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Blue Valentine (2011): un retrato triste, bello y desesperanzado sobre las cenizas de un amor ordinario

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Blue Valentine se proyectó por primera vez en enero de 2010, en el Sundance Festival de los Estados Unidos. Desde entonces, recorrió decenas de festivales (Bafici 2011 incluido), se estrenó en buena parte del mundo, habitó cuanto sitio de descargas existe, compitió por un Oscar. En los cines argentinos desembarcó recién la semana pasada. Y como pasa con otras buenas películas, llegó tan sobrevaluada por la crítica que corre un riesgo de decepcionar que poco tiene que ver con sus propias virtudes. Vaya eso como experiencia personal.

El filme tiene todo para ser considerado “una película generacional”. Plantea la decadencia de una pareja joven (Dean & Cindy), condicionada por la vorágine y el infortunio, que de golpe se encuentra improvisando una familia por la llegada en paracaídas de una hija. Todo deviene en una vida que se parece muy poco a lo que soñaban. Y las diferencias agrietan la relación desde lo más básico: la actitud con la que cada uno lo toma. Dean está mucho mejor predispuesto a aceptar las cosas como son y seguir adelante. Cindy carga con todo el existencialismo posgrunge: decepción, tristeza, bronca en proceso de fosilización.

En lo formal, el relato traza un paralelo entre lo que fue la breve y apresurada historia de amor entre Dean y Cindy antes del nacimiento de Frankie, y el desbarranco en que se encuentra la relación cuando la cámara llega a retratarla. Este planteo no es meramente comparativo: Blue Valentine habla del amor contemporáneo como un ciclo secuencial en el que bastaría con ver el comienzo para entender el final. Lo que sucede en el medio fue salteado: uno puede suponer que allí está la rutina y la convivencia que todo lo tiñe de un color menos onírico. Pero la película no lo cuenta. Esa elipsis, en este caso, resulta tan argumental como lo guionado.

El juego entre el presente y los flashbacks se enlaza con fluidez y basta con ver si Cindy sonríe un poco o nada para entender si la historia habla del ayer o de hoy. En esa simpleza se esconde uno de los atractivos de la película: al ir y venir uno coteja las pequeñas aristas reales de una historia que evita los extremos porque no es idílica ni extraordinaria. No hay un gran amor, ni un odio visceral. El romance inicial es simple, bello y certero, y el hastío final se respira en una atmósfera agobiante pero fácil de reconocer como cotidiana.

Lo que pasa en la pantalla puede estar pasando en tu baldosa. O en la de al lado. Eso favorece la empatía entre la película y cualquier espectador de edad media: es un conflicto tan actual, cotidiano y universal que muy posiblemente te haga un link con una historia real.

Dos sólidas actuaciones de Ryan Gosling y Michelle Williams (el secreto mejor guardado de Dawson’s Creak) le permiten al director Derek Cianfrance componer una obra interesante y atractiva desde lo artístico. El tipo se las ingenia para extraerle instantáneas de una enorme belleza cinematográfica a una relación con pasaje al fracaso. 

Si uno no se deja encandilar por el chisporroteo inicial del enamoramiento entre Dean y Cindy (si pueden, vean la escena de la canción callejera en el trailer de abajo sin tentarse a sonreir), queda a la vista eso que cruza toda la historia. Es una mirada crítica, cruda desde lo estético y desesperanzada en lo conceptual, con la que Blue Valentine aborda sin contemplaciones a un amor en crisis hasta dejarlo desnudo y con las defensas bajas.

Por Demian Doyle

Anoten a Cianfrance: el director es un sub-40 que filmó su primera película a los 13, y que con su primer largo (Brother Tied) consiguió seis premios.

Mirala si te gustó: Generación X (un registro generacional más abarcativo en personajes y tópicos, pero menos profundo) y 500 días con ella (otra buena historia de un amor igual de equivocado, aunque menos compleja desde lo existencial y más comercial).

