Eso se llama Libertad

Siempre cerca de alguna fecha significativa nos sorprende el paso del tiempo. Pero esta vez me sorprende de verdad. Hace un año, por estas fechas, estaba con mi enorme panza tratando de aprovechar mis últimas semanas libres. Quería con desesperación hacer todo lo que después no podría. Me asustaba el claustro doméstico y, confieso, es lo que más me pesó en mis primeras semanas de madre.

Hoy, mi hijo está cerca de cumplir un año, y es él quien no soportaría el encierro. Pronto nos adaptamos el uno al otro y pudimos salir de casa, primero cerca, luego más lejos, y hace más de una semana está con su adaptación en el jardín -ya contaré sobr eso-.

El bebé que hace un año flotaba en mi panza, ahora está del lado de afuera,durmiendo. El sueño le trae, imagino, la necesidad de reencontrarse con la seguridad de antaño. Más por estos días que andaba un poco enfermito. Durante el día, sin embargo, se convierte en un niño intrépido que no para de explorar lo que hay a su alrededor, y que con firmeza comienza a manifestar sus deseos y a hacer sus propias elecciones.

Hace casi un mes, intenté darle verduras en trozos y nunca más quiso puré “de bebés”. Más tarde, comenzó a tomar la comida con sus deditos e investigar lo que comia. Ahora, por nada del mundo tolera llevarse a la boca algo que no haya inspeccionado primero. Y claro, comienza a mostrar sus preferencias: arroz no, pollo sí. Batata no, carne sí.

La semana pasada lo encontró fanatizado con el pan, alimento de reciente incorporación. Le quise ofrecer una galletita, y cuando me vio meter la mano en la bolsa de pan se desató el escándalo. Y bueno, si quiere pan, que coma pan, ¿no? Luego de atiborrarse de pan una semana, le entusiasmó el ruido del paquete de galletitas, y entonces quiso volver a comerlas, pese a que le estaba ofreciendo pan.

Esas nimias decisiones que nosotros tomamos todos los días, son para él una novedad. Cierta pedagogía represora acusará que los padres deben imponer el menú a los hijos, y que para carta está el restaurant, cuando uno es mayor y puede pagarlo.

Claro, ellos no educan individuos libres. “¡Qué niño tan desobediente! Quiere comer una galletita “Vocación”, -dirán-, porque no le dejas el pan hasta que no dé más de hambre y ya se lo comerá.”

No quiero escuchar luego, que tenemos un pueblo muy sumiso, que no sabe elegir a sus gobernantes y que acepta todo sin cuestionarlo. Si los niños deben ser obedientes, y les enseñamos a serlo, ¿cómo haremos después para que sean otra cosa? Yo, prefiero asumir los riesgos.

Yo te sigo a todas partes…

El título de este post tiene varios contenidos posibles. En primer lugar, creo que mi hijo salió medio barrabrava. En franca oposición al sedentarismo de su madre -que ahora mismo está aquí sentada escribiendo- mi hijo no para de moverse un segundo mientras esta despierto, e incluso se mueve bastante cuando está dormido. Incluso ha llegado a gatear dormido. Cuando lo ponemos en la cuna -lugar que ya ni recuerda que puede servir para dormir- se trepa de los barrotes y comienza a gritar como un desaforado y salta sin parar.

Ya había comentado que comenzó a gatear. Bueno, cada vez lo hace mejor. Esa nueva habilidad le permitió conocer mejor la casa, y pasar de uno a otro ambiente por sus propios medios. Es increíble cómo aprendió en poco tiempo a dominar el espacio. Cuando desaparezco de su vista sabe hacia donde voy y me sigue hasta el lugar. Lo llevo a otro ambiente y vuelve a donde estaba yo.

Esto último, lo hace todo el tiempo. Por un lado insiste en aquello que le interesa sin darse por vencido ante los obstáculos. El “NO” le resulta chistoso. Si lo apartas, protesta, llora, y finalmente vuelve. Por otra, desde ya que no dejó de interesarle estar conmigo y con su padre y siempre que puede corre -bueno, gatea- tras nuestros pasos.

