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Posesión infernal (2013): eterno resplandor del para qué te traje…

La tapa de Evil Dead (en Argentina, Diabólico, 1981) y el afiche de remake (Posesión Infernal, 2013)

evil dead juntas

Es un círculo que se repite. Siempre. Te enterás que se está rodando una nueva versión (remake, precuela, secuela) de un clásico de terror y tus expectativas recrean aquello que te generó (y aún te genera) la original. Con el primer trailer ya entendés que la idea tal vez no haya sido tan buena. Y al ver la peli sobreviene la sensación de haber caido en la misma trampa. Una vez más.

Evil Dead es una de las sagas de terror de culto más memorables de los primeros 80’s. La serie de tres películas (que acá se editaron como Diabólico, Noche Alucinante y El ejército de las tinieblas) es una musa inspirada e inspiradora dentro aquella maquinaria cinematográfica ochentosa que despachó cintas a mansalva hasta hacer un copycat berreta de los efectos que alguna vez habían sido efectivos.

Por ingeniosa y pionera, Evil Dead se desmarcó de esa maraña. Es, ante todo, una película entrañable para los que frecuentábamos la góndola de terror de los videoclubes en nuestra adolescencia. Pero más allá del afecto nostalgioso, la mirada de Sam Raimi le da a la historia una impronta de calidad que no tiene la mayoría de sus contemporáneas, con pilotes de comedia y de terror clásico, enrededados con los clishés de una época irrepetible.

El público cautivo de la saga original hacía previsible que la remake sería negocio. La pregunta es si tenía sentido hacerlo. O mejor planteada, para qué hacerla. Posesión diabólica (2013) no trae la respuesta deseada.

El uruguayo Fede Alvarez dirigió esta nueva Evil Dead y también fue uno de los encargados de reescribir el guión. Lo que viene a contar Posesión… no es exactamente la historia de Diabólico, sino una trama parecida, que toma, replica, recrea, resignifica y modifica elementos clave de la original, y en algún momento decide tomar su propio camino. Y así pierde deliberadamente la huella de Raimi.

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La película traza la historia de cinco amigos que viajan hasta una cabaña en medio de un bosque inhóspito con el objetivo de ayudar (contener, retener) a Mía en su intento por dejar la cocaína. La chica y su hermano, David, tomarán el protagonismo de la película, así como en el ‘81 lo hacían Ash y su hermana, Shelly. Por casualidad encontrarán en un sótano (”el sótano” si viste la original) el Libro de los Muertos, un manuscrito de conjuros para liberar, contener y destruir espíritus demoníacos. Y entre una cosa y otra, van a hacer lo posible por liberarlos.

El estado de precaria abstinencia de Mia es el conflicto que Alvarez introduce a la historia para saltar el bache temporal entre la película original y ésta. De ese modo salva (de buena manera, vale decirlo) la incógnita de cómo iba a resolver los avances de la tecnología. El aislamiento autoimpuesto y (sobre todo) la percepción de que es la mente de Mia la que está creando los fantasmas explican porqué nadie intenta hacer un llamado para escapar de la cabaña cuando las cosas se ponen feas.

Hay, sí, un abismo insalvable entre el gore que proponía Sam Raimi y el que ahora trae Posesión infernal. El ingenio y los trucos de cámara utilizados en la versión original están agravados por la explicitez de una industria que ya es capaz de mostrar en pantalla lo que se quiera. La falta de límites tecnológicos termina jugando en contra: lo que en Evil Dead era divertido, entrañable y hasta burlesco, acá derrapa en el regodeo de la sangre, el dolor y la tortura. En ese sentido, Posesión infernal responde a los designios del cine de terror actual y no al espíritu de la época que vino a recrear.

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Detrás de la cáscara de espectacularidad de tanta hemoglobina despilfarrada, la película sufre insoportables carencias en los personajes. Los diálogos de David con su hermana cuando ella está al límite de la resistencia antes de ser poseída (él cree que está bajo el efecto de la abstinencia) parecen escritos a las corridas. Y los tres personajes secundarios son exclusivamente eso: piezas desechables que sólo acceden a la cabaña para justificar momentos, situaciones o para abrir el Libro de los Muertos y darle cuerda al carnaval diabólico.

La Evil Dead de Alvarez tiene impacto y es probable que satisfaga a quienes prefieran el terror al estilo El Juego del Miedo. Porque hay mutilaciones, y automutilaciones, y los conflictos se resuelven en el plano del cuerpo a cuerpo. La posesión aquí es el centro de todo, sí, pero el diablo como ente no humano sólo resplandece en la famosa escena de la posesión inicial (en la que las ramas del bosque se apoderan de Mia en todo sentido, con idéntico propósito de sexualidad rapaz que tuvo la misma escena en el 81) y en algún plano que homenajea las tomas corridas por el bosque con las que Raimi abría y cerraba magistralmente su película.

