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Me despertó el canto de los pájaros

Suena a poesía barata. Lo sé. Tampoco sé escribir otra. Pero por muy cursi que suene, es literal. El sábado me desperté a las 6:30, con los primeros hilos de luz en la cara, y oyendo el canto de los pajaritos.

Bruno durmió desde las 22 hasta las 7hs, milagro que sólo se había dado dos veces. Una, a sus cinco meses, en que se desperó a las 8hs, yu otra hace cinco semanas, en que durmió unas cuantas horas seguidas también, desde las 23:30 hasta las 6hs.

Parece que cada tanto me recuerda que es posible dormir toda la noche, para que tenga un poco más de paciencia y permita que la independencia la adquiera solo. Que cuando no me llame sea porque no me necesita, y no porque se ha resignado a que o acudiré.

Sé que hay tantas posturas como personas con el tema del sueño de los bebés, pero no negocio ni admito que la receta sea dejarlo llorar. Los argumentos, por otra parte, son tan flojos que cuanto más me quieran explicar, más entenderé lo absurdo e irracional que es.

“Que si no se va a creer que siempre estás ahí cuando te llama”, “Que te está tomando el pelo”, “que tiene que entender que no estás disponible todo el tiempo”. Bueno, cada cual que haga como le plazca. Yo quiero que mi hijo piense que sí estoy ahí cuando me llama, ahora y dentro de treinta años, como está disponible mi mamá cuando la llamo yo. Necesitar de alguien no es tomarle el pelo, yo también reclamo afecto de quienes más quiero, y el resto puede hacer lo que le venga en gana.

Queda un largo camino para finalizar la exigente primera infancia. Pero esa noche me recuerda que terminará, e incluso la extrañaré. Y me convence de que no ganaré en descanso a costa de su llanto.

No me ayude

No me ayude diciendo que lo estoy haciendo mal. Que mi leche no lo alimenta y una vaca hará mejor lo que yo quiero hacer por mi cuenta. Que es muy pequeño y necesita un “suplemento”. Que es muy gordito y mi leche no le alcanza.

No me ayude diciendo que es muy mayor y ya “no la necesita”, porque usted bien podrían arreglarse con polenta y prefieren asado y vino tinto.

No me ayude a descansar diciendo que debería atenderlo menos. Que no lo malacostumbre a estar en brazos ni de día ni de noche. Que mejor dejarlo llorar para que se acostumbre a estar solo, ¿cuántas horas del día y de la noche pasa usted solo?

No me ayude a dormir ni destetarlo a costa de su llanto. Que no se va a “traumar”. Que no se van a a morir. Que no les pasa nada. Que “yo hice lo mismo con mis hijos y están lo más bien” -no me consta-.

No diga que mi hijo es un malcriado, porque entonces le preguntaré con mi peor mirada “¿Qué es lo que usted dice que estoy haciendo mal?”, y se quedará pasmado. Claro, la loca seré yo. Pero no le digo que es mal marido, mal empleado o mal ciudanano -y no necesariamente porque sea muy bueno-.

Resulta que estaba mal tenerlo upa “todo el día”. “Se hace” muy dependiente. Pero ahora es un caprichoso porque prefiere caminar. No me engañe. No le importa la independencia de mi hijo. Está pensando en la alternativa más cómoda para los adultos.

Cuántos silencios ayudarían más que las palabras socarronas. Que las vidas ejemplares de bebés de antaño que son hoy adultos por lo menos vulgares, cuando no desastrosos.

Sólo un abrazo. Sólo unos minutos para darle a mi hijo lo mismo que yo quiero darle, así puedo descansar un poco. Sólo el reconocimiento de un mínimo mérito en cada gramo que sube, en cada centímetro que crece, en cada habilidad que aprende, en cada sonrisa que regala a cualquier desconocido.

Gracias a todos lo que supieron comprenderlo en este tiempo. Y un encarecido silencio a los que no han sido capaces de hacerlo todavía. No a mí. Que siempre he sido muy tozuda y llevo quince meses ganando en seguridad, aunque las dudas nunca desaperecen.

Silencio y respeto frente a cada nueva madre, que después de nueve meses se encuentra perdida, porque siempre es más difícil de lo que parecía, porque todos parecen saber más que ella. Porque terminan cediendo ante el poder de los hábitos culturales que no consideran al recién nacido un ser con derechos, una persona capaz de sufrir y de necesitar algo más que comer y dormir -solo-. Porque acarician y consienten a su perro mientras piden que dejes a tu hijo llorar solo. No merecen crédito. No merecen respeto. Déjenlos hablar solos.

El bebé de Pavlov y otras locuras pseudocientíficas

Hace unos meses, aproximadamente, una compañera criticó con agudo criterio el uso de argumentos médicos en un trabajo que estaba preparando sobre la licencia por maternidad. Lo central de la crítica era el carácter histórico y político de esos discursos, lo que hacia que se viera debilitado su valor de “verdad”. Me ayudó mucho a modificar -y descartar- gran parte del trabajo, pero ése es otro tema.

Con la curiosidad de bucar algún profesional que diga algo diferente a lo ya conocido sobre el sueño de los bebés, me adentré en los archivos de la Sociedad Argentina de Pediatría. En realidad, no encontré nada nuevo. Todos los artículos son más de lo mismo. Así que los que han tenido algún acercamiento con los más conocidos libros de divulgación sobre el tema sepan que no hay nada más. A nadie parece habérsele ocurrido nada intermedio, al menos, no escribirlo.

En fin, básicamente, en estos meses de maternidad y de lectura podría agrupar las posturas sobre el sueño en dos, muy extremas: por un lado, el ya citado Estivill, que diagnostica como “insomnio infantil por malos hábitos aprendidos” todo aquello que se diferencia de dormir once o doce horas seguidas, solo, sin ninguna ayuday totalmente a oscuras a partir de los seis meses; y por otro, lo acérrimos defensores del colecho, que consideran casi un abandono que un niño duerma sin su madre y/o padre.