No negaré que el ritmo es un poco cansador. Si bien no demanda el pegoteo de los brazos tanto como antes, está expuesto a peligros -y la casa toda está expuesta al peligro de él- y por lo tanto hay que vigilarlo permanentemente. Un breve rato en la cuna puede dar mínima tregua, pero sabiendo que no dura mucho.

Sin embargo, a medida que veo su desarrollo me convenzo de que no me estoy equivocando, al menos en ésto. Haber evitado andadores y corralitos, tenerlo en brazos siempre que pude y que lo pidió, dejarlo jugar en el piso aunque se ensucie y aunque haya que vigilarlo. Todo lo que, amenazan algunos, son signos de dependencia, por la cercanía con los cuidadores que implica, va siendo evidente que son signos de independencia. No necesita de un artilugio tecnológico para movilizarse. No está encerrado. Está simplemente en casa, igual que nosotros.

Estar atado y no protestar por ello no es ser independiente. Si lo es poder ir a dónde uno quiere. Como ayer el la madrugada, que solito se levantó de su colchón y se paró al lado de la cama para buscarme. No necesitó llorar, podía ir a donde yo estaba. Como hoy a la mañana que estaba en la cuna jugando, y comenzó su cántico de hinchada cuando entré en la habitación, hasta que me acerqué y lo traje conmigo. Como hoy a la noche, cuando llegué a casa, me vió y vino gateando hasta mí. Se trepó a mis piernas y nos unimos en un abrazo increíble. Y sus balbuceos exaltados e indescifrables parecen decir “yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más”…

Upa toda la vida

Es una tópica trillada en el mundo del acoso a la maternidad, que los brazos deben dosificarse y cuanto menos tiempo pasa en brazoz un bebé, mejor acostumbrado está. Interesante es preguntar mejor acostumbrado a qué. Tal vez a estar solo. A quedarse quieto en su cochecito porque sabe que nadie lo va a atender. A llorar desconsolado sin que nadie acuda. Vaya a saber.

El tono amenazante, además de la obviedad de que el bebé será toda la vida un dependiente afectivo que no puede valerse por sí mismo, es que pasará todo el tiempo en brazos y nunca querrá bajarse. Pues claro, seguramente, los niños que pasan mucho tiempo en brazos jamás aprenden a caminar… Vamos, ¿alguien puede creerse eso REALMENTE?

En fin, todo esto es para decir que mi bebé ha pasado muchísimo tiempo en mis brazos, todo el que pude y el que mis brazos aguantaron -y más también- y él me pidió. Sin embargo, un día que no puedo precisar, comenzó a desear otras cosas. Ahora claramente puedo identificar que me empuja para bajarse y conocer el mundo que se abre ante sus ojos. Hace casi dos semanas mi bebé comenzó a gatear.
Trepa escalones. Se para agarrado de la cama. Persigue juguetes. Toca todo lo que se presenta a su paso. No hace falta obligarlo a despegarse. No hace falta dejarso solo para que conozca el mundo. Solo se conoce la soledad. En cochecito no se aprende a gatear.

Ahora es un poco mas “independiente”. Tanto que en lugar de llorar y pedir mis brazos, gatea con velocidad al ritmo de ma-má, ma-má, y sale corriendo tras de mí.