El humor y la conciencia del exceso propia del gore que articulaba Raimi aquí están ausentes y sólo parecen florecer en un chiste recurrente que saca poco más que una sonrisa.

Quedaría por preguntarse, como en la mayoría de las películas de espiritismo, qué sentido tiene traer del pasado a espíritus malignos si uno no puede manejarlos. Una vez resuelto ese dilema, tal vez sea más fácil descular la incógnita existencial de este tipo de remakes.

Por Demian Doyle

El trailer original y el de la versión 2013:

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Actividad Paranormal 3 (2011): una nueva vuelta de tuerca al terror vouyerista que mejor funciona

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Hay algo necesariamente irracional en los que seguimos (disfrutamos, consumimos, padecemos) el cine de terror. En nosotros hay una inexplicable predisposición a valorar los intentos por ampliar las bases argumentales de las historias del género, cuyas tramas muchas veces carecen de una complejidad que supere en encadenamiento de tres (a los sumo cuatro) ideas. Lo hacemos, aún cuando sabemos que en definitiva lo que uno está esperando es esa sensación de incomodidad y vulnerabilidad a la que nos somete el género cuando está bien articulado. Y el tiempo en algunos casos nos da la razón, como con la reversión de la segunda Halloween, en la que Rob Zombie apeló a una intromisión onírica en la mente de Michael Myers para entender mejor lo que sucedía dentro del monstruo de Carpenter.

Esa (casi infantil) búsqueda de porqués justifica una tercera parte de Actividad Paranormal, a mi gusto la saga de terror moderno más interesante y efectiva de la última década. La película trae pocas novedades y repite la búsqueda en el pasado de la historia: está planteada como una precuela de la segunda parte, así como ésta lo fue de la primera. ¿Cuánto hay para hurgar en el pasado de las hermanitas Kristi y Katie?

Si no recuerdan o no vieron las anteriores, a esta altura de las cosas ya sabemos que alguna clase de espíritu persigue a las chicas. En la primera parte, Katie y su novio lo padecen en su nueva casa, hasta que todo termina con la muerte del muchacho. En la segunda, que sucede 6 meses antes, el espíritu está en la casa de Kristi, pero se termina yendo con Katie (lo que justifica lo que sucede en la primera). Lo lógico es que esta tercera parte explique cómo llega el espíritu hasta la casa de Kristi y lo hace en los primeros cuadros del filme: Katie llega a casa de su hermana y deja unas cajas que no tiene dónde guardar. Contienen una colección de videos (VHS) de la infancia de ambas, filmados cuando vivían en una casa nueva con su madre y su novio. Un extraño suceso hace que la casa aparezca de golpe desordenada, y que los videos desaparezcan. Entonces ellos no van a ver su contenido. Pero nosotros sí.

Siguiendo la estética de la historia, todo lo que se ve en la película es lo que Dennis (el novio de la madre de las chicas) filma en su nueva casa. El tipo hace videos de casamiento, y eso justifica que tenga dos cámaras en 1988 y una arsenal de casetes que va a gastar cuando empiecen a escucharse ruidos en la casa, las puertas se cierren solas, las luces tiemblen, o las nenas deambulen por la noche hablando con un amigo imaginario. Todo ese material conforma la trama de la película, que repite recursos y cae otra vez en su propia trampa de pretender naturalizar el hecho de que las protagonistas se filmen todo el tiempo (si no, ¿cómo los veríamos?), lo que a fines de los 80 resulta algo menos común que en el 2011…

Si leyeron los anteriores post, los errores y virtudes son prácticamente los mismos.

Y a pesar de todo, la película funciona. Hay un momento de la trama que se torna repetitiva y algo aburrida porque lo que sucede ya lo viste antes, pero superado el bache el filme se deja ver y cuenta con el final mejor construido de las tres partes. De golpe, Actividad Paranormal vuelve a erizarnos la piel como espectadores, creando un clima espeluznante (si jugaste al Residet Evil, te lo recomiendo), algo que hace tiempo no me sucedía viendo pelis de género. En lo que hace a la historia, la trama nos da una justificación de porqué pasa todo, y uno podría pensar que éste es el origen de la maldición (y por lo tanto, el final de la saga). Para nada. Los rumores de la cuarta parte ya se puede leer en IMDb.