¡Momento! La verdad es que, la mayoría de los niños de los que he tenido noticia, han dormido/duermen de manera diferente a estas dos antes citadas, y no se trata ni de enfermos ni de abandonados, sino de todos los bebés y niños “normales” que tratamos a diario. Cantos, cuentos, abrazos, compañia, y tantas otras ceremonias hasta que el niño cierra por fin los ojos son parte de esos “hábitos incorrectos” que producen el insomnio, según Estivill. Finalmente, cuando a hurtadillas nos apartamos de su cuna o cama, dejamos al pequeño indefenso y solo, según González y Jové, entre otros.

Domesticadores de bebés
Esto nos sería tan desconcertante si se limitara a las desordenadas góndolas de libros de supermercado. Los papers de los congresos pediátricos reproducen la misma lógica, sólo que con la “verba empacada”* del lenguaje científico. Al mejor estilo Demoliendo Papers , diversos pediatras presentan acabadas pruebas de que la terapia conductual del llanto es la única, o al menos la única aceptable, forma de hacer dormir a un niño. Con una frialdad que no he conocido en quien investiga la materia, agunos pediatras clasifican estos métodos conductuales con términos que saben disimular muy bien de qué se trata realmente: extinción total y extinción gradual. Extinción total significa ni más ni menos que retirarse de la habitación y dejar al niño solo, llorando, y no regresar más, sin importar cuánto llore ni por cuanto tiempo. La extinción gradual, con visos algo más humanitarios, permite a los padres ingresar cada tanto para corroborar que el niño no se haya golpeado la cabeza, vomitado (reacciones típicas ante la sensación de abandono) pero sin hablar ni tocar al niño, ni hacer nada más que “vigilar”. El tratamiento se completa eliminando la totalidad de la alimentación nocturna, por supuesto con el mismo recurso conductual.

Entienden que a los cuatro meses el niño debe dormir diez horas seguidas y a partir de los seis, doce. Todo lo que difiere de ello, debe tratarse con la terapia conductual. Las principales causas de la distorsión serían la falta de rutina y hábitos adecuados, a causa de la “falta de conocimientos maternos ” sobre cómo el sueño del bebé debe ser. Sí, leyeron bien, maternos. Esto es tema para el otro blog, pero parece que para los Dres. Milberg y Gerolg las madres son las únicas responsables de la crianza de los niños.

No son desde ya, los únicos que promueven la ideología de la madre equivocada. El antes citado Estivill está a la cabeza. Haciendo uso de su fama, una tal Monse Domenech publicó “¡A comer! Método Estivill para enseñar a comer”. Según la psicóloga y pedagoga, las madres malinterpretamos las señales cuando amamantamos o damos una mamadera a nuestro bebé recién nacido cada vez que llora, puesto que necesita alimentarse unas cinco veces. El pediatra deberá decir cuánto debe tomar y a qué hora. Como la succión es un acto reflejo, dice Domenech, el bebé tomará tenga o no tenga hambre.

Lamento tener una humilde prueba en contrario. Mi hijo llegó a mamar cada hora y media o dos al mes y medio, pico de crecimiento en que llegó a aumentar un kilo y 6 cm en 20 días. A los tres meses, sin ninguna imposición, ya había prolongado estos ciclos a tres horas, de día y de noche. Más tarde, a los cuatro meses y medio y para mi sorpresa, rechazó el pecho a las tres horas, a las tres y media y poco más de las cuatro. A partir de entonces, sus intervalos se hicieron de cuatro horas, de día y de noche. Más tarde de noche necesitó solo una vez. Luego volvió a las dos, en las que sigue hasta ahora. Esta prolongación no fue fruto de una obligación impuesta. Nunca quedó llorando hasta cumplir un horario y por eso logró “estirar” sus ciclos de alimentación. Seguramente mi producción de leche fue cambiando y su capacidad gástrica también. No fue necesario domesticarlo y su crecimiento confirmaba que las cosas iban muy bien.

Pero, al parecer, los profesionales gustan hace siglos de desautorizar a las madres. Ya les contaré de mi experiencia con mi hijo enfermo, que además de las dificultades propias de la situación, contó con un simpático personaje que hizo bastantes complicados unos momentos que de por sí ya lo eran. Será tema para otro post, pero las indicaciones médicas, sobre todo desde el siglo XIX, se han esmerado en formatear madre a medida de una sociedad domesticada. Es que si domestican a las madres, únicas o principales depositarias de la responsabilidad de educar a los hijos -al menos en la primera infancia-, creen asegurarse toda una sociedad domesticada. Por suerte, no somos tan fáciles como el perro, y llevará muchos discursos engañosos -si es que alguno lo logra- hacernos babear cuando suena el timbre.

Y sin embargo cuando duermo sin ti…

…no puedo dormir. Si, no han leído mal. La verdad es que dormir con mi bebé encima es cansador, incómodo y pronto, también caluroso. También, por otra parte, es muy hermoso verlo dormido. A veces esbozando una pequeña sonrisa, o alguna vez hasta una carcajada, si llegar a despertarse. Dormido en mis brazos, y sonriendo, ahí estoy segura que está feliz.

Ayer, el nuevo métdo improvisado sin muchas reflexiones ni apuestas a largo plazo, no funcionó tan mal. Me acuesto con él. Lo amamanto acostado y queda planchado ahí nomás. La primera noche que lo intenté llevó una hora. Ayer no tanto. Eso sí, algo fundamental: NADA DE LLANTO.

Así, tiró poco más de tres horas. Pude cenar con mis dos manos libres, y luego trabajar un poco. A las doce, antes que la computadora se convirtiera en zapallo, me fui a dormir. En realidad, apagué todo segura que no llegaría ni a acostarme. Podría haber dormido una hora y media más. Pero no pude. Estaba segura que pronto se despertaría. Me asomaba a cada rato por encima de mi almohada, a ver si en la oscuridad llegaba a distinguirlo.

