Imaginátelo. Allá por 2001, mientras por estas latitudes las cosas se prendían fuego, en las noches heladas de Estocolmo un periodista mata el insomnio escribiendo un extenso thriller policial, oscuro y efectivo, que se convierte en un éxito mundial al que él no asiste: se muere de un paro cardíaco sin ver su obra publicada. El boom de ventas apura a la maquinaria cinematográfica nórdica que despacha tres películas muy desparejas, que derrapan bajo la línea de lo pochocleable, pero sin embargo dejan una primera parte realmente buena. Recomendable. Y de golpe, sigamos imaginando un ratito más, en tu escritorio de Columbia Pictures te cae la responsabilidad de rehacer las películas sabiendo que les esperan taquillas gordas y miradas despiadadas. Entonces te preguntás: ¿cómo se encará una remake así?, ¿cómo desmarcarte del best seller literario y evadirte de aquella primera parte hecha en origen? Tirarle la responsabilidad a un tipo como David Fincher es una buena idea.
El jueves llegó a los cines “La chica del dragón tatuado” (2012), la remake made in Hollywood de “Los hombres que no amaban a las mujeres” (2009), la primera de las tres películas filmadas en base a las kilométricas novelas de la saga Millennium del sueco Stieg Larsson. Después de ver ambas versiones cinematográficas, se puede hablar de similitudes, diferencias, mejoras o desaciertos, pero cuesta entender para qué le cambiaron el título.
Dijimos ya que el capitán de la tarea reversionista es David Fincher, considerado uno de los realizadores en actividad más interesantes de los últimos años. El director de Red Social y Zodíaco resolvió el asunto de un modo convencional e hizo un recorte del libro original muy similar al que filmó el danés Niels Arden Oplev en 2009. Las diferencias hay que buscarlas en la mirada que vuelca Fincher sobre los protagonistas, en cómo decide cerrar la historia y también en cierto rescate del espíritu crítico con el que Larsson retrataba la mugre bajo la alfombra de la aristocracia sueca.
La chica del tatuaje del dragón relata la investigación del periodista Mikael Blomkvist (Daniel Craig) sobre la desaparición de una adolescente de la familia Vanger dentro de una exclusiva isla que sólo es habitada por sus parientes. Blomkvist viene de perder un juicio por calumnias con un magnate de la mafia, y decide aceptar el caso Vanger (al que es convocado por un patriarca de la familia) para alejarse e Estocolmo y descomprimir la presión sobre la revista Millennium, en la que publicó el artículo polémico. En el helado invierno de Hedestad, Blomkvist encara lo que parece un trabajo de escritorio (revisar archivos y fotos viejas hasta descular cómo la joven Harriet desapareció sin dejar rastros hace ¡¡40 años!!), aunque obviamente el entramado familiar de los Vanger va a hacer la cosa mucho más misteriosa, atractiva y peligrosa.
Nada de todo esto tendría sentido si no irrumpiese Lisbeth Salander, la heroína en estado de punk urgente que a los 23 años acumula más padecimientos que muchos en una vida entera, aunque ella (y la trama, claro) prefiera no hablar del macabro pasado que aún la aqueja. En parte, porque lo que le sucede durante la película basta para demostrar lo que es su vida (incluyendo una secuencia explícita de violación) y porque aún quedan dos partes más por delante en las que todo se irá develando. Lisbeth trabaja como investigadora privada (ilegal en las formas y en sus métodos) cuando es convocada por los Vanger para hacer un informe sobre Blomkvist. Luego el periodista tendrá acceso a este material y la buscará para que lo ayude a descular el misterio de Harriet.
En comparación con la película de 2009, Fincher sólo modificó algunas secuencias (amplió el vínculo de Lisbeth con su primer tutor, recortó toda referencia a su madre, y le dió mayor protagonismo a la hija adolescente de Blomkvist), cambió el final (haciendo que la peli resulte algo extensa) y acomodó algunos detalles para darle más solidez al thriller, a riesgo de resignar la sórdida atmósfera sueca que en el filme de Niels Arden Oplev se respiraba. Cal y arena del oficio de hacer remakes.
La mano del director se evidencia mejor en los personajes centrales. Su mayor logro es haber rescatado la coloratura de Blomkvist, al que (como lo habíamos anticipado) Daniel Craig le saca mucho más provecho que el anodino Michael Nyqvist, aún cuando tampoco se trate de una actuación descollante.