Trailer:

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Wall Street 2 (2010): Gordon Gecko, y el dolor de ya no ser

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Alguna vez leí un comentario de Kevin Kline, que decía que el mejor consejo que le podía dar a un joven actor que recién empieza es “sé sincero, seguí tu pasión y cuando hagas un personaje exitoso y te ofrezcan repetirlo una y otra vez, simplemente decí que no”. Ok, puede que sea poco honesto arrancar una crítica con un concepto prestado, pero me van a tener que perdonar, porque esta cita cuadra perfecto para abrir este post sobre Wall Street 2, y no hay forma de que la saque.

Para quienes no terminen de entender de qué hablo, venga un poco de memoria: corría el año 1987 cuando Oliver Stone presentó la primera parte de Wall Street, una película filosa como un sable samurai, sobre un ejecutivo financiero de los años ochenta, en la que Douglas simplemente la rompe. Amparado por un guión cargado de diálogos implacables, MD entrega un personaje brillante, tan odiable y atrapante a la vez, que canaliza a la perfección la visión que Stone buscaba plasmar sobre el mundo bursátil.

Una vez estrenada, la peli reventó las salas y Douglas se llevó su merecido Oscar a casa. El éxito fue tal que, 20 años después, director y actor volverían a unir fuerzas para traer nuevamente a la vida al gran Gordon Gecko, pero esta vez, las cosas serían muy distintas, tanto para el actor como para el personaje.

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Hay que decir la verdad: a “Wall Street 2” no le importa Gecko. El ex magnate ex convicto es apenas una figura secundaria dentro de la estructura de la peli, que mira desde el costado el desarrollo de la trama principal del film. Esta nueva aparición de GG no es más que una excusa para poder llevar adelante la verdadera intensión de esta película oportunista: revisar esa visión del mundo financiero que Oliver Stone plasmó en el film original, aprovechando el colapso económico global del 2009 para decir a su manera “vieron? yo les avisé que estos tipos eran una basura!”…en fin, rabietas de viejo de un gran director, al que cada vez cuesta más tomarse en serio.

Volviendo a la peli, con Gecko fuera de la ecuación principal, WS2 se torna en una especie de documental ficcionado sobre el accionar codicioso de las firmas financieras durante el reciente crack económico, encausando la historia en los vaivenes de un joven ejecutivo con problemas éticos, encarnado por el siempre solvente Shia LeBouf.

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De esta manera, Stone se apresura para contar desde una perspectiva inocente cómo se desenvolvieron los verdaderos culpables de la crisis, sin darse cuenta que por más que corra, de todas maneras llegará tarde: todo lo que nos interesaba saber al respecto ya nos lo contó Michael Moore, en la hiper recomendable “Capitalismo” (2009).

Más allá del fallido intento de esta secuela, me voy permitir cerrar el post con una recomendación para quienes no hayan visto la peli original: tómense el trabajo de hacerlo, y comprueben por ustedes mismos que hubo un tiempo en que Michael Douglas era un excelente actor, Oliver Stone era un director preciso e implacable, y Gordon Gecko era un personaje brillante.

Por lo menos así van a evitar quedarse con el sabor de boca de esta segunda parte, en la que los tres aparecen ya demasiado viejos para tomar el mundo financiero por asalto.

Nicolás Doyle

El cisne negro (2011): una metamorfosis excesiva y conmovedora, mientras Portman brilla

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El director Darren Aronofsky, con el que Mickey Rourke y Marisa Tomei fueron nominados al Oscar en 2009 por El luchador, volverá este domingo en busca de la estatuilla perdida. De las cinco nominaciones que cosechó con El cisne negro (entre ellas, mejor película), la que aparece con más chances es la de Natalie Portman como mejor actriz. Detrás de los méritos propios de Portman, su brillo tiene mucho que ver la historia, y con el alto grado de emotividad que Aranofsky le impone al relato.

El cisne negro retrata la metamorfosis de una joven bailarina que audiciona para el papel protagónico de El lago de los cines, de Chaikovsky, en el ballet de Nueva York. Nina es una “nena” de 28 años, delgada, pequeña y frágil, que vive bajo el ala de una madre sobreprotectora que la cuida como a un bonsai: la modela para que sea perfecta, pero sin dejarla crecer. Un cisne blanco de manual (sus excesivas muestras de pureza pueden fastidiar), bello y natural. Pero Nina tiene un problema: debe interpretar también el cisne negro y su memoria emotiva para este papel está, básicamente, vacía. Su perfección, o esa impuesta búsqueda de la perfección, atenta contra la necesidad de soltar las riendas y echar a andar un espíritu mucho más salvaje, lascivo, inmoral.