Al final, cuando volvió a despertarse yo estaba bastante despabilada, así que pude intentarlo una vez más.Tomó sólo veinte minutos. A las dos horas, otra vez igual, y así estuvo en la cuna hasta las seis de la mañana. Luego, conmigo hasta las nueve.

Contada si conocer las dos semanas anteriores parece una noche terrible, pero la verdad es que resultó excepcionalmente tranquila. Si todo marcha bien, con el correr de los días, se acostumbrará otra vez a dormir sin mí y se despertará dos veces a lo sumo, igual que antes de esta petit crisis.

Pero ahora falta algo más. yo soy la que se tiene que acostumbrar a dormir sin él. Con toda la incomodidad, los dolores y las posturas forzadas, tener a mi bebé a mi lado me da tranquilidad. Dejarlo ir no es fácil. Y si bien sé que a largo plazo lo mejor es que se adapte a esa pequeña distancia entre mi cama y la de él, también tengo que hacerlo yo.

Lo tengo un poco más difícil, porque soy quien tiene que tomar las decisiones. Marcar dos camino que parecen paralelos, pero no lo son. Vamos pegaditos, luego iremos de la mano, y tarde o temprano me soltará y caminará solo. Incluso, tal vez, lo pierda de vista. Y desearé que me llame desde lejos para decirme dónde y cómo está. Y me costará conciliar el sueño, pues no podré vigilar si está a salvo.

Setenta veces siete

El sábado mi bebé cumplió siete meses. Los meses pasan como ráfagas. Él cambia tanto que ya es casi imposible encontrar un rastro de aquel ser frágil e indefenso, pálido y acurrucado sobre sí mismo, que dormía la mayor parte del día y mamaba frenéticamente.
Tiene siete meses. Parece que el primer diente está por asomarse. Los cachetes desbordan. Se sienta, gira, grita, patalea, toma todo lo que está a su alcance, se golpea la cabeza, se sacude, se zamarrea.
Desde mi primera noche de la madre , las noches han sido muy difíciles. Se niega a dormir solo. No quiere separarse de mí, y ahora, a los días ha sumado las noches. El día es cansador. La noche también. Más que difíciles, tuvieron algo de triste estos días. Las obligaciones y el cansancio tironeaban hacia un lado, y las demandas y necesidades de mi hijo, hacia el otro.

Fueron días de intentos fallidos, de dolores musculares y de agotamiento. De llanto, de angustia, de demandas incomprendidas. Hubo un doloroso descubrimiento. Antes las ilimitadas necesidades de mi hijo, que ya no quiere estar conmigo catorce horas sino veinticuatro, no pude responderle con ilimitada atención. Me he levantado ya cansada por dormir con él encima la mitad de la noche. He terminado las tardes con toda clase de dolores por cargarlo tantas horas. Se ha agotado mi repertorio de entretenimientos y mis brazos tienen menos fuerzas que sus ganas de jugar.

El cansancio me ha quitado paciencia. He intentado que durmiera la siesta a mi lado en lugar de encima mío, como para empezar de a poco. Su llanto desgarrador me persiguió varios días. Como una pesadilla de esas que uno quiere olvidar pero igual aparece, lo escuchaba aun cuando el dormía plácidamente sobre mis hombros. Ninguna solución que haga sufrir a mi hijo es solución. Sus energías son inagotables. Traté de quedarme a su lado en la cuna y aunque se desmayaba de cansancio no se dormía. Luego en mis brazos, cayó rendido por dos horas.

En verdad, estoy en una situación paralizante. Me siento incapaz de darle todo lo que necesita. Me he sentido muy egoísta queriendo dormir tranquila aunque sea algunas horas. Tratando de trabajar mientras él necesita jugar. Por algunos meses, restándole horas a mi descanso había logrado un ritmo de trabajo razonable para las circunstancias. Ahora, se había hecho cuesta arriba. No sólo de día, sino también de noche me encontré con él encima tratando de escribir. Me duelen el cuello, la cabeza, abundan los errores de tipeo y no puedo ni buscar un libro en esta caótica biblioteca, mientras lo tengo dormido sobre mis hombros.

Es muy probable que esté exagerando. Todos, o casi todos, sobreviven en circunstancias mucho más adversas. Pero el baile cotidiano suele encontrarnos más “quejosos de nuestra fortuna ” de lo que debiéramos. Sé que unos cuantos podrían recoger mi penas para hacerlas alegrías. Más aún entonces, me siento muy pequeña por no estar a la altura. Tengo todo, y sin embargo, no soy capaz da darle todo a mi hijo. Dudando y fallando. A los tumbos, sin comprenderlo del todo y a veces sin energía para darle lo que necesita. Setenta veces siete necesitará jugar. Ser abrazado. Lavado. Vestido. Alimentado. Mimado. Acunado. Besado. Paseado. Y siempre una más. Y he hallado que mi límites están mucho antes que los de él. Hemos llegado a los siete meses. Jamás creí que sería fácil. Pero ahora, creo que soy bastante incompetente.