Lo de Lisbeth Salander era el gran desafío de la remake, y Rooney Mara lo resuelve bien: su criatura está a la altura de la que había compuesto Noomi Rapace y si leyeron los anteriores post sobre la saga original saben que es mucho decir. El tema es que Fincher elige abrirle un poco el caparazón y volverla una chica más sensible que puede, por ejemplo, pedirle a Blomkvist que le acaricie la espalda mientras hablan de trabajo. El vínculo entre los dos personajes es mucho más explícito, y ella termina mostrando las hilachas de una chica enamorada. La concepción que hace Fincher no es mala, aunque pisa el pasto respecto de la imagen que uno trae en la retina del personaje. A veces los directores se autoimponen la necesidad de “transformación” del personaje, cuando en todo Millennium Lisbeth lucha por cambiar el enviciado entorno que pretende controlarla, cuando no someterla.
Es probable que quienes no hayan visto las películas originales (posiblemente, una buena porción del público al que apunta la remake) queden satisfechos con esta Lisbeth. Yo prefiero la anterior. Lo escribo, y a la vez pienso que el resultado de la versión Fincher no está nada mal. Es que las aristas de un personaje tan rico y complejo, capaz que ponerse al hombro los baches de la historia original, y con el que se me hace cada vez más difícil ser objetivo, supera todas las adversidades. Dentro y fuera de la pantalla.
La frase: Fincher desliza algunos trazos de la crítica a la sociedad sueca que hizo Larsson en sus libros. Durante el filme Blomkvist se entrevista con uno de los Vanger, un viejo facho que vive solo en una mansión tapiada de fotos personales con oficiales del nazismo. El viejo se queja de que ya nadie lo visita, y Blomkvist le retruca que pruebe cambiando la decoración. El tipo le dice que eso sería “hacer lo mismo que hacen ellos, esconder su pasado”. “¿Habla de su familia?”, pregunta Blomkvist. “Hablo de Suecia”, remata el viejo.
¿La misma piedra? Buena parte del desbarranco de la versión sueca de la trilogía se debió al cambio de director. En este caso, aún no está confirmado que Fincher siga al mando de la historia ni hay fecha de realización para las dos próximas partes. De seguir el bueno de David, el resultado final, casi con seguridad, superará a la original.
El poder nubla. Marea. Es adictivo. Alieniza. Todo eso que se dice y se cree saber no responde una cuestión de fondo: ¿Cuánto puede modificar las fronteras de una personalidad la obtención súbita de un poder ilimitado?
Esos confines hipotéticos y sus acciones sobre la condición humana son los tópicos que aborda el atractivo thriller Sin límites (2011), la nueva película de Neil Burger, el director que tiene como mejor antecedente El Ilusionista.
Eddie Morra (Bradley Cooper) es un escritor neoyorquino sumergido en el mal de la página en blanco, una piltrafa falta de inspiración que intenta arrancar con un libro por el que ya cobró un adelanto que se le está agotando. No pega dos frases seguidas, no logra concentrarse, no termina de definir la idea que quiere volcar, no respeta ninguna metodología. Esta fuera de foco y artísticamente vacío.
Eddie exterioriza esa búsqueda irresoluta y sale a tomar algo (pongamosle, a las 11 de la mañana) y algo alcoholizado se topa con un ex cuñado y ¿ex? dealer que le ofrece una pastilla mágica (la droga sintética NZT). Su efecto optimiza el funcionamiento del cerebro que normalmente usamos al 20%. El resultado obvio es que Eddie se vuelve super productivo, escribe en una noche 90 páginas que le vuelan la cabeza a su editora, descubre nuevas habilidades culturales y financieras y vuelve a buscar más. Pero…
El cuñado de Eddie es asesinado y nuestro hombre hambriento de éxito se encuentra de golpe con una bolsa repleta de pastillistas trasparentes que son magia pura, pero que son codiciadas por unos cuántos (que serán más violentos y mafiosos con el correr de los minutos).
No hay una oda a la lisergia ni un mensaje moralizante que prime en Sin límites. El filme expone ventajas y efectos colaterales (y mortales) del consumo de la nueva droga. Lo que sobresale es una historia interesante y de gran tratamiento visual, con recursos temporales de cámara y edición que aceleran, entran y salen de las acciones generando instancias de vértigo lisérgico. En medio de la acción, se dispara el dilema de la codicia: cómo controlar el poder cuando se lo tiene y cómo dejarlo cuandose vuelve destructivo.
En algún momento, Eddie tendrá en sus manos la solución. Una persona a la que él conoce (y a la que supo desear) le explica que la salida es posible. Este personaje proyecta la imagen inicial de Eddie: un ser venido a menos, envejecido y descuidado, con conflictos cotidianos y pleno control de sus procesos químicos, pero relegado de la ruleta del éxito. Eso es lo que pasa al dejar la pastilla: se vuelve a ser una individuo ordinario, con los vestigios de la vorágine vivida. El camino que Eddie elija seguir, bueno, será lo que nos lleve a un desenlace que es el costado más flaco de este thriller que atrapa y al que vale la pena darle una oportunidad.