Por Demian Doyle

Trailer:

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La chica del dragón tatuado (2012): David Fincher recrea a la heroína del punk urgente y sacude un poco la mugre de la Suecia aristocrática

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Imaginátelo. Allá por 2001, mientras por estas latitudes las cosas se prendían fuego, en las noches heladas de Estocolmo un periodista mata el insomnio escribiendo un extenso thriller policial, oscuro y efectivo, que se convierte en un éxito mundial al que él no asiste: se muere de un paro cardíaco sin ver su obra publicada. El boom de ventas apura a la maquinaria cinematográfica nórdica que despacha tres películas muy desparejas, que derrapan bajo la línea de lo pochocleable, pero sin embargo dejan una primera parte realmente buena. Recomendable. Y de golpe, sigamos imaginando un ratito más, en tu escritorio de Columbia Pictures te cae la responsabilidad de rehacer las películas sabiendo que les esperan taquillas gordas y miradas despiadadas. Entonces te preguntás: ¿cómo se encará una remake así?, ¿cómo desmarcarte del best seller literario y evadirte de aquella primera parte hecha en origen? Tirarle la responsabilidad a un tipo como David Fincher es una buena idea.

El jueves llegó a los cines “La chica del dragón tatuado” (2012), la remake made in Hollywood de “Los hombres que no amaban a las mujeres” (2009), la primera de las tres películas filmadas en base a las kilométricas novelas de la saga Millennium del sueco Stieg Larsson. Después de ver ambas versiones cinematográficas, se puede hablar de similitudes, diferencias, mejoras o desaciertos, pero cuesta entender para qué le cambiaron el título.

Dijimos ya que el capitán de la tarea reversionista es David Fincher, considerado uno de los realizadores en actividad más interesantes de los últimos años. El director de Red Social y Zodíaco resolvió el asunto de un modo convencional e hizo un recorte del libro original muy similar al que filmó el danés Niels Arden Oplev en 2009. Las diferencias hay que buscarlas en la mirada que vuelca Fincher sobre los protagonistas, en cómo decide cerrar la historia y también en cierto rescate del espíritu crítico con el que Larsson retrataba la mugre bajo la alfombra de la aristocracia sueca.

La chica del tatuaje del dragón relata la investigación del periodista Mikael Blomkvist (Daniel Craig) sobre la desaparición de una adolescente de la familia Vanger dentro de una exclusiva isla que sólo es habitada por sus parientes. Blomkvist viene de perder un juicio por calumnias con un magnate de la mafia, y decide aceptar el caso Vanger (al que es convocado por un patriarca de la familia) para alejarse e Estocolmo y descomprimir la presión sobre la revista Millennium, en la que publicó el artículo polémico. En el helado invierno de Hedestad, Blomkvist encara lo que parece un trabajo de escritorio (revisar archivos y fotos viejas hasta descular cómo la joven Harriet desapareció sin dejar rastros hace ¡¡40 años!!), aunque obviamente el entramado familiar de los Vanger va a hacer la cosa mucho más misteriosa, atractiva y peligrosa.

Nada de todo esto tendría sentido si no irrumpiese Lisbeth Salander, la heroína en estado de punk urgente que a los 23 años acumula más padecimientos que muchos en una vida entera, aunque ella (y la trama, claro) prefiera no hablar del macabro pasado que aún la aqueja. En parte, porque lo que le sucede durante la película basta para demostrar lo que es su vida (incluyendo una secuencia explícita de violación) y porque aún quedan dos partes más por delante en las que todo se irá develando. Lisbeth trabaja como investigadora privada (ilegal en las formas y en sus métodos) cuando es convocada por los Vanger para hacer un informe sobre Blomkvist. Luego el periodista tendrá acceso a este material y la buscará para que lo ayude a descular el misterio de Harriet.

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En comparación con la película de 2009, Fincher sólo modificó algunas secuencias (amplió el vínculo de Lisbeth con su primer tutor, recortó toda referencia a su madre, y le dió mayor protagonismo a la hija adolescente de Blomkvist), cambió el final (haciendo que la peli resulte algo extensa) y acomodó algunos detalles para darle más solidez al thriller, a riesgo de resignar la sórdida atmósfera sueca que en el filme de Niels Arden Oplev se respiraba. Cal y arena del oficio de hacer remakes.

La mano del director se evidencia mejor en los personajes centrales. Su mayor logro es haber rescatado la coloratura de Blomkvist, al que (como lo habíamos anticipado) Daniel Craig le saca mucho más provecho que el anodino Michael Nyqvist, aún cuando tampoco se trate de una actuación descollante.