Mi primera “Noche de la Madre”

Ayer, después de las visitas, los regalos y los saludos virtuales, al caer el sol, emprendí el mismo desafío de todos los días estos últimos seis meses (y veinte días). Cada pequeña innovación en el ritual de dormir es un riesgo, y después nunca se sabe si es posible atribuir al pequeño cambio las complicaciones.
Sin embargo, aún cuando sea difícil, es mucho más fácil que al comienzo. Hace seis meses pensaba que nunca más dormiríamos. Tres meses después me fui sorprendiendo cuando comenzó a estirar cada vez más sus ratos de sueño, llegando hasta ocho o nueve horas seguidas, con un total de doce. A los cuatro me sorprendió durmiendo toda una noche seguida, once horas. Cumplidos los cinco se despertaba sólo una vez. Después volvió a las dos.
Cuando comenzamos a organizar su vida, tardaba mucho en dormirse, y el ritual se repetía tres o cuatro veces en la noche, pues no dormía más de dos horas seguidas. Últimamente, cae rendido con la última mamada, y ahi nomás va a la cuna, sin mayor problema. Si se despierta, unas caricias y pronto retoma el sueño.
La noche de ayer, para seguir el tren del cambio de horario, decidimos introducir un cambio que ya habíamos probado algunas otras veces -con éxito disímil-.
Primero el baño, después cenamos nosotros y se va a dormir pasadas las diez. La idea es, además, prepararlo para cuando el tenga que cenar también, en unas pocas semanas. Lo habitual era que después del baño esté tan cansado que llore mientras lo vestimos y se calme recién cuando se da cuenta que va a dormir, en mis brazos al lado de la cuna. En ese estado no era posible intentar que comiera nada, así que eso debía cambiar.
Así que ayer vino el baño, después la cena -nuestra- unos jueguitos y a dormir. Parecía que todo venía normal. Se durmió, lo acosté en la cuna, entreabrió los ojos, canté un poco y se durmió. A los cinco minutos comenzo a llorar. Lo abracé, le canté, y otra vez a la cuna. A los diez o quince minutos igual. Lo volví a dejar en la cuna y cuando di dos pasos comenzó un llanto desgarrador. Otra vez conmigo, lo mismo, y a la cuna. Quince o veinte minutos más, me disponía a dormir yo también. Cuando estaba a punto de acostarme, otra vez el llanto. Otra vez el canto, mecerlo y acostarlo, y otra vez un llanto desconsolado. Luego de varios intentos, uno más que terminó con una reacción imediata de llanto desgarrador, ese tan fuerte que pareciera no tener suficiente aire para soltarlo, y termina quedando en silencio, como ahogado en llanto.
No sé quién dijo que es posible acostumbrarse, tomarlo con naturalidad o ignorarlo. El llanto de mi hijo cada día me duele más. El recuerdo del llanto de mi hijo también. Me duelen todas las noches que insistí en hacerlo dormir solo cantandole mientras lloraba. Muchas veces, después de esos intentos frustrados, ya no intentaba más en toda la noche acostarlo en el moisés. Me aterraba que volviera a sufrir así. Me duele hoy el llanto de ayer.
Finalmente, luego de una cantidad de intentos fallidos que no logro enumerar, y luego de ese llanto de infinito dolor, lo saqué de la cuna y no volví a intentarlo. Como hace seis meses, me dolió provocarle tanto sufrimiento. Hoy amanecí con toda clase de dolores de cabeza por haber dormido tan contorsionada con él un rato sobre mí, un rato pegado a mí. Ahora él se durmió otra vez, sobre mi hombro.
Esta noche,todo volverá a empezar. Y parece que no hay leyes que rijan su sueño y su sensación de seguridad. Al menos no es posible conocerlas. Es difícil organizar la vida en medio de la incertidumbre, y tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de la maternidad. Tu hijo puede necesitarte en cualquier momento. A la hora de la cena, cuando tenés que terminar un trabajo o preparar una clase, cuando el sueño te ha vencido, la noche de tu aniversario…
Mientras tanto, las obligaciones se acumulan incumplidas en una agenda imaginaria, cansadas de nunca ser tachadas. Creo que me espera otra semana sin dormir. La semana pasada fue así hasta el miércoles, y después quise una pausa. Pero cometí un pecado mortal. Nunca sé cuándo podré recuperar el tiempo perdido. Anoche, no pude.
Cualquier día, a cualquier hora;o más bien, todos los días, a toda hora, mi hijo me necesita con él. ¿De ahí el trillado “todos los días es el dia de la madre”?

Una mamá cumple seis meses

El titulo parece correr el eje de atención, suena a exceso de protagonismo. Pero aquí lo que compartimos es nuestras experiencias como madres, y por ello hoy resignifico el lugar común de “un hijo te cambia la vida”.

Me imagino que cada uno a decirlo imaginará diferentes situaciones y experiencias que representaron ese cambio. El cansancio. La falta de tiempo para hacer otras actividades que no sean cuidar al recién llegado. La reoganización de la economia familiar. Las adaptaciones del espacio doméstico que buscan dar un lugar al nuevo miembro de la familia.

Es cierto que mi vida cotidiana, mi rutina, se ha transformado por completo y supeditado en gran medida a las demandas de mi bebé. Alguien dirá que es una esclavitud, un lastre. También son para algunos las relaciones de pareja estables una esclavitud y un lastre. Estimo que las personas que piensan eso no mantienen relaciones de pareja estables. ¿Por qué en la maternidad no se mantiene la misma lógica? Supongo que porque existe aún una obligación social de ser madre, que presiona decisiones, tiempos y deseos de las mujeres que siguen sin elegir del todo libremente el curso de sus vidas -quién sí lo hace, ¿no?-. Pero no quiero irme de tema.

La transformación fue para mí otra cosa. La maternidad me llevó en primer lugar, a aprender a ser madre. A leer, observar y escuchar todo lo que pudiera aportarme -o no- una guía en este campo sin caminos -o con tantos que es dificil decidirse por uno-. El aprendizaje fue también retrospectivo. Los recuerdos de la crianza de mi hermano, aún algunos que antes no habían tenido especial importancia, resurgieron en mí instalando una Escuela para Madres en mi conciencia. Retomé canciones, juegos, palabras, ciudados que había visto, y que ahora se acomodan con un nuevo protagonismo en mi memoria.

Ha cambiado mi trabaio. No sólo porque lo hago a horas poco convencionales, o con mi bebé en brazos. Ha cambiado mi forma de ver el mundo. He redescubierto con interés temas que quedaban al margen de mis preocupaciones. Leo diferente. Interpreto la realidad de otra manera. Me preocupan y sensibilizan asuntos que, si bien consideraba importantes, también ajenos.