Yo no lo entrego

Esta mañana tuve la suerte de descubrir una nueva persona, que me suscitó unas cuantas reflexiones acerca de cómo es hoy la relación con los hijos. Sharon, que debe andar rondando los setentaylargos, una vieja vecina del barrio que yo no conocía. Primero, todos los lugares comunes frente al encuentro con un bebé. “¡Qué hermoso!”,” ¡Qué simpático!”, “¿Es sanito?”, “¿Come bien?”, “¡Qué grande es!”.
Pero Sharon superó los lugares comunes. Contó que sus cuatro (¡cuatro!) embarazos fueron una experiencia fantástica, que nunca se sintio tan bien y tan plena. Que se olvidaba de todos los malestares y se sentía mejor que nunca, con proyectos, con energía.
Luego, lo hermoso que es criar a los hijos y lo difícil que es desprenderse de ellos. “Para mí, cuando Daniel (su hijo mayor) empezó la primaria fue un duelo. Yo el primer día de clases no fui, lo llevó mi suegra.
Yo no lo entrego, dije.”
Fue inevitable pensar que yo me desprenderé de mi hijo mucho antes. Que, si logramos inventar algo para este año, a más tardar el que viene, irá al jardín maternal veinte horas semanales. No logro imaginar cómo será esa vida.
Tengo unas cuantas obligaciones acumuladas sin cumplir. Para ponerme al día, deberé “entregarlo”. No sé cómo seré capaz de asumir ese desprendimiento.
Después de todo, tener un hijo es un desprendimiento permanente. Primero sale de tu cuerpo, luego de tus brazos, más tarde va a la escuela, y algun día saldrá de casa.
“Yo no lo entrego”, dijo Sharon hace cincuenta años. Ya estoy pensando que diré lo mismo en la puerta del jardín.
Yo no lloré mi primer día de jardín -tenía tres años-. Miraba azorada a los niños que sí lo hacían. Del otro lado, próximamente, me mirarán azorados a mí. Este desprendimiento no creo que lo asuma con tanta altura.

El año en que fui madre

(Participa del concurso un año en un post, votar al final! Gracias y feliz año!)

Supongo que nadie debe olvidar el nacimiento de su hijo. Ese día, además, lo recordaron unos cuantos. Mi hijo nació el mismo día que en Buenos Aires hubo dos marchas, pero a cuatrocientos kilómetros. Dos marchas que pretendían demostrar que la masa tiene la razón. Pues si eran más, seguro que no estaban equivocados. Supongo que esa era la lógica de la competencia.
Mientras tanto, mis contracciones aumentaban en intensidad y frecuencia, hasta que, al borde del día siguiente, el 1 de abril, nació mi bebé. Las imágenes aparecen como un flash, pataleaba y tenía sus ojitos bien abiertos, me regaló su primera mirada.
Nunca dormí tan poco. y nunca me importó tan poco. Es difícil pensar este año en perspectiva histórica. Estuve fuera de contexto. Mi hijo se apropió de mí y yo lo dejé con ganas. Pasamos buena parte de nuestros días flotando en nuestra pequeña irrealidad, no siempre rosa, pero siempre nuestra. Sólo los que tuvimos cerca pudieron participar un poco.
Cuando estábamos cerrando un año maravilloso mi bebé se enfermó. De golpe. De algo serio. De algo raro. Pero en una semana estaba sonriendo de nuevo. Semanas más tarde, mi abuela se cayó y nos pegó un susto durísimo. Finalmente, comparando con las dimensiones del accidente, no fue tan grave. Así que, a pocas horas del final, creo poder decir que cerramos un año maravilloso.
Llegué a fin de año amamantando a mi hijo. No pensé nunca que fuera tan importante. Nunca mi cuerpo sirvió tanto.
Mi hijo es hermoso, aún más que su padre, aún más que su tío, que eran para mí los hombres más lindos del mundo. Cuando nació mi hijo volví a enamorarme, después de trece años. Pese a las contiendas pedagógicas y domésticas, una y mil veces volvería a tener un hijo sólo con él -no mil hijos, ojo-.
Termina el 2008, el año en que fui madre. No fue un año fácil para mucha gente, y no me olvido, aunque la maternidad me tuvo algo apartada del mundo. Por eso repito el deseo del tío en este post, y espero que algún día, a la hora del brindis, y como nosotros hoy, rían todos.

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¡Qué lindo es cuando todos ríen!

Esta noche será la primera Navidad de mi bebé. Por supuesto, yo no recuerdo la mía. Tampoco recuerdo la primera de mi hermano, aunque sí muchas otras de cuando él era pequeño. Pero nunca dejé de tener presente una, con tres o cuatro años, que desde hoy parece muy especial, vaya a saber si realmente lo fue tanto.

Queda como recuerdo una vieja grabación en un casette. Hoy es un milagro encontrar dónde escucharla -y encontrar el sitio en que mi mamá lo guarda, ni que hablar-. Sin embargo, aunque hace bastante que no escucho esa grabación, el recuerdo siempre regresa.

