La reina en el palacio de las corrientes de aire (2011): he llegado hasta el fin con los brazos cansados

Tres partes, un comienzo promisorio, el cambio de director, un circuito comercial impredecible en Argentina y una resolución por debajo de las expectativas. Las versiones cinematográficas suecas de la saga Millenium resultan una experiencia atrapante de entrada, pero despareja y finalmente, decepcionante. Dicho esto desde un punto de vista desapasionado y netamente cinéfilo: no leí los policiales originales de Stieg Larsson y desde desconocimiento este post no pretende trazar comparación alguna.
Es sabido que Larsson murió a las 50 años en 2004 sin llegar a ver sus novelas publicadas y que en los últimos años se convirtió en uno de los escritores policiales más vendidos del planeta. Las películas de sus tres libros se estrenaron originalmente en Suecia en febrero, septiembre y noviembre de 2009, en simultáneo con la explosión del furor por las novelas que el periodista sueco escribía como diversión por las noches. La primera parte la dirigió el danés Niels Arden Oplev y es una película recomendable, las dos secuelas estuvieron a cargo del sueco Daniel Alfredson y son dos productos evidentemente inferiores, que se desinflan por culpa sus propias liviandades y terminan resolviedo una historia oscura y de conflictos complejos de un tan simple que adormila el interés logrado.
Tal vez para el público argentino el mayor misterio de la saga escandinava haya sido dónde, cómo y cuándo se iban a poder ver las películas: la primera (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) se estrenó en febrero de 2010 cuando ya se conseguían hacía tiempo copias en DVD, la segunda (“La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”) llegó a los cines pocos meses después aprovechando el éxito de su antecesora y la tercera, la que ahora nos ocupa (”La reina en el palacio de las corrientes de aire”), directamente no pasó por las salas y se editó en DVD en mayo de 2011.
“La reina…” desarrolla el proceso judicial contra la protagonista y alma mater de la saga, Lisbeth Salander, acusada del asesinado de su padre, Alexander Zalachenko, y eso trae consigo la investigación del entramado político detrás de este poderoso y perverso personaje paterno. El periodista Mikael Blomkvist (un poco menos apático que en la 2) sigue detrás del caso y mientras prepara una publicación que denuncia el accionar de una sociedad secreta que operaba con Zalachenko, aporta pruebas para la defensa de Lisbeth.
La película es tan lineal en su relato que cuesta encontrar un atajo para abordarla con una esperanza de suspenso. Lo que sucede resulta demasiado lógico y desprovisto de matices,las resoluciones de los pequeños y grandes conflictos son tan simples que se perciben obvias.
El resultado de este final de trilogía es flojo y destiñe a la totalidad de la historia: es como completar una buena película con dos telefilmes precoces para llegar con la lengua afuera a colarlas en el éxito de la novela original.
A fin de año se estrenará en los Estados Unidos la remake de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, dirigida por David Fincher (”Red social”, “Pecados capitales” y “El club de la pelea”) y con Daniel Craig en el papel de Blomkvist. Viendo los antecedentes, la única que la tiene complicada es Rooney Mara, quien deberá competir con la Lisbeth que Noomi Rapace sostuvo con lucidez durante toda la trilogía. Por lo demás, la remake tiene todo servido para ser mejor.
Por Demian Doyle
Trailer:









Louis Schneider está sentado a la mesa de un bar con la joven Justinne. Los dos tienen sus motivos para estar allí, pero ambos pueden resumirse en cierto aire de venganza, de desquite o de revancha. Schneider es un policía marsellés en decadencia, Justinne es hija de un matrimonio salvajemente asesinado 25 años atrás. Ella quiere saber más detalles de lo que pasó, cómo murieron, porqué los mataron. Necesita cargarse de aquello que apenas vio cuando era chica. Schneider le advierte que los policías manejan verdades que no quieren ser escuchadas. Pero la chica no duda: para eso acudió a él, para escuchar sin maquillaje lo sucedido aquella noche. Sin movilizarse, ni modificar su tono de v
oz, Louis relata cómo el asesino primero mató al padre de Justinne y tras eso sodomizó y violó brutalmente a su madre en la cocina, para luego prepararse una carne al horno. Se sentó a la mesa y cenó sin apuros, presumiblemente, mientras la mujer aún agonizaba. 
Fiel a la actualidad de su protagonista y alma mater, JCVD (2008) no pasó por los cines y llegó recientemente en formato dvd trayendo un proyecto cinematográfico inefable, con buenas intenciones y pretensiones mal llevadas. Se trata de un filme en primera persona de Jean Claude Van Damme (supongo que ya se explicaron las siglas del título) que se basa en una breve trama de ficción para desplegar algunos guiños autoridiculizantes y líneas de diálogo e incluso monólogo en las que el actor belga explaya opiniones, impresiones, descargos sobre el medio, sus vicios y sus males. 
La teoría naturalista que Rousseau nos legó en el “Contrato Social”, allá por el siglo XVIII, decía que el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe. ¿Así de maleable puede ser el humano? Bueno, creo que en determinado momento de la vida y ante ciertas circunstancias, sí. La semilla del mal está en todos y la lucha interna se dirime en dejarla crecer o cortarle las raices como a un bonsai. Pero mi opinión no es lo importante; lo que vale es plantearnos el tema. Como lo hace La Ola (Die Welle), una interesante película alemana que por fin llegó a la cartelera luego de romper la taquilla en su país el año pasado. El filme juega con una consigna madre: si hoy es posible el desarrollo de un régimen autárquico como el del nazismo.