Lo de Lisbeth Salander era el gran desafío de la remake, y Rooney Mara lo resuelve bien: su criatura está a la altura de la que había compuesto Noomi Rapace y si leyeron los anteriores post sobre la saga original saben que es mucho decir. El tema es que Fincher elige abrirle un poco el caparazón y volverla una chica más sensible que puede, por ejemplo, pedirle a Blomkvist que le acaricie la espalda mientras hablan de trabajo. El vínculo entre los dos personajes es mucho más explícito, y ella termina mostrando las hilachas de una chica enamorada. La concepción que hace Fincher no es mala, aunque pisa el pasto respecto de la imagen que uno trae en la retina del personaje. A veces los directores se autoimponen la necesidad de “transformación” del personaje, cuando en todo Millennium Lisbeth lucha por cambiar el enviciado entorno que pretende controlarla, cuando no someterla.

Es probable que quienes no hayan visto las películas originales (posiblemente, una buena porción del público al que apunta la remake) queden satisfechos con esta Lisbeth. Yo prefiero la anterior. Lo escribo, y a la vez pienso que el resultado de la versión Fincher no está nada mal. Es que las aristas de un personaje tan rico y complejo, capaz que ponerse al hombro los baches de la historia original, y con el que se me hace cada vez más difícil ser objetivo, supera todas las adversidades. Dentro y fuera de la pantalla.

Por Demian Doyle

Arbol genealógico: “La chica del dragón tatuado” es la remake de “Los hombres que no amaban a las mujeres”. La trilogía de Larsson se completa con “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”. Las versiones originales de la primera y segunda parte se entrenaron en Argentina en 201o. La tercera nunca llegó a los cines.

La frase: Fincher desliza algunos trazos de la crítica a la sociedad sueca que hizo Larsson en sus libros. Durante el filme Blomkvist se entrevista con uno de los Vanger, un viejo facho que vive solo en una mansión tapiada de fotos personales con oficiales del nazismo. El viejo se queja de que ya nadie lo visita, y Blomkvist le retruca que pruebe cambiando la decoración. El tipo le dice que eso sería “hacer lo mismo que hacen ellos, esconder su pasado”. “¿Habla de su familia?”, pregunta Blomkvist. “Hablo de Suecia”, remata el viejo.

¿La misma piedra? Buena parte del desbarranco de la versión sueca de la trilogía se debió al cambio de director. En este caso, aún no está confirmado que Fincher siga al mando de la historia ni hay fecha de realización para las dos próximas partes. De seguir el bueno de David, el resultado final, casi con seguridad, superará a la original.

Trailer:

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Contagio (2011): todo lo que Ud quiso saber del virus del momento y no se atrevió a preguntar

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Que Hollywood nos venga a contar cómo es el proceso que desencadena la aparición de un virus similar al de la Gripe A podría compararse con que un economista español nos explique de qué se trata vivir en crisis. Curiosamente, y aunque alguna parte de ese razonamiento primate sea válido, Contagio (2011) termina siendo una película más atractiva por su anclaje en un conflicto sanitario actual que por la explosión de su trama provista de un elenco multiestelar pero con escasas texturas. La película de Steven Soderbergh (sinuoso director de La gran estafa, Traffic y Erin Brickovich) plantea el vertiginoso proceso que se desarrolla desde que un virus desconocido aparece hasta que se convierte en una amenaza social: cómo se expande por el mundo, cómo la ciencia intenta descularlo, cómo las autoridades juegan el TEG con las vacunas y cómo muchos de los que ostentan la información se convierten en jueces de lo que el resto de los mortales deben saber. Todo lo que Ud. quiso saber del virus del momento y no se atrevió a preguntar. Uno de los comentarios que leí antes a verla decía que la película tiene la virtud de no ser apocalíptica, sino que aborda el conflicto desde un tamiz aséptico. Coincido. La frialdad del relato hace de Contagio un capítulo gélido de 24, en el que se encadenan muchas cosas en poco tiempo y casi no hay lugar para flaquear en sensiblerías. Si eso está bien o mal, bueno, quedará a juicio de la balanza de cada uno. Personalmente creo que le aporta cierta verosimilitud, y es saludable el uso y no abuso del efecto paranoia, aunque este abordarje tiñe la peli de un tono de documental ficcionado que le termina quedando un poco grande. Con sus altibajos, se deja ver.

Por Demian Doyle

Mi virus preferido: pensando rápidamente en películas de virus mortales, no puede dejar de preferir las desoladas calles de Londres y la explosión zombie de Exterminio.