¿Cómo puede esta joven de impronta virginal, que duerme en una cuarto rosado repleto de peluches y bajo estricta vigilancia de una madre que le recuerda a cada paso que resignó su carrera para tenerla, para romper sus ataduras y poder representar al bien y al mal?

El retrato inicial de Nina resulta por momentos forzado y excedido en el perfil naif. Las actuaciones, sin embargo, mantienen el interés y la secuencia final termina por apuntalar las clavijas berretas del guión. Vincent Casell hace un sólido director de ballet, Thomas Leroy, ejerciendo presión sobre cada costado de Nina para lograr que rompa el cascarón. Acompaña bien Mila Kunis, en el rol de Lily, otra bailarina que no sólo compite por el papel sino que representa el costado oscuro que Nina no tiene. Es que ante la carencia emocional de Nina, los personajes periféricos juegan una simbología muy literal: Thomas es el príncipe que puede arrancarle a Nina el traje de cisne blanco, Lily es el cisne negro que todo lo pone en peligro.

Decíamos que la secuencia final, en la que Nina corona la búsqueda de su costado oculto, eclipsa las falencias del guión y le da pie a Natalie Portman para elevarse a la que seguramente es la mejor actuación de su carrera. Nina entra en crisis y deambula entre la paranoia, la histeria y la psicosis y el relato la acompaña, tiñiendose del color que ella tome. Todo es excesivo y literal, pero a la vez efectivo y conmovedor.  El cisne negro es una buena película al fin de cuentas, aunque sea claramente superada por actuaciones que la trascienden. Conviene, permítanme la recomendación, abordarla desde la emoción. Simplemente, dejarse llevar.

Por Demian Doyle

 

Imparable (2011): una propuesta simple y cargada de adrenalina

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Una vez más, Denzel Washington tiene problemas con un tren. Después de la traumática experiencia a la que lo sometió John Travolta en Rescate del Metro 123, el actor de John Q vuelve a verse enredado en líos ferroviarios, aunque en este caso abandona la cálida comodidad de su oficina para correr detrás de un tren sin conductor que circula a casi 100 km/h, llevando consigo una importante cantidad de material inflamable. En palabras textuales del film, “un misil del tamaño del edificio Chrysler”.

Para ser honestos, Imparable no es un film que proponga nada nuevo. Todo empieza de la mano de una serie de eventos desafortunados que, cual tormenta perfecta, se complementan implacablemente para darle forma a un desastre total en potencia. Del otro lado, dos anti-héroes con claros problemas personales se tienen que encargar de corregir la torpeza de algunos y la negligencia de otros, para poder así evitar que este tren descarriado termine explotando contra una ciudad de casi un millón de habitantes, donde (obviamente) viven sus seres queridos.

Así que ahí van, el propio Washington y un tal Chris Pine (quizás lo conozcan de la última Star Trek, quizás ni lo conozcan), en busca del tren perdido. Y eso es aproximadamente todo lo que Imparable tiene para ofrecer. Como verán, una idea sencilla, pero no por eso menos efectiva.

Y quizás sea justamente en esa simpleza en donde se fortalece la propuesta de Imparable, dado que al no tener una trama secundaria que valga la pena atender, nos permite focalizar toda nuestra atención en la cabina de la locomotora que conduce el bueno de Denzel, siempre creíble, siempre admirable. Aquí no hay trasfondos misteriosos sobre terroristas, traidores a la patria ni infiltrados que intentan sabotear los esfuerzos del héroe. De hecho, lo más parecido a un malo que muestra Imparable es un ejecutivo de la empresa de trenes, cuya codicia lo empujar a actuar priorizando siempre los intereses de la compañía por sobre las vidas humanas en riesgo.

Pero no busquen más abajo, porque eso es lo más profundo que van a llegar. Esta peli cuenta con la elogiable honestidad de no pretender ser más de lo que es: como buen exponente del cine catástrofe, Imparable es un film lineal y directo, con muchísima adrenalina y una velocidad de relato vertiginosa. Ahora que lo pienso, no tan diferente al tren que persigue Denzel.