Por Demian Doyle
Un rato De Niro: el viejo Robert tiene un papel de reparto, corporizando a un poderoso empresario que juega un alter ego: un tipo exitoso tan o más codicioso como Eddie, pero que se hizo de abajo.
Arbol genealógico: la película tiene reminiscencias a El Origen, obvias coincidencias con El Ilusionista, algunos pasajes de Crank y también ciertos recursos visuales y tono lisérgico que me recordó a la insufrible Enter the void, pero en una versión light.
Ocho estrenos hubo jueves pasado (15/9) y en H:T! la pifiamos y fuimos a ver la peor opción. Invasión a la privacidad (2011) es un thriller que supone una reedición de una infinidad de películas que contaron de un modo más atractivo la historia de la chica bonita y solitaria y el perverso vouyerista que la acosa. Porque cuando Juliet (Hillary Swank) consigue alquilar un loft muy muy muy barato (380 dólares para un piso en Brooklyn con buena vista en un edificio antiguo) y conoce al propietario, que le resulta muy muy muy atractivo (algo que ella y sus amigas dicen de un modo explícito, como casi todo lo que se dice en la película), uno sabe que algo anda mal. El hombre es Max (Jeffrey Dean Morgan, de excesivo parecido con Javier Bardem), un tipo muy muy muy amable (ok, se entendió) que de entrada la escucha fraternalmente y hasta empieza a conquistarla, pero al rato vamos a descubrir que detrás de esa fachada y de las paredes del departamento se esconden demasiadas cosas. Como thriller, Invasión a la privacidad es un laberinto sin trampas, que uno transita sabiendo dónde va a terminar. Los personajes secundarios son casi tan flojos como los protagonistas, resueltos de un modo tan lineal y literal que exprimen cualquier cuota de misterio. Hay dos elogios que cosechó la película en la crítica: que propone un tipo de terror que no cae en las torturas pornográficas que hoy destiñen el género, y el aporte del inoxidable Christopher Lee en un pequeño papel que resuelve a los 89 años con el oficio maestro de la gestualidad y que linkea con el historia de películas de género de la productora Hammer. Todo lo demás es tan obvio, como que Swank necesitaba este papel para desnudarse un poco y mostrar que no sólo puede componer boxitracios, sino que además es una mujer atractiva. En resumen, Invasión a la privacidad tiene un desarrollo soporífero que precede a unos 20 minutos finales que, sí, tiene todos los recursos que el género demanda. No amerita más que una miradita en DVD, y tal vez ni siquiera valga tanto. En su primer fin de semana ocupó 35 salas pero no superó los 12 mil espectadores. Sería bueno ver porqué una pelicula así consigue tanto espacio, cuando tantos otras luchan sin éxito por conseguir al menos una semanita en cartel.
Tres partes, un comienzo promisorio, el cambio de director, un circuito comercial impredecible en Argentina y una resolución por debajo de las expectativas. Las versiones cinematográficas suecas de la saga Millenium resultan una experiencia atrapante de entrada, pero despareja y finalmente, decepcionante. Dicho esto desde un punto de vista desapasionado y netamente cinéfilo: no leí los policiales originales de Stieg Larsson y desde desconocimiento este post no pretende trazar comparación alguna.
Es sabido que Larsson murió a las 50 años en 2004 sin llegar a ver sus novelas publicadas y que en los últimos años se convirtió en uno de los escritores policiales más vendidos del planeta. Las películas de sus tres libros se estrenaron originalmente en Suecia en febrero, septiembre y noviembre de 2009, en simultáneo con la explosión del furor por las novelas que el periodista sueco escribía como diversión por las noches. La primera parte la dirigió el danés Niels Arden Oplev y es una película recomendable, las dos secuelas estuvieron a cargo del sueco Daniel Alfredson y son dos productos evidentemente inferiores, que se desinflan por culpa sus propias liviandades y terminan resolviedo una historia oscura y de conflictos complejos de un tan simple que adormila el interés logrado.
Tal vez para el público argentino el mayor misterio de la saga escandinava haya sido dónde, cómo y cuándo se iban a poder ver las películas: la primera (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) se estrenó en febrero de 2010 cuando ya se conseguían hacía tiempo copias en DVD, la segunda (“La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”) llegó a los cines pocos meses después aprovechando el éxito de su antecesora y la tercera, la que ahora nos ocupa (”La reina en el palacio de las corrientes de aire”), directamente no pasó por las salas y se editó en DVD en mayo de 2011.