Poco y nada me gusta traer a la memoria colectiva a los seres queridos que ya no están. Compartir ese vacío siempre me hizo sufrir mucho. Pero ahora supongo que deberé contarle a mi hijo, en las próximas fiestas de fin de año, cómo eran las mías, quiénes estaban y que hacíamos.

También forman parte de su familia los que ya no están, y sólo podrá encontrarse con ellos a través de mis relatos, de los viejos albumes de fotos y de esa grabación, que no está sólo en el casette, sino en mi memoria.

La mayor parte de los que compartirán hoy la mesa no estaban allí. La familia ha mutado, se sumaron nuevos miembros y nacieron unos cuantos desde aquel entonces. Mi hermano, mis primos, mi sobrino y, finalmente, mi hijo. Su papá, para ese entonces, andaría esperando que Papá Noel pasara por Banfield.

En esa Navidad, cerquita del mar, con calor y brisa de verano, cocina clásica familiar, el abuelo fumaba en el balcón y yo lo miraba desde abajo. El tío, desde un costado, siempre reflexivo -y a veces un poco renegado- celebraba: “¡Qué lindo es cuando todos ríen!”.

No puedo evitar sentir que algo falta. Algo que deberé llenar con palabras para que mi hijo pueda conocer de algún modo a esas personas que lo hubieran querido tanto y que se desencontraron. Hoy festejaremos, mi hijo festejará por primera vez.

Habrá también otros niños corriendo y disfrutando de esa noche en que se duerme a cualquier hora, se comen cosas ricas y se estrenan juguetes. En la mesa familiar, un poco de discusión lúdica y buen vino que no probaré.

Sin duda era cierto lo del tío, y nada trivial. De hecho, en un país que ha recibido Navidades con torturados, hambrientos, víctimas de la delincuencia, desocupados, reunirse una noche con la familia y que todos rían, es un milagro. Un milagro que es también producto del esfuerzo. Un milagro que enseñaré a mi hijo a valorar. La magia no la hace Papá Noel, la hacemos nosotros, que logramos reír. Y espero que esta noche, rían todos.

Demasiada Presión

Todo empezó con las dos rayitas. Ahí nomás se apresuraron a anunciar “¡cuidado en el colectivo!” (viajo sola hace más de quince años), “es muy tarde para que andes sola” (no creo que acepten cambiarme el horario en el trabajo por mis siete semanas de embarazo), “no, esto no lo comas que es muy picante” (las mexicanas embarazadas, ¿Qué hacen?). Toda una serie de cuidados de menor de edad fueron in crescendo junto con la panza. A medida que las semanas pasaban, me iba convirtiendo poco a poco en una incapacitada.

Por supuesto, todos los cuidados estaban relacionados con la función social que estaba llevando a cabo con mi cuerpo. Pero eso era lo de menos, es decir, yo, era lo de menos. Una coetánea embarazada me comentó por la misma época que su obstetra le había dicho bromeando: “Vos sos el envase” ¿Cuánto había de cierto en ese pensamiento que pertenecía, parece, a unos cuantos más? Como si todas fuéramos un poco, madres subrogadas, el mundo entero se apropia de nuestra persona porque de ella depende una vida que, se supone, no nos pertenece.

Claro que esto no termina con la, ya por las 36 semanas, la prohibición de viajar en colectivo o los mensajes de texto cada cinco minutos. El nacimiento del niño, lejos de liberarnos del “cuidado” social, nos sitúa en el ojo de la tormenta, listas para ser blanco de toda clase de consejos, opiniones y sentencias a favor del niño, se supone.

“¡Ah ese chico tiene hambre! Hay que complementarle con una mamadera, algunos chicos lo necesitan. No irás a dejar que pase hambre, ¿no?” El club amigos de la lactancia y la autoestima materna tiene innumerables socios. Para colmo todos son seres queridos, en los que uno confía y a los que ama, lo cual no hace más que complicarlo todo.