Vaya ironía.

Nicolás Doyle

Mirala si te gustó: Máxima Velocidad, la película por excelencia en cuestiones de medios de transporte desbocados y explosiones inminentes.

Si te gustó, no dejes de ver: Hombre en Llamas… mismo actor, mismo director, mejor resultado.

Trailer:

Comer, rezar, amar (2010): comer en Italia, rezar en India, amar en Indonesia… dormirse en el cine.

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Como verán, este post es un poco más corto que nuestros comentarios habituales. Lejos de haberme tirado a chanta, la explicación tiene más que ver con un extraño sentido de moralidad: estoy comentando una peli que abandoné por la mitad, y como no me parece honesto analizar las estructuras cinematográficas de un film que no terminé de ver, me inclino mejor por compartir mi experiencia como espectador que intentó ver esta peli y sobrevivió para contarlo.

Como dije antes, abandoné “Comer…” por la mitad, o para ser más preciso, aguanté hasta que Julia Roberts reza en India, por lo que de acuerdo al título, habré visto dos tercios del film. Cargaré el resto de mis días con la pena de no haber visto a Julia amar en Bali, pero estoy seguro de que podré soportarlo.

La razón por la cual no terminé de ver la película es muy simple: me aburrió. Mucho. Muchísimo. Me aburrió lo suficiente como para abstraerme del hecho de que había pagado 8$ para alquilarla, plantar bandera y decir “hasta acá llegué”. Tengo varias justificaciones para respaldar esta afirmación pero, como ya dije, no me creo en posición de hacerlo. Si algún día me animo a terminar de soportar este embole de película, retomaré estas líneas y finalizaré este post inconcluso. Hasta entonces, si alguno de ustedes tuvo la fortaleza que yo no tuve y pudo ver la película entera, sus comentarios serán siempre bienvenidos.

Nicolás Doyle

Mirala si: te quedaste sin pastillas para dormir.

Si te gustó, no dejes de ver: “El descanso”, una buena comedia que también trata sobre personas que buscan una respuesta a su vida a través de un viaje.

Trailer:

Red social (2010): una mirada bajo la alfombra de la última revolución digital

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Hay tipos geniales que un día marcan un vértice en los hábitos (sociales) de su generación. También hay tipos tan negados de tacto y sociabilidad que necesitan una red (social) que los contengan. Y existe Mark Zuckerberg, el gurú informático que creó y dirige Facebook, ese no-lugar de socialización que convoca a multitudes en todas las latitudes. Lo que une al genio, al antisocial y a Zuckerberg es Red Social (The social network), la película que reconstruye los inicios de Facebook, desde aquellos primeros bosquejos de idea (propios y ajenos) hasta el actual boom de los 500 millones de usuarios.

 ¿Cómo es que un freeky de Harvard que ni siquiera dispone de mil dolares para lanzar su proyecto puede convertirse en el billonario más joven del mundo (real)? De eso va el filme que dirigió David Fincher (Pecados Capitales, El club de la pelea) y que escribió el guionista Aaron Sorkin (Juegos de poder).

La dupla Fincher &  Sorkin pinta a Zuckerberg como un universitario ermitaño, un nerd cargado de resentimiento y provisto de una velocidad de pensamiento que podría ser comparada con el ritmo exponencial de crecimiento del monstruo que él mismo creó. Por momentos es difícil seguir los diálogos de Mark, por voraginosos, pero también por complejos. En eso, salvo que seas un experto en cuestiones informáticas, no queda otra que entregarse y dar por válido que esas fórmulas, métodos y términos que usa son realmente válidos (o al menos existen).

Alrededor de Zuckerberg giran primero esos tres nerds que componen todo su círculo de relaciones, pero con el correr de la peli se van sumando interesados, enemigos y oportunistas, entre los que Fincher & Sorkin se encargan de resaltar a Sean Parker (Justin Timberlake), creador del sitio Napster, para hincarle el diente sin pudores y defenestrarlo. 