“La reina…” desarrolla el proceso judicial contra la protagonista y alma mater de la saga, Lisbeth Salander, acusada del asesinado de su padre, Alexander Zalachenko, y eso trae consigo la investigación del entramado político detrás de este poderoso y perverso personaje paterno. El periodista Mikael Blomkvist (un poco menos apático que en la 2) sigue detrás del caso y mientras prepara una publicación que denuncia el accionar de una sociedad secreta que operaba con Zalachenko, aporta pruebas para la defensa de Lisbeth.
La película es tan lineal en su relato que cuesta encontrar un atajo para abordarla con una esperanza de suspenso. Lo que sucede resulta demasiado lógico y desprovisto de matices,las resoluciones de los pequeños y grandes conflictos son tan simples que se perciben obvias.
El resultado de este final de trilogía es flojo y destiñe a la totalidad de la historia: es como completar una buena película con dos telefilmes precoces para llegar con la lengua afuera a colarlas en el éxito de la novela original.
A fin de año se estrenará en los Estados Unidos la remake de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, dirigida por David Fincher (”Red social”, “Pecados capitales” y “El club de la pelea”) y con Daniel Craig en el papel de Blomkvist. Viendo los antecedentes, la única que la tiene complicada es Rooney Mara, quien deberá competir con la Lisbeth que Noomi Rapace sostuvo con lucidez durante toda la trilogía. Por lo demás, la remake tiene todo servido para ser mejor.
Hay directores que se toman cinco años para pasar de una peli a la otra. Por esnobismo, obsesión, comodidad, falta de ideas, escasez de presupuesto. Nada de esto explica cómo un tipo salta de un filme como La vida de los otros, sobrevaluado pero bueno al fin, a El Turista, uno de los clavos veraniegos que ahora con su afiche marketinero es un cazabobos en DVD.
Me resulta casi inabordable el análisis de esta anémica película de espías y persecusiones desde su director y guionista, el alemán Florian Henckel von Donnersmarck. Mejor subamos al árbol desde otra rama: Johnny Depp. Uno de esos actores que, con bemoles, garantizan cierta cuota de calidad en sus interpretaciones. Y aunque sus recursos se repitan, el tipo demostró que puede sacar buenos personajes sorteando pelis que no vale la pena ver.
Habrá que buscar en su incipiente papada los motivos de porqué se hizo cargo de este anodino Frank Tupelo. ¿Un pirata en tiempo de aburguesamiento? No, Johnny tampoco sirve.
Definitivamente lo mejor es entrarle a El Turista por el lado de Angelina Jolie. La señora Pitt no es musa de buenas películas. La tentación del primer plano de sus labios XL y sus curvas (lamentablemente) cada vez más anoréxicas condicionan demasiado a los directores, que terminan haciendo siempre “la nueva peli de Angelina”. Una pena. En todo sentido.
El Turista (fíjense lo que la estiré para hablar de la peli en sí) es un thriller malo, aburrido y previsible, en el que Jolie es una agente encubierta (Elise) que se enamoró de un ladrón fugado y muy buscado, al punto de que traiciona a sus jefes para protegerlo. Depp es un turista (Frank) que se cruza en su camino, un profesor de matemáticas que se pega a ella sin medir los riesgos a los que se expone. ¿El romance? Parece más bien una imposición del afiche. En la pantalla, Jolie y Depp no funcionan: son dos seres inífugos.
Si viste la muy mala Sr & Sra. Smith, esta es levemente superior. Si viste la pobre Pecado original, ésta es bastante peor (al menos Angelina y Antonio sí tenían química). Si no viste ninguna de las tres, date por hecho.
Revelación de 2010, poco se sabía de antemano de Enterrado, un proyecto craneado por dos sub40 con escasos antecedentes que, seguramente, hayan visto a Colin Farrel encerrado en una cabina telefónica con un francotirador apuntando a su cabeza (en la entretenida y efímera Enlace Mortal) y se dijeron: “está bien, pero podemos hacerla mejor”. Lo bueno es que lo hicieron. El director español Rodrigo Cortés (38) y el guionista estadounidense Chris Sparling (que con 33 años ganó con esta peli el Goya al mejor guión) plantearon una trama de suspenso, minimalista y original, a la que adobaron con (desparejas) críticas a la política exterior de los Estados Unidos. Se arriesgaron a rodar casi 100 minutos sin colar ni un plano que escape a la situación de un tipo que se despierta y se descubre enterrado en un ataud en algún lugar de Irak. Y metieron un pleno.