Al mes y medio ya empezaron “¿Duerme toda la noche?” Enormes carcajadas eran la única respuesta posible, cuando mi hijo mamaba cada hora y media o dos, de día y de noche. Entonces, cuando una abre las puertas de su casa y de su corazón, y se decide a compartir generosamente estos asuntos de la vida privada, no recibe más que la sana competencia del resto de los bebés del pasado y del presente, que seguro ya duermen toda la noche. Seguramente ya están por conseguir trabajo y se mantienen solos. Aún peor, “es culpa tuya”, por no dejarlo llorar. Parece que a algunos –y son demasiados- pediatras, padres y otras yerbas, han sido iluminados con la maravillosa idea de que luego de haber llevado nueve meses a tu bebé dentro tuyo, de alimentarlo con tu propio cuerpo y dedicarle todas tus energías vitales, debés “educarlo” abandonándolo a su suerte en un cuarto oscuro, eso sí, con un chupete.

Ah, el chupete, capítulo aparte. Parece que es obligatorio. Es pecado mamar “demás” (demás para quién, qué saben cuánto quiere mi bebé). Más aún dormir el brazos o junto a los padres. Estos peligrosos signos de dependencia deben ser desterrados, y para eso parece que hay una fórmula mágica, el chupete. El niño que usa chupete y mamadera es más independiente que el que mama. ¿Quién se lo inventó? ¿Acaso no depende del chupete para no llorar y de la mamadera para alimentarse? La verdad es que la única que logra algo de independencia con estos recursos es la madre. Y ojo, me parece perfecto que los utilice. De hecho, mi hijo se alimenta con una mamadera con mi leche cuando yo no estoy. Lo que me fastidia es el engaño. NO HAY bebés independientes. Sin cuidados básicos, sencillamente, se mueren. Y cuanto más superen lo básico esos cuidados, mayor bienestar parecen tener.

Ni hablar de la situación crítica que viví hace algunas semanas, con mi bebé enfermo y encima sin saber muy bien lo que tenía por unos cuantos días. “No llores, que se lo transmitís al bebé” ¡Pero si él ya está llorando! Su piel ardía y se descamaba, lo pinchaban y limpiaban sus heridas arrastrándole una áspera gasa, su boca lastimada apenas podía succionar. Sus bracitos se movían y tironeaban la sonda por la que pasaban los antibióticos. Se encontraba en un lugar desconocido, frío y gris. Dormía mal y entrecortado. Yo no dormía nada. Ni podía pasar un bocado. Pero no tenía derecho a llorar. Eso sí, tenía que comer igual, porque de lo contrario él no podría alimentarse.

Ni hablar del pediatra que arremetió “Esto no es de dos días, lleva mucho tiempo y no se dieron cuenta” ¿Desde cuándo se ven las bacterias? Además, tomó mis manos sin pedir permiso y me revisó las uñas como hacían en la escuela en la década del ’30. Mis manos “sucias” eran motivo de enfermedad para mi hijo. También si pedir permiso, corrió a mi hijo de mi pecho para revisar si yo lo había contagiado, y aún más grosero, corrió mi remera y mi corpiño del otro lado para realizar la misma operación. Unos días después, con lesiones todavía en carne viva, me acusó de tomar a mi hijo con miedo. Finalmente, ya casi recuperado, tuvo la genial idea de pedirle al padre en mi ausencia –por suerte no le hizo caso- que no me dijera que al día siguiente le daban el alta, porque si pasaba algo me iba a deprimir. Escribía en una historia clínica a la vista de todo el mundo “posible alta mañana” y yo no debía saberlo. Debió avisárselo a todos los que pasaban y leían y, por supuesto, me comentaban.

Tampoco se quedó atrás la enfermera que insistía en que lo acostara en esa cama desconocida e insegura aunque se desgarrara en llanto, para abrir paso al personal de maestranza que debía limpiar el cuarto. No sabía que mis pies ocuparan tanto lugar. Capaz, si no era mucha molestia, se podía trapear primero una mitad y después la otra, y yo seguía con mi hijo en brazos. Lo único que lo consolaba y mantenía tranquilo en medio de esa situación traumática. Junto a la teta que, por supuesto, también fue objeto de crítica de la mencionada enfermera, que insistía en darle una mamadera porque no veía cuanto estaba tomando, y ella decía que “se estaba deshidratando”.