Como todo recién converso, me invade cierta necesidad de predicar. Este blog es en parte resultado de ello. Pero también lo son algunos de los trabajos que estoy escribiendo ahora, y varias ideas que hasta ahora son sólo eso, pero quisiera convertir en acciones. Es decir, no sólo cambió mi forma de ver el mundo, cambió mi forma de relacionarme con él.

Como madre volví a enamorarme. Conocí un nuevo hombre que volvió a sorprenderme después de trece años. Que pierde el temor al rídiculo para calmar el llanto de su hijo, y que es capaz de sufrir con su llanto. Y conocí un nuevo amor: el de mi hijo. Todos los días, todo el día me mira como el primero. Cada mirada me recuerda aquella que comenzó esta historia, cuando todavía no la imaginábamos. Hay alguien que siga llamando a esto “complejo de Edipo” Una sociedad que consaidera al amor una enfermedad, es una sociedad enferma.

Mañana mi hijo cumple seis meses. Todos deben tener recuerdos de sus primeros meses como padres. La inseguridad. El miedo. el cansancio. La felicidad inexplicable. Ahoche miré a mi hijo mientras lo sostenía en brazos, bien alto, con sus ojos enfrentados a los míos. Sonreía. Me acordé de aquel sueño que nunca me atreví a contar cuando todavía lo llevaba adentro lo vi, así, sonriendo, con sus ojos azules y sus enormes mejillas rosadas.

Tuve miedo de aqulla visión. Quería borrarla pero no era posible. Temía que mi hijo no se pareciera al del sueño. No quería crear una imagen que después no se pareciera a él. Pero aunque todos estos meses me negué a reconocer que me sucedió esa cosa inexplicable, irracional, siempre vuelve. Cada noche cuando lo llevo desde el cambiador a su bañadera, riendo y pataleando, recuerdo que lo vi antes que naciera. Y era él. Cumpe seis meses. Pero yo lo conoci antes. No sé cuando. Algún día pensaré que siempre estuvo conmigo. Los recuerdos se confundirán tanto que no podré imaginar una vida que no sea como madre. Esa que mañana cumple algo más de seis meses.

La mejor mamá del mundo

¿Existe tal cosa? ¿Qué es ser una buena madre? ¿La más segura? ¿La que está más convencida de lo que es mejor para su hijo?

Más de un discurso pedagógico he visto, que recomienda a los padres mostrar, ante todo, seguridad. Y por supuesto, jamás echarse atrás en una decisión.

¿Es que los padres no se equivocan? ¿O que no debieran equivocarse? ¿Es razonable aconsejar algo imposible?

Hoy mi hijo cumple cinco meses. Cada día más vivaz, más hermoso y más grande. Podría alimentar mi ego arrojándome la mayor parte de los méritos al respecto. Pero los niños salen inteligentes “pese a sus padres y maestros”, dicen.

La verdad, hasta ahora no he hecho otra cosa que dudar. No estoy segura que mi forma de criarlo hasta ahora haya sido la mejor y la cuestiono todo el tiempo.

Las noches son cada vez menos difíciles. Ha llegado -como excepción- a dormir once horas de corrido, y habitualmente se despierta dos veces para alimentarse, y rápidamente retoma el tren del sueño, por diez u once horas. Esto tuvo un costo. Y aunque hoy parece para mí muy cómodo que su sueño haya evolucionado de este modo, no sé si fue lo mejor para él. A partir del mes y medio de vida, aproximadamente, comenzamos a atarnos un poco más a una rutina para el sueño. Baño entre las 19 y las 20hs, cenábamos y luego de la última mamada, lo ponía en el moisés a dormir. Lloraba muchísimo. Nunca lo dejé solo llorando. Me quedaba ahí al lado, cantando hasta que se dormía. En un comienzo el proceso duraba una hora o más. A veces se calmaba y dormía y rápidamente volvía a despertarse. Como además se estaba alimentando muy seguido, prácticamente no me quedaba tiempo para dormir entre una mamada y otra.

Semanas más tarde, identifiqué su momento de mayor sueño y los tiempos de su alimentación, de tal modo que comencé a intentar realizar todo el proceso antes de nuestra cena. Baño, leche y moisés. Descubrí que si lo acostaba despierto por lo general no lloraba al dejarlo en el moisés, pero al comienzo lloraba diez o quince minutos después hasta que se dormía. Eso también llevaba mucho tiempo. Dos horas desde el baño hasta que se dormía más o menos. La duración del proceso era incierto y resultaba difícil saber cuándo ibámos a cenar. Además, a las dos horas de dormido ya se despertaba con hambre otra vez.

Con el transcurrir de las semanas los tiempos se fueron acortando. Tanto que terminó siendo demasiado temprano para acostarlo. Entonces comenzamos lentamente a desplazar el horario del sueño. Eso fue a sus tres meses y medio, más o menos. Era importante que se acostumbrara a dormir un poco más tarde, ya que algunos días yo llegaría del trabajo a las 20:30, y debía esperarme despierto para el baño y toda la rutina del sueño.

En estos meses, nunca hemos estado fuera de casa pasadas las 20hs. He escuchado varias madres que viven como un suplicio la abolición de algunas saidas nocturnas, pero a cambio de eso he ganado mucho tiempo de descanso y de trabajo. Porque cada vez demanda más atención, y sólo me es posible trabajar cuando duerme, restándole tiempo al sueño.

Sin embargo, sigo dudando si no le hice daño tratando de conformarlo con mi canto cuando quería mis brazos. Muchas noches su llanto povocó el mío, y cuando vine a mi memoria su llanto de aquellos días, siento un dolor inexplicable.

Cuando lo llevamos a su anterior control médico, a los cuatro meses, la pediatra nos sugirió comenzar con la alimentación complementaria. La verdad es que la recomendación me tomó por sorpresa. No tenía asimilado dar ese paso antes de los seis meses.