 Si estás en Facebook, Red social es una peli que vale la pena ver, incluso para cotejarla con la versión que tengas de la construcción del fenómeno. Pero el mayor mérito de la dupla Fincher & Sorkin es que la trama es interesante aunque no sepas qué diferencia hay entre pintar un graffitti y escribir en el muro. La historia, la real, ayuda: es como mirar bajo la alfombra del negocio más explosivo de la última década.

La contemporaneidad de la peli con el éxito del mentor de Facebook es un aliciente, aunque también debe haber obligado a Fincher & Sorkin a medirse un poco. La trama prioriza los hechos por sobre la elaboración interna de los personajes: cómo evaluarlos, entonces, queda a cargo del espectador. Cada uno podrá entonces concluir si, por ejemplo, Zuckerberg robó ideas ajenas o si tomó todo lo que lo rodea como fuente de inspiración.  

Decíamos que Red social no se sumerge en la psicología de su protagonista (¿quién quiere enojar a un tipo inteligente, resentido, con mucha plata y poca vida social?), pero hay un trazo que atraviesa toda la peli. Si Facebook se instaló como una red de contactos, el Mark Zuckerberg que dibujan Fincher & Sorkin (bien jugado por Jesse Eisenberg) es un tipo carente de practicamente todo lo necesario para construir lazos sociales verdaderos. Por eso nunca supera que su primera novia lo abandone. No es casual el protagonismo que toma esta desconocida, al que el mismo Zuckerberg, el real, niega (lean  ”Frase viene”). Presten atención a los créditos y van a ver que el personaje Erica Albright aparece segundo, incluso antes que Edward Saverin, amigo de la primera hora de Zuckerberg, interpretado por el futuro Spiderman, Andrew Garfield.

En esas pocas licencias de ficción que se toman Fincher & Sorkin, hay una elección saludable: la de colar una lectura humana detrás del artificio que aseguran el éxito y los litigios legales de la Facebookmanía. El resultado, al fin de cuentas, (me) gusta.

Por Demian Doyle

Frase va: según el director David Fincher, “No estamos uniéndonos a la moda. Hay algo irónico detrás de esta cuestión sobre la amistad y la necesidad de conexión. El hecho de que todo esto haya pasado en el marco de una historia como la de Facebook es un contexto interesante para el drama”.

Frase viene: según Mark Zuckerberg “la historia (de la película) está centrada en que salgo con una chica, que no existe en la vida real, y que me deja. No fue la razón por la que fundé Facebook. Tampoco conseguir otras chicas o entrar a clubes privados. Los creadores de la película no pueden hacerse a la idea de que alguien construya algo sólo porque le apasiona hacerlo”.

Trailer:

Up in the air (2010): o cómo transformar un chivo de American Airlines en una buena película

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Olvídense del título ridículo que le pusieron quienes estrenaron este film en nuestro país (”Amor sin escalas”, por favor…): “Up in the air” no tiene nada que ver con los bodrios sentimentaloides con los que Clooney supo amasar su buena fortuna antes de volcarse a esta búsqueda de cine de calidad, que tantas nominaciones le ha valido. Si alguien esperaba una continuación de “Un día perfecto”, mejor alquílese otra cosa, porque este film va mucho más allá.

Ambientada en plena debacle financiera/económica estadounidense, “Up in the…” presenta la vida de Ryan Bingham (Clooney), quien forma parte de una firma que se dedica a despedir gente. Su trabajo, justamente, consiste en viajar de un punto a otro del país, visitando empresas y despidiendo desconocidos. Consecuentemente con su profesión, Ryan es un hombre extremadamente desapegado, tanto de las personas como de los objetos, que cuenta como uno de sus mayores orgullos el hecho de ser una de las personas vivas con más millas ahorradas en el programa de viajeros frecuentes de American Airlines.

El problema en cuestión se presenta cuando dos situaciones paralelas irrumpen en escena, amenazando seriamente las bases de la vida nómade y sin ataduras que lleva Ryan: en primer lugar, la empresa donde trabaja decide aceptar una revolucionara propuesta laboral de una jóven ejecutiva (Natalie) que, de llevarse a cabo, implicaría que nuestro protagonista deje de viajar; por otro lado, durante uno de sus vuelos, Ryan conoce a Alex, una versión femenina de sí mismo, que despierta un interés inusitado en él.

