Posesión infernal (2013): eterno resplandor del para qué te traje…
La tapa de Evil Dead (en Argentina, Diabólico, 1981) y el afiche de remake (Posesión Infernal, 2013)

Es un círculo que se repite. Siempre. Te enterás que se está rodando una nueva versión (remake, precuela, secuela) de un clásico de terror y tus expectativas recrean aquello que te generó (y aún te genera) la original. Con el primer trailer ya entendés que la idea tal vez no haya sido tan buena. Y al ver la peli sobreviene la sensación de haber caido en la misma trampa. Una vez más.
Evil Dead es una de las sagas de terror de culto más memorables de los primeros 80’s. La serie de tres películas (que acá se editaron como Diabólico, Noche Alucinante y El ejército de las tinieblas) es una musa inspirada e inspiradora dentro aquella maquinaria cinematográfica ochentosa que despachó cintas a mansalva hasta hacer un copycat berreta de los efectos que alguna vez habían sido efectivos.
Por ingeniosa y pionera, Evil Dead se desmarcó de esa maraña. Es, ante todo, una película entrañable para los que frecuentábamos la góndola de terror de los videoclubes en nuestra adolescencia. Pero más allá del afecto nostalgioso, la mirada de Sam Raimi le da a la historia una impronta de calidad que no tiene la mayoría de sus contemporáneas, con pilotes de comedia y de terror clásico, enrededados con los clishés de una época irrepetible.
El público cautivo de la saga original hacía previsible que la remake sería negocio. La pregunta es si tenía sentido hacerlo. O mejor planteada, para qué hacerla. Posesión diabólica (2013) no trae la respuesta deseada.
El uruguayo Fede Alvarez dirigió esta nueva Evil Dead y también fue uno de los encargados de reescribir el guión. Lo que viene a contar Posesión… no es exactamente la historia de Diabólico, sino una trama parecida, que toma, replica, recrea, resignifica y modifica elementos clave de la original, y en algún momento decide tomar su propio camino. Y así pierde deliberadamente la huella de Raimi.

La película traza la historia de cinco amigos que viajan hasta una cabaña en medio de un bosque inhóspito con el objetivo de ayudar (contener, retener) a Mía en su intento por dejar la cocaína. La chica y su hermano, David, tomarán el protagonismo de la película, así como en el ‘81 lo hacían Ash y su hermana, Shelly. Por casualidad encontrarán en un sótano (”el sótano” si viste la original) el Libro de los Muertos, un manuscrito de conjuros para liberar, contener y destruir espíritus demoníacos. Y entre una cosa y otra, van a hacer lo posible por liberarlos.
El estado de precaria abstinencia de Mia es el conflicto que Alvarez introduce a la historia para saltar el bache temporal entre la película original y ésta. De ese modo salva (de buena manera, vale decirlo) la incógnita de cómo iba a resolver los avances de la tecnología. El aislamiento autoimpuesto y (sobre todo) la percepción de que es la mente de Mia la que está creando los fantasmas explican porqué nadie intenta hacer un llamado para escapar de la cabaña cuando las cosas se ponen feas.
Hay, sí, un abismo insalvable entre el gore que proponía Sam Raimi y el que ahora trae Posesión infernal. El ingenio y los trucos de cámara utilizados en la versión original están agravados por la explicitez de una industria que ya es capaz de mostrar en pantalla lo que se quiera. La falta de límites tecnológicos termina jugando en contra: lo que en Evil Dead era divertido, entrañable y hasta burlesco, acá derrapa en el regodeo de la sangre, el dolor y la tortura. En ese sentido, Posesión infernal responde a los designios del cine de terror actual y no al espíritu de la época que vino a recrear.

Detrás de la cáscara de espectacularidad de tanta hemoglobina despilfarrada, la película sufre insoportables carencias en los personajes. Los diálogos de David con su hermana cuando ella está al límite de la resistencia antes de ser poseída (él cree que está bajo el efecto de la abstinencia) parecen escritos a las corridas. Y los tres personajes secundarios son exclusivamente eso: piezas desechables que sólo acceden a la cabaña para justificar momentos, situaciones o para abrir el Libro de los Muertos y darle cuerda al carnaval diabólico.
La Evil Dead de Alvarez tiene impacto y es probable que satisfaga a quienes prefieran el terror al estilo El Juego del Miedo. Porque hay mutilaciones, y automutilaciones, y los conflictos se resuelven en el plano del cuerpo a cuerpo. La posesión aquí es el centro de todo, sí, pero el diablo como ente no humano sólo resplandece en la famosa escena de la posesión inicial (en la que las ramas del bosque se apoderan de Mia en todo sentido, con idéntico propósito de sexualidad rapaz que tuvo la misma escena en el 81) y en algún plano que homenajea las tomas corridas por el bosque con las que Raimi abría y cerraba magistralmente su película.
El humor y la conciencia del exceso propia del gore que articulaba Raimi aquí están ausentes y sólo parecen florecer en un chiste recurrente que saca poco más que una sonrisa.
Quedaría por preguntarse, como en la mayoría de las películas de espiritismo, qué sentido tiene traer del pasado a espíritus malignos si uno no puede manejarlos. Una vez resuelto ese dilema, tal vez sea más fácil descular la incógnita existencial de este tipo de remakes.
Por Demian Doyle
El trailer original y el de la versión 2013:
