A los pocos días de llegar de la clínica, tratando de ordenar la casa después de terremoto, mi amorcito rociaba los zócalos del cuarto del bebé con veneno para insectos. Mi hijo, que no elige el momento para sus deposiciones, hizo caca y lo llevé rápidamente al cambiador. Todo el que cambió alguna vez a un bebé sabe que los movimientos descontrolados del niño hacen todo muy difícil y es casi un milagro poder limpiarlo. Pero al caballero, que por supuesto nunca cambió al niño en esas condiciones (mi hijo no elige cuándo, es de suponer, pero nunca hizo caca cuando yo no estoy), se le ocurrió decir: “metele”. Claro, tenía que apurarme (aclaro que se disculpó horas después). Además, no enojarme por la presión. Y hacer todo sola. No grites que le hacés más al bebé. ¿Qué más tengo que reprimir?

No puedo abrazarlo. No puedo darle de mamar “demasiado”. No puedo dormir con él. No puedo atenderlo cuando llora. No puedo llorar cuando estoy triste. No puedo gritar cuando estoy enojada. Y como si fuera poco, están los oportunos allegados que no dejan de preguntar, ¿y cuándo piensan tener el segundo?

“Domesticar” a los niños

Por la abi Stella Maris

Era una lástima que esto se perdiera entre los comentarios, así que ahí va para que lo compartamos todos…

Ciertas corrientes nefastas pretenden que “los padres” –o mejor decir “la madre”- deban ejercer el rol del “amo” sobre el hijo, “el esclavo” . . . De ahí que la relación, sería –de acuerdo a las pautas marcadas por estas corrientes- comparable al vínculo con los animales y con su domesticación, ya que desde la prehistoria, en su relación con el perro, el hombre lo recompensaba con los desperdicios de su cacería y con los desechos de sus comidas –practicando, de algún modo, lo que llamaría posteriormente Pavlov “estímulo-respuesta”- (ver video).

Recordemos que la palabra “domesticar” viene del latín “domesticus” y este deriva de “domus” (casa). Esto se refería a traer animales salvajes y hacerlos que trabajen en la casa. La palabra “Dominar” está relacionada y se refiere al control del amo sobre el esclavo.

“Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, hay que domesticar.” (“Esos locos bajitos”, J.M. Serrat)

“Adiestrar” a los niños

Decía John Watson, el Psicólogo estadounidense que inauguró la Escuela Psicológica del Conductismo -1913-: “Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”

Un “horror” irreparable: ¿Se reproduce hoy bajo otras formas y/o métodos?

En 1920 Watson, y su colaboradora Rayner realizaron un experimento (Ver video) como demostración del condicionamiento clásico en un niño de nueve meses llamado Albert, que gozaba de gran estabilidad emocional.

Watson pretendía llevar el condicionamiento clásico más allá de lo que lo había hecho Pavlov, así que decidió en vez de experimentar con perros hacerlo con humanos. La idea que algo como las respuestas emocionales podía ser condicionado era algo muy nuevo que tenía implicaciones incluso en la antropología, donde generó la idea que la cultura era aprendida y no innata en una raza específica.

Su objetivo era condicionar al pequeño Albert para que le tuviera miedo, a los animales que tenían pelo.
El procedimiento consistió en presentarle un animal (estimulo condicionado) y seguidamente hacer sonar un ruido fuerte que asustaba al niño (estimulo incondicionado) para crear así un miedo, llanto (respuesta incondicionada) hacia el animal presentado y/o otros similares (estimulo condicionado).
Después de esto solo era necesario que apareciera el animal (en este caso una rata blanca) para que el pequeño Albert llorara. (respuesta condicionada). Después de varios ensayos, el niño sollozó ante la presencia de una rata, y posteriormente generalizó su respuesta a otros estímulos: un perro, lana, un abrigo de piel, etc.

Albert nunca recibió tratamiento para hacerle desaparecer el miedo condicionado –siendo retirado de la unidad hospitalaria donde se encontraba- y sufrió daños psicológicos permanentes a causa del trauma que le produjo el experimento.
Actualmente este tipo de experimento no se realiza por ser considerado como absolutamente contrario a la ética.