A partir de allí, y una vez dicho casi todo lo que quería decir sobre la crisis económica mundial, el director Jason Reitman centra la temática del film en el complicado desarrollo de las relaciones humanas, temática de la cual se desprende la principal fortaleza de este film: sus actuaciones. Ok, es cierto que “Up in the…” no exige demasiado a sus intérpretes, pero también hay que reconocer que les brinda cantidades de pequeños momentos de lucidez personal, basados en la notoria comodidad con la que cada actor está interpretando su personaje. Punto a favor de Reitman, quien de esta manera saca lo mejor de cada uno, y le permite a Clooney volver a reirse de sí mismo y de su condición de galán entrado en años (este guiño ya empieza a cansar, George…), disfrutando a la vez de dos contrapartes femeninas que balancean muy bien el enorme peso que el ex-ER tiene en pantalla.

En este aspecto, quizás la mayor sorpresa sea la poderosa actuación que entrega Anna Kendrick (Natalie), muy lejos del papel de adolescente estúpida que juega en la soporífera saga Crepúsculo. Aquí, en cambio, la mezcla perfecta de dureza corporativa con sensibilidad femenina que le otorga al personaje, funciona como el eje conector que une las distintas facetas de este film. Un personaje crucial, sin dudas, responsable de los mejores momentos de la película.

Ahora bien, el reconocimiento de la gran labor actoral nos lleva obligatoriamente a remarcar uno de los puntos más flojos de este film: es terriblemente previsible. Y es una lástima que así sea, porque las actuaciones son tan buenas y las relaciones se construyen con tanta habilidad, que resulta un verdadero desperdicio no darles el cierre que se merecen. No quiero arruinarles la peli a quienes no la hayan visto, pero cuando vean el climax de la relación entre Ryan y Alex, sabrán de lo que hablo… probablemente, al igual que yo, ustedes también hayan anticipado ese desenlace durante toda la película.

Pero, pensándolo bien, tampoco es una falta tan grave, basicamente porque “Up in the…” no es una peli de amor, sino una opinión filmada, tan crítica y tierna a la vez, sobre la adaptación al cambio, el aprendizaje a lo largo de los años y los dramas humanos en tiempos de crisis económica. Nada que ver con el amor, y con muchas escalas en el medio.

Nicolás Doyle

Si te gustó, mirá:Gracias por fumar” y “Juno”, dos grandes películas del mismo director.

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Hermanos (2010): el enemigo silencioso que se alimenta con cada invasión

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Lo más atroz de una guerra pasa en el campo de batalla, si es que se puede llamar así a las poblaciones civiles que en nuestro tiempo quedan encerradas por ataques magnicidas. En simultáneo, tal vez en paralelo, toda guerra alimenta a un monstruo silencioso, menos vil aunque siempre dañino, que ensombrece la vida de soldados y sus familias. En esto pone el foco Hermanos (2010), un buen drama (con ciertas reservas), en el que la ocupación estadounidense en Afganistán dispara conflictos de índole humana y no bélica.

Hace un tiempo atrás, cuando comentamos Juegos de poder, hicimos referencia al cúmulo de películas que surgieron como herencias del 11-S. Bueno, esta es una nueva vuelta de tuerca, en pos de encontrar un foco diferente y más profundo. De un modo literal, la película pone sobre la balanza las posibilidades (reales) de seguir la vida después de la cárcel y las chances (improbables) de hacerlo después de una guerra. Este contrapunto se esfuma rápido, pero sería bueno no perderlo de vista, porque quizás sea una de las mejores metáforas que esconde Hermanos.

La historias se vale de dos hermanos diametralmente opuestos y una mujer. Sam Cahill (Tobey Maguire) es marine, padre de familia, responsable y honorable, el soldado americano medio que al cine yanqui le gusta retratar. Tommy Cahill (Jake Gyllenhall), su hermano menor, es el que acaba de salir de la cárcel por un algún delito contra una mujer (¿se me pasó a mí recordarlo o a los guionistas precisarlo?), que es una oveja negra igualmente reconocible para cualquier espectador medio. Dos clishes, sí, pero son útiles. Al menos para la trama. ¿La chica? Es la mujer del marine, que luego será viuda, se enamorará de su cuñado, pero después volverá a ser la mujer de… bueno, es largo de explicar, si les interesa vean la peli.