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La profecía del 11-11-11 (2011): otro día en el planeta Tierra, otra peli en el debe

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El segundo viernes de noviembre pasó sin dejar signos de rehabilitación espiritual ni destrucción material, ni mayor amargura que el empate de local con Bolivia. Ante esta realidad irrefutable, la permanencia en cartel de La profecía del 11-11-11 resulta casi tan inútil como postear algo sobre la película. Pero mi fe no recae sobre la numerología sino sobre el potencial aún existente de hacer un cine de terror que valga la pena ver. Que evidentemente no es éste.

Lo peor del linaje de películas a las que 11-11-11 representa no tiene vínculos con el trazado paralelo de una realidad que la vacía de sentido y la derrumba al ridículo. El terror comercial es mayormente una tonta trampa que abusa de la demanda de un público cautivo dispuesto a ver historias con poca y nada de renovación. Aquí lo que se suma es puro vicio: el oportunismo cortoplacista de subirla a la cartelera unas semanas antes de que se cumpla la fecha que lleva por título. Creanme, no hay nada más.

Sin ánimo de enumerar clishés, la historia nos trae a un escritor exitoso que viene golpeado por la trágica muerte de su mujer y su hijo en un incendio, y que empieza a encontrar la curiosa (y luego desesperante) presencia del número 11 en la mayoría de los hechos macabros que oscurecen su vida. Unos días antes del 11-11-11 es convocado por su hermano a España, ya que su padre está por morir. Padre y hermano son líderes religiosos de una iglesia alternativa que se derrumba ante lo que, ellos creen, es la debilidad de los canales para hacer llegar su mensaje. Días antes del llamado, Joseph Crone sufre un accidente y se salva de milagro. En el hospital, una anciana chamuscada se le acerca y le advierten que no atienda el llamado. El, que es capaz de vender millones de copias de un diaro íntimo y no tiene más que rechazo hacia la religión, atiende. Y aunque no mantiene vínculos con su familia y hasta alimenta algunos rencores, viaja. 

Decir que 11-11-11 es del tipo de películas que homologaba la grilla del canal Z o I-Sat, incluso por el tono azulado de la filmación, sería desprestigiar a los thriller ertóticos berretas que supieron conseguir asilo en algún lugar de la botonera. Los males de Crone y su familia no despiertan siquiera el instinto vouyerista más bajo. Están desterrados del mundo del interés.

Todo lo que sucede durante los 70 minutos iniciales del filme fue dicho y visto en muchas otras pelis de un modo más convincente, y tal vez lo único que tenga algún anzuelo para fanáticos del género son los minutos finales donde todos los temores se resuelven y las sorpresas que esconde 11-11-11 salen a la luz. Que pueden sorprender o no, según lo despierto que uno haya llegado a esa instancia de la historia.

Por Demian Doyle

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Toque de queda (2011): la violencia es contagiosa, la peli es flojita, el BARS es una celebración pagana

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En estos días en que las tradiciones ancestrales dicen que las almas en pena vuelven un rato a la Tierra (Halloween, Día de los Muertos), nuestra ciudad le rindió tributo al cine de terror, fantástico y bizarro. El festival Buenos Aires Rojo Sangre acaba de celebrar su 12a. edición y su sola vigencia es un hecho que amerita (entre los que disfrutamos del nicho menos promocionado y reconocido del séptimo arte) un acto celebratorio.

En ediciones anteriores del festival tuve mejor ojo para elegir qué película ir a ver. Este año me tenté con una obra filmada en Guatemala llamada Toque de Queda, que desde lo conceptual e incluso desde un inicio muy bien planteado, promete cosas que después le quedan demasiado grandes. A la película, al guión y a muchos de los actores que enfrían un plato que se despega de la profundidad de pensamiento y el potencial simbólico que podría haber tenido.

En la sala 6 del Monumental (lamentablemente, casi vacía) uno de los organizadores hizo de presentador (qué linda constumbre) y planteó una mirada interesante: los zombies suelen ser un recurso metafórico del cine de primer mundo, cuando su uso podría ser más efectivo para plantear críticas sociales, representar miedos y corporizar outsiders en nuestra Latinoamérica cotidiana. Punto para el guionista Ray Figueroa, codirector junto a Elías Jiménez, que recurre a los mutantes de un modo casi minimalista (algo que, inferimos, se relaciona a un escaso presupuesto). El minimalismo en el planteo está bien, porque mientras esperamos que los zombies lleguen a escena, vemos que la carne putrefacta entre nosotros. Y digo nosotros porque las historias latinoamericanizadas tienen sus bemoles y localismos, pero terminan cayendo en lugares a los que todos de un modo pertenecemos.

toque de queda

La trama se centra en una colonia guatemalteca de clase media construida junto a una colina. En la otra ladera, arriba, están los asentamientos más humildes de la ciudad. Una noche, mientras discuten entre ellos, los vecinos del barrio “pudiente” son sorprendidos por los fogonazos y estruendos que llegan del otro lado, durante una redada militar que permite presumir una masacre. Los prejuicios y el rencor clasemedianos les brotan,a la vez que crece el temor a que los marginados escapen de su asentamiento destruido y quieran robarles todo. Si están pensando en diciembre de 2001, bienvenidos.