Para explicar cómo llega el protagonista hasta allí hay que meterse en el sinuoso terreno de la mal llamada colateralidad. Enterrado define una triángulo argumental con tres vértices engendrados por causa y efecto del 11-s: Paul Conroy, el enterrado, es un camionero que trabaja en una de las empresas contratistas que desde Estados Unidos operan y hacen negocio con la “reconstrucción” de Irak. Paul despierta en el ataud y sólo recuerda que fue emboscado por un grupo de desconocidos. Le dejaron un celular y alguna cosa más que por respeto al orden de la trama mejor no detallar. El teléfono le permite hablar con su captor, un ciudadano iraquí que perdió su empleo y a parte de su familia tras la invasión reconstructora; y también con Dan Brenner, el enviado del gobierno yanqui para lidiar (con pocos resultados) en la situación de los prisioneros estadounidenses. Todo, bajo la premisa que tracciona a todas las películas post 11-s: no se negocia con terroristas. Porque si se pagara la recompensa, claro, no habría película.
El planteo de Cortes & Sparling hace bandas entre el clishé y la incorrección política, con alguna mirada interesante a la máquina burocrática con la que operan las empresas y los gobiernos, y también al cinismo y la perversión con la que se desecha a quienes el sistema considera prescindibles. A Paul, como a otros empleados, como a cualquier soldado, le prometen condiciones de seguridad y cobertura muy lejanas a las reales. Bajo tierra, y con el tiempo en su contra, Paul representa la versión occidental de “los débiles” en el conflicto en medio oriente. La muerte inútil, esa que sucede todos los días aunque Al Jazzera no suba los videos, es la que retrata esta original película que sostiene el suspenso y el interés del espectador hasta el final. Que en realidad en el rincón de los débiles se hable poco inglés, es otro tema. Pero vale la pena verla.
Una vez más, Denzel Washington tiene problemas con un tren. Después de la traumática experiencia a la que lo sometió John Travolta en Rescate del Metro 123, el actor de John Q vuelve a verse enredado en líos ferroviarios, aunque en este caso abandona la cálida comodidad de su oficina para correr detrás de un tren sin conductor que circula a casi 100 km/h, llevando consigo una importante cantidad de material inflamable. En palabras textuales del film, “un misil del tamaño del edificio Chrysler”.
Para ser honestos, Imparable no es un film que proponga nada nuevo. Todo empieza de la mano de una serie de eventos desafortunados que, cual tormenta perfecta, se complementan implacablemente para darle forma a un desastre total en potencia. Del otro lado, dos anti-héroes con claros problemas personales se tienen que encargar de corregir la torpeza de algunos y la negligencia de otros, para poder así evitar que este tren descarriado termine explotando contra una ciudad de casi un millón de habitantes, donde (obviamente) viven sus seres queridos.
Así que ahí van, el propio Washington y un tal Chris Pine (quizás lo conozcan de la última Star Trek, quizás ni lo conozcan), en busca del tren perdido. Y eso es aproximadamente todo lo que Imparable tiene para ofrecer. Como verán, una idea sencilla, pero no por eso menos efectiva.
Y quizás sea justamente en esa simpleza en donde se fortalece la propuesta de Imparable, dado que al no tener una trama secundaria que valga la pena atender, nos permite focalizar toda nuestra atención en la cabina de la locomotora que conduce el bueno de Denzel, siempre creíble, siempre admirable. Aquí no hay trasfondos misteriosos sobre terroristas, traidores a la patria ni infiltrados que intentan sabotear los esfuerzos del héroe. De hecho, lo más parecido a un malo que muestra Imparable es un ejecutivo de la empresa de trenes, cuya codicia lo empujar a actuar priorizando siempre los intereses de la compañía por sobre las vidas humanas en riesgo.
Pero no busquen más abajo, porque eso es lo más profundo que van a llegar. Esta peli cuenta con la elogiable honestidad de no pretender ser más de lo que es: como buen exponente del cine catástrofe, Imparable es un film lineal y directo, con muchísima adrenalina y una velocidad de relato vertiginosa. Ahora que lo pienso, no tan diferente al tren que persigue Denzel.
Vaya ironía.
Nicolás Doyle
Mirala si te gustó: Máxima Velocidad, la película por excelencia en cuestiones de medios de transporte desbocados y explosiones inminentes.
Si te gustó, no dejes de ver: Hombre en Llamas… mismo actor, mismo director, mejor resultado.
Segundo post consecutivo sobre la tortura en el cine. No hay intención serial, sino pura casualidad y capricho de la cartelera.