Salí del consultorio dudando. Una mamá que se preocupa por la salud de su hijo debe hacer caso a las recomendaciones médicas. Pero -ya que se insiste tanto con la importancia de la seguridad- yo no estaba convencida-. Los primeros días traté de aplazar la compra de la silla para comer, ya que no era urgente comenzar. Luego busqué información que me orientara y despejara mis dudas. Leí una publicación de la Sociedad Argentina de Pediatría, las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y UNICEF, y todos señalan los cuatro meses como mínimo deseable, pero los seis meses como el tiempo óptimo de lactancia exclusiva. Por ahora puedo decir que no comenzó con su alimentación complementaria a los cuatro meses. Tal vez en el transcurso de este mes comience con la rutina de la alimentación, lo más cerca posible de los seis meses.

Aún no he hablado con la pediatra. Espero que sepa entender mi cuestionamiento. Supongo que es un poco difícil tratar con un paciente -madre de paciente, en este caso- que no sigue recomendaciones al pie de la letra, pero no por desidia -porque en este caso bastaría un llamado de atención, sino porque pone en duda la fiabilidad de su saber. Podría, como hacen otras madres, decirle que estoy haciendo lo que ella me indica y hacer lo que me parece. Pero eso sin duda no será bueno para mi hijo. Ella como profesional necesita información clara para juzgar la evolucion de su crecimiento. Y si yo no se la doy, tampoco sabré si las cosas van bien, o hay que corregir algo.

Será un encuentro difícil. No quiero cambiar de pediatra porque realmente me inspira confianza y es muy afectuosa con mi hijo. Le dedica mucho tiempo y lo trata dulcemente. Me dio su celular para que la llamara ante cualquie problema. Por suerte hasta ahora no hizo falta. Espero que podamos entendernos, poder expresarle claramente mi parecer sin ser ofensiva con su saber. Doble saber, poque es pediatra y mamá.

Creo no haberme equivocado al no introduci la alimentación complementaria todavía. Pero jamás me hubiera imaginado “no haciendo caso” a la indicación médica, tratándose de mi hijo. Los adultos solemos ser menos cuidadosos con nosotros mismos. Pero mi bebé depende de mí y no puede decidir por sí mismo qué es lo mejor para él. Lo estoy haciendo yo, y eso es una gran responsabilidad. Tan grande que tal vez no dé la talla.

¿Alguna vez tuvieron dudas sobre qué era lo mejor para sus hijos?

¿A quién escuchar?

Porque cuando niño, porque cuando niño

me acunaba en tangos la canción materna.

La cumparsita

¿Madres eran las de antes?
Resultaría muy difícil fechar con precisión el momento, pero del mismo modo que los sonidos guturales diero paso al lenguaje; el arte rupestre a la escritura; la caza y la recolección, a la agricultura; la maternidad pasó de ser un instinto que venía con la mujer en sus genes, para convertirse en un rol aprendido. Imagino que este paso habrá dado su mayor salto adelante cuando, en medio de la revolución sexual, los métodos anticonceptivos cada vez más accesibles y efectivos permitieron a un número de mujeres cada vez mayor, postergar y/o elegir el momento en que se convertirían en madres.

El caso es que hace siglos a ser madre se aprende. En el XIX, las clases pudientes procuraban mujeres educadas que pudieran luego ser buenas madres. Por educada se entendía que leyera, tocara el piano, conociera algo de arte -la ciencia no es maternal- y así podría introducir a los hijos en el mundo del conocimiento, tarea que, cerca de la pubertad, sería delegada a profesores especializados.

Madame Bovary manda al demonio ese modelo, y pese a haber sido educada en las artes y las letras para ser buena madre y esposa, prefiere los placeres de la carne y así le va a su hija, que termina siendo una pobre hilandera huérfana. La ficción reafirma los valores de la época, Emma no los cumple y toda su familia, ella incluida, pagan las consecuencias. Nunca entendí el juicio a Flaubert, cuando la novela es, en definitiva, muy crítica de su propio personaje y no hace más que reafirmar los valores imperantes en su época. ¿Por qué pensar que alentaba la promiscuidad en las románticas lectoras, cuando la protagonista acaba suicidándose porque su vida se torna inmanejable?

Bueno, me fui de tema, pero cité a Emma porque era la madre que no había que ser en el siglo XIX, y porque me cuesta mucho borrar lo que escribo. Mi punto es que cada vez más, aunque no siempre del mismo modo, diversos discursos llueven a las recién llegadas a la maternidad, diciéndoles cómo tienen que ser y en que consiste ese nuevo rol.

En una sociedad tradicional, las otras madres de la familia eran las educadoras por antonomasia de la recién llegada. A lo largo del siglo XX fueron ganando espacio la medicina y la psicología, que desde el consultorio privado primero y desde los medios de comunicación masiva después, indicaban el “deber ser” indispensable para que los hijos fueran sanos física y psíquicamente, y de provecho para la sociedad.

Ser mamá hoy

Hace un tiempo nos invade un arsenal de TV por cable, libros de góndola de hipermercado, revistas y webs que nos ¿ayudan? a ser buenas madres. Tienen una cosa en común: salvo extrañas excepciones, todos se presentan como verdad acabada. Son, sin embargo, enormemente divergentes. De ahí la pregunta del comienzo.

Expertos que nos arrojan títulos y best sellers por la cabeza nos indican cuándo bañar, con qué alimentar y cómo dormir a nuestro niño, estableciendo reglas generales que no valen en ninguna disciplina humana.

De este zoológico llama mi especial espanto un tal Dr Eduard Estivill, que nos enseña a enseñar a dormir a nuestros niños. Si, enseñar, en negrita. Pue según el académico, los bebés, cuando nacen, “no saben” dormir. Increíble, lo hacen 16 a 18 horas diarias, pero… ¡no saben!