Los colonos entonces tomarán las armas y conformarán patrullas civiles para enfrentar los peligros que, suponen, ya están al acecho. Y sólo me queda decirles que lo que sigue es la interacción de miedos internos y externos, de la colonia y de cada personaje, y el crecimiento de la violencia como un mal contagioso y lamentablemente arraigado a nuestras vidas.

La película (según el catálogo oficial del BARS, la primera de terror de Guatemala) denota el conocimiento e interés de sus realizadores por el cine de George Romero, pero su crítica social recae en una adolescencia conceptual, de desarrollo y de realización que terminan por conforman un filme menor, al que de todas formas resultó interesante (aunque no recomendable) asomarse.

Toque de Queda fue una de las 12 películas que participaron de la competencia internacional de largometrajes del BARS, en la que hubo representantes de Argentina, Estados Unidos, Croacia, España, Inglaterra, Japón e Israel. Fue justamente la israelí Rabies la que el miércoles se consagró ganadora (grilla completa de premios aquí).

La perlita del festival fue la presentación de la tercera parte de Plaga Zombie (ganadora del premio del público). La (ahora) trilogía de cine de terror bizarro más importante de la Argentina tuvo tres proyecciones, y en la primera se hizo una divertida performance de zombies que irrumpieron en la sala perseguidos por un comando de agentes de SWAT. La evolución de la saga que Farsa producciones inició en 1997 como un proyecto casero, y la implementación de este tipo de condimentos para el divertimento, tal vez sea un buen ejemplo del crecimiento del festival que pone en pantalla grande el cine que nunca llega al circuito comercial, y al que cada año esperamos y celebramos.

Por Demian Doyle

Trailers: en orden, Toque de Queda,Plaga Zombie 3y Rabies.

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Priest (2011): el anémico evangelio según Van Helsing

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“Priest” arranca con todo. En un destacable prólogo animado de menos de 10′, resume miles de años de historia marcados por una sangrienta guerra entre humanos y vampiros, que se extendió durante siglos sin resultado cierto, hasta que la iglesia llamó a deberes a un grupo de super guerreros llamados Sacerdotes, especializados en matar chupasangres. Con la llegada de estos curas/ninjas, la pulseada se inclinó a favor de los humanos, quienes terminaron matando a la mayoría de los vampiros y encerrando al resto en reservas perdidas en el desierto, para que se pudran al sol por su cuenta, sin molestar.

Claro está, el fin del conflicto tampoco deja las cosas del todo bien para los humanos. Con la civilización devastada por la extensión de la guerra, el panorama que muestra “Priest” para la humanidad de posguerra es demasiado apocalíptico como para que la misma celebre mucho su victoria. Amontonados en ciudades destruidas y oscuras, los hombres viven ahora al servicio de la iglesia, representada aquí como una organización panóptica y viciada, que controla esa sociedad en ruinas a través del miedo, y comercializa seguridad a cambio de trabajo esclavo. Dentro de ese contexto, aparece el protagonista, un inexpresivo Sacerdote llamado Priest (se mataron), que busca salir del retiro para ir a rescatar a su sobrina, convenientemente raptada por vampiros, quienes al parecer, no estaban taaaaaan extintos después de todo…

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Y… hasta ahí llegamos. Indagar más en la trama de la peli no vale la pena, porque a partir de allí, es todo muy pobre y lineal. A los ya conocidos cánones del cine apocalíptico (zombies o vampiros, lo mismos da), Priest suma unos poco pasajes de pelea a’lla Matriz, un mínimo de misterio y alguna que otra sorpresa en la trama con vistas al final. Una ensalada poco destacable, que podría ser una guarnición aceptable, pero que como plato principal seguro que te deja con hambre.

Con cuatro entregas de la saga Resident Evil y tres de Blade como antecedentes, nada de lo que Priest propone es original, ni siquiera la fallida intención de tomar lo mejor de cada una para potenciarlo. Priest es una peli apocalíptica de vampiros a dieta, demasiado anémicos como para presentar una amenaza respetable que nos haga saltar de la butaca de vez en cuando. En todo caso, gracias si apenas evita bostezos.

