.

Por Demian Doyle


Base histórica: el atentado sobre el que está basado la película es uno de los hechos que sin dudas podrían haber cambiado la historia del siglo XX. Si querés saber más, lo mejor es un buen libro de historia, pero mientras tanto podés pegarte una vuelta por Wikipedia.

Si querés ver qué onda: podés mirar online los primeros seis minutos de la película en el sitio de Apple, o dale play a la pantalla de abajo.