El bebé de Pavlov y otras locuras pseudocientíficas

Hace unos meses, aproximadamente, una compañera criticó con agudo criterio el uso de argumentos médicos en un trabajo que estaba preparando sobre la licencia por maternidad. Lo central de la crítica era el carácter histórico y político de esos discursos, lo que hacia que se viera debilitado su valor de “verdad”. Me ayudó mucho a modificar -y descartar- gran parte del trabajo, pero ése es otro tema.

Con la curiosidad de bucar algún profesional que diga algo diferente a lo ya conocido sobre el sueño de los bebés, me adentré en los archivos de la Sociedad Argentina de Pediatría. En realidad, no encontré nada nuevo. Todos los artículos son más de lo mismo. Así que los que han tenido algún acercamiento con los más conocidos libros de divulgación sobre el tema sepan que no hay nada más. A nadie parece habérsele ocurrido nada intermedio, al menos, no escribirlo.

En fin, básicamente, en estos meses de maternidad y de lectura podría agrupar las posturas sobre el sueño en dos, muy extremas: por un lado, el ya citado Estivill, que diagnostica como “insomnio infantil por malos hábitos aprendidos” todo aquello que se diferencia de dormir once o doce horas seguidas, solo, sin ninguna ayuday totalmente a oscuras a partir de los seis meses; y por otro, lo acérrimos defensores del colecho, que consideran casi un abandono que un niño duerma sin su madre y/o padre.

¡Momento! La verdad es que, la mayoría de los niños de los que he tenido noticia, han dormido/duermen de manera diferente a estas dos antes citadas, y no se trata ni de enfermos ni de abandonados, sino de todos los bebés y niños “normales” que tratamos a diario. Cantos, cuentos, abrazos, compañia, y tantas otras ceremonias hasta que el niño cierra por fin los ojos son parte de esos “hábitos incorrectos” que producen el insomnio, según Estivill. Finalmente, cuando a hurtadillas nos apartamos de su cuna o cama, dejamos al pequeño indefenso y solo, según González y Jové, entre otros.

Domesticadores de bebés
Esto nos sería tan desconcertante si se limitara a las desordenadas góndolas de libros de supermercado. Los papers de los congresos pediátricos reproducen la misma lógica, sólo que con la “verba empacada”* del lenguaje científico. Al mejor estilo Demoliendo Papers , diversos pediatras presentan acabadas pruebas de que la terapia conductual del llanto es la única, o al menos la única aceptable, forma de hacer dormir a un niño. Con una frialdad que no he conocido en quien investiga la materia, agunos pediatras clasifican estos métodos conductuales con términos que saben disimular muy bien de qué se trata realmente: extinción total y extinción gradual. Extinción total significa ni más ni menos que retirarse de la habitación y dejar al niño solo, llorando, y no regresar más, sin importar cuánto llore ni por cuanto tiempo. La extinción gradual, con visos algo más humanitarios, permite a los padres ingresar cada tanto para corroborar que el niño no se haya golpeado la cabeza, vomitado (reacciones típicas ante la sensación de abandono) pero sin hablar ni tocar al niño, ni hacer nada más que “vigilar”. El tratamiento se completa eliminando la totalidad de la alimentación nocturna, por supuesto con el mismo recurso conductual.

Entienden que a los cuatro meses el niño debe dormir diez horas seguidas y a partir de los seis, doce. Todo lo que difiere de ello, debe tratarse con la terapia conductual. Las principales causas de la distorsión serían la falta de rutina y hábitos adecuados, a causa de la “falta de conocimientos maternos ” sobre cómo el sueño del bebé debe ser. Sí, leyeron bien, maternos. Esto es tema para el otro blog, pero parece que para los Dres. Milberg y Gerolg las madres son las únicas responsables de la crianza de los niños.