Nicolás Doyle

Mirala si te gusto: yo en tu lugar no la miraría, pero si insistís, mirala si te gustó Underworld, The Book of Eli o Resident Evil 3 (la mejor de la saga).

Si te gustó, mirá: Los comentarios de Guillermo Del Toro en el DVD de Blade 2. Marcan el ABC de una peli de acción apocalíptica.

Sin límites (2011): un thriller que aborda el poder como una vorágine lisérgica

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El poder nubla. Marea. Es adictivo. Alieniza. Todo eso que se dice y se cree saber no responde una cuestión de fondo: ¿Cuánto puede modificar las fronteras de una personalidad la obtención súbita de un poder ilimitado?

Esos confines hipotéticos y sus acciones sobre la condición humana son los tópicos que aborda el atractivo thriller Sin límites (2011), la nueva película de Neil Burger, el director que tiene como mejor antecedente El Ilusionista.

Eddie Morra (Bradley Cooper) es un escritor neoyorquino sumergido en el mal de la página en blanco, una piltrafa falta de inspiración que intenta arrancar con un libro por el que ya cobró un adelanto que se le está agotando. No pega dos frases seguidas, no logra concentrarse, no termina de definir la idea que quiere volcar, no respeta ninguna metodología. Esta fuera de foco y artísticamente vacío.

Eddie exterioriza esa búsqueda irresoluta y sale a tomar algo (pongamosle, a las 11 de la mañana) y algo alcoholizado se topa con un ex cuñado y ¿ex? dealer que le ofrece una pastilla mágica (la droga sintética NZT). Su efecto optimiza el funcionamiento del cerebro que normalmente usamos al 20%. El resultado obvio es que Eddie se vuelve super productivo, escribe en una noche 90 páginas que le vuelan la cabeza a su editora, descubre nuevas habilidades culturales y financieras y vuelve a buscar más. Pero…

sin limites

El cuñado de Eddie es asesinado y nuestro hombre hambriento de éxito se encuentra de golpe con una bolsa repleta de pastillistas trasparentes que son magia pura, pero que son codiciadas por unos cuántos (que serán más violentos y mafiosos con el correr de los minutos).

No hay una oda a la lisergia ni un mensaje moralizante que prime en Sin límites. El filme expone ventajas y efectos colaterales (y mortales) del consumo de la nueva droga. Lo que sobresale es una historia interesante y de gran tratamiento visual, con recursos temporales de cámara y edición que aceleran, entran y salen de las acciones generando instancias de vértigo lisérgico. En medio de la acción, se dispara el dilema de la codicia: cómo controlar el poder cuando se lo tiene y cómo dejarlo cuandose vuelve destructivo.

En algún momento, Eddie tendrá en sus manos la solución. Una persona a la que él conoce (y a la que supo desear) le explica que la salida es posible. Este personaje proyecta la imagen inicial de Eddie: un ser venido a menos, envejecido y descuidado, con conflictos cotidianos y pleno control de sus procesos químicos, pero relegado de la ruleta del éxito. Eso es lo que pasa al dejar la pastilla: se vuelve a ser una individuo ordinario, con los vestigios de la vorágine vivida. El camino que Eddie elija seguir, bueno, será lo que nos lleve a un desenlace que es el costado más flaco de este thriller que atrapa y al que vale la pena darle una oportunidad.

Por Demian Doyle

Un rato De Niro: el viejo Robert tiene un papel de reparto, corporizando a un poderoso empresario que  juega un alter ego: un tipo exitoso tan o más codicioso como Eddie, pero que se hizo de abajo.

Arbol genealógico: la película tiene reminiscencias a El Origen, obvias coincidencias con El Ilusionista, algunos pasajes  de Crank y también ciertos recursos visuales y tono lisérgico que me recordó a la insufrible Enter the void, pero en una versión light.

Trailer:

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Invasión a la privacidad (2011): un thriller previsible para que Swank se desnude un rato en cámara