No vamos a descubrir nosotros, ni va a hacerlo el cine, que los ejércitos occidentales de la “pacificación global” recurren sistemáticamente a la tortura. Esta obviedad se vuelve un tema urgente cada vez que aparecen esas fotos de soldados triunfales ufanándose de prisioneros denigrados, y luego vuelve a su estado latente, cuando la aberración se consuma, pero no hay un oportunista con una cámara a mano. El día del juicio final (el título es un verdadero exabrupto cuando la peli se llama ”Unthinkable”, algo así como “inconcebible”) pretende reavivar el debate. Y lo hace de un modo interesante, aunque con una explicitud tal vez innecesaria. Ya nos detendremos en eso, pero antes pongámonos en tema.
Todo comienza con un primer plano de Steven Arthur Younger (Michael Sheen, clap clap), un estadounidense de mediana edad convertido al islamismo, que se está filmando para difundir un mensaje: ha instalado en tres bombas nucleares en los Estados Unidos que estallarán en cinco días si no atienden sus exigencias. Esas demandas, explica, se especificarán luego.
Del otro lado, la agente Helen Brody (Carrie-Anne Moss) dirige una unidad antiterrorista que hace tiempo no consigue resultados en su búsqueda de células dormidas. La amenaza de Yusuf Mohamed Atta (el nombre con que se rebautiza Younger) le estalla en la cara: es convocada a un búnker confidencial donde deberá comandar el rastreo de las bombas. Allí se pondrá a disposición o a la par (en estas películas el orden de mando siempre es borroso o está en disputa) de los jefes militares y políticos a cargo de la operación. En medio de esto, se topa con H (Samuel L. Jackson), un misterioso hombre al que había detenido días atrás por presuntos vínculos con el terrorismo. Error: el tipo es el especialista en torturas que el gobierno de los Estados Unidos convoca cuando no se puede fallar.
Si esto fuese la serie 24, la búsqueda de las bombas nos tendría en vilo un día. Pero aquí será sólo un resorte de la trama. Nadie pierde de vista la posibilidad de que millones mueran en cuestión de segundos, de hecho es un disparador que se repite con diferentes intenciones dramáticas y argumentales. Pero la película se irá cerrando sobre el microclima del búnker. ¿Qué hay allí más importante que tres bombas nucleares en cuenta regresiva? Yusuf. Sí, a cuatro días de que los explosivos se activen el tipo se deja atrapar. Sepan eso, la peli después les dirá el resto. También sepan que es un ex soldado yanqui entrenado para soportar toda clase de martirio. Ecuación: el tipo no se quiebra y el tiempo corre.
Como les decía, El día del juicio final descarga lo más jugoso de su trama en el gimnasio militar donde funciona la sala de tortura. A medida que pasan las horas, más sufre Yusuf y con él, también padecemos nosotros como espectadores. Si son impresionables, sepan que la cámara no parpadea ante tajos, mutilaciones, submarinos secos y otros momentos de tensión extrema que no adelantaremos porque son parte constitutiva del desenlace. Es probable que la película hubiese caído en un sofismo inconsistente si no exponía ante los ojos del espectador eso de lo que habla. De todos modos, me queda la duda de si era necesario tanto detalle.
El filme no pretende elaborar una crítica cerrada sobre el uso de la tortura y sus (¿posibles?’) justificaciones, aunque su sólo rodaje implique un cuestionamiento. Con una estructura por momentos teatral, cada personaje expresará una voz, una mirada o una postura sobre el tema. Algunos elaborarán verdaderos discursos, otros simplemente cuestionarán o dejarán asentada su postura como quien sólo consigna algo para poder dormir tranquilo. Esas argumentaciones, las actitudes y los modos son mucho más ricos que la mayoría de los personajes. A excepción de la agente Brody y H, el resto son seres unidimensionales, y no escapan al molde del militar o el político de reparto que quieren solucionar el conflicto de cualquier modo sin hacerse cargo del costo. Son funcionales, serviles, útiles. A la trama.
En el afiche de promoción se lo ve a Samuel Jackson de espaldas, camino a una ciudad donde algo estalló. Así como H se carga sobre los hombros el trabajo sucio, Jackson se pone la película a babucha y sostiene con su solvencia la complejidad de un personaje que a medida que se abre se vuelve más dificil de encasillar. Porque asume su rol de torturador con licencia, pero que a su vez desafía a su entorno. H se rie de esos milicos que son torpes hasta para ejercer el maltrato, ningunea a los políticos que ponen gestos adustos mientras recurren al eufemismo más cobarde para exigirle que siga torturando, y se acerca a la agente Brody, que personifica la entereza y el sentido común, para ponerla a prueba, pero también para que sea su fiscal. Ese tipo, que parece un pastor evangélico hasta que descarga toda su saña sin tabúes, nos hace dudar sobre lo que al principio resulta obvio: si disfruta o al menos está convencido de lo que hace. Lo inconcebible es todo aquello que H irá haciendo si Yusuf no confiesa. Con el correr del tiempo, sugiere la película, el que tortura ya no es realmente H. Detrás está la inmensa carga de prejuicios, miedos, estupidez, cobardía, maldad, sadismo y xenofobia de una sociedad que mira hacia otro lado mientras le dice: hacé lo que debas hacer. Si (sí) él es un hijo de puta, califiquen Uds a quienes le dan de comer.