Esta pedagogía consiste básicamente en que el bebé debe dormir solo, sin ayuda alguna, a más tardar a los seis meses, aunque debería “saber hacerlo” antes. No contento con eso, debe dormir “de un tirón” once o doce horas, y dos más de siesta. Y esto aunque cueste un llanto desgarrador, vómitos y golpes en la cabeza que en lo más mínimo deben conmovernos.

El ya citado sujeto indica que a lo seis meses a más tardar, el niño no necesita alimentarse más que cuatro veces por día, a las 8, 12, 16, y 20 horas. Se imaginan, en Argentina, millones de bebés comiendo y durmiendo todos a la misma hora. Que se olviden esos intolerantes de no permitir parejas con bebés en los edificios de departamentos. ¡Pero si parece una novela de Orwell!

Pues si esta ciencia ficción no cobra vida en tu niño, entonces padece (sic) “insomnio infantil por hábitos incorrectos”. La enfermedad coniste en que el bebé no es capaz de conciliar el sueño solo, a oscuras, en su propia habitación, por un período ININTERUMPIDO de once o doce horas.

A estas alturas te estarás preguntando en qué consisten esos hábitos incorrectos que, para “curar” al niño han de erradicarse. Paso a citar, y no podrán reprimir la sorpresa:

“LO QUE NO DEBEMOS HACER PARA DORMIRLO. Cantarle. Mecerlo en la cuna. Mecerlo en brazos. Pasearlo en cochecito. Darle una vuelta en coche. Tocarlo o dejar que nos toque el cabello. Darle palmaditas o acariciarlo. Darle un biberón o amamantarlo. Ponerlo en nuestra cama. Dejarle trotar hasta que caiga rendido. Darle agua.”

El expero afirma que si el niño por la noche llora, o ya con algo de lenguaje adquirido, pide agua o leche, no tiene hambre ni sed, si no “insomnio infantil por habitos incorrectos”. ¿Qué debe hacer entonces, mamá, papá? Ante todo, no darle lo que pide. Evidentemente, beber y alimentarse don malas costumbres que deben erradicarse pronto. En una semana a más tardar, el niño estará acostumbrado y no pedirá nada. Vale recordar que a fuerza de dietas estrictas, las anoréxicas pronto se acostumbran a “no tener hambre”, y creen no necesitar más alimento. El niño, más indefenso aun que un enfermo, no se lo niega a sí mismo, sino que sus padres se lo niegan.

Si una vez establecida la rígida rutina, el niño no duerme solo, es decir, solo en cuarto donde no hay nadie más, soportando como su mamá, papá, hermano, perro, etc. desaparecen de repente, algo anda mal. El bebé ha etablecido asociaciones incorrectas. Si se durmió en compañía de su mamá, estableció un hábito incorrecto: reemplacémosla por un oso de peluche. Si se durmió mamando, estableció un habito incorrecto: coloquésmosle un chupete. Si se durmió en bazos de alguien que lo quiere mucho, estableció un hábito incorrecto: a meterlo en la cuna a como dé lugar.

Si todo se hace correctamente, pronto el pequeño de tres meses debería dormir toda la noche de corrido, y conciliaría el sueño sin presencia ni ayuda de nadie. Aunque si no es así, todavía es temprano para diagnosticar el “transtorno”.

De todos modos, vamos al meollo del “método”. La crisis sobrevenía si lloraba al colocarlo en su cuna. ¿Qué hacer entonces? Decirle que lo quieren mucho pero tiene que dormir solo. Se retiran de la habitación y vuelven periodicamente utilizando una tablita de tiempos que indica cuanto puede soportar el llanto el niño. en esas visitas, que no pueden superar los 30 segundos, los padres no pueden tocarlo, para lo que se colocan a una distancia de un metro si el niño ya está en edad de estirarse para alcanzarlos -sí, parece la formación de la colimba-.

Si el pequeño es más grande aún, el doctor sugiere colocar una valla en la habitacion para que no pueda de ningún modo salirse de ella. Sí, una valla, como la que usa la federal para “disuadir” manifestantes. Si no lo creen, veánlo ustedes mismos.

Merece especial atención una de las indicaciones que el “doctor” da al papá del niño: “no contestando nunca a lo que él te dice”. ¿Imaginan mayor desvalorización que esa? ¿Cómo esperaremos que dialogue con nosotros, nos cuente lo que le pasa, encuentre en nosotros la respuesta a sus dudas, si decidimos “no contestar a lo que nos dice”? La crueldad ni falta que hace comentarla, y un tipo dictando a su padre las palabras que debe decir a su hijo es poco menos que ridículo.

Pero la realidad es otra. Estivill vendió millones de ejemplares y cobra por hacer lo que aquí vieron. Es decir, si tu hijo padece la enfermedad por él mismo inventada, que consiste en que el pequeño de dos años necesita que su mamá le cante un poco para quedarse dormido, entonces el bueno de Estivill va a tu casa y por una linda suma en euros (ya que esto es en España) te enseña a enseñarle dormir a tu hijo.

El método nació en Estados Unidos, de la mano de un tal Feber. Obsérvese una mención al mismo en la comedia “Los Fockers”, en que Robert de Niro está feberizando a su nieto, a quien se ve solito llorando en la cuna sin que nadie acuda por él. Los Fockers ofrecen el modelo opuesto, llevado a un extremo risible, pero aun así moralmente más aceptable.

La crítica más rápida que podría recibir es que mi debilidad impide soportar el llanto de mi hijo y entonces, muy egoísta, me resisto a educarlo. Pero podemos citar sobradamente quién es el egoísta aquí, y qué valores promociona el método.

Vean primero el anuncio del método en el video “La pesadilla de unos padres que no pueden dormir”. Si el centro de atención es el niño, por qué no titularlo “El dolor de un bebé que padece insomnio infantil por hábitos incorrectos”.