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Ocho estrenos hubo jueves pasado (15/9) y en H:T! la pifiamos y fuimos a ver la peor opción. Invasión a la privacidad (2011) es un thriller que supone una reedición de una infinidad de películas que contaron de un modo más atractivo la historia de la chica bonita y solitaria y el perverso vouyerista que la acosa. Porque cuando Juliet (Hillary Swank) consigue alquilar un loft muy muy muy barato (380 dólares para un piso en Brooklyn con buena vista en un edificio antiguo) y conoce al propietario, que le resulta muy muy muy atractivo (algo que ella y sus amigas dicen de un modo explícito, como casi todo lo que se dice en la película), uno sabe que algo anda mal. El hombre es Max (Jeffrey Dean Morgan, de excesivo parecido con Javier Bardem), un tipo muy muy muy amable (ok, se entendió) que de entrada la escucha fraternalmente y hasta empieza a conquistarla, pero al rato vamos a descubrir que detrás de esa fachada y de las paredes del departamento se esconden demasiadas cosas. Como thriller, Invasión a la privacidad es un laberinto sin trampas, que uno transita sabiendo dónde va a terminar. Los personajes secundarios son casi tan flojos como los protagonistas, resueltos de un modo tan lineal y literal que exprimen cualquier cuota de misterio. Hay dos elogios que cosechó la película en la crítica: que propone un tipo de terror que no cae en las torturas pornográficas que hoy destiñen el género, y el aporte del inoxidable Christopher Lee en un pequeño papel que resuelve a los 89 años con el oficio maestro de la gestualidad y que linkea con el historia de películas de género de la productora Hammer. Todo lo demás es tan obvio, como que Swank necesitaba este papel para desnudarse un poco y mostrar que no sólo puede componer boxitracios, sino que además es una mujer atractiva. En resumen, Invasión a la privacidad tiene un desarrollo soporífero que precede a unos 20 minutos finales que, sí, tiene todos los recursos que el género demanda. No amerita más que una miradita en DVD, y tal vez ni siquiera valga tanto. En su primer fin de semana ocupó 35 salas pero no superó los 12 mil espectadores. Sería bueno ver porqué una pelicula así consigue tanto espacio, cuando tantos otras luchan sin éxito por conseguir al menos una semanita en cartel.

Por Demian Doyle

Scream 4 (2011): el terror moderno y un breve decálogo de cómo sobrevivir al paso del tiempo

Scream 4

Imaginate que lograste instalar una franquicia cinematográfica en base a revisionar con cinismo y cierto espíritu renovador un género popular y taquillero como, pongamos, el terror. ¿Cómo harías para sostenerla en el tiempo y, tras una década de inactividad, volver a convencer al público que alguna vez conquistaste?

La respuesta te puede llevar más tiempo que leer este post o que ver Scream 4. Pero me parece un buen punto de partida para hablar de este película. Esa fue la inquietud con la que yo fui a verla.

Aunque todavía crea que haya remakes que no vale la pena hacer y que algunas sagas ya no deberían seguir, la cuarta parte de la obra moderna de Wes Craven se sale otra vez con la suya. Si cuando viste la primera Scream (estrenada en 1996) te reiste en complicidad con los chistes del metalenguaje, te pegaste algún susto a pesar de arrastrar un bagaje de películas del género y finalmente te aferraste a la butaca hasta el último cuchillazo, con ésta es probable que revivas buena parte de estas sensaciones.

Aunque suene contradictorio con lo que vengo diciendo, las disparadores de la trama son obvios: Sidney (se pronuncia sidni aprentando la S, soplando la i y luego, seco y acelerado) vuelve a su pueblo para promocionar el libro en el que cuenta la locura homicida que se desató alrededor de su vida y que es el jugo argumetal de las primeras tres Scream. También de esta. Naturalmente su llegada dará pié al nuevo comienzo de la matanza y eso nos dirigirá de la mano a 110 minutos de ¿quién se esconde detrás de la máscara de Ghostface? Una pregunta que nos hacemos por cuarta vez y que si tenés memoria de las repuestas anteriores… nada, olvidate.

No, no hay grandes sorpresas por el lado de los protagonistas (además de Sidney, la delgadéxica y envejecida Gale Weathers-Riley y su ahora esposo de ficción y siempre inoperante sheriff Dewey Riley). Pero si entendés la lógica del metalenguaje de la saga, esto también lo sabías. ¿En qué entrega debe una saga empezar a aniquilar a sus personajes principales? Pensalo.

Lo que primordialmente hace Scream es sentar opiniones, críticas y homenajes al género, reírse de sí misma y de los clishes, y esta cuarta parte además pretende ejercer reflexiones de superficie sobre la hiperconexión de los jóvenes a la tecnología, extremando la idea de que el cine de terror deformado por la pornotortura y la sublimación de la fama repentina avanza hacia el asesino (real) que filma sus crímenes para alimentar su reputación en la Web. Un aporte exagerado pero respetable, más allá de que George Romero y los fundamentalistas del gore ya lo hayan dicho.

Scream 4 revitaliza el terror moderno, no decepciona ni repugna. Tiene recursos de remake y de secuela y es lógico, porque de algún modo es ambas cosas. Por momentos asusta, en otros dispara algún pensamiento fragmentario, casi siempre cumple el cometido de entretener. Y deja la mesa servida para volver a intentarlo. Una vez más.

Por Demian Doyle

Trailer:

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