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Al plantear los conflictos de la posguerra, Hermanos pretende mostrar cómo se destruye la estructura familiar. Hay cierta empatía natural con Malvinas, si se quiere, aunque aquí no es la sociedad la que le da la espalda al ex convicto, sino que el conflicto se plantea en su reinserción al grupo familiar. Porque Sam ha muerto, o al menos eso es lo que todos presumen hasta que un día vuelve.

Una aclaración personal, de lo que me hizo ruido: los males que una guerra genera están lejos de ser un mea culpa. En concreto, las atrocidades en Afganistán aquí las cometen los mujahidines. No es algo que como espectador sea fácil de pasar por alto, por cierto.

Pero aceptado el foco propuesto, Hermanos se erige como un drama bien constituido, parados sobre tres buenas actuaciones y planteado sin golpes bajos innecesarios. La transformación que experimenta Tobey Maguire con su personaje, cambiando su personalidad, su estado físico y hasta su postura, logra por momentos conmover. Gyllenhall y (”la siempre apetecible”, diría Crónica) Portman acompañan con papeles bien resueltos y una alta carga emotiva. Porque en medio de tanta posguerra, el amor dibujará un triángulo que alimentará la confusión pero por sobre todo terminará de complejizar los conflictos de los tres personajes centrales y sus interacciones.

Por lo demás, Hermanos viene a decirnos que es más fácil seguir adelante asumiendo la pérdida de aquello (o aquellos) que una guerra quita, que adaptarse a convivir con los resabios de sus peores males. Un concepto crudo, pero muy contemporáneo.

Por Demian Doyle

  

Trailer:

Precious (2010): cuando estés mal, cuando estes sola…

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El cine es ante todo un gran engaño. Tanto como lo es un buen pase de magia. Sólo así una historia devastadora puede dejarnos un sabor agradable. Es un engaño que aceptamos como si fuera un pacto tácito, y así nos permitimos pasear por situaciones aberrantes, pero salir de la sala con un latido esperanzador en el pecho. Repasen las nominadas al Oscar de este u otros años. Repásenlas y van a ver que Hollywood es adicta a este gran truco. Así pasó hace un año con la multipremiada Slumdog Millonaire (a la que no llegamos a comentar en H:T!, pero recomendamos) y en este 2010 también con Preciosa (Precious), un filme chico que supo meterse entre las 10 nominadas a mejor película.

La película del director Lee Daniels cuenta la historia de una chica que con sólo 16 años ha padecido mucho más que la mayoría de los seres humanos en toda su existencia. Abusada casi por rutina desde muy chiquita, esta adolescente de raza negra (casi analfabeta y muy obesa) está esperando a su segundo hijo; y quien la embarazó es (otra vez) su propio padre. Precious (ese es su segundo nombre, pero así le gusta que la llamen) tiene una introspección patológica, propia de quien aprendió a tragar todo lo sufre. Su cara, sus gestos, son muestra de su resignación, ese pesado sentir de que la vida estará siempre signada por la sumisión y el desencanto. Encima su madre la maltrata, la culpa de haberle “robado” a su hombre y la utiliza para cobrar un seguro social.  Su único espacio de felicidad es ficticio y está dentro de su mente: allí donde se imagina como estrella de la música, como una cantante de Gospel, como una actriz premiada o…. como cualquier cosa capaz de alejarla de su propio ser.

Su camino, ya lo habrán imaginado, no será fácil. Tras chocar con un obstáculo, se encontrará con el otro. Y así. No hay rosas esperando por nuestra protagonista, mis amigos, aunque sí la alumbra una pequeña luz. Porque la trama llevará a Precious a dar un vuelco y allí empezaremos a escuchar su voz: al comienzo de la película sólo la oimos en textos en off que narran su historia o que cuentan sus pensamientos. Pero a partir de un cambio de colegio (de la escuela media a una alternativa, una vez que se descubre su segundo embarazo) ella encontrá un ámbito menos hostil, cobijada por otros seres que también arrastran historias complejas. Y allí se soltará.