Y el libro aporta más pistas. Un primer tema respecto al sueño es dónde debe dormir el recién nacido. El doctor señala: en la cama con sus padres (definitavamente descartado aún cuando está enfermo); en su cuna, pero en la habitación de los padres; o, por último, “En su propio dormitorio. Si no queréis renunciar a vuestro espacio propio o cualquier ruidito que haga (gorjeo, ronquido, etc.) os sobresalta impidiendo vuestro descanso, nada os impide instalarlo en su propia habitación, siempre y cuando podáis oírlo.”

Pues si no quieren renunciar a vuestro espacio propio ni quieren ser “molestados” por ningún “ruidito”, ¿para qué demonios molestaron a este niño trayéndolo al mundo?

La proximidad entre el bebé y sus padres u otra persona que lo cuide previene la muerte súbita, principal causa de muerte en bebés sanos menores de seis meses Justamente esos “ruiditos”, que despiertan sobre todo a la madre, permiten seguir bien de cerca el estado del niño. Pero claro, si esos ruiditos lo molestan, entonces deje al niño a su suerte, lo suficientemente lejos como para que sólo se escuche un llanto desesperado, al que, por otra parte, en pocos meses siquiera deberá acudir.

No contento con ello, Estivill logra encontrar el lado negro de uno de los principales signos de desarrollo de los niños: la adquisición del lenguaje.

Nos alerta: “cuanto más mayor sea el crío, más capacidad tendrá para utilizar dos «armas» muy peligrosas en vuestra contra: [una de ellas es] la palabra. A medida que el niño va creciendo y adquiriendo vocabulario, las cosas se complican, ya que es capaz de manipular a sus padres mediante el lenguaje.” La otra es la habilidad física. Según Estivill, la motricidad sana de un niño no es un signo de buena salud, si no un obstáculo para su adiestramiento.

Y aclara al pie de página: “Una advertencia: los niños con problemas de sueño suelen comenzar a hablar temprano. Aprenden vocablos «clave» para lograr que sus padres les hagan caso. ¿Quién le niega agua a un hijo sediento? Pues enteraos, lo más probable es que no tenga sed.”

En definitiva, si su hijo sabe dcir “agua”, no debe celebrar el logro. El suspicaz manipulador ha adquirido una nueva herramienta de dominación.

¿Para qué seguir? Si el espanto ha despertado curiosidad, se puede acudir directo a la

fuente.

Y entonces, ¿a quién escuchar?

Es un lugar común que el conocimiento da poder. Ta vez, más que el conocimiento, el reconocimiento de su posesión sea la mayor herramienta de poder. Una función, un título universitario, permiten decir a unos lo que deben hacer otros. ¿Garantiza eso que sepan más?

Estivill, con su título y su reconocimiento público y sus apariciones televisivas y sus best sellers, se arroja la autoridad de indicar a los padres como “educar” el sueño de los hijos.

¿Quiere decir eso que sabe? Es justo, razonable y ético poner en cuestión ese conocimiento. Los discursos de los expertos sobre la educación de los niños pasean entre los Ferber y los Focker con mucha soltura. Todos parecen verdad acabada. Para todos, hay un opuesto que se equivoca por completo.

Estivill acusa, aunque sin decirlo, de necias e ignorantes a las cientos de generaciones que hicieron dormir a sus hijos meciéndolos y cantándoles. Con una soberbia inédita declara que el niño que llora no tiene sed ni hambre, si no “insomnio infantil por hábitos incorrectos”, sutil nombre científico de una enfermedad llamada “los bebés necesitan atención”.

En mi memoria suenan para siempre los cantos de mis abuelos y mi papá, los cuentos y las poesías de mi mamá.Una manga de ignorantes, según Estivill.

“María Santa Ana, por qué llora el niño…” todavía veo a mi abuela cantándole a mi hermano, y la imagino haciendólo también conmigo. El domingo, después de tantos años, la vi, con el mismo cariño de siempre, abrazando a mi sobrino y a mi hijo. Está introduciendo la semilla de la enfermedad del insomnio infantil por hábitos incorrectos, al permitir que se duerman con su reconfortante abrazo.

Se merece un homenaje especial. Tuvo la sabiduría de mandar a freír churros a algunos especialistas y decidir por sí misma que era lo mejor para la educación de sus hijos. A mi tío querían atarle la mano izquierda para que superara su anormalidad y escribiera con la mano derecha. Con mucho esfuerzo consiguió una indicación médica que obligara a las maestras a dar por tierra con esa práctica que hoy consideramos descabellada. Cuando mi mamá terminó la primaria, le dijeron que no valía la pena mandarla al secundario. Que mejor aprendiera a coser, a bordar, o que hiciera un curso de peluquería. “No le daba la cabeza”. Haciendo caso omiso a la machista y absurda indicación, no sólo la inscribió en la escuela secundaria, si no que eligió una escuela privada, confirmando lo importante que era la educación para ella. Sin duda, nadie haría hoy las recomendaciones que le hicieron a ella hace cincuenta años. ¿Y si las de ahora también estuvieran equivocadas?

Semanas atrás, recuerdo que mirando a mi hijo, mi abuela dijo “siempre quise saber lo que piensan los bebés, qué misterio”. Yo le dije, “Y… no lo vas a saber nunca”. Bueno, que equivocadas estamos. Estivill sí lo sabe, dice agua pero no tiene sed, llora pero no tiene hambre, es un manipulador que quiere importunar a sua padres. Mi abuela, con sus dos hijos, seis nietos y tres bisnietos, reconoce con humildad la imposibilidad de saber qué pasa por la cabecita de nuestras pequeás criaturas. Estivill, desde su consultorio de Madrid, me dice desde el saldo del supermercado lo que piensa mi hijo.

¿Alguien duda la respuesta a la pregunta del comienzo? Si quiero saber cómo debo ser com madre, tengo dos referentes: mi mamá y mi abuela. A las dos, GRACIAS.

PD: Un pedido especial. Mami, leéle esto a abu.

Y ustedes, ¿qué consejos han recibido? ¿cuáles son sus referentes?


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