Hoy viajaba en el colectivo, de camino al dichoso inglés, cuando empecé a reflexionar. A imaginar. A pensar. Hasta creé un juego, en el que yo sola sabía las reglas. En este había que imaginar lo que otros pasajeros estuvieran pensando. El tipo que estaba enfrente de mi asiento, si lo mirabas bien, te dabas cuenta de que en la boca tenía un escarbadientes. Tristísimo. Al principio pensé que tenía una especie de enfermedad, y necesariamente debía tener un escarbadientes en la boca. Después se me vino la idea de que quizá tuviera una enfermedad, MENTAL. El hombre seguía revolviendo el escarbadientes. El sujeto de al lado tenía unos lentes de sol muy llamativos. Sí, irónico, tener lentes de sol, en pleno colectivo. Aunque lo curioso era que del lado donde se miraba desde afuera, parecían espejos. Yo, ingenua, quede clavada con la mirada en esos espejos. Viendo mi reflejo. Para el final de mi recorrido (faltarian cuatro paradas) ya me iba preparando para bajar. Me es difícil descender del bondi, tener que atrabezar ese pasillo. Con las miradas curiosas, traviezas. Con una cuota de maldad, esperando a que ocurra algo. Y con ese pretexto de libertad. Es hace sentir muy incomoda. Camino apurada y sigilosa, devolviendo miradas. Mientras camino veo como se representan las personalidades en sus dueños. Me intriga la idea de que en cada persona (con sus fecuentes observaciones) haya cualquier tipo de historias detrás. Es interesante, demaciado para mi gusto.Ya cuando estoy en la puerta para bajar mi temor, mi vergüenza y la incomodidad crece de forma abrupta, volteo la cabeza para ver mi entorno, verificando que todo esté igual. En eso encuentro este relato semejante al cuento que alguna vez Julio Cortaza escribió en su libro Bestiario. Me siento indentificada.Por fin llega mi parada, toco timbre con la esperanza de que habrán la puerta. No es extraño que, al menos a mi, no habrán. Seguramente éste para a unos diez metros de donde debería parar. Por aquella zona lo que sobra es el ruido, y así y todo en cada paso mío, escucho mi profunda respiración.Una vez que piso la calle después de la desventura, (Siempre trato de pisar con el pie derecho) empiezo a recuperar la cordura. Sufro y segundo de escalofrío. En este, cada mínimo hueso es sacudido, y se siente como si un hilo frío y finito atravesara de punta a punta cada músculo con sus llamativos nombres.Siento como de a poco mi mandíbula empesará a “desprenderse”, mi boca que tiemblas, la piel de gallina. Subo la cabeza y veo como las personas sentadas en el costado, asoman sus caripélas por las ventanillas. Me hace poner en duda..
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