Por Demian Doyle
No te quedes con la espina: esta película es una buena opción para reconciliarse con el director Gregor Jordan si te comiste el bodrio de Ned Kelly.
Uno termina de ver la película y se pregunta, ¿qué sería de las versiones cinematográficas de Millenium sin Lisbeth y su perturbada existencia?
La respuesta es obvia, nada, porque la historia se basa en ella. Aunque esta vez sea más evidente. Ya desde un título de longitud poco habitual para la cartelera comercial, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, nos anticipa que todo girará en torno a una chica. Lisbeth, esa punkiheroína nórdica de pasado oscuro, presente duro y futuro de redención.
“La chica….” es la segunda parte de la saga Millenium (la primera y recomendable fue “Los hombres que no amaban a las mujeres“), fue estrenada en Suecia en 2009, pero recién llegó a nuestro país en este invierno 2010, aprovechando el furor por la trilogía póstuma de novelas del periodista Stieg Larsson. Retoma muchas de las cuestiones que quedaron pendientes en “Los hombres…” y vuelve a la carga sobre otros puntos que, como espectactadores, tal vez podríamos haber dado por cerrados. En otras palabras, desde la reincidencia elige profundizar en los personajes en vez de avanzar en la historia. ¿Una buena elección? Interesante, aunque con resolución (cinematográfica) poco feliz.
Los dos protagonistas son los mismos que en ”Los hombres…” y transitan esta segunda parte por caminos paralelos que se unen cuando… bueno, vean la película si quieren saberlo, sólo les adelanto que aquí poco hay de amor. De Lisbeth ya hablamos y vamos a seguir hablando, en cambio de Mikael Blomkvist vamos a ocuparnos poquito y nada. No por dejados, sino porque es muy poco lo que aporta el personaje (recordemos: el periodista que en la primera parte se reivindica luego de perder un juicio ante un empresario millonario e influyente). Y ni hablar de la anémica contribución del actor sueco Michael Nyqvist, que nos regala una caracterización descartable.
Breve paso por la trama: la revista sueca Millenium (donde trabaja Blomkvist) decide publicar una investigación de un joven periodista, Dag, sobre trata de mujeres, particularmente chicas de Europa del este. Dag es el blanco fácil de la trama: no sólo es un desconocido para el espectador sino que está de novio con una joven y entusiasta investigadora que acaba de terminar un libro también dedicado a desenmascarar a quienes explotan el comercio de mujeres. A poco de conocerlos, uno se pregunta cuánto falta para que aparezcan muertos, y pronto la trama se encarga de satisfacer la inquietud. El brutal doble crimen se da casi en simultáneo con la muerte del abogado Nils Bjurman, aquel que se encargaba de la supervisión legal de Lisbeth. El que abusa dos veces de ella en la primera peli, ¿se acuerdan?
A esta altura del post creo que es necesario aclara que para ver “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” es imprescindible haber visto “Los hombres que no amaban a las mujeres”.
La muerte de Bjorman carga las sospechas sobre Lisbeth. Y aunque se desconozca su paradero, le achacan las tres muertes. Los caminos de Lisbeth y Blomkvist, una vez más, tenderán a cruzarse y justo cuando uno empieza a preguntarse porqué hay tanta animosidad contra ella, la trama se encarga de explicarlo. Si vieron la primera y leen el título de la segunda, les sobran las pistas.
Y llegamos entonces al nudo donde la expectativa previa se vuelve una mochila pesada. Encaré “La chica…” después de haber visto (y disfrutado) “Los hombres…” Si uno viene con esa inercia, se pasan de largo varias cuestiones demasiado precarias de la trama; situaciones que en una novela venezonala serían berretas (pero como es cine europeo son “arbitrarias”) y estoy pasando por alto ciertas actuaciones y efectos visuales que están por debajo de la línea de lo profesional.
El hecho de que la trama se meta con la trata de mujeres enciende una expectativa que la película después no cumple. Lejos de ser un tema central, termina cumpliendo un papel funcional: una mera excusa para seguir abordando la vida de los protagonistas.
Y a pesar de todo esto, Millenium engancha. Será ese dejo oscuro y perverso, ese retumbar de la venganza, esos escenarios nórdicos… o simplemente será Lisbeth, tan frontal y propensa a mostrar su escasa desnudez delantera como a dejar caer su coraza para exponer que en el fondo es sólo una chica con demasiados quilombos.