No son desde ya, los únicos que promueven la ideología de la madre equivocada. El antes citado Estivill está a la cabeza. Haciendo uso de su fama, una tal Monse Domenech publicó “¡A comer! Método Estivill para enseñar a comer”. Según la psicóloga y pedagoga, las madres malinterpretamos las señales cuando amamantamos o damos una mamadera a nuestro bebé recién nacido cada vez que llora, puesto que necesita alimentarse unas cinco veces. El pediatra deberá decir cuánto debe tomar y a qué hora. Como la succión es un acto reflejo, dice Domenech, el bebé tomará tenga o no tenga hambre.

Lamento tener una humilde prueba en contrario. Mi hijo llegó a mamar cada hora y media o dos al mes y medio, pico de crecimiento en que llegó a aumentar un kilo y 6 cm en 20 días. A los tres meses, sin ninguna imposición, ya había prolongado estos ciclos a tres horas, de día y de noche. Más tarde, a los cuatro meses y medio y para mi sorpresa, rechazó el pecho a las tres horas, a las tres y media y poco más de las cuatro. A partir de entonces, sus intervalos se hicieron de cuatro horas, de día y de noche. Más tarde de noche necesitó solo una vez. Luego volvió a las dos, en las que sigue hasta ahora. Esta prolongación no fue fruto de una obligación impuesta. Nunca quedó llorando hasta cumplir un horario y por eso logró “estirar” sus ciclos de alimentación. Seguramente mi producción de leche fue cambiando y su capacidad gástrica también. No fue necesario domesticarlo y su crecimiento confirmaba que las cosas iban muy bien.

Pero, al parecer, los profesionales gustan hace siglos de desautorizar a las madres. Ya les contaré de mi experiencia con mi hijo enfermo, que además de las dificultades propias de la situación, contó con un simpático personaje que hizo bastantes complicados unos momentos que de por sí ya lo eran. Será tema para otro post, pero las indicaciones médicas, sobre todo desde el siglo XIX, se han esmerado en formatear madre a medida de una sociedad domesticada. Es que si domestican a las madres, únicas o principales depositarias de la responsabilidad de educar a los hijos -al menos en la primera infancia-, creen asegurarse toda una sociedad domesticada. Por suerte, no somos tan fáciles como el perro, y llevará muchos discursos engañosos -si es que alguno lo logra- hacernos babear cuando suena el timbre.

Ma-ma

Supongo que debo registrar el acontecimiento. Aunque al igual que otros, si tiene una fecha precisa, se perdió por ahí. Cuando nació mi hijo me había propuesto registrar cada hito de su crecimiento en un diario, pero el tren de la cotidianeidad me pasó por encima. Los baños, la alimentación, las horas sin dormir, la ropa para lavar, la vuelta a al trabajo, etc. fueron ocupando todo el tiempo sin que pudiera registrar nada.

Además, algunas cosas ocurrieron de manera tal que no pueden inscribirse en una fecha precisa. Suceden de a poco, primero parece que no es cierto y luego se presentan más claras. ¿Cuándo sonrió por primera vez? ¿Cuándo siguió un objeto con la mirada? ¿Cuándo pudo tomar algo con sus manos? ¿Cuándo se dio vuelta boca arriba y boca abajo? ¿Cuándo se sentó solito? Los cambios no se suceden de un día al otro. Hay indicios, pistas que los anuncian hasta que un día, cuando uno se da cuenta, ya parece tarde.

Ayer dijo ma-ma. ¿Por qué digo que fue ayer? Ya lo había dicho, o dicho cosas parecidas. Comenzó a decirlo llorando, y sólo cuando lloraba lo repetía. Ayer lo dijo sin llorar. Lo repitió todo el día. Me respondió cuando se lo dije, una y otra vez. Ma-ma, ma-ma, ma-ma-ma-ma. Todavía es un sonido sin significado. Una alocución casi onomatopéyica común a todos los niños, que abre las puertas del mundo del lenguaje.

Me gustaría poder registrar el momento en que diga mamá dirigiéndose a mí, pero es una empresa difícil. Seguramente, como todos los cambios hasta ahora, se sucederá de a poco y sorprenderá si avisar. Al hablar, logrará poner en palabras sus deseos, sus sentimientos. Al menos parte de ellos. Yo, aún no encuentro las apropiadas para expresar lo que significa ser mamá.


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