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Ahí es donde la película gana en espíritu positivo y donde Gabourey Sibide (ganadora de un premio Spirit por su actuación) logra componer a su personaje con otros matices que el simple gesto contrariado de la chica nacida para perder. Precious ahí nos sorprende y nos muestra la luminosidad escondida detrás de esa carota acorazada por tanto padecimiento.

Las actuaciones de la comediante Mo’nique (que hace de su madre y la descose en la escena final, desnudando qué tan profundo son las traumas y las perversiones humanas) y de una casi irreconocible Mariah Carey sostienen la carga dramática bien arriba y generan el tira y afloje afectivo que terminará por desencadenar el cambio en Precious.

De antemano, uno puede pensar que ver Preciuous significa embarcarse en un dramón. Pero con un par de escenas basta para ver que Daniels viene a contarnos otra cosa. Es una historia dramática, sí, pero una historia al fin. Y como toda historia que llega al cine tiene algo extraordinario. Los males que afectan a Preciuos (y a tantas otras Precious en todo el mundo) son suficientes para arruinar definitivamente la existencia de cualquiera. Pero son dramas cotidianos, tangibles, cercanos. Lo extraordinario es descubrir un mensaje esperanzador dentro de esa fangosa miseria. No perdamos de vista que en estos tiempos en los que la discusión del aborto parece plantearse definitivamente en el mundo, Preciosa juega una carta. La juega por omisión, porque el tema no se toca literalmente, pero la juega. Es sólo un ejemplo, pero basta para descular que el tratamiento global de la trama esconde un mensaje con el que uno puede coincidir o no, pero que resulta versosimil y efectivo. Tanto como un pase de magia bien resuelto.

Por Demian Doyle

Mirala si te gusto: Mentes peligrosas (te acordas?) y Slumdog Millonaire.

Si te gustó, mirá: Lilja-4-ever.

Trailer:

Enemigos Públicos (2009): retrato de un gangster en caída libre.

¿Existe un personaje que Johnny Depp no pueda interpretar?

A uno puede caerle bien o mal su cara de borracho simplón, pero es innegable que el tipo pasea su filmografía por una variedad admirable de géneros y papeles, siempre con una habilidad asombrosa para cambiar y regenerarse en cada personaje. Desde sus inicios en la primera entrega de la saga “Pesadilla” (de la cual Demian algún día seguramente hablará) hasta su inmortal Jack Sparrow, Johnny ha demostrado ser uno de los actores más talentosos que adorna las pantallas del cine industrial.

En “Enemigos Públicos”, Depp tiene la oportunidad de calzarse en la piel de John Dillinger, un ladrón de bancos que alcanzó gran celebridad durante la década del ‘20 en Chicago por sus constantes escapes de la policía. Contrariamente a lo que los trailers del film insinuaban, el personaje de Depp no es un rock star con una ametralladora en la mano que sonríe a las cámaras mientras corre de los patrulleros: Depp presenta un hombre en caída libre, con motivaciones y problemas bien humanos, que se sume más y más en la desesperación con el correr de la peli. Un personaje creíble, patético de a momentos, por el que uno llega a sentir tanta admiración como lástima.

Y  está bien que así sea, porque (centrándonos ya en la película) “Enemigos Públicos” no es un film de aventuras sobre ladrones de bancos, sino un testimonio dramático de la carrera contra la muerte de un hombre que supo tenerlo todo y al que, lentamente, se le van acabando el crédito y los amigos. No asombrará entonces que Michael Mann focalice la acción no en las épocas de gloria de Dilinger, sino en sus años finales, cuando el asedio del FBI empezaba a borrarle esa sonrisa desafiante del rostro.

Así es, amigos hoytrasnocheros, cómo “Enemigos Públicos” termina cerrando una película con más drama de lo que uno imaginaba, y menos acción de lo que uno desearía. Quedarán para destacar especialmente la banda de sonido (Dios salve a Otis Taylor) y la secuencia de la redada en Little Bohemia, una muestra de la enorme calidad de Mann para llevar adelante este tipo de films.

Después, todo lo bueno del film corre por cuenta del viejo Johnny, quien configura otra actuación brillante, que paga por sí misma el precio del alquiler.

Nicolás Doyle

Trailer:


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