Meses atrás recomendamos “Los hombres que no amaban a las mujeres”. No vamos a hacer lo mismo con “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”. Es una película menor, sostenida por una historia potente y un personaje que cogotea por encima de resto. Sin grandes frases ni exhibiciones actorales: es sólo una cuestión de actitud lo que hace de Lisbeth lo más rescatable de la película (aunque Noomi Rapace ya parezca irremplazable). Esperemos que para la tercera parte, el resto acompañe un poquito más. La historia de Larsson tiene demasiadas aristas como para resignarse con sólo conformar.
Por Demian Doyle
Mirala: si viste “Los hombres que no amaban a las mujeres” y si te gustó “Negocios entrañables”
Cambio de director: esta segunda parte de la saga no la dirigió el danés Niels Arden Oplev sino el sueco Daniel Alfredson, que también se hizo cargo de la tercera entrega. El tono es similar aunque menos explícito que su antecesor y con un final que tiene detalles gore y hasta bizarros que, en el contexto de la saga, quedan fuera de lugar.
Ejercicio de memoria: cuando vean la peli, diganme si no se les cruzaron las imagenes de Iván Drago (el ruso de Rocky IV) y del Dr. Loomis (Halloween) al ver a dos de los personajes. ¿Homenaje a la sueca?
¿Se acuerdan de Revancha, aquella peli de 1999 en la que Mel Gibson se volvía de golpe un hombre violento para vengar la muerte de su mujer? Bueno, si la vieron, es muy posible que les pase lo mismo que me pasó a mí una década después cuando vi Al filo de la oscuridad (2010): la recordé. Y con cariño.
Mel Gibson está de vuelta, mis amigos, y para su regreso a la actuación eligió un camino bien apisonado: el thriller disparado por la historia de un hombre que busca justicia y, a la par, venganza. Nada que vaya a revolucionar el séptimo arte, ni a ninguno de los otros seis; y una apuesta mucho menos ambiciosa que las que hizo como director. Porque vale decir que La Pasión de Cristo y Apocalipto, más allá de la dudosa calidad del resultado final, eran cartas fuertes jugadas en la primera mano. Acá el bueno de Mel se guarda tanto los ases que uno se queda dudando si en algún momento de la película los jugó.
En Al filo de la oscuridad, Gibson es Thomas Craven un policía que recibe de visita a su hija Emma (de unos 20 años), quien parece esconder algún problema serio de salud: vomita, se descompone y…. Y no mucho más, porque a poco de llegar, Emma es baleada en la puerta de la casa y muere. ¿Por qué la mataron? ¿Era un atentado contra ella o contra Thomas? ¿O hay algo detrás de ese deterioro físico que trajo Emma?
Allí están los interrogantes que echan a rodar la acción, porque se imaginarán que como buen policía Craven sale a investigar qué pasó con su hija, quién y por qué la mató. Su búsqueda, como también se imaginarán, no va estrictamente por los carriles de la ley, y en su camino aparecerán nuevos cadáveres, descubrirá las relaciones de su hija con activistas que él desconocía, y se acercará al secreto que da pie a todo, con cuestiones nucleares y de radioactividad de por medio.
La actuación de Gibson es otro de los interrogantes de la película (quizás el que más llama la atención), porque cuesta entender si le faltó convicción o timming para volver a ponerse al frente de la cámara. Pero creanme que durante la primera parte de la película Craven es un jugo aguado: no tiene gusto a nada. Recién sobre el final, ya con la acción desencadenada, parece encontrar la temperatura del personaje.
Mientras corre la venganza, la película plantea cómo la sociedad, y sus estructuras, atan a las individuos, y cómo se suelta uno cuando pierde todo aquello que le daba sentido a su vida. Algo así como que nadie es más peligroso e impredecible que quien no tiene nada que perder, pero planteado desde el grupo de pertenencia más primario: la familia. Otro hallazgo, ¿no?
Como thriller, Al filo de la oscuridad rasguña lo correcto, pero tiene demasiados altibajos como para que uno se enganche y palpite con la acción. Porque hay dos giros, tal vez tres, que sorprenden, despabilan y despiertan el interés por la historia de Craven (ahí estaban los ases). Pero el tono general de la película, el comienzo somnoliento de Gibson y una fotografía bastante berreta termina por conformar un producto que sin ser malo, resulta bastante fácil de prever y de olvidar.
Por Demian Doyle
Si te gustó, mirá: espero que el paso de tiempo no me traicione, pero si te gustó esta peli mirate Revancha.
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